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Otro viaje del señor Valenzuela

El Secretario de Asuntos Hemisféricos del gobierno de Barack Obama, Arturo Valenzuela Bowie, es uno de esos personajes que desde la cuna tienen doble pertenencia. A la tierra que los vio nacer y a la sangre. A la lengua de origen y a la que le hablaba su madre. A la política y a la teología.
Hijo de Raimundo Valenzuela Arms, quien fuera obispo de la Iglesia Metodista de Chile, y de la misionera estadounidense Dorothy Bowie, luego impulsora de una terapia conocida como hipnosis clínica, vivía en Concepción cuando el gran terremoto de 1960 echó literalmente abajo sus expectativas. Es que el edificio del liceo donde estudiaba fue demolido por un sismo de magnitud 9,5 que destruyó gran parte del país, mató a más de 2000 personas y dejó sin hogar a otros 2 millones.
Valenzuela viajaba regularmente a los Estados Unidos, como toda su familia, ya que mantenían lazos con los sectores protestantes de aquel país. Pero esa vez, a los 16 años, se quedó para completar sus estudios. Allí, el adolescente conoció a Martin Luther King, y resultó fuertemente impactado por su asesinato, en 1968. Había querido ser pastor, como su padre, su abuelo y su bisabuelo. Pero en el Norte se doctoró en Ciencia Política y Política Comparada por la Universidad de Columbia. En ese centro de estudios había participado del movimiento estudiantil por la integración multirracial y contra la Guerra de Vietnam.
Su parentela, mientras tanto, apoyaba en Chile la candidatura de Salvador Allende. El obispo Valenzuela Arms, incluso, fue representante de la Iglesia Metodista en el primer Tedeum del gobierno de la Unidad Popular, en 1970. “Eran pro Allende porque querían un mayor equilibrio de la riqueza, pero no en un sentido partidista”, contó alguna vez su hermana, Flor Valenzuela.
Más tarde, Arturo cultivaría amistad con los líderes de la oposición pinochetista, y fue introduciéndose en el Partido Demócrata. Fue entre otras cosas, director del Centro de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Georgetown, miembro de Human Rights Watch Americas Advisory Committee, de Inter-American Foundation, y consultor de organizaciones como la Fundación Ford, la Fundación Interamericana, la Freedom House y la Free Foundation.
O sea, es un cuadro del establishment cultural que desde los Estados Unidos sostiene una posición latinoamericanista afín a los intereses de Washington. Con un toque liberal y una sólida convicción religiosa que tanto atrae en aquellas latitudes. Por eso no extraña su opinión sobre las democracias del continente, de las que, dice, “están interrumpidas” desde la caída de las dictaduras en los ’80. Porque muchos de estos gobiernos, piensa, “perdieron credibilidad” y es necesario “recuperar el espíritu democrático” en la región.
Fue consejero en Asuntos Hemisféricos en el Departamento de Estado con Bill Clinton y en mayo de 2009 Obama lo nombró secretario de Estado para los Asuntos del Hemisferio Occidental, en remplazo de Thomas Shannon.
En su última visita a la Argentina se había generado un entredicho cuando varios medios publicaron el “malestar” que le habían transmitido empresarios argentinos frente a la política oficial. Con el furor de las filtraciones WikiLeaks se conoció el cable confidencial 1311, fechado el 31 de diciembre de 2009, en que la embajadora Vilma Martínez se mostraba sorprendida por la repercusión que había alcanzado una charla del diplomático ante una docena de periodistas nativos. “A pesar de la amplia gama de temas abordados por Valenzuela, los medios de comunicación argentinos se concentraron exclusivamente en su observación sobre la preocupación de la comunidad empresarial estadounidense por la inseguridad jurídica y la gestión económica local.”
Valenzuela apoyó a fines de julio pasado una presentación del entonces presidente colombiano Álvaro Uribe ante la OEA, sobre el presunto apoyo de Hugo Chávez a las FARC. “La denuncia del gobierno colombiano es muy seria”, consideró el chileno-estadounidense. El incidente entre Colombia y Venezuela se licuó tras la intervención de quien fuera secretario de la Unasur, Néstor Kirchner.
Hace unos días, tildó de “antidemocrática” la Ley Habilitante que da poderes especiales al mandatario venezolano y afirmó que viola la Carta Democrática Interamericana de la Organización de Estados Americanos. Siempre preocupado por esa “amenaza” a la democracia, aceptó un pedido de la presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes, Ileana Ros-Lehtinen, para que el “Departamento de Estado cese de inmediato de ejercer una influencia indebida sobre los funcionarios hondureños que han sido electos y que están actuando de acuerdo con las leyes hondureñas.”
En consonancia, declaró que Porfirio Lobo “ha preparado el terreno para el reingreso de Honduras a la OEA”. Y agregó que en 2010 Honduras protagonizó un “significativo progreso” para cumplir las exigencias de la comunidad internacional tendientes “a la reconciliación nacional, el fortalecimiento de la gobernabilidad democrática y los Derechos Humanos”.
El país centroamericano fue suspendido por la OEA en julio de 2009 luego del golpe contra Zelaya. Lobo es persona no grata para la Unasur, que impidió su presencia en las últimas dos Cumbres de Países Iberoamericanos. El hondureño fue especialmente “no invitado” a la asunción de Dilma Rousseff y esta parte del continente no reconoce su gobierno ni mantiene relaciones diplomáticas. El secretario general de la OEA, el también chileno José Miguel Insulza, opina que Honduras “debe” reincorporarse “lo más pronto posible”, e igualmente cuestionó la Ley Habilitante de Chávez.
Representantes de los tres poderes hondureños, Jorge Alberto Rivera Avilés (por el Judicial), Juan Orlando Hernández (por el Legislativo) y el propio Lobo (por el Ejecutivo) se reunieron con el pastor Evelio Reyes en una jornada de oración en la Iglesia Vida Abundante, donde oraron por un buen año 2011 para Honduras.
Mientras tanto, el periodista Esdras Amado López, director y propietario del Canal 36, denunciaba que un coronel lo había amenazado de muerte. El canal, conocido como Cholusat Sur, fue cerrado y militarizado en varias ocasiones por condenar el golpe de Estado y las violaciones a los Derechos Humanos en el régimen de facto. En el año que terminó fueron asesinados diez periodistas en Honduras. Es uno de los países más peligrosos del mundo para el ejercicio de la profesión.
Valenzuela llega a Buenos Aires el domingo, en una minigira que además incluye a su país natal, Chile. Informó que su visita tiene como objetivo “profundizar las relaciones con esos socios clave de la región”. Le pidió audiencia al canciller argentino. “Voy a escucharlo”, dijo Héctor Timerman.

