Cronista de atropellos, injusticias y exilios, Fernando Pino Solanas murió en París a los 84 años. En su dilatada carrera pública fue cineasta, pero también dos veces diputado nacional (1993-1997 y 2019-2020), convencional constituyente (1994), senador nacional (2013-2019), en 2007 se presentó como candidato a presidente en alianza con un sector del socialismo y en 2011 compitió por la jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En cada ocasión mostró un caudal de apoyos de muchos que reconocían su compromiso con las causas populares. Alejado del cine de ficción, en sus últimos años se destacó por su participación en distintas alianzas políticas. Los más jóvenes lo recuerdan por su intervención en el debate por el aborto, en 2019, por haber llevado al recinto un concepto claro como contundente: toda mujer tiene derecho a decidir sobre su cuerpo, con lo cual, tiene también derecho al goce. «¿Por qué nos da vergüenza hablar del derecho a gozar? A gozar de la vida y a gozar del cuerpo. El goce es un derecho humano fundamental», dijo. Para los más grandes, Pino Solanas es el cronista de las grandes tragedias argentinas de los últimos 75 años. Desde su primera incursión, junto con Octavio Getino, con La hora de los hornos, que circuló de manera clandestina durante la dictadura militar de 1966, hasta Viaje a los pueblos fumigados, de 2018, siempre fue un hombre incómodo para los poderes fácticos del país. No es aventurado sostener que aquel primer documental donde revelaba la trama de la opresión colonial y el rol del peronismo como acto de rebeldía, mucho tuvo que ver con el Cordobazo, de 1969. O que ambas fueron manifestaciones de una circunstancia que el cine de Solanas supo develar como pocos. Los hijos de Fierro, una ficción en la que el poema gauchesco de José Hernández servía de metáfora para contar la resistencia peronista, es de 1975, pero recién pudo verse en 1984. En ese lapso, Solanas se exilió en Francia luego de recibir amenazas de la triple A y de un intento de secuestro de un comando de la Marina. Hizo ficción, pero anclada en la situación política, entre 1985 y 1998, con El exilio de Gardel, Sur, El viaje y La nube. Período signado por el menemismo, al que había adherido en sus inicios, en 1991 sufriría un atentado luego de durísimas declaraciones contra el presidente, al que no le perdonó haber abandonado los postulados con que había sido electo y haber adherido a postulados neoliberales. A lo largo de este siglo, alternó sus intentos de construcción de una fuerza política capaz de incidir en el escenario nacional, con un programa bien concreto que iba desplegando desde sus documentales, elaborados de manera artesanal, y en los que se lo ve, cámara en mano, metido en el barro de las consecuencias de un modelo de devastación. La enumeración de los títulos exime de mayores comentarios: Memoria del saqueo (2004), La dignidad de los nadies (2005), Argentina latente (2007), La próxima estación (2008), Tierra sublevada: oro impuro (2009), La guerra del fracking (2013), Viaje a los pueblos fumigados (2018). Pino Solanas alternó cercanías y diferencias con los gobiernos kirchenistas, aunque el año pasado se sumó al Frente de Todos. En El exilio de Gardel, habla del destino de destierro de los argentinos. Desde un cantor nacido en Touluse emblema de la música rioplatense, hasta José de San Martin, el libertador que terminó sus días en Boulogne sur Mer. La muerte lo encontró en París, donde contrajo COVID-19 siendo embajador ante la Unesco de otro gobierno peronista.
Revista Acción, segunda quincena de Noviembre de 2020
Las elecciones municipales de este domingo dejaron algunas certezas sobre momento político brasileño. En primer lugar, que el bolsonarismo no es el fenómeno de masas que la granja de trolls del ultraderechista promueve desde las redes sociales. La segunda es que la centroizquierda mantiene un peso electoral importante, pero ya no está liderada por el PT. La tercera y quizás la más sugestiva es que Lula da Silva, como viejo zorro de la política que es, ya había previsto esta tendencia y en un momento clave de su derrotero judicial elevó a la categoría de sucesores a dos dirigentes que no son del partido que creó hace 40 años, sino una militante comunista gaúcha -a la que ungió como candidata a vicepresidenta en 2018- y uno del Movimiento Sin Tierra paulista. Y ambos, Guilherme Boulos y Manuela D’Ávila, están a las puertas de dar un batacazo en la segunda vuelta de San Pablo y Porto Alegre, si los ciudadanos de esos dos distritos claves se convencen de la necesidad de apoyar una opción progresista contra el neofascismo.
