Serán cuatro días de alta tensión en todo su territorio. Las miradas del mundo estarán centradas, sin embargo, en Washington, donde Joe Biden asumirá el miércoles como 46° presidente de Estados Unidos, en un clima poco propicio para relajarse: tropas de la Guardia Nacional hace días se instalaron en el Capitolio para mostrar los dientes ante cualquier intento de asalto de las huestes trumpistas. Son 21 mil efectivos, más de los soldados que quedan en Irak y Afganistán. Afuera, los alambrados de púas sobre los muros exteriores del edificio parecen escenas del cambio de gobierno en algún “estado fallido” al que la “nación excepcional” debe ayudar a encontrar la senda de la civilización. El FBI ya advirtió que se esperan manifestaciones violentas en los congresos de los 50 estados de grupos derechistas que se encolumnan detrás de Donald Trump y aseguran que hubo fraude en la elección del 3 de noviembre.
Lo que sí es claro es que el díscolo empresario ya aceptó que se le venció el alquiler de la Casa Blanca y las imágenes de la mudanza de sus bártulos fueron profusamente difundidas por los medios de comunicación. Este mismo miércoles, Trump viajará a Florida para no protagonizar la entrega del poder a su sucesor. No quiere la foto poniendo la banda presidencial en Biden.
Mientras tanto, y en otra muestra de rebeldía adolescente, busca dejarle el camino sembrado de espinas en política exterior: endureció las sanciones contra Cuba e Irán, dos frentes que marcaron un giro de 180° sobre la estrategia que había legado la administración Obama. Al mismo tiempo, profundizó los ataques a empresas chinas con su incorporación a la lista de entidades peligrosas para la seguridad nacional. Esta vez cayó otro fabricante de telefonía celular, Xiaomi, lo que elevó la queja de Beijing.
Todavía resuena en los despachos políticos el jaleo del 6 de enero, cuando la certificación de Biden en el parlamento debió suspenderse por unas horas a raíz de la ocupación violenta de grupos trumpistas que trataron de impedir la ceremonia. El incidente mostró el rostro verdadero de este particular momento que vive EE UU. Los atacantes casi no tuvieron resistencia y recién una semana después los más altos jefes militares del país expresaron su oposición a lo que consideraron como “un asalto directo al Congreso de los EE UU, al edificio del Capitolio, y a nuestro proceso constitucional”, según el documento refrendado por los ocho miembros del Estado Mayor Conjunto que presentó el general Mark Milley.
A fines del año pasado, diez ex secretarios de Defensa emitieron una carta pública recordando a los funcionarios del área su obligación de respetar la Constitución. Encabezó esta movida Mark Esper, que fue echado en noviembre por Trump en un momento en que era evidente que estaba armando un Pentágono a su medida para buscar apoyo a su deseo de permanencia en el poder. Esa vez designó en puestos claves a los que consideró los más leales a su proyecto político. Que pasaba entre otras cosas, por “traer a casa” a las tropas expandidas en todo el mundo. Luego de varios entredichos con generales más reacios, el jueves el hombre que remplazó a Esper, Chistopher Miller, anunció que “los niveles de fuerzas en Afganistán han llegado a 2500 y el Pentágono continúa con la orden presidencial de reducir las tropas a cero para mayo de 2021”.
El futuro de Trump parece opaco y algún humorista cordobés podría decir que ahora lo llaman “damajuana”: todos esperan que pierda la manija para agarrarlo del cuello. Por un lado, los demócratas volvieron a abrir un impeachment y esperan sumar los votos suficientes en el Senado como para bloquearle cualquier sueño de regreso dentro de cuatro años.
El alcalde neoyorquino, Bill de Blasio, a su turno, dijo que pondrá fin a acuerdos para operar el Carrusel de Central Park, las pistas de patinaje Wollman y Lasker, y el campo de golf de Ferry Point tras la “letal insurrección”, de conformidad con las cláusulas estipuladas en los contratos. Ni su hija Ivanka y su esposo Jared Kushner -que llevó adelante una estrategia diplomática paralela en Medio Oriente- escapan al estigma. “Cualquiera que tenga un mínimo de respeto por sí mismo y por la democracia, que tenga valores y una carrera que preservar, o quien no quiera que sus amigos le critiquen en público o en privado, ahora se mantendrá alejado de Ivanka y Jared”, dice la revista Vanity Fair que, se dice en los círculos que la pareja, supo frecuentar estos años.
