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Sombras en las calles de Boston

El caso conmovió desde las pantallas por su tensión más emparentada con Hollywood que con la vida real. Primero con las imágenes en vivo de público y corredores envueltos en una explosión mortal a metros de la línea de llegada de la tradicional Maratón de Boston y luego con la misma ciudad en estado de sitio y ocupada por miles de policías superequipados para atrapar a un sospechoso, malherido, de 19 años, que se había refugiado dentro de un bote a la espera de algún milagro.
Más allá de la cinematográfica captura, lo que luego se dispersó sobre la sociedad estadounidense fue un océano de dudas sobre la responsabilidad del gobierno de Barack Obama y de los organismos de vigilancia, como el FBI y la CIA, en torno de la prevención del atentado con bombas de fabricación casera que costó la vida a tres personas y dejó a otras 216 con heridas de distinta consideración. Porque la imputación sobre los hermanos Tsarnaev recuerda demasiado a la que hace casi 50 años se descargó sobre Lee Harvey Oswald como autor de la muerte del entonces presidente John F. Kennedy. Con sospechosos viajes a territorios de Rusia y misteriosas ayudas del espionaje estadounidense incluidos.
Tamerlan Tsarnaev fue muerto cuatro días después de que al menos tres bombas elaboradas con ollas a presión repletas de clavos estallaran en la Maratón. La carrera es un símbolo de la ciudad donde se originó la independencia de Estados Unidos, es una de las cinco más importantes del mundo y la más antigua, ya que comenzó a desarrollarse en 1897, tras los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna en Atenas. Esta vez había convocado a unos 20.000 corredores de todo el mundo, con un puñado de argentinos entre ellos.
Muchos creyeron ver en el estallido del 15 de abril una señal de algún grupo proarmamentista, ya que por esos días se debatía en el Congreso de EE.UU. el proyecto de ley de Obama para limitar el uso de armas de guerra. Una tímida respuesta a las últimas masacres que espantaron al país, sobre todo la que en diciembre dejó un saldo de 20 niños y 6 adultos muertos en una escuela de Newtown, Connecticut. Por esos días también se conmemoraba el aniversario del atentado al edificio de Oklahoma que en 1997 causó la muerte de casi dos centenares de personas en ocasión de tratarse otro proyecto similar, en tiempos de Bill Clinton. La ley que pretendía Obama no prosperó por la oposición de los republicanos pero también de varios demócratas, en lo que para el presidente fue «un día vergonzoso para Estados Unidos».
Pero el golpe en Boston siguió latiendo en la sociedad y fundamentalmente en los medios masivos, que pronto advirtieron contra presuntas células islámicas en territorio estadounidense. Los voceros de Obama al principio se mantuvieron cautos para usar la palabra clave: terrorismo. Pero cuando el 11 de setiembre pasado el embajador en Libia, Chris Stevens, murió en un ataque al consulado en Benghazi el gobierno demoró en calificar al hecho como terrorismo y el presidente fue virtualmente ejecutado por los medios conservadores. La experiencia pesó para que apuraran definiciones, al menos semánticas. Pero quedaron pendientes otro tipo de explicaciones.
La primera información era que el mayor de los Tsarnaev, Tamerlan (el nombre remite al conquistador mongol que ocupó gran parte de Asia central en el siglo XIV), de 26 años, había sido eliminado por la policía luego de haber disparado contra un agente. Lo buscaban porque una cámara de vigilancia había detectado a dos jóvenes en actitud sospechosa cerca de la llegada de la maratón. En alguna imagen aparecen portando mochilas llenas y luego del estallido, vacías.
El menor, Dzojar, logró escapar tras haberse tiroteado con los uniformados. Lo encontraron luego de una cacería humana con varios disparos en el cuerpo, escondido en una lancha en los fondos de una casa suburbana. Había perdido mucha sangre y un proyectil le había atravesado el cuello, por lo que no estaba en condiciones de hablar, lo que despertó especulaciones de todo nivel.
Luego trascendió que se estaba recuperando y que había comenzado a brindar información. Hasta que alguien parece haber reparado en que se habían «olvidado» de leerle la Advertencia Miranda, el texto protocolar que le indica al detenido que no está obligado a declarar y que tiene derecho a un abogado. Ahí, según la información, volvió al silencio.
