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El huracán Manes

El huracán Manes

Facundo Manes desató un vendaval en la alianza opositora comparable, quizás, a la fiereza del huracán Ian, que por estos días cruza el Caribe devastando todo lo que encuentra a su paso. Las lapidarias frases del neurólogo sobre el Gobierno de Mauricio Macri hicieron crujir a la unidad de Juntos por el Cambio de un modo que no se veía desde los embates de Elisa Carrió o Gerardo Morales, hace unos meses. Pero también despertaron en los comunicadores más cercanos al PRO y en los trolls de redes sociales una furia que suelen tener reservada solo para el kirchnerismo.
No es que el neurólogo haya dicho alguna novedad. Simplemente recordó que Macri «tuvo operadores que manejaban la Justicia» y que «hubo evidencia de que espió a gente de su propio Gobierno». No fue una denuncia aislada, sino que esa frase, en el programa de Luis Majul en LN+, formaba parte de un concepto que Manes intenta desarrollar dentro de su estrategia para posicionarse de cara al 2023.
Así, contrapuso el que denominó «populismo económico», propio, a su entender, del Gobierno de Cristina Fernández, con el «populismo institucional», dentro del cual ubicó al macrismo. Fue una devolución de gentilezas del representante de la UCR en la Cámara Baja nacional, que no olvidó que, para el exmandatario de Cambiemos, el populismo en Argentina nació en 1916 con Hipólito Yrigoyen, y que el peronismo solo sería una continuación de ese «mal endémico» del país.
Hubo un veloz alineamiento del PRO en torno a Macri, traducido en ataques furibundos contra Manes. Desde un mensaje de respaldo casi formal de María Eugenia Vidal –«no cuenten conmigo para difamar, ensuciar o agredir a @mauriciomacri ni a nadie de Juntos por el Cambio»– hasta el violento brulote de Fernando Iglesias: «El que trajo al neurocoso que se lo lleve». No faltaron denuncias de traición o la acusación de «infiltrado kirchnerista» recordando alguna foto de cuando con su equipo operó a la expresidenta de un hematoma subdural, en 2014.

Vuelta de tuerca
Con las horas, a la polémica se sumaron cuestionamientos de dirigentes de la UCR y un comunicado de la cúpula nacional de la partido en el que, sin nombrar el incidente, hablan de «cuidar entre todos la esperanza que construyó Juntos por el Cambio». El radicalismo bonaerense, por su parte, defendió «la pluralidad, el debate, la discusión sincera y la transparencia» como parte de la lucha política.
En el fondo, Manes dio una vuelta de tuerca a denuncias de la exdiputada Carrió, que había dicho que la espiaban, y del titular de la UCR y gobernador jujeño sobre presuntos actos de corrupción en la gestión de Horacio Rodríguez Larreta, que también habían removido el avispero en la interna. Pero ahora esas palabras en boca de un diputado radical dejaron en off side a más de uno.
La agria respuesta mediática fue interpretada por el escritor y analista político Jorge Asís como un «deschave frontal de los comunicadores que reaccionan como efectivos instrumentos de la política». En resumen, que Manes desnudó la mala praxis de muchos por decir algo que todos saben pero ocultaron o justificaron puntillosamente. El historiador Marcelo Larraquy, autor de varias investigaciones sobre la violencia política en Argentina, argumentó irónicamente: «Tremendo desafío le queda ahora a Manes por delante:  enfrentar al PRO, al Comité Nacional de la UCR y al periodismo independiente».
Parte de la saña que descargaron sobre el científico y legislador se entiende porque sus palabras coincidieron con la presentación del segundo libro de Macri, Para qué, una suerte de programa de cara a las presidenciales del año que viene. No necesariamente porque él se esté ofreciendo para encabezar la fórmula de ese espacio como para delinear su propuesta de «hacer lo mismo pero más rápido».
Y esa no es la idea del radicalismo, que se autopercibe como furgón del cola de una alianza que ayudó a formar para derrotar al kirchnerismo en 2015 pero que no le dejó margen para crecer. Es así que estos chispazos suenan a pirotecnia para marcar la cancha. O un intento de cosechar apoyos en sectores de la sociedad descontentos con el oficialismo a los que esperan convencer con un mensaje subliminal: «Sabemos lo que pasó y con nosotros no volverá a ocurrir».
Manes renovó esperanzas dentro del centenario partido radical. Pero luego de esquivar golpes de todos lados, como reconocieron en su entorno, ahora bajó un cambio. Y si bien la política no es un juego para inocentes, en el canal TN le dijo a Diego Sehinkman: «No me imaginé que iba a hacer tanto lío». Luego intentó aclarar los tantos. «El Gobierno de Macri llegó con obligación de sanear las cloacas de los servicios de inteligencia, ciertos aspectos de la influencia del poder político en la Justicia, lamentablemente es una deuda que tenemos que reconocer», dijo, para quejarse luego de los ataques de los trolls en lo que interpretó como «un sistema que ves coordinado, masivo». ¿Otra deuda pendiente de la política?

