por Alberto López Girondo | Jun 27, 2014 | Sin categoría
Los argumentos del juez Thomas Poole Griesa para aceptar el planteo de los fondos buitre contra Argentina resulta irritante y denigra cualquier soberanía, como bien resaltó el gobierno argentino repetidamente. Mucho peor cae a los espíritus nacionales la seca respuesta de la Corte denegando tomar cartas en un asunto que, por lo que dejan en claro con su silencio, entienden que está muy bien resuelto en la primera instancia.
Ya en su primer dictamen, de 2012, Griesa protestaba contra «los más altos funcionarios argentinos que han continuado haciendo declaraciones inflamatorias sobre que las sentencias del Tribunal no serán obedecidas. (… y además) han declarado que Argentina podría pagar a los bonistas que entraron en el canje pero no pondrá un dólar para los que tienen los bonos originales (holdouts). La presidenta Cristina Kirchner hizo declaraciones en tal sentido.»
En aquel momento, Griesa involucró al entonces ministro Lorenzino. Pero ahora agregó nuevos discursos de la mandataria argentina y del nuevo titular de la cartera económica para denostar al gobierno y asegurar que no les cree, que Argentina sólo quiere esquivar sus deudas desde hace diez años y que no le da confianza de que lo hará en el futuro. «Habría sido mejor si ella no se hubiese referido a una extorsión. Eso habría ayudado», señaló sobre uno de los últimos discursos de Cristina.
Más allá de la forma en que un simple juez de condado se refiere al gobierno democráticamente elegido de un país independiente, es bueno hurgar un poco en la concepción del mundo que traslucen los fallos de Griesa y la posición de la Corte. Porque tal vez eso sirva para entender la idea que la sociedad de Estados Unidos se hace del mundo y de su propio lugar en él. Una concepción que nace desde sus orígenes, cuando los primeros «peregrinos» desembarcaron del mítico Mayflower en la Bahía de Massachusetts, en 1620. Un dato no menor es que se trataba de un contingente de puritanos, un movimiento religioso surgido en Gran Bretaña que rechazaba tanto a la Iglesia católica como a la anglicana que había «inventado» Enrique VIII. Y que huían de la persecución a que eran sometidos en su patria de origen.
Muchas de estas cuestiones suelen ser ventiladas por Hollywood en series y dibujos animados, al punto que casi forman parte de la formación de generaciones enteras de niños latinoamericanos. El caso es que esos primeros pobladores se fueron dispersando a lo largo de la costa para conformar la llamada Nueva Inglaterra. Hay dos acontecimientos posteriores que marcarían en el futuro del «ser americano» (o, mejor dicho, estadounidense). Uno es el Día de Acción de Gracias, el otro es el llamado Motín del Té o, en inglés, Tea Party. Un tercero forma parte, en cambio, del inventario de los grupos más progresistas, como son los juicios por bujería popularizados con la obra de teatro de Arthur Miller Las Brujas de Salem.
No había pasado un año de la llegada de los colonos cuando según la leyenda compartieron la primera cosecha en tierras americanas con los indígenas wampanoag que, bueno es decir, los habían ayudado generosamente ni bien los vieron llegar. Los wampanoags vivían en comunidad y tenían una economía basada en la distribución de la tierra y los bienes. Desde ese 21 de noviembre de 1621 se celebra el día de Acción de Gracias. Con los años, nuevas camadas de emigrantes fueron desplazando a los pueblos originarios y en 1675 el cacique Metacomet organizó un ejército de wampanoags junto con los pueblos narragansett, nipmuc y pennacook, y atacó los establecimientos de los invasores. Los blancos lo llamaban Rey Felipe y tras derrotarlo fue ejecutado el 12 de agosto de 1676. Su cabeza quedó expuesta sobre una pica, y su mujer y sus hijos acabaron sus días como esclavos en las Antillas.
Poco más tarde, en 1692, se registraron los procesos por delitos de brujería en los condados de Essex, Suffolk y Middlesex, en Massachusetts. No importa tanto la verdad histórica como el enfoque que le dio Miller –quien fue acusado de comunista en el marco de las persecuciones del inefable Joseph Mc Carthy– en su magistral obra de teatro. La caza de brujas macartista forma parte también del «ser estadounidense», tanto en su extremismo como por el rasgo de paranoia que revela. En Las brujas de Salem –por el distrito donde se inició la oleada– Miller cuenta de modo dramático cómo las declaraciones de un grupo de jovencitas influyen en la culpabilización de ciudadanos altamente morales al punto de llevarlos al cadalso.
