por Alberto López Girondo | Ago 7, 2021 | Sin categoría
Andrew Cuomo tiene genes de la vieja aristocracia del Partido Demócrata y su carrera hacia la presidencia de Estados Unidos parecía despejada para dentro de cuatro años a partir de tres periodos como gobernador del estado de Nueva York. Mostraba una gestión de la pandemia que contrastaba con el negacionismo de Donald Trump y un discurso que se podría catalogar de progresista, digno heredero de la tradición “rooseveltiana”. Pero de pronto todo se le vino abajo cuando se reveló que había disimulado arteramente la cifra de ancianos que habían muerto en los geriátricos. Luego, en cadena, aparecieron denuncias de acoso y de haber creado un clima de persecución contra quienes se atrevían a mostrarlo como un depredador sexual. A partir de una investigación de la fiscalía general que en 165 páginas relata testimonios de once víctimas y aporta nada menos que 74 mil pruebas -fotos, videos, mails- sus correligionarios, desde el alcalde neoyorquino al presidente Joe Biden, le piden que renuncie para no seguir profundizando la crisis política en el oficialismo.
El hombre se está defendiendo como gato entre la leña pero la Asamblea estadual le dio plazo hasta el próximo viernes para presentar su defensa antes de iniciar el proceso de juicio político.
Andrew es hijo de Mario Cuomo, que fue también gobernador de Nueva York entre 1983 y 1994, un récord que estuvo a punto de empatar, ya que está en el cargo desde 2011. Abogado, fue jefe de campaña y asesor de su padre, secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano de Bill Clinton de 1997 a 2001, fiscal general de la ciudad de Nueva York entre 2006 y 2010, cuando ganó la elección. Nieto de italianos del sur de la península por parte masculina y de Sicilia por la rama femenina, fue por 15 años esposo de Kerry Kennedy, la hija menor de Robert Kennedy, asesinado en 1968, con quien tuvo tres hijas.
Las primeras denuncias por acoso que alcanzaron estado público fueron en febrero pasado, cuando dos ex asistentes, Lindsey Boylan y Charlotte Bennet, con diferencia de días, se presentaron a la fiscalía. Según Bennet, una noche en junio de 2020 y cuando ya se había ido todo el personal de la oficina, se le acercó y le dijo que sufría la soledad en tiempos de pandemia “por no poder siquiera abrazar a alguien”. Ella asegura que se sintió “increíblemente incómoda y asustada” cuando le dijo que estaba abierto ”a relaciones con mujeres de veintitantos”. Bennet fue despedida luego de que contara en incidente a la jefa de personal de la Gobernación.
Boylan, que se postula para presidir el distrito de Manhattan, había denunciado a Cuomo tiempo antes desde las redes sociales y luego sufrió el escarnio de la administración estadual. “Me acosó durante años, abusó de su poder”, fue la síntesis. La última acusación que se conoció fue la de Anna Ruch, una joven de 33 años que dijo haber sido incomodada en un casamiento con la pretensión de besarla.
En un video que difundió en las redes, luego de asegurar que no piensa renunciar, el gobernador se mostró compungido: “Ahora entiendo que actué de una manera que hizo que la gente se sintiera incómoda. No fue intencional, y me disculpo sincera y profundamente por eso. Me siento muy mal por ello y, francamente, me da vergüenza”. Pero no reconoció haber cometido ningún delito.
“Nunca toqué a nadie de manera inadecuada, nunca supe en ese momento que estaba haciendo que alguien se sintiera incómodo y, ciertamente, nunca tuve la intención de ofender, lastimar o causarle dolor a nadie, es lo último que querría hacer”. Y remató: “Tengo 63 años. He vivido toda mi vida adulta a la vista del público. Eso no es lo que soy. Y ese no es quien he sido. Por favor, tómense el tiempo para leer los hechos y decidir por sí mismos”. La fiscal Letitia James, en cambio, sostiene que “hay un comportamiento abusivo de parte del gobernador y del personal de alto rango profundamente perturbador pero claro”. Y eso que ella no se metió en el caso de los geriátricos. La maniobra, en este caso, habría consistido en descontar como fallecidos en instituciones estatales a los ancianos que habían sido trasladados a hospitales y murieron allí. El tema del abuso sexual aparece como un signo del poder en Estados Unidos. Valga solo recordar que Bill Clinton fue sometido a impeachment por un caso en 1998 y que Donald Trump también tuvo sus historias de polleras que no llegaron a juicio política. Ambos tenían mayoría legislativa como para que la cosa no pasara a mayores. Cuomo también, pero los correligionarios no lo quieren.
