por Alberto López Girondo | Oct 15, 2014 | Sin categoría
Si es cierto que la crisis es una oportunidad, la región latinoamericana constituyó, en lo que va de este siglo, una prueba palpable de que es posible aprovechar situaciones críticas para avanzar y construir modelos de desarrollo e integración. Fue un ejemplo, además, del modo en que la pérdida relativa de poder e influencia de Estados Unidos permitió un avance importante en los procesos de integración regional hacia la construcción de modelos de desarrollo autónomo como hacía décadas no sucedía en esta parte del mundo.
Sin embargo, no se puede negar que son horas decisivas para la región. Es que en las elecciones de Brasil, Bolivia y Uruguay no se juega solamente la continuidad de esos proyectos políticos en particular, sino de una estrategia común que, con sus altibajos y diferencias, tiñó de un modo inédito este comienzo de siglo.
El resultado de la primera vuelta en Brasil es, en tal sentido, una buena manifestación de las tensiones que atraviesan sociedades, gobiernos y proyectos en danza. Ganó el Partido de los Trabajadores (PT) creado por Luiz Inácio Lula da Silva que, con un conglomerado de partidos aliados de un extenso arco político que incluye desde un conservadurismo moderado hasta una izquierda más radicalizada, gobierna desde hace 12 años.
Aunque el balance final demuestra que el PT perdió votos en relación con elecciones anteriores, también revela que, tras más de una década en el poder, mantiene a casi el 45% del electorado de su lado. La contracara es que la derecha, representada por Aécio Neves, mantiene un 34% de voluntades. A pesar de que una amplia capa de la sociedad pudo mejorar su propia situación y el país en general ya integra el selecto grupo de los «top ten» a nivel mundial por su poderío económico, hay un tercio de la población que parece ser reacio a los cambios.
Con sólo ver en qué consiste el enfrentamiento entre gobierno y oposición en el plano ideológico se puede percibir qué es lo que está en juego. El gobierno de Dilma Rousseff continuó con las políticas de mayor autonomía llevadas a cabo por Lula, aunque enfocadas más a la profundización de su alianza con el grupo de los BRICS (que Brasil integra junto con Rusia, India, China y Sudáfrica) que con sus vecinos. Eso implicó distanciarse aún más de Washington, un tradicional aliado de la burguesía paulista y, sobre todo, del imaginario de pertenencia de las clases dirigentes brasileñas por décadas.
El punto culminante fue la cancelación, por parte de la presidenta Dilma Rousseff, de una visita programada a la Casa Blanca, después de que el ex agente estadounidense Edward Snowden revelara que el gobierno de Barack Obama espiaba a empresas, organismos y hasta a la presidenta de Brasil. Se trató de una medida extrema, de un fuerte contenido en la diplomacia internacional: un país latinoamericano enfrentaba de igual a igual a la gran potencia mundial.
El Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) que sustenta la candidatura de Neves, es el mismo que aún lidera ideológicamente el ex presidente Fernando Henrique Cardoso. El intelectual desarrollista de los 60, que devino en defensor del proyecto neoliberal «noventista» en dos presidencias consecutivas, entregó en 2002 la banda presidencial a Lula da Silva. Pero nunca renunció a sus últimas posiciones ideológicas, de una cercanía estrecha con Washington. Cardoso es el padrino político de Neves. Y el candidato del PSDB, nieto de Tancredo Neves, primer presidente electo tras la dictadura, que murió antes de poder asumir el cargo en 1985, expresa esta posición sin ambages: promete que si es electo abandonará las alianzas recientes a nivel global y se volcará, en cambio, hacia el norte.
El ex gobernador de Minas Gerais propone una mayor apertura económica pero también un cambio en el sistema de asociaciones continentales. Esto es, acercarse a los países de la Alianza del Pacífico (AP), un grupo de corte neoliberal creado en 2011 a instancias de los gobiernos conservadores del chileno Sebastián Piñera, el peruano Alan García, el colombiano Juan Manuel Santos y el mexicano Felipe Calderón. Una aspiración que comparte con la poderosa central industrial paulista, que ve en el Mercosur actual una traba para lograr acuerdos comerciales fuera del marco regional, a los que imagina más provechosos para el tamaño de la economía brasileña.
Este es un aspecto central de la disputa política que se da en las tres elecciones de este octubre caliente en Latinoamérica. Porque, al igual que el PSDB en Brasil, también los candidatos de la derecha en Bolivia (el empresario Samuel Doria Medina) y en Uruguay (Pedro Bordaberry y Luis Lacalle Pou, hijos ambos de ex presidentes conservadores) proponen respuestas neoliberales a los problemas coyunturales que fueron apareciendo en estos últimos meses en todos los países de la región. Esa convergencia entre las expresiones de la derecha en distintos países de América Latina parece abonar la teoría del presidente ecuatoriano Rafael Correa, quien habla de un intento de «restauración oligárquica» para referirse a este proceso.
La otra derecha
Es que desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, y de la mano de la consolidación de proyectos de integración regional, los países latinoamericanos fueron ganando crecientes grados de autonomía. Muchos de ellos surgieron al calor del impulso del fallecido líder bolivariano, tomaron vuelo a partir de los gobiernos de Lula da Silva y Néstor Kirchner desde 2003 y se afirmaron con los triunfos del Frente Amplio (FA) en Uruguay y de Evo Morales, con el Movimiento al Socialismo (MAS), en Bolivia.
El gran hito en este rumbo fue, sin dudas, el No al Alca, la primera gran respuesta colectiva al intento de crear un mercado común desde Canadá hasta Tierra del Fuego, impulsado por el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, y otros gobiernos neoliberales, como consecuencia del Consenso de Washington. La IV Cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata en 2005 fue el escenario en el que, por primera vez en la historia latinoamericana, los presidentes de las principales naciones de la región expresaron su oposición a un mandatario estadounidense.