Este domingo hubo elecciones comunales en 5570 municipios de todo el país. Para el oficialismo era un comicio importante ya que si bien Jair Bolsonaro se quedó sin partido político, le dio su apoyo explícito a varios candidatos que le siguen fieles. La disputa era por el peso político que conserva el presidente, que según las encuestas tiene a esta altura un 40% de aceptación, y cómo eso se traduce en poder vecinal.
Por otro lado, los sectores de la izquierda y sobre todo el PT querían medir fuerzas luego de haber perdido en 2018 en elecciones donde el principal candidato, el ex presidente Lula da Silva, fue proscripto e incluso estaba detenido en ese momento. Este dato es para tener en cuenta, ya que no es difícil elucubrar que para Lula la mejor opción en San Pablo, la ciudad más poblada y la región más desarrollada del Brasil, que explica más del 33% del PBI de todo el Brasil, era Boluos, pero el PT llevó candidato propio.
Porto Alegre, en tanto, tiene una tradición más liberal y fue la primera ciudad en gobernar el PT y la cuna del Foro Mundial Social, que a principios del siglo alumbró una corriente de centro izquierda internacional progresista. Recuperar esas dos ciudades es un desafío y significaría un enorme aliciente en busca de recomponer la alianza que llevó al poder en Lula en 2003 y que terminó con un golpe institucional contra Dilma Rousseff en 2016.
Que Lula -detenido en la causa por corrupción pergeñada por el juez Sergio Moro el 7 de abril de 2018- tiene un olfato político impecable lo demostró ese mismo día en el acto q frente a la sede del Sindicato Metalúrgico, en San Pablo. En una tarima improvisada y ante una multitud, el dos veces presidente dijo que en Brasil la política había pasado a ser mala palabra para los medios hegemónicos y el poder judicial. Y presentó a dos dirigentes, Manuela D’Ávila, del Partido Comunista do Brasil, y Guilherme Boulos, del Partido Socialismo y Libertad (Psol) como «la esperanza del futuro que enfrentan la negación de la política». Tienen 38 y 39 años respectivamente.
Tuvo que pasar mucha agua debajo de los puentes como para que la realidad probara el acierto de aquella predicción. En San Pablo, Boulos obtuvo el 20,2% de los votos contra el centro derechista Bruno Covas, el alcalde saliente, del PSDB, con 32,8%. El candidato del PT, Jilmar Tatto, recibió apenas un poco más de 8%, un punto menos que el bolsonarista Celso Russomano. No parece tan fácil que Boulos termine triunfando en dos semanas, pero nadie aventuraba que llegaría a sentarse en el balotaje, de modo que nada está dicho.
En Porto Alegre, D´Avila logró 29% de sufragios contra 31% de Sebastião Melo, del MDB, el partido centrista que gobernó Brasil acompañando a Lula y Dilma pero terminó quedándose con el gobierno tras el golpe contra la presidenta a manos de Michel Temer. Allí el PT no presentó candidatos pero el PSOL, de Boulos, tiene algo mas del 4% de votos que, sumados a otros partidos progresistas, permiten pensar que un triunfo de la dirigente comunista es posible en la ciudad que acuñó la frase «Otro mundo es posible»..
Otra ciudad importante donde la izquierda puede arrimar el bochín es Recife, la capital de Pernambuco. Allí disputarán la segunda vuelta João Campos, del PSB, con 29,2%, con Marilia Arraes, del PT, con 27,95. Un dato curioso: ambos son primos. João es hijo del ex gobernador Eduardo Campos y bisnieto de Miguel Arraes, histórico líder de la izquierda regional. Marilia es nieta de Arraes, que era gobernador de Pernambuco en 1964, se negó a entregar el poder a los militares golpistas y fue encarcelado en el archipiélago de Fernando de Noronha hasta que se exilió en Argelia. Murió al frente del estado, a los 89 años, en 2005.
Hubo cierto alivio en el PT por los resultados generales, aunque se nota que el partido perdió fuerza y necesita nuevos aires. Por lo pronto, Lula celebró en Twitter.
