por Alberto López Girondo | Feb 2, 2015 | Sin categoría
Creo que una de las virtudes de Podemos depende de nuestra capacidad de esperar lo inesperado», dice Pablo Bustinduy en su presentación en Facebook. De visita en Buenos Aires, donde pasó las fiestas con la familia de su esposa argentina, este madrileño de 31 años que había emigrado a París y luego dio clases de Filosofía en universidades estadounidenses habló con Tiempo sobre esta realidad que atraviesa a España y repercute en toda Europa.
La charla se hizo en medio de un encuentro con militantes de la Juventud Peronista, de colectivos sociales colombianos afincados en Buenos Aires e incluso del Café Literario Néstor Kirchner de La Matanza. El intercambio de experiencias dio pie para contar cómo se fue generando este cambio de paradigmas en la sociedad española a partir desde el 15 de mayo de 2011, cuando miles de ciudadanos cubrieron las calles en busca de salidas a una crisis que no terminaban de entender pero les clausuraba el futuro.
Bustinduy es coordinador de Podemos en el Parlamento europeo y junto con los líderes partidarios Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero e Iñigo Errejón, uno de los responsables de ese vendaval que cruza la sociedad española a partir de un término tan efectivo como insurgente: casta.
–Resulta sorprendente cómo cambió el discurso político en España. Incluso artistas y deportistas se vieron obligados a tomar partido.
–Hay un piloto de motos, Marc Márquez, un genio de 20 años, que iba a trasladar su residencia fiscal a Andorra. Márquez tiene unos ingresos de 10 millones de euros al año, en España paga casi seis millones de impuestos, en Andorra iba a pagar 30 mil euros anuales. Se produjo un debate público sobre la moralidad de ese gesto, estaban los que decían «bueno, este tipo se juega la vida para que luego el Estado le afane todo lo que gana». Y otros decían: «pero es que si tiene un accidente irá a un hospital público que pagaremos entre todos». Fue tanta la presión que le tipo tuvo que dar una rueda de prensa y decir que no, que no se iba a ir.
–¿Cómo evalúan eso?
–Vemos que de una manera acelerada y profunda pero paulatina el debate público está virando a temas que le son muy incómodos a las elites políticas, porque no tienen respuesta. En ese sentido ha sido muy exitosa la operación de ubicar en el centro de la conversación pública problemas estructurales que estaban silenciados, como la corrupción, los derechos sociales, los servicios públicos, la deuda, que ya tienen una centralidad ineludible. En ese sentido nuestra agenda está en el centro, y la sociedad entera y todo tipo de actores se ven obligados a posicionarse o a reaccionar ante ello. Hace un año había una distancia entre el país real y la clase dirigente y la esfera mediática enorme.
–Ahora se habla de política.
–Sí, y una vez que se habla de política, las cartas quedan marcadas.
–¿No temen haber generado una grieta, como se dice en Argentina?
–Es interesante ver que el 15M fue un descontento de ciudadanos que se expresó antes de que llegara lo peor de la crisis. El primer lema, «no somos mercancía en manos de políticos y banqueros», ya hacía esa operación del «ellos» y el «nosotros», de identificar un sujeto social que era la clase política y la clase financiera. En España no se ha dado como en otros países de Europa una respuesta en clave xenófoba, un populismo de derechas, y eso es en cierto modo porque el 15 M instaló un sentido común de que ya esa brecha existía entre la gente común, la gente honrada, y esa dirigencia.
–La gente honrada está con Podemos.
–El éxito de la palabra «casta» se mide en que todos los grandes presentantes de esa casta se ven obligados a salir por televisión a decir «yo no soy casta». Ahí ya has ganado. Ese discurso ha calado tanto que tiene una clave de identificación moral entre quien está del lado de la gente honrada, trabajadora, que paga sus impuestos, que cumple con sus deberes ciudadanos y que aún así tiene que sufrir todo el precio de la crisis, y una clase privilegiada que cuanto peor van las cosas mejor le va. Las mayores empresas del país han multiplicado sus beneficios en estos años.
–Hay cada vez más millonarios.
–Cada año hay un 5 % más desde que empezó la crisis, y la parte de la riqueza nacional concentrada en cada vez menos manos no deja de crecer año tras año.
–Pero la sociedad española progresó por varias décadas como no lo había hecho nunca antes.
–Sí, pero más que progreso se recortó un poco el retraso que llevaba a con relación a sus socios europeos.
–Pero hubo un Estado de Bienestar.
–Hubo un avance en infraestructura, un gran desarrollo del sistema público de salud, el sistema educativo y se mejoró mucho la vida de la gente, pero nunca llegó a los mínimos europeos. Fue un proceso de onda larga, de unos 30 años, que además se apoyaba en instituciones franquistas como el régimen de seguridad social que había instaurado el franquismo para responder a las luchas obreras. Luego, en los años 90, se desata una burbuja especulativa sobre el sector de la construcción y el turismo, con la desindustrialización del país.
–Que coincide con la internacionalización del capital financiero en América Latina.
–Y también en la Unión Europea, porque son procesos paralelos. Esa burbuja financiera hace que en España fluya mucho el crédito y produce una nueva clase media que tienen un nivel de vida completamente ficticio pero muy alto. Todo esto con una desideologización muy grande de la sociedad dentro de un sistema institucional muy sólido. En España se vivía bien, siempre ha habido excluidos de ese sistema, pero digamos que en términos generales era fuerte el eslogan de (José María) Aznar, «España va bien». Y se crea esa especie de ideología de la clase media con un progreso muy individualizado, muy atomizado.
–Que los hijos iban a estar mejor que sus padres.
