El protocolo antipiquete pergeñado por la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, era a todas luces un programa destinado a amedrentar a la población: un proyecto de represión autoritario adornado con recursos de markertingy parafernalia al uso de Hollywood. Ante la evidencia de que el plan económico del Gobierno de Javier Milei solo cierra con represión, la estrategia era comenzar a aplicarlo en el marco de la marcha organizada por partidos y movimientos sociales de izquierda para conmemorar el 20 de diciembre de 2001. Al mismo tiempo, el presidente anunciaría, al mediodía y por cadena de radio y televisión, su mega DNU de reforma de la economía, cuyos tramos esenciales se habían deslizado en los medios más cercanos a la coalición La Libertad Avanza-PRO. Pero si el objetivo era dar señales claras de que no se iban a tolerar cortes de calles, la realidad dejó abundantes chascarrillos en las redes sociales: la cantidad de fuerzas de seguridad destinadas al control de los manifestantes fue tan abrumadora que los propios uniformados cortaron las calles intentando cercar a los manifestantes hacia las veredas. Y tras el discurso presidencial, que finalmente fue emitido a la noche, esas mismas calles se llenaron de ciudadanos indignados que marcharon pacíficamente hasta el Congreso para expresar su rechazo. Sin protocolos y haciendo tronar sus cacerolas. El Gobierno recurrió desde días antes a un aparatoso bombardeo mediático amenazando con quitar los subsidios a los manifestantes que se sumaran a marchas. Su consigna fue: «El que corta no cobra». Pero también se traslucían temores ante las primeras reacciones luego de la brutal devaluación y el acelerado incremento de precios posterior. De todas maneras, el día elegido para presentar su mega DNU de apertura de la economía sonaba a provocación. Es que el 20 de diciembre de 2001 es una de esas fechas determinantes para la sociedad argentina, por el recuerdo de la feroz represión, con decenas de muertos, que puso fin al Gobierno de Fernando de la Rúa tras la experiencia de la convertibilidad y sus dramáticas consecuencias. Para colmo, muchos de los protagonistas de aquellos días están nuevamente en el poder y el DNU no es más que el reflejo de que para ellos –Patricia Bullrich, Federico Sturzenegger, Rodolfo Barra, entre otros– el decreto de estado de sitio del expresidente radical seguía vigente: de allí este protocolo, calificado de anticonstitucional por organizaciones de derechos humanos y juristas. Además, las medidas que anunciaría Milei no son sino una continuidad agravada de las que quedaron en el camino en aquellos aciagos días. Si en ese momento el grito en las calles era «que se vayan todos», la realidad 22 años después es que volvieron todos, por tercera vez, y con ataduras reforzadas al FMI. Caratular como provocación al día elegido para dar a conocer el decreto no es exagerado. Ya el Gobierno de Mauricio Macri había tenido en su momento una actitud similar cuando el 24 de marzo de 2016, al cumplirse los 40 años del golpe de Estado que inauguró la última dictadura cívico-militar, invitó al país nada menos que al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que finalmente tuvo que irse de «paseo» a Bariloche porque su presencia resultaba demasiado chocante. Ahora también debió sonar demasiado, y por eso la cadena nacional de Milei para anunciar su controvertido DNU se postergó hasta la noche. Pero desde temprano las fuerzas policiales iniciaron en varios puntos del Conurbano y la Ciudad de Buenos Aires requisas en colectivos y trenes, pidiendo documentos y tomando fotos a los pasajeros. Al deseo de atemorizar –desde tiempos de la dictadura que no se veían imágenes como esas– se les sumaron mensajes en las estaciones de trenes urbanos y hasta una pantalla con una imagen del presidente de la Nación que muchos identificaron con la película Gran Hermano, basada en la novela 1984, de George Orwell. Los canales cubrieron el accionar policial y en algunos casos los presentadores de noticias parecían estar a la derecha del Gobierno, alentando a impedir cualquier corte a como diera lugar. Mientras tanto, en las redes se repetían críticas sobre lo anticonstitucional del operativo y aparecían teléfonos y recomendaciones ante la posibilidad de que la represión fuera indiscriminada, como prometían las medidas que se ponían en marcha. La cantidad de personal de seguridad era tanta que no había modo de circular por las calles. Un pase de comedia que se continuó con el cruce del nuevo