por Alberto López Girondo | May 28, 2011 | Sin categoría
Hace un par de semanas, Barack Hussein Obama se sintió obligado a mostrar su partida de nacimiento para probar que realmente vino al mundo en Honolulu, el 4 de agosto de 1961. Por si quedaban dudas, a los pocos días ordenó a una tropa de élite que acabara con el peor de los males de los últimos diez años en la vida de los estadounidenses, según la óptica imperante. Así fue que mataron al líder de Al Qaeda, Osama bin Laden. Este lunes dio otra vuelta de tuerca, y se dio el gusto de visitar la localidad irlandesa de Moneygall, donde nació un tatarabuelo por parte de madre. Para dejar constancia de que también tiene algo de europeo.
La visita del 44º presidente de los Estados Unidos al Viejo Continente le sirvió para exponer ante el mundo esa voluntad de dominio que ya había ostentado cuando, a pocas horas del anuncio del operativo contra Bin Laden, declaró muy suelto de cuerpo: “Hemos vuelto. América probó que puede hacer lo que se proponga (“América can do whatever we set our mind to”, literalmente que “los Estados Unidos pueden hacer lo que nos pongamos en la mente”, o, diríamos en estas costas, “lo que se nos cante”).
Por supuesto que lo más fácil es interpretar esa frase como una bravuconada, una amenaza imperial al viejo cuño. Pero también puede ser la manifestación de debilidad. De una fragilidad que se puede entender en el marco de la crisis económica que taladra la base de la sociedad estadounidense y europea como no hay memoria en décadas y que amenaza a trabajadores estadounidenses tanto como a griegos, portugueses, españoles e italianos.
No es casual que el miércoles, en el Westminster Hall, el sector más antiguo del Palacio de Westminster, Obama reafirmara los fuertes lazos que unen a la corona británica con su antigua colonia como pretendidos defensores de la civilización y gendarmes del sistema capitalista. “La relación entre los Estados Unidos y el Reino Unido es el eje central de la seguridad para ambas naciones”, coincidió con el primer ministro David Cameron.
El Palacio tiene 900 años y apenas tres dignatarios extranjeros habían obtenido la gracia de dirigirse a las dos cámaras del Parlamento desde ese magno sitio desde fines de la Segunda Guerra Mundial: el francés Charles de Gaulle, el sudafricano Nelson Mandela y el Papa Benedicto XVI. Nunca un “americano”.
Obama resaltó la alianza, que se consolidó en la Primera Guerra –cuando el viejo imperio logró derrotar a sus enemigos continentales con la ayuda de Washington– y viró desde 1945, cuando el Reino Unido estuvo entre los ganadores de la Segunda, pero perdió definitivamente su influencia mundial y antes que salirse del escenario aceptó compartir el liderazgo como socio menor.
“Hoy, tras una década difícil que comenzó con guerra y terminó con recesión, nuestras naciones han llegado a un momento crucial una vez más. Una economía mundial que estuvo al borde de la depresión es ahora estable y se está recuperando”, se explayó Obama. Pero la frutilla del postre fue su caracterización de estos tiempos decisorios. “Quizás se argumenta que China, India, Brasil representan el futuro y que el momento de nuestro liderazgo ha pasado. Pero ese argumento es falso. La hora de nuestro liderazgo es ahora”, alardeó Obama ante políticos, representantes de la jerarquía eclesiástica y funcionarios gubernamentales.
Horas más tarde emprendió camino hacia Deauville, una pequeña localidad francesa en la Normandía donde se desarrollaría la Cumbre del G-8, que no es otro que el grupo de los siete países más industrializados del mundo –los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Canadá y Japón– más Rusia desde hace una docena de años. El dato no es trivial, porque Moscú, que acompaña a los países ricos como nación europea, también tiene puestos algunos huevos en la canasta de los BRICS, precisamente los países ninguneados por Obama en el Westminster Hall.
