En los últimos años del franquismo tuvo su «primera reencarnación». Su heterónimo OPS era la excusa para limpiar los fondos de «toda la miseria que habían dejado esos casi 40 años». Fueron las primeras incursiones de Andrés Rábago, madrileño, pintor, dibujante, el viñetista más influyente de España desde su ventanita en el diario El País. Heredero consciente de Goya, en cada entrega, desde hace décadas como El Roto, impacta con una reflexión que asesta al lector un golpe a la mandíbula. Sus personajes no dejaron de ser un tanto oscuros, pero con la democracia ahora hablan. Y muestran la realidad, no la del inconsciente reprimido por la dictadura, una realidad que a veces no alcanzó a manifestarse. Por eso, alguien lo definió como «un avisador del fuego» que advierte de qué modo la sociedad se encamina a pequeños desastres cotidianos. Esos horrores goyescos se revelaron sobre todo en su visión de la crisis de 2008 en adelante y que terminó en uno de los 21 libros que lleva publicados.
«Lo que yo voy reflejando es lo que percibo en mi entorno, en el aire, lo que está ahí, tamizado con mi experiencia de los hechos», explica en su estudio del elegante barrio de Chamartin. Un 5° piso en un edificio con ascensor hasta al cuarto. Ese piso por escalera lo mantiene ágil, a sus 72 años.
-Lo que percibió es que la crisis no era algo que mágicamente ocurría.
-Ha sido una crisis inducida. Es la utilización de un fracaso del sistema para aprovechar aún más la implosión producida y atornillar aún más los privilegios obtenidos. No creo que sea algo que ha ocurrido sin más. El crack ha ocurrido porque inevitablemente el sistema es un fracaso, pero además se aprovechó no para mejorarlo sino para aumentar el control de la población y de los trabajadores. Para «ahormar» aún más a la población.
-¿Hay alguna esperanza?
-No creo que se salga porque es lo que se ha pretendido. Lo que habrá será a lo mejor soltar un poquito la cuerda, volver a tensarla y así.
-Uno diría que hay una mirada pesimista.
-Una mirada objetiva. El fracaso del sistema es evidente para todos, pero por alguna razón no hay una búsqueda o una sustitución de las piezas que están mal por otras que puedan mejorarlo. Es algo que me sorprende. No encuentro voluntad. Incluso pienso que hay una especie de abandono, como diciendo «es lo que hay». Asumimos como que no existe otra alternativa: eso me parece un suicidio colectivo.
-¿Cuál sería la alternativa? En América latina aún hay gobiernos que piensan que otro mundo es posible.
-Y otros que se vieron cercenados rápidamente. Las armas que usaron son financieras, además de las convencionales, que cuando hace falta también las usan. Lo que se está utilizando son instrumentos financieros que son instrumentos bélicos porque es para lo que se usan. Pero más allá de eso, lo que veo es una crisis humanística, de valores, incluso existencial. Hay una ausencia de alma, de espíritu en todo lo referente a la acción humana. Y trae como consecuencia la cosificación, la conversión en materia de todo cuanto tocamos. Un poco la historia del rey Midas, que ya ni siquiera es un rey ni se trata de oro. Lo convertimos todo en basura. La pérdida del sentido de lo sagrado de la vida está convirtiendo a todo en pura materia.
-Parece una visión un tanto religiosa, mística.
-Yo creo que es espiritual sin más. Sino entraríamos en el territorio de las iglesias y el uso del espíritu-alma para sus propios fines. Lo dejaría en el territorio de lo que estamos perdiendo y que en el hombre es el alma.
–¿Cuáles serían tus influencias a nivel espiritual?
-Soy una persona de cierta edad: tuve tiempo para leer muchísima literatura, filosofía, orientalistas, religiosas. Digamos que he visto un poco el espectro de lo que hay y he visto que todas confluyen en puntos que son comunes, al margen de divergencias que son más de estrategias. Ahora mismo nos encontramos sobre todo en Europa con dos grandes religiones, la cristiana con todas sus derivaciones y la musulmana. Me siento más cerca de la cristiana.
-¿Y tus influencias en el dibujo satírico?
-Para ver la mejor sátira tenemos que remontarnos a Goya. Creo que es el referente.
-Algunas de tus viñetas remiten a Goya, ciertamente.