Revista Acción, 8 de Octubre de 2022

Palabras más, palabras menos

Palabras más, palabras menos

No es la primera vez que la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner habla de avanzar hacia un acuerdo entre las fuerzas políticas para salir de un atolladero que atraviesa la Argentina desde hace décadas. Y lo había escrito sobre un tema puntual en una carta abierta del 26 de julio de 2020, horas antes del décimo aniversario de la muerte de Néstor Kirchner. «El problema de la economía bimonetaria es, sin dudas, el más grave que tiene nuestro país, y es de imposible solución sin un acuerdo que abarque al conjunto de los sectores políticos, económicos, mediáticos y sociales», expresó entonces.
Que el manejo de las variables económicas está ligado al mercado de las divisas es algo innegable y afectó a todos los Gobiernos desde la recuperación de la democracia. Pero en los últimos tiempos, a este drama de difícil resolución –que arrastra la espiral inflacionaria y acrecienta la desigualdad y sobre todo la incertidumbre–, se le fue sumando la violencia política que, desde la pandemia, expresan grupos extremos identificados con una derecha visceral sustentada en personajes que resultan atractivos para los medios concentrados. El intento de magnicidio es, en tal sentido, la expresión de un síntoma tanto como una advertencia para toda la dirigencia.
Desde el entorno de la expresidenta y desde el Gobierno se buscó tender lazos con los sectores de la oposición para salvar los pactos implícitos desde el día que asumió Raúl Alfonsín, el 10 de diciembre de 1983. Para Cristina Fernández, los discursos de odio que se fueron extendiendo y, peor aún, normalizando, implican un peligroso deslizamiento hacia épocas sangrientas para la sociedad argentina que la dirigencia tiene la obligación de frenar.
Pero justamente el atentado, una piedra angular en todo este proceso, se convirtió en un hecho sujeto a discusión ontológica. Y sobre esa base, los intentos de acercamiento chocan con las interpretaciones minimizantes de sectores de la oposición que ligeramente se pueden definir como «halcones».
Como están las cosas, hay coincidencia entre todos los actores políticos en que un pacto como ese debe partir de un encuentro entre Cristina Fernández y Mauricio Macri. La historia argentina muestra ejemplos contradictorios sobre el alcance de pactos semejantes. No hace falta ir al siglo XIX, ni siquiera al encuentro Perón-Balbin de los años 70.