Tiempo Argentino, 8 de Enero de 2011

Las madres de Obama

Las madres de Obama

Si es verdad que una imagen vale por mil palabras, también lo es que algunas imágenes muestran mucho más de lo que los ojos dejan ver.

En la foto que ilustra esta página aparece la familia de sangre de Barack Hussein Obama II, el 44º presidente de los Estados Unidos. Y fue obtenida mediante una gestión del Centro de Estudios Americanos. Era la mejor manera, coincidieron los responsables del número 17 de la publicación Multiculturalismo: e pluribus unum, para reflejar en tapa la tarea que habían emprendido: un análisis sobre el proceso cultural estadounidense y sus consecuencias al sur del Río Bravo, con especialistas de todo el continente.
No hace falta ser muy ducho para darse cuenta de que es una “de entre casa”. Como la que cualquier hijo de vecino sacaría en una fiesta íntima. Y efectivamente, corresponde al casamiento de la media hermana de Barack, Maya Soetoro (es la mujer que abraza el actual presidente) con el canadiense de ascendencia china Konrad Ng (el tercero desde la derecha). Fue tomada en Hawaii en 2003 y acompañan a los casales las hijas de Obama (Sasha y Malia), su abuela Madelyn Lee Dunham, los padres del novio, el medio cuñado presidencial y la ahora primera dama de los Estados Unidos, Michelle.
Esta toma personal, cedida por Maya Soetoro Ng y Konrad Ng a la ONG dirigida por Luis María Savino, es llamativa por lo que muestra, pero también por la ausencia de quien la hizo posible: Stanley Ann Dunham, la madre del primer mandatario estadounidense, que había muerto de cáncer ocho años antes.
La mujer, con un doctorado en antropología, había nacido en plena guerra, en 1942, en Wichita, Kansas. El abuelo materno de Obama, un trabajador curtido en la adversidad, dejó bien en claro que esperaba un varón, por eso no tuvo empacho en bautizarla con su propio nombre, aunque ella a partir del secundario se hizo llamar Anna. El caso es que ni bien estalló la guerra, don Stanley Armour Dunham se alistó en el Ejército y partió para Europa. La madre, que aparece en silla de ruedas en la foto en cuestión, fue a trabajar en una planta de la Boeing, donde armaban los bombarderos B-29.
Al fin de la contienda, y luego de varias mudanzas, los Dunham se instalaron en Honolulu. El archipiélago acababa de convertirse en el 50º estado de la Unión y la joven Anna, influida por la época, estaba interesada en las culturas no occidentales. De modo que fue a estudiar antropología a la Universidad local. Allí, en una clase de idioma ruso, esta mujer blanca conoció a un joven alumno negro, Barack Obama I, nacido en Kenia. Dos años más tarde, en 1961, cuando ella tenía 18, nacía el pequeño Barack II. Pero la pareja no prosperó. Entre otras cosas porque el economista inició el retorno a su patria, donde según dicen las malas lenguas, el hombre tenía otra esposa. Hasta allí no llegaba la amplitud cultural de la mujer, a pesar del flower power y la moral hippie y pacifista de los sesenta.
Anna volvió entonces a sus estudios universitarios en Hawaii, donde trabó relación con el indonesio Lolo Soetoro. Se mudó a Yakarta, y en 1967 nació Maya. Cuenta la leyenda familiar que en la capital indonesia los Soetoro-Dunham vivieron en una casa sin luz eléctrica y sin pavimento en las calles. Más allá de la anécdota, se terminaron separando, y Anna volvió a quedar sola y con hijos. Lo que no impidió que hiciera una maestría en antropología indonesia y se convirtiera en investigadora del desarrollo rural en ese país asiático.