Desde entonces se fue consolidando el camino de la integración. Primero con la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), que tendría un rol preponderante ante el intento de golpe contra Evo Morales en 2008 y contra Correa en 2010, y luego con la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), una entidad continental que genera ámbitos de debate y de políticas al margen de Estados Unidos y Canadá.
El proceso de integración no estuvo exento de altibajos. El firme rechazo de la Unasur a los golpes de Estado en Honduras y Paraguay no impidió que se consolidaran gobiernos ligados con las oligarquías locales vinculadas con Estados Unidos. Paralelamente, las negociaciones que se llevan a cabo en Cuba para alcanzar acuerdos de paz definitivos entre la guerrilla de las FARC y el gobierno de Juan Manuel Santos, plebiscitado prácticamente con la reelección del mandatario colombiano, demuestran que otros vientos soplan en América Latina. Santos representa a la derecha, pero una derecha más racional y dispuesta a soluciones democráticas de las controversias políticas.
Hay otra derecha que fluctúa entre las reglas democráticas y la salida golpista. Al venezolano Henrique Capriles le cabe este sayo. Heredero de una familia de fortuna y notorio antichavista, en el intento de golpe contra el líder bolivariano de 2002 ocupó con un grupo de seguidores la embajada de Cuba en Caracas y cuestionó la cercanía del «régimen» con la revolución. Hace dos años se puso al frente de una coalición, la Mesa de Unidad Democrática (MUD), que si bien perdió la elección contra el mismo Chávez, tras la muerte del líder venezolano estuvo a apenas un par de puntos de vencer a su sucesor, Nicolás Maduro, a principios de 2013.
Ese resultado estrecho le sirvió para encabezar una campaña de desprestigio que un año después culminó en movilizaciones e intentos de desestabilización que dejaron como saldo más de 40 muertos y una situación que dificultó la consolidación del liderazgo de Maduro. Capriles, que es gobernador de Miranda, hizo campaña comprometiéndose a mantener las conquistas para los menos favorecidos que el chavismo venía poniendo en práctica desde que llegó al Palacio Miraflores, en una sociedad exclusiva y excluyente como era la de Venezuela.
Juegos peligrosos
Con un discurso similar, la candidata brasileña Marina Silva logró algo más de 22 millones de votos y Neves llegó a la segunda vuelta, con más de 34 millones. En Bolivia, el triunfo de Morales no resultaba cuestionado por ninguna encuesta. El líder cocalero pudo llevar a cabo los cambios más profundos en ese país, hasta no hace mucho convulsionado, al fundar el Estado Plurinacional. Uno de sus mayores logros es haber derrotado –con la ayuda de los vecinos regionales, que bloquearon cualquier intento de golpe– a la derecha más retrógrada, afincada en lo que se conoce como la Media Luna próspera del Oriente, sobre todo en el departamento de Santa Cruz de la Sierra.
Sólo así se puede explicar que, tras una crisis que parecía terminal para la unidad territorial de Bolivia, el MAS esté en condiciones de ganar el comicio departamental y sea la fuerza dominante, como señalaba el investigador Juan Manuel Karg en una charla llevada a cabo en el CCC Floreal Gorini. En ese mismo encuentro, el docente e investigador boliviano Hugo Moldiz señaló que «los grandes empresarios de Santa Cruz que en algún momento quisieron jugar a desestabilizar al gobierno e incidir a nivel político en los destinos de Bolivia, han terminado aceptando el liderazgo de Morales y han dicho “déjanos hacer negocio acá”, dejando de lado lo político». El apenas 14% que logra en los sondeos su más cercano competidor demuestra que algo ocurrió en Bolivia desde que el MAS está en el Palacio Quemado.
En Uruguay sucede algo similar. Hay una derecha que entendió algunos de los cambios que se sucedieron desde que, en 2005, el oncólogo Tabaré Vázquez con el Frente Amplio puso fin a 174 años de bipartidismo entre Blancos y Colorados. Hoy, el propio Vázquez intenta que el FA retenga la presidencia tras el gobierno de José Pepe Mujica.
La derecha parece haber encontrado a su candidato en el representante del Partido Nacional, Luis Lacalle Pou, hijo del ex presidente Luis Alberto Lacalle, quien gobernó Uruguay durante la década del 90. Lacalle fue, en palabras del investigador del CCC Agustín Lewit, «el presidente que se asocia con la implantación del neoliberalismo en Uruguay. Gobernó entre 1990 y 1995 y fue el encargado de aplicar el recetario neoliberal que también se aplicaba en el resto de los países de la región».
¿Qué propone Lacalle Pou, el favorito de los medios? Según Lewitt, «despegándose de lo que fue la historia del partido Blanco, muy ligado con los sectores agrarios, se presenta como el candidato de la renovación, el candidato de la modernización política. Y centra todo su discurso en la eficiencia de la gestión. En ese sentido es interesante analizarlo y cuadra bastante bien en lo que algunos han empezado a llamar la nueva derecha regional».
Los nuevos liderazgos
Bolivia, según datos que publicó la Cepal y que corroboró el FMI, es el país que más creció en este año, como lo viene haciendo de manera ininterrumpida desde que Evo Morales asumió el poder. El promedio arroja un 5% durante su gestión y para los próximos años apunta a un 7%. Tasas chinas, se solía decir en otras épocas. Al mismo tiempo, redujo la pobreza extrema del 38% al 18%.
En Brasil las cifras son de igual magnitud, con el agregado de que allí se invirtió el tamaño de la ocupación formalizada. La cantidad de trabajadores en negro se redujo aceleradamente al punto que, como señala Amílcar Salas Oroño, investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la Universidad de Buenos Aires, se desarrollaron nuevas clases medias que ingresaron al mercado de consumo con el PT –se calcula que son alrededor de 40 millones de personas, entre las cuales hay muchos trabajadores–. «En concreto se crearon 20 millones de puestos de trabajo desde 2008», agregó.
