por Alberto López Girondo | Ago 1, 2014 | Sin categoría
Los candidatos opositores van dejando cada día más en claro lo que se juega en la campaña para las elecciones brasileñas de octubre: la continuidad no sólo de un modelo político y económico sino de la unidad regional. Así lo dejaron en claro los principales postulantes a la renovación de mandato de Dilma Rousseff, Aecio Neves y Eduardo Campos, quienes adelantaron que en caso de desplazar al partido de los Trabajadores (PT) luego de 12 años de gestión, dejarán de tener en sus oraciones al «eje Mercosur-Unasur» para inclinarse hacia conversaciones directas con Estados Unidos y la Alianza del Pacífico. Si no bastara con esto, deslizaron señales claras en un encuentro con la poderosa Confederación Nacional de la Industria donde endulzaron los oídos de las patronales con promesas de bajas de impuestos y de una mayor independencia del Banco Central.
El Brasil que encuentra esta renovación presidencial es bien diferente del que tomó el líder sindical Luiz Inazio Lula da Silva cuando ganó por primera vez, en 2002. Este Brasil se sienta en la mesa de las grandes discusiones, integra la selecta lista de los que suelen figurar en el podio en todos los foros y sueña con una banca en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. No es casual que a la final del Mundial de Fútbol hayan acudido los principales mandatarios internacionales y que algunos de ellos se hayan quedado para la Cumbre de los BRiCS, el clan de los mayores emergentes que tiene al país sudamericano como uno de sus pilares.
Pero si estos comicios hasta no hace tanto podrían haber sido considerados como un mero trámite para la reelección –así lo reflejaban las encuestas, que daban ganadora a Dilma en primera vuelta– la expectativa se fue empañando lentamente. Las protestas por el aumento del boleto de transporte en San Pablo generaron las primeras movilizaciones masivas en décadas. A estas demandas se sumaron grupos que pusieron en las calles el debate, que no se había dado en otros estamentos políticos, sobre los gastos de la realización de la máxima competencia futbolística. Más violentas que las anteriores y más extendidas en el país al punto que hicieron repensar la relación del partido creado por Lula en los 80 con los jóvenes de Brasil, esos que habían crecido al amparo de las políticas de inclusión que se desplegaron desde el Palacio del Planalto, la sede del gobierno federal en Brasilia, a la llegada del metalúrgico aquel primero de enero de 2003.
Pero cuando comenzó a «rodar la bola» en el Maracaná esos fuegos se fueron apagando. Ni el catastrófico resultado ante Alemania en semifinales alcanzó para que se repitieran. Lo que queda de ahora en más es campaña electoral hecha y derecha.
Cuestiones económicas
Luego del Mundial volvieron a la luz algunos problemas que el gobierno debe atender. Entre ellos la inflación y una baja en el crecimiento económico que preocupa al gobierno tanto como deja flancos abiertos para la oposición. Rousseff se entusiasma mostrando un dato: que Brasil figura entre una media docena de países del G20 –el otro foro que lo cuenta como protagonista– que más crecieron el año pasado, con un 2,3%. Los analistas del mercado que suelen aparecer en los grandes medios señalaron que el incremento de precios rondará el 6,4%, poco menos del 6,5% que se establece como límite para la meta anotada a inicios de año, que fue de un 4,5% más un 2% de tolerancia. «La cifra está en el techo de la meta. Vamos a quedarnos en ese techo», puntualizó la presidenta.
Pero la cuestión de la desaceleración de la economía venía siendo tema de inquietud desde fines del año pasado y no sólo fronteras adentro, puesto que una parte sustancial de la caída en la producción industrial argentina se explica por el declive en la economía brasileña, destino del grueso de las exportaciones automotrices, por ejemplo. Se supone que el PBI de Brasil de este año crecerá apenas 1%, lo que, contrastado con el índice de crecimiento demográfico, muestra una baja real en el ingreso promedio de la población.
Por supuesto que estos datos engolosinan a los gurúes comunicacionales de la oposición, pero mucho más tela le dieron para cortar a una analista del Banco Santander brasileño, la que provocó la tirria tanto de Dilma como de Lula. Un informe elaborado por un departamento de la entidad de capitales españoles, que se envió a los clientes que cuentan con ingresos mensuales superiores a 4.500 dólares, afirma que si Dilma resulta electa en octubre, la situación se agravará y el país caerá en recesión.
En un envenado texto titulado Usted y su dinero, el banco de la familia Botin, que es el quinto de Brasil, el primero entre los extranjeros, y además obtiene el 20% de sus ingresos globales de los negocios que maneja en el gigante sudamericano, dice que son un grave problema «el bajo crecimiento, la inflación alta, el déficit en cuenta corriente y la inseguridad jurídica». Añade también que si el Bovespa, el indicador de la Bolsa de San Pablo tomado como referencia para los inversores, tuvo un alza en los últimos meses es sólo porque cayó la popularidad de las encuestas.
«Si la presidenta se estabiliza o vuelve a subir en las encuestas –alerta el informe– un escenario de recesión puede surgir. La moneda se volverá a desvalorizar, los intereses subirán de nuevo, el índice Bovespa caerá, dejando atrás las subas recientes. Este último escenario estaría de acuerdo con el deterioro de nuestros fundamentos macroeconómicos. En función de este panorama, converse con su gerente de Relacionamento Select para colocar sus inversiones de la manera más adecuada a su perfil».
Una evaluación semejante no podía recibir otra respuesta que la proporcionada por el gobierno. «Es lamentable lo que sucedió, es inadmisible, ningún país debe aceptar una intromisión de ninguna institución financiera de ningún nivel», retrucó la presidenta. «La ejecutiva que escribió el informe no entiende nada de Brasil ni del gobierno de Dilma Rousseff», sentenció Lula, para pedir luego que la despidieran. Rui Falcao, integrante del equipo de campaña del PT, fue más lejos y catalogó al fúnebre análisis como «terrorismo electoral». El banco se limitó a pedir disculpas oficialmente y señalar que ignoraba el contenido de ese informe.
