La consigna central que emana del presidente Javier Milei y se disemina entre quienes forman parte de su Gobierno es llevar adelante la «batalla cultural», que se resume en fomentar los valores neoliberales-paleolibertarios contra viento y marea. La experiencia de este año de gestión es que quien no se suma a la cruzada queda fuera de juego de un modo no solo impiadoso, sino también embadurnado de las mayores diatribas en las redes sociales, duchos como son los trols «estadodependientes» en estas lides.
Sucede, a veces, que en esa necesidad de mostrar la fe oficialista se adoptan posiciones que generan rispideces innecesarias, incluso más allá de las fronteras. Como si no hubiera ya demasiados cruces por la pertinacia del propio presidente. Huelga recordar incidentes con Brasil, España, Colombia, México y así. Pero sumadas una a una, expresan el revés de una trama preocupante.
Hace algunos días el ministro de Economía, Luis Caputo, en una entrevista con Radio Mitre habló directamente de esa contienda que ahora pretende impulsar desde su cargo. Y en ese jaleo no se anduvo con vueltas. «La batalla cultural es clave», arrancó el «Messi de las finanzas», como le decía su exjefe, Mauricio Macri. «Mirá el ejemplo de Chile, el país de Latinoamérica que sacó de la pobreza desde los años 80 hasta el 2010 y descuidó la batalla cultural, esa que hoy da fuertemente Axel Kaiser». Ya que estaba, agregó que ese descuido cultural llevó a que «hoy lo gobierna un comunista que los está por hundir».
El ministro de Economía argentino, Luis 'Toto' Caputo, lanzó severos comentarios contra el mandatario chileno: https://t.co/vuOPflvu0m
Veamos: alabar las políticas económicas chilenas de aquellos años es celebrar las que impuso a sangre y fuego la dictadura pinochetista. Axel Kaiser Barents-Von Hohenhagen, por su lado, es fundamentalmente un activista chileno que promueve los postulados de la escuela austríaca, esa que atrapa a Milei. En su anterior paso por la gestión pública, aquella vez que contrató el explosivo crédito con el FMI, Caputo no había explicitado el fondo de su pensamiento. Nada serio, pero en esta ocasión hasta defendió el libertarianismo con uñas y dientes.
La respuesta no tardó en cruzar las altas cumbres de los Andes, con una elegancia que no se destaca de este lado. Fue cuando el presidente Gabriel Boric, de gira por la Región de Ñuble, le recordó al presidente Milei –no cabía responderle a un ministro– que hay algo permanente y algo provisorio en la vida. Que «los 5.000 kilómetros de cordillera van a seguir allí cuando usted y yo nos vayamos». Que es necesario tener humildad, que son dos pueblos hermanos y que las instituciones continuarán más allá de cada uno.
A los pocos días un helicóptero chileno cruzó la frontera unos pocos kilómetros y medios locales propensos al escándalo hablaron de «invasión». Primó la cordura y desde Santiago llegó un pedido de disculpas del canciller Alberto van Klaveren y desde Buenos Aires dejaron que las aguas se calmaran.
Para ese entonces crecía la tensión, de vieja data, con el Gobierno de Venezuela. Nicolás Maduro figura en los primeros lugares en la lista de enemigos de la batalla cultural mileísta, y desde Caracas no le esquivan a los epítetos. En marzo pasado, seis opositores al chavismo acusados por la fiscalía de conspiración e intento de desestabilización se refugiaron en la embajada argentina en Caracas. Recibieron el asilo político de Buenos Aires, pero nunca obtuvieron los salvoconductos para salir del país. El tema fue escalando y para agosto el personal diplomático argentino fue expulsado del país. Desde entonces, las relaciones entre Venezuela y Argentina las maneja la representación brasileña. En el edificio ahora flamea la bandera verde-amarelha. Y eso que el presidente Lula da Silva también es un comunista irredento, según Milei.
Estos días, uno de los asilados venezolanos, Fernando Martínez Mottola –colaborador cercano del autodesignado «presidente interino» (MC) Juan Guaidó– salió voluntariamente del edificio para someterse a la Justicia. Casi al mismo tiempo, un gendarme argentino fue detenido al querer ingresar a Venezuela, según declaró, a encontrarse con su esposa y su hijo de dos años, residentes en el estado de Anzoátegui.
