El papa Francisco no gana para sofocones con las denuncias de abusos de menores en la Iglesia Católica. A los cruces de enero pasado, cuando fue interpelado por la feligresía chilena en su gira por esa nación a raíz del encubrimiento de terribles casos de pedofilia desde hacía años y que terminó con el pedido de renuncia a los 34 obispos de ese país, se sumó en julio la condena al arzobispo de Australia y el pago de acuerdos judiciales en Minnesota. Ahora, una investigación del fiscal general del estado de Pensilvania, Josh Shapiro, que llevó casi dos años de pesquisa, revela que en los últimos 70 años hubo unas 1000 víctimas de abusos cometidos por 300 sacerdotes en esa diócesis. Un jurado compuesto por 23 personas analizó las pruebas de un informe de 1356 páginas y encontró que eran evidencias absolutamente creíbles y hasta el obispo de Galveston-Houston y presidente de la Conferencia Episcopal estadounidense, Daniel DiNardo, reconoció la veracidad de ese horror y dijo que como representante del clero «estamos avergonzados y lamentamos los pecados y las omisiones de sacerdotes católicos y obispos católicos”.
Este nuevo caso compromete aún más las finanzas de la Curia norteamericana, que ya desembolsó más de 4000 millones de dólares en compensaciones en estos años y arreglos extrajudiciales y debió ampararse en la ley de quiebras de ese país para no terminar con todo su patrimonio en remate judicial para hacer frente a las demandas de los afectados.
Shapiro anunció este martes el resultado de su investigación, que publicó la Corte Suprema de Pensilvania, y catalogó a los curas de «depredadores sexuales». El jurado dijo que para elaborar el documento escuchó el testimonio de decenas de testigos y que revisó medio millón de documentos internos. Y si bien señaló que tienen constancia de unos 1000 menores abusados, entre ellos varones y niñas, no descartan que puedan ser muchos más.
La mayor de las críticas que se hace en ese texto es que las autoridades eclesiásticas no hubiera querido escuchar las quejas de las víctimas. Para Shapiro, hubo un enorme «un encubrimiento sistemático por altos cargos de la Iglesia en Pensilvania y en el Vaticano». Y apunta que con tal motivo muchos de los casos puedan no ser llevados a estrados judiciales porque fueron delitos anteriores al año 2000 y por lo tanto prescribieron.
La crisis de la iglesia estadounidense comenzó a desatarse en 2002 con una serie de artículos que publicó el diario Boston Globe sobre un escándalo de pedofilia en ese distrito. La película Spotlight, del año 2015, con Michael Keaton y Mark Rufalo, muestra la forma en que el diario asumió la investigación de las denuncias que le llegaron y de que modo recibieron presiones del obispado. El máximo responsable de ese encubrimiento fue el obispo Bernard Law, que murió en diciembre del año pasado. El papa Benedicto XVI tildó a Law de ser «el máximo símbolo del pecado al interior de la Iglesia».
Un caso similar fue el del arzobispo australiano Philip Wilson, quien también eligió el camino de barrer debajo de la alfombra en lugar de asumir que de alguna manera también él era responsable de abusos en su diócesis. Wilson fue declarado culpable de encubrimiento por una corte de Adelaida en mayo pasado, Francisco le aceptó al renuncia en junio y este martes la justicia ordinaria le concedió prisión domiciliaria.
Pero los casos más impactantes se registraron en Estados Unidos. Por el tamaño del país y por la cultura de llevar cada injuria a los estamentos judiciales. A grosso modo se calcula que entre 6mil y 10 mil curas fueron denunciados por abusos en esa nación. Y según la ONG Bishop Accountability, hubo más de 6000 acuerdos con víctimas, un tercio de las denuncias que aseguran haber recibido los curas.
Esa institución muestra también que hay 15 diócesis y 3 órdenes religiosas de EEUU -entre ellas la Provincia Jesuita de Oregon- que se declararon en quiebra en estos casi 20 años. La diócesis de Saint Cloud, en Minnesota, anunció en febrero su voluntad de acudir al mismo recurso pero todavía no hubo resolución.
El 1 de junio pasado, la arquidiócesis de Saint-Paul y Minneapolis, en Minnesota, alcanzó un acuerdo con casi un centenar de víctimas de abusos por alrededor de 210 millones de dólares. Allí la propuesta es que así también se terminen con todas las demandas y que se permita crear un fondo financiero especial para 450 víctimas.
