Las palabras de Donald Trump ante la prensa luego de la reunión de casi tres horas en Alaska con Vladimir Putin es una gran explicación del primer cara a cara entre ambos mandatarios desde 2019: “No hay acuerdo hasta que haya un acuerdo”. Puede sonar a frase de autoayuda pero es un sensato resumen de cómo quedan las relaciones entre las dos mayores potencias militares del planeta tras la bilateral del viernes. Y que echa por tierra las expectativas que se habían retroalimentado los medios occidentales. No hubo acuerdo sobre algo concreto porque no era eso lo que habría de estar sobre la mesa y, por otro lado, ¿alguien cree de verdad que poner fin a la guerra en Ucrania es cosa de tomar un café y estrecharse las manos? Eso podía funcionar en la campaña presidencial estadounidense de 2024, pero no en la vida real. Más aún cuando dos de los directamente involucrados, Unión Europea y Volodimir Zelenski, que no tienen entre su favorita a la palabra “paz”, no fueron invitados.
A ellos se refirió Putin al término de la cumbre en la que los dos presidentes coincidieron en que habían sido conversaciones muy constructivas con “grandes avances”, aunque no hubiera anuncios. “Esperamos que Kiev y las capitales europeas acepten todo esto en clave positiva y no busquen poner obstáculos. Que no intenten frustrar el avance con provocaciones o intrigas detrás de bastidores”, dijo, lapidario, el ruso.
“Llamaré a la OTAN dentro de un rato, llamaré a las personas que considero oportunas y, por supuesto, llamaré al presidente Zelenski para informarles sobre la reunión. En última instancia, la decisión depende de ellos», se sumó el empresario inmobiliario. Dejando en claro que la Casa Blanca busca correrse de la responsabilidad en la situación ucraniana que, sin embargo, le cabe a Estados Unidos desde el golpe de estado contra Viktor Yanukovich de febrero de 2014. El origen para el Kremlin del conflicto que derivó en 2022 en la Operación Militar Especial (invasión, para Occidente).
Foto: @Kremlin
De hecho, si alguien puede trabar este acercamiento pragmático entre Moscú y Washington es Europa, que comprueba nuevamente que ya no tiene estatura como para un lugar en ese tipo de mesas. Lo de Zelenski tiene otra dimensión. Con mandato vencido el 20 de mayo de 2024, se mantiene en el poder gracias a una prórroga autorizada por la ley marcial. Si se llega a la paz definitiva en Ucrania en los términos de Putin, la OTAN se podrá considerar perdidosa en el campo de batalla y también en cuanto a su peso global.
Zelenski teme una ofensiva judicial sin precedentes por su gestión de la guerra y denuncias de corrupción por ahora cajoneadas. Hay que considerar que se opuso -obedeciendo indicaciones del entonces primer ministro Boris Johnson- a un acuerdo de paz elaborado junto con el turco Recep Tayyip Erdogan en abril de 2022. Además, el presidente ruso no lo reconoce como autoridad válida para firmar cualquier pacto.
Mucho antes, en 2014 y 2015, Kiev y la OTAN habían boicoteado los acuerdos Minsk I y Minsk II, que podrían haber evitado la guerra ya que garantizaban la seguridad y autonomía de las poblaciones rusófonas del Donbas. Razón de más para no creer que en el encuentro que se realizó este viernes en la base militar Elmendorf-Richardson, en las afueras de la capital de Alaska, Anchorage se podría haber llegado a un documento final. Los rusos tienen además buenas razones para desconfiar en la palabra de Occidente al punto que anotan como origen primigenio de esta situación al avance de la OTAN hacia el este que los líderes de la época se habían prometido no llevar a cabo en 1991, a la caída de la Unión Soviética.
Una imagen que viralizó este mismo viernes fue la del canciller Sergei Lavrov vistiendo un buzo blanco con las letras CCCP. Es la sigla en grafía cirílica para SSSR, el acrónimo ruso para Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
El mensaje de esta cumbre estaba más teñido de esa simbología de lo que Occidente estaría dispuesto a aceptar públicamente. Por un lado, reflotó el recuerdo de que Alaska fue parte de la América Rusa hasta que fue vendida en 1867 a EE UU. Putin visitó el cementerio donde reposan los restos de pilotos soviéticos caídos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando ambas potencias eran aliadas contra el nazismo. Allí se encontró con el obispo Alexis, sacerdote de la Iglesia Ortodoxa local, y le entregó de regalo un ícono de San Germán, el santo patrono de Alaska, y otro de la Virgen María. El cura, a su vez, le agradeció a Rusia haber dado a esa región “algo muy valioso: la fe ortodoxa”.