–Claro, y cuando estalla la crisis, grandes bolsas de la población quedan excluidas y hay una crisis de expectativas de los más jóvenes, generaciones tremendamente cualificadas que de pronto deben malvivir en el desempleo o trabajar en puestos por debajo de sus cualificaciones, o emigrar. En España se da quizás la reversión de un flujo demográfico más rápido en la historia de Europa. Desde fines de los 90 a finales del 2010 la población inmigrante pasó de un 3% a un 11%, muchos millones que llegan a trabajar. En apenas dos años se da una reversión y los españoles salen por cientos de miles. Eso evidentemente sacude la estructura no solo económica y social sino psicológica. Esa clase media de pronto debe recomenzar de cero. El 15M es una mecha que prende en esa ola de indignación ciudadana pero con un discurso que no responde a los esquemas clásicos, de hecho una gran parte de la izquierda queda muy descolocada.
–¿Todo surge allí?
–El 15M es un dinamizador de la situación política que hace que todo el mundo tenga que posicionarse, y genera brechas en la izquierda organizada, porque por un lado se lo ve como un movimiento desideologizado, con una conciencia histórica muy limitada. Otros sectores lo ven como un acto de insurgencia ciudadana que apunta muy claramente contra las elites políticas y financieras y que permite una politización masiva en torno a significantes que son muy fértiles para una acción política popular. Ese sector se hace mayoritario porque la política está sucediendo en las plazas, sin banderas, con una gramática y un vocabulario muy opuesto a lo que estábamos acostumbrados, pero está sucediendo, entonces la mayor parte de la gente quiere ser partícipe. Este ciclo concluye en marzo pasado, con las Marchas de la Dignidad, un millón de personas que confluyen hacia Madrid. Es un movimiento popular transversal bien organizado, bien reivindicativo, da una demostración de fuerza muy importante y sin embargo en los meses siguientes se produce un proceso de repliegue, un reflujo.
–¿Podemos no es la expresión de ese 15M?
–Visto desde afuera aparece como una articulación natural del 15M, pero no es así. Podemos surge en un momento de reflujo, donde hay clima de derrota, no se ha podido torcer la mano en prácticamente ninguna de las ofensivas que se ha lanzado contra los derechos sociales. Podemos surge con una hipótesis muy clara que es ofrecer una herramienta capaz de traducir toda esa rabia acumulada, toda la experiencia de esas luchas que no han culminado en victorias tangibles para concretar una herramienta de intervención electoral.
–¿Se sabe cuánto creció Podemos tras las europarlamentarias?
–Es complicado porque como es un fenómeno electoral tan atípico para el sistema político español, que venía de una estabilidad férrea durante 30 años, las encuestadoras tienen muchas dificultades para calibrar los resultados brutos, que les resultan inverosímiles. No tienen mecanismos de corrección, como el recuerdo del voto, o una serie de preguntas adicionales para corregir el resultado que en nuestro caso no rigen.
–¿No tienen estudios propios?
–Ahora mismo no, cuestan mucho dinero. Para las elecciones europeas hicimos un sondeo con poquita plata que fue el que más se acercó al resultado final. Los sondeos son todos políticos, encuentran lo que buscan. Como nosotros intentábamos encontrar lo más parecido a la verdad posible, nos salió que sacábamos cuatro diputados y sacamos cinco. El último sondeo de agencias, con 2000 entrevistas, nos daba un 29,7% de los votos, casi un 30%. Tres puntos por encima del PP y casi diez por encima del PSOE. Un terremoto.
La enseñanza latinoamericana
–Siempre reciben ataques por su vinculación con algunos gobiernos latinoamericanos.
–Es muy sintomático que incluso la experiencia cotidiana nos atacan diciéndonos «oye, pero en Venezuela qué», o «en Argentina qué». Es inverosímil hasta qué punto la derecha mediática española se apoya sobre elementos sociológicos que son en realidad resabios coloniales que aún persisten en parte del imaginario español. Pero vamos, nos van a atacar siempre y nosotros no lo podemos evitar.
–El brulote es que el gobierno chavista pagó asesorías de Pablo Iglesias y de Podemos.
–En España hay una fundación, CEPS (Centro de Estudios Políticos y Sociales) que lleva 15 años trabajando en once países de América Latina prestando asesoría, análisis, estudios para mucha gente. Yo mismo lo he hecho, con todos los contratos legales y en regla. Lo que hicieron fue sumar todos esos contratos y decir «Venezuela pagó 10 millones de euros a la fundación CEPS que es Podemos.» Eso sería financiación ilegal y por eso lo hemos denunciado. Pero en el marco de un debate político lo que decimos es que todos los procesos de transformación popular son complejos, contradictorios y tienen que enfrentar situaciones complicadas y difíciles. Y decimos que nosotros hemos aprendido mucho de cada uno de ellos.
–Pero populismo sigue siendo una mala palabra en Europa.
–La derecha política y mediática se siente más cómoda hablando de Venezuela que de España. Hay un grado de desconocimiento que juega sin duda. Pero cualitativamente hay un sector de la población que ha comenzado a romper con el hechizo de la Unión Europea. Como el ingreso coincidió con todo este proceso de mejoras, Europa siempre se asoció al progreso individual y al progreso social, pero una vez que Europa pasa de ser la causa del bienestar a la causa del sufrimiento, la mirada se puede girar a otros lugares. Tenemos dos salidas naturales, una es la periferia de Europa, como Grecia (NdR: hace solo unas horas se produjo allí un resonante triunfo de la izquierd lo que modifica el mapa político en Europa), Irlanda, Portugal, Italia, y otra es el continente americano, donde hemos aprendido una enormidad de cosas. Lo que no quiere decir que hayamos ido a buscar un modelo. Ha habido cantidad de elementos que hemos aprendido para interpretar nuestra realidad, pero el camino lo tendremos que hacer nosotros a nuestra manera.
