Bien dicen que las derrotas no tienen padres. Lo sabe Joe Biden, que padece ataques desde todos los rincones por la estrepitosa retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán. Pero en este juego de disimulo para esquivarle el bulto al desastre, hay varios mariscales de la derrota. Algunos de ellos cargan sobre sus espaldas el enorme error político de dos décadas y además deberían enfrentar cargos por delitos de lesa humanidad que seguramente nadie les reclamará, por eso de que la justicia es como la víbora, pica solo al que anda descalzo. Y la parafernalia de los soldados de Estados Unidos y la OTAN incluye gruesas botas de combate.
No es que Biden sea inocente, en todo caso es el que le pone la mejilla a decisiones de las que no es ajeno. En principio, por su decidido apoyo como senador y titular de la comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara alta a la expansión militar iniciada durante la administración de George W. Bush en octubre de 2001, luego de los ataques a las torres Gemelas.
El otro gran culpable de esa estrategia criminal es el ex secretario de Estado Colin Powell, encargado de explicar en la sede de las Naciones Unidas, por ejemplo, la necesidad de iniciar una incursión en Afganistán en búsqueda del presunto responsable del 11S, Osama bin Laden. Y que luego hizo malabarismos para asegurar, sin pruebas y sin el mismo éxito discursivo, que el Irak de Saddan Hussein tenía armas de destrucción masiva.
Pero el gran titiritero detrás de la estrategia que llevó a la campaña militar más duradera en la historia estadounidense y posiblemente la que le produce las peores consecuencias es Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de Bush, el hombre que diseñó un plan macabro para generar caos en todas aquellas regiones donde EEUU no pudiera tomar el control, la Doctrina Rumsfeld Cebrowski, junto con el almirante Arthur K. Cebrowski.
Hay, por cierto, otros protagonistas de esta historia que ahora se rasgan las vestiduras con rostro demudado por la situación que les espera a las mujeres afganas bajo el régimen talibán. Porque las fuerzas europeas que integraban la coalición armada se fueron retirando hace algunas semanas, por eso ahora aparecen en segundo plano. De hecho, en 2001 se formó la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF por sus siglas en inglés), bajo la cobertura de la ONU y que estaba integrada por tropas de 49 países. Los principales “aportantes” fueron EEUU, el Reino Unido, Alemania, Italia y Francia, pero en esa kermese se anotaron todos los europeos, Canadá, Australia, Turquía, Corea del Sur, Emiratos y hasta El Salvador. Fue reemplazada en 2015 por la llamada Misión Apoyo Decidido (RSM).
Por otro lado, gobiernos como los de la Unión Europea y Rusia, con un primer ministro que comenzaba a mostrarse en el escenario internacional, como Vladimir Putin, apoyaron la incursión en los organismos internacionales. Justo es decir que en 2003, ni Bush ni Powell fueron tan convincentes y los mandatarios de Francia, Bélgica, Alemania, Rusia y China ya no mostraron el mismo fervor invasor para participar de esta segunda invasión como partenaire del Pentágono.
Para poner las cosas en situación habría que decir que el tema de las ocupaciones militares en Asia no representó una carta de triunfo electoral luego de ese fulgor inicial. Es más, Barack Obama, en 2008, basó su campaña presidencial en la promesa de regresar las tropas de Irak y Afganistán. Con esa promesa ganó el Nobel de la Paz en 2009. Pero nunca le hizo honor al premio y para colmo, el tema estaba tanto en el tapete que algunos de los protagonistas pasaron a convertirse en figuras del jet set.
El general Stanley McChrystal se enseñoreó como jefe de la ISAF desde junio de 2009, a pocos meses de la asunción de Obama. Creció sobremanera en la estima popular, acicateado por medios necesitados de héroes y un Pentágono que buscaba legitimar su presencia en Asia de cualquier modo.
Fue así que McChrystal en junio de 2010 aceptó un largo reportaje con Michael Hastings, de la revista Rolling Stones. Periodista de raza habituado a convertirse en una sombra de su entrevistado al punto de pasar inadvertido, Hastings estuvo varios días con el militar en el campo de batalla y logró reflejar al personaje desde su costado más sincero. Como cuando decía que “Afganistán es una úlcera sangrante” y vituperaba a la administración de Obama por la estrategia para esa guerra. Es que reclamaba en envío de más tropas.
