por Alberto López Girondo | Dic 14, 2020 | Sin categoría
Los delegados de cada estado emiten hoy su voto presidencial en los EEUU, el paso formal más importante luego de las elecciones para sellar el triunfo de Joe Biden. El nuevo presidente dejó claro con sus nombramientos que el poder militar vuelve a ser central en Washington. El ex general Lloyd J. Austin III -primer afrodescendiente en convertirse secretario de defensa- diseñó el programa para armar a los rebeldes sirios que desataron una guerra civil y es director de Raytheon, una proveedora del Pentágono.
Si Donald Trump no fuera el gobernante transgresor que se deleita con representar, no hubiera sido preciso hurgar tanto en el sistema electoral de Estados Unidos. Pero su estilo rupturista y la amenaza siempre latente de que hasta último momento puede intentar algo para no entregar el poder, obligan a desempolvar las reglas para explicar en qué momento de la transición hacia el mandato de Joe Biden está la nación más poderosa del planeta.
Es bueno entonces recordar que el rito electoral exige que el primer lunes posterior al segundo miércoles de diciembre se reúnan los electores para ungir al ocupante de la Casa Blanca durante los próximos cuatro años. Esa fecha se cumple este lunes y nada indica que la nominación de Biden corra peligro. Pero con el empresario inmobiliario nunca se sabe.
Seis días antes, el 8 de diciembre, se cumplió otro paso del lento y engorroso trámite de la que muchos consideran la “democracia rectora” del mundo, el llamado “Puerto Seguro”, que es la fecha en que cada estado certifica la lista de delegados electorales que corresponde de acuerdo al resultado del comicio. Tratándose de una elección controvertida por el presidente, que acusó de fraude en gran parte de los distritos, era una señal a considerar.
Pero ese día pasó sin pena ni gloria y Trump tuvo que soportar que la Corte Suprema, que por esas cosas del destino pudo renovar a su gusto con tres jueces conservadores, lo que le da en teoría un cómodo 6 a 3 en cualquier disputa, rechazó la demanda de un fiscal de Texas para anular los votos en Georgia, Michigan, Pensilvania y Wisconsin.
De haber recibido el aval del máximo tribunal y haber podido contar con los electores de esos estados, hubiese tenido la ocasión de mantenerse en el Salón Oval a pesar de tener 7 millones de votos menos que el candidato demócrata. Pero el establishment de EEUU hace tiempo le había picado el boleto. El republicano es un personaje incómodo que mantuvo una pelea cuerpo a cuerpo con lo que llamó el “estado profundo”. Y al menos esta vez, a pesar de los más de 74 millones de votos, le toca perder, algo para lo que no está genéticamente preparado. A los 74 años, Trump parece lejos de seguir en carrera para el 2024, pero el espacio que representa sigue vivito y coleando más que nunca.
Una grieta en el camino
De allí que el primer objetivo de Biden pase por terminar con la grieta política que divide peligrosamente a los estadounidenses. Las diferencias que supo profundizar Trump eran previas, pero con él alcanzaron visibilidad estridente. Si el presidente es capaz de mostrar un perfil desencajado y tan distanciado de la corrección política, qué no se pueden permitir sus seguidores, en muchos casos hartos de las buenas formas en un país que cada vez deja menos oportunidades a las capas medias y bajas de la población.
Joseph Robinette Biden Jr. es todo lo contrario. Hombre del sistema desde que en 1973, a los 31 años, ganó por primera vez una banca como senador por Delaware, fue reelegido seis veces por ese pequeño estado que con menos de 6500 km2 de superficie es un paraíso fiscal con más empresas internacionales radicadas que pobladores.
No es que Trump sea un izquierdista ni mucho menos. Su discurso roza la paranoia de haber calificado a su contrincante de filocomunista. En disputas con legisladoras del ala izquierdista del Partido Demócrata como Alexandria Ocasio-Cortez o Ilhan Omar, llegó a jurar que no permitiría que el socialismo se enseñoree en Estados Unidos.
