por Alberto López Girondo | Ene 1, 2013 | Sin categoría
El acto se convirtió con los años en un homenaje no sólo a la figura del Libertador venezolano sino al proceso de cambios que inició Hugo Chávez Frías cuando llegó al poder en 1999. Por eso, resaltó esta vez la ausencia del líder carismático en el 182º aniversario de la muerte de Simón Bolívar, la primera vez que falta en estos 13 años.
Ministros y funcionarios acudieron al Panteón Nacional en Caracas con una mezcla de alegría por el reciente triunfo electoral en las elecciones regionales –el primero también sin Chávez azuzando a los electores– y desazón por el momento que vivía el presidente, operado por cuarte vez de un cáncer en la zona pélvica.
El triunfo coloca al chavismo como la única fuerza en condiciones de gobernar el país pero según algunos analistas, al mismo tiempo entierra definitivamente al «puntofijismo» y despliega sobre la abrumadora mayoría del territorio venezolano el proyecto socialista, refrendado en octubre y consolidado en diciembre, mientras Chávez luchaba por su vida en una clínica de La Habana.
«Nuestra revolución bolivariana afortunadamente ha significado y significa el despertar del ideal de este grande de América, del más grande de los grandes, del gran libertador Simón Bolívar, que hemos venido a rendirle homenaje», dijo Nicolás Maduro al término del acto. Unos días antes, el propio Chávez había ungido a su canciller y vicepresidente como un virtual heredero político en caso de que no pudiera volver a ocupar el cargo tras la intervención quirúrgica. Y como la Constitución estipula que si no podía asumir el mandato que logró en octubre, se convoque a elecciones en forma inmediata, Chávez dijo que Maduro debía ser votado como si fuera su última voluntad.
Casi con un pie en la escalerilla del avión que lo trasladó nuevamente a Cuba, Chávez había dejado la certeza de que la operación era lo grave que luego se confirmó, y que esa situación ameritaba no dejar librado al azar el procedimiento de reemplazo que exige la Carta Magna que él mismo logró aprobar ni bien ingresó al Palacio de Miraflores. Una ola de estupor recorrió entonces no sólo Venezuela sino toda América Latina, que entiende el rol protagónico que encarna el venezolano como punta de lanza de un proceso de cambios en el subcontinente. Los mensajes de adhesión emocionados de todos los presidentes y las cadenas de ruegos en toda Venezuela fueron muestra suficiente de ese peso humano y político.
La designación de Maduro como su candidato no fue una sorpresa. Canciller durante los últimos 6 años, Maduro, ese apacible hombre alto y de grueso bigote que sustituyó al presidente en los últimos actos ante los organismos regionales, con 50 años recién cumplidos, es un leal chavista con sólidos antecedentes como dirigente gremial en su juventud, cuando fue chofer de ómnibus.
Parecía un «tapado» pero mostró la pasta de conductor también de procesos políticos difíciles cuando le tocó dar los primeros informes sobre la salud de Chávez y en un discurso que comenzó con lágrimas de emoción y se fue encendiendo de a poco, terminó fustigando actitudes hostiles (miserabilidades, se diría en esta tierras) de la oposición ante el estado de salud presidencial.
Maduro representa el ala más política del chavismo, en un entorno en que la gran mayoría de los gobernadores electos provienen del sector militar, como Chávez. Incluso el otro posible candidato a portar «el bastón de mariscal», Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, también pasó por la Academia Militar y participó del frustrado golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez que catapultó a la fama a Chávez.
Tal vez una señal para analistas de la oposición que ahora intentan hurgar en la interna del chavismo para resaltar diferencias y enfrentamientos que den materia para generar divisiones dentro del partido gobernante. Probado que a Chávez sólo lo puede derrotar la enfermedad, también buscan que el Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) se desgaje ante la derrota de un proyecto opositor que puede lograr el triunfo.