Tiempo Argentino, 7 de Agosto de 2021
por Alberto López Girondo | Oct 23, 2015 | Sin categoría
La campaña presidencial está al rojo vivo. Es que luego de ocho años se avizora un «cambio de ciclo», como marca el rito en un país que se jacta de respetar la alternancia en el poder. Y eso que las elecciones –en Estados Unidos, claro- serán dentro de un año. Pero entre los republicanos no se percibe a esta altura un líder capaz de canalizar las expectativas y el único que parece despertar cierta ilusión entre los sectores conservadores, el empresario Donald Trump, es lo suficientemente polémico como para resultar un «piantavotos» en potencia. El heredero natural sería Jeb Bush, el tercero de la dinastía Bush en aspirar a la Casa Blanca, pero por ahora su candidatura se muestra deslucida.
Por el lado de los demócratas, que con Barack Obama habían logrado «correr el arco» algunos centímetros con el primer afrodescendiente en llegar a la presidencia, el anuncio de que el actual vicepresidente Joe Biden no se presentará a pelear un espacio calmó las aguas de la ex secretaria de Estado y ex primera dama, Hillary Clinton. Y tranquilizó también a los estrategas partidarios, que temen por su propio «fantasma», el senador por Vermont, Bernie Sander, demasiado a la izquierda de lo que la media estadounidense estaría dispuesta a aceptar. Así como en 2008 resultó mejor opción Obama, ahora la oferta pasaría por dar lugar a la primera mujer que podría sentarse en el sillón de Washington.
Como las fichas ya están jugadas, era previsible que los medios conservadores, que son los que más audiencia cosechan en aquellos distritos, comenzaran desde temprano una tarea de zapa para destruir la imagen de la esposa del ex presidente Bill Clinton. Por eso ni bien se difundió que la ex canciller estadounidense había usado su correo electrónico personal para mantener comunicación oficial, todos los cañones apuntaron contra ella, que había dejado el gobierno en febrero de 2013.
Tanto fue el escándalo generado por la oposición y los medios que finalmente en septiembre el departamento de Defensa aceptó –no le quedaba otra- un fallo de la Corte que reclamó la publicación de unas 55 mil páginas con los correos de la ahora aspirante presidencial. Hubo una parte considerada como de máxima seguridad que quedó en secreto, el resto ya son de dominio público.
Pero la ofensiva republicana no terminaba en cuestionar la supuesta fragilidad de Hillary Rondham Clinton para custodiar la seguridad de la Nación. Y así fue que iniciaron una embestida para que se presentara a dar explicaciones por el atentado al consulado en Bengazi de septiembre de 2012 que costó la vida del embajador estadounidense en Libia, Chris Stevens, y otros tres diplomáticos. La iniciativa buscaba respuestas no solo por la falta de previsión sino sobre la información que se dio entonces, ya que en el primer momento el gobierno de Obama había rechazado la hipótesis de que se trataba de un golpe terrorista y señaló a un exceso durante una marcha política.
Poco importa para este análisis abundar en la respuesta de Hillary, que se presentó ayer ante una comisión creada ad hoc en el Capitolio. Allí asumió su responsabilidad por el hecho, dijo que se hizo lo mejor posible para reforzar la seguridad y recordó que «no existe riesgo cero» para los funcionarios de EE UU en el exterior. Lo interesante es que los demócratas denunciaron una operación republicana que solo busca enlodar la carrera de Clinton hacia la Casa Blanca sin el menor fundamento. Así fue que el representante por California Adam Schiff protestó porque el comité, creado hace 17 meses, ya gastó 4,7 millones de dólares de los contribuyentes sin haber llegado a conclusión alguna. En tal sentido, la agencia dpa recordaba que otro congresista por California, el republicano Kevin McCarthy, había reconocido que la comisión se había creado para «bajar a Clinton en las encuestas». Algo que su colega Trey Gowdy, titular del comité, negó rotundamente. Como corresponde, por otro lado.
Donde la publicación de los controvertidos mails dejó mucha tela para cortar fue del otro lado del Atlántico. El domingo pasado, el conservador Mail on Sunday (Correo del domingo, casualmente) publicó algunos correos de Hillary Clinton donde aparecen pruebas irrefutables del «pacto de sangre» que había hecho el primer ministro Tony Blair en 2002 con el presidente George W. Bush para terminar con el líder iraquí Saddam Hussein y ocupar Irak con una alianza anglosajona. El material consiste en una serie de memorandos donde se revelan comunicaciones entre el que fuera secretario de Estado, Colin Powell, con su jefe donde le cuenta la disposición del premier laborista para emprender un ataque combinado contra quien consideraba «una amenaza real» para la seguridad mundial. El pacto se realizó, según los memos, al cabo de una reunión entre el británico y el estadounidense en el rancho de los Bush en Crawford en Texas.
A esta altura semejante revelación puede parecer extemporánea. Pero en Gran Bretaña repercutió de un modo significativo. Es que Blair siempre había negado ese macabro acuerdo realizado un año antes de la invasión, de la que todavía se están pagando las consecuencias a nivel regional y hacia dentro de la sociedad. Más aún, el líder laborista se pasó todo 2002 y el principio de 2003 asegurando que la salida a la crisis creada contra el gobierno de Hussein era política y que no tenía entre sus planes hacer entrar en guerra a los británicos.
