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La CIA se enfrenta a Donald Trump

El gobierno de Barack Obama y el aparato militar industrial pusieron todos los cañones en tratar de que Donald Trump no sea nominado mañana presidente por el Colegio Electoral (ver aparte). Puede parecer una elucubración de mentes afiebradas, proclives a las teorías conspirativas. Pero las últimas denuncias sobre el hackeo de mails comprometedores de Hillary Clinton y el argumento de que detrás de esa operación estarían espías cibernéticos y el propio Vladimir Putin para que ganara el polémico empresario, despertó las más encendidas refutaciones de sectores, tanto de la derecha como de la izquierda.

La ecuación, según advierte el canadiense Michel Chossudovsky –un académico creador del Centro de Investigación sobre la Globalización (CRG) y del sitio globalresearch.ca– es fácil de entender si se analiza a quiénes responden Trump y Clinton. «Hillary es la candidata del complejo industrial militar de EE UU, su agenda de política exterior no responde directamente a los intereses de un gran segmento de la América corporativa, incluyendo un sector importante de la industria petrolera», detalla.

La designación de Rex Tillerson como secretario de Estado, en cambio, es una muestra del grupo al que representa Trump. Porque Tillerson es CEO de ExxonMobil y como representante de la industria petrolera tejió una sólida amistad con Putin al cabo de múltiples negociaciones en asociación con la rusa Rosneft para explotaciones en el Mar Negro, en Siberia y en el Ártico.

Ponerlo en el lugar que hasta 2013 ocupó Hillary es toda una señal de los nuevos tiempos que quiere imponer Trump, que fustigó en la campaña la política exterior de los demócratas y especialmente el tono belicista de la gestión de Obama. No se trata de que el futuro mandatario sea de por sí un pacifista, sino de que en el establishment estadounidense hay una pelea de fondo entre dos grupos contrapuestos que pelean por la hegemonía.

En la edición web de Tiempo pueden verse los detalles de una operación mediático-política iniciada en mayo con las primeras denuncias de un posible hackeo que hicieron voceros del gobierno de Obama. Gran parte de esa información se conoció, avanzada la campaña electoral, a través del sitio WikiLeaks, que publicó cientos de mails que comprometían a la candidata demócrata. Clinton salió ahora con encendida furia a hacerse eco de supuestas investigaciones de la CIA que confirmarían la incursión cibernética rusa.

Lo que destacan analistas de la talla de Justin Raimondo –un «paleolibertario antibélico» más cercano a los conservadores que al progresismo– es algo elemental para quien quiere entender lo que está sucediendo con esa denuncia: ninguno de los grandes medios ni funcionarios dice cuál es la fuente de esa investigación. Además, si existiera algo semejante no se entiende por qué Obama no llamó por lo menos al embajador ruso para pedirle explicaciones, algo usual en la diplomacia en casos como este. Por otro lado, la agencia que hurga en las redes cibernéticas no es la CIA sino la NSA, según reveló el Edward Snowden. Y en ese organismo nadie abrió la boca.

Finalmente, hay dos testimonios que desnudan que las ediciones de estos días de diarios como el New York Times y el Washington Post compraron información poco verificada. Uno es de Craig Murray, un bloguero británico que fue por casi dos años embajador de Londres en Uzbekistán. Murray declaró que los mails que según Clinton habría perjudicado su candidatura no fueron hackeados sino que fueron divulgados mediante una filtración de los servicios de inteligencia, de alguien como Snowden que quería que el público conociera lo que ocurre puertas adentro del poder en EE UU. Y dijo más, que conocía al whistlerblower (soplón) pero no iba a divulgar su nombre.

La otra fuente es el fundador de WikiLeaks, hoy día asilado en la embajada ecuatoriana en Londres. Julian Assange declaró que los famosos cables no provenían de espías rusos sino de alguien de la CIA al que iban a proteger por seguridad.

Ante los primeros ataques, Trump tildó a las denuncias de ridículas y luego fue al grano. «Ellos (la CIA) son los mismos que dijeron que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva.» La alianza entre la diplomacia estadounidense, los organismos de inteligencia y el régimen saudita puede ser la primera víctima de este acercamiento a Rusia. Y la industria bélica puede perder mucho dinero.

«Bajo el liderazgo de Clinton –revela Chossudovsky– el Departamento de Estado aprobó $ 165 mil millones en ventas de armas comerciales a 20 naciones cuyos gobiernos han dado dinero a la Fundación Clinton(…) 151 mil millones de dólares de acuerdos separados por el Pentágono para 16 de los países que donaron a la Fundación Clinton, lo que resultó en un aumento del 143% en las ventas realizadas a esas naciones durante el mismo período durante la administración Bush.»

