La amenaza de una escalada nuclear en el este de Europa recibió un nuevo espaldarazo este lunes cuando la viceministra de Defensa del Reino Unido, Annabel Goldi, afirmó que su gobierno planea entregar a Ucrania obuses con uranio empobrecido. «Estas municiones son muy eficaces para destruir tanques y vehículos blindados modernos», dijo, impávida. La respuesta del presidente Vladimir Putin fue que «si esto ocurre, Rusia se verá obligada a responder en consecuencia, dado que Occidente, en conjunto, ya está comenzando a usar armas con un componente nuclear». La contrarrespuesta de Londres apareció en un artículo del The Guardian donde un portavoz del ministerio de Defensa británico acusó al Kremlin de «intentar deliberadamente desinformar» y buscó minimizar el efecto de ese armamento. «Es un componente estándar, no tiene nada que ver con armas y capacidades nucleares», argumentó, tras sostener que «Rusia lo sabe».
El tema, sin embargo, es que los efectos sobre la población son letales en el corto plazo y mucho más en el tiempo. Y la ocasión elegida por Goldi no pudo ser más reprochable: este viernes se cumplieron 24 años del inicio de un bombardeo de la OTAN sobre la ex República Federal de Yugoslavia que duró hasta el 11 de junio y en el que se arrojaron –según informes de la propia organización atlántica– más de 30 mil bombas con uranio empobrecido en Kosovo, unas 2500 en el resto de Serbia y 300 en Montenegro. Hay denuncias sobre el aumento de muertes por cáncer y nacimiento de niños con malformaciones en esos territorios.
El mismo armamento ya había sido utilizado en 1991 en la Guerra del Golfo y en Bosnia-Herzegovina en 1995. Precisamente el presidente de la República Srpska, una de las dos entidades federales de esa última nación, Milorad Dodik, informó: «Hoy decidimos detener cualquier contacto con el personal de las embajadas británica y estadounidense. Esta es nuestra actitud hacia los villanos que están dispuestos a usar uranio empobrecido».
Un estudio de la BMJ Open, una publicación de la Asociación Médica Británica, analiza consecuencias del uso de este producto desde hace más de 20 años y dice que «la evidencia disponible sugiere posibles asociaciones entre la exposición al uranio empobrecido y los resultados adversos para la salud entre la población iraquí. Se necesitan más investigaciones primarias y la publicación de los datos faltantes para diseñar intervenciones políticas y de salud significativas en Irak». (https://gh.bmj.com/content/6/2/e004166).
The Guardian cita conclusiones de la Organización Mundial de la Salud sobre que «en algunos casos, los niveles de contaminación en los alimentos y las aguas subterráneas podrían aumentar después de algunos años». En resumidas cuentas, los análisis médicos abren el paraguas y sostienen que para tener una evaluación más certera se necesitan más investigaciones. Pero nadie ordena parar la mano.
Centro del mundo.
China vuelve a ser, cada vez más aceleradamente, uno de los ejes del poder mundial, recuperando el significado del nombre con que se autodenomina, Zhongguo, Nación del Centro. Esta semana, el presidente Xi Jinping visitó Moscú y en una cumbre con Putin anunciaron el estrechamiento de lazos más profundos entre las dos potencias para consolidar una alianza estratégica a largo plazo. Y declararon el fin del unilateralismo.
Al regreso a Beijing, desde varios gobiernos occidentales anunciaron visitas de alto impacto a Xi. El primero será el brasileño Lula da Silva, este domingo. La gira debió posponerse porque el líder metalúrgico tenía neumonía. Entre el jueves y el viernes próximo estará el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez. Según el ministro de Gobierno hispano, Félix Bolaños, «vamos a tener la oportunidad de explicar cuál es la visión que tenemos de la presidencia europea». España asumirá la presidencia protémpore del Consejo de la UE en julio.
Para el 4 de abril se anunció la llegada a la capital china del jefe de Gobierno francés, Emmanuel Macron. El mandatario galo iría acompañado por la actual presidenta de la Comisión Europea –el Poder Ejecutivo de la organización regional– Ursula von der Leyen.
Otra señal de que los tiempos ya son otros es que a una semana de que la Corte Penal Internacional dictara la orden de captura contra Putin, varios gobiernos que forman parte del organismo con sede en La Haya anunciaron que no piensan acatar la orden. Si el viaje de Xi a Moscú era una muestra leve –ninguno de los dos países integra la CPI– Hungría, que está en la OTAN, ya avisó que el presidente ruso puede viajar tranquilamente porque tampoco firmó el Estatuto de Roma.