Las sucesivas negativas de Blair se sumaron a desaguisados durante su gobierno y el de su sucesor, Gordon Brown, para la pérdida de liderazgo de su partido frente al electorado durante el último lustro. De hecho, el laborismo eligió hace una semanas para liderarlo a un personaje bastante más inclinado a la izquierda como Jeremy Corbyn, un notorio opositor a la intervención armada en Irak –si llega al 10 de Downing Street prometió pedir perdón por la incursión armada- y que se declara cercano a los gobiernos progresistas latinoamericanos, todo un dato por esos lares. Este martes, otro súbdito británico como el recién electo primer ministro canadiense Justin Trudeau, ni bien ganó la elección dijo que iba a iniciar en camino del regreso para las tropas de su nación de Irak.
Pero hay más: ante las protestas reiteradas contra Blair en la sociedad y sobre todo de familiares de soldados caídos en combate desde hace 12 años, las autoridades tuvieron que salir a enfrentar los reclamos. Se sabe que cuando un gobierno quiere que algo NO se descubra, lo más conveniente es crear una comisión, y eso fue lo que hizo el primer ministro Brown en 2009. El grupo que se dedica a investigar este caso quedó a cargo de sir John Chilcot, un respetado ex funcionario público no partidista.
Poco fue lo que se avanzó en este tiempo al punto que hace unos meses el actual primer ministro, el conservador David Cameron, dijo que estaba perdiendo la paciencia y urgió a que Chilcot diera un informe sobre la situación. La Comisión Chilcot lleva gastados 10 millones de libras (casi 15 millones y medio de dólares) y todavía no acusó a nadie. Chilcot se demora y dice que el caso es complicado por todos los intereses involucrados. En tanto, los familiares de víctimas del conflicto exigen contar con el informe final antes de fin de año, caso contrario prometen llevar el caso al Tribunal Superior de Londres.
Hillary Clinton fue la autora de un proyecto de reforma sanitaria que no pudo poner en marcha durante la gestión de su esposo (1993-2001) y que, con enmiendas y disminuciones forzadas por los republicanos, pudo concretar Obama, en uno de los pocos y endebles triunfos de su mandato. No se puede decir que Clinton sea más progresista que el actual presidente ni que represente una amenaza para el establishment. De hecho, en política exterior, su sucesor John Kerry, fue el que tuvo a su cargo la reanudación de relaciones con Cuba y el acuerdo nuclear con Irán. Sus mails tal vez tengan más información sensible que a esta altura no haga más que confirmar lo que ya se sabía. Aún así, a Hillary ya le mostraron que el camino al Salón Oval, donde alguna vez Bill tuvo un desliz con una becaria, está sembrado de cascotazos.
Tiempo Argentino Octubre 23 de 2015
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Ago 28, 2015 | Sin categoría
La aparición de 50 cadáveres en un camión frigorífico estacionado al costado de una autopista en Austria es todo un símbolo de una situación descontrolada en Europa, donde cada día miles de personas intentan ingresar al rico territorio atravesando mares, ríos y montañas a bordo de cualquier medio, incluso algunos tan peligrosos como las balsas con que atraviesan el Mediterráneo o vehículos en los que escasea el espacio y el aire.
El hallazgo de los 50 cuerpos escandalizó hasta a los más duros de una sociedad sumergida en un caos que aparece como secuela –o daño colateral- de conflictos en otras partes del mundo en los que algunas de sus tropas no son ajenas. No es casualidad que muchos de esos desesperados que arriesgan su vida para buscar mejores oportunidades vayan de Libia, Túnez, Siria, Etiopía y más allá.
En las últimas semanas creció en algunos decisores europeos la polémica sobre cómo denominar a esa masa humana que presiona en el paso de Calais, en el norte de Francia, o en Alemania, desde el sur de España, Italia y Grecia. Para los editores del británico The Independient, al menos, es necesario denominarlos refugiados y no simplemente inmigrantes. Porque la mayoría huye de guerras civiles o atrocidades étnicas.
Pero otros escapan de situaciones económicas y sociales que también los condenan a la muerte. ¿Cuál sería la diferencia? En este caso el debate parte de las pantallas de la CNN, donde rebotaron los pedidos del Alto Comisionado de la ONU para que tanto Estados Unidos como México y los países centroamericanos consideren a los niños que cruzan la frontera sur estadounidense como refugiados, algo a lo que la Casa Blanca se niega.
En Europa, la canciller alemana Angela Merkel –una dura entre duros- reclamó desde una cumbre de la UE y los países balcánicos acordar un «reparto justo» de los refugiados. El jefe de gobierno austríaco , Werner Faymann – quien tampoco es un blando- pidió «espíritu de solidaridad» entre todos los países para resolver la cuestión.
Ya se había difundido la noticia de que en la carretera que va de Budapest a Viena la policía austríaca había encontrado un furgón con las puertas abiertas y adentro, medio centenar de cuerpos de personas que, por lo que parece, llevaban varios días fallecidas.