Mucho dinero como para rendirse sin al menos hacer bulla. «

Hackeo a hackeo, elector a elector

El sistema electoral de EE UU es el mismo que crearon los «padres fundadores». Y al presidente lo elige un colegio electoral que surge de los comicios. Muy pocas veces ocurrió que el candidato con más votos electorales no haya sido el más votado en las urnas. Pero nunca se había dado que la diferencia fuera tan abismal. Hillary Clinton obtuvo el 8N más de 2,6 millones de votos que Trump, aunque tiene 232 electores contra 302 del republicano.

Si los «malditos mails» perjudicaron a Clinton no se notó en las urnas, más bien se refleja en que los republicanos armaron una ingeniería electoral que les permitió tener más votos en distritos clave que les permitían sumar más electores. Detalle: salvo en dos estados, en el resto el que gana la elección, así sea por un voto, se lleva todos los electores.

Así se entiende mejor el objetivo de una operación como la que se armó en torno al supuesto hackeo ruso. Putin es el ogro de la película para los medios y el aparato político occidental desde hace algunos años. Si además se lo puede vincular al polémico Trump, se podría lograr que algunos de los electores den vuelta su mandato partidario en aras de la Patria y nombren a HIllary.

Así, diversos colectivos y organizaciones a través de redes sociales impulsan una campaña para que los electores republicanos no voten por un candidato que, dicen, no es apto para defender al país. Se prevén manifestaciones este lunes bajo el lema de que Clinton tuvo mayor cantidad de apoyos populares, lo cual se cierto. Un grupo anti-Trump denominado «Electors Trust», ofrece asesoría legal gratuita a los electores presidenciales republicanos que quieran pegar el salto para advertirlos sobre las consecuencias, que según el distrito no pasa de una multa de 1000 dólares.

El objetivo de máxima no es que todos se den vuelta. Para ser ungido presidente se necesitan 270 votos electorales. Con 37 que salten el cerco, a Hillary le alcanza para llegar a la Casa Blanca. Hacia ellos apuntan.

Tiempo Argentino
Diciembre 18 de 2016

El efecto Trump

La victoria del millonario Donald Trump en las elecciones presidenciales sorprendió a los medios, los encuestadores y la dirigencia internacional. Todos habían apostado por la continuidad de los demócratas en la Casa Blanca y nunca imaginaron al controvertido magnate inmobiliario como presidente. Es cierto que Hillary Clinton obtuvo mayor cantidad de votos populares –superó al republicano por unos dos millones de sufragios– pero el sistema de elección indirecta favoreció al mediático personaje, que logró 290 electores contra 232. Números holgados que produjeron un escozor que recorre el mundo desde ese 8 de noviembre. ¿Es realmente el fin de la globalización, al menos tal como se desarrolló en esta etapa de la historia? ¿Será el comienzo de una nueva era de confrontaciones nacionalistas? ¿Es el regreso de lo que nunca se terminó de ir: la xenofobia, el racismo y el sexismo? ¿Es el fin del sueño del libre comercio?

Poco a poco Trump va despejando algunas de esas incógnitas. Asumirá el 20 de enero y la intranquilidad que despertó su nominación genera presiones dentro y fuera de su país. Por lo pronto, dio fuertes señales de que a algunas de sus promesas de campaña las piensa sostener tras la asunción. Así es que se rodea del ala de los republicanos que se consideran «halcones», si es que existen «palomas» en ese viejo partido cooptado por el Tea Party.

Las designaciones de Steve Bannon, un supremacista blanco, como estratega jefe del presidente generó rechazos, pero otros futuros miembros de su gabinete están tan corridos a la derecha como él. Jeff Sessions, declarado antiinmigrante, será fiscal general; el general retirado Michael Flynn, conocido por su oposición a la firma de los acuerdos nucleares con Irán, será asesor principal de Seguridad Nacional. El congresista Mike Pompeo será jefe de la CIA, mientras James Mattis, conocido enemigo de Irán que encabezó las invasiones de Afganistán e Irak, sonaba para la cartera de Defensa.

Castillo de naipes

La preocupación en el establishment internacional ante el posible triunfo de Trump era la misma que mantenía el partido Demócrata, que veía caerse como castillo de naipes una construcción que ya lleva más de dos décadas y que Obama había hilvanado pacientemente durante sus ocho años en el poder. Trump ganó la interna republicana y luego la presidencia con un discurso encarnizadamente opositor a los tratados de libre comercio y reclamando un nuevo rol para Estados Unidos en el mundo, no solamente el de gendarme de Occidente. Por un lado, es cierto que Flynn es antimusulmán, pero también es «amigo de Rusia» y promueve un acercamiento al gobierno de Vladimir Putin, algo diametralmente opuesto a la estrategia desplegada por los demócratas y por la Unión Europea en los últimos años.

Esto preocupa a los aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que captaron el mensaje de que van a tener que hacer mayores aportes para la seguridad continental. El gasto militar mundial es una de las razones, sostiene el presidente electo, para la caída en el poderío estadounidense. Y él vino para «hacer grande otra vez» a Estados Unidos, según su lema de campaña.