No se sabe si fue el golpe más sentido en la Casa Blanca, pero cuando alguien en las reuniones de su estado mayor habló del vicepresidente Joe Biden, permitió un mal chiste bastante humillante en su presencia. “¿Quién es?”, dijo McChrystal. Un asesor del general bromeó: “¿Dijiste: Bite Me?” (en jerga popular, “besame el trasero”, que suena parecido al apellido del actual mandatario). Obama no tuvo mucha opción y lo despidió, nombrando en su lugar a David Petraeus.
Este hijo de un neerlandés venía de Irak con la aureola de ser uno de los mejor preparados oficiales del Pentágono. En un año en Afganistán implementó planes para generar en la sociedad afgana la voluntad de participar en el desarrollo y aceptar la ayuda de “instructores” estadounidenses en cada rincón del país.
“En primer lugar, nuestras fuerzas tienen que esforzarse para proteger y servir a la población. Tenemos que reconocer que el pueblo afgano es el terreno de batalla decisivo. Tenemos que protegerles, respetarles, ayudar a la reconstrucción, promover la economía y el establecimiento de una forma de gobierno que incluya relaciones con los líderes tradicionales de la sociedad”, decía un punto de su decálogo para la reconstrucción
La efectividad nula de estas iniciativas se ve ahora, pero en ese entonces encandilaron a Obama al punto de que en junio de 2011 lo nombró al frente de la CIA. Fue confirmado por el Senado por 94 votos a 0. No duró mucho en el cargo. En agosto de 2012 se conoció que tenía una relación extramarital con Paula Broadwell, una ex militar y periodista que estaba escribiendo su biografía. Investigando qué hacía la mujer junto al general, el FBI encontró documentos militares ultrasecretos en su casa.
“Este es un enorme revés para la seguridad nacional y está a punto de empeorar a menos que decidamos tomar medidas realmente significativas “, dijo ahora Petraeus en una entrevista televisiva. McChrystal hace tiempo que prefiere no hablar con periodistas. Powell tampoco emitió opinión. “Nuestros corazones están apesadumbrados tanto por el pueblo afgano que ha sufrido tanto como por los estadounidenses y los aliados de la OTAN que han sacrificado tanto”, escribieron George W Bush y su esposa, Laura Bush, en una carta pública.
Donald Trump, que había firmado un acuerdo con los talibanes en 2020 y anunció como un camino hacia la paz en ese momento, ahora dijo que la retirada “la mayor vergüenza” en la historia de EEUU. Rumsfeld no alcanzó a decir nada, ya que falleció plácidamente a los 88 años, en junio pasado.
Informe especial | CHINA DESAFÍA A ESTADOS UNIDOS El país asiático se acerca al liderazgo mundial en base a una economía vigorosa, un creciente poderío tecnológico y militar y el respaldo de su cultura milenaria.