Otro hecho constitutivo de esa nación es el motín registrado en diciembre de 1773 en la Nueva Inglaterra en rechazo al pago de un impuesto a la importación de té. Tea Party quedó como sinónimo de lucha por las libertades –de hecho, de este movimiento crecieron las primeras luchas por la independencia de Estados Unidos– pero también de un modo de interpretar la realidad. Los grupos Tea Party surgidos en los primeros años de este siglo se inscriben en esta actitud: en términos groseros, recelan de los poderes centrales, del pago de impuestos y de la intromisión de las instituciones en la vida de los ciudadanos. Son individualistas extremos, y con esos argumentos rechazan la ley de salud de Obama y tildan de inmoral cualquier ayuda a los desposeídos.
La idea de que Estados Unidos es un pueblo elegido y que eso habilita para intervenir de un modo correctivo y salvador en cualquier parte del mundo corre paralela y justifica la política de expansión territorial en detrimento de los pueblos originarios primero y del resto del planeta posteriormente. Siempre con su plan sobre lo que una democracia debe ser.
Una democracia representada por un sistema institucional que, como dijera al debatir la Constitución uno de los «padres fundadores», James Madison, tiene a la justicia como control último de posibles abusos de las muchedumbres. La moral media exige que un hombre temeroso de Dios como piden los puritanos, respete las leyes, cumpla los contratos y trabaje de sol a sol, porque no hay nada que discipline tanto como un esfuerzo colosal.
Cualquier desviación a este mandato es moralmente condenable, y especialmente por los medios de comunicación masivos, tan conservadores de las costumbres ellos. En este contexto, una persona que reciba una asignación es un vago sin remedio y el gobierno que la otorgue, un demagogo cercano a la autocracia. Madison pensaba justamente en la defensa de los intereses particulares cuando promovía una justicia independiente de los poderes electos. A través de la Constitución estadounidense, el detalle se expandió y se introduciría en la Argentina, donde los constituyentes de 1853 identificaban en Juan Manuel de Rosas al populismo que el legislador estadounidense recomendaba evitar.
Griesa fue designado por el entonces presidente Richard Milhous Nixon el 15 de junio de 1972 en un tribunal que se estrenaba con él. Tras la aprobación del Senado tomó el cargo el 30 de junio. Entre esos días, el 17 de junio, se produciría un hecho llamado a cambiar la historia moderna de Estados Unidos: cinco hombres caían detenidos por haber ingresado ilegalmente en la sede central del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington. Estaban espiando para el gobierno de Nixon, quien terminaría renunciando en agosto de 1974. Las acusaciones contra el mandatario republicano no fueron tanto por entorpecer a la justicia, como figuraba en el pedido de juicio político. La peor imputación era por haberle mentido a la ciudadanía. Bill Clinton casi corre la misma suerte hasta que se dio cuenta de que era preferible reconocer «relaciones inapropiadas» con una pasante que admitir que había engañado a la población.
Griesa demostró en los dictámenes contra Argentina que le disgusta el gobierno de Cristina Fernández. Porque los briefs de prensa que le llegan la presentan como una populista cercana a otros mandatarios regionales que están en la mira de Estados Unidos, como los de Venezuela actual y el pasado. Es un conservador y, como juez estadounidense, se sabe intocable. Desde allí emitió su fallo. La Corte lo avala porque también piensa igual: las deudas se deben pagar, no importan otras consideraciones que no sean el papel escrito. Las leyes están para vigilar los intereses de los que tienen en contra de los que quieren arrebatárselos, Madison dixit.
Estas son buenas razones –y mucho más exquisitas– como para castigar a un díscolo gobierno latinoamericano. Como lo son para «purificar» con armas o finanzas al resto del mundo.
Tiempo Argentino, 27 de Junio de 2014
por Alberto López Girondo | May 23, 2014 | Sin categoría
Siendo secretario de Estado, John Quincy Adams elaboró el 7 de noviembre de 1823 la minuta de una reunión de gabinete del gobierno del presidente James Monroe en la que revelaba las preocupaciones del aún incipiente imperio estadounidense ante la situación europea, y sobre todo, en torno de las recién liberadas naciones latinoamericanas. Según ese informe, se sometió a consideración del cónclave una proposición confidencial del canciller británico George Canning, un viejo conocido de los argentinos.