-Ah, es que Goya es mucho, eh. Ahora en el Prado se hace una exposición por el bicentenario de su muerte y tengo la suerte de poder acompañar con una pequeña exposición de dibujos sobre él. Estudié su obra y es insuperable, no se ha hecho nada mejor. En España hemos tenido a Solana, un dibujante excepcional. En Europa, lo mejor que se ha hecho es la época entre las guerras europeas. La revista Simplicissimus (una semanal satírica alemana fundada por Albert Langen), los ingleses de la escuela de Hogarth, la escuela francesa con Daumier, los alemanes con (George) Grosz y toda la gente alrededor. Ahí se hizo la mejor sátira porque eran los mejores dibujantes.
-La época debió de influir.
-La época y la prensa en ese momento, que era muy potente y adecuada para la crítica social. Pero también era gente muy potente ¿no? «
Viajero del tiempo
Una bota texana cubierta de una bandera de EE UU coronada con una peluca rubia y un texto simple: «Trump no es un accidente, es la síntesis». Siluetas sombrías en una lancha y un rostro atormentado que le explica al lector: «Huimos de las guerras, el caos y la ayuda humanitaria». Un hombre ante una copa de vino reflexiona: «Me gusta informarme para reforzar mis prejuicios». Una multitud abigarrada con una enorme bandera bajo un texto contundente: «Los jóvenes salieron a la calle y súbitamente todos los partidos envejecieron». Apenas un puñado de viñetas que ilustran distintos momentos y que algún día serán imprescindibles para comprender esta era. Como Ops, sus dibujos eran reflejo de horrores bien goyescos. Como artista plástico, su «tercera encarnación», conserva un estilo de viajero del tiempo que le toca vivir. Una estética que puede mantener y experimentar porque no necesita vivir de la pintura.
«No he querido nunca buscar el acomodo de lo que estaba vigente. No he penetrado en el mercado pero sí exponer en lugares estupendos, donde ver la obra bien expuesta y aprender de ello».
–Tu trabajo se parece a un largo viaje.
–Mi trabajo es la vida, no considero que haya trabajado nunca. He vivido y me he expresado de ese modo. Nunca he tenido la sensación de trabajar.
La aprobación de la Ley de Financiamiento de los Partidos Políticos que, entre otras cuestiones, permite el aporte de empresas privadas a las campañas electorales y reduce el tiempo que los medios de comunicación deben destinar a publicidad gratuita de los partidos políticos, plantea nuevas reglas de juego para los comicios nacionales de agosto y de octubre, más noviembre en caso de ser necesario un balotaje. Con esa normativa, que echa por tierra una limitación introducida en 2009, no solo se blanquea la intervención de los grupos concentrados en la política nacional, sino, como temen tanto desde el kirchnerismo como desde las agrupaciones de izquierda, se legitima el apoyo a un modelo económico ligado al mercado. Si es verdad que «billetera mata galán», el candidato que más dinero recaude tendrá más posibilidades de llegar al votante con su mensaje. Más aún en el marco de una ley que, además de reducir los espacios audiovisuales gratuitos, también impide el aporte de sindicatos o colegios profesionales. Los críticos de la ley señalan que entre los motivos que tuvo el oficialismo para impulsar la iniciativa estaba el escándalo de los aportes «truchos» para las campañas de Cambiemos en la provincia de Buenos Aires y de la capital argentina, un caso que se diluyó entre los vericuetos del Poder Judicial sin pena ni gloria, para beneficio del Gobierno. Para la izquierda, la ley «busca avalar los negociados con la política», según declaró Mónica Schlotthauer, del FIT, ya que el que pone dinero espera a cambio recibir alguna recompensa futura. En tanto, desde el Partido Solidario la propuesta había sido, desde que se comenzó a debatir esta norma, avanzar hacia la financiación del total de la actividad política por parte del Estado, como una forma de contribuir «a la revalorización de la militancia, al mayor ejercicio de la política en los espacios públicos y a un mayor contacto de los dirigentes con la sociedad, en desmedro del marketing político», como puntualizó el dirigente Carlos Heller en una columna en el diario Tiempo Argentino. En esta tesitura coincidieron los peronistas Felipe Solá y Agustín Rossi.