Liderazgo mundial
No es la única pelea que llevaba adelante Dilma Rousseff desde que Alemania obtuvo la última copa mundial de fútbol en tierras cariocas. Para entonces los ataques israelíes en la Franja de Gaza habían generado más de un millar de muertos en la población palestina y protestas por doquier. El gobierno de Brasil fue particularmente duro con la política belicista seguida por el derechista primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. «Lo que está ocurriendo en Gaza es peligroso. No creo que se le pueda llamar genocidio, pero estoy segura de que esto es una masacre. Se produce un uso desproporcionado de la fuerza», publicó el Folha de São Paulo, uno se los medios más influyentes de Brasil, citando a Dilma.
Ni lerdo ni perezoso, el vocero de la cancillería de Israel, Yigal Palmor, tildó a Brasil, ante los medios escritos en Tel Aviv, de ser un gran país pero un «enano diplomático». Más tarde, y frente a un micrófono radial, fue más agrio: «Dicen que es desproporcionada la respuesta contra Hamas. Desproporcionado es el 7 a 1 (del seleccionado brasileño contra Alemania en el Mundial)». A esta altura, Brasil había llamado en consulta a su embajador en Tel Aviv y forzaba una declaración del Mercosur contra la escalada militar en Oriente Medio en la cumbre que se desarrolló en Caracas.
No era la primera vez que Dilma mostraba los dientes ante un gobierno extranjero en una actitud propia de una potencia que quiere dar cuenta de su importancia. Ante las revelaciones del espía estadounidense Edward Snowden sobre el espionaje de la agencia NSA al gobierno brasileño y a la propia mandataria, Dilma Rousseff impulsó la creación de alternativas tecnológicas para la circulación de información por Internet.
Los países del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) estudian una conexión desde Fortaleza a Ciudad del Cabo que lleve hasta Vladiovostok el flujo de la red sin pasar por Estados Unidos. Al mismo tiempo, se acordó con la Unión Europea tender un cable de fibra óptica a Lisboa con el mismo objetivo. Ya se había plantado frente a Barack Obama al cancelar en octubre pasado una entrevista programada en la Casa Blanca. Un desplante que muestra no tanto un enojo personal como el rol que juega Brasil en este momento de la historia internacional. Un papel que el oficialismo busca mantener y profundizar, pero que desde la oposición intentan cuestionar animando las posibles ventajas de otras alianzas.
Los opositores
Según los últimos sondeos, Dilma Rousseff ganaría la primera vuelta con un margen considerable sobre su inmediato perseguidor, el senador del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) Aécio Neves. Pero todo indica que habrá un balotaje donde el PSDB se tiene confianza. El principal apoyo político de Neves –el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, quien gobernó entre 1995 y 2002– dijo en un reportaje a la revista Istoé que hace dos años «no creía en la posibilidad de una derrota electoral del gobierno», pero que las multitudinarias protestas previas al Mundial le fueron haciendo cambiar de idea. Para Cardoso, que le entregó la banda presidencial a Lula, las aspiraciones insatisfechas de los brasileños de mejoras en la educación, la seguridad y el transporte muestran «un malestar que se puede reflejar en las urnas». Claro que no lo recomienda como tema de campaña porque, evalúa, el electorado lo podría interpretar como un oportunismo político.
Neves fue gobernador del estado de Minas Gerais entre 2003 y el 2010 y asumió una banca en el Senado en 2011. La revista guía del establishment financiero internacional The Economist tiene en Neves a su preferido y resalta la «gestión de shock» que desarrolló cuando llegó a la gobernación, con recortes de gastos, impulso a los ingresos tributarios y «racionalización de las compras». Destacan que, por ejemplo, se bajó su salario en un 45%.
Aecio es nieto de Tancredo Neves, un socialdemócrata que llegó a ser primer ministro de João Goulart entre 1961 y 1962 y tras el golpe del 64 se unió a la oposición permitida del Movimiento Democrático Brasileño en aquel remedo de Congreso que sostuvo el andamiaje legal de la dictadura. En 1985 resultó elegido presidente en una fórmula con José Sarney, pero no llegó a asumir porque cayó gravemente enfermo y murió a poco de que su vicepresidente se calzara la banda presidencial. Sarney todavía ejerce, como presidente casi vitalicio del Senado, y es un fuerte aliado del PT en el Congreso.
El otro rival, que se ofrece, como para captar votos de centroizquierda, es Eduardo Campos, hijo del periodista y escritor Maximiano Campos y de la actual ministra del Tribunal de Cuentas, Ana Arraes. Campos es miembro del Partido Socialista Brasileño (PSB) y en 2004 ocupó el cargo de ministro de Ciencia y Tecnología en el primer mandato de Lula. Era el más joven del gabinete –ahora tiene 48 años– y se jacta de haber elaborado la planificación estratégica y el programa espacial y nuclear de Brasil. Fue gobernador de Pernambuco en 2006 y en 2010 obtuvo para la reelección un 80% de los votos, un verdadero récord. Lleva como compañera de fórmula a la ecologista Marina Silva, quien también acompañó a Lula en su primera gestión como ministra de Medio Ambiente, y alcanzó casi el 20% de votos en 2010.
Revista Acción, 1 de Agosto de 2014
por Alberto López Girondo | Mar 14, 2014 | Sin categoría
No es casual que el primer viaje de la flamante presidenta chilena sea a Buenos Aires y Brasilia. Es cierto que comparte 5300 kilómetros de frontera con la Argentina y que Brasil es la potencia económica regional. Pero no es menos cierto que en los últimos cuatro años esos parámetros fueron los mismos y Sebastián Piñera hizo poco y nada para acercarse a los vecinos del Mercosur. Más bien aceleró el impulso para desarrollar lazos «neoliberales» con la Alianza del Pacífico, ese grupo más afín a la estrategia del Departamento de Estado puesto en marcha el 28 de abril de 2011, esto es, el presente griego con el que Alan García le entregó el poder a Ollanta Humala, justo dos meses más tarde.
Es interesante observar las movidas políticas de estos días en América Latina para comprender mejor el momento que vive la integración regional. Y también desempolvar algunas cuestiones que por sabidas no viene mal tener presentes, por eso de que el negocio de los medios es sacarlas de contexto para mostrarlas como hechos puntuales e irrelevantes.
El domingo pasado, Colombia fue a las urnas para elegir al nuevo Parlamento. El que debería aprobar eventuales acuerdos de paz con las FARC, que aceptaron sentarse a una mesa de diálogo con el gobierno de Juan Manuel Santos ante un pedido muy fundamentado de Hugo Chávez. Venezuela y Colombia estuvieron a punto de trenzarse en una guerra unas semanas antes de que Álvaro Uribe entregara la banda presidencial a Santos. Si no llegaron a las armas fue por la intervención de Néstor Kirchner, por entonces secretario general de la Unasur, que logró acercar a Santos y Chávez, desde entonces dos nuevos mejores amigos, según palabras del líder bolivariano.