jefe de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires, Diego Kravetz, con la ministra Bullrich. Fue cuando al exsecretario de Seguridad de Lanús le preguntaron qué tenía para decir sobre el operativo de las fuerzas federales. «Pregúntenle a Bullrich», dijo, de malhumor. Luego, alguno de los movileros descubrió que estaba dialogando con el líder piquetero Eduardo Beliboni y se descargó contra el funcionario porteño. No podía tolerar que se intentara resolver la cuestión hablando. Esa es también otra expresión de los tiempos que corren. La indignación de comunicadores televisivos que parecían ansiar actos de violencia, hasta el posteo –luego borrado– en la red social X de un diputado bonaerense pidiendo directamente que corriera sangre, hasta los de militantes de LLA también furiosos porque, finalmente, los manifestantes pudieron marchar pacíficamente, llegar a la Plaza de Mayo, leer un texto alusivo a aquel 20 de diciembre y luego desconcentrarse tranquilamente. Solo hubo un par de incidentes menores con dos detenidos. Toda la marcha y los movimientos de los uniformados fueron seguidos por pantallas ubicadas en el Departamento Central de la Policía Federal por el presidente de la Nación, la ministra de Seguridad y la titular de la flamante cartera de Capital Humano, Sandra Petrovello. Otro acting muy afín a las películas de acción. Lo que ocurriría después también fue un revival de diciembre del 2001: tras el mensaje de un cuarto de hora de Milei –rodeado de sus ministros y un Sturtzenegger que resaltaba por su vestimenta disonante– comenzaron los primeros cacerolazos en distintos puntos de la ciudad. A medida que iban creciendo las protestas espontáneas, miles de personas se fueron acercando de las esquinas más características de los barrios y se inició una marcha lenta hacia el Congreso donde hasta altas horas de la madrugada permanecieron cantando consignas contra las medidas anunciadas.
La idea de convocar a un Gobierno de unidad nacional no es nueva en el candidato del oficialismo, Sergio Massa. Ni siquiera es nueva en ese espacio: la vicepresidenta Cristina Fernández viene insistiendo en que la única forma de poner fin al bimonetarismo y diseñar un proyecto de país sólido es mediante fuertes consensos entre las fuerzas políticas. Pero el ministro de Economía viene delineando ese concepto desde que se puso el traje de competidor en la interna de Unión por la Patria y lo repitió luego de las PASO, cuando quedó claro que la UCR tiene más espalda de la que ellos mismos pensaban y que en la capital argentina los votantes de Martín Lousteau quedaron muy cerca de haber desbancado al representante del PRO, Jorge Macri. La coalición de la UCR y el partido del expresidente Mauricio Macri fue útil para derrotar a Daniel Scioli en 2015, pero nunca dejó de ser agua y aceite. Y el triunfo en la primaria de Patricia Bullrich desnuda algunas de esas contradicciones, en un escenario en el que el rival por derecha, Javier Milei, desafía varios de los pilares sobre los que se construyó el partido fundado por Leandro Alem. Hubo tiempos en que no resultaba extraño escuchar en charlas de café que los problemas del país se podían arreglar muy fácil: «Basta con que los políticos se pongan de acuerdo para salir adelante». La frase podía sonar a inocente o incluso «a-ideológica», pero encerraba el imaginario de un ciudadano común que solo aspiraba a que la dirigencia le facilitara la vida mientras él o ella cumplían su parte con la sociedad. Era la esperanza con la que los argentinos vivieron el retorno de la democracia, hace justo 40 años, pero la realidad mostró que esa virtud no es tan fácil de conseguir. Y no es que a nadie se le haya ocurrido, ni siquiera se trata de que no se hayan registrado algunas coincidencias básicas desde 1983. El «Nunca más» era seguramente la más sólida. Otra fue la respuesta de la oposición peronista durante el Gobierno de Raúl Alfonsín ante el levantamiento de los militares «carapintadas» de Semana Santa de 1987. El «Usted es el comandante en la batalla, somos uno solo en esta pandemia» del radical Mario Negri al presidente Alberto Fernández de marzo de 2020 es quizás el más reciente ejemplo de unidad nacional. Aunque duró poco. Hubo otro, espontáneo y por lo tanto mucho más revelador, durante el mundial de fútbol de Qatar, que culminó con 5 millones de personas en las calles celebrando alegre y pacíficamente el triunfo del seleccionado argentino. Pero pronto «diferencias insalvables» volvieron a enturbiar las relaciones.