Sombras de la Justicia Desde la Casa Rosada, Adrián Pérez, secretario de Asuntos Políticos del Ministerio del Interior, celebró «que se haya alcanzado el consenso para avanzar en aquellos puntos clave que aseguren para las elecciones de este año un financiamiento de campañas más transparente, equitativo y bajo el escrutinio efectivo de la Justicia electoral». Pero precisamente el Poder Judicial es el que aparece cuestionado como nunca desde la recuperación de la democracia. La forma en que la denuncia de los aportes ilegales en la campaña bonaerense de Cambiemos en 2015 cayó en el vacío, cuando había pruebas contundentes de la forma en que ciudadanos comunes aparecían aportando dinero para el oficialismo provincial sin haber sido informados, fue otro paso en falso de un sistema que viene perdiendo terreno en la consideración pública por el modo en que resuelve sobre cuestiones que afectan al poder real en cada momento de la historia. Este sayo les cabe también a las denuncias contra la expresidenta Cristina Fernández y algunos de quienes la secundaron en el gobierno. Las defensas de Fernández y de los acusados en la causa por la obra pública en la provincia de Santa Cruz venían reclamando la sustanciación de mayores pruebas para avanzar en el juicio oral y público. Los recursos de queja por presunta «denegación de justicia» llegaron a la Corte Suprema, pero recién seis días antes de la primera audiencia, esta solicitó al tribunal oral el expediente para analizar los reclamos. Fue tal la presión mediática y política sobre el máximo tribunal que, a las apuradas, los supremos salieron a aclarar que no impedían la continuación del juicio. Los que buscaban la foto de Cristina en el banquillo de los acusados respiraron tranquilos por unos días.
Candidato. Fernández jura como jefe de Gabinete en 2007. Ahora va por la presidencia. (MARCELO OCHOA/TÉLAM)
Es que el sábado 18 de mayo, sorpresivamente, en un video difundido en las redes sociales, Cristina Fernández anunció la fórmula presidencial encabezada por Alberto Fernández, con la que aspira a construir un gran frente para derrotar al macrismo. La expresidenta se propone como vicepresidenta de Alberto Fernández en unas PASO a las que espera que vayan todos los sectores de la diáspora peronista. El argumento para postular a quien fue jefe de Gabinete de Néstor Kirchner y de sus primeros dos años de gestión fue que es un hombre de consensos. Ciertamente, la movida causó estupor en la dirigencia política y en los medios que apoyan el proyecto de Cambiemos y obligó a recalcular estrategias. En el radicalismo, que se preparaba para una nueva convención partidaria, y en el macrismo más cerrado, que cree que crece a medida que contrasta con Cristina Fernández. Y pone en el tapete como tema central la corrupción en el gobierno anterior. Pero también impacta en la llamada Alternativa Federal, que nuclea sectores peronistas más cercanos a Balcarce 50, como el gobernador cordobés, Juan Schiaretti; el senador nacional, Miguel Pichetto; y el líder del Frente Renovador, Sergio Massa. Schiaretti venía de revalidar abrumadoramente títulos en su provincia, donde el kirchnerismo se corrió de la disputa en lo que parecía un guiño para el mandatario mediterráneo. Pronto, el que fue viceministro de Domingo Cavallo mostró su distancia con cualquier opción que incluyera a Cristina Fernández.
Noticias pampeanas Cuando aún los ecos del anuncio de la fórmula Fernández-Fernández atronaban el ambiente, los pampeanos mostraron en las urnas su fidelidad al peronismo local, asestando la novena derrota consecutiva en lo que va del año para la alianza macrista y, por si fuera poco, en Santa Rosa, un candidato de La Cámpora derrotó a un intendente radical. El gobernador electo Sergio Ziliotto obtuvo el 52% de sufragios a nivel provincial, contra el 32% de Daniel Kronenberg; mientras que en la capital Luciano Di Nápoli cosechó casi el 52% de sufragios, contra el 27% del radical Leandro Altolaguirre. Ziliotto, quien sucederá al caudillo provincial Carlos Verna, de inmediato mostró su apoyo a la fórmula anunciada horas antes en las redes sociales. Coincidió con otros gobernadores como Rosana Bertone, de Tierra del Fuego; Gerardo Zamora, de Santiago del Estero; Domingo Peppo, de Chaco; y Juan Manzur, de Tucumán. Alberto Fernández es conocido por su capacidad de diálogo y en el poco tiempo que en los días agitados del anuncio le dejaron libre los medios –que buscaban la exclusiva con el flamante precandidato– gastó el teléfono para hablar con todos los dirigentes que pueden aportar territorio y votos al proyecto. Pero también es recordado su paso al costado en 2008, cuando se fue del Gobierno tras el conflicto con los productores agropecuarios para ponerse en un lugar muy crítico de la gestión de Cristina. Ese es un dato que él espera que juegue a su favor, ya que le sirve para bloquear la acusación de que en caso de ganar sería un títere de la vicepresidenta. Aunque también es cierto que le resta simpatías entre los votantes más identificados con el kirchnerismo duro, ya que estuvo en la vereda de enfrente cuando se discutieron temas trascendentales, como la eliminación de las AFJP, la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y la estatización de YPF y Aerolíneas Argentinas, entre otras. Su misión, en síntesis, será la de tejer una coalición para terminar con el fallido interregno de la alianza radical-macrista, pero, básicamente, para hacerse cargo de armar un proyecto de país que contenga a las mayorías populares, recupere la producción y el consumo interno y negocie la bomba de la deuda externa con el FMI. Una coalición que pueda disputar la batalla que se viene: quién y cómo pagarán los platos rotos en estos cuatro años.
