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Lucharon por EEUU con la promesa de la ciudadanía pero igual son deportados

Lucharon por EEUU con la promesa de la ciudadanía pero igual son deportados

Muchos veteranos de guerra estadounidenses entraron el cólera cuando se enteraron del tuit de Ivanka Trump, la hija del presidente, que recomendaba recetas de helado con sabor a champaña para conmemorar el Día de los Caídos, la fecha en que se recuerda a los que lucharon en las guerras que ese país lleva a cabo desde su independencia. Para muchos extranjeros que combatieron con la promesa de recibir como premio la ciudadanía de Estados Unidos, en cambio, ese no fue el peor menosprecio que recibieron. Ni qué decir de los cerca de tres mil que han sido deportados en lo que va de este siglo. Así lo reflejó un grupo de mexicanos que plantearon su reclamo en las fronterizas Ciudad Juárez y El Paso.

«Decidimos protestar justo el día del memorial que se festeja en Estados Unidos para honrar a los que sirvieron y perdieron la vida en el Ejército, además para que sepan que estamos peleando porque nos den los beneficios que les corresponden a los veteranos”, le dijo Francisco López a la agencia AFP. López tiene 72 años, combatió en Vietnam y luego de su regreso se fue desmoronando ante la falta de respuesta de una sociedad que rechazaba a los veteranos y finalmente fue procesado por un caso de drogas y expulsado del país. Ahora desde allí lidera un grupo de deportados a un lado y otro de la frontera que casi llega al centenar para reclamar, dice, aquellas viejas deudas pendientes de una nación por la que se jugaron la vida.

«Nos presentamos aquí con la bandera y las botas para también recordar a los compañeros que cayeron prestando su servicio a Estados Unidos, para que la gente sepa que no los olvidamos”, explicó a la misma agencia Iván Ocón, de 39 años, ex soldado en Irak. Ocón ya venía haciendo reclamos desde hace meses y en otra ocasión abundó de un modo mucho más claro cuál es el trasfondo que lo lleva a mantener sus exigencias. “Sentí que me dio la espalda el país por el cual estuve dispuesto a dar la vida», resume.

Hace siete años fue tapa de los diarios mexicanos el caso de Manuel y Valente Valenzuela, dos héroes de guerra bajo bandera estadounidenses que enfrentan la expulsión a México. Están acusados de delitos, es cierto, pero quizás sienten que su principal pecado es haber sobrevivido y por lo tanto, no haberse hecho merecedores de una mención como caídos en el campo de batalla.

“Peleamos por este país y por tener un buen futuro, y ahorita nos encontramos con esta pesadilla. Nos sentimos peor que traicionados. Somos veteranos de guerra, combatimos en Vietnam. Ningún país en el mundo hace esto. Es una tristeza y una vergüenza para este país”, protestaba Valente ante un medio local en 2010.

Los hermanos Valenzuela están en la “fila de la deportación” y desde su página web http://www.valenzuelabrothers.com/ recaudan dinero para poder pagar las costas de los juicios que tanto ellos como otros muchos veteranos necesitan que sostener los procesos judiciales.

Caso testigo

El caso de los Valenzuela es paradigmático: nacieron en México de madre oriunda de Nuevo México, territorio estadounidense. Llegaron a EEUU en 1955, cuando tenían 7 y 3 años respectivamente, y en los 60 se sumaron a las tropas que combatieron en Vietnam, Valente como soldado del ejército –fue reconocido con una estrella de bronce por su audacia para salvar a un compañero herido en una batalla- y Manuel como marine.

Igual que muchos otros que olieron de cerca el acre aroma de la muerte, los Valenzuela presentaron cuadros de stress postraumático, un síndrome que se acentuó desde que en 2009 el Departamento de Seguridad Interior los llamó a comparecer frente a una Corte Migratoria de Denver, Colorado. “Nos consideran indocumentados, a pesar de que fuimos a Vietnam con la promesa de recibir la ciudadanía”, dicen.

El caso es que los reclamos de una pensión como veteranos se diluyeron en el marco de acusaciones por un incidente de resistencia a la autoridad de Valente en 1988 y uno de violencia hogareña contra Manuel en 1998 que se solucionó con una multa y terapias psicológicas para controlar la ira.