La ministra Patricia Bullrich, que también es de verborrea fácil, había metido baza en el caso de los asilados y afirmó que enviaría a ocho gendarmes a custodiar la embajada. ¿Qué fue a hacer a Venezuela un gendarme con destino en el Escuadrón 27 de Uspallata, Mendoza, que cruzó a Chile y atravesó Colombia para ingresar por un paso de los llamados «calientes»?
El exembajador argentino, Oscar Laborde, mientras crecían los cruces entre Bullrich y las autoridades bolivarianas, intercedió para hacerle llegar a Gallo una carta de su madre, preocupada por la falta de novedades sobre él y por las Navidades. La respuesta de la Casa Rosada fue una denuncia por «traición a la patria» contra el exdiplomático, al que además de endilgarle el entorpecimiento de las negociaciones en curso con Caracas lo acusó de ser «agente al servicio de la dictadura de Maduro».
Laborde sostuvo que solo hizo una gestión en base a los contactos que logró en su gestión, que el Gobierno nacional ni siquiera había puesto un abogado para defender los intereses del gendarme ante la Justicia venezolana. La madre de Gallo llegó a Laborde por el dirigente social Juan Grabois, que, ante este entuerto, pidió –al igual que Laborde–, ser llevado ante los tribunales y defenderse allí de cada una de las imputaciones de manera pública.
Oscar Laborde -ex embajador argentino en Venezuela, ex presidente del Parlasur- envió una carta de la familia del gendarme Nahuel Gallo mediante sus relaciones del poder judicial de Venezuela a raíz de un pedido mío. Fue una de las tantas personas que contacté para esto y el…
Este viernes, el fiscal general de Venezuela, Tarek William Saab, informó en un comunicado que «el Sr. Nahuel Agustín Gallo ha sido detenido al haber intentado ingresar irregularmente a la República Bolivariana de Venezuela ocultando su verdadero plan criminal bajo el ropaje de una visita sentimental», y afirmó que el gendarme «se encuentra sometido a la respectiva investigación por su vinculación a un grupo de personas que intentaron desde nuestro territorio y con apoyo de grupos de la ultraderecha internacional ejecutar una serie de acciones desestabilizadoras y terroristas». Acusa de esa supuesta intentona «subversiva» a las autoridades argentinas y colocó en la lista de «personas de interés para la investigación» (sospechosos) a Bullrich y al canciller Gerardo Werthein.
El caso, acotación aparte, sirvió para limar aún mas, si cabe, la relación del primer mandatario con la vicepresidenta. Es que Victoria Villarruel, cuando estalló el incidente, publicó un posteo en su cuenta de X, que luego borró pero que Bullrich se encargó de recuperar, y que decía: «Jamás habría autorizado a un gendarme a ir a Venezuela. Lo que está ocurriendo es la consecuencia tristemente obvia, pero como no soy del área de Seguridad no opino de las sanciones y acciones que se deberían tomar. Saludos».
La otra pata de la «batalla cultural» muestra una coordinación impactante. Caputo alabando al dictador Pinochet cuando Milei firma los decretos 1107 y 1112/2024, que amplían las facultades de las Fuerzas Armadas, no es una casualidad. El primero de ellos establece los «Objetivos de Valor Estratégico» a defender y señala que la definición de cada uno de esos objetivos «será competencia exclusiva del Poder Ejecutivo Nacional».
El otro decreto afirma que serán consideradas agresiones a «la ejecución y consumación de un conflicto armado o guerra, que provengan de Fuerzas Armadas u organismos paraestatales extranjeros, de organizaciones terroristas u otras organizaciones transnacionales, o cualquier forma de agresión externa que sea incompatible con la Carta de las Naciones Unidas».
En conjunto, abren las puertas a la intervención de las FF.AA. en seguridad interior, a contramano de una conquista de la democracia que resulta incompatible con las políticas neoliberales, como lo fue hace medio siglo.