Las elecciones europeas dibujaron un nuevo escenario de cara a la unión continental. Por un lado, muchos respiraron tranquilos porque los partidos más eurófobos no lograron el peso suficiente como para trabar las iniciativas en el Parlamento de Estrasburgo. Sin embargo, en este sentido solo cabría un cauto «por ahora», ya que las figuras de este domingo fueron Marine Le Pen, Matteo Salvini, Viktor Orban y Nigel Farange. Por lo pronto, este último ya había provocado al renuncia de la primer ministro Theresa May cuando trascendieron los primeros resultados a boca de urna en Gran Bretaña y lo daban en primer lugar con su partido del Brexit, ante un escaso 9% de los conservadores, en el oficialismo.
Pero también hay «perlitas» de este fin de semana en el Viejo Mundo. En España, el triunfo del PSOE a las europeas le da impulso a Pedro Sánchez como para proponer un gobierno en solitario luego de su mayoría en los comicios del 28 de abril. Pero también había elecciones autonómicas y para la izquierda rupturista fue otra comprobación de que las divisiones internas no hicieron sino minar su base electoral: la alcaldía de Madrid quedó para la derecha, que se unió en sus tres segmentos (PP, Ciudadanos y Vox) para destronar a Manuela Carmena, que hace cuatro años ganó en coalición con Podemos.
En Barcelona, Ada Colau también tiene que irse ante el embate de ERC, la izquierda republicana e independista que por primera vez gobernará en la capital catalana. Además, tanto Oriol Junqueras, preso y juzgado en Madrid por el intento secesionista de 2017, como Carles Puigdemnot, «exiliado» en Bruselas para esquivar la cárcel, ganaron un escaño en el Europarlamento, lo que implica un problema adicional para las autoridades de España y de la UE, que por ahora no aceptan extraditar al es presidente de la Generalitat.
Otro que ganó un puesto para la diputación regional fue el ex jefe de gobierno italiano Silvio Berlusconi. A los 82 años, el polémico empresario y legendario político de la derecha europeísta asegura haber comprado una soberbia mansión en Bruselas para estar más cerca de su nueva ocupación. En Italia, el vicepresidente de Gobierno, Salvini, de la derecha xenófoba, creció ostensiblemente y obtuvo 34% de los votos, mientras que su aliado en Roma, el Movimiento 5 Estrellas bajó hasta 17%.
El batacazo de Reagrupamiento Nacional (RN), el partido de Marine Le Pen, golpea de lleno en Francia, sumida en las protestas de los Chalecos Amarillos desde hace meses, y convirtió al comicio en una suerte de referéndum contra Emmanuel Macron. El dato es que el otro gran motor de la economía europea, y uno de los dos fundadores de la comunidad que dio origen a la UE, Alemania, tampoco pudo cantar victoria este domingo.
Angela Merkel, la canciller alemana, tuvo que ver cómo su partido, la Unión Cristiano Demócrata (CDU), sigue bajando en la consideración pública, aunque en su caso la extrema derecha de Alternativa por Alemania (AfD) apenas superó el 10% de los votos, lejos de sus correligionarios galos o italianos.
Mientras tanto el húngaro Víktor Orbán, arrasó con más del 52% de los votos, un verdadero récord. En Polonia, el oficialismo, con aroslaw Kaczynski, llegó al 42% de los sufragios, aunque la coalición proeuropea «KE» le pisa los talones con un 39%.
Los resultados generales consolidan como al espacio más votado a la centro derecha, genéricamente llamados Partidos Populares, y en un segundo lugar a los socialismos democráticos. Son los «partidos del régimen», pero ahora tienen menos peso político y no sobrepasan el 44% del electorado. Crecen los eurófobos pero también los verdes.
China alienta el espíritu nacionalista de la población para enfrentar la guerra comercial que plantea Donald Trump, mientras el presidente Xi Jinping presiona para que sus empresas apuren las investigaciones de manera de lograr la soberanía tecnológica lo antes posible. Todo esto en el marco del bloqueo anunciado para los productos de la telefónica Huawei, que la Casa Blanca justificó amparada en supuestas amenazas a la seguridad nacional.