Un poco de historiaEn momentos críticos de la historia nacional hubo dirigentes que trataron de tender puentes para «salir adelante». Se podría ir hasta el principio de la Argentina como país, pero para no hurgar tan lejos, la ley electoral que permitió la llegada del primer Gobierno radical a la Casa Rosada, entre el que luego sería presidente, Hipólito Yrigoyen, y Roque Sáenz Peña, en 1912, podría inscribirse en esta somera lista desde el siglo XX. Otro radical, Ricardo Balbín, llegó a negociar una fórmula presidencial con Juan Domingo Perón en 1972, según confirma quien fuera secretario del PJ, Juan Manuel Abal Medina, en un reciente libro de memorias. En épocas más recientes, el Pacto de Olivos entre Alfonsín y el entonces presidente Carlos Menem, que llevó a la reforma constitucional de 1994, fue otro momento de coincidencias. Varios testigos de aquellas discusiones, que se llevaron a cabo fuera de los focos, mostraron las dificultades y las amenazas que se cernían sobre el sistema democrático. Algunos años antes esos dirigentes habían tenido que acordar la entrega adelantada del poder en medio de la hiperinflación. El mismo Alfonsín sería clave para otro pacto con un sector de la oposición peronista que lideraba Eduardo Duhalde, en 2001, cuando el país estallaba por los aires durante el gobierno de Fernando de la Rúa. De ese compromiso participó también la Iglesia Católica, entonces comandada por el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio. Hay que decir que De la Rúa había llegado al Gobierno con la Alianza, que integraban movimientos de centroizquierda en los que había peronistas disidentes del menemismo, militantes del socialismo y el comunismo e independientes que en la interna habían apoyado a su vice, Carlos «Chacho» Álvarez. Los emergentes de esos incendios fueron primero Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández. El radicalismo había quedado malherido y parecía en vías de extinción, y Néstor Kirchner sabía que para consolidar su proyecto tenía que ampliar su espacio político: había llegado con apenas el 22% de los votos y enfrente tenía al propio Menem, que había obtenido el 24%. Si no hubo balotaje fue porque el expresidente sabía que detrás de Kirchner iría todo el rechazo a su figura, que era mucho. Pero esa contradicción permanecía dentro del PJ.
Transversalidad
Así se explica la fórmula del Frente para la Victoria de 2007, con Cristina Fernández y el que había sido gobernador mendocino por la UCR, Julio Cobos. Esa coalición, dentro de una estrategia llamada «transversalidad», terminó abruptamente en julio de 2008 cuando el vicepresidente votó contra la resolución 125, de retenciones móviles a productos agropecuarios. Vale recordar que el primer Gabinete de Fernández estaba conformado por Lousteau en la cartera de Economía, Graciela Ocaña en Salud y Florencio Randazzo en Interior.En 2015, el que era jefe de Gobierno de CABA, Mauricio Macri, también tentó al radicalismo en una coalición, que tenía como objetivo derrotar al kirchnerismo. Pero había otras opciones y en la Convención de la ciudad entrerriana de Gualeguaychú, la UCR tuvo que decidir entre una alianza con Sergio Massa, que había fundado el Frente Renovador tras distanciarse de Cristina Fernández, o con el alcalde porteño. Esa vez se acordó apoyar al ganador de una interna entre Macri y el mendocino Ernesto Sanz. Consecuencia: Macri derrotó en segunda vuelta a Scioli, pero una vez en la Casa Rosada no dejó conformes a los radicales, que siempre se sintieron excluidos de las grandes discusiones. Los argentinos se enfrentan ahora con situaciones críticas que hacen creer que la historia en estos lares tiene recurrencias dramáticas insalvables. Quizás esas recurrencias sean la mejor explicación al fenómeno Milei, con lo que tiene de retrógrado y amenazante para la convivencia democrática. Como Cristina Fernández y Sergio Massa, muchos dirigentes entienden que de este laberinto solo se puede salir con grandes coincidencias que demuestren las virtudes de la democracia. De hecho, la candidatura del líder del Frente Renovador dentro de Unión por la Patria es una señal en ese sentido. Y la invitación a esos sectores radicales que no se sienten cómodos al lado de Bullrich y en Juntos por el Cambio debería ser algo más que una estrategia de campaña. Podría ser un puente para lograr coincidencias históricas que terminen con la inflación, consoliden una moneda nacional, terminen con la dictadura del FMI y demuestren que la democracia permite comer, educar y tener salud.
