Una frase de un tema de John Lennon del disco Double Fantasy, lanzado a fines de noviembre de 1980, días antes de que fuera asesinado en Nueva York, se popularizaría por su claridad y profundidad filosófica: podría traducirse como «la vida es lo que ocurre mientras estás ocupado en otras cosas». Algo así sucede desde hace algunas semanas en el universo mediático nacional. Mientras la agenda parecía estar ocupada con la feroz interna libertaria y algunas de sus nauseabundas revelaciones, se fueron acelerando medidas que comprometen el futuro del país, incluso si esas guerras internas arrastran al Gobierno de Javier Milei.
Un ligero repaso de esas decisiones perturbadoras podría sumar desde la concesión de la Hidrovía en condiciones lesivas cuando no contaminadas de recelos, pasando por un acuerdo con el Comando Sur de Estados Unidos para el patrullaje «compartido» del Mar Argentino hasta la sospechosa recorrida de funcionarios estadounidenses por tres centros atómicos nacionales en el marco de la entrega en cuotas de la soberanía tecnológica en un área en la que Argentina es líder a nivel mundial. Ni qué decir del anuncio del ministerio de Capital Humano del proyecto «Gemelo Digital Social»: «Un cambio de paradigma en la política social con el uso de Inteligencia Artificial», según se ufanó el presidente.
En el peor momento para la imagen presidencial, según todos los sondeos en circulación, el ministro de Economía, Luis Caputo, anunció este viernes que el FMI había aprobado la segunda revisión del acuerdo de Facilidades Extendidas con un desembolso de otros 1.000 millones de dólares que, a decir verdad, saldrán de una ventanilla para ingresara por otra como parte de la deuda contraída con el organismo desde 2018. Siempre de la mano de Luis Caputo. Un dato del documento del Fondo es que reconoce que no se cumplieron todos los puntos acordados y revisados con Argentina, y tras «alentar» a las autoridades nacionales a acumular reservas, vieja demanda incumplida, insta a «continuar los esfuerzos de buena fe para resolver los reclamos pendientes». ¿Pide no más dibujos financieros?
Acuerdo de entrega Es ese otro mundo alejado de las redes, generó controversia la difusión de un acuerdo con el Comando Sur de EE.UU. que se denomina «Protección de los Bienes Comunes Globales», con una duración de cinco años y que contempla «la transferencia tecnológica, incorporación de nuevas capacidades, formación de personal y asistencia técnica especializada», según el Ministerio de Defensa, a cargo del general Carlos Presti. Como adelanto, la Embajada de EE.UU. anunció la incorporación de dos aeronaves Textron B-360ER MPA «con radar de búsqueda de superficie, sensores infrarrojos, comunicaciones satelitales, sistemas ISR y capacidades de comando y control orientadas al monitoreo y vigilancia de los espacios marítimos». Ni bien se supo la novedad, llovieron críticas hacia lo que se considera una entrega de soberanía y del patrimonio nacional en el marco del reclamo que debiera ser consistente de los derechos sobre las Islas Malvinas, como destacan grupos de veteranos de la guerra de 1982.
MILEI ENTREGA EL CONTROL DEL ATLÁNTICO SUR A EE.UU. HASTA EL 2030
Un protectorado marítimo estadounidense. El Gobierno Nacional está aceptando que nuestro mar ya no es un recurso exclusivo de los argentinos, sino “bienes comunes globales”, bajo "protección" extranjera.…
— AgendaMalvinasOK (@Agenda_Malvinas) May 20, 2026
El cerco estadounidense sobre la región se va estrechando cada vez más. También se coló en la licitación de la Hidrovía Paraná-Paraguay, donde se cruzan quejas desde sectores nacionales y presiones de todo tipo desde Estados Unidos, como las de un congresista republicano, Brian Mast, quien alertó que entre los aspirantes al millonario y estratégico negocio habría intereses de firmas chinas. Los que sí están en la lista de candidatos a quedarse con el negocio son los hermanos Juan y Patricio Neuss.
Amigos de la infancia de Santiago Caputo –el poder cada vez menos en las sombras detrás del régimen de Milei–, a ellos también «se les dio todo junto» desde diciembre de 2023. Hace un año se habían quedado con un tercio de la firma Edison, que controla las distribuidoras eléctricas de Tucumán y Jujuy (EDET y Ejesa); Líneas de Transmisión del Litoral (Litsa) y la hidroeléctrica Cempsa de Potrerillos, Mendoza.
El 28 de abril pasado, tras una misteriosa «caída de sistema», la oferta del consorcio de los Neuss junto con Genneia (Juan Pablo Brito y Jorge Exequiel Carballo) apareció siendo la ganadora, con 356.174.811,78 dólares. Ahora también van, a la vera de la empresa belga Jan De Nul, por la autopista acuática por la que circula el 80% del comercio internacional de Argentina. Tanto el lícito como el ilícito. Algo de eso cuenta un conocedor del tema, el diputado Carlos del Frade.