Xi Jinping. Presidente desde 2013, declaró al renacimiento de la República Popular como «un proceso histórico irreversible». (Fong/AFP/Dachary)
El nombre con que los chinos designan a su país, zhongguo (中国), significa imperio o país del centro. Las élites de Estados Unidos se jactan de ser herederas de una nación excepcional que tiene la obligación moral de llevar al resto del mundo sus valores democráticos. Qué mejor ejemplo para ilustrar eso que se llama Trampa de Tucídides, por el historiador griego del siglo de oro ateniense, que reflejó la inevitabilidad de un enfrentamiento bélico entre una potencia en retirada y una emergente que busca su lugar bajo el sol. Con un agregado: desde la crisis financiera de 2008, y sobre todo con la pandemia, se aceleraron los plazos para ese «choque de planetas» entre una civilización oriental y otra occidental. El paso de Donald Trump por la Casa Blanca no hizo sino desnudar el temor del establishment estadounidense por el futuro, al punto que desató una guerra comercial que Joseph Biden no parece dispuesto a desarticular y podría ser la antesala de una guerra en todos los terrenos. En la última cumbre del G7, en el Reino Unido, el sucesor de Trump conminó a los líderes de los países más ricos de Occidente a poner el foco en frenar el avance de China en todos los ámbitos. Para interpretar los pasos que da Beijing, sin embargo, los sinólogos recomiendan no perder de vista de que se trata de una cultura que durante gran parte de sus 4.000 años de historia fue la más avanzada y rica de la humanidad. Y recurren al ejemplo de los juegos de tablero más representativos en ambos hemisferios terrestres, uno cultor del ajedrez y el otro del go (wéiqí), nacido en China y popularizado desde Japón. La esencia del ajedrez consiste en elaborar estrategias para derrotar al rey contrario o al menos lograr que se rinda. En el go, en cambio, se trata de rodear territorialmente al adversario, dejarlo sin grados de libertad hasta que no se pueda mover. No se trata de eliminarlo. Antiguamente una partida podía durar días, aunque a medida que se fue profesionalizando se establecieron reglas más estrictas. Pero se recuerda una partida entre Honinbo Shusai y Karigane Junichi en 1920 que se desarrolló durante 20 jornadas. Para Gustavo Girado, director del posgrado sobre Estudios en China Contemporánea de la Universidad Nacional de Lanús, «el camino de China no es plantearse como potencia, no trata de convertirse en un hegemon tal cual lo padecieron en los últimos 200 años». Y lo ejemplifica así: «La intervención militar, la fuerza para hacerse de mercados y el cañoneo permanente de los puertos de aquellas economías más cerradas han demostrado cuál es la actitud imperial». De eso conocen por las invasiones británicas, portuguesas y en el siglo XX, de Japón. Silvina Romano, investigadora del CONICET e integrante del Área de Estudios Nuestroamericanos del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, explica que la pauta del rol global del gigante asiático lo da esa guerra económica impulsada por Trump que en el fondo tenía como base una guerra tecnológica. «Muy rápidamente China se puso a tiro con el desarrollo de nuevas tecnologías sobre todo en lo militar, algo que no se esperaba tan rápido, en la carrera del espacio y en esta articulación entre lo digital a nivel seguridad y la posibilidad de control de todo lo que sea telecomunicaciones».
Fábrica. Trabajadores producen chips LED en Huaian, provincia de Jiangsu. (STR/AFP/Dachary)
Zonas de influencia
Es que el desarrollo a todos los niveles de la que actualmente es la segunda economía del planeta fue explosivo por varias décadas a partir de las reformas económicas de Deng Xiaoping en 1979, y de ser el taller del mundo sustentado en mano de obra barata se convirtió en productora de tecnologías más sofisticadas, como la plataforma 5G de comunicaciones.
Fue Trump quien apuntó todos sus cañones a empresas chinas de alcance internacional y fundamentalmente a Huawei, a la que en todo el mundo califican como la más avanzada en esa nueva tecnología. En su cruzada recibió apoyo de países europeos, aunque ya muchos habían cerrado tratos con la firma asiática. Es así que Boris Johnson prohibió a Huawei participar en licitaciones para 5G haciéndose eco de la acusación de Trump de que era un instrumento de vigilancia para Beijing. La Unión Europea por ahora se resiste a las presiones.
Pero China también se ofrece como alternativa para el desarrollo de países de su región de influencia, a través de organismos que actúan como contraparte de los surgidos de la Segunda Guerra Mundial, como la Asociación Económica Integral Regional (RCEP por sus siglas en inglés), un acuerdo de libre comercio entre los diez estados miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) y Australia, Corea del Sur, Japón y Nueva Zelanda. O la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), junto con Rusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán. Nada menos que el 40% de la población mundial y el 60% del PIB global. Eso sin olvidar el megaproyecto de la Ruta de la Seda, una propuesta global que avanza por tierras y mares y a la que Argentina pretende sumarse.