Gleisi Hoffman, la presidenta del PT, agradeció al candidato paulista por su esfuerzo y pidió todo el apoyo para el dirigente del PSOL el 29 de noviembre.
La interpretación de Bolsonaro, por supuesto, fue radicalmente diferente. Para el presidente, la noticia del domingo es que la izquierda perdió y que «la ola conservadora llegó en 2018 para quedarse». Sin embargo, tuvo que salir a desmarcarse de sus candidatos. Es que en su “feudo” carioca, sus elegidos solo obtuvieron 9 de 44 nominaciones para concejales.
El ex obispo evangélico Marcelo Crivella, el alcalde saliente y que cuenta con todo el apoyo del presidente, arañó el 22% de votos, frente a su predecesor Eduardo Paes, del partido Demócratas, de esa derecha que rompió con el mandatario, y que llegó al 37%. Su defensa fue que su “ayuda a los candidatos se resumió en 4 lives en tres horas.
Mientras grupos afines Donald Trump preparaban para ayer a la tarde la llamada “Marcha del millón” –que se realizó en Washington y, si bien no registró tal cantidad de adhesiones, sí fue masiva–, una manera de presionar para un recuento de votos que dé vuelta el resultado “oficial” de la elección, el presidente continuaba su enfrentamiento con el Pentágono a niveles nunca vistos en la historia reciente de Estados Unidos. El martes, Trump echó sin diplomacia al secretario de Defensa, Mark Esper y luego recibió un mandoble de Mark Milley, el jefe del Estado Mayor Conjunto, quien le avisó que los militares no participarán de ninguna intentona de permanencia en la Casa Blanca. «Somos únicos entre los ejércitos. No prestamos juramento a un rey o una reina, ni a un tirano o un dictador, no prestamos un juramento a un individuo. No prestamos juramento a una tribu o una religión. Hacemos un juramento a la Constitución”.
La pelea de fondo con los uniformados –lo que implica que es con el aparato militar industrial– es por el retiro de tropas de Afganistán y Siria. Fue una de las premisas del empresario al llegar al gobierno y no pudo conseguir que en cuatro años lo obedecieran, a pesar de que si se habla de Constitución, el presidente es el jefe de todas las Fuerzas Armadas. ¿Lo lograría ahora?
Hace unos días, Trump tuiteó “deberíamos traer al pequeño número de nuestros hombres y mujeres valientes que están sirviendo en Afganistán para Navidad”. El presidente firmó acuerdos con los talibán para una entrega ordenada del poder en ese país asiático. Pero la resistencia dentro del Pentágono es enorme. Milley nunca ocultó su desacuerdo. “Es un plan basado en condiciones y nosotros continuamos monitoreando esas condiciones”, dijo.
Aliados republicanos como el representante por Texas Ron Paul, un libertario –mentor de los radicalizados Tea Party– que suele argumentar con vehemencia en contra de las guerras en las que EE UU está empantanado desde principios de este siglo, pretende otra postura de Trump, aun a 66 días del cambio de gobierno.
“El presidente siguió una política exterior sensata, definiendo ‘EE UU primero’ como sacar a EE UU de guerras interminables y contraproducentes –escribió esta semana–. Pero no se puede seguir una política exterior de ‘EE UU primero’ si se pone a personas como Mike Pompeo, John Bolton, Nikki Haley, Mark Milley a cargo de llevarla a cabo. Simplemente no lo harán. Estamos viendo eso nuevamente cuando se trata de retirar nuestras tropas de la larga y estúpida guerra en Afganistán”.
Bolton, ex asesor de Seguridad, se tuvo que ir humillado, como Esper, y Pompeo, el secretario de Estado, inició ahora una visita a los jefes de Estado de la OTAN, de los primeros en reconocer el triunfo de Joe Biden. Milley ahora devuelve golpe a golpe a la espera del cambio de administración en Washington.
Los guiños de Biden no pueden ser más auspiciosos para los amantes de la guerra y ponen incómodos, antes de asumir, a los progresistas que esperan recompensas políticas por el apoyo para obtener los más de 78 millones de votos acreditados en las urnas hasta ahora.
No es de extrañar que de las 23 personas de su equipo de transición, según publicó en el portal In These Times (ITT) la periodista Sarah Lazare, haya un tercio que acreditan como “su empleo más reciente» a organizaciones, think tanks o empresas relacionadas directamente con la industria de armamentos. “Esas cifras pueden ser mayores –escribe Lazare– ya que ITT no pudo obtener cuál es la financiación de todos los empleadores de manera exhaustiva.
