por Alberto López Girondo | Abr 16, 2016 | Sin categoría
Pedro Brieger es sinónimo de análisis profundo de la política internacional. Lo saben los lectores de Acción por las columnas publicadas en cada número de la revista. Fue la cara visible en esa materia en el noticiero de Canal 7 durante los últimos 12 años, donde además conducía, junto con Raúl Dellatorre y Telma Luzzani, el programa Visión 7 internacional. Pero ya no estará en pantalla, al menos en los noticieros, donde su perspectiva era un punto de referencia para miles de espectadores, y aún no queda claro qué piensan hacer las autoridades con el espacio sabatino, donde ya no estará el trío. ¿La razón? El ministro de Medios y Contenidos Públicos, Hernán Lombardi, dijo que tiene una «visión muy sesgada y claramente queremos cambiar eso». El mismo funcionario se encargó de señalar que por «razones de austeridad» y de perfil político, Argentina se retira de Telesur. Dos señales en un mismo sentido, si bien se lo mira.
–¿Cómo es su situación en los medios públicos?
–Estuve en el noticiero central de la Televisión Pública (tvp) durante los últimos 12 años y obtuve dos premios Martin Fierro por mis columnas de política internacional. Conmigo se puso en contacto una persona que me dijo que no iba a estar más en la radio ni en el noticiero, luego me confirmaron oficialmente que el programa de los sábados también sería retirado de pantalla. En Radio Nacional sigo pero en un espacio muy acotado del noticiero. Un miércoles a la noche, Hernán Lombardi en el programa Intratables confirmó la noticia y luego interpeló a quienes le preguntaron: «¿Ustedes vieron los noticieros de la tvp en temas internacionales?, tiene una visión muy sesgada y claramente queremos cambiar eso». Soy la cara pública de los noticieros en temas internacionales, entonces cuando dice que es una opinión muy sesgada se refiere claramente a mí. Sesgado es una palabra muy peyorativa. Podría usarse la palabra subjetivo pero no sesgado. La suya también es una opinión sesgada.
–¿Diría que están usando esa palabra para estigmatizar a los periodistas que no piensan como ellos?
–Exactamente. Porque estamos tratando con gente que sabe la significación de las palabras y sesgado es una palabra despectiva, peyorativa. Yo sigo esperando la reunión para entender qué es lo que quieren. Sigo sin saberlo aunque lo que creo es que no quieren más política internacional en los noticieros. Y decidí hablar luego de escuchar a Lombardi, porque mucha gente me preguntaba y, por una cuestión de ética, esperé una segunda reunión. Me tomé 24 horas antes de hacer pública la situación, pero yo me debo a la gente que me escucha hace 12 años y entonces decidí contarles la verdad desde el noticiero, porque no sabía cuánto más iba a estar ahí.
–¿Qué opina de la política comunicacional del macrismo? El gobierno se retiró de Telesur y el canal ya no está en la grilla de los principales operadores.
–Veo una paradoja: el gobierno dice que quiere insertarse en el mundo y al que hace tantos años habla en horario central de política internacional lo quieren sacar. No conozco pormenores del acuerdo con Telesur, pero es claro que es una voz disonante con las nuevas autoridades. Telesur es un canal que apunta a la información regional y mostró las luchas populares que no son del agrado de este gobierno. Además, políticos del oficialismo se mostraron en apoyo de la oposición venezolana. Yo creo que en este caso, uno más uno es dos.
–¿Cuál sería entonces la razón para acallar esas voces?
–Me imagino que si la política del gobierno es la misma receta que se esta aplicando en España y que ha dejado más de cinco millones desocupados y más del 50% de los jóvenes sin trabajo y uno lo cuenta, no es algo que les guste demasiado. Si uno explica que mucho de lo que sucede en Grecia se asocia a la situación ocurrida en la Argentina desde los 90 y hasta 2001, se puede pensar que no quieren que se visibilice. Nosotros en la tvp hemos mostrado mucho la situación en Grecia, adonde viajé dos veces, hemos hablado de la situación de España, también lo hizo Telesur, entonces me imagino que preferirán mostrar otra cosas.
–Que no se sepa lo que ocurre.
–Que no se sepa de la crisis en España, en Portugal, en Grecia. En la tvp le hemos dado mucho espacio a esos temas. Alguien me decía que el tema Syriza (el partido que llevó al poder a Alexis Tsipras en Grecia) lo traje yo a la televisión; que el tema del partido español Podemos lo traje yo. No sé si es del todo exacto, pero que le di visibilidad, no cabe la menor duda. Está claro que le di visibilidad a sectores políticos que al gobierno no le gusta mostrar. Cuando fue la Revuelta de los Forajidos en Ecuador en contra de Lucio Gutiérrez (año 2005), que estaba aplicando políticas neoliberales, nosotros sacamos en vivo en el noticiero central de la tvp a los que se movilizaban en las calles. Probablemente la conducción actual del canal no lo haría.
–En España, por primera vez no pudieron formar gobierno y la irrupción de Podemos tiene mucho que ver con eso. En Grecia, Syriza llegó al poder pero finalmente dejó de lado muchos de sus postulados. ¿Qué se puede decir de esto?