Hong Kong. Manifestantes contra la nueva ley de seguridad nacional en ese territorio. (Wallace/AFP/Dachary)
No es osado decir que la pandemia no fue obstáculo para las empresas radicadas en el gigante asiático y cada vez hay más certezas de que el oriente milenario está a las puertas de recuperar su papel de centro del mundo, como lo fue durante milenios.
Durante el 2020, China fue el único país que mostró crecimiento económico positivo, cierto que de un magro 2,3%. Pero el año anterior el PIB había crecido 6,1% contra 2,2% de EE.UU. en 2019 y un promedio aún menor para el resto de las mayores economías. El PIB mundial del año pasado ubica en primer lugar a EE.UU., con unos 19 billones de dólares y segundo a China, con 13 billones, citando números redondos. El tercer lugar no lo ocupa un país sino una organización monetaria, la zona euro, con 12 billones. El cuarto lugar lo ocupa Japón, con unos 5 billones de ingresos totales y el quinto, Alemania, con 4 billones.
Un tema que alerta a los estrategas estadounidenses es que durante la primera ola de la pandemia, China fue el gran proveedor de insumos médicos de Europa y hasta EE.UU., del mismo modo que ahora colabora con vacunas, lo que le permite ir ocupando espacios de legitimidad en países de África y de América Latina, donde desde hace décadas ya es un jugador económico importante.
Centenario. Una mujer y una niña observan una exposición fotográfica con motivo de los 100 años del Partido Comunista chino, en Beijing. (Zhao/AFP/Dachary)
Cambio de época
«Una gran parte del empresariado, los sindicatos y el pueblo estadounidense se mantiene gracias al intercambio comercial con China, pero industrialmente los ha sobrepasado. Y en tecnología de punta también», sostiene Mariano Ciafardini, doctor en Ciencia Política y analista en el Instituto Argentino de Estudios Geopolíticos (IADEG).
«Estamos ante un cambio de época –aventura Ciafardini–. Lo que está en decadencia no es EE.UU. como nación sino el capitalismo como sistema y EE.UU. está pagando los costos de ser el país que sostiene el sistema». Para el autor de Globalización. Tercera (y ultima) etapa del capitalismo, frente a esa decadencia está surgiendo una versión del socialismo «que no es el exactamente como soñábamos en los 60 o 70, sino un socialismo que viene de la mano de un fenomenal desarrollo de las fuerzas productivas y aprovecha instrumentos del capitalismo para desarrollarse».
Ciafardini. «Lo que está en decadencia no es EE.UU. como nación sino el capitalismo.»
Girado. «El camino de China no es plantearse como potencia.»
Romano. Analiza la influencia de la guerra económica iniciada por Trump.
NG. Disímiles miradas sobre derechos humanos, en Oriente y Occidente.
«China sigue los mecanismos de cooperación que nominalmente se plantean en las instancias multilaterales desde la Segundan Guerra hasta acá –añade Girado–. Pero el mundo post Breton Woods es el que está siendo cuestionado por China. Y eso la convierte en vocero de países en desarrollo porque ahí es donde tiene mayor cantidad de adhesiones: proponen cooperación y hasta plantean transferencia tecnológica, cosa que en Occidente no se consigue. Un préstamo de China no tiene las mismas condicionalidades que uno del FMI o el Banco Mundial», concluye el autor de ¿Cómo lo hicieron los chinos?. Hay pocas dudas de que la cuestión que más puede preocupar a los ciudadanos de a pie de todo el planeta es si la sangre puede llegar al río entre EE.UU. y China. Por más que haya una gran diferencia de armamento de alta letalidad, como artefactos nucleares, en favor del mundo occidental, la nación asiática tiene hoy día los recursos humanos y materiales como para ponerse al día si lo necesitara. China ya no se queda callada. Lo demostró en el encuentro de cancilleres que se desarrolló en Alaska a mediados de marzo, ante las frases altisonantes de los representantes estadounidenses. «Estados Unidos debe entender y ver el desarrollo de China objetiva y racionalmente. (…) debe trabajar con China en un nuevo camino de coexistencia pacífica y cooperación de ganar-ganar, (…) debe respetar y tolerar el camino y sistema que China ha elegido de manera independiente, (…) debe practicar el multilateralismo en un sentido real». El quinto ítem dice que «Estados Unidos no debe interferir en los asuntos internos de China», recomendó el canciller Wanh Yi. Al celebrar el centenario del PCCh, Xi Jinping fue más crudo: «El tiempo en que el pueblo chino podía ser pisoteado, en que sufría y era sometido, ha terminado para siempre (…) El gran renacimiento de la nación china ha entrado en un proceso histórico irreversible». Desde el otro lado del océano, la postura de Joe Biden sobre su competidor más inmediato y perseverante mantiene la estrategia pergeñada en tiempos de Trump, aunque con modos menos estentóreos. «China no se convertirá en el país líder del mundo, el país más rico del mundo y el país más poderoso del mundo… ante mi mirada».