No a las municipales
–¿Por qué no se presentan en las próximas municipales?
–Tomamos una decisión muy arriesgada de asumir incluso para nuestra gente. Vamos a estar porque hay mucha gente que se va a integrar en candidaturas ciudadanas con actores sociales y políticos donde nuestros círculos vean que se den los requisitos, pero no como Podemos.
–¿Cuáles son esos requisitos?
–Que haya primarias abiertas para establecer los puestos de la lista, que el programa se elabore de manera participativa, que no haya financiación de los bancos, y que haya compromisos de limitación salarial y de rendición de cuentas. Estamos en proceso de organización y hay elecciones en 8000 municipios. No tenemos la capacidad de asegurar que todas las candidaturas de Podemos van a responder al altísimo nivel de exigencia que nos va a pedir la gente. Como Podemos nos presentamos a las autonómicas, hay elecciones en 13 de las 18 regiones españolas y nos vamos a presentar en todas ellas.
–¿Cómo harán para mantener los estándares y evitar casos de corrupción en las filas de Podemos?
–Entendemos que es inevitable que mucha gente pueda haber visto en todo este proceso una posibilidad de hacer carrera y acercarse al poder, pero nosotros no lo abordamos desde una posición moral. Creemos que hay un sistema de vacunas previas que puede aplicarse. La limitación salarial, la publicación de las cuentas son elementos disuasorios para el funcionamiento normal de la política. Luego incorporamos los mecanismos de revocación para todos los cargos internos, tenemos toda nuestra contabilidad publicada en Internet. Es una idea muy liberal creer que con mecanismos de control y el equilibrio de poderes se eliminarían esas cosas, pero sí creemos en una construcción de institucionalidad popular para que cuando se produzcan esos casos se puedan enfrentar de una manera diferente.
Tiempo Argentino Febrero 2 de 2015
por Alberto López Girondo | Mar 15, 2014 | Sin categoría
Venezuela está, una vez más, en el centro de una disputa trascendente. Lo supo Simón Bolívar cuando percibió que el Congreso Anfictiónico con el que soñaba unir a las antiguas colonias españolas no llegaba a buen puerto. Lo corroboró cuando vio que se le escapaba como arena entre los dedos la Gran Colombia en la que pretendía nuclear a las naciones del extremo noroeste del subcontinente durante la segunda década del siglo XIX. Lo sabía Hugo Chávez, a quien se lo recordó a un año de su muerte como el gran gestor de la integración regional. Y lo aprendió su sucesor, Nicolás Maduro, que no por casualidad sufre el embate de la oposición más acérrima fronteras adentro y de los sectores de la derecha continental.
Como una voltereta inesperada de la historia, aquel congreso de Panamá, que Bolívar pensó como el ámbito para integrar una suerte de federación hispanoamericana, fue la excusa con la que Estados Unidos vino presionando a los gobiernos latinoamericanos ya desde 1890 para construir «unidad continental». Una unidad, claro, basada en los principios más ventajosos para Washington. Conviene aquí confrontar algunas fechas clave: el Congreso bolivariano logró reunirse en 1826, tres años después de que el presidente James Monroe proclamara la doctrina que establece que América debe ser para los americanos, lo que al norte del Río Bravo quiere decir exactamente que el continente pertenece a Estados Unidos.
El fin de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría fue el momento adecuado para que las aspiraciones de Monroe encontraran su cauce. La Organización de Estados Americanos se fundó en 1948, y tiene su sede en Washington. Son conocidos los derroteros del organismo desde entonces. Seguramente el hito más definitorio es la expulsión de Cuba en 1962 por no adherir a los «principios democráticos» al uso estadounidense.
Pero la región se modificó en la última década, y detrás de cada uno de esos cambios está la mano de Chávez y de Venezuela; tanto que Cuba tuvo que ser readmitida, en 2009, por votación de la amplia mayoría de los gobiernos regionales. Con justa razón, la respuesta de los cubanos fue que no tenían interés en reincorporarse. Para entonces, Unasur ya era una instancia de integración para los países sudamericanos que se había probado eficaz al impedir los golpes en Bolivia y Ecuador. Fue entonces que Chávez apuró la creación de una entidad que nucleara a todos los países de América y el Caribe, sin participación de Estados Unidos ni de Canadá, el socio irreductible de su vecino. Así nació la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).
Mecanismo golpista
Con sagacidad, el líder bolivariano buscó integrar naciones, más allá de gobiernos circunstanciales, y por eso la primera presidencia pro témpore recayó en el chileno Sebastián Piñera, quien luego entregó el cetro a Raúl Castro. Este gesto reciente explica en buena medida las últimas jugadas de la derecha radicalizada de Venezuela. La segunda cumbre de la CELAC se desarrolló el 28 y 29 de enero pasado en La Habana. La importancia del organismo quedó reflejada en que asistió al encuentro el secretario general de la ONU, el coreano Ban Ki-moon. Pero el dato clave es que también participó su homólogo de la OEA, el chileno José Miguel Insulza. Las cartas estaban jugadas a favor de una integración entre pares y con mucho predicamento.