Pero hubo más. En la delegación rusa había una veintena de altos cargos de los cuales solo cinco se sentaron a la mesa de discusión: Lavrov; el ministro de Finanzas, Antón Siluánov; el titular de Defensa, Andréi Beloúsov; el director del Fondo Ruso de Inversiones, Kiril Dmítriev; y el asesor presidencial Yuri Ushakov. Todos los integrantes de la comitiva son nacidos en la URSS, dos en actuales territorios ucranianos, uno en Georgia y otro en Estonia. El resto en Rusia. Salvo Ushakov, todos los demás fueron sancionados por Washington. El exjefe de las Fuerzas Armadas, Sergei Shoigú, y el actual comandante, Valeri Gerasímov, al igual que Putin, tienen orden de detención de la Corte Penal Internacional.
De la injerencia rusa a la invitación a Zelenski
Donald Trump no la tiene fácil para encaminar esta parte de su mandato, atosigado por sus batallas arancelarias y la crisis provocada por la Lista de Epstein. Su otra promesa electoral, la de poner fin a la guerra en Ucrania, amenaza al Estado Profundo, esos intereses de la industria militar y mediática que apuestan a un enfrentamiento contra Rusia, que no parece tan fácil en la realidad como en las mesas de arena. Para llevar adelante su estrategia, Trump azuzó el fuego sobre la manipulación de los demócratas en torno a la “injerencia rusa” en las elecciones de 2016, un tema que destapó la titular de la Dirección Nacional de Inteligencia, Tulsi Gabbard. El “Objetivo Rusia” está en la mira de los que realmente digitan la política estadounidense desde mucho antes y ya le habían bloqueado acercamientos con Moscú a Barack Obama.
Putin apuntó contra Europa y Volodimir Zelenski como posibles agentes contra un acuerdo de paz en Ucrania. Trump lo sabe, por eso se apuró a darles su versión de lo conversado en Alaska y anunció que mañana recibirá al ucraniano en el Salón Oval. Una declaración firmada por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen; el francés, Emmanuel Macron: la italiana, Giorgia Meloni; el alemán, Friedrich Merz, el británico, Keir Starmer; el finlandés, Alexander Stubb; el polaco, Donald Tusk; y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, dice haber recibido “con satisfacción los esfuerzos del presidente Trump para detener la matanza en Ucrania, poner fin a la guerra de agresión de Rusia y lograr una paz justa y duradera”.
Donald Trump trata de patear la pelota a la tribuna, pero en verdad se enfrenta a una conjura para evitar que cumpla con sus objetivos más ambiciosos en el plano internacional, pero puertas adentro de Estados Unidos tampoco las tiene fáciles. La ruptura con el tecno-oligarca Elon Musk se llevó todas las marcas esta semana, pero el ataque ucraniano a las bases aéreas de Largo Alcance en la Rusia profunda es una advertencia de la OTAN cuando al mismo tiempo se desarro-llaba otra ronda de diálogo entre representantes rusos y ucranianos en Estambul. La respuesta de Moscú, se adelanta, será de magnitud, pero por ahora Vladimir Putin maneja los tiempos y este sábado anunció que en cumplimiento de los primeros acuerdos en la ciudad turca está listo para entregar los cuerpos de 6000 soldados a Kiev, que le da largas a la recepción, se especula, porque el impacto de las imágenes de las bolsas -en este caso blancas- con los cadáveres.
La fuerte pelea entre Trump y el dueño de X, Tesla y Space X expone la honda grieta entre las élites gobernantes estadounidenses. Pero el enfoque del empresario inmobiliario sobre la guerra en Ucrania y el conflicto en el Medio Oriente extendido, también. El ataque con drones lanzados desde camiones que habían podido ser ubicados en cercanías de las bases de Olenya, en Múrmansk –a más de 2000 kilómetros de la frontera–, la de Ivanovo -a unos 800 km- y la de Diaghilev, a unos 520 km. La información ucraniana, en un tono triunfal, decía que habían sido destruidas unas 40 aeronaves, aunque la evidencia indica que serían una docena.
