por Alberto López Girondo | Oct 4, 2021 | Sin categoría
La nueva filtración de documentos relativos a guaridas fiscales donde las élites mundiales ocultan sus bienes de los organismos impositivos ofrece detalles que resultan interesantes de analizar, no tanto por lo que revelan como por lo que no termina de aparecer.
Se sabe que líderes de varios países del mundo tienen que dar explicaciones sobre montañas de dinero que tenían, según creyeron, a resguardo de miradas indiscretas y ahora quedan al desnudo. Tres presidentes en ejercicio de Latinoamérica -Guillermo Lasso de Ecuador, Sebastián Piñera de Chile y Luis Abinader, de República Dominicana- y once ex mandatarios, entre ellos de Perú, Colombia, de Paraguay. En la volteada aparecen el rey emérito de España Juan Carlos I (cuándo no), el rey de Jordania, presidentes de Ucrania y Kenia, el primer ministro checo.
Se sabe también que Argentina se ubica en el podio de los mayores implicados en este tipen el índice de “beneficiarios finales” de empresas radicadas en esas cuevas fiscales por millón de habitantes, sería el primero lejos.
Se sabe, además, que hay implicados deportistas, cantantes, dirigentes políticos, que eligen escamotear sus ingresos del escrutinio del resto de la población para no aportar su cuota parte en el mantenimiento de las comunidades en las que viven y de las que extraen esos beneficios.
Todos en mayor o menor medida están dando sus explicaciones. Algunos es escudan en que el hecho de formar una empresa offshore no es ilegal, o que tenían el dinero declarado de alguna manera no tan visible.
El expresidente Mauricio Macri, a modo de ejemplo, cuya familia suele aparecer en este tipo de investigaciones y ahora no fue la excepción, declaró hace un mes que “para ganar plata hay que evadir impuestos”. Y no hubo un escándalo nacional por esas palabras en los grandes medios, esos mismos que ahora presentaron el informe conocido como Pandora Papers. Lo que no aventura demasiado escándalo en algunos lugares del mundo.
Como sea, del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) forman parte de los diarios más influyentes de varios países del mundo: Estados Unidos, el Reino Unido, España, Francia, Alemania. Por Argentina participaron periodistas de La Nación, Infobae y ElDiarioAR. El trabajo fue sin dudas inmenso ya que se trató de casi 12 millones de archivos provenientes de 14 empresas de servicios offshore y participaron más de 600 periodistas y analistas informáticos de 117 naciones durante dos años hurgando en esa enorme cantidad de material.
Pero hay algunas lagunas en la información que, posiblemente se comiencen a develar en los próximos días -la información va saliendo a cuenta gotas por una estrategia mediática comprensible- o que quizás no tengan respuesta.
El agregado de “Paper” a la revelación de información secreta nació en los 70 con los Pentagon Papers, la primera gran filtración de documentos sensibles producida por un analista del departamento de Estado, Daniel Ellsberg, sobre la guerra de Vietnam, en 1971. No la pasó bien Ellsberg y a punto estuvo de ser juzgado por traición a la patria durante el gobierno de Richard Nixon.
En lo que va del siglo, el caso que más trascendió también tenía relación con aventuras bélicas de Estados Unidos y fueron los documentos que otro analista, Chelsea Manning, filtró sobre atrocidades en Irak y Afganistán de tropas de ese país en 2010 a través del sitio WikiLeaks. Tampoco la pasó bien Manning, detenida en una prisión de máxima seguridad de EEUU e indultada por Barack Obama como un gesto final antes de dejar el gobierno, en 2017. El que la pasa peor es el australiano Julian Assange, el creador de Wikileaks, una plataforma que usa servicios encriptados para proteger a quienes compartan información que afecte a la sociedad en manos de pocos y poderosos, ya sean gobiernos o individuos.
Pandora Papers tiene el mayor volumen de datos de alguna filtración, según quienes investigaron el caso. Supera a los anteriores Panama Papers, Paradise Papers y Offshore Papers en cantidad de información: son casi tres Terabytes. Todos estos escandaletes salieron a la luz mediante plataformas encriptadas.
