por Alberto López Girondo | Oct 30, 2022 | Sin categoría
Lo primero que debería decirse es que el triunfo de Lula da Silva calma los espíritus. Pero la foto mostró que Brasil está dividido justo al medio. Que el resultado, aunque suficiente para volver al Planalto, es el más exiguo en su carrera a la presidencia. Y que deberá acostumbrase a dormir con el enemigo. Porque se trata de un enemigo que no le va a hacer las cosas fáciles. Y un enemigo, además, que construyó un liderazgo que no se podrá soslayar. De nada vale decir ahora que fue sobre la base de haber excluido al dos veces presidente mediante una operación de lawfare en 2018. El presente es el que manda.
Y el presente dice, crudamente, que no solo Jair Bolsonaro y los “bolsominions” estarán haciendo bulla en su contra. También sectores pentecostales y de las Fuerzas Armadas, que fueron grandes sostenes del actual mandatario. Incluso los policías, que como demostraron este domingo, no dudarían en detener a todos los votantes del líder sindical con tal de que no pueda gobernar.
Por empezar, el nuevo gobernador de San Pablo será Tarcísio de Freitas, de 47 años, ingeniero recibido en la Academia Militar das Agulhas Negras y que participó en la misión en Haití ordenada por el presidente Lula en 2004. Tuvo cargos de su especialidad durante los gobiernos del PT y luego fue ministro de Infraestructura de Bolsonaro.
Para el bolsonarisno, San Pablo es el triunfo más preciado, ya que desde allí consolidará una fuerte expresión opositora al nuevo presidente. No por nada es el distrito más poblado y poderosos del país, sede de los grandes capitales económicos y financieros y que cantó sus loas a Bolsonaro, que le sacó 11 puntos de ventaja a Lula en la presidencial.
El escenario en el Congreso no será más auspicioso. Nunca el PT tuvo el control de las cámaras legislativas, pero era la primera minoría y Lula ha sido un gran articulador de alianzas. A veces al precio de tener que comerse algunos aliados circunstanciales que mejor hubiera sido no encontrar en el camino.
Esta vez contará con alrededor del 10% de los legisladores en el Congreso. Pero el bolsonarismo propiamente dicho (el Partido Liberal, PL) ganó 22 bancas más en la cámara baja de 513 diputados, donde ahora sumará 99 escaños, mientras que el PT solo tendrá 68 representantes. En el Senado, el PL logró 14 bancas contra 9 del PT. Pero los partidos más identificados con la derecha superan con creces el 50% de los curules en ambas cámaras.
Es decir que la derecha está en condiciones de bloquear cualquier iniciativa o incluso avanzar hacia un escenario de impeachment como ocurrió contra Dilma Rousseff en 2016. Pensar que el bolsonarismo es diferente al fujimorismo que acosa a Pedro Castillo en Perú desde el día en que resultó elegido, también por mínima diferencia, es ilusorio. Cierto que Lula tiene el cuero duro y la muñeca experta, pero estos sectores extremos no se caracterizan por aceptar negociaciones.
En todo caso el vicepresidente electo, Geraldo Alckmin, que también fue gobernador paulista -entre 2011 y 2018- no debería ser de arriar con el poncho en una eventual embestida destituyente. Integrante del PSB (Partido Socialista Brasileño) Alckmin en la práctica llevó adelante políticas de centroderecha y acompañó al PSDB durante más de 20 años, pero no tendría mucho para ganar si cede, como hizo Michel Temer hace seis años. A los 69 años, este médico ligado en su origen al Opus Dei todavía puede aspirar a una carrera política propia y no diluirse como ocurrió con el vice de Dilma, que en ese momento tenía 76 años y no le hacía asco a retirarse de la política.