En el lapso en que se habría mostrado cooperativo –unas 16 horas hasta que se cumplió con la ley– habría explicado que él y su hermano «estaban indignados por las guerras de Estados Unidos en Afganistán e Irak y la matanza de musulmanes allí», según revelaron dos funcionarios que hablaron con la agencia AP a condición de guardar el anonimato.
El dato tiene como principal inconsistencia que ambas invasiones comenzaron hace más de 10 años. Para la misma época que ellos se mudaban a EE.UU. luego de un periplo familiar desde su lugar de nacimiento en la república rusa de Daguestán –a pesar de que el origen de los ancestros es Chechenia– y Kirguistán. Y que entonces ambos tenían 9 y 16 años respectivamente. El menor habría asegurado que el golpe en Boston fue organizado por el mayor, que fue rematado por balas policiales y no podrá declarar. Días más tarde, el FBI anunció la detención de otros tres jóvenes de 19 años relacionados con los Tsarnaev: Azamat Tazhayakov y Dias Kadyrbayev, originarios de Kazajastán, y Robel Phillipos. Eran compañeros de estudios de Dzijar y enfrentan cargos de obstrucción de la justicia porque tiraron elementos que había en la habitación del acusado.
Luego fueron apareciendo otros datos en la investigación del caso. El más chico se había nacionalizado, tenía una beca para estudiar en Cambridge y votó por los demócratas. Del mayor, en cambio, dicen que soñaba con representar a EE.UU. en algún certamen de boxeo amateur. Habían nacido en Majachkalá, capital de Daguestán, vecina de Chechenia, y profesaban la fe musulmana.
La familia Tsarnaev llegó a Estados Unidos escapando de la violencia en una de las regiones más convulsionadas de lo que fue la Unión Soviética. Anzor Tsarnaev, el padre de los jóvenes, dijo en una entrevista desde Rusia que «los chechenos eran perseguidos en Kirguistán, había problemas». El caso es que recalaron en Estados Unidos aunque no está muy claro cómo fue que los hermanos quedaron solos. Se sabe sí que la madre, Zubeidat Tsarnaeva, dijo también desde Rusia que ella no tiene nada que ver con algo parecido al terrorismo. A pesar de que Dzojar enfrenta cargos que lo pueden condenar a la pena capital, no puede ir a visitarlo porque está acusada del robo de mercadería valuada en 1.624 dólares en la tienda Lord & Taylor de Natick, Massachusetts.
Pero en la familia Tsarnaev aparece un tío que agrega su cuota de enigma a la historia. El hombre es el que apareció durante la búsqueda del fugitivo Dzojar recomendándole que se entregara para no causar males mayores a la sociedad. Ruslán Tsarni declaró a la cadena CBS que Tamerlan tenía ideas extremistas y al canal Fox 25 que Dzojar era un buen estudiante y quería ser médico. «Temo que su hermano mayor haya podido tener una mala influencia sobre él», resaltó, verborrágico por demás. Ruslan –que también se confesó «avergonzado» por la situación– añadió que su cuñada tuvo una «gran influencia» en la presunta radicalización de los hijos.
Más tarde saldrían a la luz otras cuestiones relacionadas con el tío indiscreto. En algún momento de su vida este hombre que hoy tiene 42 años se casó con Samantha Ankara Fuller. Por entonces, «Ruslan Tsarni era conocido como Ruslan Tsarnaev», escribe Daniel Hopsicker, el periodista que destapó esta parte de la trama. «Se desconoce cuándo cambió su nombre». La mujer es hija de Graham Fuller, un destacado oficial de la CIA especialista en terrorismo islámico que trabajó en la estación de «la compañía» en Afganistán y luego se pasó a la Corporación Rand, una proveedora privada de servicios de análisis y entrenamiento de cuadros militares para el gobierno estadounidense desde los inicios de la Guerra Fría. Él mismo confirmó la información aunque descartó cualquier vinculación con el hecho porque la pareja se divorció en 2004.
Sin embargo, escribe Kurt Nimmo en Infowars, resulta interesante compilar también esta relación familiar, «considerando que Tsarni está en el centro de los esfuerzos por convencer a la opinión pública de que Tamerlan Tsarnaev, el supuesto terrorista de Boston ahora muerto, fue víctima de un “lavado de cerebro” por parte de un hombre desconocido de Albania llamado Misha».