Las señales que envió Javier Milei de su preferencia por Donald Trump por momentos parecieron obscenas. Entre otras cosas porque el empresario inmobiliario todavía tiene que ganar para que se cumpla el sueño húmedo del paleolibertario argentino. Que encabeza un gobierno de gentes tan enamoradas de todo lo que viene de aquellos lados que copiaron sin el menor pudor la estética de la Casa Blanca y del Capitolio para sus íconos de fondo y el atril donde se hizo la versión local de la asunción presidencial y el discurso del Estado de la Unión vernáculo.
Milei tuvo ocasión de hablar con el expresidente y candidato republicano. Fue durante la visita de Milei al encuentro de la ultraderecha internacional organizado por la CPAC en Washington, en febrero pasado. Se cruzaron en un pasillo del National Harbor donde se realizó el encuentro, se miraron, se abrazaron a media luz, se desearon suerte y de ahí no pasó la cosa.
Habrían de pasar cuatro meses para que el argentino se viera con Joe Biden. Fue en la cumbre del G7 en Borgo Egnazia, en la Apulia. Milei había sido invitado especialmente por Giorgia Meloni, la primera ministra italiana. Fue un encuentro más formal, a plena luz, y en una entidad que tiene algo más de peso para la marcha del mundo. Todavía.
Los dos encuentros fueron algo distantes, hay que decirlo. Protocolares. En Washington, Trump medio que le habló a las apuradas porque entre ultraderechosos no hay cornadas. Pero no se le vio un entusiasmo desbordante. En Italia fue un favor de colegas de su espacio extremo como Meloni: Argentina no forma parte de ese club de los países occidentales mas industrializados. Y las políticas de Milei no hacen prever que se produzca eso de Hacer Grande a Argentina otra Vez le deseó Trump, jugando con su eslogan de campaña. NI que sea industrializado a este paso.
Como sea, es natural que Milei se sienta más cómodo con Trump. Comparten visiones retrógradas del mundo, nada que ver con esos “wokies” demócratas, con sus agendas de género y medio ambiente. Para colmo, ahora Kamala Harris anduvo diciendo que pretende terminar con “la guerra en Gaza” y luchar por la autodeterminación de los palestinos. Que no es la solución de dos estados, pero seguramente lo más cerca que pueda para ver si puede seducir a los sectores de izquierda o los musulmanes. El caso es que Trump dice que va a terminar con la guerra en Ucrania y trata con un desprecio mayúsculo a Volodimir Zelenski.
Por el bien de la humanidad, si se cumplen las promesas de terminar con las guerras -cosa difícil de creer- sería una buena señal para la continuidad de la especie. Contradictoriamente, cuando los imperios están ocupados en otros conflictos, quedan resquicios para la autonomía de estas regiones. El radicalismo fue gobierno en 1916, Primera Guerra; el peronismo en 1945, Segunda Guerra. El No al ALCA de 2005 fue con un presidente republicano que estaba enfrascado en Irak y Afganistán.
Más allá de estas disquisiciones, no importa qué le conviene a Milei, sino qué le conviene a los argentinos. Y tanto para Harris como para Trump, la Argentina de hoy día es un país insignificante, mal que nos pese. No así para la generala Laura Richardson, que asiduamente vuelve a recordarnos sus ansias de llevarse todo el litio y los minerales que le dejen.
Quizás para Trump recordar aquellas correrías de tiempos idos con el joven Mauricio Macri –que pretendía hacer negocios para el grupo empresario familiar, allá por los ‘80- le hubiera ablandado el corazón como para presionar al FMI con un crédito fabuloso a su “amigote”. Pero los tiempos son otros: en el número 700 de la calle 19, en Washington no andan con ganas de otra aventura como la de 2018, cuando esos 45 mil millones de dólares se fueron por la canaleta de la fuga.
En cuanto a Harris, si la administración Biden hubiese tenido onda, Milei no se tendría que haber tapado la nariz para ir golpearle la puerta a Xi Jinping. Porque vamos, China es tan enemiga para Trump como para BIden. Y encima, son comunistas, y al menos para su excanciller, todos iguales.
¿Qué le conviene entonces a los argentinos? La respuesta más razonable es que más allá de diferencias sobre política interior, como sugería Eric Calcagno en su columna del domingo, del Río Bravo para el sur, demócratas y republicanos son todos iguales. O sea, como convenir no conviene nadie.
