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Economías en guerra

La noticia volvió a ser la moneda china. Por tercer día consecutivo las autoridades económicas corrigieron el tipo de cambio, que suma alrededor de un 5% de caída en tres días. Una decisión que despertó todos los fantasmas de una profundización de la crisis económica que asola en los países desarrollados desde 2008 y que ahora podría estar extendiéndose a los emergentes, del que China es como un faro.

Para los popes de la entidad monetaria china, estaría «concluida en lo esencial» la tarea de fijarle un nuevo valor al renminbi en relación con el dólar. Una medida que, aclaran, es técnica porque lo que se hizo fue cambiar el modo en que se fija el tipo de cambio.

Ningún procedimiento económico es neutro. Sobre todo para ese genérico que se denomina  «mercados», que como se sabe, son entes esencialmente temerosos hasta la histeria y quedaron aterrados con la idea de que estalle una guerra de divisas que desnude la debilidad actual del sistema capitalista. Por eso cayeron las bolsas en todo el mundo, aunque luego vieron señales de que o todo podría mejorar a un plazo relativamente corto o, quién sabe, encontraron nichos dónde obtener ganancias rápidas con un toma y daca en un clima de zozobra.

Por lo pronto, el que habló desde Beijing, señala un cable de la agencia oficial Xinhua, fue Zhang Xiaohui, vicegobernador del Banco Central de China (BCCh), quien dijo que el yuan ahora debería «permanecer fuerte a largo plazo» y quitó expectativas de otra devaluación como las que desde el martes levantan tensiones en todos los rincones del planeta.

Zhang justificó las medidas correctivas en que la cotización de la divisa que ostenta el rostro de Mao Zedong había estado demasiado tiempo «alejada del valor real del mercado». Una forma elíptica de mostrar el hecho que se había estado revaluando contra las monedas fuertes.

Durante los últimos meses, en paralelo con la crisis por la deuda griega, el renminbi se espejó con el dólar pero con relación a la moneda europea, su valor creció un 20%, lo que dificultaba el ingreso de productos chinos en el mercado más apetecible y del que proviene una parte sustancial de inversiones y tecnología.

Mientras el crecimiento de China fue explosivo, todo parecía marchar sobre rieles, aunque las protestas por la forma en que el gigante asiático fijaba el valor de cambio estaban a la orden del día. Pero desde 2010 ese crecimiento se fue desacelerando. Un poco porque el gobierno decidió dejar de ponerle gas al desarrollo para privilegiar inversiones sociales, y otro poco porque el resto del mundo no es precisamente un jardín de flores.

Algunos datos ayudan a entender este panorama. Si bien la inversión extranjera directa (IED) fue un 5,2% mayor que el año pasado, la cifra es significativamente menor que en años anteriores. De todas maneras, casi el 20% de esa inversión proviene de la Unión Europea.

Para algunos analistas, la señal de alarma sobre la situación china la dio la baja en las exportaciones, que entre julio de 2014 y julio de 2015 cayeron un 8,3% y de importaciones, un 14,3 por ciento. El otro dato fue que la producción industrial creció en 12 meses un 6%, mucho menos de lo esperado, al igual que el gasto estatal en infraestructura, que lo hizo «apenas» el 11,2%, el nivel más bajo desde el año 2000.

Cierto que para economías a escala humana estos números distan de ser exiguos. Para quien mira el mundo desde este lugar modesto del sur de América, este debate por una baja de tres o cuatro puntos podría resultar inverosímil. Pero desde que China ingresó de lleno a competir en el mundo capitalista, a partir de 1979, con guarismos que llegaron a parecer ridículos, con años de alrededor de un 15 % de crecimiento del PBI. El enorme mercado potencial chino, 1350 millones de personas, y el de su clase media, de unos 250 millones, debería seguir siendo un enorme imán para la reproducción continua de los capitales durante los próximos decenios. Por eso cualquier signo de debilitamiento crea pánico en los inversores.

Más allá de lo que se piense en términos del hombre de a pie rioplatense, estas cifras y las perspectivas de que todo podría ir peor comenzaron a minar la confianza y aparecieron números para avivar esos temores. El fabricante chino de computadoras Lenovo anunció el despido de 3200 empleados, el 5 % de su plantel, luego de contabilizar pérdidas de 105 millones de dólares en el segundo trimestre del año. Esto a pesar de que en ese mismo lapso sus ingresos aumentaron un 3 por ciento. La empresa, sin embargo, culpa de su momento poco feliz a que la expectativa por la salida de Windows 10 demoró decisiones de compra de muchos clientes. Cabe decir que Lenovo se hizo hace diez meses del negocio de celulares de Motorola.