De inmediato las autoridades salieron a condenar a los traficantes de personas. Cada tanto ocurre algo parecido en la frontera estadounidense y la retahíla de cadáveres en vagones de tren que habían partido de México fueron un clásico en épocas no tan lejanas.
Por esas regiones, la crisis inmigratoria tiene aristas diferentes pero el trasfondo no lo es tanto. Los hay que tradicionalmente buscan mejores condiciones para desarrollar una vida digna. Son los que pueblan mayoritariamente el territorio sureño, un territorio que, por otro lado, perteneció a México. Pero en los últimos años se agregaron miles que cruzan desde América Central huyendo de la violencia social y el narcotráfico en sus naciones de origen. Si no son asesinados en el norte mexicano por bandas criminales, quizás puedan ingresar escapando de la vigilancia estadounidense. Y tal vez, incluso puedan conseguir trabajo. Pero aún el presidente Barack Obama no consiguió que los republicanos le aprobaran una ley para regular la situación de más de 12 millones que, de resultar legalizados, podrían recibir un aumento en sus ingresos. Así como están no solo son carne de violencias cotidianas sino que deben tolerar sueldos que apenas permiten la sobrevivencia. Una buena razón para que algunos empresarios rechacen la idea de incorporarlos a la plantilla regular.
En los últimos meses un precandidato republicano trepó en las encuestas avivando el fantasma de los inmigrantes, a los que carga de las peores diatribas, y prometiendo construir muros a lo largo de toda la frontera –ahora existe solo un tramo de unos 600 kilometros- y prometiendo echar a todos los ilegales. Donald Trump, que de él se trata, tuvo incidentes con representantes de la comunidad y el miércoles expulsó a un periodista hispano de una conferencia de prensa. Con ese discurso agresivo parece irle bien y es difícil que lo cambie
Al millonario excéntrico se le sumó otro aspirante republicano, Benjamín «Ben» Carson, un reconocido médico cirujano, de prodigioso currículum por haber realizado operaciones impresionantes con pulso firme y decidido. Ahora su aporte a la confusión general fue decir que no dudaría en usar drones contra los inmigrantes que intentan cruzar hacia Estados Unidos. Tras el vendaval que se le vino en contra salió a aclarar: «No dije que iba a usar aviones no tripulados contra personas, sino contra las cuevas que ellos utilizan para protegerse de las autoridades.»
Es por lo menos curiosa la posición de Trump, cuya madre era una inmigrante escocesa y su padre, descendiente de alemanes. La de Carson, un neurocirujano cuya vida fue relatada en el filme Manos milagrosas -con Cuba Gooding Jr. y Kimberly Elise- tiene sus diferencias. Es negro, por lo tanto sus ancestros fueron llevados por la fuerza, y para estar peor que en su tierra original. Pero su solución de los drones va en consonancia con un recurso aplicado extensivamente por el gobierno de Barack Obama, el primer afrodescendiente en ocupar la Casa Blanca. En tal sentido, el Wall Street Journal publicó hace unos días que el Pentágono tiene previsto incrementar el uso de drones para misiones de vigilancia e inteligencia en todo el mundo. Los vuelos no tripulados pasarán de los actuales 61 por día a 90 para el año 2019.
Según una fuente que el periodista Gordon Lubold no identifica, la mayor parte de las futuras operaciones se llevarán a cabo en «zonas calientes» como el Norte de África, Ucrania, Siria, Irak y el mar de la China Meridional.
La nueva estrategia se inscribe en el marco de un replanteo de ese tipo de acciones bélicas, las preferidas del presidente Barack Obama por varias razones: en primer lugar, como se efectúan desde cómodas poltronas en una oficina implican un juego virtual y no se producen esas tan revulsivas remesas de bolsas negras con cadáveres de soldados caídos en combate, que tanto incomodaron a anteriores mandatarios, desde Vietnam a esta parte. Por otro lado, son un impresionante negocio para la industria bélica, la que más valor agregado aporta a la salud económica de Estados Unidos junto con la tecnología informática, que en este caso van de la mano.
Por ese motivo es que la filtración informativa se coló en los pliegues de un diario económico como el Wall Street Journal. Se trata de un anuncio de los proveedores de equipos hacia los inversores, para que vean los «nichos de negocios» (nunca mejor aplicado el término) que más rendirán en los próximos meses.
Hay que decir que las incursiones teledirigidas son para vigilancia y espionaje como dicen los comandantes, si, pero básicamente han demostrado ser muy útiles en la política de Obama de asesinatos selectivos.
Según revela Micah Zenko en base a datos provistos por la New America Foundation, desde 2001 y hasta fines de 2014 Estados Unidos llevaba realizados 500 asesinatos selectivos, de los cuales el 98% fueron efectuados con drones. Resultaron eliminadas así 3674 personas, incluidos 473 civiles. En 50 de estos casos la autorización fue del presidente Bush, en el resto, 450, la firma es de Obama.