Por otro lado, Trump encarna a un vasto sector de la cultura y la sociedad estadounidenses que técnicamente se denomina “jacksoniano”. Andrew Jackson gobernó entre 1829 y 1837, es considerado el primer presidente populista en la historia de EEUU. Sus ideas encuadran como nacionalistas y hasta aislacionistas en política exterior. La defensa de la industria y de la mano de obra nacional que emprendió Trump desde su campaña de 2016 es un claro ejemplo de esta tesitura. El retiro del país ni bien asumió de gran parte de las organizaciones globalistas -desde tratados de comercio a acuerdos climáticos-, son otra muestra.
Trump, a diferencia del último mandatario demócrata, Barack Obama, no obtendrá un Premio Nobel de la Paz, pero hay que remontarse a muchas décadas para encontrar otro presidente de EEUU que no haya iniciado ninguna guerra y al contrario, esté enfrentado con el Pentágono porque quiere traer a los soldados apostados en Afganistán antes de terminar su gestión, como también ordenó hacer con las tropas en Somalia.
Biden ya adelantó que su administración irá por otro carril. Intentará reparar las relaciones con tradicionales aliados de Washington dañadas en estos cuatro años. Los desplantes de Trump crearon desconfianzas pero también permitieron el crecimiento de la influencia de China en el escenario internacional. Cada espacio que Trump cedió fue ocupado por la potencia asiática, que además supo cómo contrarrestar la ofensiva comercial y mediática desatadas desde la Casa Blanca.
Agenda exterior
El 14 de diciembre, los electores se reúnen en cada estado para elegir al futuro presidente. Son delegados designados por cada partido para emitir su voto por el candidato oficial. En la mayoría de los distritos están obligados a respetar el mandato popular, pero podrían convertirse en “traidores” y enfrentar las consecuencias, que no son gran cosa. Una multa que no suele superar los 1000 dólares.
Hubo casos de “infieles”, pero nunca más de un puñado que no cambió el resultado final. Biden llega con 306 electores y Trump con 232. La incógnita se mantendrá hasta el 6 de enero, cuando en el Capitolio el vicepresidente Mike Pence abra los sobres cerrados para consagrar al binomio que dirigirá los destinos de la nación hasta 2024.
Pero la transición ya comenzó, a pesar de los berrinches de Donald Trump. Biden, como era de esperar, dio las primeras señales de un cambio de rumbo para el país en una página web en la que informa de sus primeras medidas, buildbackbetter.gov, literalmente “reconstruir mejor”, pero una traducción de potrero la podría interpretar como “volveremos mejores”.
El primer nombramiento en el gabinete que se destaca es el de Anthony Blinken como secretario de Estado, del cubano-estadounidense Alejandro Mayorkas como secretario de Seguridad Nacional y de Avril Haines en el área de inteligencia. Junto con el ex candidato presidencial y ex canciller John Kerry en Cambio Climático y la embajadora en la ONU Linda Thomas-Greenfield, son una señal clara para los aliados del otro lado del Atlántico y los países del sur del Río Bravo.
Kerry, siendo secretario de Defensa, en 2013, no tuvo mejor idea para referirse a América Latina como el “patrio trasero”. Lo que recordó los tiempos en que desde Washington se instalaba gobiernos títeres que garantizaran el “como mande” a cualquier decisión del gobierno. Pero eran tiempos de Obama, que había llegado con promesas de respeto mutuo, la región estaba gobernada por Cristina Fernández, Dilma Rousseff, Rafael Correa, Hugo Chávez, Evo Morales, y la Unasur era un espacio potente de integración y autonomía.
Para colmo, el exabrupto coincidió con las denuncias del analista de la NSA Edward Snowden sobre el espionaje masivo de organismos estadounidenses sobre ciudadanos de todo el mundo, incluida la presidenta de Brasil y su principal empresa nacional, la semi estatal Petrobras. En ese marco, Rousseff suspendió la gira que tenía programada a Washington y dejó plantado a Obama. De nada sirvió el viaje relámpago de Kerry, que intentó desdecirse para suavizar la relación.