Mesa para dos
La reforma constitucional de 1994 solo fue posible tras un acuerdo entre Carlos Menem y el propio Alfonsín. El todavía líder de la UCR dejó jirones en el camino al Pacto de Olivos con el que consideraba que podía salvar la democracia en un momento crítico. A nadie escapa que juntarse con el enemigo político tiene costos y tampoco que una imagen política muchas veces se construye como la contracara del oponente.
La vicepresidenta, lideresa de un sector del peronismo mayoritario y contestatario del establishment, viene dando muestras de todo lo que está dispuesta a sacrificar. La decisión de que Alberto Fernández sea el candidato presidencial podría ser un ejemplo de esa actitud. Más acá en el tiempo, la llegada de Sergio Massa al Ministerio de Economía es otra muestra de pragmatismo, es cierto, pero también de una voluntad de acordar con políticas que no estaban en su ideario.
Por el lado del fundador del PRO, hasta el momento los tantos parecen más confusos. Uno de sus allegados más cercanos, el senador José Torello, recibió de la propia titular de la Cámara Alta el convite de que se sienten a charlar sobre cómo avanzar en pactos que a esta altura no serían solo sobre economía sino de convivencia. O de supervivencia. Torello es amigo de toda la vida de Macri y también fue uno de los impulsores de la persecución judicial al Gobierno kirchnerista. El dato no es irrelevante.
Pero desde el mismo macrismo fueron surgiendo voces de rechazo. Que se expresan en la afirmación de que tanto el Gobierno como el kirchnerismo sobreactúan el atentado, que se victimizan. Desde los medios afines a la oposición, en tanto, algunos comunicadores lograron instalar la certeza de que fue un autoatentado. Deslizan que es una operación para condicionar el avance del juicio Vialidad.
El propio Macri, cuando aún la Justicia no terminó con la investigación y desde la querella de CFK insisten en seguir la línea de responsables «hacia arriba» –ya sea en agrupaciones políticas como estamentos de fuerzas de seguridad y agentes de inteligencia «cuentapropistas»–, definió al intento de asesinato como «obra de un grupito de loquitos».
Se entiende que, en ese clima, más que la voluntad de los protagonistas, lo que está en juego para un acercamiento es la interna de cada cual dentro de su espacio. Las cartas de la vicepresidenta son «un marco mínimo de consenso institucional de una idea de nación» en el cual quede claro que no se puede «exterminar al adversario ni tratar de asesinar presidentes», afirman cerca de ella.
Macri dijo que no tendría problemas en sentarse a tomar un café, pero, aclaró, «con la Constitución sobre la mesa». A su alrededor recuerdan que no llegaron a ponerse de acuerdo ni siquiera para la entrega del bastón de mando en 2015. Pero algo de agua corrió bajo el puente desde entonces. 

Revista Acción, 22 de Septiembre de 2022

Presión desde el margen

Presión desde el margen

En medio de una paridad en la correlación de fuerzas parlamentarias –que hace dificultoso el avance de proyectos trascendentes para la sociedad–, y mientras promedia un año sin elecciones, el panorama aparece marcado a fuego por disputas internas en las dos principales coaliciones políticas del país: la que gobierna, el Frente de Todos, y su oposición más importante, Juntos por el Cambio.
Lo que va quedando claro de cara a 2023 es que la propuesta de la derecha para los tiempos que vienen será de sinceridad brutal a diferencia de 2015, cuando la promesa –incumplida– de Cambiemos era, para decirlo en sencillo, «dejar lo que funcionaba bien y arreglar lo que estaba mal». Ya no se oculta el contenido de lo que se pone en juego.
Lo señaló de un modo muy directo el exministro de Defensa, Agustín Rossi, al advertir la necesidad de mantener la unidad más allá de las diferencias dentro del Frente de Todos. «Lo que se va a discutir el año que viene es el sentido de la historia de los últimos 70 años. La derecha que se va a presentar a elecciones va decir que los problemas de los argentinos son causa de los gobiernos populistas».
Es cierto que el latiguillo de que la Argentina viene en caída desde hace siete décadas fue usado de un modo recurrente por el expresidente Mauricio Macri desde que llegó a la Casa Rosada. Pero en la campaña que lo llevó a la primera magistratura llegó a asistir a la inauguración de un monumento en homenaje a Juan Domingo Perón frente al edificio de la Aduana, compartiendo el acto con el dirigente camionero Hugo Moyano y el expresidente interino Eduardo Duhalde.
El discurso público en estos años, azuzado por los medios hegemónicos, se fue corriendo cada vez más a posiciones ultras, como las que representan los «libertarios» encabezados por Javier Milei y José Luis Espert. Y en ese fárrago extremo afloraron dentro de la oposición las divergencias que siempre subyacieron entre los representantes de la Unión Cívica Radical y el PRO. Incluso dentro del partido fundado por Macri, Milei se convirtió en una piedra del escándalo.
El exmandatario –ligado ideológicamente con ese sector– tiene en Patricia Bullrich a una aliada. Pero en el último cónclave partidario no llegaron a un acuerdo para incorporar a Milei, que por otro lado, no dio señales de anhelar tal cosa. El espacio cercano al alcalde porteño, Horacio Rodríguez Larreta, quien no niega sus aspiraciones presidenciales, también se muestra remiso, y razones no le faltan. En su facilidad para la caratulación, Milei definió al jefe de Gobierno de CABA como una «paloma socialista».
Macri y la Fundación Libertad –un think tank financiado por instituciones privadas y grupos económicos de la Argentina, entre ellos la concursada agroexportadora Vicentin– celebraron un encuentro en la ciudad de Santa Fe con la presencia del Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa y el expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti donde nadie se guardó nada. «Argentina fue uno de los primeros en crear el populismo, con Perón y Evita. Tal vez seamos uno de los primeros en erradicarlo. Lamentablemente lo hemos exportado al mundo y está siendo muy contagioso», dijo Macri.
En ese mismo encuentro, Rodríguez Larreta sostuvo una idea que ronda desde hace tiempo. Hay que ir rápido a una reforma de las leyes laborales y del sistema previsional. Pero, reconoce, para lograr algo así es necesario un fuerte apoyo político, de al menos «el 70%, con el 50% más uno no alcanza», explicó. El consenso del que habla, recalcó, «no es con todos, con el kirchnerismo y con la izquierda no nos pondríamos de acuerdo nunca».
La que le puso el nudo al mensaje –a pesar de sus diferencias dentro del PRO y de su aspiración a ser ella la candidata–, fue la exministra de Seguridad, con una sentencia que recordó al exlíder británico Winston Churchill. «Yo sé que el cambio es difícil y es con dolor y es con esfuerzo, ¿qué vamos a elegir, la mediocridad de la decadencia o la valentía del cambio con esfuerzo y con dolor?». Buen resumen de esa propuesta: sangre, sudor y lágrimas.
Esa concepción del mundo que comparten las capas más privilegiadas de la sociedad está instalado tan profundamente como para que en el tractorazo de abril pasado –que no resultó tan convocante como esperaban sus organizadores–, Bullrich y Rodríguez Larreta decidieran mostrarse acompañando las demandas «contra la presión impositiva y la intervención del Gobierno en el mercado de granos».
Uno de los ruralistas que estuvo en la organización, José Perkins, también fue bastante transparente en una entrevista con Alejandro Bercovich. «Queremos que nos devuelvan el país, el de Alberdi, el de la Constitución, el que recibió Perón», dijo, y ante la repregunta del periodista, Perkins abundó: «Queremos volver a los principios del siglo XIX».