A la sorpresa inicial por la osadía, y el reconocimiento de que fue un operativo muy bien desarrollado, se sucedieron datos más precisos que destacan la peligrosidad de la aventura, dado que se trata de bases donde se alojan bombarderos con capacidad para transportar ojivas nucleares. Lo que según la última versión de la Doctrina Nuclear del país euroasiático, lo habilita a una respuesta también nuclear. El otro dato es que si no fuera por el apoyo tecnológico, logístico y de inteligencia de la OTAN no se podría haber llevado a cabo, de modo que podría ser considerado un ataque de la organización atlántica contra Rusia.
Uno más: las bases están declaradas y a la vista en virtud Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START), firmado en 2010 y extendido hasta febrero del año de 2026 y que obliga a los firmantes, EE UU y Rusia, a que esos dispositivos estén visibles a todo tipo de medios de verificación, ya sea satelital como inspecciones in situ. El cuarto dato es que según el New York Times la CIA también participó de esta maniobra, lo que despertó de inmediato otras alarmas. ¿Trump dio la orden? O peor aún, ¿estaba informado o, como se apuró a denunciar su exconsejero y el ideólogo de la ultraderecha internacional, Steve Bannon, es una maniobra de Europa que busca meter a Estados Unidos en la Tercera Guerra Mundial? Bannon tuvo tiempo para pedirle al presidente que detenga al senador Linsey Graham por “causar problemas” promoviendo el odio a Rusia y para reclamar que la Casa Blanca expropie las empresas de Musk. Graham es el mismo que pidió que hundieran la Flotilla de la Libertad que lleva ayuda humanitaria a Gaza. La burocracia de la CIA figura entre los enemigos de Trump desde su primera presidencia y ahora se juró formatear a la agencia de inteligencia.
Trump publicó a las pocas horas de la operación ucraniana en su red Truth que había tenido una conversación telefónica de una hora y cuarto con Putin. “Hablamos del ataque a los aviones rusos por Ucrania y de otros ataques que han estado llevando a cabo ambas partes. Fue una buena conversación, pero no una que conduzca a una paz inmediata”, concluyó, para afirmar luego algo que suena a obvio. Que Putin le dijo “con mucha firmeza” que va a tener que responder.
Al otro día, el mandatario publicó que había tenido una conversación de un “éxito” similar con su par chino, Xi Jinping. En este caso la charla dice que duró una hora y media, que abordaron detalles del reciente acuerdo comercial, que habrá un encuentro del secretario del Teroso, Scott Bessent, el de Comercio, Howard Lutnik y el embajador Jamieson con representantes chinos. En su posteo, Trump dice que el asunto de los productos de tierras raras es complejo. Luego se con-firmaría que la reunión será en Londres este lunes y que se reanudará en breve el suministro de esos elementos fundamentales entre otras cosas para la producción de aviones y misiles por sus propiedades magnéticas y conductoras. En el marco de la ofensiva arancelaria de Trump, China había suspendido las exportaciones en abril pasado.
A todo esto, los ataques ucranianos a las bases aéreas, a los que se sumaría uno al puente de Crimea, no hicieron que los representantes rusos se levantaran de la mesa de negociaciones en Estambul. No sólo eso, llegaron a un acuerdo para el intercambio de prisioneros y la devolución de cadáveres congelados para que los soldados caídos en combate tuvieran una ceremonia digna en su patria, como dijo el enviado de Moscú, Vladimir Medinski. En la ciudad turca quedaron expuestas las diferencias para un acuerdo de paz duradero, como pretende Moscú, que no quiere dar un paso atrás mientras sus cartas sean ganadoras en el campo de batalla, mas allá de esas operaciones en su propio territorio.