Mesa tambaleante
Es que la situación en que quedó la Mesa de Unidad Democrática (MUD), conformada en 2008 con el propósito de superar a Chávez en las urnas, no es halagüeña. Lo reconoció Henrique Capriles, el derrotado en las presidenciales que, sin embargo, pudo retener la gobernación de Miranda en diciembre, convirtiéndose en el único opositor neto que gobierna un estado. «Vienen tiempos duros para la oposición», señaló ese día el juvenil representante de MUD. Porque hay que decir que en las regionales, esa coalición pretendía mantener los 8 estados que computaba a su favor, algunos de ellos gobernados por ex chavistas.
Por otro lado, el PSUV ganó en bastiones hasta entonces reacios, como el estado petrolero de Zulia, Carabobo, Nueva Esparta y Táchira. «El avance del chavismo refleja un avance ostensible e irrefutable del plan del socialismo del siglo XXI de Chávez, quien además fue el ganador de las presidenciales de hace apenas dos meses», le dijo a la agencia Efe, contundente, el analista y consultor político Alberto Aranguibel, quien además integra el equipo de propaganda del oficialismo. «Toca reconocerle también al chavismo un triunfo cualitativo, como es el avance del socialismo como proyecto de país y esto destaca en una nación donde el apoyo al socialismo nunca pasó del 6% del electorado durante el puntofijismo», abundó el especialista, recordando el período previo a la llegada de Chávez al poder, que consistió en la alternancia consensuada entre la Democracia Cristiana (Copei) y Acción Democrática (AD), que se repartió el poder desde la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958. El politólogo Nicmer Evans, profesor de Ciencia Política de la Universidad Central de Venezuela (UCV), también citado por Efe, afirma que Venezuela «efectivamente enterró al puntofijismo, con la estocada definitiva en Zulia, Táchira y Nueva Esparta, cuyos gobernadores están vinculados con o son parte de estos dos partidos (AD y Copei)».
Problemas de la oposición
Elides Rojas, jefe de redacción del diario venezolano El Universal, al que no se puede tildar de oficialista, escribió en un artículo reproducido en Buenos Aires por La Nación, que la MUD fue estructurada alrededor de más de 30 partidos políticos con el objetivo de derrotar al oficialismo por la vía electoral y «desplazar a Hugo Chávez» de la presidencia. Se proponía, insistió, «rescatar los principios fundamentales de la democracia y encaminar a la Nación definitivamente hacia el desarrollo» con un programa a largo plazo. «Muy bien, en principio –destaca Rojas– Pero enfrenta un problema muy serio. No gana elecciones».
«Producto de las repetidas derrotas, ahora la oposición enfrenta otra crisis que obliga a los partidos a revisar la organización, sus proyectos, sus propuestas y hasta sus liderazgos ante un partido oficialista cada vez más fuerte y con todos los poderes públicos en las manos de Chávez. Una lucha en desventaja que hasta ahora presenta frutos sólo en el ámbito de la imagen», lamenta el columnista.
Cualquiera diría que Capriles, luego de derrotar al ex vicepresidente Elías Jaua por casi 50.000 votos de diferencia en Miranda, debiera ser el candidato natural para ejercer el liderazgo de la oposición, en vista de que es el único opositor neto que ganó al chavismo. «Yo me siento feliz y contento por nuestro pueblo de Miranda. Los mirandinos estamos de fiesta, pero hay otros estados en que no logramos el objetivo. Nuestros líderes perdieron un juego, pero no son menos líderes hoy de lo que eran ayer. Ese sueño que tenemos lo vamos a alcanzar, este es un momento difícil, pero en cada momento difícil siempre surgen las oportunidades», enfatizó Capriles, juntando nuevamente a una tropa diezmada por la derrota.
El panorama en su propio distrito, sin embargo, no es tan promisorio como pareciera mostrar un análisis a vuelo de pájaro. En primer lugar, deberá enfrentar por primera vez una legislatura con mayoría del PSUV. En segundo lugar, como recuerda la periodista Luisana Colomine, docente en la Universidad Bolivariana de Venezuela, su techo político se estanca y tiende a la baja. En las regionales de 2008, por ejmplo, Capriles obtuvo 583.795 votos contra 506.753 de Diosdado Cabello. En diciembre pasado, fue reelecto gobernador con 582.305 votos, es decir, 1.490 votos menos que en 2008. «Desde esta perspectiva la oferta socialista representada en Elías Jaua, no puede considerarse perdedora, pues registró 534.937 sufragios, es decir, un incremento de 28.184 votos con relación a 2008», sintetiza Colomine. Cierto es que a diferencia de las elecciones de octubre, donde la asistencia a las urnas de la ciudadanos trepó al 80%, esta vez el presentismo no superó por mucho el 50%.