Radicales incómodos
Desde esta perspectiva, la sociedad entre radicales y el PRO resulta hoy bastante engorrosa. En principio, porque durante toda la gestión de Macri la UCR se sintió un convidado de piedra, que aportó inserción territorial a un partido solamente capitalino sin recibir mucho a cambio. Pero, además, porque en las elecciones de medio término candidatos radicales obtuvieron un apoyo en las urnas que no esperaban en los cálculos previos. El actual titular del centenario partido, el gobernador jujeño Gerardo Morales, ya en «modo candidato», suele declarar que no apoyarían una nueva postulación de Macri.
El fundador del PRO le devuelve gentilezas y en un almuerzo partidario en Puerto Madero reclamó que el partido «no se deje manejar por la UCR en el Congreso, como sucedió en las últimas votaciones». No solo eso, «tenemos que diferenciarnos y no seguir cayendo en la trampa del radicalismo», señaló abiertamente.
Las quejas de Macri tienen un contenido muy específico pero también a su manera marcan la cancha de lo que la dirigencia política está ofreciendo a la sociedad como futuro. Morales, que se había adelantado hace tres años a la legalización de la producción de cannabis medicinal en su provincia, promovió el proyecto de ley que fija el marco regulatorio de ese cultivo y el del cáñamo industrial. Los legisladores del PRO votaron en contra argumentando que el régimen que crea la norma «tiene las características de un nuevo impuesto y favorecerá una mayor burocracia estatal».
Si se habla de populismo en Argentina, la vara seguramente habría que correrla hasta 1916, cuando Hipólito Yrigoyen asumió la primera magistratura luego de décadas de luchas por la democratización del voto en el país. Fue el primer presidente radical y el que hace justo un siglo creó YPF, la petrolera estatal. Una de las empresas, junto con Aerolíneas Argentina, que prometen privatizar nuevamente los potenciales candidatos del PRO.