Los ejecutivos del segundo fabricante mundial de teléfonos celulares, en tanto, aseguran que tendrán listo su propio sistema operativo (para reemplazar Android, luego de que Google anunciara que les quitaría el soporte) para el otoño boreal (nuestra primavera) o a más tardar en diez meses. Este es el talón de Aquiles de la empresa que lidera el desarrollo del sistema 5G, el verdadero meollo de esta escalada en el conflicto comercial entre Washington y Beijing.
A la andanada de aumentos de aranceles con que Trump se descargó semanas antes del encuentro de líderes del G20 de Buenos Aires, en noviembre pasado, le siguieron nuevos escarceos para negociar nuevas condiciones en el comercio entre ambas potencias. Pero pronto desde el gobierno de EEUU mostraron la hilacha. Si bien el déficit comercial es un problema grave, y que arrastra décadas, el campo de batalla para esta guerra está en la tecnología.
China adquirió gran parte de su desarrollo en base a inversiones directas de empresas capitalistas de todo el mundo, aceptadas en el gigante asiático a condición de que transfirieran tecnología. Otra parte de su despegue se produjo con el viejo artilugio de todas las grandes potencias a lo largo de la historia de la humanidad: copiando lo que hacen los otros.
En esta etapa, la gran maravilla del futuro es el sistema 5G, en el que Huawei, una empresa creada por el ex ingeniero militar Ren Zhengfei, les lleva varias cabezas a sus competidores. Algo de lo que se ufanan pero que al mismo tiempo los hace vulnerables, ya que en gran medida los aparatos fabricados por la compañía china son dependientes de un sistema operativo, Android o Windows, y utilizan aplicaciones hoy día imprescindibles en el mercado como Google Maps o Youtube. Todas ellas subsidiarias de Alphabet Inc., la nueva denominación del conglomerado nacido en Sillicon Valley.
Además, también necesitan de los chips que elaboran Qualcomm, Intel, Broadcom o Xilinx, que ya anunciaron, lo mismo que Google, que dejarán de proveer a Huawei para así cumplir con las directivas del gobierno estadounidense.
Trump,con esa capacidad de síntesis que lo caracteriza, desató este ataque mediante un tuit. Pero luego dijo ante un grupo de periodistas que «Huawei es algo muy peligroso». Xinhua, la agencia de noticias oficial china, en un artículo posterior tildó a Trump de «egoísta y arrogante» y señaló que «Estados Unidos viola las reglas internacionales, reniega de sus acuerdos de cooperación y nos machaca los oídos con su ‘Estados Unidos primero’, sus privilegios y su concepto de excepcionalidad estadounidense».
El próximo paso desde Beijing fue volver a los valores nacionalistas de la población china al recordar «La larga marcha», aquella epopeya de los revolucionarios comunistas entre 1934 y 1935 durante la que se fueron construyendo los cimientos para la toma del poder por Mao Zedong en 1949.
En ese momento se puso fin al llamado «siglo de la Humillación», los más de cien años entre la derrota de los ejércitos imperiales ante las tropas británicas en 1840, que dejó un país sometido que padeció invasiones y ocupaciones militares, como la de los japoneses.
Esta nueva Gran Marcha es hacia la independencia tecnológica, según planteó Xi. El desafío es construir sus propios procesadores con un desarrollo propio y el software que pueda competir con lo que actualmente están usando, que es, aunque sea fabricado en China, casi exclusivamente de Estados Unidos.
Esta vuelta al nacionalismo fructificó en un video que se viralizó en el gigante asiático, armado por un dirigente político jubilado que utilizó la música de una película patriótica sobre la guerra entre China y Japón (1937-1945).
Titulada Guerra Comercial, pretende que «la gente tome conciencia de que hay que estar unidos y ser solidarios para llevar a cabo esta batalla», explicó Zhao Liangtian, autor de la letra, a la agencia AFP.
Al mismo tiempo, la televisión pública difundió durante estas semanas y en el horario de mayor audiencia, películas sobre la guerra de Corea (1950-1953), una contienda que fue el primer intento de Estados Unidos, triunfante en Japón unos años antes, de poner fin por la vía militar con la experiencia comunista en el país asiático.