El papel de la CIA
El padre de los muchachos diría en una conversación telefónica con la agencia rusa Interfax que en su opinión «los servicios secretos se la han jugado a mis hijos porque son creyentes musulmanes». Pero Moscú tiene otra versión de los hechos. Así lo deja entrever un cable de la Associated Press firmado por Eileen Sullivan y Matt Apuzzo donde se señala que las autoridades rusas habían grabado en secreto varias conversaciones telefónicas en 2011 en las que Tamerlan hablaba vagamente sobre la yihad con su madre. La portavoz del FBI en Washington, Jacqueline Maguire, comentó que «las conversaciones son importantes porque, si hubieran sido reveladas antes, podrían haber significado suficiente evidencia para que el FBI iniciara una investigación más minuciosa sobre la familia Tsarnaev».
El detalle es que en apariencia las autoridades rusas sólo informaron que les preocupaba que Tamerlan y su madre fueran extremistas religiosos. Por lo tanto, de acuerdo siempre con la vocera, el FBI interrogó a Tamerlan sobre sus actividades en Estados Unidos y como no sacó nada en limpio dio el caso por cerrado en ese mismo año.
Para Moscú, los jóvenes habían sido entrenados por la CIA para atentar en territorio checheno contra los intereses rusos. Y el viaje de Tamerlan habría sido parte de esa preparación para cometer actos terroristas, pero en suelo asiático.