Por eso, el secretario general de la OTAN, el noruego Jens Stolterberg, dijo desde Estambul en un encuentro del organismo –del que forma parte Turquía– que confía en que EE.UU. mantendrá sus compromisos con los europeos, pero que los miembros de la Alianza también deben cumplir su promesa de gastar al menos el 2% de su Producto Interno Bruto (Pib) en Defensa.

No son los únicos que tiemblan ante la posibilidad de que realmente Trump cumpla sus promesas. Durante la gestión de Obama se fueron gestando acuerdos internacionales como el Transatlántico y el Transpacífico que tienen como modelo el que Bill Clinton promovió con el Consenso de Washington en los 90.

En la última gira antes de entregar el bastón de mando, Obama manifestó este temor. En Grecia sugirió a los jefes de Estado europeos mantener la calma pero también exigir el cumplimiento de los acuerdos. Lo mismo hizo en la capital peruana, donde dirigentes de 21 países de la cuenca Asia-Pacífico se reunieron para fijar posición ante el cambio de guardia en la Casa Blanca. Pidieron, junto con Obama, respetar el libre comercio y los documentos firmados. Su futuro personal y el de las elites globalizadas dependen de ello.

Cuellos azules

El libre comercio fue bandera de lucha del neoliberalismo desde la caída del muro de Berlín, y a partir del 8N parece a punto de estrellarse contra un muro similar, ahora entre México y Estados Unidos. Trump supo interpretar la angustia de millones de asalariados blancos empobrecidos del cordón industrial del centro del país –Michigan, Illinois, Ohio, Pensilvania–que, tras el acuerdo con Canadá y México (el Nafta), vieron perder sus ingresos primero y luego su trabajo.

El único que parecía tomar en cuenta esta situación fue el senador por Vermont Bernie Sanders, que apostó a disputar la interna demócrata por izquierda con un mensaje que representaba a los trabajadores de cuello azul (por el overol). Pero aunque dio lucha, no pudo contra el aparato partidario, que domina el matrimonio Clinton. Trump derrotó a las estructuras partidarias republicanas a fuerza de correr el arco hacia posiciones temerarias en cuanto a lo racial pero efectivas a la hora de reflejar a esos amplios sectores que nada esperan ya de los mercados abiertos.

En julio, el cineasta Michael Moore –apoyaba a Sanders– había escandalizado con su lúcida percepción de que Trump podría alzarse con el triunfo. Dijo entonces que el empresario concentraría sus esfuerzos en cuatro estados: Michigan, Ohio, Pensilvania y Wisconsin, que forman el antiguo cinturón industrial de Estados Unidos tradicionalmente demócrata, y que trataría por todos los medios de no perder los enclaves típicos de los republicanos.

Son distritos que desde 2010 tienen gobernadores republicanos y que desde ese momento reformularon los límites de los distritos electorales para beneficiar a los votos del partido. Una mirada desprejuiciada habría previsto, como Moore, que allí los republicanos juntarían 64 electores clave para retomar el poder, fuera quien fuera el candidato.

Revista Acción
Diciembre 1 de 2016

 

 

La herencia de Fidel

La herencia de Fidel

Alberto López Girondo
Informe: Manuel Alfieri

El mensaje de Raúl Castro fue breve y escueto. «Hoy 25 de noviembre de 2016, a las 22:29 horas de la noche, falleció el comandante en jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro.» La noticia se expandió con los tiempos que marca la época y se hizo viral en las redes de todo el planeta. Había dejado de existir, a los 90 años, el último líder del siglo XX. No solo comandante de una Revolución que se mantiene en pie desde el 1º de enero de 1959 a pesar del empeño de sus enemigos por destruirla, sino un estratega y fino analista sin par.

Se lo tildó de mito, y él se burlaba de esa definición. «Si se me considera un mito, es mérito de los Estados Unidos», dijo alguna vez, en ese tono mordaz que solía utilizar para referirse a las críticas más feroces que recibió a lo largo de su extensa vida. Una vida de la que se despidió podría decirse que en paz, luego de arreglar sus asuntos terrenales con la minuciosidad de la que había hecho gala desde sus tiempos juveniles.

Lo demostró en el gesto de pedir que incineraran sus restos, pero también cuando tras ser operado de urgencia por divertículos dejó el gobierno en manos de su hermano y se retiró a un segundo plano. «Que no se preocupen los vecinitos del norte, que no pretendo ejercer mi cargo hasta los 100 años», fue su último mensaje como presidente, el 26 de julio de 2006, cinco días antes de entregar el poder. Pero su cabeza siguió trabajando al máximo y nunca dejó de publicar en el diario Granma sus sesudas columnas de análisis sobre la realidad mundial en las que desglosó sus temores y advertencias por el futuro de la Humanidad.

Muchos escribieron sobre su vida, pero él mismo en persona participó en dos grandes testimonios donde cuenta esa que solo él podría saber y que en cierto modo son un legado escrito. Una es Fidel Castro: Guerrillero del Tiempo, con la periodista cubana Katiuska Blanco. La otra, más difundida, cien horas de grabación con el español Ignacio Ramonet, que se publicó como Fidel Castro: Biografía a dos voces; corregida de puño y letra por el propio Castro.