Entre los sponsors de los asesores de Biden que seguramente tendrán un cargo en su gobierno –si es que finalmente Trump se va del Salón Oval– figuran, de acuerdo a ese informe, “General Dynamics Corporation, Raytheon, Northrop Grumman Corporation, Lockheed Martin Corporation y otros fabricantes de armas y contratistas de defensa, así como de compañías petroleras”.
Conviene recordar a esta altura que Biden, como vicepresidente de Barack Obama, supervisó el desarrollo de las guerras en Afganistán e Irak, a las que apoyó como senador en 2002, y las de Siria y Libia. Y que Trump, a pesar de las órdenes impartidas, nunca logró “traer de vuelta a casa” a las tropas.
La primera orden sobre Siria fue de diciembre de 2018 y provocó la renuncia de Jim Mattis, el primer secretario de Defensa. Jim Jeffrey, diplomático ahora jubilado y enviado especial de Trump para la región con el mandato de monitorear el retiro de tropas, reconoció en una entrevista reciente que dibujaron el número de efectivos y le dieron largas a la operación tanto como pudieron.
“Siempre estábamos jugando el truco de los tres vasos –declaró Jeffrey sin inmutarse– para no dejar en claro a nuestro liderazgo (el presidente) cuántas tropas teníamos allí”. Reconoce que la cifra real es mucho mayor de las 200 que Trump acordó dejar allí en 2019. “¿Qué retirada de Siria? Nunca hubo una retirada de Siria”, reconoce.
Queda claro que el sistema electoral estadounidense, útil para mantener los privilegios de las clases dominantes desde sus orígenes, cruje por todos los costados y cada vez se le hace más difícil “venderse” como modelo de democracia, lo que deja pedaleando en el aire a sus admiradores de todo el mundo. Le pasa a Jair Bolsonaro y las derechas regionales que acosan a Venezuela, Nicaragua, Cuba; a la UE, que pontifica en exrepúblicas soviéticas; a quienes fustigan a Irán, Rusia, China. Hasta Luis Almagro fue ridiculizado por su papel en Bolivia.
Porque una cosa es triunfar en las urnas y otra ganar en el colegio electoral. Salvo en la reelección de George W. Bush en 2004, desde 1988 los republicanos no tienen mayoría popular. Entre los demócratas, solo Barack Obama llegó a la Casa Blanca con más sufragios que su oponente. Incluso Bill Clinton, en 1992, tuvo minoría.
La lentitud del conteo habla de un sistema electoral diseñado para trabar el voto popular. Así hizo con los afrodescendientes durante 100 años. Creó salvaguardas para que la política sea una administración -por algo se denomina así a cada presidencia- y no un modo de incidir en la realidad.
¿Quería cambiar este sistema Trump? Él es un hijo rico que consolidó su fortuna con este modelo y en su gobierno favoreció a su clase como pocos en la historia de EE UU. ¿Lo haría Biden? Tendrá un Senado empatado y una leve mayoría en la cámara baja. Pero la gran pregunta es ¿por qué iba a querer cambiar? Es hombre de este sistema y llegó a la candidatura tras correr -con artimañas del mismo cariz- a Sanders en las primarias.En 2000, Bush ganó en la Corte tras semanas de controversia por votos dudosos en Florida. Asumió debilitado, pero a los 9 meses el atentado a las Torres Gemelas le granjeó el liderazgo. ¿Qué debería ocurrir para que EE UU recupere la imagen de pureza moral que los estadounidenses creen ver en el espejo? En 2000, Bush ganó en la Corte tras semanas de controversia por votos dudosos en Florida. Asumió debilitado, pero a los 9 meses el atentado a las Torres Gemelas le granjeó el liderazgo. ¿Qué debería ocurrir para que EE UU recupere la imagen de pureza moral que los estadounidenses creen ver en el espejo?