Con apoyo de un banco indonesio, de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés) y de la Fundación Ford –entidades no del todo bien vistas en el resto del mundo– promovió el microcrédito entre los sectores más pobres de la sociedad, principalmente mujeres. Hasta que en 1992 le detectaron cáncer de útero y ovario, y regresó a HawaiI, con su madre, Madelyn.
Barack II vio por última vez a su padre cuando tenía diez años. Barack I murió en 1983. A mediados de 1995, el inquieto hijo mestizo del economista keniano, ya recibido en Harvard y haciendo sus primeros pasos en algunas ONG de corte liberal de Chicago, publicó Sueños de mi padre, el libro autobiográfico en que cuenta sus primeros años de vida. Meses más tarde, en noviembre, moriría Stanley Anna Dunham.
La carrera política de Obama fue creciendo a partir de ese año. Fueron duros sus inicios, por tratarse de un hombre que no era del todo negro, pero que para los cánones conservadores tampoco es blanco. Y que por mestizo, es también un marginal. Lo demás es la historia conocida de su ascenso hasta la Casa Blanca.
Cuando consiguió aprobar la Ley de Salud, en la ceremonia de firma estuvo rodeado de las principales espadas demócratas junto con un niño negro al que muchos confundieron con el actor Gary Coleman, el pequeño Arnold de la serie Blanco y Negro de finales de los ’70. Se trataba, en realidad, de Marcelas Owens, un chico de diez años que había perdido a la madre cuando tenía siete porque el servicio de salud no la había atendido por falta de dinero.
“Esta ley es un homenaje a mi madre, que peleaba contra las compañías de seguros mientras moría de cáncer”, dijo entonces el mandatario. La Ley de Salud era una vieja reclamación de los sectores progresistas de los Estados Unidos. En la película Sicko, de Michael Moore, se ve claramente por qué. Un sistema en que la salud es mercancía más allá de los valores humanos, es útil para disciplinar a la sociedad. Modificar esa ley no sólo significa poner límites a un formidable negocio. Es también dejar abierta la posibilidad de que la población de menores recursos pueda escapar de esta nueva esclavitud, que consiste en saber que para tener un servicio de salud hay que sacrificar cualquier lucha reivindicativa de otros derechos esenciales.
Obama declaró alguna vez que había escrito su primer libro para cubrir la ausencia de su padre en su niñez. Pero que cuando murió su madre se había dado cuenta de que debería haber escrito otro muy distinto, pensado por ella.
Otras madres estuvieron presentes en el discurso que el presidente estadounidense dio el jueves en la ONU. Madres comprometidas en otras luchas contra genocidas entrenados por expertos del país de Obama.
Podría interpretarse que este homenaje tardío a las Madres de Plaza de Mayo se inscribe en un momento muy particular de la campaña electoral de noviembre, donde según los sondeos, el Tea Party amenaza con llenar el Capitolio de ultraconservadores que seguramente no harán más que poner trabas en el último tramo de la gestión demócrata. Y que entonces, Obama saca a relucir esas promesas de cambio que lo llevaron al gobierno hace dos años. Entre las cuales, la defensa de los Derechos Humanos en todo el mundo fue sin dudas la principal, al punto que recibió un Premio Nobel de la Paz antes de haberse ganado el mérito.
Pero también podría ser que, después de todo, se mantuviera esa fuerte presencia de aquella foto del casamiento de su media hermana. La de Stlaney Ann Dunham, contribuyendo con su rebeldía juvenil a esa alianza de razas y genes que son un reflejo de los Estados Unidos de hoy, mal que le pese a la derecha más retrógrada de ese país. Y que ese espíritu finalmente florezca en el actual ocupante de la Casa Blanca.