«Los sobrevivientes de esos abusos pueden esperar sus pagos una vez que el tribunal apruebe el plan», dijo entonces el arzobispo Bernard Hebda.
Ernesto Samper Pizano, el último secretario General de la Unasur, tiene razones de peso para considerar que el flamante gobierno de Iván Duque se equivoca al anunciar el retiro de Colombia de ese organismo regional. «Es un Brexit sudamericano», dice en una misiva que le envió al mandatario de derecha uribista que asumió el cargo el pasado 7 de agosto.
Con un perfil contrario a los acuerdos de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y al guerrilla de las FARC, Duque pudo ganar el comicio en segunda vuelta sobre el centroizquierdista Gustavo Petro y desde el inicio de su gestión quiere dejar en claro que abomina de todo lo que se construyó en su país y en la región en los últimos ocho años. El portazo a Unasur es un detalle más en el rosario de medidas que se propone implementar para dar un giro importante en el manejo del estado colombiano.
Pero el caso de Unasur es simbólicamente uno de los más trascendentes. Creada en 2004 como Comunidad Suramericana de Naciones y devenida cuatro años más tarde en Unión de Naciones Suramericanas, fue clave en la resolución pacífica de un levantamiento en 2008 contra el presidente Evo Morales de la llamada Media Luna boliviana, el oriente próspero del país.
Lo fue también, ya con Néstor Kirchner como primer secretario general, cuando Álvaro Uribe aceleró una ofensiva contra el gobierno de Hugo Chávez que a punto estuvo de terminar en choque militares en la frontera, justo cuando tenía que dejarle el poder a Santos, a fines de julio de 2010.
A la muerte del ex presidente argentino, hubo un acuerdo no escrito de alternar en la Secretaría de Unasur a un representante colombiano y a uno venezolano. Así, la ex canciller de Samper, María Emma Mejía, ocupó ese cargo hasta 2012. La sucedió el ex ministro de Relaciones Exteriores de Chávez, el venezolano Alí Rodríguez Araque. Samper tomó la posta en 2014 hasta diciembre de 2017.
Para entonces, el cuadro regional era tan adverso a la integración regional -Mauricio Macri había sido electo en Argentina, Dilma había sido destituida por un golpe institucional en Brasil y volvía Sebastián Piñera a Chile, entre otros datos clave- que no se lo reemplazó. El turno le correspondía, en ese recambio, a un venezolano.
Duque, en tanto, se sumó a la hostilidad declarada de los gobiernos derechistas contra Nicolás Maduro y el país bolivariano, que lo consideran un dictador y accionan en cada foro que los encuentra por fogonear su derrocamiento. La visita del secretario de Defensa de Estados Unidos, el general James Mattis a la región no tiene otro objetivo que conjugar estrategias para arrinconar al chavismo y desde la Casa Blanca ya no ocultan la opción de generar el conflicto armado que no pudo lograr Uribe hace ocho años e incluso invadir, como desbocado, llegó a decir Donald Trump.
De allí el reclamo de Samper, quien en un tuit escribió
Para Samper, ese «Brexit suramericano» dejaría a su país aislado regionalmente «y pondría en peligro derechos que resultan de la integración en Unasur, como el derecho de más de 100.000 colombianos que hoy en día trabajan en países suramericanos con el permiso temporal de trabajo de Unasur-Mercosur».
Y agregó: «sería una gran paradoja que, al retirarse, Colombia quede en la OTAN y por fuera del Consejo Suramericano de Defensa, que es su escenario natural en materia de seguridad hemisférica».
Efectivamente, a fines de mayo pasado Santos anunció desde Bruselas que Colombia se había convertido en el primer socio global latinoamericano de ese organismo militar creado durante la Guerra Fría para enfrentar en campos de batalla europeos a la Unión Soviética. Y que como su nombre lo indica, es para el Atlántico Norte.
Samper Pizano, descendiente de una familia tradicional con inserción política en Colombia desde los orígenes de su historia -entre sus ancestros hay aristócratas, candidatos a la presidencia, escritores, poetas y hasta un héroe de la independencia como Antonio Nariño y él mismo fue presidente entre 1994 y 1998- curiosamente también está muy relacionado con dos emblemas de la argentinidad. Un tío abuelo, Ernesto Samper Mendoza, era el piloto del avión que el 24 de junio de 1935 chocó y se incendió cuando despegaba en el aeropuerto de Medellín causando la muerte de sus 17 ocupantes, entre ellos Carlos Gardel.