"Va a haber muchos platos menos de comida en las provincias por la privatización de la hidrovía. El que maneja el Paraná, maneja la riqueza del pueblo argentino. El 80% de las exportaciones pasa por ahí y la planificación está pensada desde EE. UU."@delfradecarlos en TUGO. pic.twitter.com/IG55fmSDsh
El legislador provincial por el Frente Social y Popular en la Provincia de Santa Fe agregaba un dato que muestra el trasfondo de una política coherente, pero no a favor de los intereses nacionales. En enero de 2024, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de EE.UU. (USACE, que «administra la hidrovía del Misisipi) firmó un Memorándum de Entendimiento con la ahora disuelta Administración General de Puertos (AGP) con el objetivo de «profundizar el intercambio entre ambas gestiones, con el eje puesto en la eficiencia y la concreción de nuevas capacitaciones en aspectos de gestión de puertos y vías navegables, mantenimiento de la navegación y equilibrio ambiental, así como desarrollo de infraestructura, entre otras áreas».
Bienes en disputa A este escenario de «puertas demasiado abiertas» se le agregó el recorrido de una delegación integrada por miembros de los departamentos de Estado, de Energía y la Comisión Reguladora Nuclear (NRC) de EE.UU., los activos físicos de producción y almacenamiento de materiales en el Centro Atómico Constituyentes, el Centro Atómico Ezeiza y el Centro Atómico Bariloche. La advertencia más idónea sobre el significado de esta suerte de «revisión» la dio la doctora en Física y expresidenta de la Comisión Nacional de Energía Atómica, Adriana Serquis. «El plan nuclear (actual) de Argentina es desestimar todo nuestro desarrollo soberano e inversión realizada, para venderle nuestro uranio a Estados Unidos. Les aseguro que los yanquis no nos van a invitar a conocer su desarrollo tecnológico. Esto es entrega a cambio de nada», posteó la ahora diputada del FP por Río Negro.
SEGUIMOS REGALANDO EL SECTOR NUCLEAR A CAMBIO DE NADA
¿Se acuerdan que a principios de mayo una comitiva de funcionarios del gobierno de EE.UU. estuvo recorriendo nuestras Centrales Nucleares?
Bueno, siguiendo el Plan de Entrega Nuclear, ahora el Gobierno oficializó con la… pic.twitter.com/w4cSLno5SQ
— Adriana Cristina Serquis (@aserquis) May 15, 2026
Esta política es coherente con un viaje misterioso de Santiago Caputo a EE.UU. y un mensaje en X bastante más claro en el que esboza el plan que sostiene el Gobierno en política internacional. «Es más probable que veamos una o dos décadas de carrera “mineralistica” antes de ver un conflicto global. Argentina, que decidió jugar con los Aliados y no con el Eje como en otros tiempos, puede ser un socio estratégico para USA en esa carrera ya que tenemos absolutamente todo lo que ellos necesitan. La contracara de eso es que Argentina en la próxima década probablemente reciba cientos de miles de millones de dólares de inversión, por no decir trillones. La expansión económica que esos niveles de inversión en esa ventana de tiempo van a producir solo será comparable con la expansión económica que tuvo Argentina entre 1860 y 1920. Esto ya está escrito».
Para comenzar esa sinuosa carrera, este viernes el Gobierno anunció el mencionado «Gemelo Digital Social», un proyecto que explica el rol que cumple como nuevo habitante de estas tierras el magnate germano-estadounidense Peter Thiel, fundador de la empresa de recopilación de datos para la vigilancia y el análisis militar Palantir. Se trata de un sistema diseñado para cruzar datos de todos los ciudadanos basado en Inteligencia Artificial para «diseñar, proyectar, anticipar y predecir el impacto de políticas públicas».
Ojo con esto del “Gemelo Digital social”. Por ahora solo humo de marketing pero dejo algunas reflexiones iniciales sobre este obsequio a Palantir.
1/11 El gobierno argentino acaba de anunciar el primer “gemelo digital-social”: un sistema de IA que integra datos de millones de… pic.twitter.com/VNaSl6Ahbf
Cuando el 24 de febrero de 2022 el presidente Vladimir Putin anunció el inicio de una Operación Militar Especial para “desmilitarizar y desnazificar” Ucrania, los medios de Occidente afirmaron muy rápidamente que se trataba de la primera guerra en Europa desde 1945.
Sin embargo, el 24 de marzo de 1999, la OTAN comenzaba el bombardeo de Belgrado, que duraría hasta el 10 de junio, la “frutilla del postre” para una sangrienta guerra civil en los Balcanes que se había iniciado cuando se disolvía la URSS. El 9 de agosto de ese mismo 1999, en Moscú, empezaba la primera gestión de Putin, quien se dedicaría a construir su liderazgo –que no abandonaría hasta hoy– y a reconstruir el de Rusia como gran potencia mundial. Mientras tanto, Estados Unidos, que se había convertido en el “Gran Hegemón”, avanzaba en su proyecto de ser el imperio global del siglo XXI. ¿Casualidades?
