La administración de Donald Trump quiere jugar en todos los frentes de conflicto y abrió otros en un intento por plantar agenda para lo que le espera en la elección de noviembre y su aventura en Irán. El jueves dijo tener pruebas de injerencia china en las presidenciales de 2020, mientras el secretario de Estado juntaba a representantes de más de 60 países -entre ellos Argentina- para anunciar una lucha contra el “terrorismo de izquierda” que remite automáticamente a una caza de brujas y a la Doctrina de Seguridad Nacional que asoló América Latina en los años ’70. Al mismo tiempo, demostró que el Memorándum de Entendimiento con Irán firmado en el Palacio de Versailles junto a Emmanuel Macron era de mentirita y desató una ofensiva contra infraestructuras civiles del país persa, que responde con misiles contra bases militares estadounidenses en la región. Todo esto ocurre cuando el 47º presidente de Estados Unidos se dispone este domingo a entregar la copa al ganador del Mundial de Fútbol FIFA 2026 y sueña que estas acciones le resulten en una remontada como las de la Scaloneta.
La ofensiva contra Irán es realmente feroz, pero también lo es la réplica. Tropas de EE UU atacaron puentes y plantas civiles a lo largo de la costa de Ormuz. Teherán reconoció que la torre de control que “garantizó durante décadas la seguridad del tráfico marítimo en el golfo Pérsico” fue destruida. Se cree que el Pentágono busca crear las condiciones para establecer una cabeza de puente que permita una invasión terrestre, para lo cual están alistando efectivos y enviando aviones cisterna a bases en Israel. Se supone que de la cumbre de la OTAN en Ankara Trump esta vez volvió con promesas de colaboración militar de sus socios. La FGRI, en tanto, bombardeó bases en Irak, Kuwait, Bahrein, Qatar, Arabia Saudita, Siria y Jordania. Ya nadie habla del MdE aunque tanto Pakistán, el mediador central de aquel documento de 14 puntos, como China, instan a mantener una vía diplomática y poner fin a la guerra.
Pete Hegseth en acción.
Esta semana el secretario de Guerra, Pete Hegseth, anunció que obligarán a las tropas estadounidenses a hacerse test de testosterona para estar seguros de que los soldados “tengan los niveles para rendir al máximo”. A los que “no den el Pinet” les brindarán tratamiento hormonal. «Cuidar de su salud a largo plazo significa garantizar que se mantengan fuertes, resistentes y capaces, no solo para su próximo despliegue, sino para el resto de su vida, para que puedan prosperar mucho después de dejar el uniforme», dijo Hegseth.
Marco Rubio, para no ser menos, se presentó con el asesor de Seguridad Nacional Stephen Miller ante funcionarios y representantes de países más o menos amigos de EE UU para contarles la nueva estrategia para combatir el “resurgimiento del terrorismo político”. En la previa, recordó que en noviembre nombró a “cuatro grupos violentos de extrema izquierda —Antifa Ost, la Federación Anarquista Informal/Frente Revolucionario Internacional (FAI/FRI), Justicia Proletaria Armada y Autodefensa de la Clase Revolucionaria— como Organizaciones Terroristas Extranjeras y Terroristas Globales Especialmente Designados”.
Marco Rubio y el presidente Trump.
El canciller Pablo Quirno, que dio un discurso en la cena de gala, fue uno de los asistentes al encuentro en el que Rubio despotricó contra la izquierda en general, el comunismo en particular, y les recordó especialmente a los “amigos procedentes de las naciones del Hemisferio Occidental (…) las décadas de secuestros, atentados con bombas, asesinatos y ejecuciones, el terror violento de los Tupamaros, de los Montoneros, de las FARC y del ELN ,(…) la barbarie inhumana de Sendero Luminoso en Perú, esos fanáticos maoístas”. La nostalgia por las dictaduras militares no podía ser más explícita.