Su hermano Daniel Samper Pizano, periodista y escritor, se destaca como humorista y, gran admirador de Les Luthiers, llegó a intervenir en su país en alguno de los espectáculos del grupo, del que también escribió un libro biográfico. Además, en colaboración con uno de los integrantes del conjunto humorístico-musical, Jorge Maronna, escribió nada menos que seis libros, entre ellos Confesiones de un espermatozoide y El sexo puesto.
El juez Leonard P. Stark puede ser el émulo del recordado Thomas Griesa en su ofensiva contra gobiernos populares de América Latina. Y mientras el fallecido magistrado del distrito de Nueva York tuvo un rol determinante en sostener los argumentos de los fondos buitres contra el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, Stark, un juez de Delaware que pasó por el bufete de abogados más poderoso de Wall Street, ahora tiene contra las cuerdas al principal activo de PDVSA, la petrolera venezolana, como es CITGO, con tres refinerías, 48 terminales de almacenamiento y más de 6000 estaciones de servicio en territorio estadounidense. Y todo, aunque suene a ironía, por una mina de oro, Las Cristinas, la mayor de Venezuela.
CITGO tiene más de 100 años de historia. Creada por un empresario de Oklahoma en 1910, pasó de manos varias veces hasta que en 1990 fue adquirida por PDVSA, la petrolera estatal de Venezuela. Hoy día refina 749.000 barriles por día y tiene 9 ductos entre Texas y Maine. Es en la práctica, y todavía, el principal ingreso en moneda dura del país caribeño proveniente directamente de Estados Unidos.
Desde la llegada de Hugo Chávez al poder, en 1999, Venezuela se convirtió en una piedra en el zapato para el Departamento de Estado, que en 2002, durante la administración de George W. Bush, intentó derrocar al presidente constitucional y desde 2015, con Barack Obama en la Casa Blanca, impuso sanciones al país por considerarlo “una amenaza” para los Estados Unidos. Esas sanciones fueron acrecentadas con Donald Trump y ahora desde Washington no tienen tapujo en proponer lisa y llanamente una invasión para derrocar al presidente Nicolás Maduro.
Las dificultades económicas por las que atraviesa el gobernó bolivariano tras la muerte de Chávez, por la caída del precio del petróleo a niveles que no se conocían desde hace 30 años y por las sanciones de Estados Unidos, mantienen al país en situación muy comprometida y en hiperinflación. En ese contexto, en 2016 el 49,9% de las acciones de CITGO fueron cedidas a la rusa Rosneft como garantía de un préstamo de 1500 millones de dólares. El resto está en manos de tenedores de bonos 2020 de la petrolera venezolana.
Este combo preocupó a legisladores y al gobierno de EE UU, ya que eventualmente una compañía rusa podría quedarse con el procesamiento y la distribución de combustible en gran parte del país, con la posibilidad además de crecer.
En febrero pasado, incluso, inversores estadounidenses se habían lanzado a la caza del porcentaje de la empresa rusa, sabedores de que con el “America First” y el embate de medios y organismos de ese país contra Donald Trump, el gobierno podría endurecer las medidas de nacionalismo explícito que podrían complicar los negocios de Rosneft, con tal de demostrar que no es verdad su amistad con Rusia.
A fines de julio, la Casa Blanca emitió una excepción a las sanciones que afectan puntualmente a PDVSA, lo que habilitó a que tenedores de bonos puedan cobrar deudas en caso de un default de Venezuela. La apuesta de los ávidos inversores es que el país bolivariano no pueda pagar cerca de mil millones de dólares que vencen en octubre del bono PDVSA 2020 y de ese modo, tras el permiso de Trump, estén en condiciones de llevarse algún activo. Así podrían hacerse de la mitad de CITGO.
O sea, las sanciones siguen vigentes, salvo en esa parte que impide bloquear al enemigo declarado, que es el gobierno de Maduro, que ya no podrá excusarse en esas medidas para demorar cualquier pago o hasta negociar en mejores condiciones llegado el caso.
Pero acá es donde interviene Stark en el el tema Las Cristinas. En 2011 el gobierno de Hugo Chávez expropió la mina, ubicada en el estado de Bolívar. Se trata de uno de los yacimientos más grandes del mundo de oro, que inicialmente iba a explotar la canadiense Crystallex International. Al año cancelación del contrato, el gobierno firmó un acuerdo de explotación conjunta con la china Citic Group, también estatal.