«El objetivo de Canning parece haber sido obtener alguna promesa pública del Gobierno de los Estados Unidos, ostensiblemente contra la interferencia por la fuerza de la Santa Alianza entre España y Sur América; pero realmente o especialmente contra la adquisición por los Estados Unidos mismos de cualquier parte de la posesiones de España en América», revela Adams. Para agregar luego, crudamente sincero: «Mr. Calhoun (secretario de Guerra) se inclina a dar poder discrecional a Mr. Rush (secretario de la Armada) para unirse en una declaración contra la interferencia de la Santa Alianza, aunque sea necesario obligarnos a no apoderarnos de Cuba o de la provincia de Texas; porque el poder de Gran Bretaña es mayor que el nuestro para apoderarse de ellas, debemos tomar la ventaja de obtener de ella la misma declaración que debemos hacer nosotros». De hecho, como ya se ha publicado en estas páginas, Texas se separó de México en 1835 y su incorporación a la Unión se demoraría unas década más. La de Cuba llegaría a fin del siglo.
El solícito Adams pulió un poco más esa estrategia –que lo llevaría un par de años más tarde a ocupar la Casa Blanca- y en su intervención ante el congreso del 2 de diciembre de 1823, Monroe pudo explicar tres puntos de la doctrina que lo haría famoso: no a cualquier futura colonización europea en esta parte del mundo, abstención de los Estados Unidos en los asuntos políticos de Europa y no a la intervención de Europa en los gobiernos del hemisferio americano. Resumida en una frase que se muestra ambigua al sur de la frontera, pero no del otro lado: América para los americanos. La historia demostraría a quiénes se refiere la palabra americana.
En febrero del año pasado, el presidente Barack Obama cambió a su secretaria de Estado, Hillary Clinton, por John Kerry. El hombre, que perdió las elecciones de 2004 contra George W. Bush, está casado en segundas nupcias con Maria Teresa Thierstein Simões-Ferreira Heinz, nativa de Mozambique cuando era colonia portuguesa y heredera del emporio Heinz, la fabricante de kétchup vendida a Warren Buffet y un grupo inversor brasileño en 2013. Con una carrera dentro del partido Demócrata que puede considerarse como sólida –fue senador por Massachussetts por 28 años- Kerry suele mostrar comportamientos de elefante en un bazar.
Esto quedó claro cuando en un discurso ante la Cámara baja, a casi dos meses de haber asumido, se refirió a Latinoamérica como el patio trasero de Estados Unidos. Desempolvando la misma frase despectiva con que mencionaron a nuestras naciones los líderes más retrógrados de ese país. Esos que, al mismo tiempo, no dudaban en aplicar lo que el mexicano Raymundo Riva Palacio llama el “Corolario Roosevelt”, por Theodore, conocido por su empleo del “Gran Garrote” a principios del siglo XX.
Aquel día de abril de 2013, Kerry pronunció esta frase que lo pinta de cuerpo entero: «El hemisferio occidental es nuestro patio trasero (sic), es de vital importancia para nosotros. Con demasiada frecuencia, muchos países en el hemisferio occidental consideran que Estados Unidos no les da la suficiente atención y, a veces esto es probablemente cierto. Tenemos que estar más cerca y tenemos la intención de hacerlo. El Presidente (Obama) viajará pronto a México y luego hacia el sur, no recuerdo qué países, pero él irá a la región».
El revuelo fue tan grande que en noviembre pasado, en un discurso ante la Organización de Estados Americanos (OEA) en Washington, debió explicar que «la era de la Doctrina Monroe ha terminado». Luego fue más específico: «La relación que buscamos, y para cuyo impulso hemos trabajado duro, no se trata de una declaración de Estados Unidos acerca de cómo y cuándo va a intervenir en los asuntos de otros estados americanos. Se trata de que los países se perciban unos a otros como iguales, de compartir responsabilidades, de cooperar en cuestiones de seguridad”.
En esa ocasión el tema Venezuela no estuvo ausente, y tampoco el bloqueo a Cuba. En ambos casos, Kerry se desmintió de inmediato, manteniendo las justificaciones tradicionales de los gobiernos habidos en Washington desde Monroe. El problema es que el Capitolio obedece a los mismos paradigmas. Solo que ahora los más firmes defensores del intervencionismo son gentes de origen latino como Bob Menéndez o Marco Rubio, demócrata uno, republicano el otro, los más enfervorizados anticastristas y, en consecuencia, los más furibundos antichavistas.
Fueron Menéndez y Rubio quienes impulsaron la votación en sendas comisiones del congreso estadounidense que abre la posibilidad de sanciones a dirigentes venezolanos, a quienes acusan de atentar contra la democracia ante la ola de protestas desatadas desde febrero pasado. En un viaje a México que culminó anteayer, Kerry habló de la «impaciencia» en la región por la situación en Venezuela y del «fracaso total» del gobierno de Nicolás Maduro para resolver la crisis. Luego de reunirse con su par mexicano, José Antonio Meade, Kerry abundó en que la batería de sanciones contra Venezuela están a la espera de que «haya movimientos en la mesa», pero negó que todas estas consideraciones fueran, como sostiene Caracas, «una actividad injerencista” en el país sudamericano. El propio Meade había confiado meses antes que en su primer encuentro con el secretario de Relaciones Exteriores de Obama notó que «no estaba enterado de los asuntos bilaterales». No se sabe si el mexicano cambió de idea.