Ivan Ocón nació en 1978 y a los siete años fue con su familia a El Paso. A los 19 se enroló en el ejército. «Me enlisté porque me crié allá, yo quería defender al que en ese momento era mi país», declaró hace un par de meses. Como tantos, creyó que era el camino más rápido para obtener la ciudadanía. «Les comenté que era de origen mexicano y me dijeron que no había problema, que una vez dentro podrían ayudarme para ser ciudadano, pero eso no fue mi principal motor, yo realmente me sentía estadounidense”, destacó en un artículo que publicó el portal Cubadebate.

Al volver a El Paso, sin embargo, las cosas no fueron nada fáciles y por eso de que a veces un tropezón lleva a una caída, terminó envuelto en un secuestro extorsivo y condenado a 10 años de prisión. En febrero de año pasado cumplió su sentencia y sin nacionalidad estadounidense, fue obligado a irse del país donde tenía mujer e hijos. «Cometí un error», reconoce, «pero no les importaron ni mis medallas ni mis reconocimientos» para expulsarme del país. «Me sentí traicionado», admitió en una entrevista con el diario El Financiero, de México.

El de Francisco Panchito López es otro caso para resaltar. De 1967 a 1968 estuvo destacado en la base estadounidense de Gia Nghia, en Vietnam, donde custodiaba los contenedores de combustible. Lo habían reclutado a la fuerza en el servicio militar, que entonces obligatorio, a pesar de que no sabía una palabra en inglés, asegura.

«Me prometieron arreglar la ciudadanía al regresar», recuerda, para volver a Vietnam en su memoria: «Estuve muy cerca de morir, los vietnamitas pusieron explosivos debajo de los contenedores de gasolina y los detonaron».

El episodio y el contexto de la guerra, dejaron mella. «Yo no venía bien de mi cabeza y me calmaba con cocaína», reconoce. Fue así que el FBI le “hizo una cama”, y cayó preso cuando iba a comprar droga a un agente encubierto .Terminó deportado. «No podía creer lo que me estaban haciendo, pensaba que era una pesadilla».

Establecido en Juárez desde 2004, Panchito López ofrece junto a su familia comida, ropa, artículos de aseo e incluso alojamiento temporal.

Reclutamiento externo

Como los viejos imperios, Estados Unidos permite a nativos de otras naciones alistarse en las Fuerzas Armadas a cambio de una paga o con la promesa de obtener la ciudadanía. Actualmente hay casi 30 mil soldados no estadounidenses cumpliendo servicios en el Ejército.

Desde el 2001, tras los atentados a las Torres Gemelas, los requisitos para aspirar al uniforme o a convertirse en ciudadanos es menor. Incluso desde 2009 los trámites de la Oficina de Migraciones y Aduanas se aceleraron en busca de más tropa de donde sea para el puñado de guerras que lleva adelante en Pentágono en todo el mundo y que impacta dentro de Estados Unidos cada vez que el cadáver de un nativo vuelve envuelto en una bandera.

Pero aún bajo estas circunstancias, los foráneos pueden ser deportados antes de culminar ese tramiterío si aparecen en ese período implicados en cargos de cualquier índole. Por otro lado, muchos veteranos desconocen que podrían reclamar la ciudadanía y cuando lo hacen ya están salpicados por procesos judiciales que les impiden concretar su deseo.

Los activistas de ONGs que atienden estos casos estiman que las expulsiones se multiplicaron durante las guerras de Irak y Afganistán. Los traumas derivados de las guerras dejan secuelas que muchas veces derivan en problemas con la ley no atendidos ni aún en el caso de quienes estuvieron en el frente de batalla bajo la enseña de las barras y las estrellas.

Esto viene ocurriendo desde hace décadas, creció durante el período de Barack Obama y nada hace pensar que disminuirá con Donald Trump, un paladín de las deportaciones, según se presentó en la campaña electoral.

Tiempo Argentino
Junio 1 de 2017

La estrategia del caos en Latinoamérica

Hacía mucho que sectores de las sociedades latinoamericanas no iban a golpear a las puertas de los cuarteles para pedir que derriben un gobierno elegido democráticamente. Cierto que desde hace semanas el presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, y el vicepresidente, Freddy Guevara, venían reclamando que los militares echen a Nicolás Maduro. Y Borges se había reunido con el almirante Kurt Tidd, jefe del Comando Sur de EE UU. Este viernes, un grupo al que las agencias hegemónicas nuclearon bajo el concepto universal de «la oposición», («muchos menos que en días anteriores», reconoció un cable de AFP), se acercó a Los Próceres, zona militar de Caracas, para pedir la intervención militar contra el presidente bolivariano.