Uribe, como el peruano García, le quiso dejar un presente griego muy difícil de digerir a Santos, que la oportuna reacción regional pudo evitar a tiempo. Uribe se presentó este domingo como candidato a senador. Las encuestas lo daban como ganador seguro de su banca, cosa que ocurrió. Pero aspiraba a un resultado importante para, desde su escaño, controlar el Congreso y desde allí trabar cualquier acuerdo pacifista y, de paso, condicionar la reelección de Santos este 25 de mayo. Ante el resultado puesto, Uribe no tuvo mejor idea que denunciar fraude.
Un triunfo rotundo o más o menos impactante de Uribe hubiese significado, además, una muy mala noticia para Venezuela, que tiene también una larga frontera común, de 2200 kilómetros. Como ocurre entre todos los países de la región, ese confín no es un verdadero límite, ya que a través de esa línea cruzan bienes y haciendas, al punto que hace un par de meses, ambos gobiernos firmaron acuerdos para perseguir el contrabando. Pero también cruzan paramilitares que se inmiscuyen en la crisis que desató la oposición derechista venezolana.
Santos mantuvo una posición de una relativa ambigüedad en torno al conflicto vecinal. No salió a defender a todo trapo a Nicolás Maduro, y habló elípticamente de mantener el diálogo entre las partes y respetar a las instituciones. Pero en la reunión de la OEA de la semana pasada en Washington, apoyó la posición mayoritaria a favor de respaldar la democracia y el espacio de diálogo que abrió el gobierno. Lo que levantó las esperables quejas de Uribe. En Perú, por haber adoptado una posición igualmente intermedia, García acusó a Humala de estar pagando las deudas de su campaña con Chávez. Ambos «ex» aspiran a una intervención que nadie aceptaría por estos lados.
Mientras tanto, en Chile asumía Bachelet y se conformaba una comisión de cancilleres de Unasur para que «acompañe, apoye y asesore en un diálogo político amplio y constructivo para recuperar la convivencia pacífica en Venezuela». Coincidieron los ministros de Relaciones Exteriores en que este comité fue propuesto a pedido del gobierno de Maduro y que de lo que se trata es de buscar una salida a una crisis que atenta contra la democracia y la Constitución. Y como dijo Bachelet, que no se aceptarán golpes de estado en esta parte del mundo. Que lo haya dicho la hija de una víctima de la dictadura pinochetista, que recibió la banda presidencial de la hija del mandatario constitucional que murió antes que dejar el poder en manos de golpistas y criminales, algo significa.
A Juan Domingo Perón, conocedor del alma humana tanto como de las mañas de la política, se le atribuye una frase que dejó huella: «Cuando quieras que algo no funcione, creá una comisión.» Sin embargo, la realidad del Mercosur desmiente ese aserto. La Unasur nació como un deseo de los presidentes que coincidieron en el poder en 2004 –fundamentalmente Chávez, Kirchner y Lula da Silva–, pero su nacimiento se oficializó el 23 de mayo de 2008. Por una cuestión orgánica –se quiso crear una instancia que tuviera el mayor consenso–, sólo alcanzaría estatus institucional cuando al menos nueve de los parlamentos de los 12 países lo hubiesen refrendado. Y eso ocurrió recién en marzo de 2011, cuando lo ratificó Uruguay. Luego lo harían Colombia y Paraguay.
Unasur era como quien dice un sello de goma cuando Bachelet se hizo cargo de la primera presidencia pro témpore del organismo. En ese 2008, la Argentina padecía el embate de la Mesa de Enlace, que el 12 de marzo había desensillado con la primera reunión para oponerse a las retenciones móviles. Paralelamente, el gobierno de Evo Morales sufría la embestida de la derecha de la Media Luna Fértil del Oriente, que buscaba directamente la secesión de los ricos territorios donde ahora fructifica la soja.
Como resultado de las protestas contra Evo –al que descalificaron básicamente por ser el primer presidente aymara en la historia de un país mayoritariamente indígena–, el 11 de setiembre hubo una matanza de campesinos en la localidad de El Porvenir, cerca de Cobija, la capital de departamento de Pando. Grupos ultraderechistas habían atacado la sede de las oficinas del Instituto de la Reforma Agraria donde estaban depositados los títulos de propiedad de los campos. Eliminando los registros, se demoraba la política de repartir tierras estatales a campesinos pobres. Tierras que la oligarquía sojera aprovechaba para su usufructo.
Ese 11 de setiembre hubo una marcha de campesinos que fue baleada y apaleada, tanto por efectivos policiales como por paramilitares. El gobierno local estaba –como en el resto del Oriente boliviano– en manos de la derecha, a través del prefecto Leopoldo Fernández. En la matanza cayeron 20 campesinos y otros cinco fueron desaparecidos. El gobierno de Evo ordenó detenerlo una semana más tarde, cuando los testimonios indicaban la responsabilidad de las autoridades de Pando por haber ordenado parar la marcha a como diera lugar, o por no haber hecho nada para impedir la masacre.
De más está recordar lo que se publicó sobre la detención del mandatario departamental. La sensación generalizada era que se venía un golpe en Bolivia. El problema es que para voltear al gobierno se necesita de las fuerzas armadas, y los uniformados ya habían dado muestras de que no querían más aventuras golpistas. Por otro lado, en este caso puntual podría haber implicado terminar fomentando una secesión, cosa que ningún militar habría aceptado.
Rápida de reflejos, Bachelet estrenó su cargo poniéndose en contacto con los demás presidentes e impulsó la creación de una comisión investigadora de lo que se llamó la Masacre de Pando. Al frente de ese organismo, y a sugerencia de Cristina Fernández, se nombró a Rodolfo Mattarollo, un militante por los Derechos Humanos desde la dictadura de Alejandro Lanusse que luego tuvo que exiliarse en Francia y posteriormente participó en investigaciones sobre delitos de lesa humanidad en varios países del mundo, con organismos dependientes de la ONU. En diciembre de ese año, Mattarollo, que fue acompañado por expertos de nueve países, entregó el informe donde se corroboraban las denuncias previas y se indicaba al gobierno de Evo Morales la necesidad de investigar a fondo. «La comisión expresa la convicción intelectual y moral según la cual el 11 de septiembre de 2008, en la localidad de Porvenir y otros sitios de Pando, Bolivia, se cometió una masacre», sentenciaba el documento, de 63 páginas.
