por Alberto López Girondo | Ene 24, 2021 | Sin categoría
Desde las primeras horas en el Salón Oval, Joe Biden quiso marcar diferencias con su antecesor, y allí donde hasta el miércoles había gestos de desprecio y golpes sobre la mesa, habló de reconciliación, unidad y el regreso a las organizaciones multilaterales de las que EE UU se fue retirando estos cuatro años, como el Acuerdo climático de París, la OMS, mientras mantiene negociaciones para reanudar el tratado nuclear con Irán, las relaciones con Cuba y, fundamentalmente, una política concertada para la vacunación masiva y cuidados por el Covid 19. Eso incluye un paquete de ayudas individuales y una línea de apoyos económicos para la recuperación económica del país.
Pero donde más insistió fue en el tema de la unidad nacional. Fue algo así como una súplica en el discurso inaugural. La grieta entre aquellos republicanos de alma o trumpistas convencidos y el resto de la sociedad estadounidense es la más dramática tal vez desde el fin de la guerra civil, en 1865.
Por lo pronto, si bien en las urnas el demócrata le sacó siete millones de votos de ventaja al republicano, no es para ignorar el hecho de que Trump obtuvo 74 millones de sufragios. Y que casi 7 de cada diez de ellos están convencidos de que le robaron los votos. Más aún, ninguno de los objetivos que se proponga Biden puede seducirlos para que se corran de ese lugar cómodo de un conservadurismo extremo. Amparados en la segunda enmienda constitucional, se vienen preparando para una nueva guerra civil. Sostienen la necesidad de “una milicia bien organizada para la seguridad de un Estado libre”. Biden, aunque suene a burla, es visto como una amenaza socialista del que habrá que defenderse en el futuro cercano.
Trump pasó a un ostracismo relativo. Bloqueado en las redes sociales por decisión de los directivos de las empresas tecnológicas, prometió volver de algún modo. Para evitarlo, este 7 de febrero el senado comenzará con el segundo juicio político contra él. El 13 de enero la Cámara baja acusó al aún presidente de “incitación a la insurrección” por su discurso de una semana antes que, señalan, desencadenó el intento de toma del Capitolio para evitar la certificación del resultado del comicio de noviembre del 2020. El nuevo impeachment busca impedir su regreso en 2024, pero no podrá evitar que aquellos que lo siguieron estos años, muchos de los cuales arrastraban el desencanto de las promesas no cumplidas por Barack Obama desde 2009, sean protagonistas en los tiempos que se avecinan.
De allí el énfasis en el llamado a la unidad. De allí también la preocupación de muchos observadores que, conociendo la historia de EE UU, temen que esa unidad será en base al viejo recurso de una guerra que llame a consolidar un frente interno poderoso para derrotar a un enemigo amenazante de la seguridad y los intereses del ciudadano común.
La amenaza del comunismo, durante la Guerra Fría, justificó la creación de organismos como la OTAN, destinados a combatir a la Unión Soviética y a forzar alianzas. Desde 1991, el objetivo fue más difuso por la caída de la URSS, pero pronto hallaron nuevos desafíos que, en 2001, culminaron en los atentados a las Torres Gemelas el caldo de cultivo para la guerra contra el terrorismo. Ahora, Biden asume con un llamado a la unidad pero al mismo tiempo alerta sobre los riesgos del terrorismo interno, como califica a los ataques al edificio del Congreso por grupos ultraderechistas.
El nombramiento de funcionarios ligados a la industria militar y a la administración Obama -de las más belicosas en la historia reciente, a pesar de su Nobel de la Paz 2009- es un buen índice para ver cómo viene la mano.
Esta semana logró que el senado confirmara al general (R) Lloyd Austin como secretario de Defensa y a Avril Haines como directora de Inteligencia Nacional. El Pentágono en manos de un afrodescendiente y una mujer la CIA suenan a progresismo tras cuatro años de misoginia y xenofobias. La mujer fue abogada principal del Consejo de Seguridad Nacional de 2010/13 y subdirectora de la CIA de 2013/15. Allí autorizó el uso de drones para realizar asesinatos extrajudiciales selectivos y el programa de “técnicas mejoradas de interrogatorio” (vulgo torturas) para “ablandar” a militantes islámicos. Tras haber sido comandante de las tropas en Irak, Austin se retiró en 2016 y halló pronto conchabo en Raytheon Technologies, proveedor militar del Pentágono.