–Tsipras reculó, es cierto. Y creo que la situación en España es incierta, es muy difícil saber si se va a nuevas elecciones el 26 de junio. También es cierto que el gobierno de Mauricio Macri sigue en muchos aspectos las políticas de Mariano Rajoy con el Partido Popular (pp).
–De hecho algunas de las fundaciones que sustentan el pensamiento del PP tienen fuertes vínculos con Macri y el PRO.
–Uno puede trazar un nexo también entre los políticos conservadores europeos y Álvaro Uribe (expresidente colombiano), que se opone a los acuerdos de paz en Colombia. Es un hecho muy positivo el rol de Cuba y de Venezuela en esa mesa de diálogo. Nosotros visibilizamos que Uribe estaba y está en contra del proceso de paz.
–El caso de Colombia está en terreno de definiciones, pero los gobiernos progresistas de América Latina viven momentos críticos.
–Respecto de Colombia, me parece que la gran apuesta del presidente Juan Manuel Santos es pacificar el país e integrar a las organizaciones guerrilleras a la vida política para acabar con un conflicto que tiene más de 50 años. Esto choca con muchos intereses de las fuerzas armadas, intereses económicos, de centros vinculados con el negocio del armamento. Esta gran apuesta la puede hacer porque tiene el apoyo de Venezuela y de Cuba y eso implica integrar Venezuela y Cuba a la región, algo que choca con la política de ee.uu. Washington preferiría tener una voz mucho más importante en las negociaciones en Colombia. Pero es claro que la corriente progresista en el más amplio sentido de la palabra ha tenido y tiene un rol fundamental para el proceso de paz en Colombia.
–¿Cómo analiza la situación de Venezuela?
–El gobierno de Nicolás Maduro enfrenta muy serios problemas. Muchos de ellos tienen que ver con la guerra que le han hecho la oposición y ee.uu., pero también hay problemas que ellos no han logrado resolver y ahora pagan las consecuencias. El triunfo electoral de la oposición muestra esto y ahora la pelota está en su campo, porque hay que ver si logran impulsar el referendo revocatorio y derrocar a Maduro. Primero tienen que conseguir las firmas necesarias y luego hay que conseguir los votos y convocar a elecciones.
–¿Y Brasil?
–Lo que vemos allí es una ofensiva en contra de un gobierno que forma parte de esta corriente progresista donde me parece que hay un elemento en común en la región y es que los sectores que históricamente controlaron estos países no toleran que tome fuerza un discurso a favor de las grandes mayorías, los más pobres, la inclusión. En Brasil es clarísimo: por más que Lula y Dilma Rousseff apliquen políticas neoliberales quieren derrocarlos. Para decirlo en lenguaje muy argentino, Lula y Dilma no son del palo. Aunque pongan a un economista neoliberal al frente de Hacienda, para la mayoría de la población Lula sigue implicando inclusión de negros, de pobres, de marginados, que por primera vez en la historia sienten que encuentran un lugar. La política es compleja, no es solamente la aplicación de determinadas recetas económicas.
–En Bolivia sorprendió el resultado del referendo.
–Un gran problema que tienen los procesos de cambio en América Latina es que están liderados por personalidades muy fuertes y muy difíciles de reemplazar. Es muy fácil hablar de alternancia, pero las figuras fuertes son irremplazables. Suceder a alguien como Hugo Chávez no es fácil, suceder a alguien como Evo Morales no lo es, como tampoco lo es con Rafael Correa. Lula encontró una fórmula que parecía exitosa: inventar a alguien. No lo digo despectivamente pero Dilma Rousseff fue la elección de Lula, el partido no la quería. Ahora se ve que no alcanzó y retorna Lula. Los grandes medios de comunicación insisten en este tema respecto de los gobiernos populares. Pero nadie se rasga las vestiduras por los años que estuvo en el poder Felipe González o Angela Merkel.
–Todo cambió después de Franklin Roosevelt, para que no volviera un populista a gobernar en EE.UU.
–Claro. Y cuando en América Latina se plantea la reelección de un mandatario popular estos sectores ponen el grito en el cielo, se plantea que eso es autoritarismo y esto cala en gran parte de la población. Por otro lado, el tema de la corrupción tiene mayor visibilidad, con lo que hay un cóctel explosivo que sufren casi todos los partidos políticos.
–Y al mismo tiempo hay un problema con los partidos populares que en ocasiones recurren a zonas oscuras de la economía y de la política.
–Es cierto. Muchos de los gobiernos progresistas han establecido vínculos con empresarios corruptos especialmente en medios de comunicación, a sabiendas de que se metían en un problema, pero aparecían como aquellos que los podían apoyar y contrabalancear la hegemonía mediática. Y muchos quedaron atrapados en esto, no solo en el tema comunicacional.
–A Lula lo acusaron de haber llevado en aviones oficiales a empresarios para que hagan negocios.