Este domingo también hubo balotajes gobernadores en 12 estados. Además de San Pablo, hubo comicios en Río Grande do Sul, donde el bolsonarista Onyx Lorenzoni cayó contra Eduardo Leite, reelecto con el PSDB. Al petista Jerónimo Rodrigues Souza ganó en Bahía, mientras que Raquel Lyra, también del PSDB, derrotó en Pernambuco a Marilia Arraes, que contó con apoyo del PT.
Ahora, los cuatro estados nordestinos quedan en manos del PT (Bahía, Ceará, Río Grande do Norte y Piauí). El Partido Unión Brasil, fundado en 2021 en base a agrupaciones de centroderecha en lo que da en llamar el “centrão”, obtuvo otras cuatro gobernaciones. Con 59 diputados y 10 senadores, es el que puede inclinar la balanza en cualquier disputa de posiciones. Nadie augura que lo haría por el futuro oficialismo de buena gana, pero habrá que ver. Con Bolsonaro supieron acomodarse.
Tiempo Argentino, 30 de Octubre de 2022
por Alberto López Girondo | Oct 30, 2022 | Sin categoría
No hay ninguna originalidad en sostener que Brasil muestra en espejo el drama que atraviesan las democracias en Occidente. Y asociar a Jair Bolsonaro con Donald Trump, o Giorgia Meloni, o Viktor Orban es casi de manual. Más difícil sería encuadrar a Lula da Silva con alguna personalidad equivalente en el resto del planeta.
Cuando se popularizó, en los 80, era la versión “sudaca” del polaco Lech Walesa, dirigentes metalúrgicos y protagonistas de huelgas memorables ambos. Pero el líder sindical está casi retirado luego de que en 2000 apenas logró el 1% de los votos al presentarse a un tercer período de gobierno.
Si Bolsonaro es Trump, ¿Lula es Biden o Barack Obama? El primero está enfrascado en una guerra en Ucrania en la que EE UU juega sus cartas de potencia hegemónica al precio de una guerra nuclear. El segundo ganó el Premio Nobel de la Paz y fue uno de los presidentes más belicosos. ¿Lula hubiera comenzado una guerra en algún rincón del mundo? Trump, por su parte, no inició ninguna.
¿Bolsonaro sintetiza mejor los tiempos que corren? La respuesta es que sí. Por la innegable influencia de sus hijos, sabe sacarle el jugo como nadie a las redes sociales. Y en esos vociferantes meandros de la cultura actual, el lema es “el que dice la verdad y es civilizado pierde”.
Bolsonaro llegó al Planalto utilizando lo peor de las nuevas tecnologías y desde allí legitimó la manipulación y la violencia. No es el único, pero tal vez es el mejor en ese universo extremo y antisocial.
En el último debate presidencial los cruces más ásperos se dieron cuando Lula y Bolsonaro se acusaron mutuamente de mentirosos. Pero a Lula le cuesta más esa disputa. No porque no sepa qué es la lucha o sea originario de ese pueblo de los problemas de lógica donde todos dicen la verdad. Viene curtido de un movimiento sindical en el cordón industrial más grande de América Latina durante la dictadura. Pero aquellas eran otras peleas.
Hace mucho que el discurso político no es sobre programas o enfoques, salvo en círculos más politizados como las páginas de este diario. Pero en los medios hegemónicos, en ambientes familiares, la verdad asume un valor secundario. En el primer caso porque en el negocio de los algoritmos garpa más el “Gri-Gri” (Grieta y Grito). En el segundo, porque con tal de no romper con la armonía, mejor no hablar de ciertas cosas.
La gran batalla de hoy en Brasil es por dos modelos políticos y económicos, pero de última por dos formas de compartir. Un dirigente sindical que conoce la palabra “compañero” y un representante del egoísmo, el individualismo más deshumanizado.