Este fin de semana será muy ajetreado en regiones clave del planeta, en algunas de las cuales Monroe había jurado que no se meterían. En Ucrania se enfrenta Europa con el renacido poderío que representa el gobierno de Vladimir Putin. El mandatario ruso fue hasta Beijing a firmar un acuerdo con China para la venta de gas que le despeja el camino ante la pérdida de sus clientes europeos por la situación en territorio ucraniano, en la fortificación de una alianza que parecía destinada a cuestiones comerciales pero promete más.
Pero Europa también tendrá sus propios problemas. Y la elección de europarlamentarios aparece en medio de dudas que preocupan a más de cuatro por el avance de sectores de la ultraderecha que como el viejo Jean Marie Le Pen, hasta se atreven a reclamar la intervención de un virus mortal como el Ébola para terminar con el problema de la inmigración africana. Lo peor es que el partido que regentea ahora su hija marcha en primer lugar en las encuestas.
En el Patio Trasero, en tanto, las fichas de Washington están puestas en la disputa que enfrenta en Colombia a dos postulantes de la derecha. Uno, el actual presidente Juan Manuel Santos, de una derecha acuerdista que ofrece como principal argumento la posibilidad muy concreta de poner fin a más de medio siglo de matanzas mediante un acuerdo de paz con la guerrilla. El otro, delfín de Álvaro Uribe, que cuestiona las negociaciones y solo ofrece como opción el exterminio del rival.
La brutalidad y falta de ética de la campaña electoral- campaña delincuencial, la llamó Santos- es una muestra de lo que se juega en el país de García Márquez. Un territorio en que Estados Unidos tiene siete bases militares, tras los convenios firmados entre Obama y Uribe en 2009, desde donde sus tropas amenazan a toda la región.
En Venezuela, en tanto, los cancilleres de la Unasur anunciaron una reunión en Galápagos para tratar de estas primeras y difíciles negociaciones entre la oposición y el gobierno de Nicolás Maduro. También acá los señores de la guerra apuestan al conflicto, que justificaría las sanciones que los Rubio y Menéndez pretenden desde Washington. Un fracaso en la intervención de Unasur será pagado políticamente por el organismo sudamericano y también por Maduro. Eso a es lo que se juega la oposición, incapaz de terciar en la política venezolana sin ayuda foránea.
Se refería Canning a los proyectos de la Santa Alianza –aquel tratado de 1815 de los monarcas de Austria, Rusia y Prusia firmado tras la derrota de Napoleón– para la reconquista de Sudamérica por los borbones españoles, un operativo en favor de la testa coronada de otro conocido nuestro, Fernando VII.
Tiempo Argentino, 23 de Mayo de 2014
por Alberto López Girondo | May 2, 2014 | Sin categoría
Desde 1931 Japón mantenía bajo su control la región de Manchuria, en el noreste de China, donde dejaron al último emperador, Pu Yi, en la única ocasión que tuvo el póstumo descendiente de la dinastía Qing de aparecer gobernando, aunque fuera como títere. Para 1940, a la belicosa dirigencia nipona se le hacía imprescindible ocupar el sudeste asiático, cosa de garantizar la provisión de suministros y petróleo.
Estados Unidos ya se había expandido hacia el Pacífico y en simultáneo con la guerra contra España que terminó con la ocupación de Cuba y Puerto Rico, en 1898 se anexionó al archipiélago de Hawaii. No podía demorarse mucho el estallido de un conflicto entre ambas potencias. Algo de eso percibió el Imperio del Sol Naciente cuando en 1941 el gobierno de Franklin Roosevelt ordenó trasladar la Flota del Pacífico de San Diego a Pearl Harbour.
Los bárbaros crímenes cometidos por tropas japonesas en Nankin –cuarto de millón de personas asesinadas entre diciembre de 1937 y febrero del ’38– no habían despertado mayores prevenciones de Washington, que seguía vendiendo petróleo a Tokio. Recién en julio del ’41, unos días después de que la Alemania nazi iniciara la invasión a la Unión Soviética, la Casa Blanca embargó las ventas de combustible a Japón. En diciembre de ese año, el fulminante ataque a Pearl Harbour fue la excusa perfecta para que Estados Unidos le declarara la guerra al Eje, lo que terminó de inclinar la balanza a favor de las Naciones Unidas –como se autodenominaron los Aliados– en la Segunda Guerra.