–Todos los gobiernos tratan de exportar y de llevar a sus empresas nacionales a todos los rincones del planeta para que hagan negocios. Lo hacen todos, el tema es si eso indica corrupción o favorecer a unos en desmedro de otros. Para mí no es condenable ni implica que el presidente está recibiendo una dádiva por llevar a un empresas determinada a hacer negocios. Lo cierto es que hay algo que no está resuelto y excede mi capacidad de análisis sobre la relación del mundo empresarial y gobierno en todo el mundo.
–No es un tema exclusivo de los países de la región como sostiene cierta prensa.
–Exactamente. Los alemanes, que tantas veces se presentan como los más honestos, han estado involucrados con muchas de sus empresas en escándalos de corrupción. Ni que hablar de la historia nefasta de empresas privadas vinculadas con los campos de concentración. Pero el caso es que en los gobiernos progresistas eso es un problema, porque ¿con quién hace negocios un gobierno? Y…con los que están.
Múltiples identidades
–¿Cómo fue que, siendo sociólogo, se interesó por la política internacional?
–Tiene mucho que ver con mi historia familiar. Mis padres escaparon del nazismo, por lo tanto desde la vivencia personal lo internacional –aunque no dicho de esta manera– estuvo en mi casa desde mi nacimiento. Nací en la Argentina pero en mi casa primero se hablaba alemán, el castellano lo aprendí después. Lo alemán, lo judío, Europa, tuvieron un vínculo muy fuerte conmigo. Crecí en un ámbito latinoamericano en la década del 60 y principios del 70. La revolución cubana y el proceso de Salvador Allende en Chile me influyeron mucho. Después, por motivos personales, me fui a vivir a Israel, donde estuve 11 años, lo que me dio una visión muy amplia del espectro del mundo. Me fui a Israel no exiliado de la dictadura, me fui en 1973 porque quería vivir esa experiencia. Y estar parado en el Oriente Medio, en un lugar que es el cruce de civilizaciones, fue determinante. Me metí de lleno en lo que pasaba en el mundo árabe y fui absorbiendo culturas y lo internacional se fue introduciendo en mi carne profundamente. Volví a fines del 84 y recuperé mis raíces latinoamericanas. Pero al poco tiempo vuelve a irrumpir Oriente Medio cuando Saddam Hussein invadió Kuwait (en 1990) y debí seguir esos temas. También tengo un vínculo muy particular con España que se fue dando con los años, sin tener sangre española. Pero lo español forma parte de nuestra identidad y yo tengo múltiples identidades. Madrid y Barcelona, Andalucía, son nuestras. Tengo una visión muy cosmopolita que tiene que ver con mis raíces. Podría vivir mañana en Tailandia y me pondría a aprender tailandés.
–¿Cuantos idiomas sabe?
–Bien, hablo cinco, en otros me manejo. Me manejo con el italiano o el portugués pero no soy tan arrogante para decir que lo hablo. No daría una conferencia en portugués y sí lo podría hacer en francés. Estudié chino y árabe en varias oportunidades. Pero no es cierto eso que se dice por ahí que hablo once idiomas, a esa cifra no llego ni con los idiomas que estudié.
Revista Acción
Abril 15 de 2016
La foto es de Horacio Paone
por Alberto López Girondo | Dic 29, 2015 | Sin categoría
Dice, con un tono de ironía, que debe ser el único filósofo en la historia al que le pusieron una bomba. Porque los hubo que terminaron presos, perseguidos, obligados a tomar cicuta como Sócrates, incluso su discípulo Platón fue vendido como esclavo. Pero de un atentado terrorista, como en su caso, perpetrado por la Triple A en 1973, no hay registros. ¿Por qué Enrique Dussel era peligroso para las bandas fascistas? Tal vez porque cultiva un pensamiento crítico del eurocentrismo y había sido el fundador de la Filosofía de la Liberación, un movimiento destinado a cambiar la forma de ver al mundo, desde la periferia, con base en América Latina.
Exiliado en México desde 1975, construyó desde allí una sólida obra de referencia, inevitable para la identidad latinoamericana, y llegó a ser rector de la Universidad Autónoma de aquel país. De paso por Buenos Aires, Dussel habló con Acción sobre el particular momento que vive la región, luego de una década larga de gobiernos progresistas y con un papa, el primero, que llegó a Roma desde este rincón del planeta.
–Se percibe un reflujo de los movimientos populares en Brasil, en la Argentina, ¿cómo ve la situación?
–Yo diría que es una onda. Siempre aclaro que no hay y no es posible que haya un sistema político perfecto. Y si es imperfecto hay efectos negativos no casuales sino inevitables. Toda decisión que tome debo saber que tendrá algún efecto negativo que aparecerá a corto o a largo plazo. Uno tiene que actuar con un realismo crítico: hagamos lo mejor que podamos sobre la capacidad que tenemos de diagnóstico pero no soñemos con que esto no va a tener su reflujo, sobre todo, después de una euforia y de lograr por primera vez en la historia tener gobiernos de izquierda. Habíamos tenido revoluciones circunstanciales como la cubana o la chilena, el sandinismo, la zapatista. Pero las revoluciones no son instantáneas. El siglo XX fue un siglo de grandes revoluciones como instantáneas: la Revolución de Octubre, la Revolución China, pero una revolución exige decenios y a veces siglos. Estamos en una concepción un poco más realista pero crítica. El reflujo es también inevitable. Toda institución es ambigua y la burocratización dentro de la condición humana también es de alguna manera inevitable. Entonces hay crisis de lo que se propuso, hay corrupción, son cosas a veces inevitables. Pero hay que computarlos como datos a continuar y para poder superarlos. Es parte de la experiencia que tenemos, muy creativa y más creativa por el hecho de que debemos aprender a superar estas crisis. Yo no las veo fatales ni finales, sino propias de un proceso creciente. Porque se va tomando cada vez más conciencia de lo que esto significa. Veo que hay un proceso de la segunda emancipación, la primera se realizó políticamente, en algunos aspectos económicamente, culturalmente, pero caímos en el neocolonialismo. Ahora, como dirían Martí y Mariátegui, estaríamos en el segundo proceso de emancipación, que también tendrá su recaída.