Otro ámbito en el que la Casa Blanca está preparando el terreno es en las urnas. En un discurso a la nación, el presidente dijo que habían encontrado evidencias de “interferencia extranjera” en las elecciones que perdió hace seis años con Joe Biden. Documentos desclasificados, dijo, “demuestran que, durante varios años, a partir del ciclo electoral de 2020, la República Popular China llevó a cabo lo que se considera la mayor filtración de datos electorales de la historia, resultando en la adquisición ilícita de 220 millones de registros de votantes estadounidenses».
Que Trump hable en contra de la interferencia extranjera cuando candidatos ultraderechistas de Colombia, Chile y Honduras recibieron todo tipo de “ayuditas” y se mete con descaro en Brasil ofende la inteligencia de cualquiera. Pero parece evidente que con tal de ganar en noviembre no ahorra matufias. La semana pasada destituyó a los comisionados electorales encargados de la seguridad del comicio y ya avisó que sancionará a los funcionarios que no acaten sus exigencias para determinar qué ciudadanos están habilitados para votar. O sea, su voluntad de decidir a quien se borra de los registros porque Palantir, por ejemplo, lo cuenta como opositor.
El que estuvo muy oportuno fue el republicano Thomas Massie, representante por Kentucky desde 2012. Es integrante del movimiento MAGA pero desde siempre se opuso a que EE UU siga directivas de Israel. En las primaras del partido de mayo, perdió la interna con un exmarine que recibió un financiamiento millonario de grupos republicanos ligados al Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC en inglés). El viernes posteó en X: «El fraude es que nuestro partido fue elegido (en 2024) y rompió las promesas de campaña a los votantes”. «
Donald, hablame de terrorismo
Los ataques a infraestructura no militar y los asesinatos a civiles constituyen crímenes de guerra según el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional. Los bombardeos a puentes y plantas desalinizadoras en Irán entra en estos parámetros. Lo mismo que la destrucción y las violaciones a Derechos Humanos que realizan fuerzas israelíes en Gaza, Cisjordania y últimamente en Líbano. Pero ni EE UU ni Israel forman parte de ese tribunal, al que tampoco adhieren hoy Rusia, China, Arabia Saudita, India, Turquía, Pakistán y Siria, entre otros.
La CPI dictó órdenes de arresto contra Vladimir Putin y Benjamín Netanyahu que solo podrían cumplirse si viajan a un país que respete esa jurisdicción. De todas maneras, el gobierno de Trump sancionó a las juezas Kimberly Prost de Canadá, Solomy Balungi Bossa de Uganda y Reine Adelaide Sophie Alapini-Gansou de Benín, y al fiscal jefe Karim Khan, por acusaciones contra efectivos de EE UU en las guerras de Irak y Afganistán y contra acciones israelíes. Hace tres días, mientras presentaba su estrategia contra “el terrorismo político”, Marco Rubio declaró que la CPI representa una amenaza para EE UU y se prometió demolerla “ladrillo a ladrillo”.
Uno que fue acusado de terrorista es el actual presidente –interino- de Siria, que ahora se presenta como Ahmed al Sharaa, pero supo ser Abu Mohamed al Golani cuando era jefe comandante del grupo yihadista Al Nusra, surgido de Al Qaeda, y se mostraba cortando cabezas de enemigos cuando luchaba contra Bashar al Assad en Siria. El Departamento de Estado había puesto precio a su cabeza: 10 millones de dólares. Pero desde que tomó el poder en Damasco, en diciembre de 2024, viste traje y corbatas, se emprolijó la barba y ahora es un socio confiable de occidente.
La semana pasada se sentó a la diestra de Trump y escuchó como el presidente decía: “fui yo quién le dio los Altos del Golán a Israel”. El nom de guerre del exterrorista aludía a la reivindicación histórica de ese territorio tomado por Israel en 1967. No solo eso, Al Sharaa fue celebrado como un héroe por David Petraeus, el excomandante de las fuerzas estadounidenses de Hezbollah.