Para comprender mejor cómo se fue armando el mecanismo de relojería que puso en vilo a Venezuela y al resto del continente es bueno recordar que, antes de su última internación en La Habana, Chávez designó como sucesor al que fue su canciller y mano derecha desde sus inicios en la lucha política, Nicolás Maduro. Refrendado para un nuevo mandato en octubre de 2012 con 11 puntos de diferencia sobre el candidato de la oposición –el gobernador de Miranda, Henrique Capriles–, Chávez no llegó a asumir su nuevo mandato. Maduro, presidente provisional, debió enfrentar una crisis económica generada por la inestabilidad a la que se veía sometido el país a raíz del agravamiento de la enfermedad de Chávez –y también por errores de gestión–, y dispuso una devaluación de casi el 50% de la moneda local en febrero de 2013, lo que agudizó las tensiones en una sociedad que venía enfrentando una crisis económica y el desabastecimiento de productos esenciales. Con la muerte del mandatario, el 5 de marzo, se debió convocar nuevamente a elecciones en un marco de desafío al liderazgo de Maduro, un ex dirigente gremial del transporte público. El oficialismo ganó los comicios del 14 de abril por apenas un punto y medio de diferencia, o 320.000 votos. La derecha, enrolada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) no esperó para salir a las calles a denunciar fraude. Ya entonces hubo una decena de muertos en enfrentamientos. Capriles se convirtió en el abanderado de la protesta y tildó a Maduro de «ilegítimo». Siguiendo el manual básico del «golpe blando», se sumó a las campañas para primero deslegitimar al mandatario electo, luego ridiculizarlo y finalmente forzar el derrocamiento.
El 8 de diciembre pasado los venezolanos volvieron a las urnas para elegir alcaldes en 337 distritos de todo el país. La campaña de la MUD se basó en la idea de plebiscitar la tarea aún incipiente de Maduro. Envalentonado por la escasa diferencia de abril, Capriles apostó al desgaste que iba a tener un mandatario que no había alcanzado a afianzar todos los resortes de la nación tras la desaparición física de un líder tan personalista y aglutinante como Chávez. En Venezuela, el Banco Central mide la inflación y también entrega el índice de desabastecimiento, que señala la cantidad de productos que no encuentra el público en los centros de distribución. Los últimos datos señalan una inflación del 56% para 2013 y un faltante de 28% de productos; principalmente, azúcar, harinas, aceite, café y papel higiénico. Son rubros que, se sabe, generan malestar en la sociedad y que fueron, en su momento, desencadenantes de las protestas de las clases medias contra Salvador Allende en Chile en los 70. La acción del gobierno logró revertir algunos de esos inconvenientes y, más aún, hizo rebajar los precios de electrodomésticos a valores compatibles con el dólar oficial –desde 2003 hay mercado de cambios controlado–, que está entre 6,3 y 11,5 bolívares, según qué tipo de operación se haga. A fines de noviembre hubo un boom de ventas que contradijo las expectativas más pesimistas y la derecha también se quejó por este «festival» del consumo.
Hablaron las urnas
En definitiva, el chavismo logró una diferencia de un 10% sobre la derecha en la sumatoria de los votos y retuvo más del 70% de las comunas. Cierto es que perdió en distritos claves como Caracas, Barcelona y Chacao, por mencionar a algunos. Pero si la oposición esperaba apurar algún referendo revocatorio –por la Constitución, correspondería recién en 2016– o pensaba generar condiciones para un levantamiento masivo, no tuvo cómo. De todos modos, tampoco es que la MUD fue aplastada, ya que mantuvo e incluso amplió presencia en bastiones tradicionales del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV).
El resultado de diciembre no sólo hizo acallar las sospechas de fraude sino que dejó emerger las diferencias que existen entre los distintos actores de la derecha desde la fundación de ese conglomerado que reúne intereses diversos y hasta contradictorios con el único objetivo de acabar con el modelo chavista. Es decir, a la MUD no la une el amor sino el espanto.
Capriles, el activo gobernador de Miranda, se cargó la campaña al hombro, jugándose una patriada que lo expuso demasiado en un sendero que no todos comparten a su alrededor. El líder opositor fue uno de los más implacables críticos del acercamiento a Cuba y llegó a ocupar la sede diplomática cubana en Caracas en la intentona golpista de abril de 2002, violando las convenciones internacionales. Ante cada protesta del gobierno por la injerencia estadounidense, siempre respondió alegando injerencia cubana. Suele decir que Maduro viaja a La Habana «a recibir instrucciones de los Castro». Su jefe de campaña fue otro notorio anticubano que lo acompañó en aquellas jornadas de 2002: el ex alcalde de la comuna capitalina de Chacao, Leopoldo López. A los 42 años, este economista con un máster en Harvard ya no quiere esperar más y, tras la derrota de diciembre, aceleró su decisión de salir a las calles de todo el país para apurar la caída de Maduro. Poco importaba el apoyo electoral al PSUV; para él, el imperativo era derrocar al presidente. Y no lo disfrazó con un discurso políticamente correcto, lo dijo con pelos y señales.
Lo acompaña en esta gesta la diputada Corina Machado, quien, al margen de su anticubanismo visceral, aparece en filtraciones de Wikileaks como asidua visitante de «la embajada», además de haber sido recibida en alguna ocasión por el entonces presidente George W. Bush para tratar precisamente la situación venezolana. Tampoco ella es de callar sus objetivos: quedarse en la calle hasta que el gobierno se vaya. La disputa estratégica se venía deslizando desde hacía meses. Capriles, si bien usaba todos los micrófonos y estamentos políticos para cuestionar la legitimidad de Maduro, apostaba a derrotarlo en elecciones. Por eso habla de «convencer» a chavistas descontentos para que le den su voto antes que de enfrentar al oficialismo de un modo violento. Sabe que así lo único que lograría sería asustar a quienes temen perder las conquistas que lograron en estos 15 años. Por eso, también, casi le gana a Maduro prometiendo «mejorar» lo que no está bien y mantener los beneficios obtenidos por las capas más bajas de la población.