Los canadienses no se quedaron de brazos cruzados y demandaron a Venezuela ante el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (Ciadi) y en los tribunales estadounidenses por unos 1400 millones de dólares. El Ciadi determinó en 2013 que no se había violado el Tratado Bilateral de Inversión (TBI) entre Venezuela y Canadá. Y argumentó que no hubo expropiación del yacimiento minero, sino que se trató de una rescisión de contrato. Aunque de todas maneras eso implicaba un resarcimiento.
En diciembre pasado se había anunciado un principio de acuerdo por unos 1000 millones, pero en marzo la justicia de EEUU ordenó indemnizar por 1400 millones a Crystallex.
Ahora el juez Stark, de la Corte del Distrito de Wilmington, en el estado de Delaware –uno de los paraísos fiscales más importantes del mundo- autorizó a confiscar acciones de CITGO por valor equivalente al reclamo de la minera. La línea argumental de Stark, un juez de 49 años que ni bien se doctoró en Oxford trabajó para el estudio Skadden, Arps, Slate, Meagher & Flom LLP and Affiliates, la tercera en el ranking de prestigio de la revista Forbes en EEUU, es que CITGO es “un alter ego” del gobierno.
En otra reminiscencia de Griesa. Stark ordena que antes de proceder al embargo, Crystallex y Citgo se deben reunir y negociar. Desde la sede de PDVSA, en tanto, llegó -como es de rigor- una apelación que por lo pronto demora la ejecución de la medida.
David Paravisini, coordinador de la Subcomisión de Petróleo, Gas, Energía y Agua de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), declaró ante El Universal, de Venezuela, que “es difícil afirmar la posibilidad efectiva de que ese tribunal pueda embargar a Citgo, porque existe una politización de la justicia”. El ingeniero, experto en políticas públicas energéticas y profesor universitario, indicó que en EEUU “buscan un precedente”, y aseguró que Venezuela tiene capacidad de pago tanto para responder ante la demanda como ante los vencimientos que se avecinan en octubre.
Mientras tanto, los buitres esperan algún tropiezo para lanzarse sobre la petrolera o cualquier bien relacionado con el combustible fósil, por ahora el mayor activo de Venezuela.
En diciembre de 1994, cuando no había pasado un año de la puesta en marcha del Nafta, el acuerdo comercial entre Estados Unidos, Canadá y México, estalló una crisis de la deuda que recibió el nombre de «Efecto Tequila», por la bebida alcohólica más característica del país azteca. Tres años más tarde se registraría otra nueva crisis, esta vez con epicentro en Brasil, por lo que se la conoció como el «Efecto Caipirinha», que arrastró nuevamente a los países emergentes y especialmente golpeó en Argentina. No pasaría un año cuando rebotó en Rusia una crisis de los tigres asiáticos que algo más tímidamente se conoció como «Efecto Vodka». Ahora, y luego de una decisión del gobierno de Donald Trump comunicada a través de un explosivo tuit, podría hablarse del Efecto Raki, porque comenzó en Turquía, aunque nadie aventura dónde podría terminar. Pero si que también repercute en la economía nacional, por la vulnerabilidad de la economía local.
Como se sabe, Turquía es una nación islámica, aunque tiene un fuerte componente secular. El presidente Recep Tayyip Erdogan viene asumiendo cada vez más un rol de recuperación de las tradiciones religiosas y por lo tanto cuando se le pregunta dice que la bebida nacional es el ayrán, una mezcla de yogur, agua y sal. Como musulmán, no puede ni tomar ni mucho menos recomendar la ingesta de ningún destilado alcohólico. Pero da la casualidad de que el fundador de la República de Turquía, Mustafá Kemal Ataturk, era degustador de este licor anisado que no baja de 40º y que cuando se lo mezcla con agua adquiere un color blanco lechoso típico que en algunos bodegones se lo llama «leche de león». De allí el refrán: «Si mezclas yogur con agua, sale ayran; si mezclas raki con agua, el resultado es bayram (fiesta)».
Si embargo, no es precisamente fiesta lo que ocurre desde ese fatídico mensaje del presidente de Estados Unidos de las 8.47 del viernes pasado, hora de Washington.