Si alguien creía que Mauricio Macri planeaba su pase a retiro cuando a fines de marzo pasado anunció que se bajaba de una eventual candidatura presidencial, las últimas movidas del fundador del Pro le habrán mostrado cuán equivocado estaba. No solo sigue con los botines puestos, sino que además provocó un vendaval dentro de Juntos por el Cambio, donde no dejó callo sin pisar. Desde la candidata Patricia Bullrich, su elegida en la PASO, hasta Elisa Carrió, la articuladora del frente de derecha que lo llevó a la Casa Rosada en 2015, pasando por radicales históricos como Federico Storani. Y todo, como juzgó su exministro de Economía Alfonso Prat Gay, por coquetear con Javier Milei, el aspirante ultraderechista a la primera magistratura que fue el más votado en las primarias. Ya antes del 13 de agosto, Macri había manifestado su simpatía por el líder de La Libertad Avanza. Algo que no debería llamar la atención: desde que dejó el gobierno, el fundador del PRO profundizó sus relaciones con los sectores más conservadores del mundo, sobre todo en el universo hipanohablante. De allí sus encuentros con el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, quien dirige la Fundación Internacional para la Libertad (FIL), y con el ala más derechosa del Partido Popular español, como la diputada Cayetana Álvarez de Toledo y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. De allí, también, su promesa de hace un tiempo, cuando todavía soñaba con volver a la Casa Rosada, de volver a gobernar igual, pero «mucho más rápido». Si en algo coinciden estos dirigentes –a esta altura, Vargas Llosa también lo es, al menos ideológicamente– es en su desprecio visceral por cualquier forma de populismo progresista y especialmente, en lo local, por el peronismo en su versión kirchnerista. La suma de «libertad» entendida como iniciativa privada sin limitaciones estatales y antikirchnerismo explícito da como resultado un apoyo a las propuestas de su exministra de Seguridad en la interna del frente que integra y si el viento dice que Milei es un factor ineludible en la política nacional, tentar algún tipo de alianza que integre los votos de ambos espacios para vencer al peronismo. El entusiasmo de Macri, sin embargo, deja malheridos dentro de la alianza que se armó con la UCR y la Coalición Cívica, la agrupación de Carrió. La ferviente exdiputada renunció a su candidatura al Parlasur luego de las PASO alegando problemas –reales– de salud, pero también en rechazo al acercamiento con Milei. Carrió había apoyado a Rodríguez Larreta y había argumentado que el proyecto de Bullrich implicaba un ajuste brutal y represión sangrienta, en una sorprendente coincidencia con voceros del oficialismo. Lo de Milei pinta para peor. Maximiliano Ferraro, el presidente de la CC, pidió ponerse la camiseta de JxC «sin especulaciones o ambivalencias personales», lo que se interpretó como un sablazo al expresidente sin nombrarlo.