El bueno de Biden había aprobado como senador las invasiones de Afganistán e Irak y como vicepresidente la destrucción de Libia y la guerra contra el gobierno de Siria.
Aquel golpe de Ucrania
El primer juicio político contra Trump se basó en la filtración de un pedido del entonces presidente a su par de Ucrania para que active la investigación judicial sobre Hunter Biden, hijo del ahora inquilino de la Casa Blanca, por un caso de corrupción en una empresa energética de ese país. Se salvó, a principios de 2020, porque había mayoría republicana en el Senado. La acusación se basaba en que Trump extorsionaba a Volodymyr Zelensky con la entrega de un préstamo a cambio de su avala en el proceso judicial. Biden, como vice de Obama, participó activamente en el golpe de estado contra Viktor Yanukovich, el pro-ruso mandatario ucraniano desplazado en 2014 tras un golpe orquestado por la OTAN y Washington. Grupos neofascistas tomaron el poder entonces y Biden Jr obtuvo un jugoso cargo en la empresa Burisma.
La que entonces puso los pies en barro fue Victoria Nuland. Vocera del Departamento de Estado 2011-13, fue luego responsable de asuntos europeos y euroasiáticos con rango de Embajadora de Carrera. Junto al senador John McCain repartieron galletas en la Plaza del Maidán alentando a multitudes golpistas para derrocar a Yanukovich.
El 28 de enero de 2014 mantuvo una charla con el embajador de EEUU en Kiev, Geoffrey Pyatt, que la hizo saltar a la fama. Hablaban de que la crisis (que habían creado) en Ucrania debería encauzarse a través de la ONU y no de la Unión Europea. El argumento de Nulland fue “que se joda la UE”. El golpe contra Yanukovich costó miles de vidas y la virtual secesión de las regiones de Donetsk y Luganks y la anexión de Crimea a Rusia. Antes de Obama, Nuland había sido asesora en política exterior con Dick Cheney, el polémico vice de George W Bush y un promotor de las guerras de invasión tras el 11 S de 2001. Ahora Biden la designó como subsecretaria de Estado de Política Exterior.
Tiempo Argentino, 24 de Enero de 2021
por Alberto López Girondo | Ene 17, 2021 | Sin categoría
Serán cuatro días de alta tensión en todo su territorio. Las miradas del mundo estarán centradas, sin embargo, en Washington, donde Joe Biden asumirá el miércoles como 46° presidente de Estados Unidos, en un clima poco propicio para relajarse: tropas de la Guardia Nacional hace días se instalaron en el Capitolio para mostrar los dientes ante cualquier intento de asalto de las huestes trumpistas. Son 21 mil efectivos, más de los soldados que quedan en Irak y Afganistán. Afuera, los alambrados de púas sobre los muros exteriores del edificio parecen escenas del cambio de gobierno en algún “estado fallido” al que la “nación excepcional” debe ayudar a encontrar la senda de la civilización. El FBI ya advirtió que se esperan manifestaciones violentas en los congresos de los 50 estados de grupos derechistas que se encolumnan detrás de Donald Trump y aseguran que hubo fraude en la elección del 3 de noviembre.
Lo que sí es claro es que el díscolo empresario ya aceptó que se le venció el alquiler de la Casa Blanca y las imágenes de la mudanza de sus bártulos fueron profusamente difundidas por los medios de comunicación. Este mismo miércoles, Trump viajará a Florida para no protagonizar la entrega del poder a su sucesor. No quiere la foto poniendo la banda presidencial en Biden.
Mientras tanto, y en otra muestra de rebeldía adolescente, busca dejarle el camino sembrado de espinas en política exterior: endureció las sanciones contra Cuba e Irán, dos frentes que marcaron un giro de 180° sobre la estrategia que había legado la administración Obama. Al mismo tiempo, profundizó los ataques a empresas chinas con su incorporación a la lista de entidades peligrosas para la seguridad nacional. Esta vez cayó otro fabricante de telefonía celular, Xiaomi, lo que elevó la queja de Beijing.