Revista Acción, 15 de Mayo de 2013

Chávez-Obama: dos conceptos de democracia enfrentados

Al tiempo que la muerte de Hugo Chávez ocupaba las portadas en la mayoría de los medios internacionales y llenaba de dolor a sus seguidores no sólo de Venezuela sino del resto del continente, las caracterizaciones sobre su legado ocuparon ríos de tinta. Era obvio que quienes ven en su paso por este mundo al iniciador de la ardua lucha por sacarse de encima «la larga noche neoliberal» de Latinoamérica iban a encumbrarlo. Como también era natural que desde las trincheras de los poderes concentrados, a los que el líder bolivariano atacó desde que en 1992 intentó voltear al gobierno de Carlos Andrés Pérez, iban a continuar con la tarea de demolición de su imagen. Convertida en la de un autócrata de la peor calaña por lo menos. Aunque las lágrimas de millones de personas en todo el mundo lo desmientan.

Pero hay algunos hechos curiosos en este clima de fervor democrático desatado desde el martes, con las diversas interpretaciones sobre lo que la democracia sea. Un par de días antes de la muerte del venezolano, un Barack Obama acosado por el abismo fiscal, ese nubarrón que puede oscurecer su segundo mandato, se había explayado en una de estas disquisiciones.
Sucede que el déficit estadounidense sobrepasa todo límite. Para poder seguir manteniendo al Estado en funcionamiento, el inquilino de la Casa Blanca necesita una ampliación de Presupuesto. Pretende hacerlo aumentando impuestos a los más ricos. Una medida de estricta justicia social, como indica el presidente ante cuanto micrófono le ponen adelante. Pero allí choca con el fundamentalismo de los republicanos. Enceguecidos un poco por su credo ultraneoliberal y otro mucho porque saben que así liman las posibilidades de que otro demócrata suceda al primer presidente negro en la historia de Estados Unidos. Por eso pretenden forzar recortes en los planes sociales y en los de sanidad, la única medida revolucionaria que puede exhibir Obama.
Como no había forma de salir del entuerto, Obama desafió a los periodistas que lo esperaban en la Casa Blanca al término de una reunión con los jefes de los bloques partidarios. «Denme un ejemplo de lo que yo podría hacer», les espetó, con la mirada tensa, luego de informar que si no había novedades en pocos días se puede paralizar a la principal potencia económica del mundo y dejar en la calle a 750 mil estatales. «¿Por qué no encierra a los líderes del Congreso en una habitación hasta que lleguen a un acuerdo sobre los recortes al gasto público?», ensayó un reportero. Obama le respondió, solemne: «No soy un dictador, soy el presidente», y luego recurrió a la saga de Star Wars para explicar que no puede hacer como un Jedi y «traer a los republicanos al lado luminoso de la fuerza para convencerlos de que hagan lo correcto».
No se sabe si Obama leyó el ejemplar de Las venas abiertas de América latina que Chávez le regalara en su primer encuentro en la Cumbre de 2009 en Trinidad y Tobago, pero al conocerse la noticia sobre la muerte del líder bolivariano señaló que «en Venezuela se inicia un nuevo capítulo en su historia. Estados Unidos sigue comprometido con políticas que promuevan los principios democráticos, el Estado de Derecho y el respeto de los Derechos Humanos». Luego pidió una «relación constructiva» entre ambos países, que desde 2010 no tienen embajadores, justo cuando el vicepresidente Nicolás Maduro anunciaba que expulsarían a dos diplomáticos estadounidenses por conspirar contra el gobierno.
La relación de Chávez con EE UU nunca fue del todo buena, a pesar de la importancia que tiene la exportación del petróleo para la economía venezolana y de que todavía la principal cadena de estaciones de servicio en el país del norte, la Citgo, sigue estando en manos de la petrolera PDVSA.
Con Obama las cosas no podían cambiar, porque los mismos arquitectos de la imagen nefasta de Chávez son los que pintaron al demócrata como un filosocialista y lo acusan de haber querido parecerse al bolivariano. Baste observar lo que los republicanos, los mismos que bloquean su presidencia en el Capitolio, dijeron del fallecido presidente de Venezuela.
El titular de la comisión de Relaciones Exteriores del Congreso, el representante por California Ed Rolyce, escribió en un comunicado que «Chávez fue un tirano que forzó a su pueblo a vivir con miedo. Su muerte merma la alianza de líderes izquierdistas anti EE UU en Sudamérica. ¡Qué alivio!»