Mientras la derecha continental y los medios afines ahora coordinan sus discursos contra su nuevo objetivo de combate, Cuba, las dirigencias progresistas aúnan esfuerzos para apoyar el gobierno de la isla, por estos días en el ojo de la tormenta desde las manifestaciones que comenzaron el domingo en San Antonio de los Baños, a 26 kilómetros de La Habana. La situación no alcanzaba el grado de estallido que le querían dar los críticos de las autoridades de la Revolución, sin embargo el lunes se registró un muerto durante una refriega en el barrio La Güinera, del municipio de Arroyo Naranjo y hubo varias decenas de detenidos y algunos heridos.
La víctima fatal es Diubis Laurencio Tejeda, de 36 años, quien participaba, según las autoridades, de una marcha hacia la estación de policía. El Ministerio del Interior emitió un comunicado lamentando el fallecimiento del hombre “en medio de un complejo escenario en el cual se preserva la tranquilidad ciudadana y el orden interior”.
El presidente Miguel Díaz-Canel acusó a Washington de fogonear las protestas y reclamó el fin del bloqueo, que mantiene un cepo económico contra la isla desde hace 60 años e impide el comercio y las transacciones económicas, causando pérdidas estimadas en 150 mil millones de dólares.
El que expresó más claramente la doble vara con que se mide la situación cubana fue el mandatario mexicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO). “La verdad es que, si se quisiera ayudar a Cuba, lo primero que se debería hacer es suspender el bloqueo como lo están solicitando la mayoría de los países del mundo. Eso sería un gesto verdaderamente humanitario”. Un pedido que el presidente Joe Biden no da muestras de disponerse a aceptar.
AMLO se refería puntualmente a la nueva votación en la Asamblea General de Naciones Unidas de hace apenas tres semanas, donde 187 países votaron a favor del levantamiento del bloqueo contra tres abstenciones y apenas dos votos a favor de mantener el cepo: EEUU e Israel.
Pero AMLO también aludía a la postura coincidente de dirigentes conservadores que de pronto dejaron de lado sus dardos contra los gobiernos de Venezuela y Nicaragua -los más recientes- para volver sus cañones contra Cuba.
En el caso del expresidente argentino Mauricio Macri, sus declaraciones en “apoyo al pueblo que reclama el fin de la dictadura” se producen al mismo tiempo que aparecen documentos que prueban la responsabilidad de su gestión en el envío de armas y pertrechos para el golpe de estado contra Evo Morales en noviembre de 2019.
El Grupo de Puebla, integrado por líderes progresistas de la región, emitió un documento que firman, entre otros, los expresidentes Lula da Silva, Ernesto Samper, Rafael Correa, Fernando Lugo y Dilma Rousseff, en el que se preguntan: “¿Qué país puede resistir, como lo ha hecho de manera heroica Cuba, que un poder hegemónico, de manera unilateral y por tan largo tiempo, impida la libre movilidad de sus personas, divisas, alimentos, medicamentos, remesas, turistas, naves, servicios y mercancías?”.
La embestida contra el gobierno, tanto desde las redes como de los medios internacionales, se profundizó desde el hashtag #SOSCuba la semana pasada.
El español Julián Macías Tovar analizó el modo en que se viralizó un pedido de ayuda humanitaria ante el crecimiento de casos de Covid mediante una catarata de cuentas recién creadas y bots que finalmente culminaron en las movilizaciones del domingo pasado.
