Donald Trump se jacta de haber formateado los medios estadounidenses mientras acusa a la cobertura de CNN de jugarle en contra en el contexto de la operación Furia Épica. En consonancia, el secretario de Guerra, Pete Hegseth -que viene de ser comentarista televisivo-, dijo que la información que difunden está plagada de fake news y arrojó un sermón contra la cadena que está a punto de pasar a manos de la familia Ellison, de estrecha cercanía con el magnate inmobiliario. Es que el conglomerado Paramount Skydance -que administra David Ellison, hijo de uno de los fundadores de Oracle hace 49 años- acaba de adquirir Warner Bros Discovery (WBD). De allí surgirá un grupo que a la actual CBS sumará la cadena que fundó Ted Turner en 1980 y que tuvo su “bautismo de fuego” en la primera guerra contra Irak. Dato no menor en relación a esta ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán que comenzó el 28 de febrero con el asesinato del ayatolah Ali Jamenei, de parte de su familia, en una operación que no “marcha de acuerdo al plan”, como el propio gobierno estadounidense ya está reconociendo. A pesar de su discurso triunfador, que los medios no acompañan.
El viernes Trump anunció pomposamente que habían destruido instalaciones militares en la isla de Jarg, ubicada a 25 kilómetros al sur de la costa de Irán y 483 del estrecho de Ormuz, donde está la mayor terminal para la exportación de crudo en Irán, pero también se asientan depósitos de minas y de misiles desde donde se lanzan ataques contra infraestructura estadounidense en el Medio Oriente. “Bajo mi dirección, el Comando Central de los Estados Unidos ejecutó uno de los bombardeos más poderosos en la historia de Medio Oriente, aniquilando por completo todos los objetivos militares en la joya de la corona de Irán”, se jactó Trump en las redes, donde además añadió que “por razones de decencia” decidió “no destruir la infraestructura petrolera de la isla”.
Instalaciones en la isla de Jarg.
Pero tanta alharaca tiene patas cortas. El primer comunicado oficial de Irán afirma que si, que la isla fue atacada y hubo más de 15 explosiones. Que “el enemigo intentó dañar las fortificaciones militares, la base naval de Joushan, la torre de control del aeropuerto y el hangar de helicópteros en la plataforma continental” y que las fuentes confirman que no resultó dañada la infraestructura petrolera. Pero hay un dato interesante: Irán había advertido que cualquier ataque a las instalaciones energéticas habilitaría la destrucción de todas las infraestructuras de petróleo y gas en la región. Y con la crisis económica que ya desató la aventura israelo-estadounidense, no da para esos chistes.
Por otro lado, en la madrugada de este sábado fue atacada la sede diplomática de Estados Unidos en Bagdad. Según distintos medios, un dron habría impactado en el complejo edilicio y se habrían registrado dos muertos. Este incidente fue relacionado con operativos contra las milicias chiitas alineadas con Irán en las Fuerzas de Movilización Popular (FMP). El viernes, seis soldados estadounidenses habían muerto en la caída de un avión cisterna KC-135 en el oeste de Irak. La cifra de víctimas fatales de la operación ordenada por Trump se eleva a mas de una docena, mientras que en Irán los fallecidos superan los 1200.
Un avión cisterna KC-135 despegando.
Lo llamativo en este escenario es que mientras Hegseth, el secretario de Estado, Marco Rubio, y el inquilino de la Casa Blanca alardean con un triunfo apabullante sobre el país persa y juran haber herido al hijo del ayatolah, su sucesor, Mojtaba Jamenei, el propio presidente posteó en su red Truth que “muchos países, especialmente aquellos que se ven afectados por el intento de Irán de cierre del Estrecho de Ormuz, enviarán Buques de Guerra, junto con los Estados Unidos de América, para mantener el Estrecho abierto y seguro”. La explicación que da Trump es que “ya hemos destruido el 100% de la capacidad militar de Irán, pero es fácil para ellos enviar un avión no tripulado o dos, lanzar una mina o entregar un misil de corto alcance en algún lugar a lo largo o dentro de esta vía fluvial, sin importar cuán mal derrotados estén”.