Donald Trump publicó este sábado un mensaje en su red social Truth que debería causar una alarma mundial, pero no pasó de un titular más en los grandes medios. Lo cierto es que el presidente de Estados Unidos avisó que hay 1000 misiles “dispuestos para devastar y destruir completamente a Irán” si llegara a ser asesinado, no despertó mayor preocupación. Lejos de ser negacionistas, quizás le está pasando como en el cuento de Pedro y el lobo, que de tanto lanzar falsas amenazas ya no le creen. ¿Y si ocurre que los iraníes intentan asesinarlo? Visto desde la perspectiva de un mundo en que el crimen político no genera indignación, que un país que vio como eliminaban a su líder espiritual, a su familia cercana y a parte de su cúpula militar, política y científica se tomara semejante venganza hasta podría alcanzar justificación. Peor aún, ante los últimos choques entre la Casa Blanca y Benjamin Netanyahu, podría ocurrir que lo intenten asesinar los servicios israelíes, para que sus socios se involucren hasta el fin en el pantanal en que se metieron el 28 de febrero. Con este mensaje, Trump abre las puertas a una acusación contra Teherán.
Una línea de tiempo puede facilitar alguna comprensión del escenario total. Se dijo desde el día de los últimos ataques conjuntos de EE UU e Israel contra Irán que Trump creyó los informes de inteligencia israelí que le garantizaban que la cadena de magnicidios produciría un cambio de régimen en el país persa y le daría las mejores cartas para la visita a Xi Jinping que se avecinaba. El presidente tenía entonces sobre su cabeza la divulgación de los comprometedores archivos de Jeffrey Epstein, razón suficiente además para “cambiar de tema” con una guerra.
Pues bien, el 30 de junio el juez de distrito Emmet Sullivan aceptó el reclamo de la periodista Katie Phang y bajo los términos de la Ley de Transparencia ordenó al Departamento de Justicia la entrega de correos electrónicos y videos de torturas y actos sexuales y la denuncia de una mujer que afirma haber sido víctima de abuso por parte del actual presidente. El 3 de julio el DOJ el fiscal general interino Todd Blanche, (designado el 2 de abril tras la destitución de Pam Bondi, precisamente por la forma en que manejó este caso) se negó alegando, que el gobierno ya había cumplido adecuadamente con la ley. Cinco días más tarde, el pliego de Blanche ingresó al Senado para su aprobación como titular de esa dependencia.
Este miércoles, desde Ankara, donde Trump se paseó como un jeque caprichoso en una cumbre de la OTAN a la que dijo no haber querido ir por la negativa de sus aliados a colaborar con la aventura en Irán. “Vine por la invitación de mi gran amigo, (Recep Tayyip) Erdogan”, indicó. Pero tras despotricar contra España por no haber incrementado su presupuesto para defensa, anunció que había ordenado nuevos ataques contra Irán, a quien acusó de haber bombardeado un petrolero que transitaba por el estrecho de Ormuz. “El Memorándum de Entendimiento (MOU en inglés) -que había firmado el 18 de junio en el Palacio de Versailles junto a Emmanuel Macron- terminó. Les vamos a dar duro. Son escoria. Es gente enferma. Están dirigidos por gente enferma, son personas crueles y violentas. No quiero tratar más con ellos”, escupió, sentado junto al secretario general de la OTAN, Mark Rutte.
Los iraníes dijeron que quienes rompieron la tregua fueron los estadounidenses y lanzaron una andanada de misiles sobre bases militares de EE UU en Baréin y Kuwait. El canciller Abbas Araghchi habló desde las redes sociales: “Los iraníes son conocidos por su cortesía, cultura y sólidos valores morales. No respondemos a la vulgaridad con vulgaridad, sino con acción: sin temor y con gran valor”. Mientras tanto, se desarrollaba el masivo funeral del asesinado Ali Jamenei, que concluyó este jueves con la inhumación de sus restos en el Santuario de Imán Reza, en la ciudad de Mashad, de donde era oriundo. El sucesor, su hijo Mojtaba Jamenei, emitió entonces un fuerte mensaje: “Prometemos vengar vuestra sangre pura y la de todos los mártires de estas dos guerras contra sus asesinos criminales y deshonrados. Esta represalia es una exigencia de nuestra nación y debe llevarse a cabo, sin duda alguna”.