Línea dura
López, en cambio, sabe que por esa vía él y los más reaccionarios dentro de la derecha no tienen cabida. Pero, además, y en esto está el quid de la cuestión, Estados Unidos necesita tener el «patio trasero» controlado para mantener la ofensiva en otros frentes, como el de Oriente Medio y el que la Unión Europea le facilitó en Ucrania. La convocatoria de la CELAC es una muy mala noticia para esta estrategia. Y Venezuela es la llave para avanzar sobre el resto de los gobiernos díscolos ue desde el «No al Alca» de Mar del Plata en 2005 le vienen dando tantos dolores de cabeza.
Fue en este marco que López y Machado apuraron una «pueblada» aprovechando una marcha de los estudiantes para celebrar el Día de la Juventud, el 12 de febrero pasado. Bajo la irritación por algunos casos puntuales de estudiantes víctimas de violencia callejera –la inseguridad ciudadana es otra factura que le pasan al chavismo–, lo que podría haber sido una manifestación pacífica terminó con tres muertos y un clima de efervescencia que no se veía en el país desde las guarimbas de 2004. Los cultores de estas protestas violentas se amparan en el artículo 350 de la Constitución bolivariana, que señala como un deber ciudadano desconocer «cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos y menoscabe los derechos humanos». Por eso, de inmediato, los medios concentrados –y sobre todo las cadenas internacionales– pusieron el grito en el cielo contra lo que denominaron un ataque a las libertades civiles en Venezuela. La palabra represión aplicada a un gobierno como el del PSUV fue un baldón contra el que tenían que justificarse las autoridades en medio de un clima destituyente. Poco importaba el «plebiscito» de diciembre a esta altura.
La fiscalía general del país, al cierre de esta edición, había confirmado un total de 22 muertos en las refriegas, entre los que había varios militantes chavistas. También reveló que se investigaba una veintena de denuncias por violaciones a los derechos humanos cometidas por efectivos de fuerzas de seguridad, aclarando que no había en ningún caso consentimiento de sus superiores. Entre tanto, la justicia pidió la captura de Leopoldo López, quien se entregó en una estudiada maniobra tras una marcha hasta la fiscalía. No son pocos los que consideran que es un error político, porque lo hace aparecer como víctima de un régimen opresivo. Las autoridades dicen que había un plan de la ultraderecha para asesinarlo y echar las culpas sobre el gobierno.
Diálogos
Sin embargo, la pelota ya estaba lanzada, y hasta en la entrega de los Oscar el actor Jared Leto dio un mensaje de apoyo a los «soñadores» de Kiev y de Caracas. El golpe blando mostraba toda su eficacia. Sólo faltaba que alguien dentro del chavismo «sacara los pies del plato» o que las fuerzas armadas aceptaran el convite de ser la «reserva moral de la Nación», como en otras épocas latinoamericanas. Pero no es el caso y nada hace prever que lo sea en el futuro.
A todo esto, los presidentes de la Unasur mostraban diferencias de enfoques. Mientras Cristina Fernández y Evo Morales daban un decidido apoyo a la democracia y específicamente al presidente Maduro, Dilma Rousseff mantenía una distancia llamativa. Los mandatarios ubicados en el arco conservador fueron algo más evasivos y hablaron de dar lugar al diálogo y de pacificar al país. Maduro, en tanto, convocó a una Conferencia de Paz a la que acudieron todos los gobernantes del oficialismo más un par de gobernadores y diputados enrolados con la oposición, y las cámaras empresarias, que fueron claves en 2002 en el intento de derrocar a Chávez. Capriles y la gente de López y Machado no fueron, alegando que era un circo montado por Maduro para darse un baño de legalidad institucional.
Luego, el presidente de Panamá, el empresario Ricardo Martinelli, «preocupado» por la situación en el vecino país, pidió una cumbre de cancilleres de la OEA para «buscar una salida a la crisis». Venezuela rompió relaciones con esa nación en forma inmediata. Pero aquí viene lo mejor: tras dos jornadas de no menos de 10 horas cada una, y a puertas cerradas, los representes ante el Consejo Permanente del organismo no lograban destrabar un punto esencial: bajo qué condiciones la OEA podía tratar un caso semejante.
Un borrador presentado por Bolivia pedía apoyar el «diálogo nacional», defender la democracia en el país y respetar las garantías constitucionales de todos los actores políticos. Panamá, Estados Unidos y Canadá exigían, en cambio, la intervención de un mediador externo. Seguir debatiendo en esas condiciones hubiese sido una muestra peor de «rebeldía», por lo que el documento salió, pero debajo de la firma de los 29 países que avalaron el texto de consenso está el protesto de Panamá y Estados Unidos, que consideraron –y no se sonrojaron con el planteo– que la OEA debía ser neutral y no tomar partido por una de las partes, igualando al gobierno democráticamente elegido con quienes abiertamente intentan derrocarlo. La soledad en que Estados Unidos quedó dentro de la OEA es una muestra de lo que se avanzó en materia de integración regional desde que en 1999 Hugo Chávez comenzó a batallar por el objetivo de hacer realidad el proyecto de Bolívar.
Revista Acción, 15 de Marzo de 2014
por Alberto López Girondo | Feb 21, 2014 | Sin categoría
Las cartas están sobre la mesa. A nadie escapa la importancia política y estratégica que tiene Venezuela para el resto de América Latina y sobre todo para esta etapa del proceso de integración regional. Por eso, los actores de esta trama están poniendo toda la carne en el asador en su intento de modelar el futuro próximo de la región luego de una década de avances que parecían indefinidos. La cruda realidad es que el camino para la construcción de la Patria Grande es largo, sinuoso y está plagado de obstáculos. Sin embargo, es bueno verificar que quienes se oponen a esta necesidad inexorable de los pueblos latinoamericanos no tienen el menor interés en dejar que las cosas transiten plácidamente. Por eso no les preocupa el costo en vidas humanas que pueda dejar la controversia. Como que entre ellos están los cultores de cuanta matanza hubo en este sufrido continente.