Y aquí viene lo mejor: «Con suerte, China, Francia, Japón, Corea del Sur, el Reino Unido y otros, que se ven afectados por esta restricción artificial, enviarán barcos a la zona para que el estrecho de Ormuz ya no sea una amenaza por parte de una nación que ha sido totalmente decapitada».Lo que despierta una pregunta incómoda. Si la operación militar es tan efectiva ¿por qué “invitan” a que los ayuden en la aventura?
Y acá entonces se debe analizar la estrategia de los iraníes. Ali Jamenei estableció lo que se conoce como Doctrina de la Defensa en Mosaico. Sabedor de que para Israel cualquier operativo contra las fuerzas en musulmanas comienza por descabezar la cúpula del oponente, Jamenei estableció el modo de mantener la continuidad del gobierno aún cuando hubiese sido eliminado. Por un lado, no se refugió en un bunker como sostenían las vocerías occidentales, sino que decidió convertirse en un mártir, con lo que implica una actitud semejante para la fe chií. El líder religioso, entonces, activó una orden para descentralizar a las fuerzas armadas que sólo podría revocar un ayatolah.
El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) se divide en 31 unidades autónomas, una en cada provincia. Desaparecido el mando central desde el 28 de febrero, se manejan de acuerdo a sus propias iniciativas en las circunstancias en que se encuentren.
La operación estadounidense deviene, en estos últimos días, en Furia Presidencial en virtud de la marcha esquiva de resultados. De allí la amenaza de “poner botas en el terreno” que implicaría para EE UU volver a enterrarse en una guerra eterna que no tendría la menor posibilidad de ganar. La experiencia es clara sobre lo que ocurrió en Irak, Afganistán y hace medio siglo, en Vietnam.
De hecho, el The Washington Post publicó que Trump desoyó los consejos de la comunidad de inteligencia, que le advertía un grave error en creer que la guerra llevaría al colapso del régimen. Por el contrario, en conferencia de prensa el mandatario dijo que había ordenado los ataques a Irán por consejo directo de su yerno Jared Kushner, de su colega inmobiliario Steve Witkoff y de Hegseth. “Me dijeron que Irán iba a atacar primero”, se justificó. «
Israel, Líbano y Macron
Las fuerzas de Defensa de Israel volvieron a atacar en Beirut y el sur del Líbano en una ofensiva contra el movimiento de resistencia de Hezbollah. Desde principios de mes, la ofensiva israelí provocó 773 muertos, 1933 heridos y unos 8000.000 desplazados en el sur de ese país. En su deseo de mostrar algo de liderazgo en medio de esta situación extrema en el Medio Oriente, el presidente francés, Emmanuel Macron, pidió a Israel entablar conversaciones directas con el Líbano y que las fuerzas israelíes “abandonen cualquier ofensiva a gran escala y detengan sus ataques masivos”.
Mientras tanto, un espía del Mossad, Khalid al Eid, ciudadano ucraniano y miembro de una familia palestina de Siria, pidió refugio en la embajada de Ucrania en Beirut. Los servicios secretos libaneses lo acusan de coordinar varios asesinatos, entre ellos, de dirigentes de Hezbollah y EE UU pide su extradición. Los ucranianos le dieron cobijo.
«El futuro llegó, hace rato…». Patricio Rey sus Redonditos de Ricota lo anunciaron en una memorable canción. Lo mismo ocurre con la Tercera Guerra Mundial. Ya está entre nosotros. Alberto López Girondo lo viene narrando desde hace algunos años en sus notas de Tiempo Argentino –base desde la que surge el libro– y la situación geopolítica actual parece darle la razón.
Como si Donald Trump quisiera «ambientar» la salida de Cerca del apocalipsis o cómo se fue construyendo la Tercera Guerra Mundial, editado por Ciccus, las bombas que caen a diario sobre Irán no anuncian buenas noticias para la humanidad.