El gobierno del MAS, en tanto, sufrió el embate de la derecha y de instituciones públicas y secretas ligadas con Estados Unidos desde que Evo Morales llegó al gobierno. A la publicidad en contra de Morales por su origen campesino como cultivador de coca, los medios masivos le añadieron su perfil cercano a Chávez y al líder cubano Fidel Castro. Pero, además, logró aprobar una Constitución que a todas luces es revolucionaria y que les da poder a las organizaciones sociales que sustentan este nuevo Estado Plurinacional.
Durante el año de las grandes revueltas contra Morales, el empresario cruceño Branko Marinkovich, de origen croata, era el representante del ala más dura de la burguesía de Santa Cruz y junto con el entonces prefecto del departamento, Leopoldo Fernández, estaba al frente de un movimiento secesionista, ya que no veían posibilidades de recuperar el poder mediante las urnas. La crisis fue finalmente superada con un poco de mano dura desde La Paz, otro poco de ayuda regional y bastante de muñeca política.
Si algo caracteriza a Evo Morales es su capacidad de negociación, adquirida en sus años de dirigente sindical. Una práctica que lo emparenta con Lula da Silva, pero también con Nicolás Maduro, metalúrgico el uno, transportista el otro. Esto implica que saben sentarse a una mesa de diálogo y tensar la cuerda hasta obtener el mejor resultado para quienes representan en una puja con los poderosos. Algo que no suele estar en los cánones de lo que que se espera de la dirigencia política. De allí las acusaciones de «dictadores» que esgrimen la oposición y los publicistas políticos, que pueden calar hondo en ciertos sectores de la sociedad.
¿Por qué la derecha busca canales alternativos para volver al poder si, como sucedió en todos los países de la región tras la llegada de estos movimientos progresistas, los sectores sociales que representan no dejaron de ganar dinero? Quizás sea porque, como señala Salas Oroño, «estas transformaciones golpean por el lado de lo simbólico».
En el caso de Brasil, Bolivia y Uruguay es más evidente. Estos cambios implicaron el ingreso a lugares relevantes en la estructura del poder de dirigentes surgidos de las clases bajas de la población y de algunos que habían participado en los años de plomo en la lucha armada.
Más allá de la historia personal de Dilma o de Mujica, es interesante resaltar el factor que representa la denominada «plebeyización» de la política, un proceso que implicó, además, la pérdida de influencia de los sectores tradicionales, algo difícil de digerir para muchos.
Para Salas Oroño, «de alguna forma el PT ha popularizado no sólo el Parlamento, sino también los ministerios. Ha sido así no sólo por la figura de Lula, porque en Brasil si uno hila un poco más fino y ve quiénes son efectivamente los diputados y quiénes los ministros que llegaron, cuáles son sus orígenes de clase, descubre que también hay una revolución cultural».
Para Salas Oroño, este es «un fenómeno que no es irrelevante, porque no sólo trae autoestima en los sectores populares, sobre todo rompe la visión respecto a que Brasil es un país de las elites, que estaba muy instalada en la sociología. Porque es cierto, Getulio Vargas era un estanciero y ni Joao Goulart ni Juscelino Kubitschek eran personas de origen popular. Entonces, las transformaciones que se dan con Lula, se dan en ese plano simbólico, son impresionantes».
Revista Acción
Octubre 15 de 2014
por Alberto López Girondo | Oct 10, 2014 | Sin categoría
Es un gran paso adelante hacia la integración que en un par de años comiencen a circular los vehículos con patentes del Mercosur. Puede parecer un avance mínimo, una nimiedad incluso, pero sin dudas representa el fortalecimiento de un proyecto fundamental de cara a la sociedad de cada una de las naciones que integran el organismo regional. Es la bandera de la unidad sudamericana en cada auto, en cada ciudad, en cada rincón. Un mensaje de pertenencia que hace falta en un organismo que parece por momentos languidecer en disputas que los medios concentrados se encargan de magnificar pero muchas veces los gobiernos no alcanzan a resolver para bien del conjunto. La Unión Europea puso en marcha un mecanismo similar en 1992, casi una década antes que la moneda común y bastante después de haberse lanzado a la unión aduanera.
Cierto que con la patente no alcanza. En Europa, donde el proceso de integración está a todas luces mucho más adelantado, a las tensiones secesionistas en algunos sitios clave como Cataluña y Escocia se suman grandes capas de la sociedad que ven con sospecha o resquemor a la unión, a la que culpan de muchos de sus males. En todo grupo todos tienen que ceder algo a favor del bien del equipo. El problema se sucede cuando los vientos soplan en contra, como ocurre en muchos países del viejo continente. Es allí que las acusaciones se esparcen sobre los socios. Es entonces que aparecen sobre la mesa aquellas renuncias originales y en grandes sectores son muchos los que creen que estarían mejor fuera del paraguas de la UE que adentro.
Los británicos marchan a la cabeza entre los que dudan de las ventajas de seguir en la UE y no sería extraño que vayan a un referéndum para su continuidad dentro del organismo paneuropeo en 2016. Partidos derechistas de Francia –el Frente Nacional– y de Holanda se posicionan de un modo similar, al igual que grupos más inclinados a la izquierda en Grecia. Lo que demuestra que el camino hacia la integración está más sembrado de espinas de lo que se cree en su inicio.
Sin haber llegado a niveles como los alcanzados del otro lado del Atlántico, hay que admitir que nuestros organismos regionales –Mercosur en primer lugar, pero Unasur y CELAC a continuación– enfrentan dificultades luego de una década de avances. En el caso del Mercado Común al que adhieren Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay, a las tensiones propias de un nuevo rumbo para el organismo creado durante el decenio neoliberal se agrega el complicado ingreso de Venezuela como nuevo miembro. Además, los países más chicos mantienen históricos reclamos contra los dos socios mayores que, lejos de solucionarse, con el recrudecimiento de la crisis internacional, se fueron agravando. Lo que debería quedar claro para las dirigencias, con todo, es que la mejor opción siempre es la unidad. No hay otra forma de plantarse frente a los poderosos de turno.