Putin, a su vez, evalúa la invitación a la cumbre de los BRICS en Sudáfrica. Los líderes de la organización que nuclea a las principales economías emergentes –Brasil, Rusia, India, China y el país anfitrión– se reunirán en Durban en agosto próximo. Los BRICS, mientras tanto, designaron al frente de su Banco de Desarrollo a la expresidenta brasileña Dilma Rousseff.
Uno debería acostumbrarse a pensar en qué se beneficia el pueblo argentino ante cualquier acontecimiento exterior. Y en relación con la guerra en Ucrania -de la que este viernes se cumple un año- es bueno pensar cómo pararse frente a este hecho de una trascendencia fundamental, partiendo del principio de que la Argentina es un pueblo de paz.
El discurso occidental se centra en señalar como culpable del conflicto a Vladimir Putin y su ansia imperial. Lo califican de dictador que busca someter a los ucranianos y luego al resto de Europa a sus designios. Es una guerra de la libertad y la democracia contra la autocracia.
Para Putin, en cambio, todo se reduce a la violación de acuerdos con la OTAN tras la disolución de la Unión Soviética para respetar las fronteras establecidas al fin de la Segunda Guerra Mundial.
Estados Unidos y Europa arguyen que Rusia y China pretenden cambiar «el orden mundial basado en reglas». Tanto Moscú como Beijing sostienen la necesidad de establecer un mundo multipolar donde se respeten las normativas de la Organización de Naciones Unidas de 1945.
El gobierno de Cristina Fernández hizo hincapié entre 2007 y 2015 en la necesidad de que en la ONU se diriman las diferencias entre los estados y no la fuerza del más poderoso. Como quien diría, «minga de mundo basado en reglas que dicten los poderosos». Argentina tiene buenas razones para reclamar entre iguales, por ejemplo, la soberanía de Malvinas y la deuda odiosa.
De eso partió la Casa Rosada en 2014 para no avalar la incorporación de Crimea a la Federación Rusa y mantener su apoyo a Ucrania, a pesar del golpe contra Viktor Yanukovich. Argentina, recordó CFK hace justo un año, salió en defensa del principio de integridad territorial.
Cuando para muchos que rechazan el imperialismo anglosajón, Putin es un personaje hasta romántico, ella –que siempre tuvo buenas relaciones personales con el líder ruso– explicó en una cadena de tuits el sentido de esa posición que mantiene ahora Alberto Fernández. Reconocer el referéndum en Crimea entonces y en el Donbass luego, implicaría también aceptar una consulta similar en las islas del Atlántico sur que legitimaría el despojo británico. China, de hecho, tampoco reconoce abiertamente esa forma de resolver entuertos. ¿Qué debería esperar de un plebiscito en Taiwán? Tanto Rusia como China por cierto reconocen la soberanía argentina en Malvinas.
Un mundo multipolar sería la mejor noticia para los intereses del pueblo argentino y de la región latinoamericana. En base a esta estrategia, sería conveniente consolidar la relación con todas las potencias y no comprar el discurso «democrático» de Occidente. No es eso lo que se discute a sangre y fuego en Ucrania. Hace unas semanas, en estas páginas, el embajador argentino en la OEA, Carlos Raimundi, propuso reflotar y adecuar aquella «tercera posición» de los gobiernos de Juan Perón a los tiempos que corren. De eso se trata.
Por otro lado, los países del sur global se muestran razonablemente esquivos en apoyar a la OTAN y EE UU. El bloque que está llamado a liderar el resto de este siglo, BRICS, tiene como socio al principal aliado de Argentina, Brasil. Con todo lo pro EE UU que es Jair Bolsonaro viajó a Moscú poco antes del 24F y celebró su amistad con Putin. La semana pasada, Lula da Silva le dijo a Joe Biden en sus narices que iba a mantener la neutralidad y esperaba convertirse en una suerte de arquitecto para una salida pacífica en Ucrania.
La incorporación de Crimea a la Federación Rusa causó fuerte rechazo diplomático en todo el mundo occidental. En ese territorio está ubicada la base naval más importante de Rusia, en Sebastopol. No es casual que Moscú aceptara el desafío de enviar tropas a Siria para sostener al gobierno de Bashar al Assad, en 2015, acosado por grupos terroristas fundamentalistas armados y entrenados por EE UU a la vieja usanza de Afganistán en los ’80. Isis, Estado Islámico, Daesh, arrasó en pocos meses zonas de Irak y Siria y era una amenaza para los valores occidentales, según los medios masivos. Un legado que la administración Barack Obama-Hillary Clinton dejaba a la posteridad.