El autor propone una nueva caja de herramientas para entender el mundo de hoy, definitivamente caído el orden diseñado luego de la Segunda Guerra Mundial. Así las cosas, el cruce entre la proliferación de armamentos nucleares, el impulso del presidente de Estados Unidos al gasto militar, tanto el propio como el de sus aliados europeos (a los que exige, y estos aceptaron, destinar el 5% del PIB a Defensa), la creciente disputa comercial y política con China y Rusia, así como la emergencia de líderes de ultraderecha, muchos de ellos inspirados, además, por creencias religiosas que se imponen en sus decisiones, conforman un combo letal para la paz.
En el prólogo, Eric Calcagno, exlegislador y exembajador argentino en Francia destaca del contenido del libro la incorporación de una «dimensión moral» como distinción para el actual escenario internacional, a diferencia de lo ocurrido en las dos grandes guerras del siglo XX.
En ese marco, el libro plantea un recorrido por el tablero geopolítico signado por análisis, datos, testimonios y opinión, intentando armar el rompecabezas que funge como metáfora del mundo de hoy, en el que Estados Unidos, como es natural por su condición de principal potencia militar, aunque en decadencia como imperio global, es protagonista, pero debe enfrentar desafíos que hasta hace poco tiempo eran impensables para su hegemonía.
El recorrido por las primeras dos décadas y media del siglo XXI muestra que, como también sostenía el papa Francisco, estamos ante una guerra mundial fragmentada en conflictos regionales que inciden en la realidad global, en la que aberraciones como genocidios y limpiezas étnicas están presentes. López Girondo –habitual colaborador de Acción– recorre los conflictos geopolíticos desde el bombardeo de la OTAN sobre Belgrado en 1999 hasta la actual escalada en Oriente Medio, pasando por la guerra entre Rusia y Ucrania, las invasiones de Irak y Afganistán y fenómenos no bélicos, pero sí decisivos para analizar el actual escenario: la construcción del espacio Brics, liderado en principio por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica y ahora ampliado, la instalación de los conglomerados tecnológicos que dominan la comunicación mundial y la consolidación de China como contrapoder de la hegemonía estadounidense.
El análisis de López Girondo contempla el cruce entre cada una de estas variables que inciden en la conformación de la actual perspectiva global con ribetes peligrosos para la propia supervivencia de la humanidad. Porque, tal como cita el autor, «ya lo había advertido Hobsbawn (Eric, historiador británico) al hablar de la guerra de 1914, cuando todos se arman, no es para jugar. Y cuando, además, todos toman el enfrentamiento como cuestión de vida o muerte, la pregunta deja de ser si estallará una tercera guerra, sino cuándo y dónde».
El general Wesley Kanne Clark fue comandante supremo de la OTAN y en 1999 dirigió a las tropas conjuntas en la guerra de Kosovo y en el bombardeo a Belgrado. No es precisamente un pacifista, pero si un crítico de la expansión militar de EE UU posterior a los atentados a las Torres Gemelas. En un reportaje que volvió a las redes estos días, allá por 2003 declaró que un alto oficial le había contado de los planes del gobierno de George W. Bush de atacar de manera progresiva siete naciones musulmanas: Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia y Sudán para terminar luego con Irán. Sin una razón valedera.
El objetivo de ir por todo siempre alimentó el sueño húmedo de las cúpulas dirigentes estadounidenses desde el derrumbe de la Unión Soviética. El 11-S no fue sino el incentivo final. Pero antes de eso hubo directivas para sustentar ese despliegue imperial cuando ya no había enemigos de peso del otro lado. En ese mismo año de 1997 un grupo de ultraconservadores liderados por William Kristol y Robert Kagan fundaron un think tank que elaboró el Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC en inglés). De ese grupete participaron el que luego sería secretario de Defensa de Bush, Donald Rumsfled y el vicepresidente, Dick Cheney, junto con Francis Fukuyama (el del Fin de la Historia), el luego consejero de Donald Trump John Bolton y el inefable Elliot Abrams. En su discurso del domingo pasado, Javier Milei aludió al Siglo de las Américas, no inocentemente. Aquel borrador elaboró estrategias para imponer -no por las buenas, claro- la Paz Americana en aquellas regiones.