En el Salón Oval, en tanto, y como viene haciendo en este segundo gobierno, zamarreó al nuevo canciller alemán, Friedrich Merz, a quien le dijo que elogiaba el aumento del presupuesto militar, aunque con un toque provocador. “No creo que McArthur estaría contento, usted me entiende, por el rearme alemán”. El general Douglas McArthur comandó los ejércitos estadounidenses que terminaron con el poderío japonés y ocuparon el país tras el lanzamiento de dos bombas atómicas, hace 80 años. El rearme alemán es uno de los cucos que atronaron el Europa desde el fin de la primera guerra mundial y se convirtió en pesadilla con la llegada de Adolf Hitler al poder en 1933. “Pero ahora estamos todos del mismo lado”, parece la consigna que recalcó Trump. La guerra en Ucrania tenía como primer objetivo para Putin la “desnazificación”. En eso están trabados. «
Amenaza a la Flotilla de la Libertad
Israel no permitirá que el buque humanitario Madleen, que se dirige a Gaza con 12 activistas a bordo, incluida la activista climática Greta Thunberg, pueda acercarse a la Franja de Gaza ni que pueda atracar, amenazaron las Fuerzas de Defensa de Israel. A finales de mayo, la eurodiputada francesa Rima Hassan había comunicado que, a pesar del bloqueo israelí, Thunberg planeaba sumarse a una misión humanitaria en la llamada Flotilla de la Libertad. El barco forma parte de la llamada Flotilla de la Libertad, que se propone entregar ayuda humanitaria a los habitantes de la franja. Según el Jerusalem Post, Tel Aviv tomó esta decisión para evitar que se rompa el bloqueo naval.
El Madleen llegaría a Gaza en aproximadamente una semana. La tripulación del buque denunció que había drones sobrevolando la nave y pidió protección a la comunidad internacional. Así lo dijo a Europa Press el activista español Sergio Toribio. «Las fuerzas de Israel no nos pueden detener, no tienen derecho sobre nosotros, y menos en aguas palestinas en las que no tienen más que un Ejército invasor», declaró Toribio.
El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, dijo que impedirían el paso de la embarcación cuando se encuentre a unas 100 millas náuticas (unos 185 kilómetros) de la costa, una situación que podría darse este lunes. A principios de mayo el Conscience recibió un ataque con drones cuando estaba a 14 millas (26 kilómetros) de Malta para recoger a voluntarios y activistas. Madleen es un velero de 18 metros bautizado en honor a una pescadora gazatí y partió el domingo desde el puerto italiano de Catania con 12 activistas a bordo, entre ellos Greta Thunberg, Hassan y varios periodistas.
Keir Starmer busca con desesperación un lugar bajo el sol en un momento clave para un posible acuerdo de paz en Ucrania, y junto con otros desamparados como el resto de los líderes europeos anunció una cumbre en Londres para este jueves destinada a “avanzar en una fase operativa” en una deletérea coalición que pretende enfrentar la estrategia de Donald Trump con Rusia. Mientras tanto, el enviado del presidente estadounidense, Steve Witkoff, fue a Moscú para presentarle a Vladimir Putin un bosquejo del acuerdo que Kiev aceptó en la ciudad saudita de Yedáh.
El inquilino de la Casa Blanca dijo que las conversaciones habían sido muy productivas. Pero como para reflejar lo que ocurre en el campo de batalla, Trump le pidió a Putin clemencia para los «miles de soldados ucranianos que están completamente rodeados por el ejército ruso y en una posición muy mala y vulnerable», en la región rusa de Kursk, donde el ministerio de Defensa ruso informó que se habían liberado las localidades de Zaoléshenka y Rubánschina. Una declaración como esa era lógico que golpeara en Volodimir Zelenski, quien juró que no había tropas propias bloqueadas. El mandatario ruso –que por primera vez desde el inicio de la guerra se mostró de uniforme– señaló por su parte que la fiscalía investigará la comisión de crímenes de guerra por los ucranianos y prometió garantizarles la vida y un trato digno siempre y cuando depongan las armas.
En relación con el plan de cese el fuego por 30 días que le acercó el enviado estadounidense, Putin dijo que cualquier acuerdo deberá «conducir a una paz duradera y eliminar las causas profundas de esta crisis», lo que se interpreta como un freno al avance de la OTAN hacia el este y un compromiso firme de neutralidad ucraniana. La desconfianza del presidente ruso fue explicada por una coronel retirada del ejército estadounidense, Karen Kwiatkowski, quien sirvió durante 20 años en el Pentágono, hasta 2003, y se convirtió en una crítica de las políticas posteriores al 11-S. “Las reacciones pasadas del gobierno de Zelenski cuando se le puso bajo presión fueron peligrosas, impredecibles y de naturaleza terrorista, incluidos ataques dirigidos a plantas de energía nuclear y los asesinatos de personal ruso clave como el teniente general (Igor) Kirillov y civiles inocentes en las profundidades del territorio ruso”, añadió Kwiatkowski. De hecho, este viernes la agencia RIA Novosti dijo que un ataque con drones provocó daños sobre un barrio residencial de las afueras de Moscú, aunque no informó sobre víctimas.