La situación en Venezuela se asemeja mucho. Otro Leopoldo, López, fue detenido acusado de instigar las guarimbas, esas marchas violentas que ya se cobraron 28 víctimas. Cada una de esas vidas perdidas, la prensa concentrada se las imputa al gobierno, aún cuando entre las víctimas hay no pocos chavistas. La derecha boliviana se quedó sin argumentos y casi sin posibilidades políticas luego de aquel ataque. Con que esta comisión creada bajo la indudable influencia de Bachelet repita el accionar de su antecesora, también desmentirá la frase que se atribuye a Perón.
Por lo pronto, la presión mediática se acelera por estas horas y también las emboscadas criminales. Y es que mucho más que el gobierno nacional se juega en las calles venezolanas.
Tiempo Argentino, 14 de Marzo de 2014
por Alberto López Girondo | Nov 15, 2013 | Sin categoría
Que las agencias de vigilancia global de Estados Unidos pongan el foco en Brasil, y que además lo hagan sobre alguna de sus empresas más emblemáticas, como Petrobras, muestra no sólo la avidez de inmiscuirse en asuntos ajenos de los espías estadounidenses. Es una prueba de que Brasil es gravitante para Washington. Y mucho más desde que el gigante sudamericano decidió que ya no está para recibir consejos ni amenazas sino más bien para sentarse a la mesa de las grandes discusiones internacionales. Se lo hizo saber con firmeza Dilma Rousseff a Barack Obama cuando se conocieron las revelaciones del ex agente Edward Snowden sobre el espionaje a los correos electrónicos de la presidenta brasileña y los archivos más importantes de la compañía petrolera nacional, a punto de lanzarse a una licitación sobre algunas de las cuencas descubiertas en los últimos años frente a costas brasileñas. Verdaderos tesoros que ubican al país entre los de mayores reservas del precioso recurso, a niveles que no habían soñado generaciones anteriores, al punto que alcanzó el autoabastecimiento en ese estratégico rubro y va por más. Cierto es que EE.UU. ingresó en una etapa de declinación visible. Pero no lo es menos que Brasil es ya una potencia hecha y derecha, según se encargan de decir analistas de todo el mundo. No por nada es uno de los pilares de los BRICS, ese puñado de naciones que, según se estima, dentro de 20 años superarán en volumen económico al resto de los países desarrollados. Pero, además, tiene algunos de los factores determinantes para ser considerado una potencia: extensión territorial, riquezas naturales, población y desde hace muy poco, petróleo en abundancia. Y sobre todo, la determinación política de serlo. Brasil, sin embargo, fue considerado una subpotencia imperial, sumisa del «hermano mayor», EE.UU., hasta no hace tanto. Para Alberto Sosa, autor de Alianza Argentina-Brasil e integración sudamericana y cofundador de la asociación AmerSur, así como los pequeños necesitan de sus padres en su etapa de crecimiento, Brasil se apoyó en EE.UU. pero no gratuitamente. «Siempre obtuvo algo a cambio». Entre las ventajas de esa colaboración Sosa cuenta que Vargas quería desarrollar la industria pesada brasileña, para lo cual pidió ayuda al presidente Franklin Delano Roosevelt. Según parece, la negociación fue en términos parecidos a: «Si ustedes no me dan una mano en Volta Redonda (la primera acería integrada de América Latina, creada en 1942) le voy a tener que pedir ayuda a los alemanes». Y la respuesta, en vista del resultado, bien puede haber sido «declaren la guerra a Alemania y manden tropas». Como sea, también, para la época, el país del samba consiguió de EE.UU. el know how para la formación de un pilar clave del despegue brasileño, el Banco Nacional de Desarrollo (BNDes), que se sustenta con un impuesto sobre las jubilaciones y no con aportes particulares y apoya la transnacionalización de empresas brasileñas. «El estatuto del BNDes le permite financiar solamente a largo plazo proyectos de infraestructura o estratégicos, de industria pesada», especifica Sosa.También recurre a la historia reciente Ricardo Romero, autor de El Brasil de Dilma y director del Observatorio de Política Latinoamericana del Instituto de Estudios América Latina y el Caribe de la UBA. «Desde los años 30 en adelante la industrialización de Brasil tiene mayor asidero que el modelo agroexportador», lo que genera un crecimiento sostenido comparable solo con el Japón de entonces. ¿El secreto? Vargas derrotó a la oligarquía del café en 1932, pero aprovechó las buenas relaciones que ella había creado con la elite estadounidense. Y por sobre todas las cosas, «cuando las elites brasileñas se fijaron planes de metas, los cumplieron». «No es que ellos tengan una clase política excepcional ni empresarios excepcionales, pero han tenido un patrón de desarrollo muy sostenido en el tiempo y han respetado los acuerdos básicos por décadas sin conflictos internos», abunda Fernando Devoto, docente de Historia y autor de Argentina-Brasil 1850-2000 junto con el brasileño Boris Fausto. Es más, se jactan de haber mantenido políticas de Estado con Lula y Dilma Rousseff que venían de tiempos de Fernando Henrique Cardoso, a pesar de las diferencias obvias de enfoque. Es que sobre una base de negociación con el imperio portugués primero y el británico y estadounidense después, el país amazónico no se detuvo. «Brasil siempre ha tenido un nacionalismo empírico, no doctrinario. Los hispanoamericanos tenemos un discurso a veces antiimperalista a nivel retórico pero poco concreto en los hechos, ellos no», apura Sosa, con alto grado de razón. Esa capacidad negociadora es reflejo de los acuerdos internos entre las cúpulas del establishment, que se mostraron capaces desde la década del 30 del siglo pasado de fijarse metas de desarrollo y llevarlas a cabo. «El gobierno de Juscelino Kubischek, un desarrollista que coincidió con la presidencia de Arturo Frondizi aquí –sostiene Devoto– se propuso crear una capital en el medio del Brasil, lo que implicó una inversión pública enorme. Pero a la larga se generó un polo de desarrollo muy importante y Brasilia le cambió el rostro al país al sacar la capital de la que fuera cabecera del antiguo Imperio». «En 1968 Brasil hace una segunda revolución industrial –tercia Romero– con el Plan Nacional de Desarrollo, que se conoció como el Milagro brasileiro». Desde ese año y hasta 1974 el país creció a un ritmo del 12% anual, y entre 1960 y 1980 pasó de 60 a 120 millones de habitantes. Ese boom económico y social es lo que explica al Brasil que encaró los 90 discutiendo en otros términos con América Latina», agrega Romero. Es cierto que esta verdadera explosión de Brasil se hizo más explícita desde la época del ex dirigente metalúrgico. Pero tres décadas atrás, el economista e historiador estadounidense Jordan Young ya había avisado en los ambientes académicos que «Brasil es la fuerza emergente del futuro». Fue poco después de aquella otra frase más estratégica que lanzó el entonces secretario de Estado de EE.UU., Henry Kissinger, cuando necesitó que la dictadura brasileña ayudara en el trabajo sucio en la región: «Donde vaya Brasil irá América Latina».