–¿Cree que hubo en un avance, que hay un limite y que no se va a poder volver atrás?
–Nunca hay que decir que no se va a volver atrás porque lo hicimos alguna vez, por caso, en los 70, y volvimos casi peor con el golpe de 1976. Tal vez sea un paso adelante y dos atrás y después tres para adelante. Todo pasado puede volver pero hay que hacer lo posible para que no ocurra. Tiene que haber un realismo primero en la política porque un cierto idealismo moralizante es nefasto y la extrema izquierda, al fin, se une con la extrema derecha. A veces son los peores enemigos de la revolución.
–¿A qué llama idealismo moralizante?
–En este caso sería el sentido cotidiano de la palabra. He tenido discusiones con grandes pensadores con los cuales he estado de acuerdo en casi todo, pero me dicen «eliminemos el Estado». ¡Pero vamos a necesitar de todas maneras una macroinstitución para poder saber de qué se trata lo público! Algunos dicen en Bolivia no hay revolución, que Evo Morales no sirve para nada. Pero ha hecho mucho, no es perfecto, está el extractivismo, de acuerdo. Díganme cómo lo podría mejorar y eso lo vamos a ir descubriendo en decenios, porque nadie tiene la varita mágica con la solución, y nunca hubo soluciones inmediatas. Me dicen «la crítica del capitalismo está bien pero ¿cuál es su alternativa?». El capitalismo fue la alternativa al feudalismo pero en el siglo XVII no habían nombrado al fenómeno ni sabían lo que estaban haciendo. Simplemente estaban en contra del feudalismo e iban haciendo las cosas de otra manera. Después se tomó conciencia de que era la alternativa cuando miraron para atrás. ¿Cómo será la nueva empresa futura? Habrá que ir viendo, y esto es un realismo crítico con principios normativos y también políticos, económicos, culturales. Pero no hay proyecto armado. A la presidenta de Brasil, que a sus 18 años fue una mujer generosa que se metió en un movimiento guerrillero y que la torturaron, ¿qué más le podemos pedir? Que haya aflojado demasiado y le estén comiendo el Amazonas, bueno, son errores. Y que ahora Lula, que fue sindicalista de mucha historia y tiene capacidad de negociar, le dé su apoyo para sostenerla, bueno.
–Es un líder, que no es poco.
–Con autoridad además, que se jugó, arriesgó, es un hombre extraordinario.
–¿Cómo ve el rol de un líder en los procesos políticos?
–Lenin, Mao, Ho Chi Minh, Fidel Castro, han sido grandes líderes. Toda gran revolución se hizo con líderes y no hay un gran libro sobre el liderazgo en política.
–Hay libros sobre liderazgo en deportes o en la empresa.
–Bueno, ahí sí hay liderazgo y escuelas y todo. Recuerdo cuando recibí el premio al Pensamiento Crítico en Venezuela, estaba Chávez, leí un texto que está en un librito que se llama Carta a los indignados y que habla sobre el liderazgo democrático. Había como 3.000 personas que nos miraban a ver cuándo metía la pata. Porque yo empecé a hablar del liderazgo que se desvía y hablaba de Pinochet, Hitler y las dictaduras. Y entré en la necesidad de tener maestros en política, de gente que habiendo sido elegida encarna los principios coherentemente. Y terminé diciendo que de todas maneras el perfecto liderazgo es su disolución, el momento en que el líder dice «ya no me necesitan porque aprendieron». Hugo Chávez dijo entonces «me ha gustado eso de la disolución del liderazgo», se pasó como una hora y media hablando (risas) y vi que el hombre lo tenía muy claro. Él era un maestro que agarraba su pizarrón en el show de los domingos y hablaba a la gente de política y de lo que había que hacer. El pueblo venezolano necesitaba todavía de un líder por bastante tiempo, pero se murió joven.
–¿Por qué piensa que debe ser así?