No casualmente, tampoco, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca el grupo se desinfló muy rápidamente. La estrategia del empresario derechista no pasaba por financiar a grupos paramilitares. Pero no le salió gratis esa postura, ya que fue acusado de tener acuerdos subrepticios con Vladimir Putin y de que hackers rusos interfirieran a su favor en la campaña electoral de 2016.
Siria, para Rusia, fue un punto de inflexión. Luego de haber aceptado a regañadientes las invasiones a Irak y Afganistán, y de una Primavera Árabe a la que entendía como una operación finamente orquestada por la CIA, era el momento de defender a un aliado consecuente del Kremlin desde la era soviética, que Bashar heredó de su padre Hafez. Además, en las costas sirias del Mediterráneo está la base naval de Tartus. Sebastopol y Tartus son puntos clave y las únicas bases de Rusia en mares cálidos. Contrastadas con las alrededor de un millar de EE UU es menos que nada. Pero para un país boreal que siempre supo que para ser potencia necesitaba el mar pueden serlo todo. Por otro lado, desde Sebastopol se puede controlar el acceso por el estrecho de Bósforo y Tartus es punto de vigilancia privilegiado en el Mediterráneo.
Crimea había sido incorporada a la administración de la República Socialista de Ucrania por el líder soviético Nikita Jruschev en 1954. Una compensación para Ucrania, que había padecido una hambruna en el período de la colectivización forzosa, en los años ’30. Millones murieron en lo que llaman el Holodomor u Holocausto ucraniano, reconocido como genocidio por el Parlamento Europeo en el marco de la actual guerra, el 12 de diciembre de 2022.
Pero Ucrania también era la zona más industrializada de la URSS y donde más inversiones en desarrollo realizó el gobierno de Josif Stalin. Así lo atestiguó el que fuera embajador de Franklin Roosevelt, Joseph Edward Davies. *
Otra de las causales que se elucubra para la debacle de la URSS es la explosión de la central atómica de Chernobyl, en abril de 1986. Ubicada en Prípiat, al norte de Kiev, era una de las 15 diseminadas en todo el país. El accidente provocó puntualmente más un centenar de muertes pero contaminó unos 30 kilómetros alrededor de la planta y expandió altas dosis de radiación hasta a unos cinco millones de personas. El costo político del estallido fue enorme.
Como sea, para cuando se produjo el golpe en Kiev contra el presidente Viktor Yanukovich, en febrero de 2014, la reacción de las poblaciones de raíces rusas del sur y del este del país fue de temor. En Crimea, en tanto, se le sumaría la necesidad rusa de no ceder a Occidente la base naval.
La cúpula político-empresarial que tomó el control del país estaba decidida a lanzarse de lleno a ingresar a la Unión Europea y a sumarse a la OTAN, lo que para el Kremlin es una línea roja. Desde 1991, Crimea formaba parte de las fronteras reconocidas para Ucrania. Los acuerdos para la independencia incluyeron la entrega de todo el armamento nuclear a la Federación Rusa, que alquilaría la base de Sebastopol a Kiev. Pero en marzo de 2014 el parlamento ruso aprobó un decreto que denunció el acuerdo basado en que la Marina estaba allí desde 1783. Luego vendría un referéndum para incorporarse a la Federación.
Las poblaciones del Donbass –Lugansk y Donetsk– sufrieron ataques del gobierno central ucraniano. Estas regiones serían marginadas en un período de «desrusificación» del país. Prohibición del uso del idioma ruso, de emblemas y cultura rusa, prohibición de medios considerados prorusos y de la religión ortodoxa que responde al Patriarcado de Moscú.
El gobierno de Putin reclamó airadamente por las persecuciones que sufría la población y luego de ingentes negociaciones se llegó a un primer acuerdo, el llamado Protocolo de Minsk, firmado en septiembre de ese año en la capital de Bielorrusia entre representantes de la Federación Rusa, Ucrania y las ya autodenominadas República de Lugansk y República de Donetsk bajo la supervisión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación de Europa (OSCE), destinado a un alto el fuego inmediato. Era obra del llamado Cuarteto de Normandía, por los representantes de Alemania, Rusia, Ucrania y Francia que se reunieron en el Castillo Bénouville, Normandía, con el objetivo de alcanzar la paz en el Donbass.