Desconfianzas mutuas Como recuerda Devoto, las dirigencias brasileñas siempre miraron con desconfianza al resto de los países que comparten el continente, «los veían como democráticos pero muy inestables». Es bueno recordar que el proceso de independencia de Brasil tiene características bien diferenciadas. Fue un proceso de autonomía surgido por la presión de la burguesía local el que impulsó a que Pedro de Braganza rompiera con su padre Juan para instaurar el Imperio, en 1822. No hubo guerra de independencia y por lo tanto no hay héroes libertadores a quienes honrar. Tampoco, claro, padecieron los largos procesos de desgarramientos internos que sufrieron las jóvenes repúblicas. Como contrapartida, la región también se hizo desconfiada de esa elite imperial que mantuvo la esclavitud hasta 1888 y aprovechó cualquier resquicio para expandirse a costa de sus vecinos. Y eso se hizo patente incluso en sectores críticos de Brasil como es el caso del sociólogo Ruy Mauro Marini, quien definía al Brasil de la dictadura como una subpotencia de los poderes centrales más dispuesta a sofrenar cualquier proceso antiimperalista en la comarca que a plantear la integración. Desde que el Partido de los Trabajadores (PT) gobierna el país, sin embargo, el rumbo de Brasil aparece direccionado hacia América Latina y, a la vez, distanciado cada vez más de Washington. ¿Se puede confiar en que el cambio es genuino? El uruguayo Raul Zibechi, autor de Brasil potencia: entre la integración regional y un nuevo imperialismo lo plantea claramente. «Ellos tienen una alianza estratégica con Argentina y Venezuela. Esa alianza los lleva a negociar permanentemente sus vínculos. Hay una negociación permanente: Brasil no impone todo lo que quiere. Obviamente, tiene la quinta industria del mundo, tiene multinacionales muy poderosas, no puede haber igualdad total. Pero sí hay negociación». Para Sosa, sin embargo, el peso del gigante se hace sentir fundamentalmente en América del Sur. «Brasil es una potencia a nivel latinoamericano, pero no es una potencia mundial. No es China, no es Rusia, no está en el club de miembros permanentes del Consejo de Seguridad, tampoco es la India porque no tiene su peso demográfico ni militar y no tiene la bomba atómica». Por otro lado, la base de su comercio es la región, por más que entre sus objetivos están las naciones africanas, fundamentalmente por los lazos que la esclavitud dejó, es decir, tener una población con un 65% de habitantes afrodescendientes en distintos grados. Así, Brasil tiene superávit comercial con todos los países sudamericanos salvo con Bolivia».
Tecnología y desarrollo Ernesto Mattos es investigador en el Departamento de Economía Política y Sistema Mundial del Centro Cultural de la Cooperación. Para hablar de Brasil como potencia, el también miembro de la Cátedra Nacional de Economía Arturo Jauretche de la UBA, aporta datos estadísticos. «La deuda en relación con el PBI está en 40%, la desocupación del 5,6% y las reservas de casi 370.000 millones de dólares implican que pueden mover el tipo de cambio como quieren». Como falencia, Mattos señala que tienen un 40% de las tierras extranjerizadas y que en los últimos años fue creciendo el porcentaje de inversión extranjera directa (IED) hacia la soja y la caña de azúcar. Para colmo, el porcentaje de las exportaciones de productos primarios pasó de 40% al 60%, lo que representa un reflujo en sus aspiraciones de convertirse en exportador industrial.Otro dato para contar al país como potencia pasa por el peso que tiene la tecnología propia en su desarrollo. Romero resalta los avances en ese sentido en la industria petroquímica, el hardboard informático, la industria de los jugos procesados. «Ellos tienen un sistema universitario de elite que potencia y financia procesos de investigación. Hay mucho dinero para investigación y desarrollo y están buscando potenciar el desarrollo de industrias de base», añade el politólogo de la UNSAM. Zibechi plantea que también hay un despegue importante en el área nuclear. «Brasil está construyendo su primer submarino nuclear. Hay sólo cinco países en el mundo que pueden hacerlo. Eso quiere decir que Brasil domina buena parte del ciclo de la tecnología nuclear y, aunque no tiene bombas atómicas, podría hacerlas». En este aspecto, Sosa es algo menos entusiasta: «Cuando en tiempos de Lula le quisieron vender aviones Embraer a la Venezuela de Chávez, EE.UU. vetó la operación con el argumento de que si lo hacían le dejaban de proveer la tecnología», considera Sosa, quien apunta al mismo tiempo un detalle que figura como perdido en las negociaciones de Brasil en ese sector. Lula había firmado un acuerdo con el gobierno de Francia a cargo entonces de Nicolas Sarkozy. El proyecto era la provisión de aviones de combate Rafale por una suma multimillonaria. «El acuerdo era fabricar una parte en Brasil y con transferencia de tecnología», pero aún está en veremos por las presiones de EE.UU., que pretende colocar aeronaves fabricadas por Boeing. Lo cierto es que desde aquel 1º de enero de 2003 cuando Lula se calzó la banda presidencial, Brasil consolidó una producción agrícola abrumadora, pagó sus deudas con el FMI e incrementó sus reservas hasta casi 400.000 millones de dólares mientras descubría las riquísimas fuentes petroleras del denominado Presal, en el Atlántico (ver recuadro). También, junto con Argentina y Venezuela, sepultaron el ALCA ante las narices de George W. Bush. Fue entonces cuando, no por casualidad, EE.UU. decidió revivir la IV Flota, creada en la Segunda Guerra para «custodiar» el Atlántico sur y desactivada en 1950. En coincidencia, se abría un abanico de bases militares estadounidenses desde Colombia y en torno al Amazonas. Toda una señal de que el Pentágono registraba el cambio brasileño y no se pensaba quedar de brazos cruzados. Fue también durante este período que Jim O’Neill, un analista del banco de inversiones Goldman Sachs, reunió datos de los países emergentes más poderosos en un estudio que, para facilitar las cosas, denominó BRIC, por Brasil, Rusia, India y China, al que luego se agregaría la ese de Sudáfrica. Lula, que fue amasando durante sus dos gestiones prestigio y representación, se animó a más y aparte de fomentar esa alianza con los socios del exterior, intentó mostrar las cartas de Brasil como garante de la paz y la estabilidad.