A Ramonet le haría algunas confesiones que, en el contexto de las dirigencias de varios países, revelan quién era el hombre que en la noche habanera del viernes dejó de existir. «Yo era hijo de terrateniente, no era nieto de terrateniente. Si hubiera sido nieto de ricos habría nacido ya en un reparto aristocrático», le dijo al exdirector de Le Monde Diplomatique.

Y aclaró a continuación: «Todos los compañeros con los cuales yo juego, en Birán (en la provincia de Holguín), con los que voy para arriba, para abajo, por todas partes, son la gente más pobre». Con ellos se acostumbró a compartir lo que había y lo que no. Deseos, sueños y esperanzas que lo hicieron abandonar la perspectiva de una vida de hombre rico para volcarse a la lucha por las reivindicaciones populares. A renunciar a esa herencia que sin dudas le resultó pesada por lo injusta.

Hay que decir que Fidel estudió en el Colegio de Belén, en la capital cubana, «la mejor escuela de los jesuitas de todo el país», según recordaba. Tras la Revolución, el edificio terminó convertido en el Instituto Técnico Militar. Como hermano mayor, se hizo cargo en aquella época de su hermano Raúl, ya que sus padres habían quedado en la finca de Holguín. Fue el otro tramo de la formación de un joven inquieto que quería saberlo todo y no tenía problemas en preguntar. Pero que también mostraba sus inquietudes sociales.

En 1950 se doctoró en Derecho en la Universidad de La Habana. Allí formó parte de la Federación Estudiantil Universitaria y participó en actividades revolucionarias como la sublevación contra la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en Santo Domingo, en 1947. Un año más tarde, durante un congreso universitario internacional, fue testigo del levantamiento tras el asesinato en Bogotá del candidato liberal a la presidencia José Eliécer Gaitán, un hecho que marcaría la historia colombiana y la de la región.

El «Bogotazo» se produjo al mismo tiempo que los gobiernos latinoamericanos, bajo fuerte presión de Washington, aprobaron la creación de la Organización de Estados Americanos, entre el 9 y el 30 de abril de 1948. La OEA fue una institución llamada a defender los intereses estadounidenses y de la que, cosas de la vida, sería expulsada Cuba en 1962 como una medida punitiva por el avance y consolidación de la Revolución que Fidel, su hermano Raúl y el argentino Ernesto Guevara habían instaurado tres años antes.

Contra la dictadura de Batista

A partir de 1949, Fidel comenzó a militar en el Partido del Pueblo Cubano, y en 1952 denunció al dictador Fulgencio Batista, un oscuro militar que con mano férrea dominaba en la isla como un baluarte del anticomunismo.

«Si existen tribunales, Batista debe ser castigado, y si Batista no es castigado: ¿cómo podrá después este tribunal juzgar a un ciudadano cualquiera por sedición o rebeldía contra este régimen ilegal producto de la traición impune?», se preguntaba Fidel, en un aviso implícito de lo que sería su futuro político. Efectivamente, los tribunales rechazaron la demanda, por lo que Castro entendió que la lucha armada sería la única vía posible para derrocar la tiranía.

Así fue que con su inseparable hermano Raúl y un grupo de idealistas emprendió el asalto al Cuartel Moncada, que le valió una sentencia de 15 años de prisión –de los cuales se hicieron efectivos sólo 22 meses– y el exilio a México. El asalto al cuartel fue un fracaso militar, pero no político: aquel acto dio una gran popularidad a sus protagonistas, acrecentada durante el juicio que las autoridades cubanas emprendieron contra Fidel, en el que el revolucionario se defendió a sí mismo y aprovechó para pronunciar un extenso alegato político que culminó con una frase destinada a ser histórica: «Condenadme, no importa, la historia me absolverá».

Una vez en México comenzó a armar el equipo que emprendería la travesía para volver a la isla con el objetivo claro de tomar el poder. Allí conocería a un médico argentino al que bautizaron como el Che y que formaría parte de la cúpula revolucionaria que entraría en La Habana tras la huida de Batista.

Allí, en México, organizó la expedición en un barquito muy poco preparado para cruzar el Caribe, llamado Granma (por el diminutivo en inglés para abuela, grandmother), que había sido comprado en forma clandestina en Tamaulipas a una empresa estadounidense. Era tan improbable que pudieran llegar a puerto que Fidel dijo entonces lo que podría interpretarse como una promesa, finalmente cumplida: «Si salgo, llego; si llego, entro; si entro, triunfo». El regreso de 1956 y la conformación de la guerrilla en Sierra Maestra fue el inicio de un camino que finalizó con la toma del poder poco más de dos años más tarde.