Donald Trump jugaba tranquilamente al golf en su club de Virginia cuando se difundió un comunicado en el que no reconoce el triunfo de Joe Biden y promete dar batalla legal porque asegura que le robaron votos clave. Agrega, y es cierto, que el demócrata se apuró a declararse ganador, y que la nominación no partió de un organismo acreditado, sino de medios de comunicación. Más allá de cuánto apoyo pueda lograr con su reclamo, la dirigencia política estadounidense y los gobiernos de Europa y América Latina, incluido el argentino, no necesitaron mucho más para felicitar a Biden . O, como se dice, picarle el boleto. Pocas dudas caben de que el 20 de enero habrá un nuevo inquilino en la Casa Blanca.
La confirmación del resultado partió, como viene ocurriendo con el cómputo electoral, de la agencia Associated Press, sobre cuya infografía se colgaron los principales medios de todo el mundo para tener el escrutinio en tiempo real. Eso llevó a confusiones ya que AP computó desde el miércoles los 11 votos electorales de Arizona para Biden, cuando aún faltaban cientos de miles de sufragios. De hecho, al cierre de esta edición se había escrutado allí el 90% de los votos y la diferencia en favor de Biden era de 20.573. La incertidumbre alentó a bandas armadas que apoyan a Trump a ponerse amenazantes en condados como Maricopa –célebre por su ex sheriff Joe Arpaio, un xenófobo declarado que perseguía violentamente a inmigrantes– donde permanecieron armados con fusiles a las puertas del centro de conteo. Mientras tanto, el Comité Nacional Republicano inició una campaña para recaudar 60 millones de dólares que estiman necesarios para solventar todas las demandas judiciales.
Grupos de militantes civiles, en tanto, se concentraban para defender que todos los votos que llegaban por correo, de acuerdo a las reglamentaciones de cada estado. Esta es la estrategia de Trump para alegar fraude. La abrumadora mayoría de los votos postales favorecen a Biden y se entiende: en medio de una segunda ola de Covid-19, son el sector de la sociedad que cree que el virus sí existe y es necesario evitar aglomeraciones para no contagiarse.
Nadie debería sorprenderse con la actitud de Trump. Hace meses rechazó el voto adelantado o por correo y dijo que no reconocería ningún resultado adverso. En ese momento pudo parecer una bravuconada, pero ahora parece decidido a probar que no mentía. El caso es cuántos de quienes lo secundan están dispuestos a seguir hasta el final. En todo caso, el “trumpismo” es una fuerza con mucho caudal de voto y a pesar de críticas y graves errores de gestión, logró casi 71 millones de adhesiones, 4 millones más que Barack Obama en 2009, aunque 4 millones menos que Biden esta vez. La cuestión pasa por saber si Trump está dispuesto a liderar a este sector extremo.
Biden llega a esta instancia a punto de cumplir 78 años. Con una dilatada carrera política, el que fuera vicepresidente de Obama es un personaje del establishment. Sus biógrafos resaltan su entereza ante un destino trágico: apenas un mes después de haber ganado la banca para senador por Delaware, a los 29 años, su esposa Neilia y su hija de un año Naomi murieron en un accidente automovilístico. En 2015, el mayor, Beau, murió de cáncer. El año pasado el otro hijo, Hunter, apareció en una investigación por corrupción en Ucrania que pretendió explotar Trump.
Biden también se opuso al transporte escolar de niños negros a escuelas de mayoría de blancos; apoyó la nominación de un juez de la Corte que tenía acusaciones de acoso sexual; apoyó políticas de línea dura para combatir el delito que elevó la cifra de presos negros y de bajos recursos en las cárceles; votó a favor de la invasión de Irak en 2002. Y defendió la alianza de EE UU con Gran Bretaña en la Guerra de Malvinas. Sabedor de que EE UU es un país dividido, se comprometió a ser un presidente «para todos los estadounidenses, hayan votado por mí o no”. En tono bíblico, señaló también: «Es hora de que EE UU se una y es hora de la sanación».
Sabedor de que EE UU es un país dividido, se comprometió a ser un presidente «para todos los estadounidenses, hayan votado por mí o no”. En tono bíblico, señaló también: «Es hora de que EE UU se una y es hora de la sanación».
Parece una ironía, pero Donald Trump pidió observadores para el conteo de votos en Pensilvania y se queja de que no los dejaron entrar a los centros donde se realiza el escrutinio. Como que se había acostumbrado a usar a la OEA para maniobrar en el sur del continente y ahora extraña a la organización que comanda el uruguayo Luis Almagro. A medida que avanza el recuento de sufragios y el actual presidente ve como algunos triunfos se le van escurriendo de las manos, comenzó a denunciar fraude y amenazar con recurrir a la Corte, ahora totalmente inclinada hacia los republicanos. Desde el otro lado de la grieta, Joe Biden llamó a la calma, dijo que aún era prematuro para declararse ganador, pero deslizó que será el presidente de todos los estadounidenses, a los que recomendó mantenerse unidos.