Blinken trabajó codo a codo con Kerry en el pasado y ahora, al frente de las relaciones exteriores, se entiende que profundizará la relación con Cuba. Fue él uno de los principales gestores del histórico acercamiento entre Obama y Raúl Castro de diciembre de 2014. Trump echó por tierra con esa política, que había permitido la reapertura de relaciones, congeladas en 1962.
Ahora se vez más cercano el fin del bloqueo comercial, que pronto cumplirá 60 años. Quizás ante esta perspectiva es que La Habana anunció que desde el 1 de enero se terminará con el sistema bimonetario, Ya no más circulación del CUC, solo el peso cubano, valuado en 24 por dólar.
Donde posiblemente Biden agradezca en silencio a su antecesor es en Venezuela, declarado “un régimen que amenaza a la seguridad de Estados Unidos” por un DNU de Obama en 2015. El método de acoso y bloqueo total continuado por Trump para asfixiar al chavismo, aunque no sirvió para derrocar a Nicolás Maduro, debilitó a tal nivel a su gobierno que quizás Biden tenga gran parte del objetivo que se planteaba como vice de Obama cumplido.
Complejo militar
El general Dwight Eisenhower le entregó la presidencia a John Fitzgeral Kennedy el 20 de enero de 1961. En un célebre discurso de despedida de unos días antes declaró: “debemos evitar la compra de influencias injustificadas, ya sea buscadas o no, por el complejo industrial-militar. Existe el riesgo de un desastroso desarrollo de un poder usurpado. No debemos permitir nunca que el peso de esta conjunción ponga en peligro nuestras libertades o los procesos democráticos”.
Pero el peso de esa maquinaria se consolidó y extendió desde entonces a limites peligrosos no solo para la democracia sino para la humanidad toda. Incluso tras la caída de la Unión Soviética, que era el enemigo que justificaba los presupuestos de defensa.
No es que Trump haya escatimado fondos a los gigantes del aparato industrial-militar -que también integran empresas que proveen de “contratistas”, un eufemismo para hablar de ejércitos de mercenarios- pero los tentáculos de ese sostén de la economía estadounidense conforman gran parte del “estado profundo”, su enemigo interno.
Con Biden ellos vuelven a tallar en Washington. Blinken, sin ir más lejos, es uno de los fundadores de WestExec Advisors, una consultora secreta en la que también trabajó Avril Haines, ahora en inteligencia.
Además, el futuro secretario de Defensa será el general Lloyd J. Austin III, el primer afrodescendiente en ocupar ese sillón. Con un pasado reciente bastante belicoso como jefe del Comando Central que en 2014 diseñó el programa para armar a los rebeldes sirios que desataron una guerra civil para derrocar a Bashar al Assad, es miembro de la junta directiva de Raytheon, una de las mayores empresas especializadas en investigación, desarrollo y fabricación de productos de tecnología avanzada en el sector aeroespacial y defensa, desde motores de aviones hasta drones.
Biden, finalmente, promete terminar con la persecución a los inmigrantes ilegales, una política de Trump que subyugó a los ciudadanos que culpan a los latinoamericanos venidos del sur como causantes de la desocupación y los bajos salarios. Al mismo tiempo promueve políticas de desarrollo en América Central para buscar la reducción de las corrientes migratorias con trabajos locales.
Se propone, asegura, recuperar una “base de cooperación” que había intentado durante la administración Obama. Lo que incluyó, está convencido, “una relación más amplia y profunda con México, una agenda global para la cooperación con Brasil, un compromiso revitalizado con América Central, la reconstrucción posterior al terremoto en Haití, la restauración de los lazos diplomáticos con Cuba, el apoyo al histórico proceso de paz de Colombia, una mejor seguridad energética en el Caribe. , ampliación de las relaciones comerciales y de colaboración con países de la región”
Nuestras Voces, 14 de Diciembre de 2020
por Alberto López Girondo | Dic 6, 2020 | Sin categoría
Será el próximo lunes 14, pero, aunque restan pocos días para que el Colegio Electoral determine quién será presidente de Estados Unidos desde el 20 de enero próximo; Donald Trump cosecha derrotas en su intento de rechazar el resultado de las elecciones del 6 N. Esta semana, el fiscal general William Barr, un hombre de su entorno y que fue muy fiel en apoyar sus políticas sobre inmigración y el acoso a Venezuela, afirmó que “no hemos visto un fraude a una escala que pudiera haber cambiado el resultado de la elección”.