Todavía resuena en los despachos políticos el jaleo del 6 de enero, cuando la certificación de Biden en el parlamento debió suspenderse por unas horas a raíz de la ocupación violenta de grupos trumpistas que trataron de impedir la ceremonia. El incidente mostró el rostro verdadero de este particular momento que vive EE UU. Los atacantes casi no tuvieron resistencia y recién una semana después los más altos jefes militares del país expresaron su oposición a lo que consideraron como “un asalto directo al Congreso de los EE UU, al edificio del Capitolio, y a nuestro proceso constitucional”, según el documento refrendado por los ocho miembros del Estado Mayor Conjunto que presentó el general Mark Milley.
A fines del año pasado, diez ex secretarios de Defensa emitieron una carta pública recordando a los funcionarios del área su obligación de respetar la Constitución. Encabezó esta movida Mark Esper, que fue echado en noviembre por Trump en un momento en que era evidente que estaba armando un Pentágono a su medida para buscar apoyo a su deseo de permanencia en el poder. Esa vez designó en puestos claves a los que consideró los más leales a su proyecto político. Que pasaba entre otras cosas, por “traer a casa” a las tropas expandidas en todo el mundo. Luego de varios entredichos con generales más reacios, el jueves el hombre que remplazó a Esper, Chistopher Miller, anunció que “los niveles de fuerzas en Afganistán han llegado a 2500 y el Pentágono continúa con la orden presidencial de reducir las tropas a cero para mayo de 2021”.
El futuro de Trump parece opaco y algún humorista cordobés podría decir que ahora lo llaman “damajuana”: todos esperan que pierda la manija para agarrarlo del cuello. Por un lado, los demócratas volvieron a abrir un impeachment y esperan sumar los votos suficientes en el Senado como para bloquearle cualquier sueño de regreso dentro de cuatro años.
El alcalde neoyorquino, Bill de Blasio, a su turno, dijo que pondrá fin a acuerdos para operar el Carrusel de Central Park, las pistas de patinaje Wollman y Lasker, y el campo de golf de Ferry Point tras la “letal insurrección”, de conformidad con las cláusulas estipuladas en los contratos. Ni su hija Ivanka y su esposo Jared Kushner -que llevó adelante una estrategia diplomática paralela en Medio Oriente- escapan al estigma. “Cualquiera que tenga un mínimo de respeto por sí mismo y por la democracia, que tenga valores y una carrera que preservar, o quien no quiera que sus amigos le critiquen en público o en privado, ahora se mantendrá alejado de Ivanka y Jared”, dice la revista Vanity Fair que, se dice en los círculos que la pareja, supo frecuentar estos años.
Tiempo Argentino, 17 de Enero de 2021
por Alberto López Girondo | Ene 16, 2021 | Sin categoría
Las siempre complicadas relaciones entre Argentina y Estados Unidos sufrirán un nuevo giro a partir del 20 de enero, cuando Joe Biden asuma la presidencia en Washington. El Gobierno argentino se apuró a reconocer su triunfo cuando otros líderes, como el mexicano Andrés Manuel López Obrador, prefirieron la cautela, ante las denuncias de fraude de Donald Trump.
Más allá de la inocultable decadencia institucional de la principal potencia militar del mundo, la apuesta de Alberto Fernández parece haber sido la más oportuna en la búsqueda de aliados en Washington que faciliten las negociaciones con el FMI. Trump fue clave para que se violaran los protocolos del Fondo Monetario y se otorgaran 44.000 millones de dólares al Gobierno de Mauricio Macri, quien, curiosamente, en 2016 no había apostado al triunfo del magnate en la presidencial que lo enfrentó a Hillary Clinton.
Existe una continuidad en las principales políticas de los dos partidos del sistema estadounidense que se alternan en el poder. Una de ellas, el proyecto de Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) –fulminado en 2005 frente a las narices del republicano George W. Bush, cuando Néstor Kirchner era presidente y Alberto Fernández jefe de Gabinete– había nacido con el demócrata Bill Clinton una década antes.