Los días para Zelenski parecen contados y los medios occidentales ya cuestionan abiertamente la aventura de la incursión a Kursk, que causó miles de muertos y gastos militares “que pagaron los contribuyentes occidentales”. “70.000 soldados ucranianos murieron en vano en la región de Kursk”, sentenció el británico Hull Daily Mail. “Operación de las FFAA en Kursk: los aliados pagaron por otro fracaso”, sostuvo el estadounidense USA Today. Pero el presidente (MC) Zelenski no se amilana y este sábado instó a los mandatarios europeos a redoblar las presiones sobre Rusia. “Hay un solo idioma que Moscú entiende”, posteó, amenazante, en su cuenta de la red X.
Foto: captura
El ucraniano fue uno de los participantes del encuentro virtual convocado por Starmer este sábado del que participaron desde el español Pedro Sánchez y la italiana Giorgia Meloni a los jefes de la OTAN, Mark Rutte, de la Comisión Europea. Ursula von der Leyen y el titular del Consejo Europeo, Antonio Costa. El primer ministro del Reino Unido dijo que era necesario «poner en marcha planes contundentes y robustos (para) garantizar la seguridad futura de Ucrania».
Como si fuera el ganador de una guerra en la que Londres se limitó a impedir con el conservador Boris Johnson un pronto cese el fuego, en marzo de 2022, y a enviar armamento para lo que se esta viendo como una carnicería inútil, el laborista Starmer se envalentonó: «Mi mensaje es claro: antes o después, Putin tendrá que sentarse a la mesa». En conferencia de prensa dijo que su estrategia consiste en ejercer máxima presión sobre Rusia y señaló que entre los temas que se trataron estuvo la utilización de los activos rusos confiscados como parte de la ingente cantidad de sanciones contra Moscú.
En el marco de esa estrategia que puntualmente no comparte la administración de Donald Trump, Starmer –que se encargó de aclarar que había acordado líneas de acción con el presidente francés, Emmanuel Macron– anunció la “Coalition of the willing” (voluntarios o dispuestos) como la que en 2003 apoyó a Estados Unidos en la invasión a Irak, con el resultado que se puede gluglear si es que no se recuerda. En esta ocasión, a la cruzada de Starmer se suman 26 países, entre ellos Canadá y Australia. Pero no aceptan integrar ese equipo ni Meloni ni el húngaro Viktor Orban.
El presidente polaco Andrzej Duda, por las suyas, declaró al Financial Times que “las fronteras de la OTAN se movieron hacia el este en 1999, así que 26 años después debe haber también un giro hacia el este de la infraestructura de la OTAN. Para mí, esto es algo obvio”, y reclamó a Estados Unidos que despliegue armamento nuclear de la organización en su país. A contramano de lo que postula Putin. «
Groenlandia en la mira
Donald Trump no se guarda humillaciones para los que hasta hace un rato eran aliados fundamentales de Estados Unidos. Sin ir más lejos, este viernes lo tuvo al secretario general de la OTAN, Mark Rutte a su lado cuando dijo que lo de Groenlandia va en serio y que piensa anexar la isla del Ártico en cuanto pueda. El neerlandés masculló una risa, no se sabe si de nervios o sumisión.
Fue durante una rueda de prensa en el Salón Oval en la que alguien preguntó qué ocurriría ahora que en ese territorio bajo soberanía dinamarquesa, uno de los países miembro de la OTAN, ganó la elección un partido independentista. «Un barco llegó ahí hace 200 años o algo así. Dicen que tienen derecho (a ese territorio)», dijo Trump, para agregar luego: «No sé si eso sea cierto. De hecho, no creo que lo sea». Lo que levantó nuevas protestas de Copenhague.
El martes, de manera sorpresiva, el líder del partido demócrata, Jens-Frederik Nielsen, venció en las elecciones de Groenlandia. El segundo partido más votado, Nalerak (Punto de orientación) también se declara independentistas, pero de la monarquía danesa, claro está. Nada dijeron en campaña sobre una posible anexión a Estados Unidos y ahora también se manifestaron en contra de las declaraciones del presidente de EE UU.
Pero lo que más dolió tanto en Nuuk como en Copenhague fue la actitud de Rutte, que se supone debería responder por la integridad de los países miembro. Así, el presidente del comité de Defensa de Dinamarca, Rasmus Jarlov, cuestionó que el neerlandés «bromee» con el estadounidense sobre Groenlandia y alerta de que «significaría una guerra entre dos países de la OTAN».