En lo que va de este siglo, se produjo el ataque a las Torres Gemelas, la emergencia de los países de Brics y, fundamentalmente, de China como la única potencia capaz de rivalizar cara a cara con EE.UU.; las desastrosas invasiones de Irak y Afganistán, la era de la vigilancia global y de los ejércitos mercenarios privados, una profunda crisis financiera de la que el mundo no se restablece, un período virtuoso de integración sudamericana y una operación de limpieza étnica israelí en Palestina. Todo eso en el marco de un lento, pero persistente, derrumbe del imperio estadounidense y de sus principales armas: el dólar y el liderazgo militar.
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Los atentados ya no son obra de «grupos terroristas de izquierda», como en la mitad del siglo XX
Hasta las elecciones del 5 de noviembre de 2024, en Estados Unidos, era perceptible una unidad de criterios dentro de la OTAN, y durante la última parte de la administración de Joe Biden, el reloj del apocalipsis comenzó a acercarse velozmente a la medianoche; esto indicaría el fin de la humanidad. El aplastante triunfo del extravagante magnate inmobiliario Donald Trump pareció dar vuelta todo. Pero no pasó mucho tiempo para el regreso de esa peligrosa “normalidad”.
Los cuatro años de su primer mandato y los cuatro de su travesía por el desierto fuera de la Casa Blanca le ensenaron que no iba a tener mucho tiempo para concretar sus planes, los cuales se basan en el lema de “Hacer Grande Nuevamente a EE. UU.” (MAGA, en inglés) y recuperar la “era dorada” con guerras arancelarias, mucho maltrato sobre todo a los aliados, una rearticulación de su aparato imperial y un objetivo bastante explicito de que el resto del planeta pague la astronómica deuda pública generada por décadas de guerras inútiles. Y perdidas.
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Pero el 13 de junio de 2025, Israel lanzó sus primeros ataques contra el aparato científico nuclear de Irán. Unos días más tarde, Trump era otro: ordenó destruir la base de enriquecimiento de uranio de Fordow, a un centenar de metros bajo la superficie. En ese preciso instante, sus principales apoyos dentro del movimiento MAGA –desde el ideólogo ultraderechista Steve Bannon hasta el periodista Tucker Carlson– le bajaron el pulgar. Trump se había rendido a la voluntad del lobby israelí y al “Estado profundo” contra el que se había comprometido a luchar.
Las preguntas claves serán: ¿Cómo se llegó a esto? ¿Es posible evitar otra catástrofe? Y para los que vivimos en esta parte del mundo, ¿cómo afectará a la Argentina y a América Latina una Tercera Guerra Mundial, con la amenaza de gobiernos, como el de Javier Milei, que se acoplan sin fisuras a lo que se decida en el Salón Oval y a las ansias expansionistas del Gobierno de Israel? ¿La guerra se dará entre lo que queda de Occidente y Rusia-China o los Brics –al que renunció el gobierno argentino no bien asumió Milei, en diciembre de 2023– serán el enemigo?
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El sueño de Armagedón
En 1994 el historiador británico Eric Hobsbawm publicó La edad de los extremos: El corto siglo XX. Una profunda revisión del período que va de 1914 a 1991. Es decir, desde la Primera Guerra Mundial hasta la disolución de la Unión Soviética y la caída en simultáneo del bloque del “socialismo realmente existente”, como recalca el académico, cuya tumba está ubicada en el cementerio de Hightgate, en Londres, a pocos metros frente a la de Karl Marx. Vaya deseo póstumo.
Cuando se cumplieron tres décadas de esa publicación, y en medio de dos guerras de consecuencias impredecibles, en Ucrania y en Medio Oriente, hay algunos párrafos de aquel trabajo memorable de Hobsbawm que despiertan todas las alertas. Fundamentalmente si se tiene en cuenta que la Organización del Tratado del Atlántico Norte bate parches de una escalada contra Rusia mientras Israel no cesa en su estrategia de demolición de Palestina, lo que arrastra al mundo a una nueva conflagración, esta vez con el riesgo cierto de un holocausto nuclear.
“¿Por qué, pues, las principales potencias de ambos bandos consideraron la primera guerra mundial como un conflicto en el que solo se podía contemplar la victoria o la derrota total? –dice Hobsbawm, para responderse–. La razón es que, a diferencia de otras guerras anteriores, impulsadas por motivos limitados y concretos, la primera guerra mundial perseguía objetivos ilimitados. En la era imperialista, se había producido la fusión de la política y la economía. La rivalidad política internacional se establecía en función del crecimiento y la competitividad de la economía, pero el rasgo característico era precisamente que no tenía límites”. ¿Suena a algo actual? Pues claro. Pero sigue.
“De manera más concreta, para los dos beligerantes principales, Alemania y Gran Bretaña, el límite tenía que ser el cielo, pues Alemania aspiraba a alcanzar una posición política y marítima mundial como la que ostentaba Gran Bretaña, lo cual automáticamente relegaría a un plano inferior a una Gran Bretaña que ya había iniciado el declive. Era el todo o nada. En cuanto a Francia, en ese momento, y también más adelante, sus aspiraciones tenían un carácter menos general pero igualmente urgente: compensar su creciente, y al parecer inevitable, inferioridad demográfica y económica con respecto a Alemania. También aquí estaba en juego el futuro de Francia como potencia de primer orden”. Si se cambian los nombres de los países –o mejor dicho de los bloques– por Estados Unidos-Unión Europea y Rusia-China-Brics, el resultado da que hay dos trenes a punto de chocar y nadie parece dispuesto a evitarlo.