El miércoles, el gobierno de Michel Temer firmó un decreto llamando a las fuerzas armadas para reprimir manifestaciones que pedían elecciones directas para terminar con el caos político generado por el golpe institucional contra Dilma Rousseff. Pero a las 24 horas el mismo Temer tuvo que emitir otro decreto eliminando el anterior. Las críticas habían sido feroces.

En 2008, el presidente mexicano Felipe Calderón firmó con George W. Bush la Iniciativa Mérida. Lo que había comenzado como «una guerra al narcotráfico» derivó en una espiral criminal que ya se llevó la vida de más de 150 mil personas. Las muertes de periodistas no son sino la mínima punta de un enorme iceberg sangriento.

El modelo mexicano había seguido el Plan Colombia, que firmaron en 1999 los presidentes Andrés Pastrana y Bill Clinton, también con la excusa del narcotráfico. Pero en este caso con la mira en derrotar a la guerrilla de las FARC y el ELN. En los primeros años, el crecimiento de la violencia fue tan espeluznanteque se llegó a decir que 800 mil personas había sido víctimas en mayor o menor grado de este desborde. Para colmo, se desplegaron siete bases militares en territorio colombiano que representan una amenaza para el subcontinente.

Finalmente, y a instancias de Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Lula da Silva, Juan Manuel Santos aceptó una mesa de dialogo con la insurgencia para poner fin a más de medio siglo de luchas internas. Esos gobiernos habían denominado a Latinoamérica como»tierra de paz».

La derecha venezolana, que nunca fue un dechado de virtudes democráticas ni humanitarias, viene incrementando la violencia contra el gobierno de Maduro. A esta altura –llegaron a quemar la casa en que vivió Chávez– el parangón con lo que ocurrió en Libia, Siria y en Ucrania desde 2011 es cada día más evidente.

Allí también grupos neofascistas comenzaron a generar un caos cada vez mayor que, ante la respuesta de las autoridades, generó mediáticamente la sensación de que esos gobiernos estaban en manos de criminales enloquecidos de poder que no dudaban en violar Derechos Humanos con tal de perpetuarse.

El resultado es que esos tres países están inmersos en el caos más absoluto. Libia se puede decir que dejó de existir tras el asesinato de Muhammar Khadafi; Ucrania está partida en dos y en Siria el gobierno de Bashar al Assad se mantiene con el apoyo de Rusia en una guerra civil que parece no tener fin.

Hasta hace un par de años, un escenario similar en América Latina podía parecer un delirio. Sobre todo desde que la situación colombiana se encaminaba a la pacificación total tras los acuerdos con las FARC.

Pero a la muerte de Chávez, Venezuela padece ataques brutales de los medios, de instituciones como la OEA –que nada dice sobre la situación mexicana y la crisis brasileña- y de gobiernos que poco tienen para hablar de valores democráticos, como el de Mariano Rajoy sin ir más cerca.Inocentemente se podría decir que el caos no conviene a nadie y que debería haber alguna posibilidad de encausar estos procesos. Pero los planes del Pentágono y del Departamento de Estado –con Donald Trump como antes con Barack Obama, Clinton o Bush– determinan que para mantener el estatus imperial, todo lo que no pueda dominar EE UU debe ser destruido, al modo de Cartago por los romanos. La estrategia de caos es el primer paso.

Si no aparece nadie «potable» como para capitalizar el desencanto, que al menos nadie crea en nadie, cosa de que a mar revuelto sigan ganando los pescadores de siempre. Y si esto no se puede, que se generalice el reclamo de intervención militar, ya sea local o del exterior. Por eso Borges se junta con Tidd y golpea en los cuarteles.