Lo que algunos malpensados sostienen es que si bien aparecen datos a granel sobre estudios y consultoras que realizan la tarea de crear esas compañías en cuevas fiscales, no hay de Estados Unidos ni de su mayor distrito con protección para inversores, que es Delaware. Por casualidad, se diría, ese pequeño estado es el que el actual presidente Joe Biden representó como senador durante 36 años, desde 1973 hasta que fue vicepresidente de Obama.
Tampoco aparecen las mayores fortunas estadounidenses. Apenas un no tan conocido Robert F. Smith, un multimillonario que ya tuvo algunos problemas con la agencia de recaudación y debió pagar 140 millones de multa. No es por pensar mal, pero Smith es el afroamericano más rico de EEUU.
Por otro lado, es cierto que los periodistas no deben revelar sus fuentes, pero los mismos medios que en 2010 blandieron la espada de la transparencia sobre las revelaciones de WikiLeaks y luego miraron para otro lado acerca de la suerte de Manning y Assange -que pasó estos últimos nueve años de su vida sin ver la luz del sol, primero en la embajada de Ecuador en Londres y desde 2019 en un penal de esa ciudad- ahora vuelven a mostrar su rol de fiscales sin inmutarse. Ahora, como antes, están el Washington Post, El País de Esoaña, The Guardian de Gran Bretaña, Le Monde, de Francia. La pregunta sería quién es capaz de semejante filtración sin sufrir la amenaza de padecer las mismas consecuencias que Assange, por decir algo.
Tiempo Argentino, 4 de Octubre de 2021
por Alberto López Girondo | Oct 2, 2021 | Sin categoría
El presidente de EE UU está acotado por los demócratas “moderados” y el ala progresista. Unos piden austeridad; los otros, cumplir con las promesas.
Joe Biden confía en que sus proyectos de Infraestructura y Gastos Sociales puedan ser aprobados en el Congreso estadounidense. “No importa si en seis minutos, seis días o seis semanas, pero lo haremos”, dijo a la salida de un cónclave con sus correligionarios en el Capitolio. Y seguramente logrará atravesar los escollos que se le presentan, lo que no puede garantizar es cómo saldrán esas propuestas que hace algunos meses sonaban a revolucionarias en el marco de la cultura bipartidista conservadora que comanda los destinos del país hace décadas. A Biden le está costando más poner en fila a los propios que lidiar con los contrarios.
El ambicioso plan de Infraestructura presentado en abril pasado bajo el nombre de Build Back Better (Reconstruir mejor) destinaba 2,5 billones de dólares en ocho años para inversiones en carreteras y puentes, vías férreas, servicios de agua, banda ancha en todo el territorio e incentivos para nuevas tecnologías respetuosas del medio ambiente. Un plan “peronista”, lo tildaron algunos.
El primer renuncio en la negociación con los republicanos fue bajar el monto a 1,7 billones en junio. Se podrá decir que la cifra propuesta hace seis meses era para negociar. Lo mismo podría creerse que era la Ley de Gasto Social de 3,5 billones durante una década que tiene como destino la educación, la salud, el bienestar de las familias de menores recursos y el cambio climático que Biden pretende solventar con un incremento en los impuestos a las corporaciones y las élites millonarias.
En un principio se explicó que la Casa Blanca buscaba subir la tasa impositiva para empresas del 21% actual al 28% que tenía en 2017 y que Donald Trump hizo bajar abruptamente. Ahora Biden se conformaría con un 15% sobre los ingresos contables que se reportan a los inversores, según la vocera Jen Psaki, quien aseguró que de todas maneras el mandatario tratará de llegar al 28% porque “piensa que las corporaciones pueden permitirse pagar más”.
Sucede que dentro del Partido Demócrata fue creciendo un ala progresista entre los que descuellan un puñado de legisladoras de origen inmigrante que tienen como faro a la senadora por Massachusetts, Elizabeth Warren, pero fundamentalmente a su par de Vermont, Bernie Sanders, quien lleva la voz cantante. Fue precandidato a presidente y resignó su disputa con Biden en 2020 a cambio de un programa de cambios que ahora pretende que se cumpla.