Tiempo Argentino, 15 de Mayo de 2022

Las cartas sobre la mesa

Las cartas sobre la mesa

La centralidad que mantiene en la política argentina la vicepresidenta Cristina Fernández quedó de manifiesto una vez más el último fin de semana de noviembre. El viernes 26, el anuncio de que el Tribunal Oral Federal (TOF) Nº5 había sobreseído a la expresidenta y a sus hijos en la causa por supuesto lavado de dinero en las sociedades Hotesur y Los Sauces fue la primera señal. La decisión firmada por los jueces Adrián Grünberg y Daniel Obligado, con la disidencia de Adriana Palliotti, recibió, como era previsible, el rechazo de la oposición y de los medios hegemónicos que incluso convocaron, con poco éxito, a una caceroleada frente al edificio donde vive CFK, en el barrio porteño de Recoleta. Más allá de las discusiones sobre el fallo, la decisión de los magistrados que evitaron la realización del juicio oral y público por el caso de los hoteles de la familia Kirchner desató una andanada de indignación en un sector bien determinado del arco político y mediático.
Esa misma mañana, el expresidente Mauricio Macri había obtenido un guiño favorable a su intento de sacar del tribunal de Dolores, a cargo del subrogante Martín Bava, la causa por espionaje ilegal a familiares de víctimas del hundimiento del submarino ARA San Juan para llevarla a uno en Comodoro Py más amigable para sus intereses. Entre los que condenaron el aval de la Cámara Federal de Mar del Plata a que el Tribunal de Casación decida en qué juzgado continuará la investigación estuvieron los propios espiados, que desde un primer momento cuestionan las continuas maniobras de la defensa de Macri para evitar que sea imputado por esa causa y lo que califican como permisividad intolerable del Poder Judicial. Sin embargo, pocos días después el expresidente fue procesado por Bava. Para el magistrado, Macri consintió prácticas ilegales que se inscriben en un «cambio de paradigma» en la estrategia de seguridad e inteligencia de la Argentina desde la recuperación de la democracia. «Las prácticas ilegales que se ventilan en esta resolución nos remontan a las épocas más oscuras de nuestro país», escribió Bava, tras considerar que «la tarea que llevaba adelante la AFI era espiar y después analizar si había un delito».
También en este caso, la discusión técnica sobre quién debería investigar qué cosa está teñida del recelo en una sociedad donde parte de la dirigencia y casi todos los medios de comunicación hace tiempo que no discuten sobre la realidad sino sobre interpretaciones que llevan agua a cada molino. Pero si hay una diferencia entre lo que ocurre hoy con el accionar del sistema judicial y el anterior Gobierno es que parece haber caído en desuso la llamada «doctrina Irurzun», que permitió detenciones por el presunto «poder residual» que conservarían funcionarios de Gobiernos pasados. Lo que le genera no pocas críticas al manejo del área de Justicia del presidente Alberto Fernández dentro de la tropa oficialista, que reclama por la detención de Milagro Sala y considera que no se hace nada para exculpar a los perseguidos por el macrismo.
No es la primera causa contra Cristina Fernández que naufragó en estos meses. Baste recordar las de dólar futuro y memorándum con Irán. En ninguna de ellas está dicha la última palabra porque siempre quedan instancias de apelación, incluso ante la Corte Suprema. En el caso de Macri, los procesos abiertos en su contra parecen encaminarse hacia un fárrago sin resolución en el foro que más lo favorece, que son los tribunales federales del barrio porteño de Retiro.
A medida que avanzan las negociaciones por la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI) también se potencian las críticas hacia el Gobierno dentro de la coalición gobernante, las presiones mediáticas –acompañadas por maniobras en los mercados financieros– y los brulotes de la oposición. No faltan quienes puntualizan la demora y hasta la inacción para impulsar la denuncia realizada en marzo pasado luego de un informe del Banco Central y la Auditoría de la Sindicatura General de la Nación sobre el acuerdo con el FMI de 2018, que dejó un tendal de 44.000 millones de dólares de deuda que amenazan el futuro de varias generaciones de argentinos. La causa «Macri, Mauricio y otros s/ defraudación por administración fraudulenta y defraudación contra la administración pública» quedó radicada en el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal Nº5 a cargo de la jueza María Eugenia Capuchetti, quien delegó la investigación al fiscal Franco Picardi.