«¡Acabo de autorizar una duplicación de tarifas en acero y aluminio con respecto a Turquía, mientras su moneda, la lira turca, se desliza rápidamente hacia abajo contra nuestro dólar muy fuerte! La del aluminio ahora será el 20% y la del acero 50%. ¡Nuestras relaciones con Turquía no son buenas en este momento!», anotó Trump y provocó un vendaval en las bolsas de todo el mundo con un mandoble importante para la moneda turca. La lira se desplomó hasta un 16% contra el dólar, la caída diaria más grande desde el 2001.
Las razones esgrimidas por Trump se relacionan con un fuerte cruce a raíz de la detención en Ankara de Andrew Brunson, un pastor evangélico de 50 años preso desde octubre de 2016 bajo el cargo de haber sido partícipe en el intento de golpe de estado contra el presidente Erdogan.
El día que el mandatario estadounidense lanzó el tuit letal una delegación turca volvía a Ankara sin haber avanzado en sus negociaciones con el gobierno por el religioso. Brunson podría haber sido una moneda de cambio de Erdogan, que reclama la extradición del clérigo islamista Fethullah Gulen, que vive desde hace alos en Estados Unidos y al que el gobierno turco considera el autor intelectual del fallido golpe del 15 de julio de 2016, junto con militares y miembros del poder judicial y del mundo académico. Pero la Casa Blanca no acepta entregar a Gulen, un hombre que supo construir un verdadero poder dentro de Turquía y que en otros tiempos fue clave para el ascenso político de Erdogan.
La crisis por el evangélico se potenció el martes pasado, cuando la justicia turca lo otorgó el beneficio de la prisión domiciliaria. La expectativa de EEUU era que fuera liberado ya que lo considera un preso político.
Fue así que el jueves Trump amenazó con imponer sanciones a Turquía y el viernes le soltó la espoleta a la granada de los aranceles a la importación de aluminio y acero. La lira, que venía en tobogán desde principios de año entre otras razones por el fortalecimiento del dólar debido al alza de interesas en EEUU, terminó por desbarrancarse.
Erdogan apeló entonces a un discurso nacionalista puertas adentro del país y a la amenaza de fugar hacia nuevas relaciones geopolíticas fronteras para afuera.
«El ataque económico contra nosotros es lo mismo que el intento de golpe contra nosotros, por eso estoy pidiendo a nuestro país incrementar nuestra producción y nuestras exportaciones», dijo en una de sus primeras reacciones ante el ya declarado Efecto Raki.
Luego pidió a la población desprenderse de monedas extranjeras y de oro para apuntalar la lira, en beneficio de toda la sociedad. Paralelamente el Banco Central ordenó revisar los índices de reservas obligatorias de los bancos para evitar problemas de liquidez. Al mismo tiempo se insufló un total de 10 mil millones de íras, 6 mil millones de dólares y el equivalente a 3 mil millones de oro al mercado.
«No está bien intentar castigar a Turquía por un sacerdote. Vuelvo a decirlo a EEUU: es una lástima, están cambiando a un socio estratégico de la OTAN por un pastor», señaló, para agregar luego: «Por muy presidente que sea, uno no puede irse a dormir y decir, cuando se despierta, ‘venga, impongo tantos impuestos a las importaciones de acero y aluminio‘».
El tema de la OTAN es uno de los puntos que quiere hacer valer el mandatario turco, ya que su país es un socio fundamental en una región del mundo comprometida por el siempre candente Medio Oriente, y el terrorismo de Estado Islámico en Siria e Irak, y la crisis de los refugiados que buscan cruzar a Europa. Lo ha sido desde la creación de esa nación, en 1923, para cuando la Unión Soviética se consolidaba con el triunfo del Ejército Rojo sobre el Blanco, de zaristas y conservadores apoyados desde el exterior.
«Vamos a dar nuestra respuesta, cambiando a nuevos mercados, nuevas asociaciones y nuevas alianzas «, dijo Erdogan ante dirigentes de su partido. Por lo pronto, Vladimir Putin tiene ahora una nueva ocasión para profundizar su relación con el gobierno turco. Y ya anunció que se establecerán acuerdos para comerciar entre ellos en monedas locales. Este martes. en ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergei Lavrov, visitará Ankara para abrir negociaciones.
Simultáneamente, el canciller turco, Mevlut Cavusoglu intenta reflotar las conversaciones para el ingreso definitivo de Turquía a la Unión Europea, un trámite que tras el ingreso a la OTAN era un paso casi burocrático, pero que se demora desde 1999.