Otro proyecto con el mismo fin fue pergeñado por el propio Rumsfeld con el almirante Arthur Cebrowski. La llamada Doctrina Rumsfeld-Cebrowski promueve básicamente el caos permanente y desestabilización planificada en el marco de guerras sin fin en el Medio Oriente extendido, que llega hasta Afganistán. De ese modo EE UU fue apelando a excusas que pronto mostraron las huellas de la mentira. Que las armas de destrucción masiva de Saddan Hissein, que la represión a su propio pueblo de Muhamad al Gadafi o Bashar al Assad. Esa misma estrategia se usó contra Viktor Yanukovich en Ucrania, allí gracias a la intervención destacada como subsecretaria de Estado de Barack Obama de Victoria Nulland, a la sazón esposa de Roberto Kagan.
Oficialmente ninguna de estas teorías está vigente y los lineamientos en política exterior son establecidas por cada administración al inicio de su gestión en su Estrategia de Seguridad Nacional (NSS en inglés). La última, de noviembre pasado, es esa en la que el presidente lanzó el Corolario Trump a la Doctrina Monroe o, directamente, la Donroe. El magnate había llegado a su segundo mandato luego de una evaluación certera de la decadencia de Estados Unidos y prometiendo ir el Estado Profundo. Ese estamento burocrático permanente que dicta las políticas en función de los intereses de las élites, más allá de los presidentes. Que son los del complejo militar-industrial-congresional-de inteligencia-mediático-académico-think tank (MICIMATT), según lo definió el exanalista de la CIA Ray McGovern. Pero pasaron cosas y los archivos del pedófilo Jeffrey Epstein “convencieron” a Trump de las bondades de no romper con esa tradición, para escarnio de sus antiguos apoyos (el periodista Tucker Carlson, su exasesor Steve Bannon).
Acusan a Trump de estar atado a los intereses de la ultraderecha israelí de Benjamin Netanyahu y sus ministros Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir. Que sostienen el plan «bíblico» de crear el Gran Israel, que iría desde el Éufrates al Nilo. Se lo reconoció a Carlson el embajador de EE UU, Mike Huckabee, un cristiano sionista. Alguien más fanático que un ultraderechista israelí, si cabe.
Una cosa es la verborragia belicista de matón de barrio y otra la realidad. Cuando se escucha al presidente Donald Trump se tiene la sensación de que la Casa Blanca del magnate inmobiliario tiene todo fríamente calculado y que, efectivamente, todo marcha sobre ruedas en la guerra que con Israel inició contra Irán hace una semana. Pero cuando se hila un poco más fino, hay detalles que viene bien revisar. Por ejemplo, horas antes de la cumbre con presidentes latinoamericanos afines para el lanzamiento del Escudo de las Américas, dijo que este mismo sábado “Irán recibirá un duro golpe” y, como una maestra de primaria, que el país persa “por su mala conducta” se está “considerando seriamente la destrucción total y la muerte segura de zonas y grupos de personas que hasta ahora no se habían considerado como objetivos”. El viernes, sin embargo, y enterrando definitivamente lo poco que quedaba de su lucha contra el “Estado profundo”, se reunió con las mayores empresas del complejo militar industrial. “Acordamos cuadruplicar la producción de armamento de clase exquisita», posteó en su cuenta de la red Truth, para asegurar a continuación que las fuerzas armadas tienen un suministro “prácticamente ilimitado de municiones de grado medio y medio superior”. Un día antes, había recibido en el Salón Oval a una veintena de pastores evangélicos que oraron en torno a él, que escucha las plegarias con los ojos cerrados y sentado a su escritorio. Como en cualquier régimen teocrático, por cierto.