La republicana por Florida Ileana Ros-Lehtinen no se quedó muy atrás, y en otro comunicado anotó que la muerte «del dictador venezolano» es una «una oportunidad» para que Venezuela recupere «la democracia y los valores humanos» y celebró «el fin de su tiranía».
Al sur del continente circuló en la web un texto de Victor Hugo Lettieri que vale la pena reproducir. «No hizo ninguna guerra, no invadió ningún país, no tiró ninguna bomba nuclear, no tuvo ningún Guantánamo, no robó ningún recurso natural, no cerró las fronteras, no le impuso ningún bloqueo comercial a otro país, no cerró el Congreso, ni prohibió a los partidos opositores, no secuestró, ni torturó, ni asesinó, ni se apropió de los hijos de sus enemigos, no fusiló a quienes le hicieron el golpe de Estado de 2002, ni clausuró Globovisión, el principal canal opositor que alentó el golpe. Pero cometió el imperdonable pecado de quitarle el manejo del petróleo a EE UU, redistribuir el ingreso con los sectores más pobres, darles educación, salud, trabajo, vivienda y la osadía de ganar 14 elecciones libres, democráticas y sin fraude. Esto lo convierte en un temible dictador.»
Para demostrar que aquí también se cuecen habas, tal vez un artículo de Emilio Cárdenas haya sido el que más virulencia destiló en estos lares. Nacido Emilio Jorge Cárdenas Ezcurra, emparentado con la familia de la esposa de otro «dictador», Juan Manuel Rosas, y educado en el Colegio Marista de Champagnat, el hombre es un liberal a la manera argentina. Esto es, privatista a ultranza y defensor de un concepto de democracia que abomina de todo populista bien nacido, incluso a su lejano pariente estanciero. Simpatizante por lo tanto de regímenes que no dudaron en fusilar o desaparecer personas en distintas épocas de nuestra historia sin ir más lejos.
Algo más acá en el tiempo, Cárdenas fue socio del estudio letrado de Juan Carlos Cassagne, quien asesoró a Roberto Dromi en las privatizaciones. También tildó de cleptocracia (gobierno de ladrones) a la administración de Carlos Menem. Pero no dudó en aceptar el cargo de embajador permanente de Argentina en la ONU, entre 1992 y 1996. Y se presenta con ese «ex» cargo como el principal mérito en su carrera, que incluye asesorías y representaciones de entidades financieras internacionales.
Sobre Chávez escribió una columna en el diario La Nación bajo el título de «Un líder de mil perfiles». Una pincelada acerca de esos mil perfiles según Cárdenas: «Hay ciertamente muy distintas formas de recordarlo. Como déspota revolucionario; populista pragmático; obsesivo del poder, con una sed que sólo apagara la muerte; caudillo autoritario; encantador de serpientes; generador genial de esperanzas; revanchista insaciable (…) Con un discurso irrespetuoso, agresivo, descalificador e intolerante a la vez, dividió a su pueblo y a la región toda, como nunca hasta ahora (….) concentró todo el poder institucional en sus manos y sometió a la justicia; restringió la libertad de expresión e información, y renunció a la protección de los derechos humanos y de las libertades individuales que contiene el Pacto de San José de Costa Rica, lo que –a nivel regional, por cierto– no es muy diferente a darle la espalda impunemente a la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos (…) Dejó al irse un legado que, para algunos, puede resultar atractivo y que para otros es tan sólo una expresión de su vértigo por la omnipotencia con el perfil típico de los dictadores».
Unas palabras de Eduardo Galeano, el autor de Las venas abiertas…, también son furor en la web. «Es un curioso dictador (Chávez). Ganó ocho elecciones en cinco años. Y ahora, recientemente, se sometió a un referéndum en el que preguntaba a los venezolanos si querían el modelo de Estado que él proponía. (…) Y ganó con el 60%. Uno enciende la televisión venezolana y lo primero que ve es a miles de »periodistas» diciendo que en Venezuela no hay libertad de expresión. Uno enciende la radio venezolana y hay miles de »periodistas», analistas, opositores de Chávez, diciendo que allí no hay libertad de expresión. Y uno abre el diario venezolano y hay un título enorme que dice: Aquí no hay libertad de expresión (…) Extraña dictadura y extraños demócratas».
Qué no daría Obama por atreverse a encerrar a republicanos y demócratas en una habitación sólo para que pensaran en las consecuencias que los recortes presupuestarios tendrán para la vida de millones de personas en Estados Unidos.