Tiempo Argentino, 25 de Septiembre de 2010

Economías de guerra

A menos de dos meses de las elecciones legislativas, el presidente Barack Obama parece haber tomado conciencia de que, si no patea el hormiguero, las va a tener difíciles con los republicanos en noviembre.

«La guerra es padre de todos, el rey de todos”, decía Heráclito de Éfeso, según la mejor traducción de una de las pocas frases que se conservan de aquel misterioso filósofo presocrático que, a casi 25 siglos de su muerte, todavía cautiva a los jóvenes estudiantes de periodismo.
A menos de dos meses de las elecciones legislativas, el presidente Barack Obama parece haber tomado conciencia de que, si no patea el hormiguero, las va a tener difíciles con los republicanos, que vienen montándose en un discurso sinuoso y muy inclinado a la derecha, pero contundente detrás de errores, inconsistencias y limitaciones de su gestión.
Por supuesto que siempre es más fácil ser opositor, porque desde la vereda de enfrente basta contar costillas ajenas para encontrar audiencia. No por eso deben minimizarse gruesas fallas de los demócratas en esta primera parte del mandato de un presidente no blanco en la historia estadounidense. Porque justamente el principal déficit, de cara a la ciudadanía, pasa por la cuestión económica.
Tiene razón Obama en culpar a su antecesor George W. Bush y a los republicanos en general por la formación de la crisis y sus consecuencias actuales. Pero en política no basta con tener razón. También se necesita que los votantes estén de acuerdo con esa versión de los hechos.
Ese es uno de los motivos para que el inquilino de la Casa Blanca se haya puesto la ropa de candidato, y con la camisa arremangada (como correspondía al ámbito) diera un discurso de corte populista en Milwaukee, ante trabajadores y sindicalistas sorprendidos.
El Premio Nobel Paul Krugman, en su habitual columna para The New York Times y un sinfín de diarios internacionales, comentó entonces que este momento político podría ser asimilado al año 1938 de Franklin Roosevelt. Para el economista, el presidente Obama repitió el error que ya había cometido Roosevelt en 1937, “cuando retiró demasiado pronto los estímulos fiscales”. Y recalcó que en 2009 el gobierno federal alentó el crecimiento para salir de la crisis, pero que al dejar de lado demasiado pronto esa política, el país volvió a estancarse ni bien los actores económicos notaron que el viento de Washington dejaba de soplar. Por lo tanto, aplaudió este regreso a las fuentes keynesianas.
En aquel 1938, también de año de elecciones legislativas, habían prosperado cuestionamientos contra el New Deal y se generó un consenso importante como para sostener medidas en sentido contrario, a pesar de que ese acuerdo social había sacado a la Nación de una crisis terminal. Algunos biógrafos de Roosevelt –el único presidente reelecto cuatro veces en la historia de ese país– señalan que la decisión de volver a los estímulos económicos se basó en la evaluación de que la guerra europea era inminente. Y la guerra, padre de todas las cosas, fue “un arrebato de gasto gubernamental financiado con déficit, a una escala que en otras circunstancias jamás se habría aprobado. En el transcurso de la guerra, el gobierno federal pidió prestada una cantidad equivalente a aproximadamente el doble del valor de PBI en 1940”, explica Krugman.
No lo dice el Nobel, por políticamente incorrecto, pero también la economía de guerra había logrado terminar con la depresión y el estancamiento en la Alemania nazi, en el Japón, en Italia y en general en el resto de Europa, que encontró en la salida militar la forma de activar las economías sin sentir las culpas por los déficits presupuestarios y las críticas de los teóricos monetaristas.