La pregunta clave es cuántos de esos homicidios fueron personas inocentes que cayeron por «error». En diciembre de 2013 un drone masacró a 12 personas y dejó gravemente heridas a otras 11 que asistían a un casamiento en Yemen. Situaciones similares se produjeron en Afganistán.
Ante ataques que «vienen del cielo», la población civil no tiene cómo escabullirse fácilmente. Si el blanco elegido es hallado se puede plantear un debate sobre la legalidad de matar sin juicio previo, o aún de la pena de muerte. Pero miles y miles huyen de estos «daños colaterales». Y los terminan provocando en esta Europa que no sabe qué hacer con ellos. Aunque émulos de Trump y Carson no les faltan.
Tiempo Argentino · 28 de Agosto de 2015
por Alberto López Girondo | Ago 1, 2015 | Sin categoría
«Pa’ una ciudad del norte/ yo me fui a trabajar/ mi vida la dejé/ entre Ceuta y Gibraltar», canta Manu Chao, hijo de un exiliado español de la Guerra Civil, en «Clandestino», el tema que narra las desventuras de otros que, como su familia, debieron dejar su tierra para labrarse un futuro mejor. O simplemente un futuro. En esa canción, Chao detalla los avatares de latinoamericanos y africanos sin papeles, «ilegales, clandestinos» obligados a correr «para burlar la ley». Perseguidos por el hambre y la falta de expectativas, víctimas de guerras civiles y de la avidez de grandes empresas que devastan regiones para explotar sus recursos naturales. Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en 2014 se registró un flujo de 214 millones de migrantes en todo el planeta, esto es, más de 4 veces la población de Argentina.
Tratándose de un proceso que por fuerza se hace a hurtadillas, el cómputo completo podría estimarse 3 y 4 veces mayor, según la misma fuente. Pero no todos logran su objetivo, y en ese mismo período más de 4.000 personas murieron en el intento.
Las imágenes de los que cada día cruzan en barcos desvencijados y sobrepasados de pasajeros hacia Lampedusa, al norte de Túnez y cerca de Sicilia en Italia, las que cada tanto se ven en el enclave español de Ceuta y las de quienes intentan cruzar la frontera caliente entre México y Estados Unidos, al igual que las que fugazmente se mostraron de Malasia, son elocuentes. Impotencia y represión violenta, tiendas de campaña para alojar a los sin refugio, disputas políticas entre quienes no quieren hacerse cargo de un problema que hasta el papa Francisco puso de relieve con una visita a uno de esos campos del espanto.
Europa atraviesa una crisis económica que, en algunos países del sur, es demoledora. Sin embargo, miles de desesperados tratan de ingresar cada día a Italia, Grecia y en menor medida a España. Es que son las naciones más cercanas a esos «territorios de fuga» y quienes logran entrar en general no planean quedarse allí, sino que hacen una primera escala para atravesar fronteras interiores del continente hacia un lugar donde afincarse.
Pero nada es fácil para ellos. Y en todos los lugares adonde llegan –si es que no caen en el camino– encuentran resistencia, rechazo, estigma. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, autor de Ceguera moral, ensaya una explicación a este drama contemporáneo: «Desde la modernidad, los refugiados de la brutalidad de guerras y despotismo, de una vida sin esperanza, golpearon a nuestras puertas. Para la gente de este lado de las puertas, esas personas han sido siempre “los extraños”, “los otros”». Esos otros están en la mira de los movimientos xenófobos o directamente nazis que prosperan en casi todos los países de Europa. El crecimiento del partido de los Le Pen, padre e hija, en Francia, Amanecer Dorado en Grecia, los grupos neonazis alemanes y neofascistas en el norte de Italia son muestras del arraigo de la intolerancia en el continente. El periodista catalán Pere Rusiñol describe la situación: «Los inmigrantes son el chivo expiatorio perfecto» y «una amenaza a la visión del mundo de la ultraderecha porque, por definición, introducen elementos de diferencia en una sociedad. La ultraderecha, en cambio, persigue la quimera del pueblo absolutamente homogéneo y cohesionado por compartir una lengua, una cultura, una religión».
Del otro lado del océano, el millonario Donald Trump, en su lanzamiento como precandidato presidencial de los Estados Unidos, arremetió contra los emigrantes mexicanos: «Están enviando gente que tiene muchos problemas, nos están enviando sus problemas, traen drogas, son violadores, y algunos supongo que serán buena gente, pero yo hablo con agentes de la frontera y me cuentan lo que hay», dijo.
Cercos militares
En el mapa actual de las migraciones internacionales se observan dos grandes fenómenos. Uno de ellos es el flujo migratorio más o menos ordenado, más o menos pacífico, más o menos consentido, que permite la circulación de poblaciones que se integran a las sociedades receptoras. Por ejemplo, las migraciones suramericanas hacia la Argentina, donde existen planes generosos para la acogida y la legalización junto con oportunidades de trabajo, estudio y sistemas de salud pública que los locales cuestionan pero son a todas luces superiores a los que tienen en sus territorios de origen los inmigrantes.