Además de adaptar su lema en una nota periodística –«con fe y esperanza, la libertad avanza»–, Daniel Osvaldo Scioli dio nuevas señales de fe en el credo libertario cuando anunció el achicamiento de los Juegos Evita, que pasarán a denominarse Juegos Deportivos Nacionales, y en la tercera semana de julio, adhirió de manera intempestiva a la privatización de los clubes de fútbol, yendo en contra de sus posiciones de -sin ir más lejos- noviembre de 2018.
Luego de que en Boletin Oficial se formalizara el decreto que habilita las Sociedades Anónimas Deportivas, el exvicepresidente y exgobernador bonaerense visitó canales de tevé para explicar su nueva postura, que sin embargao, ya había adelantado en un largo posteo en la red X en abril pasado.
Es que hay dos características pueden definir a Scioli: la ubicuidad y la resiliencia. La primera le permite aparecer siempre en los lugares donde se corta el bacalao, como quien dice. La otra, le sirve para reinventarse, como luego del terrible accidente en el que perdió el brazo derecho al volcar su lancha de carrera en diciembre de 1989. O como hace ante cada topetazo que enfrentó en su carrera política.
¿El último? Tras haberse frustrado una nueva candidatura presidencial en 2023, pegó el salto hacia el equipo del ganador del comicio y en enero dejó la embajada en Brasil para asumir como secretario de Turismo, Ambiente y Deporte de Javier Milei. De profesar una fe estatista durante todos los períodos junto al kirchnerismo, a sostener las virtudes de una gestión que se define como anarcocapitalista.
Sin embargo, en alguna medida podría decirse también que «Pichichi», como también se lo conoce en las lides políticas –una chanza porque figura como goleador en su equipo de Villa La Ñata, Tigre– volvió a estar en el mismo lugar del que había partido. Su cercanía con el expresidente Carlos Menem lo llevó –ya recuperado y después de ganar seis campeonatos en diferentes categorías de motonáutica– a una banca de diputado nacional en 1997. En la Cámara Baja comenzó a destacarse como presidente de la Comisión de Deportes, lo cual en 2001 –tras el estallido del modelo neoliberal instaurado por el riojano– lo depositó en la Secretaría de Deportes de la Nación en el interinato del puntano Adolfo Rodríguez Saá y continuó con Eduardo Duhalde. Desde allí saltó a la vicepresidencia con Néstor Kirchner en 2003.
Carreras off shore Scioli supo aprovechar, siempre, la ventaja que le dio la cuna. Es hijo de un empresario, José Osvaldo, que había llegado a consolidar una de las cadenas de ventas de electrodomésticos más importantes del país –cuya casa central estaba en la esquina porteña de Callao y Santa Fe–, tenía participación accionaria en el Canal 9 Libertad, que dirigía uno de los zares de la televisión, Alejandro Romay, y había sido uno de los recaudadores de campaña para Raúl Alfonsín en 1983.
Cuando Daniel Osvaldo (DOS, sigla quizás premonitoria) comenzó en 1986 con el berretín de las carreras off shore, las coberturas de los certámenes en sus noticieros eran kilométricas; inexplicables para un deporte absolutamente desconocido para las mayorías en el canal de mayor audiencia popular. Por eso su accidente en el Delta causó un gran impacto en la población. Su casamiento con la modelo Karina Rabolini lo puso en el jet set en un momento en que el límite entre el espectáculo y la política era cada vez más difuso. En ese período llegó a ser ejecutivo de firmas como Electrolux y Frigidaire, mientras el canal pasaba a manos extranjeras.
Otros tiempos. 2023: El entonces embajador de Brasil reunido con Cristina Fernández en el Senado.
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Su carrera meteórica en las grandes ligas implicó atravesar un ríspido 2002: ese año moriría su padre y la empresa familiar fue declarada en quiebra. En agosto de 2003 tendría un fuerte choque con el santacruceño: a seis meses de estar al frente del Senado, Scioli cuestionó la política energética del flamante Gobierno y puso en dudas el apoyo al proyecto de ley de la Cámara de Diputados que anulaba las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Kirchner hizo echar a todo el equipo que había armado su vice en Deportes. Scioli entendió el mensaje y encaró por otro lado la relación con el oficialismo.
