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Lula da Silva, diez años más tarde

El 1º de enero de 2003 se iniciaba un proceso político que marcaría profundamente la historia de Brasil y de América Latina. Ese día, un obrero metalúrgico surgido de las capas más pobres de su país, juraba como presidente en el Palacio del Planalto. Su discurso inaugural era toda una definición y todavía conmueve desde Youtube: «Yo, que tantas veces fui acusado de no tener un título universitario, consigo mi primer diploma, el título de presidente de la República de mi país.» Como una puñalada fríamente calculada, sin embargo, este décimo aniversario encuentra al líder sindical ante la encrucijada de terminar juzgado por delitos de corrupción de los que no hay pruebas. Pero que por esas cuestiones de la política, tampoco parece relevante que las haya. Después de todo, hombres de su más estrecha confianza en el Partido de los Trabajadores ya fueron condenados sin que las evidencias fueran un detalle que frenara al Supremo Tribunal de Justicia.
A lo largo de su historia, Brasil nunca se había vinculado mucho con el resto de los países de la región. Más bien, puesto como un freno al poderío de la corona española en el continente americano, siempre se había mantenido al margen. Cuando las tropas napoleónicas invadieron la península ibérica, en 1808, Juan VI de Braganza huyó a Río de Janeiro, donde instauró la capital provisoria de su reino.  Las demás naciones americanas, mientras tanto, comenzaban el movimiento revolucionario que devino en cruzadas independentistas. Para 1822, en plena guerra contra la restauración del absolutismo, el hijo de Juan, Pedro I, se declaraba independiente y anunciaba la creación del Imperio del Brasil. La República nacería en 1889, un año después de que se aboliera la esclavitud.
El gobierno del PT siguió una tradición integracionista que los gobiernos populistas del continente y de su propio país habían intentado sin éxito, y que encuentra su pico en Getulio Vargas en los 50. Lula vino a poner fin a ese aislamiento que perjudicaba tanto a los brasileños como al resto de los latinoamericanos, y fue artífice a la vez de este momento tan particular que vive la región desde entonces, a partir de que Hugo Chávez profundizara su modelo tras la intentona golpista de 2002 y la llegada de Néstor Kirchner a la Casa Rosada en marzo de 2003.
Pero la gestión de Lula estaba contaminada por una contradicción original difícil de eludir. Cuando la dictadura se fue, en 1985, había dejado un par de leyes fundamentales para cuidarse las espaldas y mantener los privilegios de la clase dirigente a resguardo de cualquier cambio democrático. Entre ellas, estableció una ley de amnistía que todavía hoy traba el juzgamiento de los crímenes de lesa humanidad cometidos desde el golpe de estado de 1964. Crímenes que padecieron algunos de los creadores del PT junto con Lula, como José Dirceu, e incluso la actual presidenta Dilma Rousseff.
 Lula, en cambio, no había padecido la persecución de los militares porque estaba ocupado en otros temas: había terminado sus cursos de tornero y se recuperaba de un accidente con una prensa hidráulica que le había destruido el dedo meñique de la mano izquierda durante un turno nocturno en la fábrica de carrocerías Fris Moldu Car.
Esos sectores de izquierda revolucionaria se encontraron con la dirigencia gremial que hacia fines de los años’70 se nucleaba alrededor del líder nacido en el nordeste de Brasil. En 1980,  Lula fue artífice de una huelga de 40 días en el cordón industrial de San Pablo y fue detenido y procesado por las autoridades de facto. Pero, obedientes de Washington, los dictadores lo dejaron en libertad. Podría ser todo lo peligroso que aseguraran los uniformados, pero cuando el sindicalista polaco Lech Walesa era la avanzada occidental en el corazón del imperio soviético, que un aliado de Estados Unidos mantuviera preso a un gremialista no estaba nada bien visto.
Nueve años después, Lula fue candidato a  presidente por primera vez. Una feroz campaña mediática que no ahorró miserias, al punto de acusarlo de racista porque le habían descubierto una hija no reconocida con una mujer negra, el favorito de los medios Fernando Collor de Mello asumió en 1990. A los dos años renunció en medio de un juicio iniciado en el Congreso por corrupción. El PT –que ya había probado un nuevo modo de gestión al ganar varios municipios, como Porto Alegre y San Pablo –fue entonces uno de los principales acusadores.