En su principal medio de comunicación, la red Twitter, Trump denunció maniobras en su contra. «Nos hemos adjudicado, a los efectos del voto electoral, la comunidad de Pensilvania (que no permite el ingreso de observadores legales) el estado de Georgia, el de Carolina del Norte, en cada uno de los cuales hay una gran ventaja de Trump”. Y agrega en un hilo que “adicionalmente reclamamos el estado de Michigan, donde hubo un gran número de votos desechados en secreto como se ha informado».
We have claimed, for Electoral Vote purposes, the Commonwealth of Pennsylvania (which won’t allow legal observers) the State of Georgia, and the State of North Carolina, each one of which has a BIG Trump lead. Additionally, we hereby claim the State of Michigan if, in fact,…..— Donald J. Trump (@realDonaldTrump) November 4, 2020
El tercer hijo presidencial, Eric Trump, y el ex alcalde de Nueva York Rudy Giuliani, se sumaron a la protesta y en una conferencia de prensa en Filadelfia afirmaron que el actual mandatario no solo ganó el estado de Pensilvania, sino en el resto de los estados en disputa.
Eric Trump dijo que los demócratas están tratando de “hacer trampa” mediante fraude electoral masivo y prometió presentar una cautelar para detener el conteo en Pensilvania. A su turno, Giuliani -cercano al jefe de la cámara baja argentina, Sergio Massa y abogado de Trump en causas judiciales- dijo que lo que está ocurriendo en esta ocasión «está más allá de todo lo que he visto antes», y planteó, enardecido a una mutitud: «¿Crees que somos estúpidos? ¿Crees que somos tontos? Sabes algo, los demócratas sí piensan que eres estúpido. Y creen que eres tonto».
Ante la avalancha de denuncias y la amenaza de incidentes con las bandas armadas que siguen a Trump, Biden tuvo que salir al ruedo. En un discurso de tono medido, el candidato demócrata dijo que la fórmula que encabeza con Kamala Harris estaba rompiendo el récord de voto popular en Estados Unidos. A esa altura ya tenía 71.112.367 votes sufragios, contra 68.200.446 de Trump. El anterior récord era de Barack Obama, en 2008, cuando sumó casi 69,5 millones de votos.
La estrategia de Trump de desconocer el resultado de los votos electorales había sido prevista, pero no por ellos deja de resultar efectiva a la hora de embarrar la cancha.
Para sustentar sus denuncias, Trump espera gestos de la Suprema Corte tras haber logrado nominar a Amy Coney Barrett, una camarista ultracatólica con la que los conservadores suman 6 bancas en el tribunal, contra 3 liberales.
Habrá que ver hasta dónde puede avanzar, habida cuenta de que muchos de sus correligionarios no están dispuestos a seguir en esa aventura que pone en riesgo la estabilidad del sistema político y hasta puede disparar graves incidentes con grupos fanáticos que siguen al presidente.
«Cuando finalice el conteo, creo que vamos a ser los ganadores», dijo Biden desde Wilmington, en Delaware, tratando de poner paños fríos a la situación. Se sabía que el escrutinio de los votos adelantados y por correo iba a demorar el resultado final en varios distritos. Para un sistema que garantiza el total de los votos electorales al que triunfe aunque sea por un voto, la puja es decisiva para llegar al Salón Oval.
«Nosotros, el pueblo, no vamos a ser silenciados. Nosotros, el pueblo, no vamos a ser intimidados», indicó el aspirante demócrata, tras afirmar que sus palabras no debieran tomarse como si se declarara ganador, aunque, aclaró «está claro que los demócratas han ganado suficientes estados para alcanzar los 270 votos electorales para ganar la Presidencia».
En ese momento, se le computaban 264 votos contra 214 de Trump, pero todo era muy cambiante e inestable. Así lo será por algunos días, si se tiene en cuenta que en Carolina del Norte, por poner un ejemplo, hay plazo hasta el 12 de noviembre para computar los votos emitidos este martes antes del cierre del comicio.
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