Río revuelto El corrimiento de Macri también afecta a la referente del PRO y supuestamente quien debería recibir su máximo apoyo para la elección de octubre. La cara de sorpresa de la ganadora de la interna en la noche de la primaria fue elocuente cuando en el escenario Macri se presentó exultante por lo que parecía un triunfo personal y dijo que «Argentina entra en un cambio de era». La apuesta por su primo en la Ciudad de Buenos Aires y por Bullrich en lo nacional había sido refrendada en las urnas. La candidata presidencial de JxC, en cambio, quedó algo descolocada por el resultado de las PASO y más aún por la simpatía de su jefe político con quien es su principal competidor para llegar al balotaje. Para colmo, Milei dijo que en caso de ser presidente le ofrecería a Macri ser su «representante ante el mundo». Si un cargo le puede interesar al exmandatario es cualquiera que lo coloque en un aeropuerto. Su nominación a la Fundación FIFA ni bien se fue de la Rosada y sus frecuentes participaciones en los mundiales de Bridge son datos relevantes acerca de su afición por los viajes. «Queremos a todos nuestros dirigentes, incluido a Mauricio, haciendo campaña. Necesitamos a todos. No hay que descartar a nadie», cita Página/12 a Damián Arabia, hombre cercano a Bullrich. «Dijo que iba a ser neutral en la interna y no fue neutral en la interna. Y ahora resulta que no solo no fue neutral en la interna, sino que está siendo neutral en la general, porque hay una especie de coqueteo con Milei que confunde mucho al votante», agregó Prat Gay. Lo de Storani va más al hueso. Los radicales, fundamentales para que Macri fuera ungido presidente en 2015, se sintieron, con razón, ninguneados durante sus cuatro años de gestión. Rodríguez Larreta hizo una alianza fuerte con el más que centenario partido en busca de los apoyos que necesitaba para derrotar a Bullrich, que a su vez convocó a un radical como compañero de fórmula. El aparato partidario y su titular, Gerardo Morales, estaban junto con el jefe de Gobierno porteño. Pero no le alcanzó. «Si votara en Capital no votaría por Jorge Macri (porque) está puesto ahí para custodiar negocios», lanzó Storani, todavía dolido por la derrota de Martín Lousteau en el distrito capitalino. Y concluyó: «Es indisimulada la alianza que existe entre Mauricio Macri y Javier Milei, los guiños que se hacen, Macri le daría la gobernabilidad que Milei no tiene, con legisladores, gobernadores, intendentes». Desde la ciudad marroquí de Marrakech, donde se disputa el Mundial de Bridge, Mauricio Macri articula nuevas movidas en ese aristocrático juego, despreocupado de la situación de un país atosigado por el cepo más dañino, el del FMI, al que convocó en 2018 para que –infructuosamente– lo ayudara a ganar las elecciones de 2019. Y entre partida y partida no se privó de cuestionar al gobierno por el reciente ingreso al grupo BRICS. En redes sociales difundió un mensaje al respecto: «El Presidente nos compromete en uno de sus momentos de mayor debilidad a ser parte de los Brics, mientras Rusia invade Ucrania; y a ingresar nada menos que con Irán», escribió Macri quien, en 2018 participó de una cumbre del grupo que ahora critica, también en Johanesburgo, donde mantuvo reuniones con Putin y Xi Jimping, a quienes elogió efusivamente.
Los ojos de la dirigencia política y de los encuestadores estaban puestos en Santa Fe desde hacía varias semanas. Se decía, y con una gran dosis de razón, que en las primarias de esa provincia oficialismo y oposición se jugaban las últimas cartas antes de la PASO nacional del 13 de agosto. Todo indicaba que el frente Unidos para Cambiar Santa Fe, la sigla de Juntos por el Cambio (JxC) provincial, corría con ventaja sobre Juntos Avancemos, donde disputaban representantes del peronismo local. Lo que no se sabía era cuál sería la diferencia. Pero mucho más jugoso, se preveía, sería el resultado de la oposición, donde la mediática panelista Carolina Losada mostraba una inusual agresividad contra su oponente, el exministro de Seguridad provincial Maximiliano Pullaro. Uno y otro resumían el no menos duro enfrentamiento nacional entre el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, y la jefa del PRO, Patricia Bullrich. Las urnas mostraron diferencias impensadas: marcaron un liderazgo de Pullaro que lo coloca en inmejorables condiciones para ser el próximo inquilino de la Casa Gris y para darle, además, un espaldarazo a Horario Rodríguez Larreta en su disputa con Bullrich. Al mismo tiempo, el peronismo provincial enfrenta una crisis importante que lo dejaría fuera de la gobernación, mientras que el radicalismo podría volver al poder luego de 60 años en ese distrito clave. Los números fríos dicen que Pullaro superó a Losada en la interna por casi 52% contra algo mas del 34%. Hubo una tercera contendiente, la socialista Mónica Fein, exintendenta de Rosario, que apenas obtuvo el 14% de los apoyos, lo que marca un declive catastrófico para el socialismo, que lideró la política provincial entre 2007 y 2019. En el justicialismo local, Marcelo Lewandowski aplastó con el 65% sobre el camporista Marcos Cleri (15%), Eduardo Toniolli, que reporta al Movimiento Evita (11%), y Leandro Busatto, cercano al jefe de Gabinete nacional Agustín Rossi (10%). El dato relevante es que el espacio de JxC sumó el 63% de los votos contra un magro 28% de los representantes de Unión por la Patria local. En el oficialismo se sabían detrás de la oposición y consideraban que una diferencia de 10 o 15 puntos podían ser remontados para la elección para la gobernación, que será el 10 de septiembre. Pero una cifra así no se la esperaba nadie y a priori parece lapidaria.