Lula perdería dos veces más la presidencia, contra un otrora intelectual progresista devenido en defensor de las ideas neoliberales, Fernando Henrique Cardoso. Fue José Dirceu, un perseguido político de la dictadura, quien se dio cuenta de que debía traspasar otra traba impuesta por los militares y aceptar sumarse a un sistema de alianzas si querían que el sindicalista combativo pudiera al fin calzarse la banda presidencial. Pero algunas de esas alianzas a la larga se convirtieron en letales.
Porque Dirceu, jefe de gabinete de Lula, resultó acusado en una causa abierta a raíz de las denuncias de un oscuro diputado de uno de los partidos que se sumaron a la coalición gobernante, Roberto Jefferson.
La conservadora y muy influyente revista Veja desnudó en 2005 un escándalo de desvío de fondos y lavado de dinero en la empresa de Correos, dirigida por un miembro del partido de Jefferson, designado como parte de los acuerdos electorales. Con tal de salvar el pellejo, Jefferson no dudó en denunciar a la misma revista que en el Congreso había recibido algo así como cuatro millones de dólares a través de un esquema de pagos mensuales (mensalão)  para votar las leyes del PT. Jefferson admitió no tener ninguna prueba, pero siguió con el ventilador prendido apuntando al resto de los aliados del PT.
Jefferson resultó condenado a diez años de reclusión, pero fue beneficiado por lo que en Brasil se conoce como «delación premiada» con una reducción de un tercio de la sentencia. La denuncia le costó entonces la cabeza a Dirceu y al entonces presidente del PT, José Genoino. En la volteada caía también otro personaje oscuro, ligado al mundo de los negocios, Marcos Valerio, sospechado de haber facilitado los pagos a través de su agencia publicitaria.
Este año la causa despertó de su letargo, acicateada por los medios que pedían «una condena ejemplar» para «limpiar» la política brasileña, en coincidencia sospechosa con las elecciones regionales en las que el PT logró imponerse en distritos clave como San Pablo, gracias a la crucial incursión de Lula a favor de su candidato Fernando Haddad.
Hubo disidencias entre los jueces supremos,  porque no había pruebas concretas de delito: según los acusados el dinero girado a los legisladores era el pago de deudas contraídas por sus partidos durante la campaña, como ha sido habitual desde la vuelta a la democracia en Brasil. Alguno de los magistrados, como Carlos Ayres Britto, reclamó cambiar el modelo de negociación en vigencia. «El sentido de las alianzas es el de su transitoriedad», sostuvo, para criticar lo que llamó las alianzas ad aeternum, «que implican un condicionamiento material a la hora de las votaciones». Otro juez desestimó una acusación proveniente de un testigo tan poco creíble.
Pero el primer juez negro en la historia de la Corte Suprema brasileña, Joaquim Barbosa, se ganó su momento de gloria mediática al sostener la acusación hasta sus últimas consecuencias con el argumento de que si ese sistema corrupto existió, la máxima dirigencia del partido no lo podía ignorar.
Dirceu fue condenado a siete años y once meses de cárcel, Genoino a seis años y once meses. Sobre Valerio recayó la mayor condena: 40 años a la sombra. Por eso no extraña que a pocas semanas de la sentencia se decidiera a prender el ventilador. ¿Y dónde lo iba a hacer sino ante Veja? Allí declaró que Lula no solo sabía en qué consistía el mensalão, sino que se benefició en forma personal. En busca, claro está, de reducir su sentencia en premio a su delación. O de que el PT haga algo para evitarle su ominoso futuro. Barbosa ya dijo que corresponde investigar al ex tornero. La falta de pruebas no parece un obstáculo.
Rodeado de sudorosos trabajadores de la industria, en el cordón paulista donde encontró su lugar en el mundo, Lula dijo lo suyo. «Un canalla (por Valerio), hablando mal de mí en una sala con aire acondicionado, va a perder. Hay gente que piensa que soy un burro. Pero yo sé el juego que plantean. Ellos (el establishment)  gobernaron Brasil desde que Pedro Alvares Cabral llegó aquí (en 1500) y no aceptan pacíficamente lo que logramos en ocho años de gobierno».
Después atribuyó los ataques al éxito de su gestión, que por otro lado es innegable. «Sólo existe una posibilidad de que me derroten –desafió–, que trabajen más que yo.» Algo poco probable en gente que mantuvo la esclavitud hasta las puertas del siglo XX.