Pero aún así se explica que la desazón en estos momentos de Venezuela no envuelve solamente al oficialismo por Chávez, sino tal vez mucho más a la oposición, que se topa con un proyecto que está vivito y coleando y da señales contundentes de que tiene futuro.
Revista Acción, 1 de Enero de 2013
por Alberto López Girondo | Dic 14, 2012 | Sin categoría
En más de una ocasión, el presidente venezolano Hugo Chávez declaró, con tono grave, que la revolución lo había tomado por completo. «Ya no me pertenezco», sostuvo varias veces, a modo de confesión. Era la forma de expresar que un líder de su estatura, al comando de un proceso político como el que encarnó desde el intento de acabar con el neoliberalismo del gobierno de Carlos Andrés Pérez, hace 20 años, no podía darse tiempo para otra cosa.
No era nada nuevo, en realidad. Ninguno de los grandes protagonistas en la historia de la humanidad fueron otra cosa que hojas en los vientos que habían desplegado o a los que se habían sumado para dejar la huella de su paso por este mundo.
En estas horas es cuando se hace más patente esa frase y la certeza de que cada uno de los venezolanos y de los latinoamericanos que rezan por la salud de Chávez enfrentan un momento crítico. Las imágenes que las agencias de noticias envían de militantes o ciudadanos comunes haciendo vigilias con los ojos vidriosos y los labios apretados para contener el llanto, certifican que el bolivariano representa mucho más que el cargo que ocupa. Es la mayor esperanza de cambio para un país habituado a las injusticias sociales más espeluznantes, con millones que padecían dramáticas escaseces sentados sobre pozos de petróleo que a otros enriquecían.
La Venezuela de hoy no es el paraíso. Para eso le falta bastante. Pero si a lo largo de 14 años y 17 sufragios las grandes mayorías siguieron apoyando el proyecto chavista, en elecciones absolutamente limpias, algo será que habrá cambiado para los que menos tienen. Sin embargo, la presencia de Chávez sigue siendo determinante para la continuidad del modelo y para acallar esas voces opositoras que en representación de privilegios perdidos no hacen más que golpear con cizaña sobre las heridas de un hombre que lucha contra un mal todavía más poderoso que la ciencia.
Es cierto lo que dijo el ecuatoriano Rafael Correa: «Todos somos necesarios, pero nadie es imprescindible.» También es verdad que la revolución debe seguir sin Chávez, pase lo que pase. Como quien dice, que este proceso de cambios necesita ponerse los pantalones largos, tanto en Venezuela como en el resto del continente, que también pide por Chávez porque sabe que es un poco rezar por sí mismos.
Mientras tanto, la derecha y los poderes fácticos más retrógrados se regodean vivando al cáncer, el único que parece en condiciones de derrotar al militar venezolano, ya que no pueden con él en las urnas.
Así es que algunos periodistas que alcanzaron su cuarto de hora de fama enviando informes presuntamente surgidos desde el cuerpo médico que atiende a Chávez, se refriegan las manos como diciendo «no me digan que no les dije que lo de él era grave». Henrique Capriles, que este domingo se juega a conseguir en la gobernación de Miranda una segunda oportunidad para liderar a la oposición tras el fracaso en la presidencial, ya se encargó de recordar que «el liderazgo de una persona no se transfiere… (aunque) yo veo que quienes no tienen nada que ofrecerle a nuestro estado se aprovechan del problema». Cosa de ver si de ese modo puede revertir encuestas que lo dan como perdedor también con el candidato oficial Elías Jaua.
Otro periodista venezolano, Andrés Cañizález, hablando de la proliferación informativa actual sobre la salud presidencial, a las que contrapone con escuetos comunicados antes de las primeras operaciones, dice en La Nación: «¿Cuántos venezolanos habrían votado por Chávez sabiendo que en verdad no estaba curado?»