¿Habrá un giro copernicano en las relaciones de EE.UU. con Latinoamérica, y con Argentina particularmente? El asalto al Capitolio del 6 de enero, como en 2001 el atentado a las Torres Gemelas, marcan hitos en la historia de un país que se auto percibe como excepcional.
Ahora, la máscara del ejemplo de democracia que pretende para el mundo se ha caído. El presidente de EE.UU. –que no es el rey– está desnudo, al igual que sus adláteres locales y regionales. Otra oportunidad se presenta a poco más de 15 años de aquel gesto de Mar del Plata, aunque mucha agua corrió bajo los puentes desde entonces.
Revista Acción, segunda quincena de Enero de 2021
por Alberto López Girondo | Ene 10, 2021 | Sin categoría
El 14 de septiembre de 2019 se realizó en Atlanta, la capital del estado de Georgia, la conferencia “Soldados de la era digital”. Era la presentación oficial del movimiento QAnon, y estaban convocados a hablar dos exintegrantes del primer gabinete de Donald Trump. Uno era el general Michael Flynn, que estuvo solo 24 días como Consejero de Seguridad Nacional y tuvo que renunciar cuando se publicó que había mantenido reuniones secretas con diplomáticos rusos. El otro, George Papadopoulos, también debió dejar su cargo de asesor luego de que el FBI lo acusó de “delitos“ similares. La divulgación de ese encuentro frustró la intervención de los exfuncionarios.
Pero QAnon hacía tiempo que era un “cuco” para los medios más influyentes de EE UU.
Se lo tilda de movimiento y lo caratulan como una secta, o simplemente una teoría “conspiranoica” que interpreta al mundo actual como una coalición de fuerzas oscuras, pedófilos, adoradores de Satán, que operan bajo el manto de una red internacional de tráfico sexual de niños. En esta concepción del mundo, el Covid-19 es una enorme operación para dominar a la humanidad. Dentro de esa camarilla diabólica incluyen a personajes como Barack Obama, Hillary Clinton, George Soros, el actor Tom Hanks, la presentadora de tevé Hellen DeGeneres, el papa Francisco y el Dalai Lama.
El nombre obedece a la denominación de un código de acceso a ciertos organismos gubernamentales de EE UU. Desglosando, QAnon sería un individuo con acceso a información privilegiada que quiere permanecer en el anonimato. El imaginario ubica al ignoto Q como un alto funcionario del Departamento de Defensa que difunde la verdad de la milanesa en mensajes que se viralizan en redes alternativas.
Una de las imágenes más difundidas de este histórico Día de Reyes de 2021 fue la de Qanon Shaman, como se hace llamar Jake Angeli, el joven con el torso desnudo, sombrero de piel y cuernos de búfalo que parecía salido de la película Una noche en el museo, protagonizada por Ben Stiller.
Entre los que tomaron por asalto el Congreso estaba Ashli Babbitt, también fanática seguidora de lo que representa Donald Trump. Babbit, una veterana de la Fuerza Aérea, es la que murió baleada, y es una de las pocas mujeres en ese mundillo, misógino por naturaleza.
Otro grupo de ultraderecha -todos ellos destacan por ser “blanquitos” y de rasgos caucásicos- son los Proud Boys, muchachos de armas pesadas llevar y rostros amenazantes que provocan en las marchas en apoyo a la comunidad afrodescendiente.
Nick Ochs, uno de sus integrantes, fue el que se sacó una selfie en el Capitolio. Tim Gionet, conocido como “Baked Alaska», hizo una transmisión en vivo durante el ataque. Como la mayoría de ellos, basan su actividad política en las redes y fungen como “influencers”.
El fundador de esta agrupación, que recibió felicitaciones de Trump tras alguna violenta incursión en el 2020, es Enrique Tarrio, un empresario cubano descendiente que, luego de varias entradas en la cárcel por delitos menores, descubrió las bondades del capitalismo y se dedico a la venta de camisetas y artículos de derecha en lo que bautizó como “1776 Shop”, un “emporio de mercancía ultraderechista» como lo definió la revista Slate. Entre sus ofertas, tiene una remera con la inscripción «Pinochet did nothing wrong» (Pinochet no hizo nada malo).
Tiempo Argentino, 10 de Enero de 2021
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