Tiempo Argentino, 8 de Marzo de 2013

Un nuevo Papa para el mundo del nuevo siglo

El tablero de la geopolítica en este siglo se está moviendo aceleradamente en el plano internacional. Apurado por la reelección de Barack Obama, pero también porque la crisis europea no tiene fin. Mientras tanto, China y las potencias emergentes avanzan a paso redoblado con políticas económicas de otro cuño que no solo ponen en cuestión al neoliberalismo imperante en el norte, sino que además demuestran ser más exitosas.
En este contexto debe leerse el anuncio de Obama en su discurso del Estado de la Unión en que ofreció públicamente un acuerdo comercial amplio con Europa, de modo de ir construyendo, se desprende, el más grande y poderoso bloque comercial del planeta. Una especie de OTAN pero volcada a la economía y con un leve toque de intervencionismo estatal, si se toman en cuenta algunos ejes explícitos en el pensamiento del mandatario estadounidense.
Recursos no le faltan a ese bloque de los países ricos, por cierto. Ni humanos, ni económicos, ni tecnológicos, ni militares. Por otro lado, ¿Qué otra le queda a eso que se llama difusamente Occidente?
La Unión Europea nació como una forma de que el mal llamado Viejo Continente recuperara influencia ante los Estados Unidos luego de haberse devastado durante la Segunda Guerra Mundial. Paralelamente, el Pentágono llenó el continente de tropas ante la amenaza de un avance soviético, ya sea político como militar, y forzó la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en 1949. Diez años más tarde, la orgullosa Francia de Charles de Gaulle dejaría la entidad y trataría de cortarse sola. Volvería al redil recién en 2009, de la mano de Nicolás Sarkozy. Mientras tanto tuvo que abandonar sus colonias en el norte de África, entre ellas la joya más preciada, Argelia. Aunque un país colonial nunca se va del todo.
No debe ser casualidad que Francia tuviera una actuación tan decisiva en ese continente desde entonces, como una forma de mostrar presencia en un territorio que había ocupado por añares amparada en el viejo reparto del mundo de la Conferencia de Berlín de 1885. En los últimos diez años, tropas francesas se desplegaron en reiteradas ocasiones en el Congo, Chad y Eritrea. Fue crucial el giro copernicano de Sarkozy para terminar con el régimen de Muammar Khadafi en Libia en 2011, como lo fue para deponer a Laurent Gbagbo en Costa de Marfil, quien había perdido las elecciones con Alassane Ouattara y no se quería ir. El socialista François Hollande no cambió demasiado esa postura con la intervención en Mali de estos meses.
No es un dato menor que China mantiene desde hace años una agresiva política comercial en África para la obtención de recursos primarios y la colocación de sus productos industrializados. El fenómeno preocupa en Europa, porque cada paso que los chinos dan inevitablemente se hace en detrimento de posiciones que los europeos consideran como propias, a pesar del proceso de independencia de los ’60. Y lo ven como un peligro para su propia subsistencia. Las intervenciones francesas representan una respuesta desesperada por no perder influencia. Y por cierto, con apoyo de Wáshington, que ya destinó 50 millones de dólares para una inédita “ayuda militar de urgencia imprevista” a París.
Mientras tanto, la cumbre de la UE en Bruselas aprobó un presupuesto más escuálido que el anterior por primera vez desde que Francia y Alemania decidieron que debían arreglar su voluntad de poder con acuerdos comerciales mejor que a los tiros. Una señal de que la tesis neoliberal de la alemana Ángela Merkel, fuertemente apoyada por el británico David Cameron, ganó la partida contra las tímidas variantes menos ortodoxas que planteaba Hollande.
En este escenario, la renuncia del Papa también representa un barajar y dar de nuevo. Con la dimisión de Benedicto XVI se abre otro ciclo para la Iglesia Católica del que se abrió en los estertores de la guerra fría, en 1978, con la llegada al trono de Pedro del polaco Karol Wojtyla. Juan Pablo II era el primer no italiano en tres siglos y venía con el objetivo manifiesto de terminar con el comunismo primero en su patria y luego en el resto del mundo.
Logró armonizar entonces con un sindicalista opositor al poder sustentado en Varsovia vía Moscú, Lech Walesa, y juntos terminaron por crear las condiciones para que, apenas diez años más tarde, la Europa diseñada en la Segunda Guerra y el proyecto socialista que había nacido con la primera se cayeran como un castillo de naipes. Y a una Polonia “liberada” le siguió la reunificación de Alemania y esta ola neoliberal en el mundo.
Hacia adentro de la Iglesia, el alemán Joseph Ratzinger comenzaría en 1981 la tarea de «limpiar» al catolicismo institucional de la tendencia ligada a los cambios sociales, representada por los curas tercermundistas. Fue así que desde la Congregación para la Doctrina de la Fe, la continuadora de la Santa Inquisición, logró el alejamiento de los principales teóricos de la Teología de la Liberación, entre ellos el brasileño Leonardo Boff.
A la muerte de Juan Pablo II era natural que ocupara su lugar Ratzinger. Y su etapa coincidió con el destape de escándalos a granel que venían barriéndose debajo de la alfombra por décadas, como los abusos infantiles y el lavado de dinero en la banca vaticana. Pero también con el ascenso de Alemania como el verdadero árbitro y motor de la economía europea, al mando de una mujer de hierro formada en la antigua República Democrática y ella misma militante comunista, aunque posteriormente pasaría a integrar las filas de la Democracia Cristiana.
La renuncia a su trono, la primera en un cargo vitalicio en 600 años, también forma parte de esta nueva disposición del mundo, que se prepara para enfrentar nuevos desafíos, pero que ya encuentra nuevos protagonistas en el campo de juego. ¿Qué Iglesia vendrá? Los cardenales que elegirán al Papa número 266 son entre conservadores y muy conservadores. No fueron designados por Juan Pablo y Benedicto de casualidad. Tal vez su dimisión también sea una forma de que el ala más rancia del catolicismo institucional siga teniendo influencia y que Benedicto sea el gran elector en las sombras.
Pero quién sabe se cumpla eso que pedía Boff, que ya que el 52% de los fieles católicos pertenecen al tercer mundo, el próximo pontífice sea latinoamericano o africano. Los brasileños ya cantaron presente, teniendo en cuenta que son el país con mayor cantidad de católicos del mundo. Y que en el plano comercial integran el otro bloque que se disputa la hegemonía del siglo XXI, los BRICS, junto con Rusia, India, China y Sudáfrica.
Un dato curioso es que el reinado de Ratzinger también coincidió con el ascenso de esas naciones. Y que en el mismo año que llegó al trono, en 2005, el ALCA, el mercado común que pensaba Estados Unidos con América Latina fue sepultado en Mar del Plata. ¿Será que Obama admite la impotencia para convencer al resto del continente de otro ALCA y ahora propone aliarse con Europa?
Si esto es así ¿el próximo no terminaría siendo un Papa tan cercano a Washington como Juan Pablo II, que se reunía regularmente con el jefe de la CIA de Ronald Reagan, William Casey, para monitorear juntos cómo iba la caída de la Unión Soviética?