«Ahorita no tenemos quién dirige este país, y el que ahora está encargado (por el vicepresidente Nicolás Maduro), él llora en la televisión para armar un drama, para que la gente vaya a votar porque pobrecito Chávez. O sea, es doloroso. Entonces, no sabemos si esa enfermedad es para eso o es porque de verdad el señor está enfermo», deslizó sin ruborizarse, la abogada María Alicia Altuve, según reproduce un cable de la agencia The Associated Press.
Esta teoría de que el agravamiento de la enfermedad de Chávez no es más que un montaje publicitario para ganar este domingo ya fue publicado en Buenos Aires por alguno de los diarios más influyentes de la derecha. El mismo que sostiene que la situación económica en Venezuela no atraviesa por su mejor momento y coteja la política en relación al dólar con la de Argentina (dos modelos pero el mismo cepo cambiario, equiparan). Recuerdan mucho a los caranchos que se posan sobre una presa vencida para despedazarla. Y con mirada canchera dicen «ahora los quiero ver».
Desde este lado, son muchos los que le reclaman a Chávez, como contrapartida, no haberse cuidado más una vez que le detectaron la enfermedad. El mismo mandatario bolivariano recordaba que Fidel Castro casi lo conminó como un padre a que se revisara de «esas molestias» en la pelvis que terminaron siendo el primer tumor.
Y es aquí donde aparece esa diferencia entre un hombre que ya no se pertenece y confía en una inmortalidad imprescindible pero inexistente. «¿Qué necesidad tenías de dar ese multitudinario discurso antes de las elecciones bajo semejante lluvia?», le recriminan. Los mismos que podrían reprocharle a Néstor Kirchner por haberse expuesto en el Luna Park un par de días después de una cirugía cardiovascular. «Yo tampoco me pertenecía», repetiría el argentino. ¿Qué necesidad tenía Evita? ¿Y Perón en el ’73? ¿Y el Che, cuando todo le indicaba que no se podía? ¿Y Dorrego, poco antes de ese 13 de diciembre final? Si tuvo ocasión de escapar…
Estos son momentos dramáticos para Venezuela y para la región. Pero también para la vida de un hombre que ahora se muestra en toda su dimensión humana. Es un tipo común que alguna vez entendió que una sociedad injusta debe ser cambiada. Y que si él no lo hacía, ¿quién? Entonces puso todos los huevos en una sola canasta, sin guardarse nada.
Ahora cabe a la dirigencia que se formó a su lado y se consolidó en estos años de gobierno mantener la antorcha ardiendo mientras Chávez se recupera con toda la tranquilidad que necesita para volver al ruedo. Claro que no se la van a hacer fácil, y los caranchos hurgarán en miserias y diferencias para intentar una división que les permita revertir los avances logrados desde 1999.
Por lo pronto, ya dicen –a modo de cuestionamiento de sus debilidades– que Maduro no pasó por una universidad. Y que alguna vez se ganó la vida conduciendo un ómnibus. Los mismos «sesudos» argumentos que se escucharon sobre Evo Morales cuando estaba por asumir: que sólo acreditaba una pobre escuela primaria. Y que es indio.
La presencia de Correa en La Habana y el anuncio de que también podrían viajar el uruguayo José Mujica y el peruano Ollanta Humala, certifican todo lo que representa Chávez para este tiempo latinoamericano, tan auspicioso en el camino de la construcción de una Patria Grande.
Beneficioso incluso para los caranchos, incapaces de percibir que si esta oportunidad se pierde, ni ellos habrán de sobrevivir. En un páramo nadie tiene con qué alimentarse.
(En memoria de mi viejo, Constantino, que se jubiló de colectivero después de pasar por la línea 7, la 91 y la 44, cuando todavía era color celeste).