La Revolución

El triunfo militar puso a Fidel al frente del gobierno cubano, en el que fue primer ministro y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. «Esta vez, por fortuna para Cuba, la revolución llegará de verdad al poder. No será como en 1895, que vinieron los americanos y se hicieron dueños de esto, que intervinieron a última hora y después ni siquiera dejaron entrar a Calixto García, que había peleado durante 30 años, no lo dejaron entrar en Santiago de Cuba. No será como en el ’33, que cuando el pueblo empezó a creer que una revolución se estaba haciendo, vino el señor Batista, traicionó la revolución, se apoderó del poder e instauró una dictadura por once años. No será como en el ’44, año en el que las multitudes se enardecieron creyendo que al fin el pueblo había llegado al poder y los que llegaron al poder fueron los ladrones. Ni ladrones, ni traidores, ni intervencionistas. Esta vez sí que es la revolución», dijo Fidel.

Sin preludios, desde ese día de 1959 empezó a hacer realidad los proyectos de cambio que habían suministrado una base social a la Revolución: el más importante de todos, la reforma agraria, que expropiaba las grandes haciendas –muchas de ellas extranjeras– para dar medios de vida a los campesinos pobres. Confiscó todas las propiedades de más de 420 hectáreas de extensión. De forma simbólica, el primer campo en ser expropiado fue el de la propia familia Castro.

La nacionalización de los bienes de compañías estadounidenses en Cuba generaron los primeros chisporroteos con el gobierno de Estados Unidos, que hasta entonces no alcanzaba a comprender cómo manejar a esos díscolos guerrilleros barbados que habían desplazado a su hombre en La Habana. La Revolución también juzgó en tribunales revolucionarios a militares y colaboradores de la dictadura. Las medidas –criticadas por la prensa internacional– fueron defendidas por más de un millón de personas en una monumental muestra de apoyo el 21 de enero de 1959.

El enfrentamiento con la Casa Blanca era inevitable. Y mientras en 1961 el gobierno de la isla llamaba a una revolución general contra el imperialismo en Latinoamérica, a través de la «Primera declaración de La Habana», el presidente Dwight Eisenhower rompía las relaciones diplomáticas con Cuba, decretaba un embargo comercial destinado a ahogar la economía nacional y así forzar la retirada de Castro, ya que la economía cubana dependía casi totalmente de sus exportaciones a Estados Unidos, fundamentalmente de azúcar.

Ese mismo año, el sucesor de Eisenhower, John Fitzgerald Kennedy, no aflojó la presión, sino que la agudizó con la organización de un desembarco de exiliados cubanos armados en la bahía de Playa Girón, que fue repelido por el ejército revolucionario con el propio Castro a la cabeza. La fallida invasión, según coinciden muchos historiadores, habría dado origen a una conspiración contra Kennedy de los grupos más exaltados de cubanos exiliados y con apoyo de la CIA y el FBI que en noviembre de 1963 acabó con la vida del presidente estadounidense en Dallas. Para los cubanos, Playa Girón es el símbolo de la resistencia contra el imperio que busca recuperar su joya más preciada, donde se enseñoreaban los capos de la mafia a media hora de avión de Nueva York, 90 millas náuticas de Miami.

Tras esa ofensiva, Fidel proclamó el carácter marxista-leninista de la Revolución Cubana y, a través de la «Segunda declaración de La Habana», y alineó a su gobierno con la política exterior de la Unión Soviética. Al mismo tiempo, eliminó a los funcionarios liberales con los que se había aliado al llegar al poder y unificó a los grupos políticos que apoyaban este proceso en un único Partido Unido de la Revolución Socialista. Cuba fue el primer Estado socialista de Latinoamérica y sobrevivió incluso a la URSS, aunque a un precio que demuestra la voluntad, tanto de Fidel como de quienes lo acompañaron en el gobierno y del pueblo cubano.

Guerra fría

Un nuevo choque de La Habana con la Casa Blanca se produjo en 1962, cuando la URSS instaló en suelo cubano rampas de lanzamiento de misiles con las que podían alcanzarse objetivos en territorio de Estados Unidos. Descubiertas por el espionaje norteamericano, Kennedy reaccionó con un bloqueo naval a Cuba y la exigencia de retirada de las instalaciones.

La llamada «crisis de los misiles» estuvo a punto de hacer estallar una guerra nuclear entre las dos superpotencias, que fue evitada a último momento con la retirada del armamento soviético, a cambio de que no hubiese nuevos intentos de invasión en la isla.

En aquella biografía a dos manos, Fidel le manifestó a Ramonet su disgusto por la forma en que los soviéticos llevaron adelante aquellas negociaciones y por el modo en que dejaron afuera a los cubanos de una solución definitiva que además podría haber llevado a que EEUU entregara Guantánamo a los cubanos, una vieja aspiración que persiste hoy día.