En Brasil, las élites industriales, que desde la llegada de Lula da Silva a Planalto, en enero de 2003, pudieron desarrollarse a nivel global mediante políticas de apoyo, créditos oficiales y la ampliación de su mercado interno, nunca dejaron de ser críticas del PT. Lula solía decir que no le perdonaban que alguien que jamás había pasado por una academia universitaria le diera el progreso que él le había dado a Brasil. Tal vez sea que no toleran que un hombre nacido en la pobreza, y que por lo tanto estaba destinado a no trabajar de otra cosa más que de tornero, haya dado vuelta al país con un partido que demuestra su capacidad de ser el más adecuado para gobernar un territorio de ese tamaño y contradicciones. Tampoco le toleran el acercamiento a sus socios vecinales y a las naciones que buscan un nuevo orden mundial, como las del BRICS.
Los dos candidatos con mayor caudal de votos tras la presidenta Dilma Rousseff en las elecciones del domingo pasado decidieron sumar voluntades para derrotar al PT luego de 12 años en el poder. Más allá de las críticas sobre las que se asienta su discurso opositor en todos los planos, ambos hicieron hincapié en la necesidad de nuevas alianzas y miran hacia el Pacífico. Si es cierto, como los mismos sondeos indican, que la unión regional no es el principal tema de agenda en las encuestas, la única explicación para semejante compromiso antes del balotaje sería lograr el apoyo de los grandes jugadores económicos tanto brasileños como regionales.
Las élites gobernantes, que son las mismas que en los ’90, cuando Fernando Collor de Melo y Carlos Menem firmaron el Tratado de Asunción que dio origen al Mercosur, apoyaron en su momento la creación del espacio común. Las empresas multinacionales también, porque les resultaba y resulta beneficioso planificar e intercambiar libremente entre los socios y con protección externa común. Entonces también firmó el uruguayo Luis Alberto Lacalle y el paraguayo Andrés Rodríguez, que poco antes había desplazado a su consuegro, el dictador Alfredo Stroessner.
Pero desde la llegada de Néstor Kirchner y Lula da Silva el enfoque con que se manejó el Mercosur fue cambiando hacia una mayor integración industrial. Que no favoreció a todos los socios pero le dio un perfil más autonómico en relación con las potencias centrales, además de haber avanzado hacia posiciones sociopolíticas más progresistas. Sobre esta base es que crecen las críticas en Uruguay y Paraguay. Un guante que recogió el candidato opositor oriental Luis Lacalle Pou, hijo del mandatario que firmó en Asunción y que ahora intenta canalizar las quejas por lo que reclaman los uruguayos.
En Brasil el rechazo es más bien porque los caballeros de la industria paulista consideran que Mercosur es un freno para un país que, creen, está para cosas mayores. Sueñan con volver al «primer mundo». Pero fundamentalmente saben que con organismos regionales sólidos y una integración más profunda a nivel social y económico pierden privilegios obtenidos de su conexión con el establishment global.
Este domingo hay elecciones en Bolivia y nada indica que Evo Morales vaya a tener menos votos que hace cinco años, cuando se alzó con el 64% de los sufragios. Es posible, incluso, que el triunfo sea por un porcentaje mayor, con el dato adicional de que ganaría en Santa Cruz de la Sierra, que fuera foco de la resistencia a su gobierno y donde se llegó a plantear el secesionismo de la mano de sectores vinculados a la oligarquía más reaccionaria.
No es inocuo que Evo se convierta en el mandatario que más tiempo estuvo en el poder en su país desde la independencia, superando al general Andrés de Santa Cruz, quien gobernó entre 1829 y 1839. Pero aquellos eran otros tiempos y para ocupar un despacho en la casa de gobierno era necesario mucha voluntad política y bayonetas fieles, algo que nadie logró desde entonces, al punto de que en los 180 años anteriores al triunfo del MAS, en 2005, hubo 84 mandatarios –34 de ellos de facto– a un promedio de 172 días en el cargo para cada uno.
Morales encarnó las transformaciones más profundas desde la Revolución de Paz Estenssoro en 1952 y tiene el más firme apoyo popular. Hay razones para su éxito. Uno es la sólida alianza de los sectores populares y las organizaciones sociales, que ahora son un factor de poder relevante y con conciencia de su rol. También por la nacionalización de los recursos hidrocarburíferos, que le permitió disponer de un excedente para inversiones sociales y desarrollo, cuando antes iban a bolsillos privados.
Pero hay una realidad a esta altura histórica que explica este momento: en el tramo más duro del enfrentamiento en la Media Luna próspera de Oriente, Morales contó con el apoyo de las instituciones regionales y de los gobiernos de Argentina –estaba ya en el poder Cristina Kirchner– y de Lula da Silva en Brasil. ¿Podrá tener la misma tranquilidad si cambia la ecuación política en el vecino mayor y más poderoso? ¿Qué ocurriría si en Argentina llegara a ganar alguno de los candida
Tiempo Argentino
Octubre 10 de 2014
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Oct 3, 2014 | Sin categoría
Se suele afirmar por estas tierras, tan proclives a la desconfianza, que ciertos encuestadores, a medida que se acercan los comicios, van publicando los resultados verdaderos, cosa de no quedar el offside cuando se conozca el resultado final de la elección. Otros, que conocen la trama más íntima de la sociedad brasileña, sostienen que los nativos de la principal potencia latinoamericana son naturalmente muy mutantes, y que cambian con frecuencia de parecer. Sin embargo, a la hora de depositar el voto todo indica que prima un conservadurismo subliminal bastante arraigado. Esa tendencia, que impidió al líder del PT Lula da Silva ganar la Presidencia en sus tres primeras incursiones electorales, entre 1989 y 1998, ahora curiosamente le jugaría favor para que una amplia mayoría apruebe un segundo mandato de Dilma Rousseff.