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¿Cuándo se empezó a gestar esta nueva guerra europea? Una respuesta podría ser, parafraseando a Hobsbawm, que mientras se diluía la URSS y el centro de Europa volvía a quedar huérfano de un poder central que aglutinara a pueblos y culturas al borde del abismo desde hace siglos. Se diría que son aguas revueltas desde la caída del Imperio Romano Germánico que terminó con la invasión napoleónica, en 1806. O de los imperios zarista y otomano, desparecidos entre 1914 y 1918. Pueblos surgidos de los restos imperio romano con una fuerte impronta cristiana, en permanente rechazo al mundo musulmán y la cultura eslava. Y no nos olvidemos, también del mundo judío, porque si hay otro foco de incendio ese es el Medio Oriente.
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El contexto en el que están sumergidas las grandes potencias tiene mucho de ese pasado que no cesa de irse, sumado a iniquidades cometidas por Occidente en todo el planeta desde 1991, como recalca Vladimir Putin. Lo que no debería sonar a una apología del presidente ruso. Se anotan para entender las razones esgrimidas en el juego geopolítico que se desarrolla en ese territorio clave de Eurasia y la apuesta por revitalizar el estatus de superpotencia de Rusia.
Ese porfía se exterioriza con más ímpetu desde 2021, aunque desde 2014 Putin venía advirtiendo que para Rusia, Ucrania es la línea roja de la que no aceptará moverse. Es decir, así como Rusia solo puede contemplar la victoria o la derrota total, lo mismo ocurre con la OTAN, Estados Unidos, el Reino Unido y los socios en la Unión Europea. Tampoco China se bajaría a esta altura del sendero que la lleva a dejar atrás el “siglo de la humillación”.
Este bien podría ser otro capítulo de una guerra cuyo prólogo se produjo entre 1914 y 1918, hubo un capítulo entre 1939 y 1945 y el ¿epílogo? está ahora en sus albores. No por casualidad se trata de los mismos escenarios y con, básicamente, los mismos actores: el imperio anglosajón llevando de la mano a la OTAN, y ahora nuevos jugadores internacionales, que se unen en el grupo Brics+ y que participan en ese mundo multipolar que busca consolidar un lugar bajo el sol.
Esos locos peligrosos
Si España fue en 1936 el laboratorio de pruebas de nuevos artefactos bélicos, en Ucrania, como poco antes en Siria, prueban la más reciente generación de maquinarias creadas para la destrucción humana. El temor es que el experimento culmine con la aplicación de la energía nuclear con fines criminales, como Estados Unidos hizo en Nagasaki e Hiroshima en agosto de 1945. El temor es que ya no tenga vigencia la estrategia de disuasión nuclear de la Guerra Fría, eso que el matemático húngaro-estadounidense John von Neumann llamó Destrucción Mutua Asegurada, cuyas siglas en inglés se escriben MAD, literalmente “loco”. Es decir, si la URSS y EE.UU. tenían capacidad nuclear como para eliminarse mutuamente, había que estar loco para ir más allá de la amenaza verbal. Y funcionó –a pesar de algunos sofocones como la crisis de los misiles en Cuba en 1962– mientras la Unión Soviética estuvo en pie.
¿Qué tan locos están los líderes de primer este cuarto del siglo XXI? ¿Qué tan dispuestos irían a todo o nada para mantener la supremacía? ¿Qué tan racionalmente podrían actuar cuando en la sociedad de la nación todavía más poderosa –aunque en decadencia– hay grupos cada vez más numerosos e influyentes que no le temen al Armagedón sino todo lo contrario: lo buscan con desesperada fe religiosa para comenzar un nuevo mundo mejor, para terminar con el Mal en la Tierra? ¿Exagerado? Veamos.
Un artículo de 2004 de la revista The Atlantic que firma James Mann recuerda que durante el gobierno de Ronald Reagan, y en el marco de una creciente paranoia ante la posibilidad de que estallara un conflicto nuclear con la Unión Soviética, dos burócratas de alta escuela que serían determinantes en este siglo, Dick Cheney –vicepresidente de George W. Bush– y Donald Rumsfeld –secretario de Defensa de esa administración– diseñaron un programa clandestino para establecer líneas sucesorias en caso de que un ataque acabara con la cúpula política de la nación. Se lo llamó Plan Armagedón y luego de los atentados a las Torres Gemelas, el 11S de 2001 y con Cheney y Rumsfeld en el poder, se puso en marcha para esconder a Bush y establecer una cadena de mandos con la orden de que las agencias federales activaran una sede alternativa fuera de Washington y personal preparado para lo que fuera.
(…)
El fin de los tiempos
Armagedón es un término, según los que saben, que deriva del hebreo Har Megiddon, literalmente Monte Megido, a unos 90 kilómetros al norte de Jerusalén. Allí, según el Libro del Apocalipsis, se desarrollará la batalla final entre el bien y el mal, entre Dios y las fuerzas del mal.