«El reproche que hacía Fidel a (el líder soviético Nikita) Jruschev es que inicia las negociaciones sin informarle –recordó ayer el periodista español– Aunque en la negociación se estableció que EE UU nunca más intervendría militarmente contra Cuba, a pesar de eso, reprocha a los soviéticos haber conducido esas negociaciones mintiendo. Y él decía: cuando en una negociación uno de los negociadores empieza mintiendo, pierde su integridad moral y ética y, por consiguiente, no puede ganar esa negociación. Y los soviéticos empezaron negando que hubiese misiles en Cuba cuando sí los había. Castro decía que tenían que haber asumido que había misiles y que si Cuba se integraba a esa mesa de negociaciones se podía haber obtenido la restitución de Guantánamo».

Los grandes logros revolucionarios

En 1965, el Partido de la Revolución pasó a llamarse Partido Comunista de Cuba. Fidel asumió como secretario general. Poco más de una década después, en 1976, también fue nombrado presidente del Consejo de Estado, cargo que mantendría hasta 2008.

De la mano de Fidel, Cuba obtuvo logros sociales impensados para cualquier país de la región. De hecho, se convirtió en un modelo para el resto de las naciones subdesarrolladas en materias como Educación, Sanidad y Deportes. La tasa de alfabetismo alcanza hoy al 100% de los cubanos y el 95% de los chicos termina la escuela primaria. Todos los habitantes cuentan con acceso gratuito a la salud pública.

También emprendió una política redistributiva que favoreció a millones de cubanos que, hasta la estadía de Batista en el poder, vivían en la más profunda miseria. Según la CEPAL, sólo el 5% de la población está por debajo del nivel mínimo de consumo de energía alimentaria. El 95% de los cubanos cuenta con agua potable, a diferencia de lo que ocurre en otros países latinoamericanos, incluso Argentina.

Además, Fidel mantuvo una política exterior muy activa, basada en la lucha contra el imperialismo, con un papel destacado en el Movimiento de Países No Alineados y en la intervención militar cubana en África, en apoyo a los gobiernos socialistas de Angola y Etiopía.

Uno de los golpes más duros que recibió Fidel en este período fue la muerte del Che Guevara, que había dejado Cuba primero para colaborar con los grupos insurgentes de Angola, y luego había partido hacia Bolivia con la intención de iniciar un proceso similar al que había fructificado en la toma del poder en La Habana. El 9 de octubre de 1967 se confirma que esta vez la noticia de que el Che había sido muerto en la selva boliviana era cierta. Cuando Fidel anuncia la noticia públicamente, recuerda la carta con que el Che se despide al dejar su patria de adopción. La frase final también queda en la historia. «Hasta la victoria siempre». Es la misma con que Raúl terminó su anuncio de ayer.

Lo que vino después también fue un duro golpe para la Revolución. Desde 1985 la situación en la URSS, el principal sostén de la economía cubana, se fue degradando, hasta que el 26 de diciembre de 1991 se anuncia oficialmente la disolución de la Unión Soviética, el experimento socialista más grande en la historia de la Humanidad, iniciado en octubre de 1917 y que había derrotado al nazismo en la Segunda Guerra Mundial.

Muchos países que habían integrado la órbita soviética se habían ido desgajando del núcleo central de la URSS en esos años y otros lo hicieron con posterioridad. A pesar del peso específico que tenía para Cuba aquella pertenencia, a nivel económico y de seguridad exterior, el gobierno de Castro no se volcó masivamente a las ideas neoliberales que se habían impuesto hasta en Rusia. Comenzó la etapa más dura de la Revolución por lo que implicó para la población. Fue el «Período Especial», un proceso de resistencia a las consecuencias de un bloqueo de la principal economía del mundo y el imperio más grande en la historia humana sin renunciar a principios fundamentales de la Revolución Cubana.

El descongelamiento de relaciones con Estados Unidos y la reapertura de relaciones con el gobierno de Barack Obama fue obra de Raúl Castro, aunque es obvio que Fidel no era ajeno a esta política. Falta cumplir con el levantamiento del bloqueo y la devolución de los territorios de Guantánamo, un reclamo no solo cubano.

Fidel sobrevivió a 632 intentos de asesinato pergeñados por sus enemigos, capitaneados por los servicios secretos estadounidenses, y a once presidentes de EE UU. Fidel ya no está y en unos días tampoco estará Obama. Lo que viene es otra historia bien diferente. En ella, la herencia que deja Fidel será imposible de soslayar.

Tiempo Argentino
Noviembre 27 de 2016

Howard Waitzkin: «No sé que pasará con Trump, pero garantizo que habrá lucha»

Howard Waitzkin: «No sé que pasará con Trump, pero garantizo que habrá lucha»

Howard Waitzkin nació en un pueblo de Ohio en un hogar empobrecido por la gran crisis del ’30, y por razones que todavía hoy no puede entender, pudo recibirse de médico y mantener su compromiso con la comunidad y con un concepto de la medicina cada vez más enfrentado en uno de los mayores negocios en esta etapa de la globalización.

También es un referente de la izquierda en su país, donde cultivó la amistad de Bernie Sanders, el precandidato del partido demócrata que, asegura, podría haberle ganado la presidencia a Donald Trump.