Su libro de cabecera, según confesó, es La estrategia de aproximación indirecta, publicado en 1941 por el historiador militar británico Basil Henry Liddell Hart, un texto que también influyó en Jorge Bergoglio. Inspirada en El arte de la guerra, del chino Sun Tzu, la «aproximación indirecta» busca someter a las fuerzas contrarias mediante una maniobra envolvente «sin dar nunca un combate frontal contra el centro del poder adversario».
Un apoyo permanente Hubo un hombre que a su manera completó la imagen paterna, un empresario de origen gallego nacido en la extrema pobreza y que aquí construyó un imperio hotelero y mediático, Florencio Aldrey Iglesias. La vida de este hombre nacido en La Coruña en 1932 que llegó a Buenos Aires a los 17 años también da para la historia. Comenzó a labrar su fortuna desde sus primeros trabajos como mozo –algo usual para la época entre los emigrados de Galicia– y pronto se hizo con la concesión del buffet en el actual Club Ciudad. No tardó en tener diez locales similares en los clubes más grandes de la zona, entre ellos River, Boca, Huracán, Lanús. Entrador y dicharachero, hizo amistad con todos los personajes famosos y poderosos que pululaban por esos lugares. Se hizo de la mayoría accionaria del City Hotel en 1968 y siguió creciendo hacia «La Feliz», donde llegó a hacerse del Hotel Hermitage y a cultivar amistad con las estrellas que hacen temporada en esas playas.
En el City, Aldrey Iglesias tendría un golpe de suerte. Tenía como huésped a Félix Laiño, el mítico jefe de redacción del vespertino La Razón, el de mayor tiraje en un momento en que también se compraban diarios después del almuerzo. Laiño era un viejo zorro del periodismo, gran hacedor de periodistas, pero también estaba vinculado con los sectores más conservadores y de las Fuerzas Armadas que se sirvieron de las tapas del periódico para apoyar todos los golpes de Estado desde 1955 en adelante. Laiño convenció a Aldrey Iglesias de comprar por poco dinero un medio marplatense que estaba en bancarrota, La Capital.
El pobre inmigrante venido con una valija de cartón y muchas ilusiones construyó todavía más fortuna en medios marplatenses y aún más poder a nivel nacional. Se jactaba en sus oficinas de la City de la amistad con todos los que reparten el pastel, «en esta vida y en la otra». Así, lucía en fotos junto a Menem, Fernando de la Rúa y los cardenales primados. Cuando Amalia Fortabat se desprendió del centenario La Prensa, en febrero de 1997, Aldrey Iglesias puso un pie en medios porteños, aunque era uno ya bastante alejado de sus mejores tiempos. Laiño entró a la redacción en 1997 como asesor con una carpeta que decía Ejército Argentino. Se ufanó de sus amigos militares y de haber sido el que bautizó a la dictadura del 76 como «Proceso de Reorganización Nacional». Rodolfo Walsh en El caso Satanovski contó que detrás el homicidio del contador Marcos Satanovski se escondía una puja por el paquete accionario del diario en poder de los militares. Pero ese es otro tema.
Gobernación bonaerense ¿Cómo entra en juego Scioli? Resulta que la familia del exmotonauta pasaba la temporada veraniega en el Hermitage y surgió una amistad que se fue profundizando con los años. En ese hotel de realizaría la IV Cumbre de las Américas de 2005 en la que se le dijo «No al Alca» a George W. Bush, sin ir más lejos. Scioli llegó a la gobernación bonaerense en 2007 como la opción para retener la provincia para el espacio del kirchnerismo.
Último intento. Quiso ser candidato presidencial del peronismo para enfrentar a su actual jefe, Javier Milei.
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Ya en La Plata, nombró como ministro de Seguridad en su primer Gabinete al fiscal Carlos Stornelli, de notoria fama en acusaciones poco prolijas contra Cristina Fernández en años posteriores. ¿Habrá que mencionar que obviamente debutó tirando al cesto de residuos la reforma policial de Arslanian y regresó a los viejos esquemas de negociación con las cúpulas para mantener la «gobernabilidad»?