El otro fenómeno, violento y trágico, es el de los flujos migratorios que intentan atravesar fronteras cerradas y militarizadas, como sucede en el Mediterráneo y los Balcanes. Allí, en lo que va del siglo, las organizaciones internacionales registraron unos 40.000 muertos, lo que llevó a que el último informe sobre migraciones de la OIM se titulara Viajes fatales. El 70% de esas muertes tuvo lugar en el Mediterráneo. En ese informe se aclara que por cada muerto registrado hay por lo menos otros dos o tres desaparecidos.
«Nada te prepara para ver a 369 personas hacinadas en un barco de pesca», declaró hace poco Chris Catrambone, cofundador de la Estación de Ayuda al Migrante por Mar, que se dedica a la ayuda a los que cruzan desde África a Italia. Fue durante uno de los tantos naufragios que se suceden porque las embarcaciones carecen de las más elementales medidas de seguridad. «Se está creando una fosa común en el mar Mediterráneo y las políticas europeas son las responsables», denunció Loris De Filippi, presidente de Médicos Sin Fronteras (MSF).
Solo en lo que va de 2015 cerca de 2.000 personas se ahogaron tratando de escapar de Libia hacia Lampedusa, y durante el último año alrededor de 100.000 consiguieron entrar a Europa por distintas vías, de acuerdo con estadísticas de la OIM. Casi 55.000 cruzaron el mar desde el devastado norte africano, mientras que más de 46.000 llegaron a Grecia desde Turquía. La dramática situación motivó quejas de Italia porque sus socios de la Unión Europea (UE) cierran fronteras para evitar recibirlos, violando los principios establecidos en el Tratado de Schengen. A mediados de junio se decidió aceptar la reubicación de hasta 40.000 extranjeros llegados a Italia y Grecia, más que por cuestiones humanitarias para aliviar a dos de los países más castigados por la crisis económica.
En otras geografías se suceden verdaderas tragedias humanitarias no solo por la cantidad creciente de seres humanos que mueren en el intento de migrar, sino porque a ese drama se acopla el tráfico de personas, secuestros masivos, asesinatos y desapariciones forzadas. Esas tres zonas son la ya mencionada frontera sur (Mediterráneo) y este (Balcanes) de la UE, otra es la frontera entre Estados Unidos y México, a las que se añadió recientemente el Golfo de Bengala y el Mar de Andamán, en el sudeste asiático. En América la situación tiene sus matices. Los 3.152 kilómetros de frontera entre México y los Estados Unidos en particular, y el territorio mexicano en general, reviste la inocultable condición de tragedia humanitaria. Solo en 2014, al menos 1.000 personas perdieron la vida en su intento por atravesar ese borde sellado con una muralla o por los caminos que aún quedan sin dividir. Pero no todos son mexicanos. Al menos la mitad provienen de otros países centroamericanos cuyo primer desafío es alcanzar la frontera con Estados Unidos sin ser secuestrados en el camino. Un porcentaje menor está compuesto por asiáticos, suramericanos, africanos, caribeños y antillanos, que utilizan a México como trampolín de acceso al «paraíso americano». Los registros del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la OIM estiman que entre 1.200 y 1.500 personas intentan cruzar ese peligroso límite por tierra.
El vecino de al lado
México es uno de los mayores expulsores de población del mundo, cada día abandonan tierra azteca unas 700 personas, de las cuales 600 van a Estados Unidos, 55 a Canadá y 45 al resto del mundo. Los cuatro mayores países emisores de la región latinoamericana y caribeña siguen siendo Brasil (23%), Colombia (11%), Perú (9%) y Ecuador (9%). La Argentina, en este contexto, durante los 90 fue expulsor de nativos pero al mismo tiempo receptor de países vecinos, un raro fenómeno con pocos antecedentes en el planeta. En la actualidad es uno de los cuatro puntos de acogida de emigrantes, aunque ya no vienen mayoría de europeos como a lo largo de la primera mitad del siglo XX, sino que son migrantes de Bolivia, Paraguay y Chile, además de los jóvenes colombianos y brasileños del sur del país que cruzan las fronteras para aprovechar las ventajas de la educación superior gratuita y de calidad que se ofrece en el país. Por otro lado, España, que pocos años atrás fue el destino soñado para las atribuladas poblaciones locales, desde hace tres años no hace sino expulsar a miles de ecuatorianos y peruanos que vuelven a su países de origen, e incluso lo hace con españoles nativos que ven cerradas sus puertas en la península y encuentran oportunidades en América Latina.