Tiene razones para criticar la gestión de Barack Obama y el que aparece como tal vez su único legado, el Obamacare, al que compara con el Plan Nacional de Salud que presentó el gobierno de Mauricio Macri. «Son propuestas elaboradas por el Banco Mundial para beneficiar al sistema privado de salud», asegura.

–Si es que Sanders le hubiera podido ganar a Trump, ¿por qué no ganó la primaria demócrata?

–Porque le robaron la elección. Porque hubo represión a los votantes, especialmente en California, donde a los sectores marginales no los dejaron votar, los sacaron de la lista, cerraron puestos de votación y se armaron enormes filas de gente para votar. Además, porque se vota en un día de semana, cuando los trabajadores no pueden asistir.

–¿Por eso se negaron a votar luego por Hillary Clinton?

–Ella es la representante de la clase capitalista. Más que Trump, verdaderamente. El grupo Bill Clinton-Obama está en la línea de políticos que básicamente son de la clase capitalista que usan el simbolismo de líderes progresistas, ¿quieres datos?

–A ver.

–La propuesta de Hillary Clinton para la reforma de salud es la que Bill Clinton presentó en 1993, es la misma estructura de la reforma colombiana de 1994, que es la propuesta del Banco Mundial. Fue elaborada entonces por la vicepresidenta de una empresa de salud que después Bill nominó para ser procuradora de Justicia, Zoe Baird, que era vicepresidenta de Aetna, una de las mayores empresas privadas de seguros de salud de EE UU (N de R, Baird no pudo asumir el cargo porque se reveló que había contratado para trabajos particulares a inmigrantes ilegales durante años). Hillary recibió más dinero de las empresas privadas de seguro de salud que su oponente republicano para la campaña.Una directiva de otra empresa escribió los detalles de la propuesta del Obamacare, y Obama recibió en 2008 tres veces más dinero de empresas de seguro de salud que John McCain. Ese plan es básicamente el del BM en relación al uso de los fondos fiduciarios de seguridad social y en él se basa el sistema que propone Macri.

–No queda claro entonces por qué los republicanos se opusieron.

–Por el manejo de símbolos. Fue una operación brillante manipular los símbolos para decir que Obamacare es creación de la izquierda, cuando lo es de la derecha. Trump tiene más o menos la intención de destruir el Obamacare a pesar de haber sido un negocio brillante. Nunca en la historia del seguro privado las empresas de salud habían ganado tanto dinero como con el Obamacare.

–Se lo presentó como revolucionario y la impresión es que los republicanos obligaron a hacerle muchas modificaciones.

–Realmente no. El único debate fue sobre el aspecto del plan público, en competencia con el sector privado. Es que el sector público queda cada vez más debilitado porque le sacan dinero. Pacientes con dolencias complejas como cáncer, enfermedades prevalentes graves o accidentes van al hospital público, el resto queda en el sector privado. Es lo que pide el BM, crear una competencia que en realidad termina en un apoyo del sector público al privado, porque cada paciente costoso no va a los privados. Hablaron de un mayor acceso a la salud, pero en EE UU quedan 30 millones sin seguro de ningún tipo. Y el plan más barato tiene copagos deducibles de 10 mil dólares al año que debe pagar antes de recibir cualquier beneficio. Eso es el Obamacare.

–¿Por qué cree que ganó Trump?

–El triunfo de Trump fue esperado, aunque Hillary tiene más votos populares, llegará a superar los dos millones. A Trump lo votó la mitad de la mitad de los votantes y menos por la participación de otros partidos. El 50% de los votantes lo hicieron por enajenación, por pérdida de confianza en el proceso electoral y por la represión de votantes, como en la primaria. Pero el Partido Verde recibió 2% de sufragios y el Libertario 5 a 7 por ciento. Además, el voto para Trump es una minoría que no incluye inmigrantes legales e ilegales y la gente que no se registra, que son millones.

–La pregunta en todo caso sería cómo pudo ser nominado por los republicanos.

–Trump es un fenómeno particular. Él representa el enojo y la enajenación de la clase obrera blanca en los estados del centro del país como Ohio, Indiana, Michigan, Illinois, Wisconsin, donde los trabajadores perdieron sus empleos por los tratados de libre comercio. Las fábricas se van para México y luego a China, Cambodia, Vietnam, India. Eso lo mostró muy bien el artículo de Michael Moore publicado hace cinco meses, donde predecía que Trump iba a ganar. Trump combina populismo, racismo y fascismo, y la parte verdadera de relacionarse con trabajadores que han perdido mucho a través de esos acuerdos elaborados con la participación activa del Partido Demócrata. Hay un aspecto verdadero en él, porque tiene relación con ciertos organismos de la clase trabajadora, apareció en fábricas de Michigan y dijo que si una empresa usa el TPP y el Nafta para reimportar algún producto va a poner impuesto de 45 por ciento. Y tiene razón.