Ya sea que se respalde una u otra interpretación de los estudios preelectorales, lo cierto es que poco queda de ese furor inicial de las agencias encuestadoras –y que repercutían de inmediato en los grandes medios con gran expectativa –acerca de un potencial triunfo de la candidata Marina Silva, ni bien se produjo el accidente que le costó la vida al candidato del partido Socialista, Eduardo Campos. Ahora, a menos de dos meses de esa tragedia, incluso, se habla de una victoria en primera vuelta de la sucesora del ex trabajador metalúrgico. Y fluyen ríos de tinta tratando de entender las razones para tan abrupta caída en la voluntad ciudadana hacia la ex ministro de Medio Ambiente de Lula.
No sería un buen punto jugarse por cualquiera de estas opciones, ni siquiera aventurar un resultado certero este domingo. Pero sí es interesante desmenuzar los motivos que convierten a Brasil en la avanzada de una batalla por el futuro de América Latina que se disputa de un modo sibilino, «mientras todos estamos ocupados en otras cosas», parafraseando a John Lennon.
Porque no conviene creer que es casualidad el repentino incremento de hechos de violencia en territorio brasileño días antes de la elección. Ya había sucedido semanas antes del comienzo del Mundial de Fútbol, que finalmente se desarrolló sin mayores perturbaciones, salvo la abrumadora derrota del «scratch» local frente a Alemania, algo que no parece haber influido demasiado en las inclinaciones electorales de los brasileños. Tampoco es casualidad que una semana antes haya perdido valor el real con relación al dólar, luego de que se comenzaran a develar los últimos sondeos.
Lo cierto es que en este mes de octubre se juegan simultáneas cruciales para el futuro de la región. Brasil, en primer lugar y no solo cronológicamente, vio en la campaña electoral cómo se fue desplegando una pelea por un modelo económico y también social. Eso se percibe en las posiciones que fueron adoptando los candidatos.
Tanto el tercero en las encuestas, Aecio Neves, del PMDB, como Campos primero y luego Silva, lanzaron juramentos de libre mercado y defensa del status quo neoliberal. La candidata ecologista, en tal sentido, dijo claramente que en caso de ganar será impulsora de un Banco Central independiente del poder político. Algo que Dilma se encargó de retrucar alegando que su gobierno mantiene la idea de una «autonomía relativa» en ese organismo porque una independencia absoluta «convertiría al BC en un cuarto poder». Discusiones estas que han atravesado el debate en varios países y se manifestó sobre todo en la Argentina.
Nuestro conocido James Petras, sociólogo y docente en la Universidad de California en Berkeley, en un reciente análisis detalla la inquietud que trasciende en Washington por la eterna puja entre las dirigencias militares y las corporaciones multinacionales, que en la práctica están desarrollándose en «el patio trasero» latinoamericano, donde se cruzan tensiones entre «el imperialismo militar y el capitalismo extractivo».
«En Argentina y Brasil, las políticas reformistas moderadas de los regímenes de Kirchner y Lula/Rousseff están bajo asedio. Haciendo trastabillar los ingresos de exportación, con déficits crecientes y presiones inflacionarias, han alimentado una ofensiva neoliberal que toma una nueva forma: populismo al servicio de la colaboración neoliberal con el imperialismo militar.» El analista estadounidense evalúa que una parte de las corporaciones, a las que denomina «extractivas» porque sólo buscan la acumulación de capital, están divididas. «Algunos sectores mantienen lazos con el régimen (los gobiernos), otros, la mayoría, están aliados con el creciente poder de la derecha.»
La derecha brasileña, agrega Petras, creyó encontrar en una antigua ambientalista la persona indicada «para llevar adelante la línea dura a favor del sector financiero neoliberal». Para la Argentina, el autor de El nuevo orden criminal considera que «el estado imperial y los medios de comunicación han respaldado los fondos especuladores y han lanzado una guerra económica a gran escala, reclamando un default con el fin de dañar el acceso a los mercados de capital de Buenos Aires y aumentar sus inversiones en el sector extractivo».
La semana entrante hay elecciones en Bolivia. Allí no quedó mucho de la derecha política. Esa tensión permanente entre democracia, necesidad de cambios y golpismo oligárquico fue laudado por el gobierno de Evo Morales hacia «el lado de la justicia» desde la intentona de la «media luna próspera» del Oriente boliviano de 2009. A partir de ese momento, y mediante el expediente de echar del país a representantes de ONG vinculadas a la CIA y de organismos como la DEA, pasando por embajadores demasiado interesados en intervenir políticamente fronteras adentro, las aguas se fueron calmando. El líder cocalero marcha hacia una segura victoria que incluso puede ser récord, luego de haber literalmente dado vuelta al país en una revolución pacífica como no se tienen muchos antecedentes en el mundo.
El último domingo del mes, los uruguayos también van a las urnas. Y allí también se plebiscita una gestión progresista, la que en 2005 comenzó el Frente Amplio de la mano de Tabaré Vázquez. De un tono mucho más moderado que su sucesor, el inefable José Mujica, Vázquez marcha primero en las encuestas pero hasta ahora hay sondeos que indicarían un posible triunfo de Lacalle Pou. Quizás porque el representante del Partido Blanco resulta más «vendible» que el del Colorado, Pedro Bordaberry. Ambos son de derecha, y ambos son hijos de ex presidentes. Pero Bordaberry fue el que dio el golpe institucional en 1973 que abrió las puertas a la dictadura militar.
Luis Lacalle Pou, en cambio, se muestra como un joven atlético, decidido y con aires de empresario próspero pero con sentimientos sociales. Una mezcla de Enrique Peña Nieto y Henrique Capriles, que promete no romper con las políticas inclusivas de los gobiernos progresistas del FA, pero mejorando «lo que no funciona bien». No es fortuito que haya sido recibido por líderes de la oposición argentina que buscan definir un perfil para 2015 pero caminando por los senderos de la centro derecha, que son, al decir de Arturo Jauretche, como circular por la vereda donde calienta el sol.