Por estos días, Obama anunció un plan de construcción de infraestructuras ferroviarias y viales por 50 mil millones de dólares, un programa de incentivos fiscales por 100 mil millones a empresas que inviertan en investigación y desarrollo, otra tanda de beneficios impositivos para compañías que lo hagan en nuevos equipamientos y recortes en beneficios a los más ricos.
La semana estuvo cruzada por la amenaza de un cazador de spots televisivos, Terry Jones, el pastor radical de Florida que prometió quemar ejemplares del libro sagrado musulmán como un provocativo homenaje a las víctimas de los atentados a las Torres Gemelas, de los que hoy se cumplen 9 años. Jones se convirtió, con ese gesto amenazante, en la expresión pública de miles y miles de fanáticos en los Estados Unidos que manifestaron su rechazo a la construcción de una mezquita cerca del Ground Zero, el hueco que dejaron los edificios destruidos ese 11-S. Que alimentan el deseo de un combate final contra el Islam.
Luego de una alarma internacional por las presumibles repercusiones y dramáticas respuestas ante la incendiaria manifestación de intolerancia religiosa, y después de llamadas y presiones del gobierno federal, Terry decidió que era hora de guardar los fósforos, al menos por esta vez. Para los que lo tildaron de “cobarde”, dijo que le habían jurado que no se construiría el edificio sagrado en una zona no menos sagrada para el orgullo estadounidense, y que con eso se daba por satisfecho.
Esta noticia, en otro contexto, no pasaría de una boutade, una anécdota sin relevancia periodística. No más de un recuadrito mínimo en alguna columna de Breves, que sin embargo recibió una amplia cobertura en la gran mayoría de los medios de todo el mundo por sus implicaciones, aunque planteó cuestiones éticas para el periodismo. La agencia AP y la cadena Fox, de la derecha yanki, propiedad del magnate australiano Rupert Murdoch, por ejemplo, dijeron que si la quema se produjera no difundirían imágenes, para no hacerse eco de una provocación innecesaria.
En contraposición, a pocos días de que las últimas tropas de combate cruzaran la frontera de Irak, se conoció también un nuevo escándalo que involucra a efectivos militares estadounidenses, esta vez en Afganistán, aunque la noticia no recibió la misma difusión masiva que la posible quema del Corán. Y eso que se trata de un escándalo que no por repetido debe ser escamoteado. Según la información difundida por una revista que circula entre familiares de soldados estadounidenses, Army Times, un grupo de militares había armado un equipo que se dedicaba a matar civiles, a los que hacían pasar por talibanes, y que luego se quedaban con partes de los cuerpos como trofeos de guerra.
Si es verdad que, como decía el viejo Heráclito, la guerra es padre de todos, y que, “a unos ha acreditado como dioses, a otros como hombres; a unos ha hecho esclavos, a otros libres”, es posible que el estadounidense promedio y los académicos conservadores, para aceptar medidas de reanimación económica, necesiten de una guerra que logre unificar a toda la sociedad detrás del esfuerzo bélico, como ocurrió en los años cuarenta.
Pero desde Vietnam a esta parte, cada nueva incursión de tropas estadounidenses no deja más que un reguero de atrocidades, desde la masacre de la aldea de My Lay, en 1968, hasta las cárceles de Abu Ghraib y Guantánamo, pasando por otros “daños colaterales” registrados en estos años. Tal vez sea buen momento, entonces, para que la gran guerra, el padre de todos los combates, no consista en recurrir a la épica para poner en marcha las economías, sino en aplicar las energías de la sociedad en construir una ética. Una ética de justicia y de igualdad social.