Las siempre complicadas relaciones entre Argentina y Estados Unidos sufrirán un nuevo giro a partir del 20 de enero, cuando Joe Biden asuma la presidencia en Washington. El Gobierno argentino se apuró a reconocer su triunfo cuando otros líderes, como el mexicano Andrés Manuel López Obrador, prefirieron la cautela, ante las denuncias de fraude de Donald Trump. Más allá de la inocultable decadencia institucional de la principal potencia militar del mundo, la apuesta de Alberto Fernández parece haber sido la más oportuna en la búsqueda de aliados en Washington que faciliten las negociaciones con el FMI. Trump fue clave para que se violaran los protocolos del Fondo Monetario y se otorgaran 44.000 millones de dólares al Gobierno de Mauricio Macri, quien, curiosamente, en 2016 no había apostado al triunfo del magnate en la presidencial que lo enfrentó a Hillary Clinton. Existe una continuidad en las principales políticas de los dos partidos del sistema estadounidense que se alternan en el poder. Una de ellas, el proyecto de Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) –fulminado en 2005 frente a las narices del republicano George W. Bush, cuando Néstor Kirchner era presidente y Alberto Fernández jefe de Gabinete– había nacido con el demócrata Bill Clinton una década antes. ¿Habrá un giro copernicano en las relaciones de EE.UU. con Latinoamérica, y con Argentina particularmente? El asalto al Capitolio del 6 de enero, como en 2001 el atentado a las Torres Gemelas, marcan hitos en la historia de un país que se auto percibe como excepcional. Ahora, la máscara del ejemplo de democracia que pretende para el mundo se ha caído. El presidente de EE.UU. –que no es el rey– está desnudo, al igual que sus adláteres locales y regionales. Otra oportunidad se presenta a poco más de 15 años de aquel gesto de Mar del Plata, aunque mucha agua corrió bajo los puentes desde entonces.
El 14 de septiembre de 2019 se realizó en Atlanta, la capital del estado de Georgia, la conferencia “Soldados de la era digital”. Era la presentación oficial del movimiento QAnon, y estaban convocados a hablar dos exintegrantes del primer gabinete de Donald Trump. Uno era el general Michael Flynn, que estuvo solo 24 días como Consejero de Seguridad Nacional y tuvo que renunciar cuando se publicó que había mantenido reuniones secretas con diplomáticos rusos. El otro, George Papadopoulos, también debió dejar su cargo de asesor luego de que el FBI lo acusó de “delitos“ similares. La divulgación de ese encuentro frustró la intervención de los exfuncionarios.
Pero QAnon hacía tiempo que era un “cuco” para los medios más influyentes de EE UU.
Se lo tilda de movimiento y lo caratulan como una secta, o simplemente una teoría “conspiranoica” que interpreta al mundo actual como una coalición de fuerzas oscuras, pedófilos, adoradores de Satán, que operan bajo el manto de una red internacional de tráfico sexual de niños. En esta concepción del mundo, el Covid-19 es una enorme operación para dominar a la humanidad. Dentro de esa camarilla diabólica incluyen a personajes como Barack Obama, Hillary Clinton, George Soros, el actor Tom Hanks, la presentadora de tevé Hellen DeGeneres, el papa Francisco y el Dalai Lama.
El nombre obedece a la denominación de un código de acceso a ciertos organismos gubernamentales de EE UU. Desglosando, QAnon sería un individuo con acceso a información privilegiada que quiere permanecer en el anonimato. El imaginario ubica al ignoto Q como un alto funcionario del Departamento de Defensa que difunde la verdad de la milanesa en mensajes que se viralizan en redes alternativas.
Una de las imágenes más difundidas de este histórico Día de Reyes de 2021 fue la de Qanon Shaman, como se hace llamar Jake Angeli, el joven con el torso desnudo, sombrero de piel y cuernos de búfalo que parecía salido de la película Una noche en el museo, protagonizada por Ben Stiller.