Tiempo Argentino, 28 de Diciembre de 2012

El juicio del siglo en Brasil

El sistema democrático que dejó la dictadura brasileña resulta más un embrollo destinado a impedir cualquier cambio profundo en la distribución del poder que entre 1964 y 1985 diseñaron los militares que un modelo para la extensión de los derechos ciudadanos. Lo dicen los analistas más diversos y lo corroboró incluso el presidente del Supremo Tribunal Federal de Brasil, Ayres Britto, en un dictamen por el que se condenó por delitos de corrupción a tres encumbrados dirigentes del PT en una causa en la que todos los jueces que participaron de la investigación reconocieron que no hay ninguna prueba material para semejante fallo. Que se manejó sólo con indicios y aportes absolutamente subjetivos luego de la denuncia de un oscuro personaje de ese país que estuvo separado de la política durante diez años por cargos sí comprobables de corrupción. Uno de los condenados es José Dirceu de Oliveira e Silva, un ex dirigente guerrillero que integró el grupo formador del partido del ex presidente y dirigente metalúrgico Lula da Silva.

IMPACTO. La Justicia brasileña llevó el proceso hasta las últimas consecuencias pero levantó críticas en la sociedad.

Dirceu fue el factótum, también, de la gran transformación del Partido de los Trabajadores, que llevó a Lula al poder en 2003, pero que un par de años más tarde caería en desgracia por una combinación de un ataque de la derecha más reaccionaria del país, con apoyo de los medios concentrados y de una Corte de Justicia que al tiempo que intentaba demostrar dignidad en condenar actos que consideró de gravedad institucional sin evidencias, niega el derecho a investigar los delitos de lesa humanidad cometidos por uniformados en los que hay multitud de pruebas tangibles y demostrables.
Quizás la estocada final contra Dirceu y José Genoino, que era el presidente del PT al inicio de la causa, tenga que ver precisamente con el impulso que el ala izquierda del partido trabalhista le quería dar a los juicios por la Verdad –que puso en marcha finalmente Dilma Rousseff– mientras que Lula sentaba las bases para poner en marcha los cambios más profundos en la historia moderna del Brasil, bajo un sistema democrático diseñado para impedírselo.
Vida de novela