Tiempo Argentino
Mayo 28 de 2017

Entrevista a Rafael Bonifaz: Como es el espionaje que hace la CIA en celulares y Smart TV

Entrevista a Rafael Bonifaz: Como es el espionaje que hace la CIA en celulares y Smart TV

La fotografía es de Soledad Quiroga (Tiempo Argentino)
Rafael Bonifaz es ecuatoriano y desde hace casi 15 años trabaja en la promoción y desarrollo de software libre. Vino a la Argentina para culminar una maestría en Seguridad Informática en la Universidad de Buenos Aires. El tema que investiga para la tesis –las filtraciones de Edward Snowden– lo hace especialista en ese nuevo escándalo que explotó el martes, cuando WikiLeaks publicó una catarata de documentos de la CIA que revelan cómo la agencia hackea desde teléfonos celulares hasta televisores Smart TV no solo para hurgar en los secretos sino atacar a cualquier persona que se convierta en objetivo militar para EE UU.

–El fundador de WikiLeaks, Julian Assange, dijo que la CIA «perdió el control de todo su arsenal de armas cibernéticas» y que cualquiera puede comprar ese material en el mercado negro, ¿qué hay de eso?

–Lo que se publicó es un sistema interno por el cual la CIA compartía información para hacer ataques cibernéticos a objetivos de vigilancia. Se filtró todo el sistema más las herramientas para poder hacer los ataques y lo que dice Assange es que esa filtración no la hizo alguien de la CIA sino que eran documentos que circulaban entre contratistas o terceros y que probablemente uno de ellos o de la CIA misma lo estaba distribuyendo. En realidad, las revelaciones no son tan novedosas.

–Lo nuevo es que ahora aparecen documentos.

–Y que es la CIA. Que a la agencia de inteligencia más poderosa del mundo le sacan información y la hacen pública. Porque desde el año 2011 WikiLeaks había publicado información de empresas que venden a gobiernos software de vigilancia, como Hacking Team, una empresa italiana que vende software para espionaje. Lo mismo que hace la CIA ya lo hacían y vendían a gobiernos. Pero si bien ahora sabemos que la CIA puede espiar cualquier dispositivo electrónico que nosotros estemos utilizando, no es el único adversario del que me tengo que estar cuidando.

–¿Cómo es eso?

–Me puede espiar mi gobierno local, hay software que se vende para vigilar a la esposa, para saber dónde y con quién está. Y eso se puede conseguir en Internet de una manera no tan difícil. Todos los dispositivos electrónicos que tenemos pueden ser utilizados en nuestra contra. Por ejemplo, los famosos televisores Smart TV. No es nada nuevo y ahora se publicó que la CIA puede tomar un televisor Samsung inteligente y aunque esté apagado escuchar la conversación que sucede enfrente de la pantalla. ¿Para qué el televisor tiene un micrófono? Para cosas como reconocimiento de voz, decirle “televisión préndete, cambia de canal”. Algo que no es tan necesario versus el riesgo que implica tener un micrófono conectado a Internet todo el tiempo dentro de mi casa. La CIA puede entrar en esos sistemas porque esos sistemas tienen fallas de seguridad.

–¿Son fallas de seguridad o están diseñados así deliberadamente para entrar en la casa de cada ciudadano con la complicidad del fabricante?

–Es muy probable que estas empresas colaboren no tanto con la CIA como con la NSA. De forma voluntaria o no, por temas legales como el Patriot Act de 2001, tienen la obligación de colaborar con el gobierno.

–Pero Samsung es coreana.

–Pero está Microsoft, Apple, donde están 90 y tanto por ciento de teléfonos que se utilizan en el mundo. Ellos tienen obligación legal de ayudar al gobierno de EE UU a espiar a ciudadanos que no son de EE UU. En los documentos de Snowden se ve que Microsoft (MS) ayudó a la NSA a mejorar sus sistemas de vigilancia sobre Skype. Y cuando MS hizo un poco más seguro su sistema Outlook, eso preocupó al NSA y el FBI, que también entra en la ecuación, y ayudó a MS para hacer más fácil la intercepción de datos vulnerando la seguridad que había desarrollado. Si un sistema informático no es auditable y no se puede ver cómo está hecho, no se puede confiar. Lo único que nos queda es cosas como el software libre, porque es auditable.

–Para una persona común no es tan fácil utilizar el software libre. Además, ¿cómo puede confiar en que no lo están vigilando?