La paradoja del momento es que quizás quien termine ganando en esta guerra sea una empresa surcoreana, Samsung, que ya es la principal vendedora de teléfonos móviles del mundo y ahora podría quedarse también con esa suculenta porción del mercado que inevitablemente se va corriendo de Huawei. Dato importante: Lee Jae-yong, el heredero de Samsung, fue condenado en 2017 a cinco años de cárcel por corrupción. La presidenta de Corea del Sur, Park Geun-hye, fue condenada a 24 años de cárcel unos meses más tarde, acusada de beneficiar al conglomerado industrial desde el gobierno.
La ruleta electoral europea comenzó a rodar el jueves en Gran Bretaña y Holanda. Hasta hoy a la noche no se sabrá cómo quedará la bola en cada distrito y cómo quedará constituido el Parlamento Europeo, la instancia legislativa de la Unión Europea. Los primeros sondeos a boca de urna, en los Países Bajos y el Reino Unido, tranquilizan en un caso mientras que en el otro, se diría que le costó la cabeza a la primera ministra Theresa May.
La principal preocupación en el continente es el avance de los grupos ultraderechistas, y no por su exacerbado sentimiento xenófobo, sino porque en su furor nacionalista plantean poco menos que la disolución de la Unión Europea. Grupos como el partido de Marine Le Pen en Francia, Matteo Salvini en Italia, el Partido de la Libertad en Austria, a los que se suma Vox en España, buscan limar la integración regional, a la que acusan por la crisis económica que se extiende en esa parte del mundo y afecta a la fuerza de trabajo y las capas medias de la población especialmente.
En Gran Bretaña, UKIP, el partido de Nigel Farange, es un socio privilegiado de este sector, que pacientemente viene reuniendo el estadounidense Steve Bannon en su cruzada para crear una Internacional de la derecha populista. La trabazón por el divorcio de la UE provocó una paradoja, ya que los británicos participaran de este comicio a pesar de que teóricamente ya no pertenecen a la unión. El ultraderechista Farange, que venía golpeado en la consideración pública desde hace un par de años, aprovechó el caos reinante para crear el Partido del Brexit. Los sondeos le daban un 37% de votos, muy por encima del Laborismo. Los conservadores con suerte llegarían al 10%, la peor performance en su historia. Por eso May anunció su renuncia desde el 7 de junio.
En Holanda, sin embargo, el proeuropeopartido laborista holandés (PvdA) superaba el 18% de los votos. En concreto, casi siete de cada diez holandeses votaron opciones integracionistas, contra cerca de un 20% que se inclinaron por partidos antieuropeos.
Una noticia de alivio ya que Geert Wilders, del Partido de la Libertad de Holanda, fue uno de los primeros en plantear el secesionismo continental desde 2005 y amenazaba con un crecimiento que finalmente no se dio.
Wilders se juntó hace una semana en Milán con los otros líderes ultranacionalistas como Le Pen, el búlgaro Veselin Mareshki, el checo Tomio Okamura, el eslovaco Boris Kollar y representantes del húngaro Victor Orban, convocados por Matteo Salvini, de la Liga del Norte y vicejefe de gobierno italiano. El reclamo común es defender las fronteras de Europa, bajar impuestos y liberar al continente de los «okupas de Bruselas».
Se supone que este agrupamiento de extrema derecha, autodenominado Movimiento Europa de las Naciones y de las Libertades, podría sumar hasta 150 bancas en el Europarlamento de 751 curules. Sería el cuarto grupo, detrás de los dos tradicionales desde la fundación de ese estamento legislativo, los conservadores y los socialistas, y peleando un espacio con los liberales. Pero el que plantea las posiciones más disruptivas.
Ese desafío, que no es menor para la dirigencia europeísta, se suma a los otros temas que subyacen en esta elección. Como el de los recursos a destinar para la recepción de migrantes y el debate para una reformulación de la moneda común. En ambos casos, sería la respuesta a la demanda que crece por ultraderecha por no encontrar cauces institucionales. El problema de las migraciones –oleadas provenientes de regiones del mundo como Siria o Liba, donde las intervenciones militares de la OTAN y de EE UU tienen directa responsabilidad en el desastre– es uno de los caballos de batalla de los xenófobos. El otro problema es que el euro implica para algunas naciones aplicar políticas de ajuste feroz que generan situaciones sociales no menos explosivas entre los nativos. Y que las respuestas neoliberales no hicieron sino agravar.
A todo esto se suma la guerra comercial que desató el gobierno de Donald Trump y las amenazas de conflictos en Irán más las tensiones crecientes con Rusia y Turquía. Que también afectan al continente pero hasta ahora no se dio lugar para un mayor protagonismo. Quizás desde este lunes nazca, como esperan muchos, una nueva etapa en la integración continental, con la posibilidad más cercana de que con Brexit se saquen un lastre que el expresidente francés Charles De Gaulle siempre quiso lejos del proyecto de unidad.