La historia de Dirceu podría ser la base para una novela. Nacido en Minas Gerais, se instaló en San Pablo donde devino en líder estudiantil en aquellos acalorados días de 1965, a poco de que los militares se instalaran en el Planalto con un proyecto económico de corte desarrollista-represivo. En 1968 cae detenido en el interior del estado de San Pablo en el marco de un congreso de estudiantes. En 1969 dos grupos guerrilleros, el MR-8 (por el día de octubre en que fue muerto el Che Guevara) y Acción Libertadora Nacional (ALN), secuestraron al embajador de Estados Unidos en Brasil, Charles Burke Elbrick. Dirceu y otros 14 presos políticos fueron liberados y deportados como parte del acuerdo para dejar en libertad al diplomático. Dirceu fue primero a México y luego a Cuba. Allí se hizo una cirugía estética y cambió su identidad para volver clandestinamente a su país, donde fue conocido como Carlos Henrique Gouveia de Mello. Ni siquiera la mujer con la que se casó entonces sabía de su pasado. Mientras tanto, la dictadura le había quitado la ciudadanía. Con la amnistía de 1979, «rehizo» su cara original y volvió a su país para fundar, unos años más tarde, el PT junto con un puñado de dirigentes obreros e intelectuales de izquierda.
Recuerda Ricardo Romero, politólogo y docente en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y en la de San Martín (UNSAM) y especialista en temas brasileños que renueva cotidianamente en su sitio www.politicabrasil.com.ar, que fue Dirceu el que diseñó la estrategia para la toma del poder por la vía democrática. Es decir, aceptando unas reglas de juego que no facilitaban las cosas. Lula había perdido en tres ocasiones y en el PT primó la idea de que si se quería dejar de ser un partido testimonial y de oposición era necesario armar coaliciones. Así fue que se diseñó una política de alianzas con partidos de centroizquierda primero y luego con sectores más conservadores pero dispuestos a apoyar un neodesarrollismo que prometía beneficiar a la clase trabajadora por su impulso a la producción nacional pero que iba en principio a atacar a los viejos «coroneles» de los que solía escribir Jorge Amado, esos caudillos feudales del Nordeste del país, sin ir más lejos.
De esta urdimbre nació el acuerdo con el vicepresidente que tuvo Lula, José Alencar, un empresario textil de derechas, líder de un movimiento de la Iglesia Evangelista con gran inserción en medios radiales en todo el territorio del país.
Prender el ventilador

Uno de estos aliados, Roberto Jefferson, sería el que clavaría el frío puñal por la espalda, con el apoyo de la revista Veja, en ese año de 2005 que dejaría como un gran hito para la historia latinoamericana el entierro del ALCA en Mar del Plata. Esa, que parece otra historia, quizás no lo sea tanto en vista de lo que se jugaba entonces en los medios brasileños primero y en el interior del PT después.
Según el entonces diputado Roberto Jefferson, Dirceu, a la sazón el jefe del gabinete de Lula, era el encargado de repartir sobresueldos de hasta 12.000 dólares por mes a aliados del PT gobernante para acelerar leyes esenciales para la gestión. El caso saltó a la prensa como el mensalão (literalmente «sueldón mensual») entre enero de 2003, cuando asumía el PT, y principios de 2005. Según Jefferson, que admitía no tener ninguna prueba, los beneficiarios fueron legisladores de los aliados partidos Progresista (PP, conservador) y Partido Liberal (PL, derecha, el del vicepresidente). Él mismo, como miembro del Partido Trabalhista Brasileiro (PTB), declaró haber recibido dinero del PT para financiar su campaña en el marco de la alianza interpartidaria.
El problema es que toda esa información la sacó a la luz luego de haber sido denunciado por la revista Veja en el marco de una denuncia de irregularidades en el Correo que lo involucraban directamente. Ya Jefferson había estado en el centro de los debates algunos años antes, cuando era la única espada que en el Congreso defendía a Fernando Collor de Melo en el juicio por corrupción que finalmente lo obligó a renunciar.
El caso es que Jefferson –como diría Amado– «prendió el ventilador» para defenderse del caso del Correo y acusó a Dirceu, al presidente del PT, José Genoino, y al tesorero Delúbio Soares de haber pergeñado un esquema de corrupción del que juró que el presidente Lula no tenía conocimiento.
El caso ponía en el tapete el sistema que amañó la dictadura y por el cual, resalta Romero, ningún partido puede tener mayoría parlamentaria, lo que obliga a una permanente negociación. Se lo conoce como sistema de preferencias. «Hay una doble elección: un candidato adhiere a un partido pero junta votos de manera personal. Se trata de una lista no bloqueada o plurinominal», aclara. Eso personaliza la elección y hace que la negociación sea no sólo con la oposición sino también hacia adentro del propio partido. Cada diputado tiene su base territorial a la que necesita rendir cuentas logrando dinero para obra pública o incluso para conseguir cargos a los adherentes.
Por otro lado, tienen más representación regiones con menos población a expensas de los distritos más populosos. Lo que hace que Recife tenga en comparación más representantes que San Pablo. Y no es mal visto que un dirigente pase de bando por cuestiones momentáneas. «No es raro que un diputado entre por un partido, se pase a otro en medio de una negociación clave y luego vuelva al partido original». De tal modo que cada decisión a nivel parlamentario se tiene que dar con los bloques pero también con dirigentes que tienen peso territorial.
Es así que prendió la denuncia contra el PT, acusado de haber «comprado» votos de congresistas para que le aprobaran las leyes que el gobierno necesitaba.
El problema es que no había nada que vinculara a los condenados con el llamado mensalão, más allá de que el partido pudiera haber girado fondos para la campaña de sus aliados, como señala el fallo del Tribunal, que por 6 votos a 2 consideró que Dirceu «comandó la actuación» de los operadores de un procedimiento de financiación ilegal que desvió dineros públicos para «comprar apoyos» en el Congreso a través de transferencias irregulares a dirigentes de partidos aliados.
Curiosamente el presidente del Supremo Tribunal Federal (STF), la Corte Brasileña, se descargó en un veredicto contra el sistema político en general. Así, tras condenar a los reos (a los tres se suman dirigentes y algún empresario que habría actuado de intermediario) descargó sus críticas al «modelo de gobierno de coalición» del que dijo que sólo debería existir en los períodos preelectorales. «El sentido de las alianzas es su transitoriedad», dijo Ayres Britto. «Cada partido goza de autonomía política, administrativa y financiera en gran medida. Tiene una identidad ideológica o político-filosófica que se pone en suspenso para formar alianzas en el período electoral». Una vez terminado este período, considera, «son sustituidas por alianzas tópicas, puntuales, episódicas, para la aprobación de proyectos específicos». Luego critica lo que llamó alianzas ad aeternum, «que implican un condicionamiento material a la hora de las votaciones».
Pruebas elásticas

