por Alberto López Girondo | Jul 15, 2010 | Sin categoría
Si algo puede decirse de Horst Koehler es que no se guarda nada. Incluso, que habla de más, cuando mejor le hubiese valido quedarse callado. Lo recuerdan muchos argentinos de los años críticos que siguieron al cambio de siglo, cuando desde su poltrona como máximo responsable del FMI daba consejos sobre qué hacer con la economía nacional, devastada por el derrumbe de la convertibilidad. Era el rostro serio y admonitor que despotricaba contra «la lentitud» de los gobiernos que sucedieron a la Alianza en responder a las inquietudes del organismo internacional.
Renunció al FMI en 2004, un año antes de que Argentina pagara toda su deuda con el Fondo y abandonara sus políticas de fiscalización de las cuentas. Nacido durante la ocupación nazi en Skierbieszów, Polonia, de una familia germana que escapaba de Moldavia al fin de la guerra, Koehler había accedido a la primera magistratura de su patria de sangre.
El cargo de presidente, en la actual Alemania, es un puesto descansado, tranquilo, protocolar. Alejado de los enredos que aquejan a cualquier mandatario latinoamericano o francés. Ni siquiera parecido a la escasa tarea que desempeña un presidente italiano o la reina de Gran Bretaña.
Es decir, una tarea para no despreciar, una beca adecuada y razonable para un economista doctorado en la Universidad de Tübingen que hizo carrera en el gobierno federal, dentro de la Unión Demócrata Cristiana, y había tenido una activa participación en el diseño del Tratado de Maastricht que dio nacimiento al euro.
Reelecto en 2009, y cumplidos los 67, podría haberse jubilado en el cargo en cuatro años, de no ser por un ataque de sinceridad. Fue el 22 de mayo, cuando explicó en una radio las razones para que Alemania mantenga tropas en Afganistán, como lo viene haciendo desde 2002.
«Un país de nuestro tamaño, que está centrado en las exportaciones y por lo tanto depende de su comercio exterior, debe ser consciente de que los despliegues militares son necesarios para proteger nuestros intereses», dijo.
El escándalo que provocaron sus palabras lo obligó a renunciar una semana más tarde. Los 4.500 soldados alemanes siguen en Afganistán.
Revista Acción, 15 de Julio de 2010
por Alberto López Girondo | May 10, 2010 | Sin categoría
El oráculo es la respuesta que un dios daba a una indagación personal, casi siempre relacionada con el futuro del consultante, y por extensión, el sitio donde se desarrolla el augurio. En la antigua ciudad de Delfos, al pie del monte Parnaso, estaba el tal vez más famoso de los oráculos. Era un templo donde en la época clásica moraba Apolo y al que recurrían los helenos en busca de señales sobre el porvenir.
Pero sus profecías tenían ese toque de misterio que agiganta las respuestas al precio de hacerlas evasivas, difusas. «Si Creso cruza el río Halys, caerá un imperio», le respondió el oráculo al enviado del rey lidio, un día del año 547 antes de Cristo. Se venía Ciro II con sus batallones persas y algo había que hacer, aparte de diseñar estrategias de batalla con los generales. La respuesta daba confianza y el rey siguió al pie de la letra lo que interpretó como un signo positivo. Efectivamente un imperio cayó. El de Creso.
La anécdota, conocida desde la escuela, es ilustrativa de lo que ocurre por estos días en aquella región bañada por el mar Egeo. Porque el porvenir que le esperaba a los griegos actuales parecía claro desde hace tiempo. Pero, enfrentados a su destino de europeos, marcharon hacia un final que no por anunciado es menos dramático.
Los mismos gurúes que habían dibujado perspectivas jugosas con los papeles de la deuda griega –mientras en Atenas barrían debajo de la alfombra el déficit mediante una ingeniería financiera elaborada por Goldman Sachs y JP Morgan–, diseñaron como remedio un escenario de brutales recortes presupuestarios sin tomar en cuenta que, para imponer esas conocidas recetas neoliberales, deberían lidiar con una población hastiada de pagar siempre los platos rotos de una fiesta a la que nunca es invitada.
La bomba, activada durante el período del conservador Kostas Karamanlis en el gobierno, le estalló a Giorgios Papandreu en las manos. Como en las tragedias de Eurípides, el primer ministro socialista iba derecho hacia la catástrofe y lo sabía. Pero no podía hacer nada. Pertenecer a la eurozona implica aceptar reglas de juego como las que impusieron la Unión Europea y el FMI.
El final también es previsible.
Revista Acción, 10 de Mayo de 2010
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