En unos días se van a cumplir 20 años de la jura de Nelson Mandela a la presidencia de Sudáfrica. Un triunfo aplastante en las primeras elecciones libres en la historia del país pusieron en el gobierno al líder de la población negra, que había pasado 27 años preso durante el régimen del apartheid. Había sido condenado a cadena perpetua por traición en junio de 1964 en un juicio que se proponía demostrar la fortaleza de la minoría blancoeuropea ante la mayoría de la población negra. La ONU, que ya no sólo representaba a las cinco potencias involucradas en la contienda, condenó la sentencia contra Mandela y la dirigencia de la Congreso Nacional Africano (CNA) y pidió sanciones contra el régimen. Pero en plena Guerra Fría el castigo resultó difícil de implementar. Los afrikaners, como se denomina a los criollos sudafricanos, podían ser racistas y antidemocráticos, podían incluso pretender desarrollar un proyecto atómico, pero eran anticomunistas convencidos. Y además, en ese año crucial, los negros de Estados Unidos también tenían que enfrentar la brutal discriminación dentro de su propio territorio.
Para colmo, el reciente golpe en Brasil abrió las puertas a una alianza furiosamente anticomunista que incluiría en los ’70 a las dictaduras argentina y chilena con Pretoria. Del apoyo de estas naciones y de Israel y Estados Unidos se nutrió el régimen supremacista para zafar de penalidades en la Asamblea de la ONU. Porque además, en 1974, la Revolución de los Claveles había liberado a las colonias portuguesas de Angola y Mozambique, y las tropas sudafricanas fueron imprescindibles para sostener la contrarrevolución en el sur del continente. Los países árabes quisieron ser consecuentes y le decretaron un embargo petrolero, pero Pretoria recibió el combustible de Irán, que todavía estaba en manos del Sha Reza Pahlevi, otra pieza de colección en el rosario de los delitos de lesa humanidad y al mismo tiempo un sólido bastión de los intereses occidentales.
La revolución islámica en Irán trastocó el escenario en el centro de Asia a principios de 1979. En diciembre de ese mismo año el Kremlin decidió la invasión a Afganistán, que se convertiría en el Vietnam de los soviéticos. Esa vez, Estados Unidos, ya bajo la administración de Jimmy Carter, se acordó de sancionar al ocupante y la medida más estridente sin dudas fue el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980. No todos los aliados naturales de Washington estuvieron de acuerdo en ausentarse de lo que serían las primeras olimpíadas en un país comunista. Algunos jugaron a dos bandas: aceptaron plegarse a la medida punitiva pero dejaron en libertad de acción a sus deportistas. El caso de Argentina fue curioso. En esa época, el principal mercado para las exportaciones locales era el soviético, tras los acuerdos firmados durante el gobierno democrático de Perón. Pero la dictadura debía declarar un anticomunismo irreductible, de modo que siguió vendiendo trigo, aunque los atletas se quedaron en casa. En total 58 países adhirieron al boicot.
No llegó a haber sanciones contra el hitlerismo en 1936, cuando se disputaron los Juegos de Berlín. Y razones había, porque los nazis ya habían dictado las leyes antisemitas, un preanuncio de la barbarie que desataría luego. Las olimpíadas habían pretendido ser una carta de presentación de las virtudes alemanas y en tal sentido descolló el trabajo creativo de la propagandista oficial, la cineasta Leni Riefensthal. Pero la historia le daría una estocada a Hitler y el estadounidense Jesse Owens se convertiría en el símbolo de ese certamen. El atleta negro se llevó cuatro medallas y les hizo morder el polvo a los representantes del hombre ario.
Tampoco hubo sanciones contra los militares argentinos en el Mundial de 1978, que había sido programado cuando el país se encaminaba hacia la democracia luego de las dictaduras sesentistas. Por eso los verdugos apuraron el exterminio, algo que también exigió el secretario de Estado Henry Kissinger, aunque por otras razones. Es que cada día le resultaba más difícil a la Casa Blanca hacer la vista gorda ante las atrocidades de la dictadura.
Ante la escalada en Ucrania, una de las ex repúblicas soviéticas, la Unión Europea y Estados Unidos aplicaron sanciones al gobierno de Vladimir Putin. Son medidas punitivas más que nada centradas en personas ligadas al gobierno pero de dudosa efectividad. Las sanciones en general tienen esa característica: son más que nada medidas simbólicas. Que tanto muestran actitudes principistas como son el avance para justificar intervenciones posteriores.