Tiempo Argentino, 11 de Septiembre de 2010

Espías sin control

La imagen de los presidentes de Rusia y Estados Unidos, comiendo una grasosa hamburguesa en el restaurante Ray’s Hell Burger como dos colegiales que faltaron a clases, tal vez quería mostrar el nuevo clima entre los dos países que años ha podrían haber llevado al mundo a una guerra nuclear. Cuando Washington y Moscú eran sede de dos grandes potencias y tenían cada una a medio mundo bajo su influjo. Esa escapada era, supusieron los medios, una forma de mostrar de qué modo cambió todo desde la caída del muro de Berlín y cómo los últimos acuerdos en el ámbito nuclear se extendían a otros espacios políticos comunes.

Con lo que viene sucediendo desde entonces en el círculo del espionaje de ambas naciones, podría interpretarse que el Ray’s era el único sitio donde Dmitri Anatólievich Medvedev y Barack Hussein Obama II podrían confiarse algún secreto sin la incómoda presencia de micrófonos ocultos como los que seguramente pululan por los despachos oficiales.
Porque, es bueno recordarlo, no habían aún digerido la comida cuando el FBI anunció, con bombos y platillos, que se había desarticulado una amplia red de espías al servicio de Rusia que operaba en Estados Unidos desde hacía una dos décadas.
Entre la decena de presuntos agentes había una periodista peruana, Vicki Peláez, que durante años publicó una columna en un diario anticastrista de Miami; su marido, un fotógrafo que se hacía llamar Juan Lázaro, y una Mara Hari que según parece operaba en Gran Bretaña, Anya Kushchenko, más conocida como Anna Chapman, de insinuantes curvas y se dice que varios protagónicos en películas porno en su haber.
Voceros rusos salieron enseguida a comentar que había «muchas contradicciones» en las informaciones sobre la detención de los espías del SVR, el Servicio Ruso de Inteligencia Exterior. «El momento en el que se hizo fue elegido con especial delicadeza», deslizaron. Y por supuesto, como se usa en los protocolos diplomáticos, el Kremlin pidió explicaciones a la Casa Blanca. Pero todo se resolvió sospechosamente rápido. Los detenidos se reconocieron culpables ante la jueza federal Kimba Wood. Y a la semana fueron intercambiados por Igor Sutiagin y Seguei Skripa, que espiaban para EE.UU. y Gran Bretaña desde Rusia.
El operativo de canje fue armado como para Hollywood: en la mañana del 9 de julio un avión Jakolev Jak-42 blanco con bandera rusa descendía sobre Viena-Schwechat, el aeropuerto de la capital austríaca. No habrá sido casual la elección del lugar, ya que operan allí unos 3.000 agentes internacionales, dedicados al espionaje económico, científico, técnico y está la sede del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA). Después de la nave rusa bajó un chárter de la empresa Vision Airlines. Quedó bastante disimulada la escena de la permuta, pero es fácil imaginarla.