Lo que vino después está más fresco en la memoria. Su candidatura presidencial en 2015, en la que terminó derrotado por Mauricio Macri; su designación como embajador por Alberto Fernández ante el Gobierno de Jair Bolsonaro; sus 49 días como efímero y humillado ministro de Desarrollo Productivo en una de las tantas crisis del Frente de Todos en la Casa Rosada; su vuelta a la sede diplomática argentina en Brasilia y su permanencia con el recambio presidencial. Hasta ese nuevo cargo en Deportes que quizás no debería sorprender.
La imagen del neofranquista Santiago Abascal bajo el titular «Vox populi», apenas una entre otras portadas del periódico donde se alabó sin mella el triunfo electoral de Bolsonaro en octubre de 2018 y su llegada al Planalto en enero de 2019. «Bem-vinda la derecha», dice una en portuñol; «Bolsonaro marca el camino», la otra.
En febrero pasado, el alcalde de la municipalidad de General Pueyrredón, Guillermo Montenegro, le entregó al acaudalado empresario una distinción como ciudadano ilustre de Mar del Plata. Scioli estaba en primera fila con una sonrisa de oreja a oreja. «Es un día de muchas emociones por todo lo que representa Florencio», dijo el exgobernador.
Se entiende el detrás de escena de la llegada de Scioli a Brasil, su breve permanencia y el cargo como libertario o neomenemista. ¿Nueva etapa?
Lo destacable del Gobierno de Javier Milei y especialmente del presidente de los argentinos es que nada de lo haga o diga debería llamar la atención. Porque a lo largo de su exposición mediática, tanto como panelista de tevé como en su campaña electoral, mostró todas sus rendijas de un modo se diría que transparente. Y una de sus aristas más relevantes es su poco apego a los intereses y necesidades del país. De modo que haber hecho flamear la bandera del Estado de Israel en uno de sus actos proselitistas o decir que la moneda nacional –en la que mal que mal todavía se ven algunos próceres nacionales– es excremento sería apenas lo mínimo. No es que el mandatario de La Libertad Avanza haya inventado ese desprecio por lo argentino, algo que le remarcó el presidente mexicano en un reciente cruce por las redes sociales. En la historia nacional no es el primero. Todavía se recuerda el discurso de Mauricio Macri en el acto central en la Casa de Tucumán por los 200 años de la declaración de Independencia, el 9 de Julio de 2016, cuando para congraciarse con Juan Carlos de Borbón, el escandaloso rey emérito, le dijo que «los patriotas debían haber sentido una gran angustia por tener que separarse de España». Poco antes, el 24 de marzo, cuando se recordaban los 40 años del golpe cívico-militar, había recibido al presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Milei, para no ser menos que el expresidente, dejó las puertas de la Casa Rosada abiertas para que el director de la CIA, William Burns, a horas de la marcha por el día de la Memoria, la Verdad y la Justicia, se reuniera con el jefe de Gabinete, Nicolás Posse, y el titular de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), Silvestre Sívori. Hace ocho años al menos Obama se comprometió a desclasificar algunos documentos de la represión en manos de la Agencia de Inteligencia, cosa que se cumplió seis meses más tarde. Ahora el mensaje es reivindicativo de la barbarie.
Símbolos y señales En un capítulo de la exquisita serie de televisión italiana Montalbano, basada en las novelas de Andrea Camilieri, el protagonista, el comisario Salvo Montalbano, analiza con uno de sus ayudantes un cuerpo sin vida y arguye que el crimen tiene todas las características de ser obra de la mafia. «¿Cómo lo sabe?» le dice el inspector Giuseppe Fazio. «Hay toda una simbología que usa la mafia», responde, y pasa a detallar.
Presencia colonial. El Gobierno argentino no repudió la visita del canciller británico David Cameron a Malvinas en febrero de este año.