Para agregar más leña a ese fuego, tribunales de cuatro Estados clave con los que el mandatario esperaba conseguir los delegados que le den un triunfo que las urnas le niegan, rechazaron sus demandas por las mismas razones que dio William Barr: no hay evidencia creíble y relevante para impugnar los resultados.
De esa manera, el camino de Joe Biden a la Casa Blanca cada día luce más despejado. Lo avalan los más de 80 millones de sufragios computados en su favor, pero sobre todo el triunfo en los distritos clave, lo que le permite llegar a 306 votos electorales. Trump tuvo el respaldo de 74 millones de ciudadanos, una suma nada desdeñable.
Es así que el presidente prosigue con la aplicación de políticas propias, como si nada fuera a cambiar en el 2021, o quizás para condicionar el sucesor en aspectos que los demócratas no compartirían.
Este viernes, el Pentágono informó que Trump había ordenado “al Departamento de Defensa y al Comando de África de Estados Unidos que reubiquen a la mayoría del personal y activos fuera de Somalia para principios de 2021″. Ya había dado una orden similar en relación con efectivos destacados en Afganistán. Sin embargo, la orden parece tan laxa como para que no se termine por poner en práctica.
Al mismo tiempo, su yerno Jared Kushner intenta algún golpe de efecto en Medio Oriente antes de dejar la Casa Blanca. Y tras el acercamiento logrado entre Israel, Emiratos y Bahrein, sigue tratando de incorporar a la discusión a Arabia Saudita.
Pero choca con el inconveniente de que el príncipe Mohamed bin Salman ahora se niega a nuevas conversaciones con representantes israelíes luego de que se difundiera un encuentro secreto entre él y el primer ministro Benjamin Netanyahu.
El Departamento de Estado, en tanto, anunció que van a cancelar cinco programas de intercambio de funcionarios financiados por China. La excusa es que son «herramientas de propaganda» del Partido Comunista chino. En simultáneo, la embajadora interina de EE UU en Alemania, Robin Quinville, reclamó una “moratoria» en la construcción del gasoducto Nord Stream 2, que proveerá de gas ruso a la Unión Europea. La diplomática dijo que se trata de un «instrumento político del Kremlin». En simultáneo, la embajadora interina de EE UU en Alemania, Robin Quinville, reclamó una “moratoria» en la construcción del gasoducto Nord Stream 2, que proveerá de gas ruso a la Unión Europea. La diplomática dijo que se trata de un «instrumento político del Kremlin».
Tiempo Argentino, 6 de Diciembre de 2020
por Alberto López Girondo | Nov 24, 2020 | Sin categoría
Finalmente, la Administración de Servicios Generales de Estados Unidos (GSA) autorizó a que el equipo de Joe Biden comience la transición hacia el futuro gobierno. Más allá del berrinche de Donald Trump, que insiste en no reconocer el triunfo del demócrata porque, asegura, tiene elementos como para que la justicia determine que hubo fraude electoral en su contra, esto implica que los asesores del candidato demócrata han iniciado el proceso para hacerse de los códigos de seguridad de cada área de la administración pública para llegar, como ultimo paso, a las claves nucleares. Por lo pronto, le habilitaron un dominio .gov para el sitio buildbackbetter (literalmente «reconstruir» mejor, una versión yanqui del “volveremos mejores”). Allí ya volcaron las primeras nominaciones en el futuro gabinete y algunas directrices sobre la gestión que se abre el 20 de enero próximo. (Ver acá)
Las primeras designaciones (ver acá) hablan efectivamente de un regreso, el de viejas figuras que tuvieron participación en el gobierno de Barack Obama. Pero sobre todo, de personalidades ligadas a ese sector de la administración que enfrentó a Trump desde el primer día. Y que recibió golpe a golpe del mandatario, que siempre puso entre sus enemigos al “estado profundo” y a la prensa hegemónica.