No a los golpes Brasil jugó fuerte durante el golpe contra Manuel Zelaya en Honduras y hasta se animó a proponer, junto con Turquía, una salida negociada a la crisis por el plan nuclear iraní. La elección de Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos 2016 y la de Brasil como organizador del Mundial de Fútbol el año próximo no fueron más que otra prueba del lugar que estaba ocupando el país. Pero hay cifras que contrastan con el fervor positivo de los entusiastas. Así, aunque desde 2003 unos 22 millones de brasileños dejaron de estar en la pobreza extrema y 40 millones de pobres alcanzaron pautas de vida de la clase media, el índice que mide la desigualdad social, el coeficiente de Gini, marca 0,52 puntos, dentro de un rango en el que el 0 es la igualdad total y el 1 la inequidad más absoluta. Algunas de estas diferencias alcanzaron el debate público luego de las masivas marchas que en junio dejaron azorados a los dirigentes del país. El reclamo inicial fue contra el aumento de 20 centavos de real en el transporte público. Pero lo que emergió fue el rechazo a las obras faraónicas para el Mundial y los Juegos Olímpicos. Dos eventos con los que Brasil quiso mostrarse al mundo, pero que ahora lo hacen tambalear. Otros reclamos apuntaban a modificar el sistema electoral y político, diseñado para que nada cambie aunque todos quieran cambiar algo. Un sistema que obligó al PT a aliarse con sectores de centroderecha para poder gobernar. Las críticas al modelo «trabalhista» vienen de la mano de jóvenes que eran niños hace diez años como para tener conciencia del camino que abrió el ex tornero mecánico nacido en el empobrecido nordeste. La gran incógnita para el próximo año es qué pasaría ante nuevas manifestaciones cuando el Mundial, vidriera global sin par, se esté disputando. ¿Dónde quedaría entonces la imagen de Brasil potencia?
Argentina y la relación bilateralDesde que se conocieron las revelaciones que Edward Snowden formuló ante el periodista estadounidense Glen Greenwald, un luchador por los derechos civiles que reside en Río de Janeiro, el gobierno de Dilma mantiene una ofensiva contra el sistema de comunicaciones que, como tiene base en Estados Unidos, permite le vigilancia de todo lo que circula por los cables sin que el resto del mundo pueda más que quejarse retóricamente. Como respuesta, Rousseff impulsa una Internet alternativa, con nodos en cada uno de los BRICS sin tocar territorio estadounidense. También fomenta una red latinoamericana para esquivar el embate electrónico foráneo. En el marco de esa nueva fuente de controversia con Estados Unidos, el ministro de Defensa de Brasil, Celso Amorim, pasó por Buenos Aires para diseñar una estrategia común en contra de esa incursión en los secretos locales. Argentina representa para Brasil una alianza ineludible. No puede imaginarse como potencia sin tener las espaldas cubiertas. Al cabo de tres guerras en el siglo XIX y decenas de roces en la época colonial, sucede con ambos países lo que en Europa con Francia y Alemania: no pueden soñar un futuro posible el uno sin el otro. Por eso el primer viaje de Lula al exterior como presidente fue a Buenos Aires. Lo mismo haría ocho años más tarde Dilma. Amorim, continuador de esa política de Estado, viajó a la capital argentina para hablar de «las tres dicotomías» indispensables para analizar el mundo de hoy. «La primera es la dicotomía entre unipolaridad y multipolaridad», dijo, haciendo eje en la pugna entre los deseos de una potencia única frente al resto de las naciones. La segunda es entre multilateralismo y unilateralismo, donde se habla de la conformación de bloques más que de potencias individuales. El ejemplo es el de la OTAN, que forman 28 naciones pero responden en forma unilateral. «La multipolaridad se refiere a una situación en la que hay varios polos en un tablero, el multilateralismo habla de la forma de colaboración entre los polos en favor de la gobernanza global con énfasis en el Derecho y en las instituciones internacionales», aclaró Amorim. Brasil se anota, junto con los demás BRICS, entre los países que «están interesados en promover un orden internacional que sea no sólo multipolar, sino también basado en los principios del multilateralismo». Luego detalló una tercera dicotomía, entre cooperación y conflicto, y señaló que «Brasil y Argentina son pilares de una “comunidad de paz y seguridad” que se está formando en América del Sur». De hecho, para Itamaraty, la sólida y persistente cancillería brasileña, hay tres niveles concéntricos donde quiere asentar sus relaciones. Mercosur, Unasur y CELAC. Pero a nivel económico apuesta fuerte por BRICS, con quienes teje estrategias tendientes a crear un banco de inversión y reservas paralelo al FMI y a elaborar proyectos de desarrollo estratégico.Brasil, por otro lado, busca integrar el Consejo de Seguridad como miembro pleno, junto con India, Alemania y Japón. Y entiende, como especificó Amorim, que «para una multipolaridad efectiva, no es suficiente que existan países con peso significativo: es necesario que estén dispuestos a hacer valer este peso».