Las exigencias para la membrecía, según la UE, son de 72 condiciones de las cuales en Bruselas reconocen que se cumplieron 65. En otras épocas la demora en aceptar el ingreso era por la situación en Chipre, ocupada parcialmente por tropas turcas. Ahora la ola masiva de detenciones tras el golpe de 2016 es el otro argumento utilizado.
Pero en la intimidad, en Ankara señalan que el problema de fondo es que «en Europa no quieren 80 millones de musulmanes». Aunque muchos de ellos sean tan abiertos como para beber alcohol.
El vicepresidente Mike Pence luce todavía más beligerante que el primer mandatario estadounidense. Lo muestra cuando visita algún país de la región con aires de comandante en jefe que pasa revista a una tropa díscola. Ahora acaba de anunciar que en dos años se pondrá en marcha la sexta rama de las Fuerzas Armadas, que el presidente Donald Trump ya había adelantado en junio pasado (ver aparte) y pidió al congreso 15 mil millones de dólares para crear una estructura centralizada en ciberseguridad donde se unifiquen “todos los recursos destinados a afrontar ese problema”.
Para reforzar esta postura, Pence cuenta con otro halcón, el general de cuatro estrellas Stephen Fogarty, titular del Comando Cibernético del Ejército, quien hace poco inauguró junto con el general Paul Nakasone, a cargo de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, la denunciada por el hacker Edward Snowden como vigilando a todo el mundo) una unidad especial dedicada a la batalla contra Rusia en el ciberespacio.
Pence piensa en ciberataques contra empresas tecnológicas. Fogarty, militar al fin, le quiere dar un fuerte impulso al Cibercomando a través de nuevas estrategias no solo basadas en el espacio virtual. «Estamos bajo un ataque persistente de adversarios cada vez más capaces y agresivos, y no puedo hacerlo solo. No se trata solo de cibernética», dijo Fogarty.
Fogarty abundó en la forma que entiende más adecuada para combatir a los ciberataques y a los potenciales hackers. «Tengo que ser capaz de encontrarte, agarrarte y terminar contigo más rápido de que puedas hacerlo conmigo, y eso es en todos los dominios, no solo en el dominio cibernético. No necesariamente tiene que ser ciber vs. ciber”.
Su ambiciosa propuesta es convertir a ARCYBER, el anagrama para Cibercomando del Ejército, en una jefatura de Operaciones de Guerra de la Información del Ejército o de Operaciones de Dominio de la Información. Esa unidad tendría como funciones operar en las redes y los datos en la búsqueda de “integrar y sincronizar las operaciones de información y psicológicas, el engaño militar y todas las disciplinas de la inteligencia”.
Para lo cual se necesitará, dijo el estratega, reclutar más expertos en operaciones electrónicas y desarrolladores y también expertos en operaciones de información. Fogarty los definió sugestivamente como “miembros tribales” de ARCYBER.
Pero también se plantea capacitar al personal que hoy día tiene a cargo, que según el general Bruce Crawford, es de 13.600 personas altamente especializadas. En un encuentro organizado a instancias de Fogarty, que nucleó a todos los jefes de departamentos, Crawford dijo, según el portal oficial de ARCYBER, que ese plan “es el esfuerzo más grande en 35 años” por adecuarse a las nuevas realidades en las redes. “En los 80 –explicó- el Ejército recién estaba comprendiendo como el software e internet cambiarían fundamentalmente el carácter de la guerra”.
Ahora, insistió Crawford, “los avances en tecnología de la información muestran que el Ejército debe comprender cómo esta nueva tecnología puede moldear el campo de batalla moderno y cómo aprovecharlo al trabajar estrechamente con socios de la industria y la academia”.
Cuando el jefe de la NSA presentó el equipo “anti-Rusia”, dijo que junto con China son los “dos adversarios en los que tenemos que centrarnos pronto y en el futuro”. Y alertó que si no hacen algo rápido, “serán ellos los que definirán lo que harán en ese dominio”.
Pence abonó esta tesis asegurando que hackers chinos y norcoreanos trataron de robar secretos comerciales de industrias clave en los últimos años. Y señaló que solo en 2016 la economía estadounidense perdió casi 110 mil millones de dólares por ciberataques. Entre ellos anotó uno atribuido a Rusia contra una naviera que habría significado un costo de 400 millones, aunque no dio muchos datos más.