Donde sí hubo un bajón fue en la industria siderúrgica, que cayó en un año un 1,3% hasta un mínimo de producción que no tenía desde hace dos décadas. Citado por Xinhua, Zhang Guangning, presidente de la asociación que nuclea a las acerías china, consideró que «la producción china de acero crudo probablemente alcanzó su tope en 2014”.

Estos datos ya estaban latentes hace algunas semanas, cuando la principal bolsa de China, Shanghai, comenzó una caída que tras un par de fuertes tumbos arroja un 20% desde junio. Debe tenerse en cuenta que había crecido un 150% en los meses previos sin que la economía real le hubiese dado indicadores de un crecimiento que acompañara esta expectativa.

Esta vez, los mercados parecieron ser funcionales al establishment estadounidense-europeo, que sin dudas veía mal el encuentro entre los países BRICS en Shanghai que había decidido poner el marcha el Banco de Desarrollo de los países miembro, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Una entidad financiera destinada a cumplir el rol al que el FMI renunció en los 80 cuando se hizo vocero y promotor de las ideas neoliberales.  Cuesta creer que no se tratara de un golpe de mercado contra la iniciativa de los principales emergentes en el contexto de una aceleración de las negociaciones de Estados Unidos para la firma del Tratado Transpacífico (TTP), que liberalizaría el comercio entre las naciones de la Cuenca del Pacífico de América latina y de Asia sin la participación de China ni Rusia, con costas en ese océano.

Por eso hay quienes avizoran en esta movida una respuesta en el plano de una guerra de divisas ante el embate bursátil y la amenaza del TTP. En Estados Unidos ya aparecieron voces críticas, como la del inefable Donald Trump, que lanzó otra andanada de diatribas contra la posibilidad de que los chinos invadan el mercado con sus productos.  El senador republicano por Iowa Chuck Grassley no le fue en zaga: «China ha manipulado su moneda por un largo tiempo. Esto es sólo el ejemplo más reciente, y es más allá de la hora de hacer algo al respecto «, advirtió.

En esta ocasión, el FMI se apresuró a aplaudir la medida. Ahora viene a cuento detallar que en realidad lo que hizo el BCCh fue cambiar el modo en que determina el valor de su moneda en relación al resto de las divisas relevantes. Hasta el martes, fijaba el valor de acuerdo a pautas económicas y de crecimiento. De ahora en más será el resultado de las cotizaciones diarias y del precio del cierre anterior.  ¿Por qué celebra el FMI ? Porque esto implica que China acepta que el valor de su moneda se mueva de acuerdo a oferta y demanda. «Parece un buen paso que debe permitir a las fuerzas del mercado desempeñar un papel más importante para determinar el tipo de cambio», indicó.

Otra cuestión que sobrevuela es el deseo de China de que su divisa forme parte del selecto círculo de las monedas de cambio y reserva internacional, que integran el dólar, el euro, el yen y la libra esterlina. La llave –la bolilla negra, como sucede en cualquier club exclusivo – la tiene el FMI. Las señales que se dieron el Fondo y el BCCh son auspiciosas en tal sentido.  Conviene recordar que ya el 22% del comercio internacional se hace en yuanes.  También sería bueno analizar cómo repercutiría en el dólar la llegada de un nuevo socio. Y hasta qué punto la Eurozona no tenía más remedio que someter a brutales ajustes a los griegos con tal de demostrar la fortaleza del euro.

El Banco Central Europeo (BCE), que entiende cuál es el juego, dijo que la devaluación del renminbi podría tener un impacto negativo mayor de lo esperado en esa región. «Este riesgo –señala un informe emitido ayer en Francfort- podría agravarse por efectos negativos colaterales de los incrementos en las tasas de interés de Estados Unidos sobre las economías emergentes.»
Por ahora la situación es de incertidumbre, y la influencia de esas decisiones no se hizo ver en América Latina. Acá hay una guerra contra los gobiernos populares que por ahora se desarrolla en el plano de la política. También en esto habrá que estar alerta.