La primera figura que se destaca es la de Anthony Blinken como secretario de Estado, de Alejandro Mayorkas como secretario de Seguridad Nacional y Avril Haines en el área de inteligencia. Ellos, junto con el legendario John Kerry, en el área de Cambio Climático y la embajadora en la ONU Linda Thomas-Greenfield, representan un guiño a los aliados estadounidenses del otro lado del Atlántico. Muy golpeados y humillados en estos cuatro años por las políticas aislacionistas del empresario inmobiliario. Pero también representan esos vértices de la industria militar que implican políticas más belicistas que las de Trump.
«La democracia está en retroceso en todo el mundo, y desafortunadamente también está en retroceso en casa debido a que el presidente lleva un dos por cuatro a sus instituciones, sus valores y su gente todos los días», dijo Blinken a The Associated Press en septiembre, cuando arreciaba la campaña electoral. “Nuestros amigos saben que Joe Biden sabe quiénes son. Nuestros adversarios también. Esa diferencia se sentiría desde el primer día». De hecho, Vladimir Putin todavía se niega a reconocer el triunfo de Biden. Devolución de gentilezas ya que los demócratas argumentaron hace 4 años que Hillaru Clinton perdió la elección contra Trump por la injerencia rusa.
El cubano Mayorkas es también otro nombramiento con visos de símbolo político. Nacido en La Habana en noviembre de 1959, se exilió con sus padres por la revolución. «Cuando era muy joven, Estados Unidos nos proporcionó a mi familia y a mí un lugar de refugio. Ahora, he sido nominado para supervisar la protección de todos los estadounidenses y de aquellos que huyen de la persecución en busca de una vida mejor para ellos y sus seres queridos», declaró en su red social. Trump hizo de los ataques de tono racista contra latinoamericanos eje de su campaña en 2016 aunque se apoyó en los cubanos de Miami para su política de reforzamiento del bloqueo a Cuba. Se supone que ahora la Casa Blanca reanudará las relaciones plenas con La Habana, siguiendo la línea de Obama de 2014.
En la Secretaría del Tesoro, un cargo equiparable al de Ministro de Economía, estará Janet Yellen, la primera mujer en ocupar ese puesto. Fue también la primera en la Reserva Federal durante la gestión de Obama y acredita una gran cantidad de lauros en esa disciplina.
Incluso su marido, George Arthut Akerlof, es premio Nobel de Economía de 2001, en un galardón compartido nada menos que con Joseph Stiglitz y Michael Spence. Yellen llegó a publicar algún paper con su esposo sobre “salarios de eficiencia”, donde aplica soluciones no ortodoxas para dilemas como el sueldo laboral. Ella formó parte del equipo que diseñó las políticas de apoyo a los bancos en la crisis de 2008.
Kerry fue senador y en 2004 compitió sin éxito contra George W. Bush. Obama lo llamó a reemplazar a Hillary Clinton en la secretaría de Estado en 2013. Los latinoamericanos lo recuerdan porque rescató una frase que genera repudio y parecía olvidada en gestiones estadounidenses. Fue cuando calificó a América Latina de «patio trasero». Fue, también, el que promovió los primeros boicots contra el gobierno de Venezuela, al incluir al país bolivariano en la lista de peligros para la seguridad estadounidense. Al mismo tiempo promovió la agenda del medio ambiente que culminó en el Pacto de París, repudiado por Trump en 2017.
Blinken, como futuro canciller, garantiza la mesura y los rasgos cultivados de la diplomacia internacional al punto que habla francés con fluidez. Aunque de ninguna manera expresa una esperanza de paz para el mundo. De hecho, junto con Michele Flournoy, a la que muchos ven con el cargo de Secretaria de Defensa, fundaron WestExec Advisors, una consultora secreta en la que también trabajó Avril Haines, ahora nombrada para inteligencia. Ex directora adjunta de la CIA en la anterior gestión demócrata, Haines colaboró en el grupo que diseño el programa de aviones no tripulados.