En horas tan determinantes para Latinoamérica, la noticia del asesinato de Robert Serra, la joven promesa del chavismo, genera más preocupación por la forma en que toma la disputa en algunos territorios. El año ya había comenzado con un plan de desestabilización contra el gobierno de Nicolás Maduro que puso en vilo al continente y que a pesar de los 43 muertos, no da señales de haberse saldado. Para Petras, «El caso de Venezuela destaca la persistente importancia del militarismo imperial en la política de Estados Unidos en América Latina.» Sería interesante encontrar argumentos para decir que se equivoca.
Tiempo Argentino Octubre 3 de 2014
Ilustró: Socrates
por Alberto López Girondo | Sep 27, 2014 | Sin categoría
Su señoría, honorable Thomas Griesa, de mi consideración:
Entiendo perfectamente su voluntad de que los argentinos paguen lo que deben a los fondos de inversión que han comprado bonos de la deuda soberana. Entiendo también que desde que dictó el fallo que obliga a cumplir con esos compromisos, los acreedores han padecido todo tipo de impedimentos para poder hacerse del dinero que, según el dictamen que su señoría emitió oportunamente, les corresponde. Un fallo que el tribunal de alzada y la Corte Suprema avalaron por estar completamente sujeto a derecho. Pero básicamente comprendo su frustración porque hasta ahora no ha logrado que se cumpla con lo que la ley manda y protege. Esto es: no consiguió incautar fondos para cumplir con las obligaciones mencionadas.
Sé que el gobierno ha respondido que no puede violentar cláusulas firmadas con tenedores que aceptaron el canje de deuda y que podrían reclamar un trato similar al que usted intenta proteger desde su despacho. Y sé también que los holdouts afectados en su dictamen intentaron sin éxito embargar fondos en varios lugares del mundo para cumplir con la disposición que nos ocupa.
Por eso, sin querer pecar de imprudente, me tomo el atrevimiento de sugerirle dónde buscar fondos que podrían de servir para remediar esa injusticia que usted percibe en la actuación gubernamental.
Sabrá usted que el monto de la deuda total argentina ha coincidido con la suma de los depósitos de nativos en el exterior. Sabrá también que hay maniobras investigadas por colegas suyos en este país que prueban el modo en que esa fortuna fue a parar a cuevas fiscales y se convirtió en bonos de deuda. Habrá leído incluso en estos días que autoridades francesas entregaron una lista de ahorristas vernáculos que tienen dinero en cuentas suizas. Insisto, sin ánimo de resultar insolente, ¿por qué no embargar esos fondos y cumplir así al menos en parte una obra de justicia?
Sin otro particular, lo saluda atentamente, un ciudadano argentino.
Tiempo Argentino
Setiembre 27 de 2014
por Alberto López Girondo | Sep 26, 2014 | Sin categoría
El único lenguaje entendido por asesinos como estos (hablaba del grupo extremista Estado Islámico) es el lenguaje de la fuerza. Por eso, Estados Unidos trabajará con una amplia coalición para desmantelar esta red de la muerte.» Las palabras de Barack Obama resonaron en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Algunos, como los países que integran esta nueva alianza que el presidente de Estados Unidos armó para combatir a las tropas islamistas que de pronto se apropiaron de parte de Siria y de Irak, aplaudieron.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en cambio, se permitió en ese foro privilegiado –y a pocos metros de Obama– la duda sobre no sólo las acciones que emprenden los países occidentales con relación al terrorismo internacional sino incluso sobre el grupo mismo que hoy por hoy aparece como la encarnación del mal.
Es que, sin ir demasiado lejos, allí nomás, en ese mismo escenario, hace once años el entonces secretario de Estado Colin Powell entregó profusa información sobre el arsenal de armas de destrucción masiva que colocaba a Saddam Hussein, el presidente iraquí, como uno de los peores enemigos de la civilización. Algo que no debe haber estado ausente de la percepción de CFK cuando destacó que «desde las grandes potencias se cambia demasiado fácil el concepto de amigo, enemigo o terrorista».
Las críticas por la sinuosa política internacional que desarrolla el gobierno de Obama desde que llegó a la Casa Blanca son a esta altura un clásico entre grupos opositores de toda laya, pero también entre analistas y estudiosos de las temáticas internacionales.
Pero la sinuosidad se extiende a las estrategias que despliega la administración estadounidense en las últimas décadas. Como si encontrarse siendo la gran potencia global a la caída de la Unión Soviética hubiese desplegado ambiciones equiparables a las torpezas para llevarlas a la práctica. Al revés de Midas, aquel rey de Frigia que convertía en oro todo lo que tocaba, parecen trocarlo todo en un desastre, para ser elegantes y si se quiere naïfs.
Porque la guerra desatada por George W. Bush, que acabó con el régimen saddista, al poco tiempo demostró haber partido de una mentira como excusa. En aquel momento, el senador Obama se oponía al despliegue de tropas por las consecuencias que eso podría acarrear al país. Y con ese antecedente se presentó a los comicios de 2008 como una esperanza de cambios. De hecho, hace casi tres años se ufanó de haber retirado los últimos soldados de ese el pensamiento dominante entonces. Ahora, sin que se le moviera un pelo, inició una ofensiva que nadie sabe de qué modo terminará. Y sobre todo, que seguramente será una herencia maldita para quien lo suceda en 2017.
Como será que en su propio territorio, activistas por la paz como David Swanson, sostiene en su web War is a crime (la guerra es un crimen), que «cualquiera que comente el estado actual de Irak podría pensar que George W. Bush hizo algo bien». Ironiza en que un video difundido por ISIS, el anagrama con que todavía se conoce a EI en aquellas regiones, donde muestran las atrocidades cometidas y alguna frase del ex mandatario republicano: «Estás con nosotros o estás contra nosotros». En una esquina de la pantalla se lee «Bush dijo la verdad, a pesar de que es un mentiroso». Una frase que bien le calza a este Obama que echó por tierra con las razones que le permitieron ser coronado en Oslo hace casi cinco años.