Europa y Washington avanzaron así sobre el gobierno de Muhamar Khadafi en Libia y el de Bachar al Assad en Siria, con suerte dispar. El «canciller» norteamericano John Kerry también amenaza con sanciones a Sudán del Sur ante lo que, dijo, pueda convertirse en una nueva matanza en tierras africanas, a 20 años del genocidio en Ruanda (que nadie evitó, por cierto). El bloqueo a Cuba, que nació en 1960, supone consecuencias incalculables en términos sociales y económicos a los cubanos y les complica la vida a los estadounidenses que quieren viajar o comerciar con la isla. Pero no logró cambiar el sistema.
Si algo muestra este pequeño recordatorio es que a pesar del cambio de siglo y de que algunos de los conflictos del siglo XX se extinguieron, lo que subyace es una disputa entre los de siempre por el dominio de una región clave en términos geopolíticos y también de un insumo vital para la marcha de la economía de cualquier nación, el combustible.
Ya no existe la Unión Soviética, las tropas rusas se fueron de Afganistán y ahora quedan algunos uniformados norteamericanos luego de que una vuelta de campana histórica que el Pentágono aprovechó tras los atentados a las Torres Gemelas. Irán, que recibió ingentes sanciones en estos años, está intentando negociar una salida elegante a su proyecto nuclear.
El presidente Barack Obama, por un lado, acaba de hacer una gira por Asia en la que prometió apoyos y ventajas comerciales, continuando con una estrategia que comenzó hace más de un siglo. Vladimir Putin, por el otro, planta bandera montado en los temores a una nueva invasión desde el oeste, siguiendo una herencia genética que viene de más lejos aún. A su vez, la canciller germana Angela Merkel intenta quedar bien con Dios y con el Diablo. No sea cosa de verse envuelta en otra guerra en ese peligroso sector de la Europa central donde tanta sangre corrió por siglos.
Al mismo tiempo se abroquelan, en distinto grado, los países emergentes que están llamados a ser el polo de atracción principal del siglo XXI: Brasil, Rusia, China y Sudáfrica, los BRICS. Si Estados Unidos no logra interponerse en su camino, como pretende. Por eso preocupa la amenaza de Kerry de aplicar sanciones al gobierno de Nicolás Maduro si no avanza el diálogo de paz con la oposición en Venezuela.
Tiempo Argentino, 2 de Mayo de 2014
por Alberto López Girondo | Mar 31, 2014 | Sin categoría
El 20 de marzo de 2003 una coalición formada a las apuradas por el entonces presidente George W. Bush cumplía el sueño que había desvelado a su progenitor: invadir Irak. El argumento para la avanzada contra el líder Saddam Hussein era «desarmar a Irak de armas de destrucción masiva, poner fin al apoyo brindado por Hussein al terrorismo y lograr la “libertad” del pueblo iraquí», razones expuestas en una asamblea de la ONU donde se buscó el apoyo internacional a la intervención por el secretario de Estado, Colin Powell, el general de cuatro estrellas que en 1991 había dirigido la Operación Tormenta del Desierto, el primer intento estadounidense de apropiarse de las reservas petrolíferas del país, en 1991.
George W. encontró la excusa –para convencer a un puñado de gobiernos amigos y neutralizar las quejas de los ciudadanos bienpensantes– en la paranoia desatada por los ataques del 11 de setiembre de 2001 a las Torres Gemelas de Nueva York. Irak aparecía en este contexto como un capítulo necesario en la batalla contra «el eje del mal». El primero había sido Afganistán, año y medio antes. La alianza invasora, que logró anuencia en la ONU, fue secundada por un exultante Tony Blair, a la sazón primer ministro británico y un no menos entusiasmado José María Aznar, presidente del gobierno español y furibundo representante del ala más neoliberal dentro de la dirigencia europea, a la vez que impulsor de ese ideario en el resto del planeta. La historia viene a cuento en estos días en que el clima prebélico se enseñorea en Ucrania y las campañas destituyentes buscan un objetivo similar en Venezuela. No es casual que el dúo Aznar-Bush haya también protagonizado el golpe contra Hugo Chávez en abril de 2002 y fueran los únicos en reconocer al efímero gobierno surgido de esa intentona. Irak, en tanto, se convirtió para Estados Unidos en la representación de un fracaso que atormenta a la dirigencia política, que ahora no encuentra la forma de justificar otra invasión ante el temor de que las cosas se le vayan de madre, como ocurrió en esas últimas incursiones armadas. Esto se hizo evidente en la respuesta del presidente Barack Obama ante el parate al que lo obligó el ruso Vladimir Putin el año pasado sobre una posible intervención en Siria; una debilidad que ya había mostrado en la secundaria participación que Washington tuvo en el derrocamiento de Muammar Khadafi en 2011.
Para España, Irak también es una piedra en el zapato, aunque, por otro lado, ofrece oportunidades de negocios que, en el marco de la colosal crisis económica de la península, son unas de las pocas salidas para algunas de sus empresas golpeadas por el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008.