Tiempo Argentino · 14 de Agosto de 2015

 

La tregua entre varias batallas

Hace justo 70 años, el 13 de febrero de 1945, comenzó el que tal vez fuera el ataque más brutal de la Segunda Guerra Mundial contra población civil. Durante tres días la Royal Air Force británica y la Fuerza Aérea de los Estados Unidos descargaron unas 4000 toneladas de bombas y explosivos sobre la ciudad alemana de Dresde, un fuerte centro económico e industrial germano, provocando al menos 35 mil muertos.

Todavía hoy se discute sobre ese ataque a 12 semanas de la rendición del nazismo porque se lo considera un hecho innecesario que daría pie a denuncias por crímenes de guerra si no fuera porque quienes lo protagonizaron fueron los ganadores de la contienda. Paralelamente las tropas soviéticas avanzaban hacia Berlín, acelerando la caída del régimen nazi, lo que justifica que muchos analistas sostengan que el ataque a Dresde fue, en realidad, contra el Ejército Rojo y para marcarle la cancha a Stalin.

Cuarenta años después, la canciller alemana Angela Merkel lidera junto con el presidente francés François Hollande una verdadera cruzada para frenar las ansias armamentistas que reiteradamente se expresan desde Washington. Barack Obama señaló en estos cruciales días que si no se llegaba a un acuerdo por Ucrania estaba dispuesto a enviar armamento letal a Kiev. Curiosa definición para los productos de la industria bélica más poderosa del mundo. ¿Hay armamento que no sea letal? Salvo que hubiera aludido a algún tipo de herramienta cultural, educativa o sanitaria en forma metafórica…

El caso es que ante la negativa de Hollande y Merkel, que le habían pedido unos días más para negociar con el líder ruso Vladimir Putin, Obama se apuró en pedir al Congreso autorización para combatir al Estado Islámico (EI) por un período de tres años. «No es una autorización de otra guerra en tierra», aclaró el mandatario, pero el recuerdo de las guerras de Irak y Afganistán desmiente esta aseveración.

El gobierno de Obama a todas luces busca mostrarse activo y resuelto para enfrentar a la nueva composición del Capitolio, con una mayoría republicana en ambas cámaras que intenta aguarle una sucesión demócrata el 20 de enero de 2017. De allí que en el ámbito exterior intente estar en el centro de la escena, como lo demuestra en las áreas que están bajo control de los yihadistas del EI. Putin no le va en zaga y el martes viajó a El Cairo, donde se entrevistó con el presidente-militar Abdelfatah al Sisi, firmó acuerdos nucleares y hasta le regaló un fusil Kalashnikov, en un gesto sin medias tintas.
El acuerdo alcanzado en Minsk tras 16 horas de negociaciones al máximo nivel, mientras tanto, puede ser el inicio del camino hacia una paz permanente y duradera o el preanuncio de tormentas mayores y definitivas en el futuro cercano. Dependerá de cómo se vayan desmontando los mecanismos que llevaron a esta situación.

«No fue la mejor noche de mi vida, pero creo que la mañana es positiva porque hemos podido coincidir en los temas principales pese a todas las dificultades de las negociaciones», se sinceró Vladimir Putin ante los periodistas. Hollande y Putin consideraron que esta frágil tregua es «un alivio para Europa».

Para que no queden dudas de qué estofado se cocina en esa olla, en forma inmediata la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, anunció un crédito de 17 mil millones de dólares destinados a programa de cuatro años «para apoyar la inmediata estabilización económica de Ucrania, al igual que el conjunto de reformas emprendidas por el gobierno para restaurar un crecimiento económico firme a medio plazo y mejorar los estándares de vida de la población». Si todo marcha al gusto del FMI, habrá otro paquete de «asistencia financiera» que suma 40 mil millones de dólares.

No es un dato para descartar, cuando los organismos financieros europeos están tratando de sofrenar el fuerte rechazo que les viene desde las calles griegas. El primer ministro Alexis Tsipras intentó en Bruselas no romper con la troika pero tampoco al precio de traicionar el mandato de las urnas y el reclamo de los manifestantes, hartos de los recortes a los que Grecia es sometida desde el inicio de la crisis europea.

Los griegos desafiaron las presiones desembozadas en los medios de comunicación del continente y depositaron sus esperanzas en Syriza, una coalición de izquierda que busca resolver la enorme deuda externa con medidas calcadas de la Argentina tras el default de 2001.