Sanders, la representante por Washington Pramila Jayapal y la neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez salieron al ruedo para explicar por qué rechazaban la estrategia de la líder demócrata en el Congreso Nancy Pelosi de votar Infraestructura y Gasto Social récord de manera separada. No querían que se tratara el primero si antes no se votaba el segundo, para no caer en viejas trampas legislativas. Parecía una jugada arriesgada, pero así lo explicó el veterano senador, que se declara socialista: “Creo que es absolutamente imperativo que enfrentemos la amenaza existencial del cambio climático, que bajemos el costo de los medicamentos recetados, que nos aseguremos de que las personas mayores puedan masticar sus alimentos porque ampliamos Medicare al cuidado dental, audífonos y anteojos, es inaceptable que tengamos medio millón de personas durmiendo en las calles de Estados Unidos porque tenemos una gran crisis de vivienda”.
Dentro del partido hay un ala que los medios denominan “moderada” y que en este caso se expresa a través de los senadores Kristen Sinema y Joe Manchin. Ella, de Arizona; él, de Virginia Occidental. Manchin dice que se opone al plan de 3,5 billones porque está en contra de la “mentalidad de asistencialismo”. Sinema también muestra “preocupación” porque considera que los gastos sociales son “exorbitantes” y que conllevan un crecimiento de la inflación. “Estoy con 1,5 billones en gastos” se plantó Manchin.
El paquete debía votarse este viernes en la Cámara Baja –en Senadores fue aprobado con algunas reformas–, como pretendía Pelosi, pero tuvieron que bajarla del debate para no sacar los trapos sucios a relucir en un momento en que, además, la imagen de Biden viene en picada tras la desastrosa salida de Afganistán.
Por otro lado, esta semana la Casa Blanca enfrentaba otro desafío como la posibilidad de un cierre de la administración por falta de presupuesto. Contrarreloj –”cortando clavos se diría en estos lares”–, el oficialismo logró aprobar un aumento en el techo de la deuda hasta diciembre y “vamos viendo”. Los republicanos, en tanto, disfrutan desde las gradas cómo los demócratas se cuecen en su salsa.
Tiempo Argentino, 2 de Octubre de 2021
por Alberto López Girondo | Ago 28, 2021 | Sin categoría
Estados Unidos se despide de Afganistán con el ataque a un objetivo del grupo yihadista ISIS-K a días de terminar la evacuación desde el aeropuerto de Kabul, de lo que queda del personal que colaboró con la ocupación. Mientras tanto, en Bagdad. el presidente Emmmanuel Macron sellaba una alianza con el primer ministro iraquí, Mistafa al Kazimi, para lo que aspira sea un renacimiento del sueño imperial francés en esa región del mundo tras la huida estadounidense.
Un mensaje en Telegram se adjudicó a nombre de Estado Islámico de Khorasan (ISIS-K) el atentado del jueves en las inmediaciones del aeropuerto de la capital afgana que causó alrededor de 90 de muertos y más de 160 heridos. Desde entonces, ese movimiento fanático aparece como el gran competidor y enemigo interno de los talibanes en ese país. Con lo cual, para medios y dirigentes occidentales, la caída de Kabul se convierte en el regreso de un horror que los biempensantes deberían combatir.
Según un conocedor de los grupos yihadistas como el italiano Antonio Giustozzi, investigador del King’s College de Londres y autor de Estado Islámico en Khorasan, publicado en 2018, ISIS-K nace en esa región de Afganistán, Pakistán, Irán e India cerca de 2014. Giustozzi, habitual fuente de consulta de medios europeos a estas horas, dice que la “sucursal” de ISIS es aun más extremista que los talibanes en cuanto a la imposición de las leyes islámicas. Que recibieron financiamiento y recursos externos, y que en el camino fueron sumando talibanes descontentos con las cúpulas locales.
Otro que sabe, el francés Thierry Meyssan, creador de la Red Voltaire, sostiene que ISIS, al igual que Al-Qaeda, “son engendros de la CIA” y recibieron no solo dinero sino armas y entrenamiento de británicos y estadounidenses. La tesis ISIS=CIA se puede fundamentar en que tras la llegada de Donald Trump al poder, en 2017, cesaron milagrosamente los demenciales asesinatos yihadistas a que nos tenían acostumbrados y desapareció su amenaza en el llamado Medio Oriente Extendido. Trump fue el primero en negociar esta salida con los talibanes, además.
Cómo no interpretar que el ataque del jueves, a pesar de que murieron también 18 efectivos militares de EE UU –¿daños colaterales?–, es una buena noticia para la Casa Blanca de cara al futuro regional. Qué mejor que marcar la cancha a los talibanes con un grupo tanto o más fanatizado que ellos, con similar poder de fuego y capacidad destructiva, que alcanza visibilidad con los demócratas de nuevo en el Salón Oval.