–Cuando un pueblo no ha vivido la experiencia de una participación en donde uno cree en sí mismo, se da cuenta de que es la sede de la soberanía y no un esclavo. Nuestros pueblos no lo han hecho nunca. Aun antes de la conquista, en el imperio inca o maya, también había aristocracias muy fuertes. Hasta que el pueblo empiece a tomar conciencia, creo que el liderazgo es importante en todos los niveles. Líder es también el que Walter Benjamin llamaría el Mesías, el que encarna los principios. Porque los principios son abstractos, hay que verlos funcionando, y eso es más difícil. Alguien que los cumpla y que uno pueda creer en la persona. La fe es fundamental. Si alguien me dice «te están esperando en la puerta», yo no he visto a nadie porque no estoy en la puerta. Le creo y voy sobre sus palabras; si llego y no hay nadie digo: bueno, fue un chiste, la próxima te creo menos. Pero si llego y hay alguien le creo más. El líder es muy importante en todos los niveles, en el barrio, en el sindicato, en la escuela, el profesor, la gente imita a una persona que cree en lo que dice y vive con coherencia.
–Pero en América Latina algunas palabras son tabú y cuando aparece una figura de esa envergadura recibe todo tipo de ataques y se lo tilda de dictador.
–Eso lo dice una elite que tiene el poder y los medios en sus manos y devalúa ese magisterio que es el que va a permitir al pueblo el ejercer el poder de sí mismo. Como temen que el pueblo aprenda a ser, entonces liquidan a los maestros que inician la tarea.
-Hay gente que lo piensa sinceramente y compara la realidad de Europa con los populismos regionales. Usted alguna vez dijo que en Latinoamérica nunca hubo fundamentalismos como pasa en otras partes. ¿Por qué cree que sucede eso?
–Es que el fundamentalismo es un fenómeno muy reciente, ya sea fundamentalismo musulmán, sionista o cristiano. En América Latina aconteció algo inesperado por su situación geopolítica y cultural y también mítico-religiosa, cuestiones que no se hablan pero que ya es tiempo de que se lo haga en una etapa postsecularista en la que estamos entrando, en el peor y el mejor sentido. La Ilustración del secularismo dijo «a las religiones irracionales dejémoslas de lado», y entonces el político, y aun el hombre de izquierda, dejó la religión afuera y ya no sabe cómo funciona. Y cuando se le viene el fundamentalismo no sabe cómo hacer. Lo que hace falta es entender de qué se trata, pero para eso es necesario integrar el mito y la religión a las ciencias sociales como antes de la Ilustración y saber cómo se maneja. Yo digo que en lugar de gastar tanto dinero en aviones y en drones se cree un instituto de enseñanza islámica. La izquierda secularista perdió el mundo mítico en el cual el pueblo encuentra sentido. La ciencia no da sentido, da verdad: llega al médico y dice «se murió», y me da el certificado donde dice que se murió y si le pregunto «doctor cuál es el sentido de la muerte», me responde «eso no lo puede decir la medicina». Y a mí lo que me interesa es saber el sentido de la muerte, porque cuando ella se murió, me dijo «ya nos veremos», y estaba contenta. Usted hubiera dicho «ya está, se murió, se terminó», pero ella no estaba tan triste porque pensaba que íbamos a volver a encontrarnos. Le dio un sentido a la muerte que no es científico. Al fin, lo que vale en la vida es el sentido, la celebración, y ese mundo mítico la izquierda lo había perdido. En América Latina no se perdió eso. Y ahora lo puedo hablar porque los argentinos están presentes en el mundo por un tal Francisco. Marx dice que el dinero se enaltece a sí mismo y toma la forma de dios en el capital. ¿De dónde tomó ese texto Marx? Es es un antitexto de Pablo de Tarso, que dice «Cristo, de naturaleza de Dios», y usa las mismas palabras de Marx, «se alienó a sí mismo, y tomó la forma del siervo». Marx invierte el texto de Pablo de Tarso. Tengo una tesis que hizo un alemán donde cita 17 textos sobre el Anticristo y para Marx el capital es el Anticristo. Lo que los teólogos llaman el pecado original es la acumulación original. Se me ocurrió que si yo usaba todas esas metáforas quiere decir que hay un discurso económico fuerte pero hay un segundo discurso débil, metafórico, si se unen sale una verdadera teología completa. Con puros textos de Marx, es un libro de 400 páginas que he escrito. Pienso que de alguna manera la teología de la liberación puso la vacuna al fundamentalismo cristiano. Ese fundamentalismo lo ponían los militares en nombre de la civilización occidental y cristiana, y entre los peores enemigos que tenían estaban justamente los cristianos de izquierda.
–¿Cómo ve el rol del papa, entonces?
–Yo creo que para la iglesia ha venido una suerte de renovación inesperada y es producto de la realidad argentina. Recuerdo una oración del padre Mujica que decía «te pido perdón porque yo puedo hacer una huelga de hambre, pero ellos no pueden hacer una huelga con su hambre». Y la Triple A lo mató.
–Ese fundamentalismo del que hablaba, ¿no es incentivado desde Occidente, no es funcional a los poderes coloniales?