«La Administración del presidente Donald Trump adoptó medidas sin precedentes en el último año para reforzar la infraestructura digital y la defensa», agregó el vicepresidente en un foro desarrollado en Nueva York. «Estados Unidos depende cada vez más del mundo digital», completó.
Fogarty, mientras tanto, ultima detalles para un mitin de líderes de su área donde espera establecer un programa para efectuar operaciones de guerra electrónica y en redes. “Un grupo más veterano discutirá la misión, la visión y las prioridades, que deberán publicarse en breve”, le dijo a los periodistas, relató Lauren Williams, especialista en ciberseguridad en el portal Defense System. La guerra de las galaxias
En junio pasado, Donald Trump había presentado la Directiva 3 de Política Espacial en la que propuso la creación de una sexta rama de las Fuerzas Armadas que se sumaría al Ejército, la Fuerza Aérea, la Marina de Guerra, el Cuerpo de Marines y la Guardia Costera para apropiarse del Espacio exterior (ver https://www.tiempoar.com.ar/nota/trump-sale-a-la-conquista-del-espacio).
Ahora, Mike Pence anunció en el Pentágono que presentará en el Congreso el proyecto de Fuerza Espacial, que entraría en acción para el año 2020 y que necesitaría un presupuesto inicial de 8000 millones de dólares.
De acuerdo a la iniciativa, se creará un Comando del Espacio, luego se entrenará a tropas de las otras ramas en seguridad espacial y se designará a un subsecretario del Espacio.
«China y Rusia han estado llevando a cabo actividades altamente sofisticadas en órbita que podrían permitirles maniobrar sus satélites muy cerca de los nuestros, presentando peligros sin precedentes para nuestros sistemas espaciales», dijo el vicepresidente.
Un comunicado de la Casa Blanca había señalado que «el presidente Trump sabe que el espacio es parte integral de nuestra forma de vida y prosperidad económica en Estados Unidos, y es un dominio vital.
Iván Duque asume su mandato en Colombia con algunas huellas que quizás marquen los próximos cuatro años de gestión. La más evidente es que llega como el delfín obediente de Álvaro Uribe y muchos lo tildan como un Uribe2.0. Otra es que deberá enfrentar una fuerte oposición de izquierda -un dato inédito en la historia colombiana- que encarna su contendiente en el balotaje, Gustavo Petro, quien para el mismo día de su asunción organizó marchas en las principales plazas del país bajo la consigna «Por la vida y la paz», en reclamo por la ola de asesinatos de líderes sociales.
Es que los acuerdos con las FARC y las negociaciones que se desarrollan en Cuba con el otro grupo guerrillero, el ELN, son un difícil punto de inflexión en el futuro del país caribeño. Y en ese marco, las fuerzas paramilitares se desbocaron tras el triunfo de este abogado de 42 años y hubo más de 300 asesinatos en estos meses, a razón de un militante por día. Ese será uno de los primeros problemas a enfrentar en el corto plazo por Duque.
Lo anecdótico es que antes de jurar el cargo el presidente ya tuvo un entredicho con un sacerdote, y no por su culpa. El padre Jesús Hernán Orjuela había dicho en un programa de Caracol Televisión que lo habían llamado desde el flamante gobierno para exorcizar la Casa de Nariño, el palacio presidencial. «Me han pedido exorcizar los lugares donde van a estar nuestros futuros gobernantes»; se ufanó el hombre, conocido popularmente como Padre Chucho. A modo de broma, incluso, dijo que luego revelaría cuándos demonios encontró en su ceremonia.
Pero la noticia causó tal revuelo que desde las cercanías del nuevo mandatario le pidieron que le bajara decibeles a la novedad. “Queridos hermanos de Colombia, quiero aclarar que ni el presidente, Iván Dique; ni la vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, me han llamado a sacar demonios de la Casa de Nariño», dijo, presto, en un comunicado emitido en el mismo canal. Pero no alcanzó y ante las críticas en las redes sociales, recalcó: «Lo vuelo a repetir, yo no he sido invitado a sacar demonios, no saco demonios, yo lo único que sé es llevar el amor de Dios».