Uno de los problemas que enfrentan los tres involucrados en esta contienda es cuánto pueden durar los artefactos bélicos disponibles. Israel tiene el ejército más poderoso de la región pero desde el 7-O de 2023 se lanzó a una operación de exterminio en Gaza y Cisjordania que consumió gran parte de sus arsenales. Estados Unidos envió en tiempos de Joe Biden gran parte de sus reservas a Ucrania y por supuesto, a Israel. Irán, en la Guerra de los 12 días, había agotado también gran parte de sus existencias pero no se fácil determinar cuánto pudieron reconstruir y cuánto tenían almacenado e silos subterráneos. Hace añares que Teherán se preparaba para esto que parece una estocada final y plantea sus estrategias para una guerra asimétrica, como no puede ser de otra manera habida cuenta de sus posibilidades reales.
La noticia que sublevó en los medios estadounidenses, como The Washington Post, es que Rusia estaba brindando información de inteligencia a Irán sobre los movimientos de las fuerzas israelo-estadounidenses que le permite atacar con precisión a buques y aviones con misiles que incluso demostraron ser capaces de evitar los radares. Muchos le recordaron al exdiario de referencia de EE UU su doble rasero cuando EE UU envía armas y datos a Ucrania. También se habla de apoyo chino a los persas, lo cual es difícil de demostrar, aunque posible dado el riesgo que para Beijing implica la pérdida de un proveedor de petróleo importante y sobre todo, cercano.
Irán es el corazón geopolítico de esta parte del mundo por su ubicación, su posibilidad de control del Estrecho de Ormuz y como nudo de ductos para transporte de gas y petróleo al Asia Central. Un análisis bastante razonable indica que Trump necesita acelerar el desenlace en Irán antes de viajar a Beijing el 31 de marzo para encontrarse con Xi Jinping. De ello depende cómo negociará con el presidente chino. Si con cartas ganadoras y con la lengua afuera porque los iraníes están resultando un hueso muy duro de roer. Con el ataque a fuerzas de Estado Islámico en Nigeria del 25 de diciembre y el secuestro de Nicolás Maduro en Caracas el 3 de enero, Trump podría jactarse de controlar dos de las más grandes fuentes petroleras internacionales. Irán sería la coronación de ese objetivo y la administración lo ve al alcance de la mano.
Sin embargo, hubo algunos contratiempos que no estaban en los planes. Como que Irán decidió dejar de lado anteriores pruritos y bombardeó bases de EE UU en los países vecinos y destruyó radares y sofisticados equipos de rastreo de el Ejército estadounidense. Según el exanalista de la CIA Larry Johnson -uno que se ganó la enemistad del Estado Profundo porque critica la política exterior de su país y con data dura- “Irán destruyó cinco radares estadounidenses avanzados (dos de ellos con un valor de 1000 millones de dólares cada uno) y tres baterías THAAD, aproximadamente el 30% del suministro mundial de Estados Unidos. (…) Las defensas aéreas estadounidenses están ahora prácticamente ciegas”.
La amenaza de que las incursiones en el espacio aéreo de sus vecinos forzarían a armar una coalición contra Irán parece desvanecerse. Cierto que hubo protestas agrias de Qatar y de Kuwait, el aeropuerto de Dubái y un bombardeo contra residencias en Bahréin donde se supone se alojaba personal estadounidense. En cuanto a la principal refinería saudita, la de Ras Tanura, Irán negó haber realizado el ataque y la información disponible más bien señala a un operativo de falsa bandera realizado por Israel. El magnate emiratí Khalaf Ahmed al-Habtoor, por su parte, se quejó de que EE UU los usó para su propio beneficio y a la hora de los cachetazos los dejó solos. «Nosotros no firmamos para esto; su ‘Junta de la Paz’ fue financiada por nosotros, ahora son cenizas», protestó. Como para bajar un cambio, el presidente Masud Pezeshkian presentó las disculpas del caso y anunció la suspensión de bombardeos contra objetivos en los países vecinos, aunque se reservó el derecho a actuar si fuese atacado desde allí. Más allá de los “fierros” duros, lo que está causando estragos en todo el mundo es el cierre del Estrecho de Ormuz, lo que eleva los precios del petróleo a niveles que nadie se atrevería a predecir. Todo dependerá de cuánto dure la contienda.