En Estados Unidos residen 33 millones de descendientes de mexicanos y 11 millones de migrantes de ese origen, de los cuales solo el 25% obtendrá la ciudadanía, muchos de ellos luego de enrolarse en el Ejército. El 50% de los mexicanos residentes son pobres. Según el Instituto Nacional de Migraciones de México (INMM), un total de 1 millón de personas al año utiliza ese país como plataforma de ingreso a los Estados Unidos, sean documentados o indocumentados, registrados o invisibles. Al mismo tiempo, cada año regresan a través de México unos 400.000 migrantes. De ellos, una parte se queda en el país azteca, una parte regresa a su país de origen y otra comienza un nuevo itinerario para reintentar el ingreso por otra vía. El mismo INMM define que la frontera entre los Estados Unidos y México es la más transitada del mundo. Entre 300 y 500 dólares por cabeza paga un migrante a los traficantes (polleros o coyotes) para cruzar, bastante menos de lo que pagan los africanos para escapar a Europa. Los traficantes, que controlan al menos 8 de cada 10 cruces, los recogen en el lado mexicano y los sueltan del lado estadounidense. Pasan la frontera de múltiples modos, ocultos y hacinados en camiones, camionetas, doble fondo del piso de micros, flotando en el interior de camiones cisterna, incluso en el tren infelizmente conocido como La bestia. Solo en 2014 la OIM contabilizó 250 muertes de migrantes en las inmediaciones de ese borde tabicado por un muro de cemento y hierro. La cifra llega hasta los 6.000 muertos en este tramo del siglo XXI.
Efecto rebote
La vieja y orgullosa Europa, protagonista de las peores guerras, genocidios y ocupaciones coloniales que vivió la humanidad, padece ahora el rebote de muchas de esas intromisiones bélicas en otras regiones hacia su propio territorio. Así, recibe oleadas de migrantes por el sur y por el este que escapan de situaciones provocadas por acciones de las dirigencias políticas no tan lejanas en el tiempo que desataron verdaderos infiernos en África y el Oriente Medio. Millares de migrantes africanos, en parte magrebíes y en parte subsaharianos, se desplazan durante meses a través del desierto más grande del planeta para ingresar a Ceuta y Melilla, dos resabios de la etapa colonial de España, como trampolín de acceso a Europa. Para impedir el ingreso terrestre, primero por su cuenta y luego con auxilio de Bruselas, España construyó dos gigantescos muros de alambre, cemento y acero que están permanentemente monitoreados por cámaras de visión nocturna y sensores de movimiento y ruido. En 2012 España llegó a establecer un acuerdo con Marruecos para que las autoridades del reino africano se encarguen de frenar el paso de migrantes por su territorio mediante un control represivo mucho más duro, que España no puede aplicar por su adhesión a tratados de la UE. En otras palabras, los marroquíes hacen el trabajo sucio a los españoles. Por eso se incrementó el paso por otros canales, aunque las autoridades magrebíes no suelen ser muy afectuosas con los migrantes subsaharianos. El Gobierno de Argel, por ejemplo, carga con decenas de denuncias en su contra por capturar a migrantes en Tánger y expulsarlos al desierto. Ninguna administración europea se dio por enterada de esas prácticas. Libia y Túnez son, entonces, los puertos de salida para fugitivos procedentes de Guinea, Senegal, Sudán, Mali, Nigeria, Camerún, Togo, Ghana y Chad. A Italia cruzan en su gran mayoría magrebíes y en particular libios que huyen de la guerra civil desatada tras la intervención europea para derrocar y asesinar a Muhamar Khadafi en 2011. Por el Mediterráneo oriental ingresan millares de sirios, egipcios, iraquíes, afganos, somalíes y eritreos, entre otros, por rutas que los llevan a Grecia a través o del mar Egeo o de la frontera con Turquía. La OIM certifica que «Europa es el destino más peligroso del mundo para las migraciones irregulares». Y computa la muerte de 2.000 personas por año, equivalentes a unos 28.000 durante este siglo. Un tercio de los que cayeron durante 2015 eran magrebíes, un tercio subsaharianos, el 11% del cuerno de África (Somalia y Eritrea) y el resto sin identificación. Italia es el país que más migrantes recibe por vía marítima, con 130.000 en 2014, más del doble que un año antes. La situación fue advertida por la actriz Angelina Jolie, quien visitó un centro de refugiados en Malta y dijo que «existe una relación directa entre los conflictos en Siria y en otros países de la región, y el incremento de las muertes en el Mediterráneo. Si no atajamos la raíz de esos conflictos, el número de refugiados que mueren seguirá en crecimiento».