–Si yo necesito comunicarme de forma realmente segura, un celular por caso, no es una herramienta para eso. No hay que ser la CIA para meterme en un celular de alguien, sobre todo si no es nuevo y no está actualizado. Si soy un periodista que está trabajando con fuentes que corren riesgo, entonces tengo que aprender un poco más. Existe software libre como el sistema Tails, que hace que la computadora no funcione desde el sistema operativo sino desde una memoria USB externa, de modo que nada se queda almacenado en el equipo y luego, lo que yo hice en esa sesión desaparece o lo guardo de forma cifrada en la memoria flash. Y todo sucede a través de la red Tor.

–¿La Internet segura?

–Es una Internet que me permite tener anonimato. Si alguien quiere enviar documentos de forma segura a WikiLeaks, ese es el sistema que usan ellos y cada vez más medios de comunicación. Con Tor no revelo mi identidad, ni siquiera WikiLeaks sabe quién es el que manda la información. Herramientas como estas son las que han permitido a Snowden enviar la información sobre el espionaje de la NSA a los periodistas de The Guardian. Snowden tuvo que proveerle una memora USB con Tails instalado a Glenn Greenwald, esta fue la herramienta que utilizó para comunicarse. Tails es un sistema creado para ser seguro.

–La pregunta es quién diseña eso.

–Hay un conjunto de personas alrededor del mundo. El proyecto Tor es una ONG que está en EE UU y parte importante del financiamiento era del gobierno porque inicialmente se lo pensó para proveer seguridad a disidentes en países como Irán o China. Pero en los documentos de Snowden se ve que para la NSA era difícil meterse en Tor. En la NSA había una matriz de riesgo donde decía que si alguien usa Facebook es trivial espiarlo, pero si alguien usa algo como Tails “estamos en problemas”. Lo importante en este tipo de herramientas es que sean auditables, que uno pueda saber qué hace el programa. Lamentablemente, y aunque nos cueste mucho, tenemos que estar dispuestos a adaptarnos al cambio porque por ahora Tor puede ser seguro pero podría llegar a ser corrompido y no ser confiable en un futuro.

–Puede haber un periodista que necesite proteger sus fuentes, pero un ciudadano común puede ser disidente del gobierno y eso implica que continuamente tiene que pensar que lo están vigilando. Pongamos el caso de alguien que en Argentina formó parte o adhirió al gobierno anterior. Lo digo teniendo en cuenta que el actual presidente asumió procesado en una causa por escuchas ilegales.

–Una buena práctica es borrar los correos electrónicos de Gmail. Si bien aun así Google y la NSA probablemente no pierden el acceso, si alguien en el futuro me hackea la cuenta ya no podrán tener acceso a todos mis correos. Tengamos en cuenta que la NSA también colabora con gobiernos afines a EE UU y puede aportar información sobre alguien que tienen registrado. Una cosa que se ve de esta última revelación de WikiLeaks es que una vez que una agencia encuentra fallas en los sistemas que usan sus ciudadanos, en lugar de corregirlas las guardan para atacar a ciudadanos de otros países. Lo que le pasó a la CIA es por no solucionar los problemas de seguridad, permitir que esos problemas se mantengan por un tiempo para poder aprovecharlos en su beneficio y eso, tarde o temprano, termina rebotando.

–¿Que le dirías a un ciudadano común para cuidarse, además de no usar celulares o no hablar temas delicados ante el televisor?

–Ni siquiera tener el teléfono en el bolsillo sacándole las pilas. Hay teléfonos a los que no se les puede sacar la batería incluso, pero pongamos por caso que dos personas van a un restaurante y le quitan la batería a sus celulares al mismo tiempo. Si estamos siendo vigilados van a saber que estamos reunidos, si yo dejo el teléfono en un sitio seguro no hay modo. También se debe usar Tor. Es algo más lento y en algunas páginas nos van a pedir llenar un capcha porque se pregunta si eres un robot, pero es más seguro.

–Se dice que WhatsApp desde las últimas actualizaciones que hizo es más seguro.