Israel, en tanto, desató una fuerte ofensiva sobre el Líbano y ordenó la evacuación de todo el territorio al sur del río Litania, lo que incluye a las ciudades de Tiro, Sidón, Nabatiye y Yezin. El gobierno de Netanyahu argumenta que está combatiendo acciones de Hezbollah, el grupo islámico cercano a Irán. A su vez, fuerzas israelíes atacaron una instalación petrolera cerca de Teherán. «
El general Wesley Kanne Clark fue comandante supremo de la OTAN y en 1999 dirigió a las tropas conjuntas en la guerra de Kosovo y en el bombardeo a Belgrado. No es precisamente un pacifista, pero si un crítico de la expansión militar de EE UU posterior a los atentados a las Torres Gemelas. En un reportaje que volvió a las redes estos días, allá por 2003 declaró que un alto oficial le había contado de los planes del gobierno de George W. Bush de atacar de manera progresiva siete naciones musulmanas: Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia y Sudán para terminar luego con Irán. Sin una razón valedera.
El objetivo de ir por todo siempre alimentó el sueño húmedo de las cúpulas dirigentes estadounidenses desde el derrumbe de la Unión Soviética. El 11-S no fue sino el incentivo final. Pero antes de eso hubo directivas para sustentar ese despliegue imperial cuando ya no había enemigos de peso del otro lado. En ese mismo año de 1997 un grupo de ultraconservadores liderados por William Kristol y Robert Kagan fundaron un think tank que elaboró el Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC en inglés). De ese grupete participaron el que luego sería secretario de Defensa de Bush, Donald Rumsfled y el vicepresidente, Dick Cheney, junto con Francis Fukuyama (el del Fin de la Historia), el luego consejero de Donald Trump John Bolton y el inefable Elliot Abrams. En su discurso del domingo pasado, Javier Milei aludió al Siglo de las Américas, no inocentemente. Aquel borrador elaboró estrategias para imponer -no por las buenas, claro- la Paz Americana en aquellas regiones.
Otro proyecto con el mismo fin fue pergeñado por el propio Rumsfeld con el almirante Arthur Cebrowski. La llamada Doctrina Rumsfeld-Cebrowski promueve básicamente el caos permanente y desestabilización planificada en el marco de guerras sin fin en el Medio Oriente extendido, que llega hasta Afganistán. De ese modo EE UU fue apelando a excusas que pronto mostraron las huellas de la mentira. Que las armas de destrucción masiva de Saddan Hissein, que la represión a su propio pueblo de Muhamad al Gadafi o Bashar al Assad. Esa misma estrategia se usó contra Viktor Yanukovich en Ucrania, allí gracias a la intervención destacada como subsecretaria de Estado de Barack Obama de Victoria Nulland, a la sazón esposa de Roberto Kagan.
Oficialmente ninguna de estas teorías está vigente y los lineamientos en política exterior son establecidas por cada administración al inicio de su gestión en su Estrategia de Seguridad Nacional (NSS en inglés). La última, de noviembre pasado, es esa en la que el presidente lanzó el Corolario Trump a la Doctrina Monroe o, directamente, la Donroe. El magnate había llegado a su segundo mandato luego de una evaluación certera de la decadencia de Estados Unidos y prometiendo ir el Estado Profundo. Ese estamento burocrático permanente que dicta las políticas en función de los intereses de las élites, más allá de los presidentes. Que son los del complejo militar-industrial-congresional-de inteligencia-mediático-académico-think tank (MICIMATT), según lo definió el exanalista de la CIA Ray McGovern. Pero pasaron cosas y los archivos del pedófilo Jeffrey Epstein “convencieron” a Trump de las bondades de no romper con esa tradición, para escarnio de sus antiguos apoyos (el periodista Tucker Carlson, su exasesor Steve Bannon).