Tiempo Argentino, 14 de Diciembre de 2012
por Alberto López Girondo | Ago 20, 2010 | Sin categoría
Parece, a la ligera, una frase típica de algún senador cordobés o de un jefe de Gabinete quilmeño. Pero fue la fórmula que encontró el ministro del Interior y Justicia colombiano, Germán Vargas Lleras, para definir el atentado frente al edificio de Radio Caracol, en Bogotá. “Quieren medirle el aceite al nuevo gobierno.” Un golpe, agregó, destinado a “inaugurar” la gestión de Juan Manuel Santos Calderón, asumido apenas hace una semana, en medio de un conflicto que él no había creado con el gobierno de Venezuela.
Sabe de qué habla el flamante funcionario, porque fue víctima de dos atentados en su vida política. Uno de ellos, muy cerquita de allí, en octubre de 2005, al salir de una entrevista en la misma radio, hoy propiedad del grupo español Prisa. Esa vez, resultaron heridas nueve personas, entre ellas, algunos miembros de su custodia.
Ese bombazo enfrentó al entonces senador del Partido Liberal con Álvaro Uribe, a la sazón presidente. El mandatario, fiel a su talante de fanático converso, se apuró a atribuir el golpe a las FARC, antes de haberle preguntado una opinión al seguro destinatario del ataque. Y resulta que Vargas Lleras tenía datos que ubicaban a los agresores en una posible alianza de dirigentes políticos con paramilitares.
Es interesante seguir la carrera de Vargas Lleras, miembro de una de las familias más tradicionales de Colombia. Porque este abogado por la añeja Universidad del Rosario, de Bogotá, y doctor en Gobierno y Administración Pública por la Complutense de Madrid, es nieto de Carlos Lleras Restrepo, presidente entre 1966 y 1970, el período en que nació y se fue extendiendo la guerrilla creada por Manuel Marulanda Vélez, “Tirofijo”.
Para 1998, Vargas Lleras fue reelegido senador por el PL, y devino en acérrimo crítico de las negociaciones de paz con las FARC que impulsaba el entonces presidente Andrés Pastrana. Esta posición lo acercó a Álvaro Uribe. En 2002, era senador por tercera vez –ahora con un partido independiente– cuando recibió un regalo fatal que le cambiaría la vida: abrió despreocupadamente un libro bomba que le enviaba un supuesto admirador y perdió varios dedos de la mano izquierda. Se lo alcanza a ver en algunas fotos con una prótesis muy ostensible en el dedo mayor, pero no suele hablar mucho del tema.
En las últimas elecciones fue de candidato a presidente. Proponía continuar con la política de mano dura contra la guerrilla, pero sin Uribe, de quien como se dijo, se había distanciado. Derrotado en primera vuelta al frente de su partido Cambio Radical, Vargas Lleras, sin embargo, fue una sorpresa, porque logró 1,4 millón de votos. No tantos como para entrar al ballotage, pero suficientes para que Santos lo llamara a formar parte de su equipo de trabajo en ese gabinete concebido como de unidad.
Fiel a su principio, Vargas Lleras no se apuró a atribuir el atentado del jueves a nadie en particular. Sólo apeló, al igual que Santos, a considerarlo genéricamente obra de “grupos terroristas”, y a calificarlo como un atentado muy bien planificado para, como quien dice, marcarle la cancha a la nueva administración. En línea con su actual jefe político, insistió en que están dispuestos a dialogar con todo el mundo, pero sobre la base del abandono de la lucha armada, para empezar.
En la Radio Caracol, en cambio, no demoraron en lanzar una hipótesis para la que no parecían, hasta ayer, contar con demasiados datos, según se desprende de un cable de la agencia Efe, que también sufrió el ataque: el atentado podría ser obra de un cabecilla de las FARC, Germán Briceño, alias “Grannobles”, “que según informes de inteligencia habría impartido la orden de atacar un medio de comunicación”. El detalle que faltaba es que “Grannobles”, según la denuncia de Uribe en la OEA que ahora Santos desactivó, estaría refugiado en Venezuela.