Para agregar algo más de leña al fuego, el jurista brasileño Fábio Konder Comparato, sostiene que se le agregó una P al viejo terceto de tradicionales condenados en Brasil. Antes, ironiza, sólo eran encarcelados pretos (negros), pobres y prostitutas. Ahora se le agregaron políticos. Y cuestiona que la justicia no avance sobre otros delitos que en el marco de las instituciones de ese país se han cometido y se cometen, pero que atañen a partidos de la derecha.
Breno Altman, director del sitio Opera Mundi y de la revista Samuel, centró su análisis en el tratamiento de la prensa de temas que ensucian a personajes de la envergadura de Dirceu y golpean tan de cerca a Lula. El dato que apunta Altman es la forma en que los medios mostraron a los jueces del STF de acuerdo con el voto que fueron deslizando, ya que no emiten sentencia en conjunto.
El magistrado que ofició de relator, Joaquim Barbosa, y el revisor, Ricardo Lewandowski, son dos caras de una misma moneda. El primero, que encontró culpables de corrupción activa a los acusados a pesar de reconocer la falta de pruebas, es un héroe mediático que destacan como «la estrella, el negro que habla alemán, el mineiro que baila forró, o el juez que ama la historia y los trajes de Los Angeles y París». Lewandowski, en cambio, fue acusado de parcialidad y se lo ubica al borde de la venalidad por haber absuelto a Dirceu luego de haber registrado que no se probó una acción específica de su parte en el delito que se le asigna.
Otros jueces como Gilmar Mendes, en la visión de Altman, trasuntaron en sus dictámenes «revanchismo contra el PT», mientras que del ministro Marco Aurélio de Mello se limita a observar que «es el mismo que había dicho que el golpe de 1964 fue un mal necesario». Los demás, acota, hablaron de dignidad pero sin apelar a la presunción de inocencia, al punto que la ministra del STF, Rosa Weber, proclamó que la «elasticidad de las pruebas» permite condenar sin ningún problema. 