Periodistas go home
Grupos de periodistas de todo el mundo se habían afincado en Bagdad a poco de la invasión para cubrir en vivo y en directo el acontecimiento, pero Estados Unidos había aprendido del fracaso de Vietnam, y el Pentágono no tenía entre sus planes dejar que los periodistas estuvieran metiendo las narices en donde podían resultar molestos. Porque una cosa es la «libertad de prensa» como estrategia de marketing político y otra es revelar los bárbaros procedimientos usuales en toda guerra que escandalizarían a cualquier ciudadano que se precie de civilizado.
El 8 de abril de 2003, un carro de combate se acercó peligrosamente al Hotel Palestine, de Bagdad, que alojaba a numerosos periodistas de todo el mundo. Según el informe oficial, una compañía del comando de la 3ª División de Infantería del Ejército estadounidense repelía un ataque desde la otra orilla del río Tigris, justo en la misma línea del hotel. Un tanque M1 Abrams disparó su cañón, que impactó directamente en el edificio. Hubo tres bajas por demás elocuentes hoy día: un periodista ucraniano, Taras Protsyuk; un jordano, Tarek Ayub; y un español, el camarógrafo José Couso Permuy.
Después saldrían a la luz algunos datos impactantes. El primero y más perturbador, que no había armas de destrucción masiva en Irak. Luego, que el ataque al hotel fue una provocación que dio resultados: no hubo muchos periodistas más hurgando entre las tropas invasoras. Finalmente, que Couso era un trabajador que estaba en Irak con un contrato basura del canal Telecinco. Y finalmente –a través de una filtración de WikiLeaks–, que el embajador de Estados Unidos en España, el cubano anticastrista Eduardo Aguirre, presionó al gobierno para que parara toda investigación. Sin embargo, la causa terminó en manos de un juez, Santiago Pedraz, quien desafió el «orden establecido» y ya en 2007 procesó a los tres tanquistas –el sargento Thomas Gibson, el capitán Philip Woldrford y el teniente coronel Philip de Camp– por un delito contra la comunidad internacional. Tres años más tarde ordenó la detención de los militares acusados de crímenes de guerra, por lo tanto imprescriptibles. Ese exhorto fue dictado bajo la jurisdicción universal para combatir delitos contra la humanidad; una legislación que le había permitido al juez Baltasar Garzón perseguir crímenes cometidos por las dictaduras de Argentina y Chile.
No obstante, ocurre que esta España que votó al Partido Popular de Aznar y depositó en el gobierno a Mariano Rajoy, decidió que no quiere más problemas con aliados poderosos por hacer justicia donde quiera que se hubiesen cometido tropelías contra el género humano. Así, este 15 de marzo entró en vigor una ley que limita la aplicación de la justicia universal, motivada por la respuesta del gobierno chino contra un magistrado que aceptó la denuncia de un ciudadano de Tíbet contra ex mandatarios de China a los que imputa de genocidio. El único juez que desafió, hasta ahora, ese verdadero aval a la impunidad, es precisamente Pedraz, que sigue sin aceptar que el caso Couso se pierda en el olvido.
El infierno de cada día
En diciembre de 2011, el presidente Obama cumplió a su manera con una de sus promesas electorales y evacuó a los últimos soldados estadounidenses que quedaban en Irak, aunque dejó contingentes de «contratistas» privados que abultan el plantel de la embajada en Bagdad hasta una cifra que ronda los 18.000. Así como Vietnam fue un baldón en la historia bélica de Estados Unidos para las generaciones anteriores, Irak es una afrenta para la sociedad actual. Obama llegó al gobierno montado en la irritación que aún hoy provoca esa incursión que, además, fue hecha sobre una mentira.
Según el sitio www.costofwar.com, en la aventura iraquí murieron 4.801 soldados regulares de Estados Unidos y 1.455.590 nativos del país asiático, mientras que la cifra de desplazados por la violencia trepa hasta los 2 millones en un país de 33 millones de habitantes.
La incursión estadounidense profundizó las diferencias en un territorio pergeñado por el imperio británico en torno a tres comunidades poco propensas a formar una unidad: una mayoría musulmana chiíta (60%), una minoría sunnita (20%) y una región que corresponde a parte de la mayor nación sin territorio propio del mundo, los kurdos. Saddam era sunnita y durante su mandato ese sector tenía una influencia decisiva. Los estrategas de Washington buscaron una salida «democrática», haciendo aprobar una Constitución y armando elecciones para conformar un gobierno parlamentarista, con un primer ministro y un presidente como símbolo de la unidad, a la manera de un rey europeo. Hoy, ese cargo lo ocupa el kurdo Yalal Talabani. Los sunnitas nunca aceptaron ir a las urnas y protestan por ser discriminados, además de que el antiguo partido oficialista, el Baath, tiene prohibido ocupar cargos públicos.