La idea del Armagedón ocupó libros y films de Hollywood del género de terror, pero subrepticiamente fue creciendo por debajo de la superficie en la sociedad estadounidense y se extendió a gran parte de América Latina mediante una formación religiosa evangélica sionista.
Se trata de una teología que en líneas generales sostiene que la creación del Estado de Israel –o el Reino de Israel en términos bíblicos– es una señal de que está en marcha el reloj del Armagedón y se acerca la segunda llegada de Jesucristo. Cosa que ocurrirá cuando se construya el Tercer Templo de Jerusalén.
Luego de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, un grupo de presión llamado Cristianos Unidos por Israel (CUI) que asegura contar con 10 millones de miembros –eso dice Adam Gabbatt en The Guardian)–, y otras tantas iglesias evangélicas de Estados Unidos manifestaron su apoyo irrestricto a Israel. “De acuerdo con la tradición cristiana de la Guerra Justa, también afirmamos la legitimidad del derecho de Israel a responder contra quienes han iniciado estos ataques, ya que Romanos 13 otorga a los gobiernos el poder de portar la espada contra quienes cometen actos tan malvados contra vidas inocentes”, dicen en un comunicado.
John Hagee, telepredicador y fundador de CUI, había profetizado unos meses antes, en diciembre de 2023: “Dios se está preparando para defender a Israel de una manera tan sobrenatural que dejará sin aliento a los dictadores del planeta Tierra, pero estamos viviendo en la cúspide de la mayor serie de eventos sobrenaturales que el mundo haya visto jamás”.
En marzo de ese mismo año, la documentalista noruega Tonje Hessen Schei presentó su último trabajo, codirigido por el estadounidense Michael Rowley, Praying for Armageddon (Orando por el Armagedón), al que denominó un “thriller político” que revela la fusión entre el cristianismo evangelista y la dirigencia política de Estados Unidos. “No creo que muchos estadounidenses se den cuenta de que el tipo de lobby oculto del Armagedón del fin de los tiempos… tiene un poder político real. Constituyen la columna vertebral del Partido Republicano”, afirma la autora en un reportaje con Deadline, una revista online dedicada al cine. En entrevistas con los involucrados y con expertos en el asunto, el film muestra el modo en que esos grupos buscan el fin de los tiempos y una nueva creación.
“Imagínese no solo creer que el mundo está llegando a su fin, sino también querer que suceda. Con ansias. Luego, vayamos un paso más allá e imaginemos a personas con esa mentalidad diseñando la política y las relaciones exteriores estadounidenses para lograr exactamente lo que buscan: el apocalipsis”, dice el crítico Matthew Carey en esa misma publicación.
La base bíblica sobre la que se sostiene esta teogonía está en el Antiguo Testamento.
(…)
Estos sectores basan su interpretación en los textos sagrados para enarbolar su visión extrema del mundo. O en otro sentido, no es el cristianismo ultra el único credo con una visión definitiva y fatal del momento histórico. Durante las últimas décadas la palabra fundamentalismo parece remitir en los medios solo al extremismo musulmán. Yihadistas, talibán, grupos como Al Qaeda, Boko Haram o Daesh son chivos expiatorios fáciles para medios y mandatarios de todo el mundo occidental a la hora de atribuir responsabilidades sobre hechos violentos. Los atentados ya no son obra de “grupos terroristas de izquierda”, genéricamente hablando, como en la segunda mitad del siglo XX.
Así, hay estados descriptos despectivamente como “teocráticos” porque basan la autoridad de su gobierno en el poder de Dios o de un sacerdote que interpreta la voluntad de Dios. El ejemplo que sale de inmediato es Irán, donde si bien hay un sistema político elegido por el voto popular, la palabra del imán tiene un peso determinante como líder espiritual de la nación.
Israel se jacta de ser la única democracia realmente existente en el Medio Oriente. Pero en julio de 2018 el parlamento –Knesset– aprobó una polémica ley que declara al Estado de Israel como “la nación-estado del pueblo judío, en el que éste ejerce su derecho natural, religioso e histórico a la autodeterminación”. Y agrega que ese derecho a la autodeterminación es “exclusivo del pueblo judío”.
Eso no es todo. La Biblia, para los colonos israelíes –que no cesan de ocupar tierras fuera de las fronteras previas al año 1967 en Cisjordania y cometen tropelías amparados por el estado y sus fuerzas militares– funge de escritura notarial de las parcelas que quieran utilizar para su provecho, desplazando violentamente a los pobladores originarios palestinos que ostentan derechos legítimos.
Para bellum
¿Sería apenas una teoría conspirativa la que lleva a inquietarse ante un Armagedón nuclear? ¿Habrá que creer que son solo bravuconadas propias de películas de terror o teorías de mentes afiebradas?
En diciembre de 1987 y en el marco de los nuevos tiempos que asomaban en la URSS, el jefe de estado soviético, Mijail Gorbachov, firmó con el 40º presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, el Tratado INF (Siglas en inglés para Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio) que puso fin a los misiles balísticos y de crucero con un alcance de entre 500 y 5.500 kilómetros.