–Ha sido potenciado por el fundamentalismo cristiano de Reagan, de Bush. Estados Unidos le sirvió de aliado. Pero Israel también ha jugado un papel bastante negativo. La presencia de Netanyahu en el Congreso el año pasado, sin permiso del presidente, creo que ha sido un momento grave de la alianza norteamericano-israelí que tenía en Israel su punto de apoyo en el Oriente Medio petrolero. Yo viví dos años en Israel, trabajé con palestinos y conozco bien cómo metieron el dedo en el avispero y ahora hay un avispero terrible y con sentidos contradictorios. Saddam era un dictador, sí señor, era una víbora como decían ellos, pero ahora entró una víbora mucho peor. Han destruido países enteros por ganar elecciones; Bush, ese fundamentalismo cristiano que quería derrotar al terrorismo, ha creado un mundo de terroristas.
–¿Es una consecuencia no deseada o es el objetivo de la industria militar?
–La industria militar está en auge. Cuando se vino abajo la Unión Soviética uno decía «ahora habrá una pax americana». Pero estos tipos en vez de parar le imprimieron un nuevo rasgo. Ahora usan otras técnicas, le dan dólares a la oposición que es la que pone los soldados. Lo hacen también en Venezuela, en Brasil y en la Argentina. Son las nuevas teologías, pero más terroristas que nunca, producidas por la CIA, que empezó con un teólogo fundamentalista de Arabia Saudita, Al Qaeda, y en Afganistán contra los rusos. Ellos les enseñaron a transformarse en guerrilleros y luego se volvieron contra EE.UU., pero yo creo que estamos en el fin de proceso, del imperio y del eurocentrismo y de muchas cosas, por eso no hablo de posmodernidad, que es la última etapa de la modernidad. Yo digo que estamos al fin de la modernidad porque estamos ante un mundo nuevo que surge. Y filosóficamente estoy en eso.
Consejos al Obispo
Enrique Dussel, 81 años, nacido en Mendoza, fue en busca del pensamiento latinoamericano a lo largo del Mediterráneo y llegó a Israel, donde vivió en un kibutz a fines de los 60. A su regreso plasmó una nueva filosofía, perseguida por la dictadura, hermanada con la Teología de la Liberación, igualmente foco de persecuciones.
«Me formé en la cultura clásica, griego, latín», recuerda el autor de una lista interminable de publicaciones donde desarrolla un programa para interpretar el mundo desde la periferia. Ese horizonte se le abrió ya en su primer viaje, a la España franquista, «la única que había», con una beca doctoral.
«Mi padre fue bisnieto de un alemán que en 1870 llegó a Buenos Aires, hijo de un carpintero socialista que hizo los muebles de la Casa del Pueblo, quemada en los 50 cuando comenzó el movimiento contra Perón. Ese bisabuelo mío le puso Carlos a mi tío y al segundo hijo le puso Heinrich y yo me llamo Enrique. Por un tal Karl Heinrich Marx», recuerda.
–¿De dónde viene este acercamiento a la religiosidad?
–Mi padre era médico, educado con la Reforma, en Córdoba, el fenómeno religioso estaba ausente de su vida, era un materialista práctico, conservador además, pero muy buen médico popular: iba a ver a la gente al rancho a caballo, porque era un pequeño pueblo. Mi madre era italiana, Ambrosini, y ella sí era católica, pero era una mujer fantástica de mentalidad libre. Hasta el obispo venía a casa a pedir consejos. Era una mujer abierta y ahí tuve el contraste completo.
–¿Cómo se interesó en los temas latinoamericanos?
–Cuando terminé la carrera, saliendo con el barco hacia España, veía el puerto que se alejaba, y al llegar a Montevideo me di cuenta de que no sabía nada del Uruguay. Y luego llegué a Santos y vi afros, que no los había visto en mi vida. Me di cuenta de que no conocía América Latina. A los tres días, Dakar, África, luego Casablanca, el Asia y llego a Portugal, Europa. Y fui descubriendo al gaucho, porque el gaucho viene de Extremadura, viene del Magreb, del desierto de Arabia. Terminé el doctorado y me fui al Oriente Medio y descubrí el mundo semita, una historia de 5.000 años. La filosofía no empieza en Atenas sino en Egipto, en la Mesopotamia, 30 siglos antes. Atenas era una colonia de Sais, la fundaron los egipcios; Palas Atenea era Neith la diosa de Sais, los pitagóricos fueron la primera escuela de filosofía y es egipcia; Tales de Mileto era de familia fenicia.
–Y ahora usted intenta abrirse a un pensamiento sur-sur.
–Hemos empezado a discutir y a hacer un pensamiento sur-sur filosófico con África, el mundo islámico, China, Indostán. Sin europeos ni norteamericanos. Primero discutir entre nosotros y luego ir hacia adelante.
Revista Acción
Enero de 2016
Foto de Horacio Paone
por Alberto López Girondo | Dic 8, 2015 | Sin categoría
El resultado de las legislativas venezolanas causó escozor en los sectores progresistas de América Latina, pero no sorpresa. Si bien las encuestas dejaron de ser un sistema creíble para prever conductas electorales, todos los sondeos previos adelantaban diferencias importantes entre la oposición y el chavismo. Y según dicen los analistas que transitaron las calles de ese país, la sensación de que soplaban nuevos aires era evidente.