La escalada de violencia en Venezuela, no por casualidad, comenzó muy poco después de que el gobierno lograra un triunfo importante en las municipales del 8 de diciembre. Presentada como un plebiscito por la oposición unificada detrás de la MUD, el resultado demostró que una amplia mayoría de la población apoya al chavismo y le dio una diferencia de nueve puntos sobre la oposición (48,69 a 39,34%). Luego del ajustado triunfo de Maduro en abril de 2013 (apenas 1,49% a favor), la tentación de dar un batacazo electoral que permitiera apurar un referéndum revocatorio era grande. Pero no pudo ser y ya no tenían espacio para denunciar fraude, porque la oposición ganó en distritos clave como nunca antes.
Recuerda mucho a lo que ocurrió en el Chile de Allende, cuando el 4 de marzo de 1973 se renovaba el Parlamento. El médico socialista había llegado al poder en 1970 con un muy ajustado margen (1,33% sobre el segundo, aunque sumando el 36,62% de los sufragios). Los cambios que a pesar de esa exigua diferencia había implementado despertaron los peores instintos de la derecha, acostumbrada a cumplir con sus deseos e intereses o, en el peor de los casos, a manipular a los gobiernos que se intentaran rebelar. Casi tres años después, esperaban obtener dos tercios del congreso para hacerle juicio político a Allende. Pero la oposición unificada no pudo superar el 52 por ciento. Lo relevante fue que la Unidad Popular oficialista alcanzó el 46%, diez puntos más que cuando llegó al Palacio de la Moneda.
Como se sabe por los documentos desclasificados del gobierno estadounidense, el Departamento de Estado, entonces a cargo de Henry Kissinger, juntó las cabezas de la derecha más retrógrada y de los medios afines para boicotear desde el primer día al gobierno socialista, generando el caos económico y el escamoteo de productos esenciales, condiciones necesarias pero no suficientes para que la sociedad perdiera capacidad de reacción. Aun así, había apoyado a Allende. No tardaron mucho más de seis meses para hundir al país en un océano de sangre.
Una década antes, en Brasil, João Goulart –que era el vicepresidente de Jânio Quadros y había llegado al poder en 1961 luego de su renuncia y con las facultades políticas mermadas tras un acuerdo bajo presión de militares formateados en la Escuela de la Américas– convocó a un plebiscito para legitimarse ante la ciudadanía. El referéndum no era en apoyo de Goulart; buscaba el acuerdo popular para volver al presidencialismo o continuar con un parlamentarismo a la europea que los uniformados habían forzado con la pistola en la nuca. El 6 de enero de 1963, ganó la propuesta de Goulart por alrededor del 78% (9,4 millones de votos contra 2,1 por el Parlamento). Poco más de un año después, y ante la popularidad que alcanzaba el gobierno con sus medidas progresistas, los militares se sentaron en el Planalto, de donde no se irían hasta 1985. Goulart murió en la provincia argentina de Corrientes en diciembre de 1976. En pocas semanas se confirmará si fue asesinado en el marco del Plan Cóndor, como las presunciones indican.
Otro dato a tener en cuenta es que el golpe de ese año, 1976, en la Argentina, se produjo con un gobierno desprestigiado y en un clima de violencia política, pero cuando se acercaban las elecciones que la desgastada presidenta había anunciado para fin de año como un modo de aliviar la crisis. Y cuando el progresismo avanzaba electoralmente.
En todos los casos, hubo sectores claves de la sociedad que no podían hacerse del gobierno por las buenas y recurrieron a militares formados en la ideología de la Seguridad Nacional en Panamá para mantenerse en el poder. Y con un sólido apoyo de los medios más influyentes (el año pasado, O Globo hizo un mea culpa, tardío aunque sugestivo, de su apoyo a la interrupción democrática del ’64).
Cada golpe cruento siguió el mismo libreto, como para no dejar lugar a dudas. La derecha latinoamericana no es democrática y no tiene problemas en recurrir al genocidio con tal de imponer sus intereses. Como colofón, los medios concentrados bailan la misma terrorífica serenata. Y la frutilla del postre: no pueden lograr sus objetivos sin el apoyo externo. Sin este sustento no serían nada.
Algo de eso se ve cotidianamente incluso en editoriales de diarios «serios» como The Washington Post y The New York Times, que suman barro al lodazal en que ubican al populismo, al chavismo en general y a Nicolás Maduro en particular. Desde los medios locales y también en el resto del mundo, un coro de horrorizados actores periodísticos y políticos siguen este guión sin cuestionarlo. Sin rascar un poco en la información que aparece para ver qué tanto de verdad guardan.
Por supuesto que son indefendibles la muerte y el caos. El caso es quién los promueve o, para ser más precisos, a quién beneficia el crimen. Y habrá que coincidir que perjudican principalmente al gobierno de Maduro. Hay influyentes comunicadores que se rasgan las vestiduras hablando del peligro que representa «una sociedad dividida, en medio de una grieta social de imprevisibles consecuencias». Si el sistema es la democracia y en las urnas el oficialismo venezolano salió airoso hace apenas 73 días, ¿qué es lo que se discute en las calles? ¿De qué dictadura hablan, cuando en 15 años de gestión el chavismo fue a las urnas 16 veces y perdió sólo una? Con ese tono de políticamente correctos, desde todas las fronteras sostienen que debe primar el diálogo. Es cierto, en democracia debe primar el diálogo. ¿Cómo se hace para sentar a la misma mesa que Maduro a los opositores que no lo reconocen como presidente porque dicen que ganó en comicios fraudulentos? ¿Por qué esquivan ese dato esencial para comprender el dilema venezolano?