“Curiosamente -indica Macías Tovar- las dos cuentas principales que reciben más Retuits, son habituales en mis hilos, por un lado Yusnaby (US Navy), la cuenta patrón que sigue a bots y cuentas falsas que difunden bulos (fake-news) en varios países, y por otro lado (Agustín) Antonetti, el argentino miembro de la fundación Libertad (Atlas Network) que participó en campañas con movilizaciones en México o España para pedir la dimisión del gobierno con los HT #AMLOVeteYa y #SánchezVeteYa o con campañas negacionistas en Argentina”
La base de los ataques está en el aumento de casos de coronavirus durante 3 días seguidos con un récord de 31 muertos en un día, 9 de ellos en la provincia de Matanzas.
El pedido de ayuda humanitaria es por lo menos excesivo si se tiene en cuenta que Cuba registró solo 1659 muertes por Covid desde el inicio de la pandema, a un nivel de 147 muertes por millón de habitantes, entre los más bajos del planeta. Y además, ya tiene vacunada al 20% de su población con vacunas desarrolladas por científicos de su propio país, algo que ninguna nación latinoamericana logró.
El canciller cubano, Bruno Rodríguez, en una sesión de la Conferencia Ministerial del Movimiento de Países No Alineados (Mnoal), denunció la injerencia estadounidense y afirmó que Cuba “está bajo los efectos de una guerra no convencional, recrudecida en las últimas semanas, que promueve acciones de desestabilización”.
Ante la gravedad de la situación, el expresidente Raúl Castro se reunió con los miembros del Buró Político para abordar la estrategia política ante estos nuevos hechos y celebrar “la ejemplar respuesta del pueblo al llamado del compañero Díaz-Canel a defender la Revolución en las calles, lo que permitió derrotar las acciones subversivas”.
“Si quieren tener un verdadero gesto con Cuba, si quieren preocuparse con el pueblo, abran el bloqueo y vamos a ver cómo tocamos. ¿Por qué no lo hacen? ¿Por qué no tienen valor para abrir el bloqueo?”, destacó Díaz-Canel en un mensaje a la población. Luego recorrió personalmente los lugares donde hubo manifestaciones.
Donald Rumsfeld, ex secretario de Defensa durante las gestiones de George W Bush y Gerald Ford y uno de los creadores de la doctrina que llevó no solo a las invasiones de Afganistán e Irak a principios de siglo sino a la destrucción de gran parte del Medio Oriente. A los 88 años, el belicoso estratega derechista falleció plácidamente en su finca de Taos, Nuevo México, informó su familia en un escueto comunicado que alaba su rol como “estadista estadounidense y devoto padre, esposo y bisabuelo”.
Como parte de un grupo ultraconservador que comenzó a desplegar su influencia en la administración pública estadounidense a través del Partido Republicano desde los años 70, Rumsfeld ocupó la cartera de Defensa entre 1975 y 1977, cuando Ford culminó el mandado de Richard Nixon tras su estrepitosa renuncia.
Siempre en pos de la construcción de un imperio todopoderoso, Rumsfeld fue también jefe de Gabinete del mandatario al que sus detractores decían que era incapaz de manejar una carretilla y silbar al mismo tiempo. Y que llegó al cargo luego del escándalo Watergate.
Rumsfeld volvió al candelero en 2001 con Bush hijo y, desde ese lugar, impulsó la invasión a Afganistán luego de los ataques a las Torres Gemelas, hace 20 años, en búsqueda del presunto organizador, Osama bin Laden, que comandaba y financiaba al grupo Al Qaeda. Ya que estaba, elaboró el discurso (que demostró ser falso) de que el líder irakí Saddam Hussein había logrado construir un arsenal de armas de destrucción masiva.
En el contexto del estupor mundial por el atentado del 11S de 2001, la administración Bush -mediante esa excusa- consiguió el apoyo de las potencias más importantes -salvo Francia- para invadir Irak, en 2003.