Otra forma de disciplinamiento interno –esboza el brasileño Pepe Escobar desde las páginas de Asia Times– consiste en el ahogo financiero, algo en lo que la Casa Blanca tiene mucha experiencia. Los casos más conocidos son el bloqueo a Cuba desde hace 60 años y más recientemente a Venezuela. Así, mientras no queda claro quién estará al frente del Poder Ejecutivo en Afganistán, Washington congeló 9500 millones de dólares en reservas del Banco Central afgano y el FMI hizo lo propio con 460 millones del programa de ayuda Covid-19. Otro símil: Fulgencio Batista huyó de Cuba en 1959 con valijas cargadas con varios cientos de millones de dólares; el presidente Ashraf Ghani se escapó con 169 millones.
El escenario, para los talibanes, no pinta fácil, como se ve. A la falta de efectivo tendrán que agregarle que los países con los que necesitan arreglar para poder ejercer el liderazgo necesitan garantías y van a intentar imponer condiciones. Tanto para Pakistán como India y China, de que no buscarán extender una revolución islámica a las poblaciones de fe musulmana dentro de sus propios territorios. A Rusia, de que hará lo posible para olvidar viejos rencores de la invasión de 1979. Con Irán e Irak también tendrán que establecer acuerdos que no aviven las diferencias entre sunníes y chiítas.
Pero lo más complicado será puertas adentro. Afganistán, es un territorio diseñado en tiempos del Imperio Británico con el propósito de separar a pueblos afines bajo distintas administraciones con el principio romano de “divide y reinarás”. Dentro de los límites fronterizos afganos conviven 25 etnias –la más numerosa es la pastún, a la que pertenecen los talibanes– que, a su vez, tienen más fidelidad y sentido de pertenencia con la familia o los clanes que con la idea de una nación.
Si la invasión pretendía establecer las bases para crear un país al que los habitantes sientan como propio, ahí radicó el gran error de la Otan y el Pentágono. Confiaron en estrenar y armar a un ejército y una clase dominante con ciertas líneas de democracia occidental. Pero crearon un monstruo político corrupto y en cuanto todos notaron que se querían sacar la papa caliente de encima, todo volvió a la “normalidad”.
Los talibanes regresaron sin disparar un tiro. Si su avance era indetenible es porque nadie quiso detenerlos. Una anécdota que cuenta David Zucchino en The New York Times resulta ilustrativa: a principios de mayo un comandante talibán llamó a Muhammad Jallal, líder de la provincia norteña de Baglán. “Si no se rinden los vamos a matar”, dice que le dijeron. Todos dejaron las armas bien acomodadas al costado del camino. Joe Biden se dio cuenta, tardíamente. “Los estadounidenses no pueden ni deben luchar o morir en una guerra que los afganos no están dispuestos a luchar”. «
El negocio del escape
Erik Prince sabe ganar dinero en cualquier circunstancia. Creador de una empresa “contratista” del Pentágono que se hizo famosa como Blackwater y ahora se llama Academi –proveedora de mercenarios, básicamente– este exteniente de navío retirado tiene un ejército privado de unos 40 mil efectivos desperdigados en varios países.
Hacen normalmente el trabajo sucio que las tropas regulares no pueden y además tienen la ventaja de que si mueren, la sociedad no va a llorar ante las bolsas negras con sus restos como si fueran reclutas.
Sus esbirros resultaron acusados de crímenes de guerra en Irak pero él sigue elucubrando la manera de acrecentar su fortuna sin medir consecuencias.
El último negocio que se le ocurrió fue ofrecer una salida segura para todos los que quieren huir de los talibanes. Por la módica suma de 6500 dólares, el asiento en un avión privado. Nadie apostaría que cuando se vaya el último soldado invasor también se vayan sus mercenarios. Siempre pueden resultar útiles en tiempos caóticos.