Revista Acción, 1 de Noviembre de 2012

Brasil-Argentina: vecinos inevitables

Entrevista con el historiador Fernando Devoto

La relaciones entre Argentina y Brasil parecen no solo complejas, sino ineludibles. Como, salvando las distancias, las que mantienen Francia y Alemania. Y antes de las últimas polémicas en torno de la actuación del coloso sudamericano en la ronda de Doha, hubo guerras y acercamientos entre las naciones que apuntalan el andamiaje del Mercosur. Sobre estos temas habló con Acción el historiador argentino Fernando Devoto, quien junto con el brasileño Boris Fausto publicó “Argentina – Brasil 1850-2000”. Devoto es especialista en temas relacionados con la inmigración, docente e investigador en la Universidad de Buenos Aires.

“Antes se debería aclarar cuándo nace la Argentina –se ataja Devoto- porque hasta 1860 hay un proceso de independencia de un conglomerado que era el virreinato nacido en 1776. En 1810 no hay una identidad nacional, hay identidades locales, provinciales. Y en 1820 cada provincia recupera su autonomía. Por eso este libro lo empezamos en 1850. Eso no quiere decir que no hubiera procesos de unificación, pero hay que recordar que eran proyectos sobre todo de Buenos Aires”.

-Las relaciones anteriores eran entre Buenos Aires y el Imperio.
– Yo diría que hay una lógica que viene del periodo colonial, que es un conflicto de zonas de influencia e intereses entre Brasil o Portugal y España, sobre todo en torno de la Banda Oriental.

-¿No es por la cuenca del Plata, y por razones geopolíticas?
-Eso es un poco más adelante, cuando aparece un interés de las potencias europeas para navegar los ríos. Es cierto, la Banda Oriental es un área de potencial expansión del Brasil, como lo era de Portugal. Pero los grupos dirigentes porteños están divididos acerca de la cuestión y por tanto la actitud de Buenos Aires con la Banda Oriental es ambigua.

-Incluso fomentan el ingreso de los portugueses.
-Para suprimir el poder de Artigas, eso es evidente. Y cuando él desaparece políticamente, en 1820, vuelven a aparecer las voluntades de unir dos partes que lo estaban anteriormente desde el punto de vista cultural. Los federales porteños tienden a apoyar la unificación y los unitarios tienden a no invertir en ese terreno, pero luego se produce la guerra, y es una guerra que objetivamente no se puede ganar.

-Desde el punto de vista político.
-Ni militar.

-¿Y la batalla de Ituzaingó?
-Se podía ganar Ituzaingó, ¿pero cómo se sigue? Porque Brasil tenía un estado, mientras que el nuestro era muy provisional, como en el periodo de Rivadavia. Brasil era más fuerte y tenía más recursos, inclusive humanos.

-¿Y por qué no avanzó el Imperio, entonces?
-Ahí tenemos a otro actor, que es Inglaterra. La solución británica fue que las dos márgenes del Plata no estuvieran dominadas por el mismo estado. Y eso no es un problema para la elite porteña, que en cambio ve como un problema el puerto de Montevideo, que competía con el de Buenos Aires.

-Desde ese momento se crea una situación de permanente tensión. Ellos colaboraron para la caída de Rosas, por ejemplo.
-Que uno diga que Brasil tuvo una estrategia hacia su frontera sur, es cierto. Pero el imperio se mantiene unido y el virreinato se disgrega en las guerras de la independencia. El Brasil interviene en la caída de Rosas porque lo llaman, pero Rosas también tiene proyectos de intervenir en Brasil. Van a colaborar en Caseros, pero luego no hay una política brasileña sobre la Argentina, en cambio va a haber un acercamiento con Mitre.