Acusan a Trump de estar atado a los intereses de la ultraderecha israelí de Benjamin Netanyahu y sus ministros Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir. Que sostienen el plan «bíblico» de crear el Gran Israel, que iría desde el Éufrates al Nilo. Se lo reconoció a Carlson el embajador de EE UU, Mike Huckabee, un cristiano sionista. Alguien más fanático que un ultraderechista israelí, si cabe.
Javier Milei inauguró por tercera vez un año legislativo desarrollando un estudiado acto de campaña que tuvo mucho de la coreografía que lo llevó a la fama como panelista y que no cuesta tanto interpretar como la consolidación de un espacio propio de cara a la reelección. Y para eso −con más de dos años de gestión encima, cuando ya es tiempo de hacerse cargo de errores propios y no justificarse con el pasado− decidió elegir al enemigo que le permita disimular un presente aciago y plantear un futuro que no da señales de estar esperando a la vuelta de la esquina. De tal manera que esos 104 minutos de este domingo ante el pleno de la Cámara de Diputados fueron una enumeración de cifras manipuladas, cuando no directamente falsas, y de promesas inciertas bajo un manto de improperios, insultos, acusaciones y brulotes contra el kirchnerismo, centrados básicamente en la expresidenta Cristina Fernández, pero también contra legisladores de izquierda y hasta dueños de las mayores empresas industriales del país.
Como para que cualquier persona un tanto pudorosa pudiera decir, con sorna, que este 144º período de sesiones puede ser «el más ordinario» de todos los que se inauguraron en la sinuosa democracia argentina, a pesar del pomposo nombre para la ocasión: «La moral como política de Estado».
Discurso del Presidente Javier Milei en la Apertura del 144° período de Sesiones Ordinarias del Honorable Congreso de la Nación. pic.twitter.com/8wsPDKjqSZ
— Oficina del Presidente (@OPRArgentina) March 2, 2026
En la maraña de chicanas y cruces de todo calibre desplegados en cadena nacional, Milei puso sobre la mesa el núcleo de las transformaciones con que sueña desde hace décadas ese sector de la Argentina al que fanáticamente quiere representar. Con énfasis en enterrar conquistas sociales que se fueron construyendo a lo largo del siglo XX −la ley laboral, que consiguió aprobar horas antes, en lugar destacado− y una alianza con Estados Unidos tan fuerte como para atravesar su mandato, el de Donald Trump y más allá. «Es hora de hacer de esto una política de Estado», dijo. «Tenemos que crear el siglo de las Américas: Make Americas Great Again, de Alaska a Tierra del Fuego. Hagamos Argentina y América grandes nuevamente», arremetió, sin pruritos nacionalistas. O, más bien, enarbolando el concepto de nación que las élites sostienen desde el fondo de la historia argentina.
Que el discurso fue todo un acting se puede inferir desde algunos de los tuis previos surgidos de la granja de trols –con presupuesto del Estado nacional– que defienden incondicionalmente en las redes el mensaje oficial. El usuario SheIby, una de las cuentas que tiene más cantidad de seguidores en X, había publicado siete horas antes de que el jefe de Estado comenzara a hablar desde el pupitre frente al hemiciclo: «Se viene doma histórica de Milei en el Congreso». Durante el discurso, no tardó en aparecer en uno de los frecuentes cruces con algún opositor esa palabra que los mileístas usan asiduamente en las redes: «Me encanta domarlos», se ufanó el presidente.