Este viernes hubo elecciones en República Checa y en Irlanda, ayer en Lituania, Eslovaquia y Mallta, y hoy votan los 21 países restantes de la UE. España, además, celebra municipales y autonómicas en algunas regiones (ver aparte) al igual que Grecia. También habrá comicios generales en Bélgica. «
España es una caja de Pandora
Doce de las 17 comunidades autónomas españolas renovarán hoy parlamentos y gobiernos regionales, mientras que en todo el país se elegirán 54 representantes al Europarlamento. Así como en el resto de la UE, la principal preocupación es lo que pueda ocurrir con la derecha extrema, representada por el neofranquista VOX. Pero el panorama allí tiene otros condimentos que despiertan la atención.
Hace cuatro semanas el PSOE logró pasar la primera prueba en elecciones adelantadas por el jefe de Gobierno, Pedro Sánchez. La jugada le salió bien, pero ahora espera refrendar la recuperación del socialismo para ver la posibilidad de gobernar sin la ayuda que le ofrece Pablo Iglesias desde Unidas-Podemos ni otros sectores de la derecha.
UP enfrenta en la comunidad de Madrid a uno de los fundadores de ese espacio, Iñigo Errejón, que rompió con Iglesias y va con la alcaldesa Manuela Carmena. En Cataluña, la clave pasa por el independentismo, que creció con ERC hasta convertirse en otro factor de poder en la nación. Pero el viernes el Congreso suspendió a cuatro diputados independentistas catalanes, electos el 28A estando en prisión, en medio del juicio por el intento de secesión de 2017. Son el líder de ERC, Oriol Junqueras, de Jordi Turull, Josep Rull y Jordi Sánchez. El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, en tanto, sigue en una suerte de exilio en Bruselas. Una situación algo extraña que tal vez las urnas ayuden a resolver hoy.
Las horas de Theresa May en el 10 de Downing Street estaban contadas desde hace meses, pero ella no quería -o no podía- dar el brazo a torcer. Había llegado al poder tras la renuncia de David Cameron, envuelto en un entuerto que él mismo había creado como la consulta popular sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión europea, y el liderazgo del Partido Conservador había quedado por el piso. Irse significaba tirar la toalla, bajarse del ring sin al menos dar pelea. Pero la señora que alguna vez soñó con ser la primera mujer en ocupar el cargo de jefe de gobierno británico tuvo que anunciar este viernes que se va irremediablemente el 7 de junio. Muchos de los tiburones que a su alrededor olfateaban sangre ahora se lanzan a una lucha feroz para determinar quién habrá de conducir los destinos de la nación en medio del caos generado por el Brexit y el enfrentamiento con el organismo de integración continental.
May, nacida Theresa Brasier, hija de un vicario de la iglesia de Inglaterra -esa que fue creada en 1534 por Enrique VIII para divorciarse de Catalina de Aragón sin rendir cuentas a Roma- usa el apellido de su marido desde que se casaron, allá por 1980. Se habían conocido en la Universidad de Oxford, donde fueron presentados en una fiesta por la que luego sería primera ministro de Pakistán, Benazir Bhutto, asesinada en 2007, y desde entonces conforman una sólida pareja que, como no pudieron tener hijos, tienen todo el tiempo disponible para que cada uno se ocupe a full de lo que más le interesa. Él, Phillip May, al mundo de las finanzas, ella a la política.
Desde que comenzó a militar en el partido tory, se propuso ser la primera mujer en gobernar la nación. Pero le ganó de mano Margaret Thatcher, en 1979. Libriana, como la Dama de Hierro -Thacther del 15 de octubre de 1925, Theresa del 1 de octubre de 1956- también tenía que ser una mujer dura y sin concesiones, como mandan reglas tácitas para manejarse en un mundo tradicionalmente regido por hombres.
Pero los tiempos no eran los mismos, Cameron le dejó un campo minado y ella terminó envuelta en lágrimas.
Porque el hasta entonces líder conservador, que había llegado al poder en una alianza con el partido Liberal Demócrata en 2010, no tuvo mejor idea cinco años después que apostar a un referéndum para determinar si Gran Bretaña quería continuar en la Unión Europea. En medio del avance de los denominados «euroescépticos», a raíz de una fenomenal crisis económica que se iba extendiendo por el continente, era una forma de tranquilizar los ánimos dejando la decisión en las urnas. En 2014 el intento separatista escocés había sido ahogado en una consulta popular, ¿qué podría salir mal?