Es interesante el ácido artículo de Peter Van Buren, un ex funcionario con 24 años de carrera en el departamento de Estado que fue designado para trabajar con los iraquíes luego de la invasión. Su paso por el país asiático fue entre 2009 y 2010, o sea, cuando el demócrata llegaba a Washington. «Mi función era dirigir dos equipos en la reconstrucción de la nación», señala Van Buren. «Eso significó pagar por escuelas que nunca se terminaron, el establecimiento de pastelerías en calles sin agua ni electricidad, y la realización de eventos de propaganda de temas generados en Washington.» Señala el hombre que entre las acciones de acercamiento y seducción de los nativos estaba jugar partidos de fútbol en los que se garantizaba un resultado que permitiera integrar a sunnitas con chiítas.
El problema es que a la caída de Hussein, un sunnita en una población mayoritariamente chiíta, viejas enemistades quedaron a la luz y se manifestaron con toda virulencia en múltiples atentados registrados desde entonces. Para colmo, desde el Pentágono y con anuencia de la CIA se fomentó la creación de un modelo que reparte los poderes en tres: sunnitas en el parlamento, chiítas en el ejecutivo y un presidente de origen kurdo. Agua con aceite que incluso podría haber funcionado si no fuera, piensa Van Buren, que el primer ministro Nuri Al Maliki inició persecuciones y se abrió hacia actos de corrupción que empeoraron la situación. El cambio forzado por el departamento de Estado hace algunos meses ya era una decisión desesperada y tardía.
Van Buren –autor de un libro esclarecedor, Teníamos buenas intenciones: cómo ayudé a perder la batalla por los corazones y las mentes del pueblo iraquí»– reflexiona que un chico que forme parte ahora de ese contingente de 1600 «no botas en el suelo» (Obama prometió que sólo actuarán drones y aviones de combate pero no tropas sobre el terreno) tenía ocho años cuando Bush inició la invasión. «(El muchacho ) probablemente le tuvo que preguntar a su padre de qué se trataba eso». Y el progenitor le podría haber dicho que en 2011, cuando regresó a su casa con la frente bien alta, Obama había asegurado que «estamos dejando atrás un Irak soberano, estable y autosuficiente».
John Taylor anotó en The Unz Review, un foro alternativo estadounidense creado por el dirigente conservador Ron Unz, una lista que debería tenerse en cuenta antes de adherir fácilmente al pedido de Obama para una cruzada en tierras de Irak y Siria. «¿Se ha olvidado que los mujaidin que patrocinamos en Afganistán para luchar contra los soviéticos se transformaron en el Talibán y al-Qaeda? Por el agujero de la memoria, quedó la destrucción del Estado libio, que el propio Obama presidió, y la anarquía que prevalece en la actualidad.» Y advierte que en Siria la mayoría sunnita, que está enfrentada al gobierno de Bashar al Assad, alauita y por lo tanto ligado a la vertiente chiíta del Islam, simpatiza con el EI. No porque participe de sus atrocidades, sino porque representan la posibilidad de sacarse de encima un régimen que les resulta opresivo. Esa fue la apuesta de la comunidad occidental cuando decidió apoyar a grupos opositores a Al Assad. Pero algo evidentemente salió mal. O tenía un componente envenenado y nada inocente que sirvió para forzar cualquier política pacifista de Obama.
La situación es tan enrevesada a estas horas que no resulta inaudito que Al Assad y el régimen iraní pasen a ser la mejor opción para combatir a los yihaidistas del EI. Detalla Glenn Greenwald, el periodista británico que publicó la información filtrada por el analista estadounidense Edward Snowden, los nuevos bombardeos sobre objetivos en Siria con apoyo de regímenes como los de Arabia Saudita, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Jordania. «Eso significa que Siria pasó a ser el séptimo país predominantemente musulmán en ser bombardeado por el Nobel de la Paz 2009, después de Afganistán, Pakistán, Yemen, Somalia, Libia e Irak».
Van Buren destaca que la excusa para abrir la política bélica fue la protección de los yazidis «una secta religiosa de la que nadie en este país habían oído hablar», pero de la que ya no se escucha demasiado. Y compara ese gesto con el del supuesto ataque en el Golfo de Tonkin que justificó la ampliación de la Guerra de Vietnam en 1964. «Esta última guerra en Irak cuenta con entrenadores en Operaciones Especiales y ataques aéreos a combatientes que tienen armas abandonadas por el ejército iraquí, que ahora debe ser reabastecido por Washington». Van Buren –que fue expulsado del gobierno en 2011 y padeció persecución civil– escribió también «Los fantasmas de Tom Joad: la historia del 99%». Una suerte de revival de Viñas de Ira, la novela de John Steinbeck que da cuenta de la crisis del ’30 en los sectores más castigados del Estados Unidos. El 99% de los menos favorecidos en la sociedad estadounidense actual también padece una degradación en todos los aspectos en beneficio del 1% más favorecido. Es que una cosa va ligada a la otra. Y la inequidad social junto con la guerra son componentes básicos de este momento del mundo. Componentes tan terroristas como los que cortan cuellos en las arenas de Asia Menor.
Tiempo Argentino
Setiembre 26 de 2014
por Alberto López Girondo | Sep 22, 2014 | Sin categoría
El referéndum escocés y el deseo de consulta catalán son dos de las formas en que se expresa la crisis de del Estado-Nación en Europa. Pero también son un reflejo de la crisis de identidad de muchos pueblos en el marco de la creación de Estados supranacionales que apelan a políticas económicas que resultan difíciles de digerir para grandes capas de la población.
El importante apoyo que recibió el No al separatismo de Escocia, lejos de expresar el fin de reclamos de independencia, debiera ser un dato a analizar. Porque fue conseguido tras promesas y amenazas de última hora y además, si bien deja un diferencia grande sobre el Si de más de diez puntos, revela que casi el 45% de los ciudadanos escoceses prefiere dejar el Reino Unido.