A los organismos paneuropeos les resulta difícil demostrar que son demócratas consumados mientras el titular de finanzas alemán diga que no se aceptarán cambios en el programa elaborado desde Bruselas para Grecia. Algo más dispuesta se mostró Merkel, quien al irse de Belarus dijo que habría alguna solución que no lleve la sangre al río, aunque no especificó cuál. Por lo pronto dejaron todo en manos de «expertos», una forma de patear la pelota para adelante. Otra tregua al fin de cuentas.

Tsipras volvió a repetir que Alemania le debe mucho a Grecia desde la Segunda Guerra, cuando tropas nazis ocuparon el país. Se trata de un préstamo obligatorio impuesto por las tropas hitlerianas que los técnicos griegos estiman en 11 mil millones de euros actuales. Además, el reclamo por los daños causados en instalaciones y en la población civil treparía a 160 mil millones más. La mitad de la deuda actual de Grecia.

Cuando están por cumplirse 70 años del fin de la guerra, en Europa reaparecen muchos de los problemas que por siglos la llevaron al incendio. Francia y Alemania coinciden en llevar la batuta, pero Rusia vuelve a cantar presente. Si a la caída de la Unión Soviética la Unión Europea pensó que tenía el mundo a sus pies, este cuarto de siglo demostró que estaban equivocados.

Putin busca recomponer el antiguo papel que desde Pedro y Catalina venía cumpliendo el imperio zarista. Se dice que el PBI ruso es menor que el de Italia, potencia de segundo orden, y es cierto. Pero nunca fue mucho más que eso cuando los Romanov buscaban su lugar la mesa de discusiones del orden mundial. Y buen barullo que hicieron.

Esta escalada en Ucrania, conviene recordar, se produjo luego de que la alianza occidental intentara derrocar al presidente sirio Bashar al Assad, enfrascado en una guerra civil desde 2011. El que frenó la segura invasión fue Putin, quien se plantó frente a Obama para recordarle que Siria es aliada de Rusia desde tiempos de la URSS y que allí hay una base militar de Moscú. Fue después que la UE y la OTAN intentaron avanzar hacia la frontera más íntima de Rusia y apoyaron el golpe contra Víktor Yanukóvich, en febrero pasado. La otra gran base rusa está en Crimea. Parece que se estuviera hablando del siglo pasado, pero la reincorporación de la península a la Federación Rusa se produjo el 18 de marzo de 2014. El levantamiento de los rebeldes pro-rusos del este vendría a continuación.

Esta semana el presidente sirio ofreció una entrevista a la BBC. El entrevistador Jeremy Bowen comenzó el reportaje como «para romper el hielo»: le preguntó si ante el avance del grupo yihadista y la pérdida de control de parte de su territorio no creía que Sira era un Estado fallido. Al Assad rechazó esa caracterización, como era de esperarse. El cuestionado mandatario sirio espera poder resistir el embate de los grupos fundamentalistas, pero quién sabe hacia dónde se encamina la situación, con tantas manos metidas en el plato.

Vistas las cosas desde este rincón del mundo, resulta interesante analizar el concepto de Estado fallido, una definición elaborada por la CIA hace 20 años para explicar la situación en diferentes naciones del mundo y justificar así una intervención «civilizadora». Son muchos los que inscriben a México en esta lista, por la violencia desatada en esa nación.

En el caso argentino, hubo quienes en el inicio de este milenio pedían a gritos que alguien de afuera viniera a resolver la endiablada crisis en la que se había caído por la convertibilidad.

Aún se recuerda a la ex secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright reclamando prácticamente una intervención externa en la economía argentina cuando era evidente que los planes pergeñados por el FMI habían llevado al fracaso. En estos días se vuelven a escuchar voces en esa misma línea tras la muerte del fiscal Alberto Nisman. Convendría mirar cómo viene la mano afuera antes de reclamar por lo que aparece de adentro.
 