En condiciones normales, el resultado de hoy debería estar cantado. Lula ganó en primera vuelta, le falta menos del 2% de los votos para derrotar al ultraderechista. La diferencia debería ser indescontable. Y sin embargo…
¿Por qué será que parientes, amigos y favorecedores preguntan, preocupados, cómo vendrá la mano? ¿Será que necesitan confirmar que sus deseos y evidencias no serán traicionados por la realidad? No esperan análisis sesudos y centrados, la lógica también murió estos años. Apenas una esperanza, aunque sea una mentira piadosa.
Pero la pregunta clave sigue en el aire, ¿Cómo vendrá la mano? Porque bueno, en términos matemáticos, los bolsonaristas son menos de la mitad de los brasileños. Pero son cerca de la mitad. Y la mano queda entre antibolsonaristas y antilulistas.
Tiempo Argentino, 30 de Octubre de 2022
por Alberto López Girondo | Oct 2, 2022 | Sin categoría
Finalmente, cuando se habían escrutado el 97% de los sufragios, el Tribunal Supremo Electoral (TSE), el órgano encargado de verificar la transparencia de los comicios en Brasil, confirmó que matemáticamente era imposible modificar el resultado y habrá un balotaje entre el actual presidente Jair Bolsonaro y el challenger, Lula da Silva, el 30 de octubre. A cuatro años de esa otra que el juez Sergio Moro se encargó de bloquear encarcelando al líder del PT.
Contra los pronósticos de la mayoría de las encuestadoras, que volvieron a fallar como lo vienen haciendo en casi todo el mundo, el excapitán del Ejército brasileño tiene un caudal de votos propios realmente impactante, más de 50 millones de ciudadanos habilitados. Lo mismo podría decirse del dos veces presidente, que superó los 55 millones, con lo cual esta segunda vuelta tendrá un toque de incertidumbre importante hasta el último domingo del mes.
Por lo pronto, habrá que ver como toma el actual ocupante del Palacio del Planalto este resultado. Había adelantado que si no ganaba con 60% es porque le habían hecho fraude. Intentó por todos los medios cambiar el sistema de votación electrónico, cuestionó al TSE y, para peor, tiene un núcleo duro de seguidores que no duda en recurrir a la violencia con tal de llevar a cabo sus propósitos.
Sus hijos son los primeros en esa lista de personajes iracundos. Al cierre de esta edición, ninguno de ellos había recurrido a su cuenta de Twitter, una de las armas de mayor filo que suelen utilizar, para poder prever si reconocerán el resultado o habrá más amenazas como las que fueron desplegando desde que la ultraderecha está en el gobierno.
El balotaje será inédito también porque la diferencia entre los dos casi exclusivos contendientes es la menor desde que el sistema fue instaurado en ese país: apenas cuatro puntos. El escenario de polarización deja afuera a contendientes relegados a espacios ni siquiera testimoniales. Ciro Gomes quedó en cuarto lugar, con poquito más de 3% de apoyos, certificando que los votantes que alguna vez lo siguieron se corrieron hacia un voto útil, quizás más cercano a Bolsonaro que a Lula, pero habrá que ver. Simone Tebet, en tercer lugar y representando una suerte de “avenida del medio”, es toda una incógnita. En todo caso, su paso por las urnas atestigua que no hay espacio para quedar en el medio, al menos por el momento. Los otros ocho candidatos apenas superan el 1% del electorado.
Un punto aparte para las encuestadoras. El pronóstico de que Lula podría ganar en primera vuelta era casi más un deseo que una certeza, pero salvo una de ellas, Atlas, que le dio 41% de intención a Bolsonaro, estuvo cerca. El margen para las otras fue desde el 36% al 31% para el actual mandatario. Estuvieron más cerca, si, en relación a los votos para Lula
Eso y que los primeros cómputos eran de las regiones donde el bolsonarismo -o mejor dicho en “antilulismo”- es mayor, hicieron pensar que sería un triunfo incluso en primera ronda para el exmilitar. Finalmente, como alguien pudo deslizar en broma, haciendo analogías locales, llegaron los votos de “A Matança” -Nordeste brasileño y el ex metalúrgico pasó al frente.