Es difícil gobernar en medio de una guerra económica como la que se desató sobre la presidencia de Nicolás Maduro. El sucesor de Chávez triunfó en 2013 y desde entonces debió soportar una campaña de deslegitimación del derrotado candidato Henrique Capriles y de toda la oposición. Es cierto que había ganado por escaso margen, pero había ganado y el sistema electoral venezolano, se terminó de corroborar ahora, es seguro y transparente.
La denuncia de fraude servía a los fines de desgastar al chavismo, todavía golpeado por la muerte de su líder. La tarea fue seguida por el desabastecimiento de productos esenciales y por las guarimbas, una ola de violencia que costó la vida de 43 personas en 2014. Nunca pudo estabilizar la situación el presidente. Y la derecha regional también hizo su aporte.
La prueba más evidente, por si alguien dudara, de las profundas relaciones que imbrican a los países de la región es la forma en que se encadenan los procesos. La década del ’70, con su secuela de sangre y muerte, se extendió de Brasil a Chile, Uruguay y Argentina desde antes del Operativo Cóndor, el siniestro plan orquestado para eliminar a los sectores de la izquierda latinoamericana. La recuperación democrática en los ’80 también fue una sucesión como en dominó. Ni qué decir de los avances comunes en lo que va del siglo, desde el Brasil de Lula a la Argentina de Kirchner. Todo eso había empezado con la Venezuela de Chávez en 1999.
La oposición al líder bolivariano tardó su tiempo en unificarse detrás de un objetivo común: derrotar al chavismo. Apoyó el golpe de 2002 y luego intentó deslegitimar las instituciones bolivarianas negándose a ir a comicios en 2003. Chávez logró aprobar una Constitución que en un librito de tapas azules del tamaño de un paquete de cigarrillos regalaba a quienes lo visitaban. Una forma de crear ciudadanía. Esa misma constitución, rechazada por los sectores ultras de la MUD, terminó consolidada el domingo con el triunfo de la oposición. Es un triunfo para la democracia chavista. No hubo denuncia de fraude, ganó la oposición con las reglas de juego bolivarianas y nadie les deslegitimó el resultado. ¿Respetarán el espíritu de esa Carta Magna ahora que tendrán el poder formal en la legislatura?
por Alberto López Girondo | Nov 20, 2015 | Sin categoría
Se nota que en Latinoamérica hay un reflujo de los movimientos progresistas, para qué barrer debajo de la alfombra. Luego del proceso de integración regional más importante en dos siglos de historia, es notorio el grado de recuperación de la derecha tradicional, ligada a los poderes hegemónicos, en Brasil, en Ecuador, incluso en Venezuela y ni qué decir en Argentina.
Se lo percibía en octubre de 2014, cuando Dilma Rousseff ganó el balotaje sobre Aecio Neves por muy poco. Lo que auguraba -y quedó plasmado en esta columna- que no tendría tiempos fáciles la presidenta brasileña, cosa que pudo verificar ni bien asumió su segundo mandato.
Un año antes, en abril de 2013, Nicolás Maduro también obtuvo el cargo por muy poca diferencia, tras lo cual, la derecha generó todo tipo de acciones primero para deslegitimar al sucesor de Hugo Chávez y luego para crear una atmósfera de violencia de la que aún se pagan las consecuencias.
Se trata de una derecha que aprendió de sus errores y no tiene problema en reconocer logros de los gobiernos progresistas con tal de acceder al poder. Lo que harían luego ya se sabe, es como la fábula del escorpión y la rana. No pueden más que obedecer a los dictados de su naturaleza.
En lo que hace a las relaciones con el mundo, sin embargo, es donde han sido más explícitos y coincidentes. Allí no hubo subterfugio alguno, tal vez porque descubrieron que no es un tema que impacte en las campañas o porque el tema de las alianzas exteriores tiene para un sector determinante del electorado mucho de aspiracional. Define qué queremos ser, dónde y con quién queremos estar.
Cuando Lula llegó por primera vez al gobierno, y luego de sus primeras entrevistas con Néstor Kirchner, en aquel ya mítico 2003, dijo una frase que resultaba toda una muestra de los tiempos que se avecinaban. «Los brasileños siempre miramos más a Europa y Estados Unidos que a América Latina». Tenía que llegar al Planalto un metalúrgico nacido en la miseria nordestina para expresar lo que el resto de los latinoamericanos ya había anotado desde los orígenes, que Brasil daba la espalda a la región, que miraba con resquemor su destino sudamericano. Son razones históricas que no es dable expresar en estas líneas y que marcan los rumbos del Brasil desde tiempos del imperio.
El lema «civilización o barbarie» caló hondo no solo en la patria argentina de Sarmiento. Fue y es una consigna para las elites ilustradas del resto de los países independizados de España en el siglo XIX. En esta parte del Río de la Plata no solo acarreó guerras sangrientas sino también definió los dos campos en que se debate la nacionalidad. ¿Queremos ser latinoamericanos o nos sentimos europeos en el exilio, como planteaba Jorge Luis Borges?