Tiempo Argentino
Febrero 13 de 2015

Clubes selectos

Robert Bruce Zoellick nació en el estado de Illinois hace 58 años, en una familia de raigambre germánica. En 2007, George W. Bush lo designó como presidente del Banco Mundial (BM), por eso del reparto de poderes que deviene en que el FMI debe quedar al mando de un europeo y el BM de un estadounidense. Como muchos en el ambiente financiero-político de los principales países desarrollados, Zoellick mostraba en su curriculum su paso por el banco de inversión Goldman Sachs, uno de los grandes protagonistas de la crisis económica que por ese mismo año comenzaba a despuntar en el horizonte.
El hombre, con una estampa a la que no le sentaría otra profesión que no fuera la de burócrata de algún organismo internacional, se graduó de especialista en Historia en uno de los más tradicionales institutos de Pennsylvania, el Swarthmore College, en 1975, y luego pasó por Harvard para obtener un máster en Política Pública. Desde entonces también tiene una membresía en Phi Beta Kappa, una “sociedad de honor” que nació al mismo tiempo que los Estados Unidos, en diciembre de 1776, en una taberna de Virginia.
A la manera de las asociaciones masónicas tan en boga por esos tiempos, era una especie de club secreto de iniciados en las artes liberales. Fueron graduados PBK (por las siglas griegas para Philosophia Biou Kyberneté, algo así como “la filosofía gobierna la vida”) entre otros George Bush padre, la ex secretaria de Estado Condoleeza Rice y Ben Bernanke, titular de la Reserva Federal, el banco central de los EE UU.
Zoellick conoció a la mayoría de los funcionarios que colaboraron con Bush Jr en el año 2000, cuando en plena campaña presidencial, y sabedor de que no estaba en condiciones de responder a ninguna cuestión sobre política internacional, el candidato republicano convocó a un grupo de expertos para que le armara una agenda de cara a las entrevistas periodísticas. El grupo, menos secreto que el PBK, fue denominado The Vulcans (Los Vulcanos) por una estatua al dios romano del fuego y la metalurgia que siempre había subyugado a Condoleeza Rice en su Alabama natal.
Fiel a las cofradías a las que adhirió, Zoellick ahora despotrica contra la nueva influencia que van ganando las naciones emergentes en estos momentos críticos para los países centrales. Y lo hizo desde uno de los foros globales que por estos días se reúnen en Washington, donde respondió ácidamente a una oferta de los países que integran el grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), las naciones que según un informe elaborado en 2001 por Jim O´Neil, de Goldman Sachs (cuándo no) están llamados a ser las potencias económicas de mitad del siglo XXI.
Los BRICS se mostraron decididos a ayudar a la recuperación de la economía de los países centrales, incluso con la compra de bonos de la deuda. “El mejor papel para los BRICS es concentrarse en lo que necesitan hacer en casa para atravesar los actuales peligros financieros y avanzar hacia un crecimiento a largo plazo”, se ofendió el presidente del BM.
“Veo a diario historias sobre soluciones milagrosas”, postuló en teleconferencia con varios periodistas antes de la asamblea anual del BM y del Fondo Monetario Internacional (FMI).
“En lo que a mí me atañe, estoy intentando todo lo que puedo para que los políticos se enfrenten a la realidad. La zona euro tendrá que enfrentar los problemas de la zona euro”, sentenció. El comercio “sur-sur”, aprovechó para cuestionar, “tampoco es la solución para los emergentes y pobres”.
Su colega del FMI, Christine Lagarde, no fue más amable con los países en desarrollo. Y en el caso particular de la Argentina, si bien aplaudió el crecimiento de estos años, no perdió oportunidad de recomendar que vuelva a las raíces que el organismo a su cargo sostiene desde su fundación, en 1945.