Con fuertes intereses en la industria farmacéutica, de construcciones y básicamente militar, Rumsfeld logró financiación para varios proyectos destinados al Pentágono, como el Future Combat System, el avión F-35, el buque de guerra clase Zumwalt.
A nivel internacional, fue promotor de la ley Patriot, también de 2001, que restringió derechos y garantías de ciudadanos de su propio país y extendió un sistema de vigilancia global al resto del mundo en aras del llamado combate al terrorismo.
En ese marco, también propició una estrategia para mantener y expandir el poderío estadounidense a todos los rincones de la tierra. La llamada Doctrina Rumsfeld-Cebrowski aparece como un plan de rediseño del llamado Medio Oriente ampliado que tomó como horizonte el Estado Mayor Conjunto de EEUU en ese mismo año.
En vista de lo difícil que resulta ganar una guerra en el campo de batalla para someter a los enemigos reales o ficticios del imperio -como mostró la derrota en Vietnam- para mantener el poder se hace imprescindible crear y administrar el caso en esas regiones.
El plan surgió del trabajo de la Oficina de Transformación de la Fuerza (Office of Force Transformation) que dirigió el almirante Arthur Cebrowski. Como señaló en su momento el especialista francés Thierry Meyssan, para seguir siendo la primera potencia mundial, Estados Unidos tendría que adaptarse al capitalismo financiero. “La mejor manera de hacerlo sería garantizar a los países desarrollados que podrán explotar los recursos naturales de los países pobres sin obstáculos políticos”.
El mundo que establecieron Rumsfeld-Cebrowski se dividía en dos: Por un lado EEUU, la Unión Europea, China y Rusia. Del otro lado, el resto del planeta, rico en recursos pero con el inconveniente de que para aprovecharlos debían tener algún tipo de relaciones con los estados nacionales.
El ejemplo de Libia es uno de los más claros para entender un esquema que dio sus frutos a un costo altísimo en vidas humanas. Derrocado Mohammar Khadafi en 2013, el país quedó devastado en tribus que se disputan territorios ricos en petróleo. Las multinacionales aprovechan este caos para extraer el fluido sin ningún tipo de controles estatales.
El mismo método se intentó aplicar en Venezuela, con el resultado que se conoce por la resistencia del chavismo. El intento de hacer lo mismo chocó en Siria con la obstinación del presidente Bachar al Assad, pero fundamentalmente con el rechazo de Rusia, que apoyó al líder sirio y forzó una derrota de las tropas alimentadas por la coalición occidental.
Allí, la ofensiva se desarrolló a través de grupos yihadistas apoyados por EEUU y la UE y que fueron claves en la destrucción de amplias estructuras locales. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, en 2016, cortó el suministro de recursos a Estado Islámico y de pronto -milagrosamente- desaparecieron del escenario.
Fue el primer reconocimiento de que la estrategia Rumsfeld-Cebrowski ya no era posible. Había cumplido su objetivo pero resultaba peligrosa esa “Guerra sin fin” en el mismo escenario donde en los 80 se había estrellado la Unión Soviética -Afganistán- y comprometía al futuro de EEUU como potencia. O ponía a Washington al borde de un enfrentamiento total con Rusia y llegado el caso, China, algo que sabe imposible de sostener a esta altura.
El retiro de tropas de esas regiones, un anuncio de Barack Obama que intentó sin éxito llevar a cabo Trump, es el objetivo declarado de Joe Biden. Ya Alemania retiró su contingente esta semana, falta el último toque de la Casa Blanca, algo que el mandatario demócrata prometió para antes del 11S.
No se supo mucho de lo que hablaron Biden y Vladimir Putin en Ginebra la semana pasada. Los trascendidos indican que el estadounidense reconoció que tenía que irse lo más dignamente posible y que EEUU enterraba oficialmente la Doctrina Rumsfeld-Cebrowski.
La muerte de su creador -Cebrowski se había ido en noviembre de 2005- luego de los millones de muertos que provocó esa estrategia, es en este momento una señal piadosa de los nuevos tiempos. Aunque quienes no quieren tan bien el ex secretario de Estado como su familia lamentan que no haya pagado por esos crímenes.
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