Entre los que tomaron por asalto el Congreso estaba Ashli Babbitt, también fanática seguidora de lo que representa Donald Trump. Babbit, una veterana de la Fuerza Aérea, es la que murió baleada, y es una de las pocas mujeres en ese mundillo, misógino por naturaleza.
Otro grupo de ultraderecha -todos ellos destacan por ser “blanquitos” y de rasgos caucásicos- son los Proud Boys, muchachos de armas pesadas llevar y rostros amenazantes que provocan en las marchas en apoyo a la comunidad afrodescendiente.
Nick Ochs, uno de sus integrantes, fue el que se sacó una selfie en el Capitolio. Tim Gionet, conocido como “Baked Alaska», hizo una transmisión en vivo durante el ataque. Como la mayoría de ellos, basan su actividad política en las redes y fungen como “influencers”.
El fundador de esta agrupación, que recibió felicitaciones de Trump tras alguna violenta incursión en el 2020, es Enrique Tarrio, un empresario cubano descendiente que, luego de varias entradas en la cárcel por delitos menores, descubrió las bondades del capitalismo y se dedico a la venta de camisetas y artículos de derecha en lo que bautizó como “1776 Shop”, un “emporio de mercancía ultraderechista» como lo definió la revista Slate. Entre sus ofertas, tiene una remera con la inscripción «Pinochet did nothing wrong» (Pinochet no hizo nada malo).
Mientras gran parte de la dirigencia estadounidense busca la forma de sacarse de encima a Donald Trump, resultan más claras las advertencias que durante décadas venían haciendo los más lúcidos analistas políticos: la principal potencia económica y militar del planeta parece encaminarse hacia su disolución. El drama es que la república imperial que supieron construir las 13 colonias británicas en estos 245 años es demasiado grande como para caer sin dejar un tendal de escombros a su alrededor.
En todo caso, el asalto al Capitolio y estos cuatro años de gobierno trumpista no fueron sino la expresión de una profunda división interna que quedó reflejada en la elección del 3 N. Los 70 millones de ciudadanos que siguieron a Trump son un caudal para nada desdeñable de cara al futuro y representan una cruda señal: hay dos tribus que se disputan el poder y en el futuro cercano no debería tomarse a burla el riesgo de otra guerra civil, con base en las tendencias secesionistas de muchas regiones del país.
El que habló de “tribus enfrentadas” estos días fue Alastair Crooke, exdiplomático británico. Para el creador del think tank Conflict Forum, el problema es que ocho de cada diez votantes republicanos están convencidos de que le robaron la elección a Trump. Y no es que el enfrentamiento vaya a llegar ya a las manos, apuntó, pero “según los agentes inmobiliarios, las mudanzas de vivienda están siendo impulsadas en primer lugar por el ‘color’ general del vecindario”. Rojos son, en EE UU, los republicanos; azules, los demócratas.
(Foto: Telam)
Otro experto en política internacional como el francés Thierry Meyssan, fundador del portal voltairenet, había escrito a mediados de diciembre que “la catástrofe previsible desde hace 30 años hoy se perfila en el horizonte”. Y se explicaba: “Al desaparecer la Unión Soviética, el Imperio estadounidense perdió su enemigo existencial y, también, su razón de existir”. De acuerdo a esta interpretación, el atentado a las Torres Gemelas sería el último gran intento de cohesionar a la nación en torno a un enemigo común aunque difuso, el terrorismo internacional. Las leyes patrióticas de George W. Bush pavimentaron el camino a la pérdida de derechos civiles de la ciudadanía.
El ataque al Congreso se presta a teorías conspirativas de otro calibre que las de QAnon. Por un lado, los “invasores” no tuvieron que sortear la menor resistencia para ingresar al edificio más emblemático de la democracia estadounidense, el lugar donde se reúnen los ciudadanos elegidos para dictar las leyes del país. Pero, a continuación, el presidente electo, Joe Biden, pronunció desde Wilmington, en Delaware, una frase reveladora: “No se atrevan a llamarlos ‘manifestantes’. Eran una turba desenfrenada, terroristas domésticos. Así de básico, así de simple”.