El fracaso de este primer compromiso llevó a un acuerdo de Minsk II. Fue una propuesta elaborada por los gobiernos alemán y francés con el entonces presidente de Ucrania, Petró Poroshenko. El mandatario galo, François Hollande, y la canciller alemana, Angela Merkel, presentaron la propuesta el 7 de febrero de 2015. Hollande dijo esa vez que el plan era la «última oportunidad» para resolver el conflicto de manera pacífica. El documento tiene las rúbricas de Putin, Poroshenko, Merkel, Hollande, el líder de Donetsk, Alexánder Zajárchenko, y el de Lugansk, Ígor Plótnitski.
Planteaba, entre otras cosas, un alto el fuego, el retiro de las armas pesadas a ambos lados de la frontera, y la redacción de una nueva constitución ucraniana que contemplaba una mayor autonomía para ambas regiones.
Putin denunció reiteradamente que Kiev no cumplía el acuerdo. Se calcula que alrededor de 15 mil pobladores fueron asesinados por ataques de paramilitares ligados a Kiev. El 7 de diciembre pasado, Merkel reconoció al diario Die Zeit, que los acuerdos de Minsk se firmaron para darle tiempo a Ucrania de rearmarse y fortalecerse. «Dudo mucho que en ese tiempo los países de la OTAN podrían haber hecho tanto como hoy para ayudar a Ucrania», afirmó. En una entrevista con el ucraniano The Kyiv Independient, Hollande confirmó a Merkel. «Los acuerdos de Minsk detuvieron la ofensiva rusa por un tiempo», agregó el exmandatario socialista. ***
El 25 de diciembre de 2021 se cumplieron 30 años de la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Para ese entonces, el presidente ruso, Vladimir Putin, hacía meses que venía reclamando un acuerdo amplio de convivencia en Europa. Cuatro días antes había declarado: «Es extremadamente alarmante que elementos del sistema de defensa global de EE UU se estén desplegando cerca de Rusia. Los lanzadores Mk 41, que se encuentran en Rumania y se desplegarán en Polonia, están adaptados para lanzar los misiles de ataque Tomahawk. Si esta infraestructura continúa avanzando, y si los sistemas de misiles de EE UU. y la OTAN se despliegan en Ucrania, su tiempo de vuelo a Moscú será de solo siete a diez minutos, o incluso cinco minutos para los sistemas hipersónicos. Este es un gran desafío para nosotros, para nuestra seguridad».
Desde mediados de año la situación era cada vez más tensa. El gobierno de Joe Biden había ordenado el retiro de tropas de Afganistán luego de una aventura desastrosa de 20 años y la entrega del poder a los talibán. Los mismos contra los que había combatido durante todo ese tiempo y a los que había armado y entrenado desde la década del ’80 del siglo XX ante la invasión soviética. Así como la aventura en esa nación asiática había acelerado la debacle de la URSS, no le fue mejor a los estadounidenses, que se habían enterrado con la OTAN y la anuencia de las Naciones Unidas. El orgullo estadounidense, otra vez golpeado como en Vietnam, necesitaba recuperar el discurso «excepcionalista» propio de su ADN.
Vayamos a esas tres décadas para atrás entonces. La disolución de la URSS, para muchas generaciones, era un hecho imposible. Fue, además, sorprendente que esa utopía se esfumara en tan breve tiempo.
Pero la URSS era una potencia militar de alto rango y el armamento nuclear que atesoraba no daba para que Occidente se sentara a disfrutar semejante acontecimiento sino a maniobrar la salida menos conflictiva a corto plazo. De modo que esa caída –buscada con ahínco por el mundo capitalista desde aquel lejano octubre de 1917– fue un proceso negociado con las autoridades que se fueron sucediendo en Moscú. Primero la reunificación alemana, luego el cambio de régimen en el resto de las naciones soviéticas. ¿Luego?
Mijaíl Gorbachov, ex presidente de la URSS
Foto: AFP
Mijail Gorbachov, fallecido en agosto pasado a los 91 años, quedó como un personaje controvertido para la historia de aquellos tiempos. Premio Nobel de la Paz en 1990, por haber «contribuido a la distensión» entre el este y el oeste, popularizó dos palabras en ruso: perestroika (reforma política y económica) y glasnost (transparencia). Sus críticos, en vista del resultado, lo acusan de haber sido un agente extranjero. Los que lo defienden, que intentó salvar a la URSS, sumida en una crisis interna que la dirigencia se negaba a reconocer. En concreto, el modelo colapsó y ese 25 de diciembre de 1991, tras la negativa de nueve de las 15 las repúblicas a permanecer en la Unión, Gorbachov renunció a la presidencia y se decretó el fin del mayor experimento del socialismo real de la historia. El 1 de diciembre de ese año los ucranianos habían votado mayoritariamente por la independencia.