Resultan interesantes vistas hoy las agudas polémicas entre Sarmiento y Juan Bautista Alberdi en torno de la Constitución de 1853. La crítica de Sarmiento a la Carta Magna se hace, como bien le marca contemporáneamente Alberdi, desde la óptica de su exacerbado apego a los Estados Unidos como un modelo a copiar. Sarmiento, impulsor de la educación estatal, esto también es cierto, buscaba el destino nacional mirando al norte. Alberdi escribió para esa época en un diario de Valparaíso que «los Estados Unidos no pelean por glorias ni laureles, pelean por ventajas, buscan mercados y quieren espacio en el Sur. El principio político de los Estados Unidos es expansivo y conquistador.»
Este debate posterior al rosismo cruza toda la historia latinoamericana desde la independencia y es el trasfondo del Ariel, del uruguayo José Enrique Rodó. Ni qué decir que tanta disputa de sentido llega hasta la Filosofía de la Liberación en los 70, de la mano de un puñado de seguidores del mendocino Enrique Dussel. En la misma senda se ubica la Teología de la Liberación, que promovió la renovación más impactante de la Iglesia Católica que resultó envuelta en la tragedia de aquellos años y fue clausurada por Juan Pablo II y Joseph Ratzinger. Un Papa latinoamericano no es sólo un gesto de generosidad de los cardenales que lo eligieron en Roma. Es, utilizando términos eclesiásticos, una «intervención estratégica del espíritu santo» en tiempos del crecimiento de esta parte del mundo.
No es casual que en la ciudad administrada por Mauricio Macri la versión del programa de entrega de computadoras a los alumnos de las escuelas públicas, que la Nación bautizó Conectar Igualdad, se llame Plan Sarmiento. Expresa claramente un proyecto de país y de región. No es casual tampoco que este proyecto se lleve de la mano del que propone la oposición venezolana encarnada en Henrique Capriles y el PSDB brasileño, que se encolumnó detrás de Neves.
A la pregunta de qué queremos ser, los gobiernos populistas respondieron «latinoamericanos» y obraron en consecuencia, creando y fortificando instituciones para cristalizar ese proyecto común. El conservadurismo ofrece acercarse a Estados Unidos y Europa, el Occidente difuso que pretendían defender los militares en los años de plomo. La derecha regional impulsa una amalgama de esa cultura la que los latinoamericanos, por razones obvias, no podemos desconocer porque forma parte de las raíces.
En el caso concreto del alcalde porteño, su visión sobre los vecinos más cercanos, sobre todo de paraguayos y bolivianos, las dos comunidades más pobladas, es como la de cualquier vecino de Recoleta. Si a alguien quisieran parecerse no es precisamente a ellos, que representan a lo que permanece de los pueblos originarios. Esa clase de citadinos despliega una mezcla de desprecio y racismo muy ostensible que incluso resultaría peligroso para el mantenimiento de las relaciones con esos países en caso de que esta opción política se haga de la presidencia.
Pero como en esa misma derecha el componente empresarial y que privilegia el interés monetario es clave, convendría mostrar las reflexiones que los poderes financieros internacionales, a los que se identifica con los reales factores de poder en estos días, piensan. En tal sentido, uno de los bloques armados en estos años, el BRICS, conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, puede decirse que es una creación de un perspicaz analista de la banca Goldman Sachs, Jim O´Neill, quien en un estudio sobre los mercados emergentes que podrían ser el gran imán para las inversiones hacia mediados del siglo XXI, elaboró el acrónimo con los nombres de esas naciones, que le sonó a «ladrillo», brick en inglés. La decisión política de conformar el bloque es posterior.
Con las prospecciones de O’Neill coincide un reciente estudio de la consultora Price Waterhouse & Co -a la que tampoco se la podría considerar populista ni algo semejante- que considera que «los activos bancarios nacionales del E7 (China, India, Brasil, Rusia, México, Indonesia y Turquía), así como las ganancias potenciales del sector, serían mayores que los del G7 (EE UU, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Canadá) hacia 2036», adelantando en 14 años su evaluación inicial.
Ese rumbo esperado explica el acercamiento a China y Rusia y el proyecto en marcha de ampliar el Mercosur con nuevos componentes, como Bolivia y Ecuador. Pero además de las justificaciones materiales, también hay cuestiones ideológicas. Cuando la derecha desliza la necesidad de «reinsertar» al país en el mundo, es claro que hablan de ese mundo occidental al que pertenece por razones culturales e históricas.
Pero entonces cabría la pregunta ¿a qué Europa proponen ligarse, a que Estados Unidos? Porque si es la Europa del estado de bienestar y de la justicia social no habría voces en contra. En cambio, la Europa actual es la de la troika que somete a griegos, españoles e italianos al ajuste perpetuo. Igualmente, al New Deal de Franklin Roosevelt no habría problemas en acordar, pero al del recorte de beneficios de las Reaganomics…
Por otro lado, la Europa está al rojo vivo por los ataques yihadistas, consecuencia de tropelías cometidas por algunos de sus países coloniales. La Europa de estos días, como hizo Estados Unidos luego del 9/11, recorta las libertades civiles, tal vez su máxima contribución a la humanidad, y levanta muros para evitar las «invasiones bárbaras». ¿A esa Europa en conflicto proponen ir? ¿No se corre el riesgo de comprarse conflictos ajenos innecesariamente?
Tiempo Argentino
Noviembre 20 de 2015
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