Tiempo Argentino, 15 de Febrero de 2013

La pelea de fondo de Obama

Cuando Barack Obama fue reelecto, en noviembre pasado, pensó que ese era el momento para implantar de una buena vez una de sus propuestas más ambiciosas. No por nada había hecho campaña promoviendo una modificación en las cargas tributarias para que las clases más bajas de la sociedad paguen menos y que, en cambio, los ricos hagan mayores aportes de sus abultados bolsillos para solventar los gastos del presupuesto. Y los estadounidenses se habían inclinado por darle otra oportunidad en las urnas.

Poco más de un mes más tarde, estaba a las puertas del llamado «abismo fiscal», que comprometía los pagos en todos los niveles de la administración central si no se llegaba a un acuerdo para extender el déficit autorizado al gobierno. Pero nada fue como se imaginaba el presidente demócrata: los republicanos –mayoría en la Cámara Baja– se negaban a apoyar un aumento en las obligaciones tributarias y, en cambio, exigían reducir prestaciones estatales. Como para demostrarle que, mas allá de lo que dijeron las urnas, no aceptarían transgredir sus sagrados principios de defensa a ultranza de los intereses de los poderosos.
De nada valieron los argumentos de uno de los hombres más ricos del país, el inversor Warren Buffett, que protestó amablemente porque él, con todos sus miles de millones, pagaba menos impuestos que su secretaria, que vive de un sueldo. De nada valieron tampoco las argumentaciones que desde los sectores pacifistas recuerdan que mucho del déficit presupuestario se explica en los gastos militares y el resto en el apoyo a los bancos en problemas desde el inicio de la crisis económica durante la administración de George W. Bush.
Fue así que, en un fin de año de película de suspenso, se refrendó nuevamente la influencia de un oscuro hombre originario de Massachusetts, descendiente de suecos, inflexible en sus ideas, que en 1985, y cuando todavía no había cumplido 30 años, logró imponer un mítico juramento que los republicanos asumen como un credo.
Se trata de Grover Glenn Norquist, un notable activista nacido en 1956, fundador de una ONG, American for Tax Reform (Estadounidenses a favor de una reforma fiscal), egresado de Harvard, quien, como en unas nuevas tablas de Moisés, escribió los dos mandamientos neoliberales para sostener en el Capitolio la idea de Ronald Reagan de que sólo incentivando con menores impuestos a los más emprendedores se puede refundar el «sueño americano». Algo que la realidad se encargó de impugnar en estos años, pero que, como todo juramento –y sobre todo en un país con fuertes raíces puritanas–, no resulta fácil de romper sin sufrir el escarnio público.
Por escrito