Hay otro cargo normalmente de mucha influencia en política exterior aunque no con lo mismos galardones, como es el de asesor de seguridad nacional. Por allí pasaron en estos años halcones como John Bolton y antiguamente estrategas como Henry Kissinger o Zbigniew Brzezinski. Allí irá Jake Sullivan, que ya sirvió en el equipo chico de Biden cuando era vicepresidente y es investigador en la Fundación Carnegie para la Paz. Una institución que cuenta entre sus donantes a la Boeing, Northrop Grumman y las FF AA estadounidenses.
Tiempo Argentino, 24 de Noviembre de 2020
por Alberto López Girondo | Nov 22, 2020 | Sin categoría
Hasta el propio Donald Trump parece reconocer que la era de las organizaciones multilaterales tiene actualidad sino que desde enero de 2021 recibirá un nuevo impulso. Aunque claro, luego de que se verifique su salida de la Casa Blanca, algo que dista mucho de estar garantizado por estas horas (ver aparte). Es que luego de casi 4 años de ordenar el retiro de cuanto organismo internacional formaba parte Estados Unidos, el polémico mandatario decidió -para sorpresa de todos- participar este viernes de la cumbre de APEC (Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico, por sus siglas en inglés), que integran 14 países de la región Asia-Pacífico y que suman el 60% del PBI mundial. Figuran entre sus miembros las dos mayores potencias económicas, como EEUU y China, pero también las potencias políticas más relevantes de esa parte del mundo.
La asistencia de Trump sorprendió porque se había negado a intervenir desde que llegó al gobierno, fiel a su política aislacionista que lo llevó a romper hasta con la Organización Mundial de la Salud (OMS). Curiosamente, Trump destacó en el encuentro, que fue virtual por la pandemia, “el liderazgo de EEUU, incluido nuestro exitoso desarrollo de vacunas seguras y efectivas contra el Covid-19”.
Insólita jactancia en un ámbito del que forman parte China y Rusia, que también desarrollaron vacunas contra el coronavirus. Y del que formaron parte los jefes de gobierno de los otros países de APEC: Japón, Corea del Sur, Hong Kong, Vietnam, Indonesia, Malasia, Nueva Zelanda, Filipinas, Singapur, Papúa Nueva Guinea, Australia, Brunéi, Canadá México y Chile.
No fue la única sorpresa del encuentro. El presidente chino, Xi Jinping, dijo que Beijing esta analizando la posibilidad de unirse al TPP-11, el ahora llamado Acuerdo de Asociación Transpacífico Amplio y Progresivo, pergeñado en tiempos de Barack Obama por países de la cuenca del Pacífico con el objetivo no explícito de aislar a China, pero del que Trump se retiró hace 4 años. Una semana antes se habían reunido los países de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés), la contraparte del TPP, creado para dejar afuera a EEUU (ver aparte).
Este juego geopolítico desatado tras el resultado de las elecciones estadounidenses muestra un reparto acelerado de las fichas del TEG ante el cambio de administración en Washington. Todo indica que Joe Biden recuperará la agenda demócrata. De allí el apuro de “viudas” del apoyo estadounidense como el gobierno conservador de Sebastián Piñera, que se encargó de comentar, a través del canciller Andrés Allamand, su deseo de reimpulsar el proyecto TPP, que esperaba la aprobación parlamentaria en el Senado cuando Trump pateó el tablero, en 2017.
El convite de Allamand despertó también las mismas críticas que ese acuerdo de libre comercio había despertado entonces. Es más, esos sectores, enrolados en el progresismo, temen que ahora aprovechen el momento para meter la iniciativa con calzador entre los temas a aceptar en la nueva constitución que deberá aprobarse el año que viene.
Lo no menos extraño de esta aparición de Trump en el APEC es que implica un acercamiento a China luego de la guerra comercial que el mismo presidente declaró ni bien asumió el cargo.