En abril de 2010 el entonces presidente de Rusia, Dmitri Medvedev, y el 44º presidente de EE.UU., Barack Obama, firmaron el Start III (Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, en inglés) o New Start, por el que se comprometieron a reducir su arsenal atómico en dos tercios. En la práctica fue presentado como el broche final a la Guerra Fría.
El 20 de octubre de 2018, el 45º presidente, Donald Trump, anunció que retiraría a su país del Tratado INF tras acusar a Rusia de no haber cumplido fielmente sus términos. Suspendió su participación en febrero de 2019, un día después, Vladimir Putin hizo lo propio. El Tratado perdió vigencia en agosto de 2019. En febrero de 2023 el presidente ruso suspendió la participación de su país en el START III porque “Rusia debe estar preparada para probar armas nucleares si Estados Unidos lo hace primero”.
La Parabellum es una pistola semiautomática diseñada a fines del siglo XIX por el austríaco Georg Luger, de allí que se haya hecho popular bajo el nombre de Luger. Producida desde 1900 por la fábrica alemana de armas Deutsche Waffen und Munitionsfabriken (DWM), fue utilizada por las fuerzas del Reich hasta 1945. Hoy es un objeto de culto. El nombre original proviene de una sentencia de los tiempos del imperio romano: “Si vis pacem, para bellum”, si quieres la paz, prepárate para la guerra.
A este axioma acudió el presidente francés, Emmanuel Macron, el 14 de marzo de 2024, a horas del inicio de una nueva elección presidencial en Rusia. “Si Europa quiere la paz, debe prepararse para la guerra”, dijo, una frase luego repetida por el presidente del Consejo europeo, Charles Michel. “Francia ya está involucrada y, por lo que parece, está dispuesta a estarlo más”, le respondió Putin. ( )
El 20 de agosto de 2023, el New York Times informa que en ese mismo mes de marzo el presidente Joe Biden había firmado una actualización de la llamada Guía de Empleo Nuclear, que se fija como objetivo “preparar a Estados Unidos para posibles desafíos nucleares coordinados de China, Rusia y Corea del Norte”. El diario agrega que el documento tiene un nivel de clasificación como ultrasecreto tan alto que “no hay copias electrónicas, solo una pequeña cantidad de copias impresas distribuidas a unos pocos funcionarios de seguridad nacional y comandantes del Pentágono”.
¿Cuántas armas nucleares hay en poder de cada país? Imposible saberlo con certeza, porque el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) no controla a todos los jugadores de este peligroso deporte y la paranoia es el peor consejero en estas cuestiones. Se sabe que Israel, por ejemplo, tiene entre 90 y 200 artefactos sin declarar y por lo tanto sin verificación externa, pero también en junio de 2025 llevó al mundo al borde del abismo en la que Trump pretendió vender como una “guerra de los 12 días” cuando se lanzó a destruir el proyecto nuclear iraní.
(…)
Salvo el “pequeño detalle” de que ahora hay armamento atómico, no ocurre nada que no haya sucedido poco antes del asesinato del archiduque Francisco Fernando, el 28 de junio de 1914, como nos recuerda Hobsbawm. Si todos se arman tan abierta y provocativamente, tarde o temprano van a terminar usándolas. Mientras tanto, vayamos a rastrear en ese pasado reciente y no tanto en busca de entender cómo llegamos a esto y qué consecuencias puede tener para un país como Argentina, que con el gobierno de Javier Milei adscribe como ninguno en una región tradicionalmente de paz a los postulados de Estados Unidos y de Israel.
☛ Título:Cerca del apocalipsis
☛ Autor: Alberto López Girondo
☛ Editorial: Ciccus
☛ Edición: 2025
☛ Páginas: 280
Datos del autor
Alberto López Girondo es editor de la sección Mundo del diario Tiempo Argentino de Buenos Aires desde 2010 y redactor-columnista en la revista Acción, del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.
Fue docente en la escuela de periodismo TEA y editor del canal Noticias del extinto portal El Sitio.com. Fue subeditor de la sección Policiales del diario PERFIL (año 1998), secretario de Redacción del diario La Prensa (1994-1997) y redactor en Página/12 (1988-1994).
Fue colaborador free-lance en las revistas Veintitrés, Tercer Sector, Tres Puntos, La Maga, El Periodista, El Observador, Somos, Crisis y El Equipo, y coordinó la tarea periodística de la revista Colección Deportiva.
El arrebatado mensaje de apertura de sesiones ordinarias del Congreso Nacional fue un marco adecuado para «no hablar de ciertas cosas» –como diría Luca Prodan–, pero también para que, en el fárrago de insultos y estudiados movimientos de cámara, el presidente Javier Milei deslizara sin tanta visibilidad su intención de volver atrás el reloj de la historia argentina. En principio, medio siglo, que es la distancia entre la Ley de Contrato de Trabajo 20.744 y la N°27.802, promulgada este viernes y terminada de aprobar con mayorías cómodas en ambas Cámaras el 27 de febrero, y que clausura derechos y garantías conquistadas mucho antes.