El 30 de octubre, tres días después de cumplir los 77 años, Lula enfrentará a Bolsonaro. Ahora si, será la gran final que en 2018 un juez -devenido luedo en ministro del presidente Bolsonaro- y un fiscal rabiosamente conservadores impidieron. La gran final en que se juega buena parte del futuro de Brasil y de la región. Una gran final con sabor a revancha pero nada fácil para Da Silva.
Tiempo Argentino, 2 de Octubre de 2022
por Alberto López Girondo | Oct 2, 2022 | Sin categoría
Decir que las elecciones de hoy en Brasil son de un tremendo impacto regional sería una obviedad. No es lo mismo un proceso de integración con un Lula en el Planalto que otros cuatro años del individualismo violento que despliega Jair Bolsonaro. Vamos, no es lo mismo un proceso con la gente adentro que con la gente matándose por un ingreso miserable.
Hay aspectos simbólicos que también se juegan en las urnas brasileñas este 2 de octubre. Es, básicamente, la disputa entre un obrero metalúrgico que lideró un sindicato combativo en históricas huelgas y un excapitán del Ejercito expulsado por haber intentado poner una bomba en un reclamo salarial en esa fuerza hay un abismo, no exento de similitudes.
Lula, nacido en la mayor pobreza nordestina –matrimonio con siete hijos, padre que dejó el hogar, madre encargada de sacar a flote al piberío hambriento– luce con orgullo el único título profesional que consiguió en su vida, el de tornero mecánico. Así se definió ante el juez Sergio Moro cuando lo indagó en una de las causas que le armaron para sacarlo de circulación en 2018.
Luiz Inacio Lula da Sliva había perdido el meñique de la mano izquierda en una fábrica automotriz a los 17 años. Dice que entendió la necesidad de crear un partido político para tener representación gremial en el Congreso y aún en dictadura impulsó la creación del Partido de los Trabajadores (PT). Fue varias veces condenado: en 1980 por una huelga que duró 42 días en el cinturón industrial de San Pablo de la que participaron 300.000 trabajadores. En 2017, en causas amañadas por Moro, que luego sería ministro de Justicia de Bolsonaro. Pasó 580 días en prisión hasta que terminó liberado en noviembre de 2019.
Bolsonaro, descendiente de una familia de emigrantes de Italia y de alemanes, de padre dentista sin título, tuvo cinco hermanos. En el último debate, insistió con el latiguillo de que Lula es un expresidiario. Pero él también estuvo entre rejas: fue arrestado en 1986, cuando era capitán en el 8º Grupo de Artillería de Campaña Paracaidista por haber publicado una carta en la revista Veja reclamando por los bajos salarios. Fueron solo 15 días y ante el escándalo interno que se armó terminó liberado. Un año más tarde fue arrestado nuevamente por un intento de sabotaje a un oleoducto como una escalada de ese mismo reclamo. En 1988 pasó a la reserva y comenzó su carrera política. Se puso el hombro la defensa legislativa de los crímenes de la dictadura.
Lula representa ese mundo con olor a limaduras de hierro y grasa grafitada. Bolsonaro hubiera deseado poder olfatear el «aroma del napalm», como aquel teniente coronel Killroy interpretado por Robert Duvall en Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola.
Lula representa el mundo de las luchas colectivas junto con los de overol, un mundo basado en el trabajo registrado y los beneficios sociales. Bolsonaro, el de la corporación de uniforme y armada en defensa de los intereses particulares. Los dos defendieron el salario desde sus orígenes, pero no es lo mismo el que arriesga sus manos en una maquinaria para ganarse el sustento que el que jala el gatillo, como diría Killroy. O el que celebra a los que jalan el gatillo, como el excapitán que homenajea a militares torturadores.
Tiempo Argentino, 2 de Octubre de 2022
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