Trump, que no cesa de enviar señales contradictorias -lo que no colabora para que lo tomen en serio- bajó un cambio y dijo que los iraníes habían llamado para continuar con las negociaciones. Lo que analistas financieros están elucubrando es que el mandatario estadounidense está testeando los mercados ante cada nuevo intercambio bélico. Y en estos días no movió demasiado el amperímetro, consolidando los precios del petróleo en los 76 dólares el barril, luego de haber pisado los 126 dólares en abril. Señal de que ya puede mantener otra guerra eterna sin tantas complicaciones en su frente interno por las elecciones de noviembre.
Pero por si eso no fuera suficiente, el mismo jueves expulsó a todos los integrantes de la Comisión de Asistencia Electoral (EAC en inglés), organismo que cumple un rol esencial en los comicios de ese país. “Tras el desmantelamiento de la Agencia de Ciberseguridad y Seguridad de Infraestructuras de EE UU, la EAC es una de las pocas entidades federales que quedan encargadas de proporcionar apoyo de seguridad electoral a los estados. Creada por el Congreso en 2002, se supone que es bipartidista. Certifica el equipo de votación y ha administrado cientos de millones de dólares en apoyo federal para las elecciones”, relata la CNN.
Cuba y la subversión
Tras el festival de sanciones y el incremento del bloqueo, inclusive energético, contra Cuba desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el Secretario de Estado, Marco Rubio, emitió un mensaje este sábado recordando los cinco años de manifestaciones que, en la óptica de la Casa Blanca, fueron “sofocadas brutalmente” por el gobierno de la isla. “Hasta el día de hoy, cientos de cubanos permanecen injustamente detenidos, sufriendo condiciones brutales, por el simple pecado de preguntar por qué los cubanos no pueden poseer libremente negocios, participar en el proceso político o proveer para sí mismos y sus familias”, dice el texto oficial.
Rubio agregó que “Estados Unidos continuará utilizando todas las herramientas a nuestro alcance para impulsar reformas económicas y políticas significativas en Cuba y para proteger a los estadounidenses de amenazas subversivas que emanan de Cuba”. El argumento que “Cuba deje de albergar operaciones militares, de inteligencia, terroristas y subversivas hostiles de potencias extranjeras a solo 90 millas de la patria americana”.
El regreso de esa estrategia es tan obvio como que el canciller estadounidense anunció un Seminario Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político al que invitó a más de 60 países para combatir “el resurgimiento del terrorismo transnacional de extrema izquierda”. Dijo que hay creciente interés en varios países en sumarse a esta iniciativa que busca “combatir la creciente amenaza internacional de la violencia de extrema izquierda”, según reveló el The Washington Post.
El Congreso de Estados Unidos se prepara para debatir un plan de fusión de su ejército con el de Israel. La iniciativa, que se denomina Cooperación en Tecnología de Defensa, figura en la sección 219 de la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA en inglés) para el año fiscal 2027 y recibe fuertes críticas dentro de aliados de Donald Trump, del movimiento MAGA y desde sectores del Partido Demócrata.
La NDAA es una ley que debe ser aprobada anualmente para establecer la política militar y autorizar programas de defensa y presupuesto. En la correspondiente al año que viene, se incorporó una sección que profundiza el nivel de cooperación entre las fuerzas armadas de EE UU e Israel.
En los últimos meses, desde ámbitos de la derecha que apoyaron al empresario inmobiliario aparecen críticas por lo que consideran un seguidismo de la Casa Blanca a los dictados de Israel. El periodista Tucker Carlson, uno de los que más hizo para la vuelta de Trump al gobierno, en la última emisión de su programa por la red X mostró su arrepentimiento.
“La verdad es que, después de esta guerra, es imposible decir que el Partido Republicano de Trump, MAGA, está actuando en nombre de EE UU. Está actuando en nombre de Israel. Eso es lo opuesto a lo que nos dijeron que íbamos a obtener. Es una traición tan grande… Realmente creímos que al menos ibas a intentarlo y ¿al final todo se trata de estafas de criptomonedas y guerras por Israel? No puedo creer que hayas hecho eso -le dice al presidente- estoy indignado de que alguien a quien apoyé traicione al país y a sus propios votantes y luego dé la vuelta y diga que no soy leal Tú eres el desleal. Vendiste al país a una nación extranjera”.