Gritos y silencios
No hubo muchas novedades en el caso, salvo elementos que aportó el propio Macri, quien en sucesivas declaraciones dijo que el destino de ese monto monumental de dinero fue para pagar deudas del Gobierno anterior y luego afirmó que era «para pagarles a los bancos comerciales que se querían ir del país».
En las últimas semanas y luego de las elecciones de medio término, el propio presidente Alberto Fernández puso en la agenda la negociación con el FMI. La oposición y sus medios afines batieron palmas sobre qué pensaba la vicepresidenta acerca de cómo se llevaban adelante esas conversaciones entre el Gobierno nacional y la cúpula del Fondo. Y sobrevoló nuevamente la especulación de qué quería gritar con su silencio en torno al asunto, si se permite el oxímoron. Pero sobre el final de noviembre otra carta de CFK removió el avispero político. La noticia de que la vicepresidenta había escrito una nueva misiva hizo temblar a propios y ajenos, recordando el vendaval que había provocado su carta del 17 de septiembre luego de que el oficialismo perdiera las PASO, con cambio de Gabinete incluido. El tema central de esta no fue sobre espacios internos o cuestionamientos más o menos velados a la tarea de algún funcionario, sino que giró en torno a la negociación con el FMI por la astronómica deuda contraída por Macri.
Para irritación de quienes no la quieren, fue directo al grano desde el título: «De silencios y curiosidades. De leyes y responsabilidades». Y dispara una serie de preguntas provocativas. «¿En serio que los mismos y las mismas que trajeron de vuelta el FMI a la Argentina, reiniciando el ciclo trágico de endeudamiento que Néstor Kirchner había clausurado en el año 2005, hoy no se hagan cargo de nada? ¿En serio que los mismos y las mismas que recorrieron el país y los canales de televisión recitando el mantra “hay que quitarle la mayoría a Cristina en el Senado para que el Congreso no sea una escribanía del Gobierno”, ahora quieren que “Cristina defina si el acuerdo con el FMI está bien o está mal?”».
La misiva, luego de reconocer que el peronismo por primera vez desde 1983 pierde el quorum en el Senado, recuerda que «la lapicera» para firmar el acuerdo la tiene el presidente, y que el documento deberá pasar por la instancia del Congreso. Al mismo tiempo, alienta al primer mandatario a sostener su discurso del 9 de julio pasado en la Casa de Tucumán, en el que dijo «nunca esperen de mí que firme algo que arruine la vida del pueblo argentino, nunca, nunca».

Alberto López Girondo

PAÍS POLÍTICA | VIOLENCIA EN EL SUR

Causa mapuche

1 de diciembre de 2021

Diego Alejandro Ravasio, de 44 años, y Martín Cruz Fielberg, de 48, fueron imputados y quedaron detenidos con prisión preventiva por el asesinato del joven mapuche Elías Garay, de 29 años, en Cuesta del Ternero, al norte de la localidad rionegrina de El Bolsón, donde también resultó herido Gonzalo Cabrera, de 21. Este caso es emblemático por varias razones. En primer lugar, muestra una escalada peligrosa contra la comunidad mapuche que viene creciendo desde la llegada del Cambiemos al poder en diciembre de 2015. Los casos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel son las primeras muestras de una ofensiva que tiene condimentos políticos, xenófobos y una dosis de intereses económicos que subyacen cada vez menos ocultos.
Unos días antes del asesinato de Garay, el presidente Alberto Fernández había prorrogado por otros cuatro años mediante un DNU la emergencia en materia de posesión y propiedad de las tierras de las comunidades originarias que contempla la Constitución de 1994.
La Lof Quemquemtrew, asentada en Cuesta del Ternero, está sitiada por fuerzas policiales porque los terrenos están reclamados por dos empresarios de la zona para una explotación maderera. No les dejan ingresar ninguna vitualla, pero los acusados pudieron pasar sin problemas. Feilberg y Ravasio están relacionados con los empresarios. Sus nombres quedaron registrados en el puesto policial que custodiaba el sector por donde entraron. Y fueron identificados en la declaración testimonial de Cabrera.
En Bahía Blanca, la dirigente mapuche Olga Curipán sufrió la amenaza de un ignoto grupo parapolicial autodenominado Comando de Restauración Nacional. En El Bolsón, jinetes vestidos de gauchos corrieron a rebencazos a manifestantes que reclamaban justicia por Elías Garay y luego declararon sin inmutarse: «Mapuches eran los de antes».

Revista Acción, 1 de Diciembre de 2021