-Y eso va a dar lugar a la intervención en la guerra contra el Paraguay.
Efectivamente, con Mitre se cambia la lógica en el sistema de alianzas de Argentina. Pero Mitre lo hace para consolidar la situación interna, en función de los conflictos contra los federales que resisten el poder de Buenos Aires.

-¿Y la intervención británica?
-Hay un financiamiento de la guerra por parte de capitales ingleses, pero no hay pruebas documentadas de una intervención del gobierno. Y el que se endeuda por la guerra es sobre todo Brasil. La participación de Argentina es más corta y de menor intensidad. Una de las paradojas es que la guerra lleva a la caída del imperio.

-¿Qué tipo de relación se establece desde ese momento?
-La Argentina va a obtener las ventajas políticas de la guerra y Brasil las ventajas territoriales. Brasil queda con una parte del Paraguay y con una distancia política y cultural enorme, que acerca Paraguay a la Argentina. Las relaciones nuestras con Brasil se estabilizan, en cambio. Una de las razones es que son dos estados colindantes pero con una frontera pequeña. Por un lado, el Uruguay más que un tapón es un amortiguador, por el otro, Argentina inicia una expansión mucho más rápida y eficaz que la brasileña.

-¿Por qué razón?
-Porque tiene territorios inmensos que pone en producción a partir de la revolución de los transportes. La locomotora de Brasil es el café en San Pablo. Por otro lado, también hay un efecto de eslabonamiento: según cuál sea el bien primario será el tipo de actividades que se eslabonan. Por ejemplo, con el trigo se eslabona hacia atrás una pequeña metalurgia de reparación de maquinas, hacia adelante fabricas de galletitas y fideos. Con el café se eslabonan muchas menos cosas.

-Eso explicaría por qué primero se desarrolló la industria argentina.
-Y también explica el crecimiento de la población. Nosotros somos muchos más exitosos en atraer inmigración. A Brasil van subsidiados, no elegían ir a San Pablo, acá vienen espontáneamente. Nuestro mercado interno crece mucho. Pese a no tener política industrial hubo crecimiento de la industria. Brasil pasa del imperio la República Vieja, también llamada Café con Leche, que es una la alianza de los sectores ganaderos de Minas Geraes con los productores de San Pablo. Pero son poco eficaces en la construcción del estado. Antes tenían un estado más fuerte, pero en 1910 el estado argentino es mucho más moderno, abarcador y eficaz, fundamentalmente desde 1880.

-¿No había una alianza mucho más fuerte de Argentina con Gran Bretaña que Brasil?
-Hasta la primera guerra mundial, las empresas son británicas de ambos lados. Y las inversiones son más grandes acá, porque la riqueza era enorme. Luego se hace más visible la presencia de los intereses económicos estadounidenses, tanto acá como allá. La Argentina sigue creciendo después de la guerra, pero ya ellos empiezan a crecer un poco más rápido.

-También se suele hablar de la eficacia de Itamaraty.
-No siempre van juntas la política exterior y la interior. La economía argentina en 1910 es 50 % más grande que la brasileña, cuando en 1850 ellos eran cuatro veces más grandes. Siempre tuvieron una buena diplomacia, pero en general se puede decir que los conservadores nuestros fueron mucho más eficaces que los de ellos. Favorecieron la educación, la inmigración, siempre en el marco de una expansión capitalista muy amplia. La única voz que advierte algo es un economista católico, Alejandro Bunge, que dice que la frontera de crecimiento ligado al campo se acaba y es necesario tener una política industrial, ya en esa época él ve un modelo, el de San Pablo.

-¿Cómo surge el poderío industrial de San Pablo?
-Esa era la economía más dinámica de Brasil, pero el cambio más significativo se da en los años ´30, con Getulio Vargas. Vargas, en un contexto autoritario, construye el estado brasileño moderno, aprovechando la crisis económica internacional.