En Cataluña la situación es otra. El gobierno de Mariano Rajoy rechaza la legalidad de cualquier referéndum como el convocado para el 9N. Y por más que el Parlament haya aprobado una ley para regular las consultas populares, resulta una traba difícil de soslayar a la hora de pretender una separación formal. En otras épocas, estas cuestiones se resolvían en el campo de batalla, pero no son estos los tiempos de Europa.
Hay tres posturas que quizás reflejen lo que se juega en los meses que siguen en España. Xosé (Pepe para los íntimos) fue alcalde de un pequeño ayuntamiento en Galicia. Jubilado reciente, el hombre no deja de reconocer la capacidad e industriosidad de los catalanes. Llega a admitir que eso los amerita para merecer la independencia, pero eso es algo que lamentaría porque considera que “debilita aún más a nuestro país para debatir cuestiones económicas en Bruselas”, la sede de las principales instituciones europeas.
Natalia es propietaria de un barcito frente a la playa de Badalona. Ella culpa sin tapujos a Madrid por los males que padecen los catalanes. “Nos quieren hacer pagar por carreteras y por el AVE (el tren de alta velocidad) por más de lo que costaron, nos dan mucho menos de lo que aportamos al fisco”, se queja. Jordi es un profesional que vive a su pesar en Madrid pero añora su pequeño pueblo en el interior de Cataluña. Está particularmente indignado por lo que se vive en su tierra por estos días, una suerte de final de fútbol, dice. “Nadie habla de que hay media España que tiene otra bandera. Y la mía es la tricolor”, la roja, amarilla y violeta de la República.
La UE nació como una construcción diferente a lo que fueron hasta hace un siglo los imperios plurinacionales como los austrohúngaro, otomano o zarista. Incluso se hizo sobre una base distinta a la extinta Unión Soviética, fundada en un régimen anticapitalista. Pero terminó tras la caída de la URSS en un sistema que busca la gobernanza a través de rígidas concepciones económicas de mercado. Para lo cual crearon una moneda común que se pretende como de reserva y comercio internacional en competencia con el dólar. Lo cual creó una guerra de divisas que potenció posiciones neoliberales con consecuencias que están a la vista: la desaparición del estado de bienestar.
Ángela Merkel es el adalid de esta posición extrema y es el centro de todas las críticas. El gobierno de Francois Hollande, que llegó al Eliseo como una esperanza de cambio hacia un socialismo aggiornado, terminó cediendo a esta rigidez y ahora en su propio partido debe enfrentar el rechazo a recortes presupuestarios en nombre de la “razón de Estado”.
Es aquí donde puede entenderse el crecimiento de reclamos secesionistas como los que se agolpan detrás de la puerta en el país Vasco, Bretaña y Occitania en Francia, la Padania, Córcega y Cerdeña en Italia y lo que tal vez sea el más emblemático, Flandes, en la mismísima Bruselas, la “capital” europea.
El líder de la unificación italiana, Giuseppe Mazzini, dijo en ese año de 1860 ante su obra cumbre: “Hemos creado a Italia, ahora deberemos crear a los italianos”. Lo mismo deberían decir los líderes europeos si no estuvieran tan preocupados por cuestiones extramuros.
Una de esas cuestiones fue creada por la misma UE en Ucrania, cuando intento avanzar con proyectos de unión comercial. Rusia se reivindica como nación a partir del Rus de Kiev de fines del siglo IX. Y Crimea es el origen de otra corriente nacionalista durante el zarismo, en la segunda mitad del siglo XIX. Era difícil que no estallara un conflicto de consecuencias impredecibles si se iba por ese camino.
La otra región del mundo inmersa en disputas nacionales es el Asia Menor. Allí la preocupación se centra por estas horas en los grupos yihaidistas que dominan una parte de Siria e Irak con el objetivo manifiesto de formar un Estado Islámico de tinte medieval y represivo. Armados y entrenados por Occidente, como se recuerda, para combatir al régimen de Bashar al Assad, ahora dan muestras cotidianas de barbarie incontrolada. Esto despertó viejas ansias del pueblo kurdo, un nación de unas 25 millones de almas dispersas en territorios de Turquía, Irak, Irán y Siria, que reclaman su derecho a un estado propio. Las fronteras actuales ante la dilución del Imperio Otomano obedece al capricho y el interés del todavía poderoso Imperio Británico, alrededor de 1920, pero no contempló voluntades ni necesidades de la población local.
En Europa crecen también movimientos ultranacionalistas que en muchos casos hacen temer una vuelta de extremismos como el de la Alemania nazi o la Italia fascista. El ejemplo más claro es el de Amanecer Dorado en Gercia, el partido más radical que prospera a medida que la crisis se ensaña con los griegos de a pie.
En Gran Bretaña los conservadores del premier David Cameron deben lidiar contra miembros de su partido que se cruzan al UKIP, el grupo antieuropeo que avanza en las encuestas. Algo similar ocurre en Francia con el Frente Nacional de Marina Le Pen.
¿Qué ocurrirá en Escocia si Londres no cumple con las promesas de última hora para que gane el No? Algunas refriegas producidas en Glasgow muestran alguna de las peores posibilidades. ¿Qué ocurrirá en Cataluña los ciudadanos no pueden elegir si quieren seguir formando parte del reino? ¿Cómo se resolverá la cuestión kurda ahora que los países europeos envían armas para defenderse de los fundamentalistas del EI?
De la crisis del 30, evalúan muchos analistas con bastante criterio, no se salió solamente por las medidas keynesianas que aplicó Franklin D. Roosevelt, sino por la Segunda Guerra Mundial. Las guerras suelen ser un buen vehículo para la unificación nacional ¿Será esta la forma en que se resolverá esta crisis?
Tiempo Argentino
Setiembre 21 de 2014
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