Como sea, Duque primero dijo que no pensaba vivir en la residencia presidencial, sin especificar las razones, pero ahora parece dispuesto a seguir la tradición. Aunque es cierto que si no demonios o fantasmas, lo seguirá la sombra de Uribe al menos en sus primeros pasos como presidente. El líder de la derecha colombiana, a pesar de tener varias causas penales en su contra y estar en la mira de la Corte por apretar a testigos para que no declaren en su contra, mantiene un 70% de popularidad entre el electorado.
Con ese handicap, había logrado en 2010 que la ciudadanía votara al que pensaba como sucesor, Juan Manuel Santos. Pero su ex ministro de Defensa pronto se quitó ese lastre de encima y aceptó las reglas de juego que entonces imperaban en la región. En primer lugar, estableció amistad con el venezolano Hugo Chávez, propuso como secretario general de Unasur al ex presidente colombiano Ernesto Samper, y aceptó sentarse a dialogar con la guerrilla para pacificar al país luego de más de medio siglo de conflicto armado.
Los tiempos son otros y Duque llega al gobierno con la promesa de abandonar definitivamente la organización regional, catalogando al gobierno bolivariano de dictadura y avanzando hacia mayores rispideces con sus vecinos. Una vuelta de tuerca sobre los dos mandatos de Santos, que por otro lado, nunca dejó de ser un presidente conservador. Solo que de otra hechura.
¿Quién es Duque? Dicen quienes lo conocen desde pequeño que siempre tuvo en mente llegar al máximo cargo electo en Colombia. Su madre es politóloga y su padre, gobernador de Antioquia y ministro de Minas y Energía de Andrés Pastrana, por tanto, desde chico tuvo relación con la política. Recibido de abogado en la Universidad Sergio Arboleda -un centro educativo privado y de orientación conservadora cristiana- hizo un máster en Derecho Internacional Económico en la Universidad de Georgetown.
Pronto se ubicó en el Banco Interamericano de Desarrollo, desde donde negoció préstamos para Colombia, Ecuador y Perú por casi 13 mil millones de dólares en total. Su conocido Pastrana lo llevó al Ministerio de Hacienda. De allí pasó a ser asesor internacional de Uribe, quien le vio «uñas para guitarrero» y se propuso formarlo en las mañas de la política. Entró al Senado en una lista sábana, mientras se dedicaba a escribir. Con su firma salieron de imprenta en 2007 Pecados Monetarios, Maquiavelo en Colombia en 2010, y Efecto Naranja en 2015.
En relación con los acuerdos con las FARC, Duque sigue la línea Uribe de cambiar algunas de las cláusulas firmadas por Santos y los líderes guerrilleros, entre ellas la de la justicia transicional, que debe establecer penas por delitos cometidos durante el conflicto. El detalle es que como parte de esos acuerdos -refrendados ante la ONU como garante del cumplimiento primero de la dejación de armas por parte de los combatientes rebeldes y luego del respeto a lo firmado por el estado colombiano- 10 ex comandantes tienen bancas en el Congreso Nacional.
En los otros ámbitos de su gobierno, para ir entendiendo cómo caerán las fichas de ahora en más, conviene revisar el gabinete que designó. Y lo primero que resalta es que de 16 ministros, 8 son mujeres. Pero lo más llamativo es que 12 son economistas o con títulos de administración de empresas.
Los hay que en anteriores gestiones beneficiaron a mineras o bancos y fueron denunciados por figurar en los Panamá Papers, como el titular de Hacienda Alberto Carrasquilla Guerrero, que ocupó el mismo cargo con Uribe. Otros, fueron feroces críticos de los acuerdos de paz, como el nuevo ministro de Defensa, Guillermo Botero.
El caso de Gloria María Borrero en Justicia y Derecho también es paradigmático: esta abogada especializada en Derecho Administrativo fue consultora del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y también de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo (USAID) un organismo utilizado por la CIA para operaciones encubiertas en todo el mundo.
En Salud y Protección Social, el nominado es el médico Juan Pablo Uribe, sin relación familiar con el ex presidente, quien en su currículum destaca como director de la Fundación Santa Fe, uno de los hospitales privados más grandes de Colombia. En Educación, en tanto, quedó María Victoria Angulo, economista y con un máster en la universidad privada Pompeu Fabra, de Barcelona, partidaria de profundizar vínculos entre los sectores privados y públicos en esa área. Así, colectivos de educadores la acusaron por la concesión de 13 colegios públicos en Bogotá cuando fue secretaria de Educación del alcalde Antanas Mockus.
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