En una semana en que desde una oposición golpeada y sin respuesta se cuestionaba el mensaje presidencial y las internas en torno al primer mandatario afloraban en carne viva, el Gobierno también dio pasos que van contra consensos democráticos alcanzados desde 1983. Adosado al interés imperial de Estados Unidos, el ministro de Defensa, el general Carlos Presti firmó una Declaración Multilateral en materia de Defensa y Seguridad con representantes de 15 países de la región. El militar que está cargo del área de Defensa –una anomalía para la democracia recuperada en 1983 y todo un símbolo cuando se cumplen 50 años de aquel golpe criminal–, es también heredero de una dinastía: su padre llegó al grado de coronel y recibió acusaciones de delitos de lesa humanidad. El ministro, que era jefe del Estado Mayor General del Ejército desde enero de 2024, juró el cargo el 10 de diciembre pasado, día de los Derechos Humanos.
El jueves, en un encuentro bautizado Conferencia Anticárteles convocada en Washington, Presti firmó la Declaración de Seguridad Conjunta, lo que implicaría la participación de militares en la lucha contra el narcotráfico, o en palabras de Trump, «narcoterrorismo». «Por primera vez estamos a la ofensiva contra los narcos. Ya no tenemos lanchas para hundir», lanzó el secretario de Guerra de EE.UU., Pete Hegseth en ese acto.
También surgió el viaje de Milei para participar del lanzamiento del Escudo de las Américas, una iniciativa de Donald Trump que tiene como razón de ser «el combate a los carteles del narcotráfico, la seguridad y la migración masiva», aunque al mismo tiempo pretende limitar la influencia de China y Rusia en el sur del Río Bravo. «Doctrina Monroe», se jacta el no menos violento inquilino de la Casa Blanca, que a su vez hace lo posible por rescatar, en una mezcla, la temible Escuela de las Américas con la Doctrina de la Seguridad Nacional que coronaron el golpe cívico-militar de 1976. La iniciativa se inscribe en la vieja Doctrina de la Seguridad Nacional pero reforzada y enfocada en China, aunque con el barniz de una lucha contra el narcotráfico y el terrorismo. Excusa que facilitaría incrementar los niveles de represión y persecución en todos y cada uno de los países participantes. En este encuentro, Milei se codeó con el ecuatoriano Daniel Noboa, el paraguayo Santiago Peña, el salvadoreño Nayib Bukele y el chileno José Antonio Kast, a punto de asumir la presidencia. No asistieron los jefes de estado de Brasil, México, Colombia, Guatemala y, por supuesto, Cuba, Nicaragua ni Venezuela.
THIS WEEKEND 🇺🇸
Shield of the Americas Summit: the historic meeting reinforcing the Donroe Doctrine pic.twitter.com/TC7hg6OArN
Recambio Mientras la alianza sin fisuras que Milei estableció con Trump mete al país en una guerra de imprevisibles consecuencias en el Oriente Medio extendido, con epicentro en Irán, se terminó de producir un recambio de Gabinete nacional que se venía demorando desde fines del año pasado. El «coronado» para ocupar el Ministerio de Justicia que dejó Mariano Cúneo Libarona fue el controvertido Juan Bautista Mahiques, hasta ahora fiscal general de la Ciudad de Buenos Aires, hombre de la familia judicial y miembro de una dinastía de fuerte influencia en los círculos del poder real. Asiduo concurrente a encuentros reñidos con lo que se entiende como moral cívica de un magistrado –como la famosa visita a la estancia el millonario británico Joe Lewis en Lago Escondido–, este Mahiques también tiene vinculaciones con la Asociación del Fútbol Argentino, donde había sido designado vicerrector de la Universidad de la AFA por Claudio «Chiqui» Tapia.
Juan Bautista Mahiques asumió durante un acto en la Casa Rosada en el que quedó en claro que Karina Milei es definitivamente la jefa del Gobierno libertario en detrimento del encumbrado asesor Santiago Caputo, que en las primeras designaciones del nuevo ministro perdió a todos sus alfiles en esa cartera. El saludo displicente de Caputo, con las manos en los bolsillos cual irlandés opuesto a la monarquía, fue tendencia en las redes.
Tapia, acosado por denuncias judiciales desde fines del año pasado, enfrenta el asedio del grupo Clarín por contratos de televisación caídos y de los «privatistas» del fútbol, tuvo su venganza cuando consiguió que gracias a sus gestiones el gendarme Nahuel Gallo fuera liberado por el Gobierno de Delcy Rodríguez en Venezuela. Los intentos oficiales por minimizar la participación del pope del fútbol argentino en ese operativo, para el que puso a disposición un avión contratado por la AFA, fue recordado por una pareja de argentinos que quedaron varados en Emiratos Árabes Unidos tras el cierre de los aeropuertos como consecuencia de la guerra desatada por Israel y Estados Unidos el sábado pasado. Virginia Luca se hizo famosa en la televisión cuando la llamaron para que contara sus desventuras en el país árabe, donde estaba de viaje mediante una empresa low cost que los dejó de a pie. No tuvo mejor idea que plantear que estaba a la espera de que Tapia hiciera de las suyas para traerlos de vuelta.