Es que esta crisis, que en principio puso en debate la efectividad y pertinencia de las políticas económicas ortodoxas, también dejó al descubierto la endeblez de los fundamentos que hoy día intentan sostener la gobernanza mundial.
Algo ha pasado en el mundo para que ahora ya no resulten indiscutibles los cimientos de la economía establecidos en el Consenso de Washington, sin ir más lejos. Por eso un pequeño grupete de países a los que en los centros del poder se habían acostumbrado a ver por sobre los hombros, se permiten discutir y hasta prometer ayuda para una solución amigable de los problemas de los más grandes.
Así de insolentes deben de haber sonado las palabras de la presidenta argentina Cristina Fernández cuando en la Asamblea de Naciones Unidas planteó la necesidad de reformar el Consejo de Seguridad, ese directorio integrado por cinco miembros permanentes y otros diez rotativos.
Al igual que los organismos de crédito, la ONU expresa el mundo surgido en 1945, con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Por eso se atribuyó el derecho de nominar a cinco países de primera categoría –EEUU, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China– que tienen derechos especiales y otros, que son el resto, que deben acompañar o protestar en silencio. Porque con que uno solo de los “regentes” rechace una decisión, pierde vigencia, aún cuando todos los demás muestren una unanimidad férrea.
Cristina señaló específicamente la necesidad de fomentar un mundo “más plural”, para lo cual es necesario “democratizar organismos políticos como la ONU y fundamentalmente el Consejo de Seguridad”.
Minutos antes, la brasileña Dilma Rousseff había abierto la Asamblea proponiendo también cambios en esquema de poder internacional. “El destino del mundo está en las manos de todos. O trabajamos mancomunadamente o todos saldremos perdedores”, argumentó. Después agregó que todos los países “tienen el derecho de participar en las soluciones” y recalcó que el Consejo de Seguridad debería reflejar “la realidad contemporánea” e incluir “a los estados en desarrollo”. Como colofón, Rousseff aventuró que “Brasil está preparado para asumir su responsabilidad como miembro permanente”.
La diferencia con la posición de la Argentina es abismal. Y Cristina Fernández la expresó con claridad: “No compartimos la necesidad de ampliar la cantidad de miembros permanentes, creemos necesario eliminar la categoría de miembro permanente y también eliminar el derecho a veto que impide que el Consejo de Seguridad cumpla la función que tuvo cuando fue creado en un mundo bipolar”. El de la Guerra Fría que desde la posguerra y hasta la caída de la Unión Soviética fue la excusa para mantener un status quo evidentemente injusto.
La Argentina sabe muy bien lo que significa ese orden internacional, desde que uno de los países con derecho a veto mantiene una parte del territorio como colonia y ni siquiera se siente obligado a responder al mandato de las demás naciones, que piden sentarse a hablar de soberanía.
Los argentinos también conocen la otra trama de los sistemas de gobierno globales, como una de las víctimas más relevantes del FMI y de los experimentos neoliberales del neoliberalismo. A eso apuntó la presidenta cuando reiteró “la necesidad de que los organismos multilaterales de crédito trabajen muy fuerte en una regulación del movimiento de capitales a nivel global y para evitar la especulación financiera”.
El planteo argentino podría ser, parafraseando a Groucho Marx, “no queremos pertenecer a un club que no acepte que todos somos iguales”.