Riqueza bajo la sal El Presal es una cuenca marina frente a Brasil que se extiende por debajo de una extensa capa de sal que, en determinadas áreas de la costa, alcanza un espesor de hasta dos kilómetros. En la web de Petrobras, que fue la que hizo el gasto en la investigación, se explica que «se utiliza el término “pre” porque, en el transcurso del tiempo, se fueron depositando esas rocas (abundantes en petróleo y gas) antes de la capa de sal». La distancia a la que pueden estar los reservorios de petróleo puede superar los 7.000 metros.Se estima que Brasil suma unos 40.000 millones de barriles de petróleo con este descubrimiento, anunciado por Lula en 2007. Una presa apetecible como para reabrir una flota naval o enfocar los radares del espionaje electrónico. De hecho, la filtración de Snowden apareció pocos días antes de que se abriera la licitación por la cuenca de Campo de Libra, en la costa de Río de Janeiro. La adjudicación se hizo, a pesar de las sospechas sobre qué información podría haber pasado la NSA a alguno de los competidores. Como sea, ninguna de las empresas ganadoras era estadounidense. Se trata de un consorcio integrado por China National Corporation (CNPC), China National Offshore Oil Corporation (CNOOC), la francesa Total y la anglo-holandesa Shell. Petrobras será la operadora y tendrá una participación del 40%.Hubo violentos incidentes protagonizados en las afueras del hotel Winsord, por manifestantes que rechazaban lo que denominaban «la entrega del yacimiento» y la policía carioca reprimió con gases y balas de goma. Luego de las marchas de junio, el gobierno de Dilma logró imponer una ley para que el 75% de las regalías petroleras vaya para el área de educación, y el otro 25% a salud. Pero una parte de la población aún no se muestra conforme.
Revista Acción, 15 de Noviembre de 2013
por Alberto López Girondo | Sep 21, 2013 | Sin categoría
Carlos Núñez gesticula, se entusiasma, interpreta. Necesita de todo el cuerpo para darse a entender, como cuando arriba de un escenario trasciende la gaita o las flautas para expresar lo que con la música no parece alcanzarle.
Decir de este gaitero nacido en Vigo hace 42 años que es el mayor exponente del folklore de su terruño es poco. También es un inquieto buscador de puentes, de conexiones a través de las raíces celtas en Europa, pero fundamentalmente en América Latina. Tanto que pasó un largo año en la Bretaña francesa y otros tres recorriendo Brasil para descubrir que en el corazón de Sudamérica persiste el espíritu de los druidas y los magos encarnados en sonidos e instrumentos que vienen de la Edad Media, sin escalas.
De gira por Buenos Aires en el marco de la presentación de su último disco, Discover, Núñez habló de esa historia latente en los pueblos, de sus inicios cuando adolescente con los ya míticos Chieftains, el grupo de música celta islandés con quienes se inició a los 16 años y llegó a tocar junto a los Rolling Stones, Sting, Sinead O’Connor y León Gieco.
–¿De dónde viene ese ansia por buscar puentes culturales hacia el otro lado del océano?
–Es una filosofía que la aprendí de mis maestros, los Chieftains, que seguramente es algo muy celta, de buscar las conexiones. Ellos me decían: «Carlos, no pienses sólo en tu pequeño país.» Hay dos filosofías posibles: tú viajas y vas viendo: «Esto es diferente a lo mío, no me siento en casa», o la otra filosofía que es siempre buscar las conexiones. Entonces te sientes en casa en todas partes. Esa es la forma celta.
–¿Eso lo llevó a meterse en el Brasil profundo?
–Tenía la sospecha de que Irlanda y Escocia llevaron la música celta a Estados Unidos y Canadá, y Galicia llevó la gaita a toda Latinoamérica. Brasil tuvo gaita desde el inicio de la conquista, en el 1500. Fue el instrumento que primero llegó de Europa; hubo gaiteros indígenas, gaiteros africanos y en Argentina también. Tú le preguntas a Shakira qué es una gaita y te dirá: «¡Ah, en Colombia la gaita macho y hembra!» Un venezolano te va a decir «son los ritmos del carnaval». Un mexicano, «¡Ah, gaita es un mariachi antiguo!» Y en Cuba te van a poner unos ritmos como el de la muñeira gallega, que se parecen al chamamé.
–¿El chamamé también? Algunos dicen que tiene influencias en la polca centroeuropea.
–He estado frente a frente con mi amigo el Chango Spasiuk y le he dicho: «Tócame este chamamé (tararea). Ahora vamos a ver la gaita venezolana, ahora vamos a ver este mariachi antiguo y tal», y me acabó confesando que era lo mismo. Lo que pasa es que tienen nombres diferentes, nacionalidades diferentes. Yo estoy convencido de que hay unas conexiones ahí estupendas, que la música celta está ahí. Esa gaita fue con jesuitas y franciscanos, y llevó el sentimiento de la Navidad, que eran los villancicos, y se extendió por toda Latinoamérica. Los jesuitas fueron como druidas que dejaron hacer: al africano o al indígena le dijeron «Tócalo a tu manera.» No hubo una imposición de «hay que tocarlo así». Esos villancicos gallegos, tenían forma de muñeira, de gigas irlandesas.
–Se dice que los jesuitas conquistaron a través de la música.
–Hay cartas increíbles en las que escribían. «Si mandan gaitero, no habrá jefe indígena que no nos deje a sus hijos para que los eduquemos, les gusta.» Hay una de Pêro Vaz de Caminha, la Carta do Achamento, del descubrimiento, de cuando los portugueses desembarcan por primera vez y le explican rey de Portugal aquel momento mágico de cuando encuentran a los indios, que no hablaban la misma lengua, no había forma de comunicarse. Entonces dice Pêro de Camina que «va un gaitero a la playa y tocó para los indios y ellos jugaban y reían y gustaban mucho de la gaita.» Ellos se jactan de que ahí nació Brasil.
–Cruce misterioso de culturas.
–España realmente no es un país. La península ibérica, España y Portugal, es un campo de juego entre dos energías, la del Atlántico y la del Mediterráneo. El Mediterráneo es la guitarra, es todo ese mundo de las ciudades, esa cultura avanzada, las ciencias, las humanidades, el barroco. El Atlántico es la magia, las leyendas, la gaita, ese mundo medieval antiguo, ese no realismo del románico. Cuando de pronto se descubre América, esa guerra gaita-guitarra pasa a Latinoamérica. En los barcos iban la gaita y la guitarra: la guitarra era la modernidad, el capitalismo, las universidades, Lisboa, Madrid, Sevilla, el barroco. Y la gaita era la antigua Edad Media, los celtas, los campesinos. Cuando eso llega a Latinoamérica, ¿quién gana esa carrera? La guitarra, las grandes ciudades. Pero la gaita permanece, su alma transmutada en otros instrumentos, como el acordeón.