La excongresista Marjorie Taylor Greene -una extremista de derecha amante de las armas de fuego- llegó a reconocer como genocidio a las acciones de Israel en Gaza, lo que para los parámetros políticos de EE UU es toda una herejía. “Lo más veraz y lo más fácil es decir que el 7 de octubre (de 2023) fue horrible, pero también lo es el genocidio, la crisis humanitaria y la hambruna que están ocurriendo en Gaza”, dijo Greene hace ya tiempo.
Ante este clima, conseguir más fondos para Israel se estaba convirtiendo en un problema para la Casa Blanca. El subterfugio, afirman los cada vez más encendidos opositores, sería disfrazar ese financiamiento como cooperación en defensa. Pero a nadie escapa que sería una fusión de tecnología y cadenas de suministro en la que no queda claro quién está al mando. O más bien, temen que no quede en manos de los intereses de Estados Unidos.
Donald Trump no ocultó nunca su deseo de convertir a la celebración del 250° aniversario de la independencia de Estados Unidos en el coronamiento de su figura a un rango similar al de emperador, o por lo menos de la estatura de los padres de fundadores. De allí que el viernes, en la previa al 4 de julio, lanzó un discurso autoalabatorio desde el Memorial de Monte Rushmore, en Dakota del Sur, donde el escultor Gutzon Borglum talló las esfinges de George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln y donde espera ser reconocido algún día por su contribución a la grandeza de la nación. Un sueño que se desdibuja luego de su fallida aventura en Irán.
En Teherán, mientras tanto, millones de personas cubrían las calles en el cortejo fúnebre del ayatolá Ali Jamenei, asesinado con parte de su familia al inicio de la operación conjunta con Israel del 28 de febrero pasado. Dos caras de una misma moneda: el sueño imperial de un cuarto de milenio que amenaza infructuosamente llevar a la Edad de Piedra a una nación con 2500 años de historia, según la promesa reciente del presidente de Estados Unidos.
En Rushmore, Trump mostró nuevamente una grandilocuencia que es música para los oídos de sus votantes: “A 250 años, Estados Unidos es la república más antigua del planeta, somos el pueblo más libre del planeta, tenemos la Constitución más recta del planeta, tenemos el país más poderoso del planeta y, por gracia de Dios, los EE UU somos la nación más exitosa, con más logros que haya existido en la historia de la humanidad”. Luego, avisó que semejante sayo no es para todos: “En EE UU hablamos inglés porque ese es el lenguaje de nuestros fundadores”. Por si algún malentendido hacía ilusionar a los cerca de 70 millones de ciudadanos hispanohablantes que habitan en ese territorio. Para culminar, no se guardó otro rasgo de vanidad en una publicación donde se ve su imagen junto a los pétreos rostros de los exmandatarios: “Yo seré el mejor presidente que haya tenido EE UU en muchos, muchos años».
En la capital persa, multitudes acudieron para la despedida del líder espiritual iraní. Desde temprano el desfile en la Gran Mosalla de Teherán fue incesante. En un podio ubicado en la entrada de la mezquita estaba el ataúd de Alí Jamenei, sobre una pirámide de cubos donde, escalones abajo, reposaban los féretros de su hija, Boshra; su nieta de 14 meses; su nuera Zahra Haddad Adel –esposa de su hijo Alí- y su yerno, también asesinados en el ataque del 28-F.
Tanto el mensaje del presidente Masud Pezeshkian como el comunicado de la cancillería iraní destacan “el martirio del gran líder de Irán”. El mensaje del ministerio de Relaciones Exteriores invita a participar en la ceremonia, que culminará con una procesión el lunes -cuando el cuerpo de Jamenei Padre sea trasladado a Qom y finalmente a la ciudad santa de Massahd- “para demostrar una vez más la grandeza de Irán y la magnificencia de su unidad”.