Tiempo Argentino, 24 de Septiembre de 2011

La otra reconquista

Ahora van a por Francia”, temía el diario español Público en su tapa del jueves. Se refería a los fondos especulativos que mantienen en jaque a las principales economías del mundo, las que en los últimos días reaccionaron tímidamente ante el embate de las calificadoras de riesgo y finalmente decidieron bloquear la venta de acciones en descubierto, para limitar el poder de fuego de “los mercados”.
Es bueno recordar qué decían esos mismos actores internacionales hace diez años cuando los especuladores venían “a por Argentina” y la explicación en boga era que el país no había hecho bien los deberes. Peor aún, muchos líderes vernáculos que entonces se jugaban todo a la convertibilidad parecen haber escrito el libreto con el que la troika (el FMI, la UE y el Banco Central Europeo) aplaude ahora los tijeretazos en Portugal y recomienda afilar aún más los instrumentos en Grecia, España e Italia.
Son las mismas políticas que dejaron el tendal de pobreza, miseria y desesperanza en América latina desde fines de los ’90, cuando S&P y Moody’s eran la verdad revelada y no esos niños malos en que parecen haberse convertido repentinamente, cuando los que padecen sus interesados pronósticos son estadounidenses, franceses o alemanes. La mano de las evaluadoras está detrás de la lucha feroz entre demócratas y republicanos que están fagocitando al gobierno de Barack Obama con tal de defender los privilegios de los más acaudalados. De manera que en lugar de agrandar el presupuesto subiendo impuestos, se reducirá con recortes en los magros beneficios sociales que los demócratas prometieron ampliar al llegar a la Casa Blanca.
El mismo problema de qué espaldas soportarán la carga lo viven los chilenos con la crisis educativa. El presidente Sebastián Piñera dijo que en la vida todo tiene su costo y que para tener educación gratuita no tendría más remedio que aumentar impuestos. Espantosa opción, considera el mandatario conservador, como para que la clase media comience a replantearse su apoyo a esos jóvenes díscolos que tienen la osadía de poner como ejemplo a la educación argentina, que suele albergar a miles de estudiantes de otros países latinoamericanos sin cobrar por ello. Una conquista cultural que sin dudas habrá que agradecerle a Sarmiento –tan poco solidario en otros ámbitos– y a la reforma estudiantil radical de 1918.
Mientras tanto, en el Reino Unido las facturas entre policías y el gobierno pueden llevar a una nueva y más profunda crisis política. El primer ministro David Cameron acusa a Scotland Yard de no haber desplegado la cantidad suficiente de hombres en las calles londinenses para evitar los desmanes producidos en esta semana. La policía británica le respondió ácidamente que los que critican no estaban en el frente de batalla cuando estalló la violencia. Efectivamente, es verano y Cameron descansaba en una villa toscana, mientras que los bobbies masticaban bronca. Por un lado, porque los dos máximos directivos tuvieron que renunciar en el marco del escándalo Murdoch, acusados de haber hecho la vista gorda cuando muchos de sus subordinados cobraban un extra pinchando teléfonos para los medios del grupo.
Pero, además, miles de uniformados perderán sus empleos por los recortes presupuestarios. Y si es cierto que nada es gratis en la vida, esas deudas políticas se pagan más temprano que tarde. Porque por más que Cameron diga que los despedidos serán administrativos, son compañeros de armas de los que tendrán que poner el pecho a las balas en la convulsionada Albión.
“Tarde piaste”, dirían los más viejos; los países europeos se desayunan con que el problema no son los evanescentes mercados, sino los especuladores de carne y hueso a los que todavía no identificaron, y que se escudan detrás de fondos de inversión que apuestan contra el euro. La paradoja es que si miraran en la experiencia de este lado del océano, encontrarían respuestas que una suma de cerrazón intelectual e intereses férreos en mantener el status quo no dejan avizorar.
Y en este lado, los países de la Unasur –que padecieron con todo su rigor el experimento neoliberal en los ’90 y por eso ya saben qué gusto tiene la medicina y, además, que el remedio neoliberal es peor que cualquier enfermedad– se unen para ensayar respuestas conjuntas ante una crisis que no crearon pero que pueden sufrir si se quedan de brazos cruzados.
Bajo la mirada sobradora de los grandes medios de todos los países de la región, que ningunean el encuentro porque pretenden que este grupo de presidentes populistas no pueden, ni deben, triunfar donde otros fracasan. Por eso presionan desde todos los rincones para convencer de que la caída será inevitable y que la única forma de precaverse es… el ajuste perpetuo.
Un día como ayer, nuboso y frío pero de hace 205 años, el francés Santiago de Liniers contemplaba desde el atrio de la iglesia de la Merced el avance de sus tropas, un tanto desordenadas pero valerosas, contra el invasor británico que se había instalado en el Fuerte de Buenos Aires y pretendía controlar el virreinato del Rio de la Plata. No vienen a cuento los detalles –porque la historia luego condenaría a Liniers y los capitales ingleses aprovecharían la derrota para diseminarse por la región después de esta intentona– la cuestión es que cerca del mediodía de aquel 12 de agosto de 1806, el jefe de las fuerzas nativas, según sus propias palabras, logró la rendición del general Beresford después de expresarle “la justa estimación que me merecía su valor (lo que) me estimulaba a concederle los honores de la guerra; y efectivamente, habiendo hecho formar mi tropa en ala, salieron los ingleses del Fuerte con sus armas, tocando marcha, y las depositaron a la cabeza de nuestro ejército en número de 1200, habiendo perdido en la acción 412 hombres, y 5 oficiales entre muertos y heridos; y nuestros de la misma clase sólo 180, el alférez de navío don Joseph Miranda, herido en una mano y el alférez del ejercito del Imperio francés, mi edecán D. Juan Bautista Fantin, una pierna rota.”
Habían pasado menos de un mes desde que el virrey Sobremonte había huido hacia Córdoba llevándose el tesoro real, para salvaguardarlo de la angurria anglosajona, ante el descrédito de los porteños que lo consideraron un cobarde y un traidor. Porque como quien dijera, había escapado en helicóptero.
Pero las tropas criollas aprendieron, combatiendo en las calles que rodeaban al Cabildo y conducían a la Plaza Mayor (donde hoy día está la City, con su pléyade de inversores y especuladores de toda pelambre) que si podían salir de esa, no les costaría tanto deshacerse del rey que moraba en Madrid.
Allí comenzaba otra historia, como la que define un grupo de países sudamericanos que, entre presiones y chanzas, se proponen otra reconquista. La de las decisiones nacionales.

Tiempo Argentino, 13 de Agoto de 2011