Como se dijo hasta al hartazgo en estas semanas, Colombia vive en situación de violencia extrema desde hace décadas y está atravesada por una maraña de grupos que se disputan cada uno parte del poder y de la economía, legal e ilegal. A las dos agrupaciones guerrilleras de izquierda, el ELN y las FARC, se suman las bandas de narcotraficantes, organizaciones paramilitares de ultraderecha, y también los equipos militares estadounidenses legales, ilegales, contratados, mercenarios y profesionales que pululan en las siete bases que aprobó Uribe. Un cóctel explosivo en el que, es fácil prever, son muchos los que basan su subsistencia en la permanencia del statu quo vigente.
También se dijo hasta el cansancio que muchos miembros de la clase política, entre los que están funcionarios del anterior gobierno y el propio Uribe, aparecen implicados en varias causas, por ligazones no siempre claras con paramilitares o negocios non sanctos con el tráfico de sustancias prohibidas.
Al actual mandatario le caben las generales de la ley. Fue denunciado por la incursión de tropas del otro lado de la frontera ecuatoriana para atacar un campamento de las FARC y por el caso de los falsos positivos, aquel horroroso negocio del asesinato de civiles inermes para hacerlos pasar por guerrilleros muertos en combate y cobrar la recompensa que ofrecía el gobierno. El anterior presidente aparece involucrado con los negocios de la droga en un lapidario informe de la DEA.
Uno de los grupos irregulares, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC, las Triple A caribeñas), de extrema derecha, fueron declaradas terroristas y, luego de muchos cabildeos, alcanzaron un acuerdo por el que unos 30 mil miembros aceptaron entregar las armas a cambio de impunidad, en 2003. Políticamente se habían convertido en una molestia luego del Plan Colombia, que derramó unos 7000 millones de dólares en “ayuda militar” estadounidense desde 2002.
Sin embargo, que muchos de ellos hayan aceptado una desmovilización formal no quiere decir que hayan abandonado el combate ilegal de la guerrilla. Hay vigentes un puñado de bandas organizadas a las que las autoridades colombianas agrupan bajo el nombre genérico de Bacrim (Bandas criminales emergentes). Para los servicios de espionaje, entran bajo esta denominación tanto paramilitares de derecha como narcos y miembros desviados de la guerrilla.
Algunos de estos grupos podría ser el autor del atentado. Y las razones no son muy difíciles de sospechar, al menos desde la perspectiva de ese escenario de violencia consuetudinaria. La guerra es un formidable negocio, y cualquier señal en contrario afecta intereses reales y concretos.
Entre ellos, los millones de dólares que se destinan al Plan Colombia y que embolsan las empresas bélicas privadas, los millones en seguridad que se van en protección y vigilancia de personas y haciendas. Los millones que se destinan a la lucha contra el cultivo de coca, marihuana y amapolas, y la elaboración y transporte de narcóticos. Y, quizás más importante, los millones de excusas para mantener bases desde las que desplegar tropas hasta Tierra del Fuego en pocas horas.
Es decir, si Santos y Vargas Lleras, a quienes nadie podría atribuir vecindad ideológica con la guerrilla y la izquierda en general, llegaran a consolidar acuerdos de paz duraderos, muchos deberían buscarse otra forma de vida o nuevas estrategias de ocupación.
¿Es posible que este Vargas Lleras –nieto de presidente y de prosapia liberal– junto con Santos Calderón –sobrino nieto de Eduardo Santos Montejo, también liberal y presidente, aunque entre 1938 y 1942– logren avanzar hacia acuerdos de paz?
Tienen una enorme ventaja sobre cualquier otro negociador. No son intermediarios, vienen del poder real de Colombia. Son el establishment, sin la menor duda.
Conviene recordar a esta altura que no fueron los demócratas estadounidenses los que lograron la paz en Vietman y se acercaron a la China de Mao Tsé-Tung. Fue con el republicano extremo Richard Nixon y el no menos derechista Henry Kissinger como secretario de Estado.
Un dato que seguramente no escapa a quienes pusieron la bomba en el Chevrolet Swift 1994 color gris, patente BOO 483, cargado con 50 kilogramos de explosivo anfo que estalló minutos antes de las seis de la mañana en Carrera Séptima con calle 19, como dicen los colombianos.
El caso es si para ellos la paz es negocio.