–Hoy por hoy es más seguro que Telegram porque en WhatsApp ahora el chat es cifrado, pero al mismo tiempo ese servicio pertenece a Facebook, que es una de las empresas que colabora con el gobierno de EE UU. Además, es un gran concentrador de metadatos y entonces las agencias saben quién se comunica con quien, y eso permite que intervengan el teléfono de uno de ellos para ver en qué andan. «

Tiempo Argentino
Marzo 12 de 2017

Obama busca ser el líder del progresismo estadounidense

Sus gestos pueden parecer superfluos por lo tardíos, pero las últimas decisiones de Barack Obama demuestran que se propone liderar el progresismo estadounidense ni bien deje la Casa Blanca. Ese fue su mensaje cuando el miércoles dijo en su despedida de los periodistas que cubren información presidencial que piensa volver al ruedo “si los valores medulares del país están en riesgo”. O sea, que no está en sus planes abandonar la política para meterse en alguna fundación que administre sus ingresos dando conferencias, como lo hicieron algunos de sus antecesores. Ni para calzarse las pantuflas.

Consciente de que la llegada de Donald Trump al gobierno representa un giro copernicano a lo que fueron sus ocho años de gestión, Obama dio una serie de señales que, si se leen los diarios de esta última semana, lo ubicarían como un mandatario de avanzada sobre el promedio de los últimos ocupantes del cargo, desde Ronald Reagan hacia acá.

Así, envió un correo a los congresistas republicanos –que sobre todo en esta última parte de su período presidencial usaron la mayoría en ambas Cámaras para bloquear las decisiones del oficialismo– donde denunció el rechazo a su reclamo de cerrar la prisión de Guantánamo. «No hay simplemente ninguna justificación, más allá de la política, para la insistencia del Congreso en dejar abierto ese centro de detención», sostiene Obama en su póstuma misiva a favor de una de las promesas electorales cuando ganó la primera elección, en 2008.

Pero también tomó cartas en asuntos más comprometidos, como el conflicto en Palestina. Y tras una histórica abstención en la ONU sobre los asentamientos judíos en Jerusalén Este –Washington siempre acompañaba a Israel en todos los foros internacionales–, dijo ahora que el actual “status quo es insostenible. Es peligroso para Israel, es malo para los palestinos, es malo para toda la región, y además es malo para la seguridad nacional de Estados Unidos”. Y abogó por la solución de dos Estados, uno judío y uno árabe, caso contrario, “de alguna forma estaremos extendiendo la ocupación”. Dura definición para un mandatario estadounidense.

Luego dio otro paso en su intento por recomponer vínculos con Cuba, que fue su gran apuesta desde fines de 2014 en su relación con América Latina. Y puso fin a la política de “pies secos-pies mojados”, por la cual todo cubano que lograba pisar suelo estadounidense era considerado un exiliado mientras que si caía en manos de la guardia costera era devuelto a la isla. Aunque no logró –y no hizo una carta a los republicanos– modificar el bloqueo comercial y financiero al gobierno revolucionario.

Luego, también en esta su última semana en el poder, conmutó la pena a Chelsea Manning, la exsoldado que como Bradley Manning había filtrado miles de documentos a WikiLeaks y había sido condenadoa 35 años de prisión. «Vi los detalles de este caso de la misma manera que otras conmutaciones y perdones y sentí a la luz de todas las circunstancias que conmutar su sentencia era completamente apropiado», se justificó.

Finalmente, y en una acción menos difundida pero altamente significativa, conmutó la pena al independentista puertorriqueño Óscar López Rivera, detenido en 1981 como integrante de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) y condenado a 55 años de cárcel, a los que en 1988 se le agregaron otros 15 años adicionales. López Rivera quedará en libertad en mayo, si es que Trump no veta esta decisión.

Pero ante el reclamo de organizaciones de derechos civiles, se negó a indultar a otro preso político, Leonard Peltier, activista del Movimiento Indígena Estadounidense encarcelado desde 1976 y condenado –en un juicio de dudosa imparcialidad– a dos cadenas perpetuas consecutivas por el crimen de dos agentes del FBI durante un tiroteo en la reserva Pine Ridge, en los territorios sagrados Sioux de Dakota del Sur, donde meses antes se hallaron uranio y carbón.

Otra mella para su aspiración es que en su mandato –con Hillary Clinton en la secretaría de Estado– tres gobiernos progresistas de la región fueron destituidos mediante golpes parlamentarios: Honduras, Paraguay y Brasil. Y en todos los casos los destituyentes recibieron apoyo y reconocimiento de Washington. Además, el 13 de enero renovó por otro año el decreto que declara a Venezuela «una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior de EE UU». «

Tiempo Argentino
Enero 22 de 2017