Foto: @Freedom250
El canciller Abbas Araghchi, uno de los negociadores con EE UU, a todo esto, respondió en una entrevista en términos que explican en parte el error de la coalición Israel-EE UU cuando esbozaron la estrategia de eliminar a la cúpula religiosa, militar y científica del país persa creyendo que así producirían un cambio de régimen. «¿Sabés que Israel quería asesinarte durante esas conversaciones de alto el fuego en Pakistán?», pregunta el reportero del canal Al Arabiya.
-Si, lo sabía
-¿Entonces por qué fuiste a Islamabad (para las negociaciones mediadas por Pakistán)?
-Somos iraníes. No tememos a la muerte por nuestra nación. Los cobardes atacan por la espalda. Fuimos por la paz regional.
Se refería a la confirmación del The New York Times y el The Washington Post de que tanto Aragchi como el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, eran objetivos para un atentado del Mossad que pusiera fin a cualquier intento de acuerdo. Un atentado que no golpearía solo en Irán sino en el propio gobierno de Trump y en el vicepresidente, J.D. Vance, que era el representante de la Casa Blanca. Ambos medios, que aún tienen un halo de prestigio entre las “mentes bien pensantes” de occidente, afirman en términos similares que “temiendo que un intento de asesinato por parte de Israel pusiera fin a las negociaciones, Estados Unidos llegó a pedir a otros países de la región que advirtieran a Irán sobre la posibilidad de que Israel atacara a los dos funcionarios”.
El canciller Abbas Araghchi, uno de los negociadores con EE UU, junto al presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf.
El país que se hizo cargo de cauterizar la amenaza fue Pakistán, que advirtió que era garante de la seguridad de los negociadores. Todo indica que Islamabad “puso toda la carne en el asador” para convencer al gobierno de Benjamin Netanyahu de que si algo les ocurría a Ghalibaf o Araghchi, no escatimarían una respuesta contundente. Es bueno recordar que Pakistán es el único país musulmán con armamento nuclear.
Trump, mientras tanto, declaró en una entrevista que las negociaciones marchan bien y que Irán aceptó “prácticamente todo lo que necesitamos”, entre lo cual computa la cuestión nuclear, algo que Irán niega, al tiempo que exige el cumplimiento total del Memorándum de Entendimiento firmado en Suiza. Y que como punto básico tiene el fin de la guerra en todos los frentes, incluido el Líbano.
De Líbano al genocidio armenio
La peor noticia para Benjamin Netanyahu sería un acuerdo de paz en toda la región que lo pusiera contra las rejas por corrupción, como esperan algunos de sus opositores más encendidos. Lo que callan es que quizás la caída del primer ministro no sea suficiente como para terminar con el proyecto expansionista que apoyan amplios sectores de la población de Israel. Ni siquiera que en Estados Unidos o Europa cambie la perspectiva sobre el rol que le depara a Israel en el contexto del Medio Oriente.
Por tal razón es que “Bibi” no tiene drama en afirmar que las fuerzas israelíes no se retirarán de su «zona de seguridad» que pretenden mantener en el sur del Líbano, a pesar de que el Memorándum que EE UU firmó con Irán establece en el primer punto que el acuerdo de paz es para todos los frentes, incluido el libanés.
La gran jugada israelí fue un pacto consensuado en Washington entre Israel y Líbano que en la práctica implica una alianza para combatir a Hezbollah. Ese documento establece que las tropas permanecerán en territorio libanés el tiempo que consideren oportuno. Un detalle que pone en la mira al presidente Josep Aoun, al que no son pocos los que tildan de haber traicionado al pueblo libanés entregando el sur del país.
Israel, mientras tanto, se puso ahora otro enemigo sobre las espaldas con el reconocimiento del genocidio armenio, una medida que espera aprobación parlamentaria pero que ya despertó las más feroces críticas de Turquía. Era un «deber moral e histórico», dijo el canciller Gideon Saar. Quizás a la espera de que un genocidio de 1915 disimule otro de este siglo.
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