Obama llegó como esperanza hace ocho años, ¿traicionó a sus votantes?

–Hubo una esperanza sin escuchar sus palabras como candidato. Fue la primera vez en mi vida que voté a un demócrata por la presión de mi hija, la que ahora está con Sanders. Él dijo voy a mantener los acuerdos de libre comercio, voy a bajar el esfuerzo de la guerra en Irak, dijo que iba a cerrar la cárcel de Guantánamo. Pero él fue el candidato de Wall Street, recibió tanto dinero de su campaña que pudo rehusar el financiamiento público que le correspondía. Y fue financiamiento de aseguradoras de salud, de bancos, de Wall Street y de millones de contribuciones pequeñas con esperanzas de cambio. Siguió con las mismas políticas que Bush, tal vez cambió algo con Cuba, aunque por la posibilidad de aumentar las ventas.

–Qué puede pasar con los votantes de Sanders, ¿hay posibilidad para la izquierda en EE UU?

-Hay una enorme posibilidad pero no a través de elecciones. Hay una famosa frase de Emma Goldman, enfermera de salud pública y anarquista: «Si el voto sirviera para cambiar algo ya lo hubieran declarado ilegal.» Y es así. Las elecciones tratan de símbolos y aun por la izquierda o la derecha la estructura del sistema capitalista no cambia mucho. No soy exactamente leninista, pero estoy muy de acuerdo con la predicción de Lenin de que el imperialismo es la etapa superior de capitalismo y produce regularmente crisis fundamentales. La de 2008 fue ejemplo totalmente consistente con la predicción. Los dos métodos para incrementar ganancias hoy son primero la guerra permanente, eso que Naomi Klein llama capitalismo de desastre, creando guerras para destruir infraestructura y abrir la posibilidad de hacer negocios con la reconstrucción. El otro es crear ficción con instrumentos de finanzas como los paquetes de riesgo y de crédito. Es un capitalismo que depende del socialismo para los ricos. En cada crisis socializan a los bancos y las automotrices, como pasó con General Motors. En este contexto, en mi opinión tenemos que avanzar en las luchas populares. Y no seguir con esta orientación capitalista que no funciona y no va a funcionar. Sanders tiene razón de convocar al socialismo como una posibilidad para los sectores pobres y marginalizados. Él dice que no es para ganar elecciones sino para usar el proceso electoral en concientizar a la población que no tiene poder.

–¿Que va a pasar con Trump, es un desastre universal?

–¿Desastre universal? No, yo creo que es una gran oportunidad. Ya no hay Tratado Transpacífico de comercio. Con Hillary no podías esperar nada de eso. Es cierto que eso también se debe a nuestra lucha de años. Es una oportunidad a pesar de los riesgos de fascismo, racismo, sexismo, pero se puede avanzar y resistir el sistema del BM, del FMI y de la OMC. Hay manifestaciones de todas las ciudades importantes, más o menos como las de Ocuppy Wall Street, que fueron reprimidas por la policía de Obama. Mi propia hija está en las calles en protesta por el sistema electoral. No sé qué va a pasar pero garantizo que habrá lucha.

Recuadro

Un socialista en primera persona

«Soy de una familia de trabajadores con una vida muy precaria. Mis padres siempre vivieron así, con un enfoque sindicalista. Mi abuelo fue agricultor, trabajaba en su pequeño terreno para producir alimento en un pueblito de Ohio. El salió de Letonia resistiendo la conscripción para el ejército del zar, llegó a EE UU y comenzó a cultivar un terreno que perdió durante la Gran Depresión. Se dedicó a pintar casas, fue sindicalista, militaba por Eugene Debs, que durante cuatro elecciones nacionales fue candidato por el Partido Socialista y llegó a obtener 12% de los votos. Es una historia muy poco difundida que no enseñan los libros. Hay dos razones para que eso ocurra, la primera es el manejo de la hegemonía a través de los medios de comunicación, que crean en los trabajadores la expectativa del mejoramiento a través del capitalismo. Y también la represión: matan gente, encarcelan gente. Hay gente del Partido Comunista de EE UU todavía en el exilio. Debs fue encarcelado como candidato socialista, esa es la historia del manejo de la hegemonía y la represión. La mayoría de mis amigos de la juventud murieron en Vietnam o están en posiciones precarias. Yo, por razones que todavía no entiendo, tuve la suerte de tener consejeros, guías, que me permitieron llegar al mundo de la academia y la medicina a través de becas y mucho trabajo. Por razones que tampoco entiendo tuve la suerte de poder mantener mi perspectiva como cuando era joven, mantener la posibilidad de servir a mi propia comunidad. Sigo trabajando como académico más o menos jubilado, tratando de enseñar en lugares como Nuevo México, con muchos alumnos marginalizados, indios, latinos, pobres. Y como médico en clínicas comunitarias en el sector publico.»

Tiempo Argentino
Noviembre 20 de 2016

La foto es de Tiempo Argentino