No menos sorprendente es la reacción china. Según publicó la agencia oficial Xinhua, el presidente Xi dijo en el foro APEC que “China considerará activamente la posibilidad de unirse al Acuerdo de Asociación Transpacífico Amplio y Progresivo». Lo que permite sostener que habrá una distención en la guerra comercial desatada entre las dos potencias en los últimos años. Que implicó no solo los ataques sistemáticos a empresas chinas de comunicación sino la militarización del mar de la China y el diseño de estrategias de contención con Japón y Taiwan.
No es que ahora los países que están cortejándose a través del Pacífico -entre los cuales están Japón y Australia, aliados sustanciales de Estados Unidos pero coqueteando con China, por eso de que la víscera más sensible suele ser el bolsillo- estén esperando con los brazos abiertos a Biden.
Tampoco ocurre que el futuro presidente las tenga fácil puertas adentro. Estos cuatro años cambiaron el panorama en todo el mundo. Incluso la oposición a acuerdo TPP fue grande contra Obama de parte de los sindicatos y los sectores progresistas dentro del partido demócrata, que veían a esos pactos como hechos a la medida de las grandes corporaciones en detrimento de los trabajadores.
En todo caso, se avizoran momentos muy interesantes en el 2021 en política internacional. Sea quien sea que se siente en el Salón Oval.
Las travesuras del comandante
La voluntad de que no reconozca a Joe Biden como ganador de la elección preocupa a la dirigencia estadounidense. Sin embargo, poco a poco Donald Trump va alineando al partido republicano en torno de su denuncia de fraude y el deseo de judicializar el comicio.
En su descargo podrían alegar que en 2016 los demócratas denunciaron injerencia de Rusia mediante el espionaje de mails del entorno de Hillary Clinton para favorecer a Trump. Pero hay que reconocer que sobrepasaron en originalidad al excusómetro demócrata.
Como decir que el fraude fue realizado con un software que desarrolló una empresa dirigida por aliados del fallecido comandante Hugo Chávez, del presidente Nicolás Maduro y del financista George Soros. “Todos los días estamos descubriendo evidencia de la masiva influencia del dinero comunista, a través de Venezuela, Cuba y posiblemente China, en la interferencia de nuestras elecciones”, dijo Sidney Powell, una de las abogadas del presidente Trump.
El otro, el ex alcalde de Nueva York, Rudolf Giuliani, sudaba como en un sauna, quizás una reacción inevitable ante el esfuerzo por mantener el semblante serio y preocupado frente a los periodistas que no alcanzaban a comprender lo que les decía. En el futuro quizás no se recuerde el argumento de los republicanos para meter a Chávez en una elección estadounidense a 7 años de su muerte, ni a Venezuela y Cuba, cuyas economías padecen todo tipo de penurias a raíz de los bloqueos económicos. Pero nadie olvidará esa gota que diluyó la tintura del pelo de Giuliani y se deslizó lentamente por su perfil izquierdo.
El provocador en fuga
El posible retiro de tropas estadounidenses de Afganistán, que debería alegrar a los amantes de la paz, preocupa al Pentágono, a la industria bélica, pero también al gobierno de Angela Merkel. Así lo hizo saber el ministro alemán de Relaciones Exteriores, Heiko Mass, quién pidió a Washington precisiones sobre esa medida.
Trump, mientras tanto, sigue provocando a las almas bien pensantes y envió al secretario de Estado, Mike Pompeo, de gira por Israel, donde se reunió con el primer ministro Benjamin Netanyahu y visitó un asentamiento, ilegal para la ONU, en territorio Palestino. De paso, declaró antisemita al movimiento BDS (Boicot, desinversión y sanciones) una ONG que lucha por el derecho de los palestinos y denuncia a productos elaborados en regiones invadidas por fuerzas israelíes.
Se supone que con Joe Biden volverá la política de Barack Obama hacia la región, volverán atrás los planes de paz del yerno presidencial y quizás recrudecerá la guerra en Siria. Al menos eso avizoran analistas especializados en temas de Medio Oriente.
Tiempo Argentino, 22 de Noviembre de 2020
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