Apenas 60 palabras (en lengua inglesa) le bastaron al joven Norquist para comprometer a los republicanos que llegan a algún cargo electivo o son designados en la función pública. «Primer punto: me opongo a cualquier iniciativa que apunte a un alza marginal de los impuestos sobre los ingresos tanto para las personas como para las empresas. Segundo punto: estoy en contra de todos los recortes netos o eliminaciones de las deducciones o créditos fiscales, a menos que sean totalmente compensados por una baja de impuestos», dice el mandamiento neoliberal. Hay un agregado para los legisladores, que reza: «Me opondré y votaré en contra de todos y cada uno de los esfuerzos para aumentar los impuestos».
Este «duólogo» tiene tanta fuerza convocante que sólo 16 de los 234 republicanos de la Cámara de Representantes y 6 senadores de 45 no refrendaron el documento.
Norquist representa el ala más implacable de una tendencia que tiene fuertes raíces históricas como es el rechazo al gobierno central y al pago de impuestos. Una tradición que suele recibir el nombre de «libertaria», pero que, sin lugar a dudas, es de un individualismo conservador feroz. El sector más violento sería el de Timothy McVeigh, autor del atentado de Oklahoma que en 1995 dejó un saldo de 168 muertos en un edificio federal de aquella ciudad estadounidense. Norquist, por su parte, alguna vez declaró que su utopía era volver al Estados Unidos anterior a Teddy Roosevelt. Este tío de Franklin Delano era republicano y presidió su país entre 1901 y 1908. Entre sus «logros» estuvo la «independencia» de Panamá de Colombia para apropiarse del canal que se estaba construyendo. Antes había participado en forma personal en la guerra contra España que devino en la independencia tutelada de Cuba, en 1898. Se lo conoce de este lado de la frontera por su política del Big Stick, el «Gran Garrote», contra quienes se opusieran a la voluntad imperialista de Washington. Pero puertas adentro, la derecha –entre ellos, Norquist– lo tilda de filosocialista porque impulsó una política antimonopólica que llevó, entre otras cosas, a la partición de la petrolera Standard Oil en 37 compañías independientes en las barbas del mismísimo John Davison Rockefeller, en 1911.
Norquist –socio de varios «clubes» selectos, como la Asociación Nacional del Rifle, esa que propone combatir las masacres colectivas en las escuelas armando a los maestros– no tiene pelos en la lengua. «Yo no estoy a favor de abolir el gobierno, sólo quiero reducir su tamaño hasta que podemos ahogarlo en la bañera», explicó alguna vez. En una reunión en Florida abundó: «Los grupos del Tea Party deberían servir como la armadura que protege a los republicanos recién elegidos» de las presiones para subir los impuestos.
El Tea Party (literalmente Partido del Té) es un movimiento político que también se define por una vuelta a los orígenes filosófico-constitucionales de los Estados Unidos. Pero va un poco más atrás y hace referencia al movimiento anticolonialista de finales del siglo XVIII que alcanzó su máxima expresión en el Motín del té de Boston o («Boston Tea Party», en inglés), que explotó cuando en Gran Bretaña se aprobó un aumento en el impuesto al té. De estas protestas nacería luego la independencia de la corona, nada menos.
Hay un discurso de la campaña de Obama que ilustra una posición más progresista en temas impositivos. Cuando dijo que nadie podía pensar que se hace rico sólo por sus propias habilidades. «Alguien construyó las carreteras y los puentes donde se transporta la mercadería, o las escuelas donde se educa la gente», deslizó, y fue tergiversado convenientemente por los medios más ultras, esos que lo califican de socialista por decir algo como eso.
La derecha más acérrima piensa que, en cambio, la iniciativa privada es el exclusivo motor del crecimiento de un país y que cuanto más dinero disponible tengan las personas «despiertas» para crear nuevos emprendimientos, más oportunidades generarán en beneficio del resto de los ciudadanos. Sobre esta base es que, incluso del otro lado del Atlántico (ver aparte), los ricos franceses se quieren mudar a Bélgica para aportar menos. Pero no trasladan el centro de sus negocios, porque saben que donde menos se paga también hay menos ocasión de hacer dinero.
Cuando se cumplía el último plazo para que la administración central no cayera en un bache fiscal que obligaría a clausurar muchos servicios esenciales, Obama sentó a los líderes republicanos para exigirles una ampliación presupuestaria sobre la base de la creación de impuestos a los ingresos superiores a 250.000 dólares anuales. Caso contrario, el costo recaería sobre los que menos tienen y castigaría nuevamente a la clase media y los trabajadores. De un modo directo con mayores pagos y de un modo indirecto con una recesión que echaría por tierra la escasa recuperación económica de este año.
Cuentas claras

Lo dijo claramente y los republicanos también le respondieron con claridad. Nones si no se aplican recortes sociales; entre ellos, los planes de salud que Obama impulsó con la reforma a la ley sanitaria, el único gran logro tal vez de su primera gestión.
En 2011, el Congreso había postergado una solución del déficit fiscal –que alcanza el billón de dólares al año– hasta después de la elección presidencial, con la esperanza de que se registrara un cambio de tendencia. Con el resultado puesto, volvieron a la mesa de negociaciones. Pero luego de duras batallas incluso mediáticas, Obama apenas consiguió que le aceptaran incrementos a partir de los ingresos anuales mayores a 400.000 dólares y una suba en la tasa de sólo cinco puntos para las herencias superiores a los 5 millones de dólares. Pero al mismo tiempo se sacan reducciones impositivas para familias de ingresos medios, lo que eleva los pagos en este sector en unos 1.000 dólares más al año.
El convenio, además, posterga por dos meses los recortes en los servicios de salud y asistencia a los pobres, así como en los gastos de defensa. También se prorrogan los subsidios de desempleo por un año a por lo menos dos millones de desocupados.
Pero este statu quo es sólo para atravesar el «abismo» del comienzo de este año. Luego vendrá la pelea de fondo por un acuerdo definitivo. Norquist ya probó quién es el más fuerte. Falta ver si Obama va por más.

Revista Acción, 15 de Enero de 2013