Nobel fallido
El continente asiático, en tanto, es una zona de permanentes y gigantescas migraciones, compuesta por una natural movilidad migratoria sin mayores conflictos, y una migración violenta ocasional originada en conflictos bélicos o sociales, protagonizada por desplazados y refugiados, y que genera innegables catástrofes humanitarias. Es lo que está sucediendo actualmente en la bahía de Bengala y el mar de Andamán, con refugiados rohingyas procedentes de Myanmar y Bangladesh, que son rechazados por Tailandia, Malasia e Indonesia. Las cifras son escalofriantes. Durante 2014, cuando escaló la crisis migratoria, entre 90.000 y 100.000 personas se movilizaron por la zona, y más de 25.000 entre enero y marzo de este año. De estos, el ACNUR contabilizó más de 2.000 muertos en el mismo lapso, la mitad por naufragios o enfermedades contraídas en alta mar, y la otra mitad de manos de los traficantes tailandeses y malasios. Forman parte de los 180.000 rohingyas que huyen desesperadamente de la limpieza étnica lanzada desde 2012 en Myanmar. El relator de las Naciones Unidas para este caso, el argentino Tomás Ojea Quintana, lo calificó como genocidio. «En Myanmar se están cometiendo crímenes contra la humanidad. Hay elementos claros y más que suficientes para determinar que hay un genocidio contra los rohingyas en Arakán», destaca (ver Políticas de Persecusión).
Estos ataques revelaron una actitud esquiva de Aung San Swkyi, premio Nobel de la Paz de 1991, una líder opositora que pasó 20 años encarcelada por la dictadura militar y que ahora aparece como favorita para las elecciones de 2016. Varios premiados con ese galardón que se reunieron recientemente en Oslo para denunciar la tragedia de los rohingya decidieron no invitar a Suu Kyi y la criticaron ácidamente. «Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el bando del opresor», espetó el arzobispo sudafricano Desmond Tutu, Nobel de 1984 que le reclamaba «desesperadamente su liderazgo moral» para poner fin a las matanzas.
Políticas de persecución
Invisibilizados por los grandes medios, no tanto por ocultamiento como por ignorancia, los rohingyas son en Myanmar, la antigua Birmania, una minoría étnica musulmana que viene sufriendo persecuciones por décadas. Es en este marco que ocurre lo que el argentino Tomás Ojea Quintana, relator especial de la ONU para los derechos humanos en Myanmar, describe de este modo: «Familias enteras de rohingyas escapan, lanzándose desde la provincia de Rakhine a las turbulentas aguas del golfo de Bengala, en precarias barcazas, con la desesperación de alcanzar, en general, las costas de Malasia». Por eso considera que los integrantes de esa comunidad étnico-religiosa que logran huir de ese infierno, debieran ser definidos –de acuerdo con lo que indican los términos legales de la ONU– no como inmigrantes sino como refugiados.
¿Qué consecuencias tiene para ellos esta divergencia semántica? Para Ojea Quintana, los rohingyas que navegan a la deriva merecen los derechos de todo refugiado, «y no deberían ser devueltos al mar o encarcelados, y mucho menos obligados retornar a Myanmar». El relator de la ONU acusa a Tailandia, Bangladesh y Malasia por desentenderse de esta grave situación. Pero la alerta es también para los países occidentales que levantaron sanciones contra el régimen militar y para naciones o empresas privadas que «se aprestan a invertir en un país que se abre al mundo», insiste Ojea Quintana. «Deben priorizar la exigencia de que las autoridades de Myanmar desarticulen las políticas de persecución en vigencia», concluye.
OPINIÓN
Gabriel Pérez Dupart*
Crisis humanitaria
La migración en la frontera entre México y Estados Unidos es sin lugar a dudas una tragedia humanitaria que no solo se contabiliza en pérdida de vidas, sino en el sufrir de millares de migrantes que son víctimas de la delincuencia organizada. El 95% de los transmigrantes centroamericanos han sido víctimas de al menos una acción de los grupos delictivos, como robo, secuestro, extorsión y discriminación, o trata y esclavismo laboral y sexual. La cantidad de transmigrantes centroamericanos registra un marcado incremento desde 2012 por la pobreza y la falta de oportunidades, pero cada vez más también por el aumento de la violencia y criminalidad de los grupos delictivos, las mafias y las maras en sus países. Se percibe que hay una cooptación territorial de las mafias que conforman un Estado subterráneo con alianzas o control de las fuerzas de seguridad, y que les permite diversificarse en varios negocios. Uno de esos negocios es con los migrantes. El Estado mexicano ha asumido una política de contención en el sur de país, pero no combate abiertamente a las mafias sino que busca impedir el tránsito. En 2012 hubo 88.000 deportaciones, que ascendieron a 127.000 en 2014, y todo indica que este año serán más.
Desde 2012 hay un incremento sideral de menores solos en las migraciones. En 2012 rondaban los 4.000, pero en 2014 ya fueron 23.000 los de menos de 18 años retenidos por el Estado. Se puede inferir entonces que es mucho mayor la cantidad total, todos ellos, a su vez, más vulnerables a la delincuencia.
Esta crisis humanitaria evidencia un Estado que pierde terreno frente al crimen organizado, niveles crecientes de impunidad y corrupción que limitan la garantía de los derechos humanos y el acceso a la Justicia, así como un ambiente de xenofobia y violencia generalizada. Factores que convierten el tránsito por México en un viaje muy peligroso.
*Investigador en Migraciones del Colegio de la Frontera, de la ciudad de Tijuana, México
Revista Acción · 15 de Julio 2015
Informe: Alejandro Pairone
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