Que la situación política en el país es dramática, nadie lo duda. Que incluso la situación socioeconómica es preocupante, tampoco. Pero está claro que la política de la derecha es respirarle al chavismo en la nuca para hacerle cometer errores. Y sobre todo, para no dejarlo gobernar, con lo cual el caos puede ser aun mayor. No discuten si Maduro es o no el hombre adecuado. La estrategia opositora busca impedir que construya su propio espacio. La sombra de Hugo Chávez es enorme y su figura irremplazable. Pero una buena gestión del sucesor que eligió en su última aparición pública puede construir consensos suficientes como para profundizar la obra que dejó inconclusa. Y eso es precisamente lo que intentan evitar los opositores, tanto el que hasta ahora lideró al sector, Henrique Capriles (que funge de civilizado dirigente, una suerte del Lonardi de la Fusiladora argentina de 1955), como el ahora preso Leopoldo López (el duro de la historia, quizás el Aramburu venezolano).
Es probable que sea un error político, como piensan algunos, haber apresado al ex alcalde de Chacao, porque así se lo convierte en un héroe. Para otros, puede ser una jugada para que salga a la luz como el extremista que es, de modo que termine siendo perjudicial para su propio partido.
Tiene razón Dilma Rousseff en preocuparse por los actos de vandalismo que se puedan generar en las calles brasileñas de aquí al Mundial de Fútbol y más allá. Brasil sufrió como pocas veces en su historia manifestaciones violentas, amparadas en errores de gestión del PT, pero peligrosamente desestabilizadoras. Tiene razón también Rafael Correa cuando advierte sobre la necesidad de estar atentos a los golpes blandos en la región. A esa escalada de tensiones que poco a poco hace crecer la tentación por el facilismo de aceptar una salida por arriba del laberinto. Y mucha más razón tiene cuando recuerda que no se pueden sostener semanas de violencia sin un fuerte financiamiento detrás.
Se suele decir irónicamente que en Estados Unidos no hay golpe de Estado porque no hay embajadas de Estados Unidos. Hoy se podría agregar que no hay manifestaciones violentas en las calles de Estados Unidos porque allí no hay embajadas de Estados Unidos ni pululan ciertas ONG de apoyo a la democracia.
Tiempo Argentino, 21 de Febrero de 2014
por Alberto López Girondo | Feb 14, 2014 | Sin categoría
En el fárrago de violencia en que se convirtió Venezuela en estas horas, habrá que decir que la posición más civilizada resulta ser la del ex candidato presidencial y gobernador del estado de Miranda, Henrique Capriles. Porque la oposición venezolana –en un enfrentamiento que salió a la luz en las últimas semanas– está dirimiendo su interna en las calles del país, a un costo en vidas humanas que nadie sabe a cuánto podría ascender.
El estallido que se produjo el miércoles, cuando se celebraba el Día de la Juventud (un homenaje a la Batalla de La Victoria, que el 12 de febrero de 1814 ganaron los patriotas ayudados por jóvenes del Seminario y de la Universidad de Caracas), involucró a miles de muchachos que marcharon en todo el país, al principio en forma pacífica. Pero poco a poco las cosas se fueron de madre entre grupos chavistas y furibundos opositores. El gobierno denunció el incendio de vehículos, muchos de ellos oficiales, y el ataque indiscriminado contra edificios estatales.
Lo más grave, sin embargo, es la muerte, hasta ahora, de tres personas, dos de ellos estudiantes y el otro, un militante del chavismo, Juancho Montoya, un agente policial que estaba de civil y recibió un disparo en la cabeza y otro en el pecho frente al Banco Caroní, de La Candelaria, en el centro de la capital venezolana. Entre las víctimas fatales también hay un chico de 24 años, alumno de la Universidad Alejandro Humboldt, y otro que cursaba Derecho en la Universidad Central de Venezuela.
Al igual que los incidentes registrados en abril del año pasado, cuando el presidente Nicolás Maduro le ganó a Capriles por escaso margen en el primer comicio sin Hugo Chávez, entre los muertos en los choques con la oposición aparecen militantes del oficialismo. Se computaron, en ese momento, una decena de chavistas caídos. Lo que debería a esta altura ser índice claro de dónde viene la violencia y quiénes la padecen.
Que algo iba a pasar este miércoles, se olía en el ambiente. Durante varios días, los principales referentes de la oposición debatieron la cuestión primero en sordina, luego en tweets y más tarde en forma pública. Los que llevaron la voz cantante fueron María Corina Machado Parisca y Leopoldo López Medina. El ex alcalde de Chacao habló sin tapujos de copar las calles hasta encontrar «una salida inmediata» al gobierno de Maduro. Machado se preguntaba, insidiosamente, «¿hasta cuándo, hasta cuándo vamos a esperar?». Es cierto que suena a apriete destituyente, y que además es una peligrosa jugada golpista.
López es una suerte de Enrique Peña Nieto venezolano: joven, elegante y pintón. A los 42 años, ya fue alcalde en el municipio caraqueño de Chacao por dos períodos consecutivos. Economista, graduado en Ohio y luego en políticas públicas en Harvard, quedó relegado de la función pública tras el intento de golpe de 2002 contra Chávez, que como se recordará estuvo fogoneado por la dirigencia empresarial del país y la cúpula de la empresa PDVSA, que no quería aceptar las nuevas reglas del gobierno. Emparentado con el mismísimo Bolívar y con el primer presidente del país, Cristóbal Mendoza, López fue acusado de haber recibido una donación de la petrolera –donde su madre era gerente de Asuntos Públicos– para una ONG que regenteaba. El caso terminó en la CIDH, que apoyó la moción de López, quien sin embargo sigue interdicto.