Desde entonces se mantiene una guerra civil larvada, con atentados casi cotidianos que dejan un tendal de víctimas, que las autoridades atribuyen a sunnitas y que los medios internacionales ya casi ni registran. Según cálculos de la ONU, 8.868 personas murieron en 2013, víctimas de este tipo de ataques, de las que 7.818 eran civiles, en lo que constituye la mayor cifra de víctimas en cinco años, y sólo este año unas 140.000 personas tuvieron que dejar sus casas en la provincia de Al Anbar, acosados por la violencia.
La ONU también alerta sobre la vecina Siria, donde fuerzas rebeldes apoyadas por Occidente intentan derrocar al gobierno «baathista» de Bashar al Assad a un costo en vidas humanas que supera en tres años los 144.000 . Una comisión de ese organismo computó cientos de grupos extremistas en Siria; entre ellos, el Estado Islámico de Irak y del Levante (EIIL), acusado de cometer las mayores atrocidades.
Dentro de Irak las cosas no son mejores, y miembros de una de la agencias de seguridad que ofrecen mercenarios –la ex Blackwater, actual Adcademi– fueron acusados de utilizar a niños para saciar las apetencias sexuales de sus «contratistas». Por estas semanas se debatía la «ley Jaafari», que retrotrae los derechos de la mujer y permite que un hombre pueda tener de esposa a niñas de hasta 9 años. En Estados Unidos, mientras tanto, el gobierno federal dio su aval a un estudio de la Universidad de Arizona sobre el uso de la marihuana para tratar el trastorno de estrés postraumático en ex combatientes. La Administración de Asuntos de Veteranos de Guerra estima que sufre ese mal entre un 10% y un 20% de los soldados que vuelven de Irak y Afganistán.
Pero aparte del petróleo que fluye a raudales desde sus entrañas, Irak es una fuente de oportunidades única. «El país ha salido de una guerra civil salvaje y necesita importarlo todo», señalaron hace no mucho empresarios españoles, emocionados con la posibilidad de reconstruir todo lo que la guerra viene destruyendo desde hace casi 11 años. Un programa de inversiones de aquí a 2017, aprobado por el gobierno del primer ministro Nuri al Maliki, proyecta destinar más de 356.000 millones de dólares para rubros como la construcción, los servicios, la agricultura, la educación, el transporte y la energía. Ninguno de los viejos aliados se quiere perder el negocio.
Piratas petroleros en Libia
Desde el asesinato de Muammar Khadafi, en octubre de 2011, Libia es una tierra en llamas. Al igual que Irak, el país africano era un mosaico que sólo el liderazgo del líder podía mantener unido. Por supuesto que entre los objetivos de la coalición europeo-estadounidense no estaba mantener la paz ni la unidad territorial. Por eso, desde hace tres años, Libia es un polvorín, lo que se pudo percibir en setiembre de 2012, cuando el embajador de Estados Unidos, Christopher Stevens, moría en un ataque en Benghazi, la capital de Cirenaica. La región, rica en petróleo, había sido clave para desestabilizar a Khadafi y ahora busca independizarse para no tener que compartir sus ingresos con el resto del territorio. El 10 de marzo último, el Parlamento de Libia –un órgano legislativo provisional, como lo es aún todo el gobierno de ese país– destituyó al primer ministro, Ali Zeidán, y designó en su lugar al titular de Defensa, Abdullaa Al Zani. Las razones muestran en profundidad el estado de la nación.
Unos días antes, un buque cisterna, el Morning Glory, partía del puerto de Sirte cargado de petróleo que no había sido declarado al gobierno central. El premier acusó a secesionistas de Cirenaica de pretender burlar el control del estado central y también al gobierno de Corea del Norte de apoyar a los «rebeldes» a los que ahora vincula con el «antiguo régimen». Pero el resto de los parlamentarios lo acusó a él de no tener capacidad de liderazgo para mantener la unidad del país. Esperan que su sucesor pueda hacerlo a punta de pistola, sólo que los rebeldes también tienen armas y entre sus planes no figura entregarlas. Comandos de la Marina de Guerra estadounidense tomaron el control del petrolero una semana más tarde. Norcorea negó que ese buque estuviera bajo su bandera, como se dijo al principio y, por lo que declararon los captores, la nave circulaba «sin nacionalidad conocida». Todavía nadie dijo para qué empresa era la carga, que en realidad es lo que importaría.
Revista Acción, 31 de Marzo de 2014
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