Entre esos fantasmas ubicó a tres momentos dramáticos para los argentinos, que aseguró haber evitado cuando llegó al Gobierno: el Rodrigazo de 1975, la hiperinflación de 1989 y la crisis de 2001. «Un combo que nos hubiera convertido en Venezuela», dijo. Pero el detalle tal vez más palpable del guion con que se realizó un acto que de protocolar no tuvo nada, fue el momento en que Milei intentaba dar su versión de aquellos febriles días previos a las elecciones de medio término. «Comenzó a digitarse un ataque sin precedentes en la historia argentina que tomó su punto más alto luego de las elecciones del mes de septiembre en la provincia de Buenos Aires; algo que a opositores y propios, digamos, los hacía soñar con abrazar el sillón de Rivadavia». La cámara, precisa, tomó el gesto del presidente señalando con la cabeza a su vice, Victoria Villarruel, sentada detrás, impávida.
Que fue un mensaje estudiado −se sabe que lo hizo junto a su asesor Santiago Caputo− y no una manifestación de inestabilidad emocional ante provocaciones de la oposición se podría demostrar, por ejemplo, en la cobertura televisiva oficial. En ningún momento las cámaras mostraron a los legisladores que lo cuestionaban desde las gradas, pero sí a los aplaudidores frecuentes y al coro que tapaba toda critica de fondo. Una pena, porque el espectador se podría quedar con la sensación de que el presidente hablaba con fantasmas. Aunque en ciertos tramos podría hacerse pensado que sí, que necesitaba recurrir a fantasmas para explicar de qué se trataba la «más amplia reforma» en la historia argentina que pretende imponer.
Esto es brutal.
MiIei: "Opositores y propios nos atacaron soñando con abrazar el sillón de Rivadavia".
Culpó de aquella crisis −«riesgo kuka», la llamó− a empresarios, medios de comunicación y al gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, denunciado por el fiscal Carlos Stornelli, quien, recordó Milei, «ha reabierto la causa por los hechos sucedidos en 2001. Esperemos que la Justicia avance no solo sobre los posibles actos de sedición, sino también sobre quienes pudieran ser los beneficiarios directos e indirectos de dichas acciones», dijo.
Si algo queda nuevamente claro es que su batalla cultural implica reescribir la historia argentina para acomodarla a las necesidades de esa élite a la que pretende representar. Por eso, entre los presentes en el palco, celebró especialmente a Alberto Benegas Lynch hijo, padre del diputado del mismo nombre e impulsor, desde su tierna juventud y especialmente desde el golpe de 1955, de las teorías de la Escuela Austríaca. Estas ideas ahora aparecen como eje de la campaña de 2027 y son presentadas como el camino elegido para el futuro nacional. Y para ello, el presidente se encargó este domingo de escarnecer y ridiculizar toda crítica. «No saben sumar», «son ignorantes», «la justicia social es un robo» y así.
En este contexto, el salvavidas que le arrojó Estados Unidos en octubre pasado aparece como un triunfo de su política exterior y no un acto desesperado. «El Gobierno de Donald Trump acudió en ayuda en nuestro país. Y esa ayuda no fue por cuestiones económicas, sino para defendernos contra el embate desestabilizador de los representantes del antiguo régimen. O sea, ustedes, los golpistas de siempre», espetó hacia la derecha de la pantalla.
Luego abundó en esa concepción de la geopolítica a la que pretende incorporar al país. «La Argentina ya dejó pasar dos veces el tren de la historia. En la Segunda Guerra Mundial, nuestra neutralidad nos costó décadas de marginalidad; con el No al ALCA nos quedamos afuera del mayor ciclo de expansión económica en la historia humana (…) El Atlántico Sur es el terreno de disputa estratégica de las próximas décadas: rutas comerciales, recursos naturales, soberanía marítima y la presencia creciente de actores que no comparten nuestros valores. Quien lo controle, controlará una parte clave del trabajo global. Argentina tiene que ser ese actor (…) Pero todo esto requiere una alianza estratégica duradera. Y eso es lo que estamos construyendo con Estados Unidos de Norteamérica», expresó Milei, sin atender lo que implica esa alianza a dos días del inicio de los bombardeos a Irán.
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