Tiempo Argentino, 14 de Agosto de 2010
por Alberto López Girondo | Jul 25, 2010 | Sin categoría
La escalada de Uribe tiene hondas razones ideológicas y estratégicas. Pero también puede entenderse como una forma de crear razones para tranquilizar a los accionistas de un puñado de empresas privadas.
Las relaciones entre Colombia y Venezuela no eran una maravilla este jueves, cuando Hugo Chávez aprovechó la visita de Diego Maradona para anunciar la ruptura de relaciones diplomáticas. Ni lo habían sido días antes, cuando Álvaro Uribe prometió presentar pruebas de que en territorio venezolano reciben apoyo y protección efectivos de las FARC y el ELN, las dos organizaciones guerrilleras colombianas. De hecho, los presidentes se habían enfrentado el año pasado, cuando Uribe firmó la extensión de los acuerdos militares con los Estados Unidos, que implicaron la creación de siete bases militares en territorio colombiano. Lo que puede asegurarse ahora es que la llegada del nuevo gobierno de Juan Manuel Santos quedará fuertemente condicionada por lo que la mayoría de los medios tradicionales prefieren tomar como bravuconadas de Chávez y Uribe de cara a sus propios frentes internos.
Santos fue el ministro de Defensa que ordenó el ataque sobre territorio ecuatoriano en 2008, donde fue muerto el número 2 de las FARC, Raúl Reyes, junto con otras 16 personas. Desde entonces las relaciones con Ecuador también estaban rotas y Santos es investigado en relación con aquella incursión armada. Las tres son naciones bicentenarias surgidas bajo el influjo de Simón Bolívar, que comparten –con detalles– la bandera bolivariana y que alguna vez conformaron el intento de una gran nación construida sobre la base del virreinato de Nueva Granada. Naciones con las que Santos se comprometió a una política de buena vecindad.
Las relaciones de Colombia y los Estados Unidos no debieran ser precisamente amistosas, si se recuerda que Washington promovió la independencia de la provincia de Panamá porque no logró que el gobierno colombiano del 1900 aprobara que tropas estadounidenses vigilaran el flamante Canal. Sin embargo, por lo menos desde 1952 los lazos con la clase dominante colombiana se fueron estrechando y, desde 1974 –con el argumento de la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla– culminaron en pactos militares.
En 1998, cuando faltaban pocos meses para que el canal fuera devuelto a los panameños tras los acuerdos Torrijos-Carter, el ex presidente Andrés Pastrana anunció el Plan Colombia, “un programa de desarrollo económico sin drogas”. La conducción estratégica de las fuerzas militares estadounidenses sabía que ya no habría espacio para nuevas camadas de militares formados en la Escuela de las Américas de Panamá, y Colombia ofrecía todos los condimentos para ser su avanzada en la región. Por la mezcla de fuerzas insurgentes y producción de narcóticos que sólo podrían verse en Afganistán o el Extremo Oriente, entre otras explicaciones.
La violencia se potenció de tal manera desde entonces –sin entrar en demasiados detalles bastante conocidos que involucran a tropas regulares, paramilitares, mercenarios, cárteles y narcotraficantes– que según la ACNUR, la organización de la ONU que atiende a los refugiados, desde 2004 el número de desplazados internos se incrementa en 250 mil personas por año hasta superar actualmente los tres millones, y los refugiados sobrepasan los 650 mil personas, sobre todo en Ecuador y Venezuela, por la obvia cercanía fronteriza.
Hasta el 11 de septiembre de 2001, las guerrillas colombianas eran catalogadas por el Departamento de Estado como “fuerzas políticas beligerantes”. Desde entonces están en el rango de “organizaciones terroristas”. Y a medida que en los Estados Unidos se fueron incrementando los presupuestos para la lucha contra el terrorismo en todo el mundo, también fue aumentando la injerencia de los civiles contratados por Washintgon, no sólo como fuerzas armadas sino como servicios de espionaje.
Para 2002, se modificó una cláusula del convenio original que permite el ingreso de “subcontratistas” de seguridad sin límite. Esa es figura legal para los mercenarios y agentes civiles con permiso y protección de las leyes estadounidenses que actúan en este país sudamericano.