Tiempo Argentino, 28 de Agosto de 2021
por Alberto López Girondo | Ago 21, 2021 | Sin categoría
En la última conferencia de prensa de Joe Biden se destacó la incomodidad del presidente ante la pregunta de un reportero. Apelando a una estrategia de evasión, respondió otra cosa y terminó la sesión. Es que la Casa Blanca no puede explicar el desastre que generó y deja en esa parte del mundo al cabo de 20 años de invasión. Tampoco pudo hacerlo la OTAN y otros aliados occidentales, con las manos manchadas de sangre y fracaso. Pero ellos fueron más astutos para no resultar tan salpicados.
Pedro Sánchez, el presidente de Gobierno español, se mostró orgulloso del papel que jugaron las tropas hispanas en Afganistán. “En estos 15 años, gracias al esfuerzo de todos, hemos sembrado y esperamos que en un futuro esa siembra germine en una mayor prosperidad, seguridad y libertad del pueblo afgano”, dijo desde La Moncloa, con aire de satisfacción.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, anunció que la UE no reconocería a las nuevas autoridades, aunque admitió que mantenían contactos “operativos” con los talibanes para acordar las evacuaciones de personal. Desde el otro lado del Canal de la Mancha, el jefe del Estado Mayor de la Defensa del Reino Unido, Nick Carter, pidió dejar espacio “a los talibanes para ver cómo van a gobernar. Tal vez quieran tener un gobierno inclusivo y un país inclusivo”.
Los medios occidentales baten el parche con el fanatismo extremista de los talibanes y los peligros para las libertades de las mujeres. En la primera rueda de prensa de representantes talibanes desde la toma de Kabul, el vocero Zabihullah Mujahid prometió que “no habrá problema en que las mujeres obtengan educación hasta la universidad y continúen trabajando. Sólo necesitan usar el hijab (el velo sobre la cabeza). No es necesario llevar burka (la túnica que cubre todo el cuerpo)”.
Los mensajes de apertura de los dirigentes talibán no tranquilizan a todo el mundo, pero son un gesto. El mulá Abdul Ghani Baradar, uno de los fundadores del movimiento, aseguró ayer, recién llegado a la capital, que “el Emirato Islámico de Afganistán (la nueva denominación del país) desea construir lazos diplomáticos y comerciales con todos los países, en particular con Estados Unidos”. Como otra señal, liberaron a 340 presos políticos en la provincia de Farah y otros 40 en Uruzgan.
El temor por los posibles actos de venganza es grande y tiene sus razones. Sin embargo, a la hora de hablar de violaciones a los derechos humanos no habría que olvidar los crímenes cometidos por tropas occidentales a lo largo de estas dos décadas. En primer lugar, teniendo en cuenta que una invasión es, desde su origen, un hecho violento.
Autores como el alemán Fabian Scheidler recuerdan masacres cometidas por tropas germanas, como un bombardeo a una caminata de civiles en setiembre de 2009, con más de cien muertos, entre ellos varios niños. “El proceso contra los principales responsables, el coronel Georg Klein y el ministro de Defensa Franz Josef Jung, finalizó con absoluciones”, recuerda.
Desde 2010, la información sobre crímenes horrendos cometidos por “soldados de la libertad” fue saliendo a la luz a través del trabajo de Julian Assange. Las pruebas condenatorias contenidas en 76.000 documentos clasificados como secretos fueron divulgadas en medios hegemónicos de los países con tropas en Asia Central: Alemania, Francia, EEUU, Gran Bretaña, España, Italia. Lejos contribuir a la justicia y la paz, significó persecución, la detención ilegal y la amenaza de una pena extrema para el periodista australiano.
No hay una cifra exacta de víctimas fatales de la guerra comenzada por George W, Bush. Los cálculos menos pesimistas hablan de 100.000, entre civiles afganos y soldados de más de diez naciones, principalmente bajo bandera de EEUU (aunque de origen hispano en muchos casos). Por otro lado, se sabe que muchos de los occidentales que intentaban huir de cualquier modo de Kabul eran personal especializado en “técnicas de interrogatorio mejoradas”. Eufemismo para hablar de tortura.
Baradar estuvo preso en cárceles de Pakistán hasta que hace tres años el gobierno de Donald Trump pidió que lo liberaran. Khairullah Khairkhwa, ministro del Interior del gobierno talibán entre 1997 y 1998 y seguramente con algún puesto expectante en el nuevo gobierno, pasó 12 años en una celda de Guantánamo, sin un juicio ni condena, llevado por personal de la CIA.
Tiempo Argentino, 21 de Agosto de 2021
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