Argentinos varados en medio oriente piden ayuda al Chiqui Tapia. Hay que cerrar el estadio.- pic.twitter.com/O4PoLOC0qn
Quizás en la entrevista que emitirá LN+ este domingo, Javier Milei deje algunos apuntes ante el comunicador oficialista Luis Majul de este objetivo de inserción del país en una coalición ultraderechista que está poniendo al mundo en vilo. En su discurso del 1 de marzo, el presidente adelantó algunas frases que marcan el rumbo: «Es hora de hacer de esto (una alianza indisoluble con EE.UU.), una política de Estado. Tenemos que crear el siglo de las Américas: Make Americas Great Again, de Alaska a Tierra del Fuego». Más claro: nada de decirle No al ALCA ni de declararse neutral en guerras que no involucran los intereses del país. El ALCA fue una iniciativa de Bill Clinton; el Proyecto del Nuevo Siglo de América (no de las tres Américas, sino de EE.UU.) fue pergeñado en 1997 por dos ultraconservadores, William Kristol y Robert Kagan, y en 2001 comenzó a ponerse en marcha luego de los atentados a las Torres Gemelas. Irán es el otro objetivo de aquella belicosa propuesta que quedó trunca en Irak y Afganistán y a la que alude, no de manera casual, el presidente de los argentinos.
El general Wesley Kanne Clark fue comandante supremo de la OTAN y en 1999 dirigió a las tropas conjuntas en la guerra de Kosovo y en el bombardeo a Belgrado. No es precisamente un pacifista, pero si un crítico de la expansión militar de EE UU posterior a los atentados a las Torres Gemelas. En un reportaje que volvió a las redes estos días, allá por 2003 declaró que un alto oficial le había contado de los planes del gobierno de George W. Bush de atacar de manera progresiva siete naciones musulmanas: Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia y Sudán para terminar luego con Irán. Sin una razón valedera.
El objetivo de ir por todo siempre alimentó el sueño húmedo de las cúpulas dirigentes estadounidenses desde el derrumbe de la Unión Soviética. El 11-S no fue sino el incentivo final. Pero antes de eso hubo directivas para sustentar ese despliegue imperial cuando ya no había enemigos de peso del otro lado. En ese mismo año de 1997 un grupo de ultraconservadores liderados por William Kristol y Robert Kagan fundaron un think tank que elaboró el Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC en inglés). De ese grupete participaron el que luego sería secretario de Defensa de Bush, Donald Rumsfled y el vicepresidente, Dick Cheney, junto con Francis Fukuyama (el del Fin de la Historia), el luego consejero de Donald Trump John Bolton y el inefable Elliot Abrams. En su discurso del domingo pasado, Javier Milei aludió al Siglo de las Américas, no inocentemente. Aquel borrador elaboró estrategias para imponer -no por las buenas, claro- la Paz Americana en aquellas regiones.
Otro proyecto con el mismo fin fue pergeñado por el propio Rumsfeld con el almirante Arthur Cebrowski. La llamada Doctrina Rumsfeld-Cebrowski promueve básicamente el caos permanente y desestabilización planificada en el marco de guerras sin fin en el Medio Oriente extendido, que llega hasta Afganistán. De ese modo EE UU fue apelando a excusas que pronto mostraron las huellas de la mentira. Que las armas de destrucción masiva de Saddan Hissein, que la represión a su propio pueblo de Muhamad al Gadafi o Bashar al Assad. Esa misma estrategia se usó contra Viktor Yanukovich en Ucrania, allí gracias a la intervención destacada como subsecretaria de Estado de Barack Obama de Victoria Nulland, a la sazón esposa de Roberto Kagan.
Oficialmente ninguna de estas teorías está vigente y los lineamientos en política exterior son establecidas por cada administración al inicio de su gestión en su Estrategia de Seguridad Nacional (NSS en inglés). La última, de noviembre pasado, es esa en la que el presidente lanzó el Corolario Trump a la Doctrina Monroe o, directamente, la Donroe. El magnate había llegado a su segundo mandato luego de una evaluación certera de la decadencia de Estados Unidos y prometiendo ir el Estado Profundo. Ese estamento burocrático permanente que dicta las políticas en función de los intereses de las élites, más allá de los presidentes. Que son los del complejo militar-industrial-congresional-de inteligencia-mediático-académico-think tank (MICIMATT), según lo definió el exanalista de la CIA Ray McGovern. Pero pasaron cosas y los archivos del pedófilo Jeffrey Epstein “convencieron” a Trump de las bondades de no romper con esa tradición, para escarnio de sus antiguos apoyos (el periodista Tucker Carlson, su exasesor Steve Bannon).
Acusan a Trump de estar atado a los intereses de la ultraderecha israelí de Benjamin Netanyahu y sus ministros Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir. Que sostienen el plan «bíblico» de crear el Gran Israel, que iría desde el Éufrates al Nilo. Se lo reconoció a Carlson el embajador de EE UU, Mike Huckabee, un cristiano sionista. Alguien más fanático que un ultraderechista israelí, si cabe.
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