A las pocas horas, la red de Twitter primero suspendió por 12 horas la cuenta de Trump y luego anunció un bloqueo definitivo. Es cierto que, hasta el cierre de esta edición, el presidente de Estados Unidos alentó la revuelta de sus seguidores y no hizo más que arrojar combustible a la protesta. Pero desde ámbitos progresistas alertaron sobre el riesgo para la democracia de ambas coincidencias.
Así, Glenn Greenwlad -que publicó la primera entrevista en la que el ex agente de la CIA Edward Snowden revelaba el espionaje cibernético de las agencias de inteligencia de EE UU- recordó que había pasado “la primera década de mi carrera periodística dedicada a exponer y denunciar los excesos de la Primera Guerra contra el Terror, y veo exactamente que se forman las mismas tácticas: si cuestiona o está preocupado por estos nuevos poderes, se le tildará de simpatizante de los terroristas”.
Caitlin Johnstone, escritora, investigadora y poetisa, caló más hondo: “la izquierda es siempre el verdadero objetivo de los impulsos a favor de una mayor censura y vigilancia. No están preocupados por los derechistas, que apoyan la mayor parte de lo que quiere el establishment. Les preocupa la facción que quiere desmantelar el imperio oligárquico”.
(Foto: Telam)
“No me van a silenciar”, protestó Trump tras la censura a sus mensajes que para colmo fue hecho por una empresa privada, y prometió salir desde una plataforma propia. Nancy Pelosi, la jefa de la bancada demócrata en la cámara baja, se reunió con los mandamases del Pentágono para pedirles que no hagan ninguna de las locuras que podría ordenar el ocupante de la Casa Blanca. Claro, Trump todavía tiene en su poder el botón para desencadenar un ataque nuclear. Aceleradamente, también, la veterana dirigente junta voluntades para que el vicepresidente Mike Pence aplique la Enmienda 25, que permite destituir al presidente si se lo considera no apto para el cargo.
En verdad, muchos republicanos abandonaron a Trump, pero 147 representantes y ocho senadores rechazaron la victoria de Biden en la legislatura. Su pretensión de quedarse otros cuatro años a la fuerza se licuó, pero aunque sea expulsado de manera humillante, es evidente que expresa a una parte significativa de Estados Unidos como para temer un futuro tenebroso. Tanto como el tormento que desataron por décadas sobre todo el mundo, pero en la propia casa. «
(Foto: Telam)
Calexit
Dos días antes del fin de año se cumplieron 175 años de la anexión de Texas a Estados Unidos. Pero no fueron días para el festejo: con una población tradicionalmente inclinada a la derecha más rancia, comenzaron a crecer voces que reclaman la secesión tras la certificación de Joe Biden como futuro ocupante de la Casa Blanca.
Texas, un desprendimiento separatista de México, en 1836 disfrutó de un período de independencia hasta que en 1845 arregló el ingreso a la Unión, pero guarda la potestad de recuperar su soberanía en cualquier momento.
Ted Cruz, el aguerrido senador republicano, fue uno de los que encabezó la operación contra la certificación del triunfo de Biden. Randy Weber, otro legislador, incluyó en su página Facebook un meme a favor de la secesión. Kyle Biedermann se sumó con un proyecto de plebiscito independentista. Por su PBI, una República de Texas sería la décima mayor economía del mundo, mayor que Canadá, Corea del Sur, Turquía, Holanda y Arabia Saudita.
Los aires secesionistas alumbraron en California en 2016 tras el triunfo de Trump y se comenzó a hablar de Calexit, tomando la idea del Brexit británico. Históricamente liberal y progresista -es otro de los territorios tomados de México, aunque evidentemente de diferente cuño-, contiene a las más importantes empresas tecnológicas del mundo, además de contar con una agroindustria de relieve.
Si es por su producto bruto interior, California sería la quinta potencia del mundo, por detrás del total de EE UU, China, Japón y Alemania. Ya superó al Reino Unido y duplica a la economía España. El argumento para declararse independientes, y que suele expresarse en la página , es que los californianos aportan anualmente 103 mil millones de dólares más de lo que reciben del Estado central.
Comentarios recientes