Megacanje
Los personajes implicados en la operación de megacanje fueron el director de la oficina que reveló el caso, y el titular de la CIA, la agencia que encabezó el canje. Robert Mueller ocupa su cargo en la FBI desde exactamente una semana antes del 11 de setiembre de 2001. Fue nombrado por George W. Bush luego de la renuncia del anterior jefe del espionaje interior, Louis Feeh, envuelto en el escándalo de Robert Philip Hanssen, un agente que había espiado para Moscú durante más de 20 años.
Leon Edward Panetta, en cambio, llegó a la CIA de la mano de Obama. Es un viejo militante demócrata sin experiencia previa en el mundo de la vigilancia. Fue una propuesta pensada para lavar la imagen de la agencia de espionaje más cuestionada.
Diez días más tarde, el diario The Washington Post comenzó la publicación de un extenso y profundo trabajo de investigación sobre las agencias secretas que operan en Estados Unidos. Se trata de una monumental pesquisa que demandó dos años
–o sea, desde que Obama se mostró como seria opción de poder en reemplazo de Bush– y ocupó a un equipo de 17 periodistas, diseñadores y fotógrafos.
Los datos más concluyentes de ese trabajo del matutino más cercano a los demócratas –conocido porque en los 70 publicó la trama de «Watergate» que volteó al gobierno del republicano Richard Nixon– muestran que desde ese fatídico 11 de setiembre de 2001, los servicios secretos se incrementaron hasta tal punto que actualmente hay 1.271 organizaciones gubernamentales y 1.931 compañías privadas relacionadas con el contraterrorismo, la seguridad interior y la inteligencia, que se extienden en unas 10.000 locaciones a lo largo de todo el país y que ocupan nada menos que a 854.000 espías.
Estas cifras muestran un universo de intereses impresionante, comparable al lobby bélico y militar sobre el que hace décadas alertaba el ex presidente Dwight Eisenhower, que podrían explicar en parte los hechos ocurridos desde aquella inocente hamburguesa presidencial.
El minucioso informe firmado por los periodistas Dana Priest y William Arkin, puede consultarse en (http://projects.washingtonpost.com/top-secret-america/). Allí se muestra que muchas de las oficinas superponen esfuerzos y están fuera de todo tipo de control estatal. Peor aún, que trabajan fuera de los códigos éticos o políticos que pretenda dictarle cualquier gobierno.
Un mapa incluye la ubicación de 786 sitios donde el Departamento de Defensa desarrolla tareas de inteligencia en todas sus particularidades (desde operaciones especiales hasta acciones psicológicas). Del total, 535 pertenecen al Departamento de Seguridad Nacional y 449 de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI). Además, hay 234 que dependen del Departamento de Justicia, 92 de la Dirección de Control de Drogas, 36 de la Agencia Central de Inteligencia, 34 de otras agencias civiles relacionadas con la «seguridad nacional» y 20 de la NSA, la Agencia Nacional de Seguridad, un departamento clave que concentra su actividad en el espionaje electrónico.
La base de la NSA está en Fort Meade, Maryland, considerada por el Post como «la capital de EE.UU. secreto». El diario señala que allí se desarrolla una tarea discreta, pero que tiene impacto en la sociedad. Cómo será de discreta que, dice el informe, «la mayoría de la gente no se da cuenta de que se aproxima, por ejemplo, al epicentro de Fort Meade, puesto que el sistema de orientación satelital (GPS) en sus automóviles empieza a dar direcciones incorrectas que atrapan al conductor, porque el gobierno interfiere con todas las señales», agrega.
La cuestión más peligrosa en términos de ciudadanía, sin embargo, es la cantidad de compañías privadas que tienen conchabo en el área del espionaje estadounidense. Y de personal contratado, casi un tercio del total. Unos 265.000 contratistas que, para las autoridades, representan un peligro ya que «son gente que trabaja sólo por la paga y no por vocación patriótica», corrobora el secretario de defensa Robert Gates.
El director de la CIA, Leon Panetta, declaró que trabajan en un plan de cinco años para reducir costos en ese rubro. Pero que aún dependen de los contratistas para hacer muchas tareas de inteligencia.
Algo importante parece estar ocurriendo en el secreto mundo de los agentes secretos. El caso es cómo seguirá esta historia.

Revista Acción, 1 de Agosto de 2010