–El bandoneón.
–¿Cómo se le llama al acordeón en el sur de Brasil? Gaita. ¿Cómo se llama en el norte? Sanfona, como la antigua sanfona. El acordeón sustituyó a los instrumentos medievales, pero el repertorio y el alma siguen siendo los de los antiguos. Aparte de las músicas nacionales, hay muchas otras músicas secretas que nunca fueron valorizadas en Latinoamérica. Tiene que venir alguien de afuera para rescatarlas, como nos paso a nosotros en Galicia con los irlandeses.
–¿Cómo es eso?
–España tenía castigada a Galicia. Si tú buscas en el diccionario de la Real Academia Española el significado de «gallego», te dice «nativo de Galicia-tonto, gallego soplagaitas, tonto soplagaitas». Es un desprecio hacia ese mundo antiguo y viene de todo lo nuevo, todo lo barroco del nuevo imperio español.
–Pero España parece no haber querido mirar hacia América de una manera diferente.
–España quedó sin proyecto. España se convirtió en país sólido porque era una empresa muy rentable. La Reconquista fue echar a los moros, entre comillas. ¿Por qué los echaban? Porque eran ricos y tenían oro; todo lo que era lujo era de los árabes, entonces, ¿Quién no quería estar en la Reconquista? Era el Far West pero hacia abajo. De pronto, curiosamente el mismo año que se termina la Reconquista, viene Cristóbal Colon y ¡pumba!, América. España no conquista Portugal, sino que la energía se va hacia allá. No hay nacionalismos durante la conquista de América, pero se pierde Cuba, la última colonia, y ahí empiezan los problemas y ahí si hay Cataluña, País Vasco y tal. El imperio se ha caído y se termina un matrimonio de conveniencia, quien lo sabe. ¿Existe realmente España? Lo que sí es cierto es que existió un proyecto. A España la hizo Castilla, que con su mentalidad germánica ha sido la Inglaterra de la península ibérica. Inglaterra formó el Reino Unido, y consiguió unir a los clanes de Escocia con los irlandeses, como esclavos y tal.
–De todos los sitios donde grabaste, uno de los más extraños es Japón, donde participaste en música de animés. ¿También allí encontraste conexiones con lo celta?
–Viajando cerca de Fukushima me encontré con que ellos también llaman «rías» a esas entradas del mar donde desaguan los ríos. El japonés tiene una cultura de mar y es muy gallego. Nunca contesta con sí o no, deja que decida la naturaleza. Como el gallego, no es humanista. El humanismo no llegó a Galicia, eso viene con el barroco, con el capitalismo.
–Eso sí que es interesante.
–El humanismo es un concepto más renacentista, es clásico greco-romano, es un concepto de las ciudades que consiste en la esperanza del hombre en el hombre, los hombres uniéndonos, forjando juntos, haciendo ciudades. En cambio el gallego no cree en el hombre.
–¿Cómo piensa?
–El gallego sólo sabe que llega el invierno y que la cosecha puede perderse. Sabe que la luna llega y que la mujer se pone de buenas o de malas y si quieres tener una buena palleta (lengüeta de caña) espera la primera luna creciente del mes de enero y ahí cortas y sacas la palleta de la gaita. El gallego es pura observación de la naturaleza. En Galicia ni siquiera el dinero es lo más importante; es el favor que yo te pido. El gallego no es como el castellano que es «sí o no, no me hagas perder el tiempo». Castilla es germánica.
–¿Todo ese mundo español está en crisis?
–Ah, pero a mí no me preocupan las crisis. Lo digo con toda la crueldad, porque la está pasando muy mal mucha gente y muchos están migrando. Pero también es posible que los gallegos estén más preparados para esta crisis que el resto de los españoles. Los gallegos, como los irlandeses, siempre han tenido por tradición un pie preparado para salir. Pero al mismo tiempo, las crisis hacen que se tambalee el poderoso, y al tambalearse, los débiles tienen una oportunidad. «
El perseguidor de sabios
«Una cosa que sorprende a mucha gente es que en la música celta pasamos muchas veces de una canción triste y de pronto entra la gaita: chan cha chan chan, como los irlandeses no? La balada triste irlandesa y de pronto ¡Uhuu! (grita) y empieza el ritmo. ¿Están locos, estos celtas, que pasan de la melancolía, de la saudade, de la morriña, a la fiesta? ¿A qué se deben esos cambios? No lo sé, pero es algo propio de nuestra música. Y esa melancolía fíjate tú qué cosa más curiosa: descubrimos hace poco unas músicas de Londres, que fue un centro de música celta súper fuerte en 1700, y había una publicación semanal que se llamaba Pills for Melancholy («Píldoras para curar la melancolía»), para escoceses o irlandeses que iban a trabajar a Londres y Manchester… les estaban vendiendo la morriña en Londres, la música celta curaba la morriña.
–¿Hay método académico en tus investigaciones, o es intuición pura?
–Me encanta rodearme de sabios. Alguien me llamó «el perseguidor de sabios», porque la gente que sabe muchas cosas te da ideas, y las ideas tienen energía potencial y eso hace que salgan cosas nuevas en la música. Muchas veces hay científicos que te cuentan cosas y otras veces las descubres por tu propia intuición. Mi intuición me decía que esas músicas que yo escuchaba en el nordeste de Brasil o Minas Gerais conectaban con nosotros, pero yo no sabía por qué. Me tardé tres años en descubrir que fue porque la gaita viajó de ese Portugal tan galaico de 1500, donde en todo el país se tocaba la gaita.
La gallega Potter
–Mucha gente, cuando escucha por primera vez música celta, dice: «Parece música country, o de película de cowboys.»
–La gente muchas veces conoce porque ve en el cine, y por eso los relacionan con los cowboys o con los escoceses de las faldas, el gaitero del castillo. A veces le explico a la gente que Galicia es «Terra Meiga», Tierra de Magas –o de brujas–. En Galicia, lo de ser bruja o maga no es malo, siempre se vio como un don bueno. Entonces les digo que Harry Potter no tenía que ser chico inglés, tenían que ser chica y gallega.
Tiempo Argentino, 21 de Septiembre de 2013
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