Entre los contratados figura personal de compañías como DynCorp y XE, la antigua Blackwater, la más grande empresa de seguridad global privada, con ingresos de unos 1000 millones de dólares al año y 40 mil empleados, la mayor parte de ellos en Irak y Afganistán. Estos contractors son conchabados por el Departamento de Estado, el Pentágono o la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo.
El diario The Washington Post publicó durante tres días un profuso informe denominado “EE UU secreto”. Es una investigación sobre el mundillo de las agencias de inteligencia. Durante dos años, un equipo de unas 17 personas al mando de Dana Priest y William Arkin fue desmenuzando un conglomerado que, según publicaron en el tal vez más influyente diario de los Estados Unidos, desde los atentados a las Torres Gemelas creció hasta ocupar hoy a 854 mil agentes. Son pocas las ciudades argentinas que llegan a esa población (Buenos Aires, Córdoba y Rosario). De esa cifra, 265 mil son contratados y pertenecen a las 1931 empresas privadas del rubro, que compiten con 1271 organizaciones gubernamentales.
“La floreciente industria de la inteligencia corporativa se lleva a los trabajadores más calificados del gobierno con mejores salarios y bonificaciones. Los contratistas pueden ofrecer el doble de dinero a empleados experimentados del gobierno federal”, dice el Post. “Los contratistas componen el 29% de la fuerza de trabajo en las agencias de inteligencia, pero cuestan el equivalente del 49% de su presupuesto de personal”, concluye el matutino. Al mismo tiempo, se multiplicaron los edificios donde se realizan tareas secretas y se desarrolló toda una industria para la construcción de salas de seguridad equipadas con alarmas, sistemas de comunicación protegidos y aparatos para la vigilancia que recuerdan en mucho a las películas más imaginativas del género.
No es la primera investigación sobre el tema en los Estados Unidos, aunque sí la primera que aparece en alguno de los medios top. Porque el periodista Jeremy Scahill había investigado sobre Blackwater. Y su colega Tim Shorrock había hecho lo propio en un libro que llamó Spies for Hire (Espías de alquiler).
Precisamente fue Shorrock quien en un reportaje radial se asombró el jueves de que nadie haya protestado antes por lo que estaba ocurriendo. “Las empresas privadas venden acciones en el mercado, se ufanan ante sus inversores de las altas ganancias, tienen edificios lujosos con el logo en la puerta y páginas web donde vuelcan sus logros. Hacen todo a la vista del público”, dijo. Esto es tan así que a principios de este año el fundador de Blackwater, el ex marine Erik Prince, habló efusivamente de sus negocios en una nota de tapa de la revista Vanity Fair, como si fuera un divo.
Durante décadas, la economía de los EE UU funcionó sobre la base de la asignación de recursos del Estado a través de la industria bélica. Los analistas más sensatos venían advirtiendo sobre los riesgos que para la democracia implica este tipo de relación con el aparato industrial militar. Ahora se le agrega esta nueva variable del complejo empresarial del espionaje.
Un complejo de tal magnitud necesita incrementar su tasa de ganancia continuamente, como cualquier empresa privada. Y sus ingresos provienen de la capacidad que puedan ofrecerles a los gobiernos para la resolución de conflictos. Como le pasaría a cualquier sofisticado técnico que vende su mano de obra supercalificada, en la medida en que se solucionan las fallas desaparecería también su posibilidad de conseguir contratos y el negocio se termina.
Son muchos los funcionarios de las áreas de inteligencia de los Estados Unidos que pasaron por la actividad privada y al término de su gestión volvieron a su anterior empleo. Uno diría que son técnicos de los que conviene desconfiar.
La escalada de Uribe tiene hondas razones ideológicas y estratégicas que van más allá de la guerrilla y apuntan directamente al corazón del gobierno chavista. Pero también pueden entenderse como una forma de crear razones para tranquilizar a los accionistas de un puñado de empresas privadas.
Las mismas que acercaron las presuntas pruebas esgrimidas por su embajador en la OEA.
Tiempo Argentino, 25 de Julio de 2010
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