La diputada Machado proviene de sectores similares de la sociedad venezolana. Es ingeniera y la mayor de las hijas del empresario del acero Enrique Machado Zuloaga. Se graduó también en Estados Unidos, en su caso en Yale, en el Programa de Líderes Mundiales. George W. Bush la recibió en su despacho en mayo de 2005, provocando la reacción del presidente Chávez.
Cómo será de mal vista la opción de la «lucha callejera» en grandes sectores opositores a Maduro, que Capriles –a quien nadie fuera de sus mismos compañeros de ruta podría acusar de timorato– lo viene cruzando a López desde que se celebraron las municipales, en diciembre pasado. Hace un par de días, en su cuenta de Twitter, el gobernador de Miranda incluso aconsejó a sus seguidores la lectura de un artículo de un periodista de su palo: «A nuestros seguidores RT @prodavinci: #LosMásLeídos Venezuela, los dilemas de la Oposición; por Fernando Mires http://is.gd/zkNg53», escribió el 10 de febrero en @hcapriles.
El artículo en cuestión hace un repaso crítico de las controversias de la Mesa de Unidad Democrática (MUD). «Hay que aceptarlo, es normal, es lógico y puede que hasta sea necesario: la oposición venezolana se encuentra dividida», comienza Mires, que si bien no se permite calificar al dúo López-Machado de golpistas, sí los acusa de recurrir a una respuesta demasiado fácil, como es la de forzar la lucha política en las calles. «López y Machado lo han planteado en términos inequívocos: Se trata de ‘La Salida’. En otras palabras, ambos dirigentes (repito, dirigentes, no líderes) están planteando una salida insurreccional, todo lo pacífica, democrática e institucional que se quiera, pero insurreccional al fin. No otra cosa puede ser una ‘salida'». Y le recuerda a la senadora una frase del politólogo alemán Max Weber: «La política se hace con la cabeza y no con otras partes del cuerpo.»
El planteo central de Mires, virtual vocero de Capriles, es que el perdidoso candidato «planteaba la insurrección constitucional en el caso de una victoria y no en el caso de una derrota plebiscitaria, como hoy intentan hacerlo López y Machado». Es que el resultado de las elecciones municipales del 8D plantea, para los «moderados», un llamado de atención sobre las mejores estrategias para derrotar al chavismo. Lo dice claramente Mires: «¿Cuántos trabajadores dejarán a un lado las banderas del chavismo para sumarse a las de López y Machado?» Es decir, para crecer la derecha necesita seducir a descontentos con el gobierno, en un contexto de inflación y escasez de productos básicos en las góndolas de los supermercados. Y confrontar en forma violenta no le parece el mejor escenario.
Uno de los primeros mensajitos en Twitter de Henrique Capriles después de los violentos incidentes del miércoles, no deja lugar a dudas. «Somos millones q queremos cambio sin sangre y muerte! Algo q nunca comprenderán, extremos! Quieren confundir resultados q no les pertenecen.» No fue un aviso para el gobierno de Maduro ni los chavistas en su conjunto. Fue una clara advertencia a López y Machado. Un texto que traducido al porteño básico indica: «Es cierto que no derrotamos a Maduro. Pero el resultado de las municipales fue excelente para la MUD porque yo le puse el lomo al desafío. No se peinen para la foto y menos recurriendo a métodos piantavotos.»
La Asamblea Nacional, controlada por el chavismo, evaluará la actuación de Machado y su responsabilidad en los incidentes. La jueza caraqueña Ralenys Tovar Guillén dictó la orden de detención contra Leopoldo López pero también contra dos presuntos conspiradores de vieja data: Mario Iván Carratú y Fernando Gerbasi.
Carratú es un vicealmirante retirado que dirigió el Instituto de Altos Estudios de Defensa Nacional y, cuando el intento de golpe de Chávez en 1992, siendo jefe de la Casa Militar, salió en defensa del presidente Carlos Andrés Pérez. Gerbasi es un diplomático de carrera que fue embajador en Corea del Norte, la ex República Democrática Alemana, Brasil, Italia y Colombia. Se fue de la función pública en diciembre de 2002 y ayer, el ex presidente colombiano Andrés Pastrana comenzó a pedir públicamente a su favor.
Las acusaciones contra la dupla López-Machado se explican solas. Contra el otro dúo de conjurados la cuestión viene de más lejos. El gobierno mostró una cinta donde se escucha la voz de ambos en pleno acto de confabulación. En el audio, presuntamente Gerbasi informa a Carratú («sólo te llamé a ti», explica) sobre planes de la oposición para las marchas del Día de la Juventud, y le indica que va a ocurrir algo similar a lo ocurrido el 11 de abril de 2002, cuando una balacera sirvió de excusa para el efímero derrocamiento de Chávez. «Nada de ir en primera fila, mantente a los lados» recomienda Gerbasi.
«Deben informar quién les dijo lo del 11 de abril y quién los llamó para alertarlos sobre un derramamiento de sangre en Venezuela», se ofuscó Maduro cuando informó sobre el pedido de captura de los agitadores. Gerbasi niega las acusaciones, dice que la conversación nunca existió. Pero en un tweet del 7 de febrero había escrito: «@hcapriles está declarando más como resentido que como líder político. A ponerse las pilas sino su «autobús» lo deja.» De más está decir que el autobús que se escapaba era el de las protestas callejeras. «Muchos políticos de la oposición ven al país con encuestas de hace seis meses y no con la realidad de hoy en día», agregó.
«¡Quienes queremos un cambio real y paz en Venezuela no terminaremos secuestrados por grupos violentos!», replicó Capriles. Habrá que ver si le alcanza para frenar el fanatismo de sus cofrades.
Tiempo Argentino, 14 de Febrero de 2014
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