Boris Yeltsin, el sucesor de Gorbachov, asumió como propio el discurso del libre mercado y lanzó a la ahora Federación Rusa a un viaje sin paracaídas hacia el neoliberalismo, Consenso de Washington incluido. Cerca del final de esa década comenzaría a tallar otro hombre fuerte en Moscú: Vladimir Putin, quien asumiría como presidente del gobierno (primer ministro) en agosto de 1999. En marzo, la OTANhabía aceptado la incorporación de Hungría, Polonia y República Checa, violando el compromiso de no avanzar «ni una pulgada hacia el este». *Pero la Declaración de Roma de 1991** y las incursiones del organismo militar en el Adriático desde 1992 y su responsabilidad en la sanguinaria guerra civil en Yugoslavia marcaban tendencia.
Putin había sido oficial de inteligencia y estuvo destinado a la central de la KGB de Dresde. A la caída de la URSS volvió a su Leningrado natal (ahora San Petersburgo) y decidió emprender una carrera política. En poco tiempo descolló sobre la nueva camada de dirigentes surgidos en ese período. Se carga al hombro el gobierno, formalmente en manos de un hombre enfermo como era Yeltsin, quien renuncia el 31 de diciembre.
Ya como presidente, Putin va reconstruyendo en principio, el orgullo ruso, y luego avanzó en la recuperación económica. El país había quedado devastado y sin rumbo y sus empresas más importantes en manos de camarillas en muchos casos ligados al viejo poder soviético o las ventajas de estar cerca de las nuevas dirigencias.
La Federación Rusa conserva una superficie de más de 17 millones de km2. Conviven allí ocho diferentes etnias, aunque la mayoritaria es la eslava. Las riquezas minerales son incalculables, lo que despierta la codicia de las multinacionales. Durante los distintos gobiernos de Putin, Rusia se convirtió en el principal proveedor de energía barata para un proyecto de integración con Alemania no escrito pero que se consolidó durante toda la era de Angela Merkel como canciller. De esa sociedad son los proyectos Nord Stream I y II, la tubería para el gas que alimentaba la industria alemana hasta las primeras sanciones contra Rusia luego del 24F. Fueron destruidas por un atentado en noviembre pasado.
Para los países occidentales –Europa, el Reino Unido y luego EE UU– el «oso ruso» fue tanto una amenaza como una tentación. Pretendieron invadir Rusia primero Napoleón y luego Hitler. Viejos temores y cierto racismo antieslavo generaron antiguas desconfianzas. Por el lado ruso, sin embargo, siempre existió la aspiración a ser europeos. Está en su ADN desde Pedro el Grande, en el siglo XVIII. La ciudad que hizo erigir a orillas del Báltico es un buen ejemplo.
En 2004, un nuevo desafío de la OTAN levantó quejas de Moscú, con la incorporación de siete países de siete naciones de la exórbita soviética de un saque. En 2018 quedó plasmado el viejo objetivo de desmembrar a Rusia en una hoja de ruta de la consultora del Pentágono Rand Corporation. ***
Vale la pena ver el nivel de análisis frío y especulativo de cada acción y contrastarlo no con lo que la Casa Blanca dice, sino con lo que hace. «
**Declaración de Roma: https://www.nato.int/docu/comm/49-95/c911108a.htm
***Sobreextender y desbalancear Rusia: https://www.rand.org/pubs/research_briefs/RB10014.html
Zelenski, el presidente que está solo y espera
Horas antes, Volodimir Zelenski había vuelvo a pedir a sus aliados occidentales que le cumplieran las promesas de entrega de armas y tanques a Ucrania. «La guerra iniciada por Rusia no permite demoras. Puedo agradecerles cientos de veces, pero cientos de ‘gracias’ no son cientos de tanques”, urgió el ucraniano. Pero desde Alemania, el denominado Grupo de Contacto para Ucrania decidió no suministrar los tanques «Leopard2» de fabricación alemana, que reclama Kiev. Dejó abierta, si la posibilidad de enviar más adelante sistemas de defensa antiaérea. La información la dio el secretario de Defensa de EE UU, Lloyd Austin, tras una reunión en la base de Ramstein y aseguró, además, que su país tampoco enviará tanques «Abrams».
No le sale una al presidente ucraniano que, horas antes había dudado sobre la salud de Vladimir Putin. «No sé si todavía está vivo», dijo antes de regresar a Kiev tras la reunión con líderes mundiales en Davos, quienes le dieron la espalda. Mientras el Ministerio de Defensa ruso informaba que pasaba a controlar el pueblo de Lobkove, en Zaporiyia, al sur de Ucrania.
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