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La gira de la jefa del Comando Sur, la generala Laura Richardson, iniciada el 2 de abril, tiene mucho de esa simbología que gustoso acepta el Gobierno nacional, que dijo presente en Ushuaia con Milei vestido de uniforme de fajina azul y el ministro de Defensa, Luis Petri, con pose militar. Otro detalle simbólico que tampoco es nuevo en gestiones derechistas. Ushuaia es la capital de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e islas del Atlántico Sur y allí el recuerdo de la Guerra de Malvinas tiene una fuerte impronta. El gobernador Gustavo Melella declaró a la militar estadounidense «persona no grata» y en consecuencia se negó a reunirse con ella. No es la primera vez que la generala está en Argentina. Hace justo dos años mantuvo un encuentro con la entonces vicepresidenta, Cristina Fernández. Desde que asumió su cargo, en octubre de 2021, la comandante de las fuerzas estadounidenses, que tiene como objetivo vigilar y custodiar el Atlántico sur a la manera de un «patio trasero» marino, se fijó como tarea marcar agenda de los intereses estadounidenses. También de manera transparente, hay que reconocerle. Y sus intereses son los recursos naturales, especialmente el litio, y correr de la región a China. Conviene recordar que, junto con la creación de la Unasur, aquel eje de la integración que las derechas alineadas con EE.UU. se encargaron de desactivar, se lanzó el Consejo de Defensa Suramericana, que había declarado a Sudamérica como zona de paz y buscaba fortalecer la unidad de las naciones. Esta concepción de la estrategia militar en las Fuerzas Armadas planteaba como hipótesis de conflicto la defensa de los recursos naturales, entre ellos el agua y el litio. Era una respuesta tardía pero potente a lo que se pudo comprobar en 1982 con el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (Tiar), creado por EE.UU. en el marco de la Guerra Fría y que prometía la defensa de cualquier país del continente que fuera atacado por una potencia extranjera: era un instrumento de sumisión liso y llano. La gestión Milei se propone reeditar esa sumisión en otras «relaciones carnales» como las que ensayó el menemismo en los 90. Y las señales que dio Milei desde que asumió fueron escalando aceleradamente. Inauguró sus relaciones exteriores con provocaciones a China y Brasil y renunció a formar parte de los Brics ampliados en los últimos días de 2023. ¿Cómo respondió a la visita del canciller británico David Cameron a Malvinas en febrero, antes de la cumbre de cancilleres del G-20 en Brasil? Con una preocupante pasividad de la Casa Rosada y el Palacio San Martín que repitió luego ante la ampliación de la zona exclusiva de pesca en torno del archipiélago posterior. Malvinas, hay que insistir, es una base de la OTAN, no solo del Reino Unido.
Sonrisas. Con atuendo militar, Milei se reunió con Laura Richardson en Ushuaia.
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Ya en marzo, la Administración General de Puertos firmó un convenio para que el cuerpo de ingenieros del Ejército estadounidense pueda ejercer tareas en la Hidrovía. Por otro lado, firmó la compra de 24 aviones F-16 de fabricación estadounidense actualmente en manos de la Aeronáutica de Dinamarca, dejando de lado una oferta de aeronaves JF-17 Thunder fabricadas en conjunto por China y Pakistán que según todo indicaba, eran más convenientes para las FFAA, pero preocupaban a Estados Unidos y Gran Bretaña. En 2022, Richardson presionó al entonces ministro Jorge Taiana para ofrecer los F-16 daneses. Estratégicamente, un Gobierno que quisiera tener presencia en el mar argentino debería tener opciones de repuestos y entrenamiento distintos de los que pretende la OTAN. Otra señal: el vocero presidencial Manuel Adorni confirmó que en mayo llegará a estas costas el portaviones de propulsión nuclear USS George Washington, mientras adelantó la posibilidad de que se analice el convenio firmado con China en 2012 por la planta espacial china en la localidad neuquina de Bajada del Agrio. El embajador Marc Stanley, en lo que debería ser considerada una intromisión en los asuntos nacionales, había declarado a medios proestadounidenses locales que no entiende como «Argentina permite que las Fuerzas Armadas chinas operen en Neuquén», un dato falaz. La ofensiva contra las relaciones con China, que el propio Milei denostaba desde antes de la elección, es el eje de este nuevo alineamiento sin balanceo que como ya ocurrió entre 1976-1983 y 1989-1999, para no ir más lejos, probó ser nefasto para los intereses nacionales. Salvo que se cambie el sentido del lema «la Patria es el otro» del kirchnerismo y se admita públicamente que ese otro ya no es el que se cobija bajo la bandera celeste y blanca.
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