-¿Cómo es eso?
-Muy sencillo, en tiempos de crisis lo que primero se resiente son los consumos suntuarios. El café padece la crisis mucho más que el trigo o la carne, en términos muy banales. Así nace una alianza de largo plazo entre el estado varguista y la burguesía de San Pablo.

-¿Cómo interviene en todo esto EEUU?
-Esa fue la opción de Vargas en el ´42. La Argentina conservadora siguió una política de confrontación con EEUU, Vargas es lo suficientemente pragmático como para unirse al vencedor, incluso para salvarse de su pasado cercano al fascismo corporativo.

-Hubo entonces un antecedente del Mercosur, entre Argentina, Brasil y Chile.
– En 1945 hay transición política en ambos países, pero Vargas y los trabajadores pierden. El 17 de octubre triunfa en Argentina y fracasa en Brasil. Ellos van hacia un liberalismo. Pero en el ´50 hay una crisis y vuelve Vargas, ahora como político tradicional, con mucha oposición. La vía para consolidarse vuelve a ser una alianza con EEUU, aunque al mismo tiempo nace Petrobras. A este Vargas no le interesa una alianza con Perón.

-¿Este período culminaría con la construcción de Brasilia?
– Vargas se suicida en 1954, cuando lo están por derrocar, lo que salva el varguismo. Allá no hay una desperonización, las transiciones en Brasil son más suaves. Brasil sigue creciendo 1% anual desde el 20. Pero ese es un crecimiento sin distribución. La sociedad argentina no toleraría una situación así por mucho tiempo, esa es otra diferencia. Cuando se compara, yo me quedo con la sociedad argentina, aún como está hoy. Como sea, llega al poder Juscelino Kubischek, que señala ese rumbo encarnado en Brasilia. Se produce una gran brecha con el gobierno de Frondizi, que establece políticas de desarrollo industrial similares, pero ellos tienen éxito y nosotros no.

-Sin embargo hay un golpe en 1964.
-Si, pero hay continuidad en la política económica, que sigue siendo proteccionista. Acá el golpe es en 1966, cuando cae el gobierno de Illia, que había tenido los índices de desarrollo más grandes de ese periodo.

– Se dice que en Argentina el proyecto de industrialización terminó con el golpe de 1976.
-Yo iría un poco más atrás, al rodrigazo. En el 75 se corta el modelo de sustitución de importaciones. En Brasil no se corta.

-Pero ya en 1972 Nixon decía que Sudamérica irá para donde vaya Brasil, confían en esa una clase dirigente.
-Si, eso puede ser. Pero no podemos decir que Lula sea lo mismo. Acá hay un dato a tener en cuenta: el varguismo no sobrevivió al golpe militar de 1964. La industria siguió creciendo y surge una nueva clase obrera, en el ABC de San Pablo. El anterior era otro sindicalismo, creado por Vargas desde arriba. Perón había incorporado a la vieja guardia sindical, no es lo mismo. La clase trabajadora actual en Brasil se articula a través del PT de Lula.

-Podría decirse que Lula termina de consolidar el proyecto industrialista.
-Es que Brasil ya es una potencia mundial. En el 1951 el PBI de ambas naciones se equipara, en 1970 ya es el doble, y ahora es tres veces mayor el de ellos. Es una tendencia general. Entre el 75 y el 2001 hubo una gran depresión en la Argentina, otro dato.

-¿Cómo explicar esta nueva alianza entre Argentina y Brasil?.
-Mi punto es ¿si no es Brasil qué? En las pocas cosas que yo participé, vi más interés en ellos en la alianza bilateral, por lo menos en iniciativas académicas. El libro fue a propuesta de ellos. Cada vez que volvemos a crecer un poco decimos que podemos salir solos, y no es así. La salida es solamente regional, tal vez con el Unasur. Con Brasil hay una lógica histórica. Alemania y Francia necesitan constituir un eje estabilizador, igualmente podrían ser Argentina y Brasil en Sudamérica.

Revista Acción, primera quincena de Octubre de 2008