Cerrar la grieta Sin embargo, la cuestión será si los votos que fueron para Losada irán para Pullaro. La actual senadora nacional fue particularmente dura contra su contendiente en la interna, al que trató de relacionar con el narcotráfico, habida cuenta del rol que tuvo en su gestión al frente de la cartera de Seguridad en la gestión del socialista Miguel Lifschitz (2015-2019). Llegó a decir que si perdía la interna no apoyaría la candidatura de su contendiente. Bullrich viajó varias veces a la provincia para darle su respaldo y en un video promocional la llegó a alentar como el futbolista Javier Mascherano hiciera con Sergio Romero antes de los penales contra los Países Bajos en la semifinal del mundial de 2014 en Brasil. «Vas a ser la heroína, jugátela toda», le decía. Rodríguez Larreta, en cambio, apostó desde el vamos por Pullaro en el marco de su estrategia para consolidar la alianza con la UCR. Así, los primeros en viajar a Santa Fe cuando aún no estaban los resultados finales fueron el Jefe de Gobierno porteño y el aspirante a sucederlo, Martín Lousteau. Tampoco se la quiso perder el mandatario jujeño, Gerardo Morales, presidente a la sazón de la UCR nacional. Razones había para el festejo. El ahora candidato a la gobernación, de 48 años, también es radical y no quedó tan mal parado luego de su paso por la gestión pública en un tema que representa una de las principales preocupaciones de los santafesinos: la violencia narco. En caso de ganar en septiembre, sería el primer radical en dirigir la provincia desde 1963, cuando resultó electo Aldo Tessio (por lo que entonces era la UCR del Pueblo), derrocado tres años más tarde con el golpe que expulsó de la Casa Rosada a Arturo Illia. Como los números mandan y la diferencia era contundente en las mesas testigo, muy pronto Losada reconoció la derrota, apurada a su vez por Bullrich, que tenía que cerrar a toda velocidad la grieta interna que había ayudado a construir. El expresidente Mauricio Macri también mostró premura para celebrar el triunfo de Juntos por el Cambio y pedir «unidad para derrotar al kirchnerismo» en octubre. El reclamo de unidad es necesario no solo para retener ese porcentaje que logró Losada, sino también para mantener a los que apoyaron a Fein, algo que no parece tan difícil. Dentro del peronismo, las cosas no pintan bien. Cuando se computan los votos de manera individual en estas PASO, Lewandoswski se ubica en tercer lugar, con un 18%, debajo de Pullaro (33%) y Losada (22%). El gobernador Omar Perotti apoyó a regañadientes a Lewandoswki, experiodista deportivo y actual Senador nacional. Los otros precandidatos que buscaron su lugar para las elecciones provinciales fueron Edelvino Bodoira, que defendió el ultraliberalismo de Viva la Libertad, un espacio que consiguió el 3% y no contó con el aval de Javier Milei; el Frente de Izquierda y los Trabajadores, que logró 2,72%, y el ARI, con 2%.
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