Sin embargo, la derecha eurófoba logró imponer el Brexit, el no a la UE, el 23 junio de 2016 por 52 a 48%. Luego se sabría de la actividad de la consultora Cambdrige Analytiuca en la difusión de fake news en los redes sociales y la manipulación de datos, en una operación ligada a los intereses de los grupos neoconsevadores internacionales cercanos a Steve Bannon, el que fuera asesor de Donald Trump. Pero ya era tarde.
El adalid de aquella liga antieuropea fue Nigel Farange a través del UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido), una agrupación xenófoba y ultranacionalista que atribuye los males de los ciudadanos británicos a los extranjeros que emigran a las islas y a las relaciones no beneficiosas con los socios continentales.
Ahora podría decirse que Farange lo hizo nuevamente.
May intentó vanamente desde que tomó el cargo hacer un acuerdo con Europa que no fuera demasiado desastroso para los intereses británicos. Ella, que había militado por permanecer, terminó defendiendo el Brexit como política de estado en defensa de lo que en el Reino Unido es una marca de distinción: si los ciudadanos votaron por irse, hay que respetar la decisión democrática.
Pero en Bruselas no se la hicieron fácil. Es que tanto Cameron, hasta que se fue en octubre de 2016, como ella, aplicaron en estas negociaciones otra característica muy británica como es sacar ventaja de toda oportunidad que se presente. Con sorna, en la capital belga decían que Cameron hacía como un tipo que va solo a un club de swingers.
Con ese mismo nivel de acidez, ahora aducen que los ingleses son como quien dejó de fumar pero pide un puro. Por eso de que se van pero no terminan de irse. Y a May le llegaron a decir que sus propuestas eran «nebulosas», lo que generó una fuerte réplica al presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.
En estos tres años, May llevó tres iniciativas diferentes a Bruselas. Desde una separación pero con un mercado común abierto y la posibilidad de veto ante decisiones europeas que no les resultaran convenientes, a plantear un frontera abierta en Irlanda del Norte, un puñal clavado en medio del archipiélago ya que deberían retornar controles militares a una región que a duras penas conserva la paz entre el Ulster británico y la Irlanda independiente, que no piensa en irse de la UE.
Entre tanto devaneo, y como en Westminster le rechazaron cada uno de los acuerdos preliminares que pudo alcanzar en el continente, la Dama de Hierro II se tiró a la pileta y en el 2017 adelantó elecciones. No le fue como esperaba y quedó en minoría en el parlamento. Otra jugada equivocada de los tories que debilitó más al sesquicentenario partido.
A principios de año Theresa May superó dos embates contra su cargo. Uno de su propio partido y otro de los laboristas, que de la mano de Jeremy Corbyn ven la posibilidad de volver a Downing Street. Así transcurrieron el 29 de marzo, primera fecha para la separación, y el 15 de abril, la segunda oportunidad. La primer ministro logró una ampliación del plazo hasta el 31 de octubre. Por esa razón, y contra toda lógica, los británicos a votaron este jueves para elegir 71 representantes al Europarlamento.
El resultado no se conocerá sino el domingo a la noche, cuando cierren todos los países. Lo que adelantan las encuestas en boca de urna es que el nuevo sello electoral de Farange, el Partido del Brexit, obtendría el 37% de los sufragios, los laboristas el 21% y los Liberal Demócratas el 12%. Los conservadores, en el mejor de los casos, rondarían el 10%, la peor elección en su historia. El golpe al bipartidismo que rige desde el fin de la segunda guerra mundial es catastrófico.
May se va el 7 de junio y no hoy, entre otras cosas, porque el 3 alguien tiene que recibir a Donald Trump en su visita oficial. La convención de los tories estaba planeada para el 15.
Antes, ya salieron a disputarse el cargo varios dirigentes conservadores. En el sistema británico, el partido que gana la elección elige a quien los representará y será la reina quien convocará para formar gobierno. Boris Johnson ya se está peinando su díscolos cabellos rubios para la foto. Es el más controvertido de los candidatos de los que figuran en esa lista. Con posiciones homófobas y racistas, fue dos veces alcalde de Londres y es lo más parecido a un Trump, incluso físicamente, que podría encontrase en las islas.
También entran en este selecto grupo Dominic Rabba, ex secretario del Brexit; Matt Hancock, ex secretario de Salud; o incluso Jeremy Hunt, ex secretario de Relaciones Internacionales.
En la mira tienen a Bruselas y a Corbyn, que con un planteo de izquierda antineoliberal viene sumando adeptos en el laborismo.
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