Mañana Donald Trump inaugura el período más perturbador en la historia de Estados Unidos. No es que en sus 249 años de vida independiente nunca hubiera habido momentos inquietantes. Pero no hay registro de que la llegada de un nuevo presidente conmoviera los cimientos del mundo como esta vez a días de su jura.
Se podrían enumerar todas y cada una de las movidas dentro de la Unión Europea, la OTAN y Medio Oriente ante la promesa de sacar a EEUU del atolladero de Ucrania y de Gaza. Movidas algunas de una falta de elegancia que también es símbolo de época. Anular la elección en Rumania porque ganaba el que no conviene y dejar en el poder a un señor con Mandato Cumplido, al igual que en Kiev, no luce bien si se menea eso de la democracia liberal.
Además, será el primer presidente que tuvo dos juicios políticos en su paso por el cargo y el primero que asume procesado y condenado por varios delitos… Pero el que deja el poder indultó a un hijo en otra retahíla de imputaciones, entre las cuales no figuraban -aunque debería- sus negociados con empresas ucranianas desde 2014, cuando se abrió esta nueva temporada de guerras en el este de Europa fogoneada por EE UU.
Trump, por otro lado, tiene esa sinceridad brutal de no ponerse en paladín de la democracia, como sus antecesores. Su principal argumento para promover una invasión a Venezuela era que “nos hubiéramos quedado con todo ese petróleo”. Ahora, quiere comprar Groenlandia porque además de sus riquezas, “es importante para la seguridad nacional”. Dentro de esa necesidad estratégica incluye anexar Canadá y re-tomar el Canal de Panamá. Hacer Grande a EE UU Otra Vez (MAGA, en inglés) era esto. Un expansionismo que forma parte del ADN norteamericano, que ahora sueña con la Conquista del Ártico.
“Ser enemigo de EE UU es peligroso, pero ser amigo es fatal”, dijo alguna vez Henry Kissinger. Estas nuevas amenazas afectan a países que coquetearon con Washington y ahora son la frutilla del postre en el nuevo tablero de ajedrez que plantea la futura administración. Que consiste en un Plan Monroe recargado con Marco Rubio en la Secretaría de Estado (atención a los gobiernos que se creen bendecidos por Trump) y el retiro de fondos para la OTAN y Ucrania. Ya el nuevo secretario general del organismo del Atlántico Norte, el neerlandés Mark Rutte, avisó que los europeos deben recortar los sistemas sociales para financiar equipamiento militar. O sea: el gasto lo pagarán los educandos, los enfermos y los jubilados, dijo.
Más allá de Trump, o precisamente por él, se percibe la decadencia del imperio estadounidense. Con las bravatas sobre Groenlandia, Canadá y Panamá, el electo “corre la marca” de los medios sobre la caída de Ucrania. EE UU azuzó ese conflicto desde los primeros días de Joe Biden para enmascarar la vergonzosa retirada de Kabul, tan parecida a la de Saigón, de la que en abril se cumplirán 50 años. Es cierto el enfrentamiento de Trump con el “estado profundo”. Pero con ese aire de cowboy procura ocultar una nueva derrota del gendarme de Occidente.
Últimas trapisondas en Washington: Biden retira a Cuba de la lista de países que patrocinan el terrorismo, cosa que había hecho Barack Obama en 2015 y Trump tiró al retrete en 2021. Otra es el acuerdo para el cese el fuego entre Hamás y el gobierno de Israel. La administración saliente y la entrante se atribuyen el mérito de un arreglo que ahora hace falta implementar.
Pero hay otro acto en el sainete desde este 20 de enero. Trump se asienta en Elon Musk, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos. Estos magnates para los medios occidentales -nosotros preferiríamos llamarlos “oligarcas globales”- son los adalides de esta etapa del capitalismo, la del “tecnofeudalismo”. Musk manejará la motosierra en el Estado federal hasta el 4 de Julio de 2026, 250º aniversario de la independencia. Trump ya le marcó la cancha: “A mí me eligieron los votantes”. Su mentor, Steve Bannon, dijo al Corriere della Sera, de Italia: “Él es una persona verdaderamente malvada. Frenarlo se ha convertido en un asunto personal para mí. Al principio, como él había aportado tanto dinero, estaba dispuesto a tolerarlo. No más».
Diría Eric Hobsbawm, “se vienen tiempos interesantes”.
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