Tampoco es trivial el dato de que en las costas de Normandía se produjo, el 6 de junio de 1944, la Operación Overlord, el desembarco de 150 mil soldados aliados –73 mil estadounidenses y 83 mil británicos y canadienses– que pondría fin al avance de las tropas alemanas y decidiría el resultado de la guerra.
“Mordisqueado por los emergentes, el G8 resiste”, titulaba el diario Le Monde. Y The International Herald Tribune se preguntaba por cuánto tiempo más ese club de potentados en desgracia iba a poder manifestar alguna influencia. Por eso el “dueño de casa”, el presidente Nicolas Sarkozy, fue también explícito en su interpretación de lo que se decidía en esa cumbre. Y pretendieron marcar agenda con propuestas que no se parecieran a las del G-20, el grupo de los emergentes que tanto están desvelando a los dueños de la pelota. Así se explica que hayan llegado a hablar de la gobernanza de Internet. De tal manera que, aún en medio de la crisis del euro, se permitieron lujos de otras épocas, como anunciar una línea de crédito de 20 mil millones de euros para fomentar la democracia en Egipto y Túnez. Y volvieron a prometer que los días de Mummar Khadafi están contados.
Como era inevitable, el tema de un remplazo para el fervoroso ex director del FMI se coló en la cumbre. Y aunque el propio Sarkozy argumentó que no era potestad del G-8 nominarlo, el lobby de los ricos le dio vía libre a la candidatura de la ministra de Economía francesa, Christine Lagarde, una ahijada del establishment financiero mundial que vivió por 25 años en los Estados Unidos y garantiza las mayores seguridades a Wall Street.
Pero, claro, acá es donde se ve que los emergentes, si bien pueden no asustar todavía, si les da el cuero para preocupar. Porque ya anunciaron que no van a aprobar así como así lo que digan los poderosos. México ya anotó un candidato, mientras que Brasil dijo que hay que estudiar las cosas un poco más de tiempo y China propuso una votación abierta y que gane el mejor. En este marco podría entenderse la propuesta negociadora de Sarkozy de que sería bueno tener a un país latinoamericano como miembro permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Celso Amorim, el canciller de Lula da Silva, explicó cuál fue la estrategia de estos países que aspiran a desarrollarse y por los que ahora ponen las barbas en remojo en el norte: “Intentamos trabajar dentro de las Naciones Unidas, pero al mismo tiempo impulsamos reformas desde el exterior.” Y las evidencias de que así lograron cosas, según el ex funcionario brasileño, son que hubo algunas leves, tímidas reformas en el Fondo con DSK. “Nunca hubiera habido cambios en el sistema de cuotas si la presión llegaba sólo desde adentro del FMI; es realmente el empuje del G-20 el que provocó el cambio.”
Mientras tanto, en Buenos Aires un puñado de ministros de Defensa sudamericanos comienza a analizar nuevas formas de apoyo y seguridad comunes, sin injerencia de las potencias dominantes. Y en Honduras se logra el retorno del derrocado presidente Manuel Zelaya. No será la mejor solución para un golpe institucional, pero es una salida que permite dar cuenta de que ya no hay espacio para los viejos modelos antidemocráticos, impulsada por la Unasur.
Aquel 6 de junio fue conocido como el Día D, por el desembarco, pero podría asimilarse a los países desarrollados que intervinieron en la contienda. No falta mucho para el Día E, en que los emergentes –entre los que está la Argentina– recuperen definitivamente las riendas de su destino.
Tiempo Argentino, 28 de Mayo de 2011
por Alberto López Girondo | May 7, 2011 | Sin categoría
«Geronimo EKIA» (por las siglas en ingles de Enemy Killed In Action). Algo así como “Gerónimo, el enemigo, fue muerto en acción”. Con esta contundente frase, el todavía director de la CIA, Leon Panetta, anunció la eliminación de Osama bin Laden en un lejano suburbio de Islamabad. El rostro entre absorto y exaltado de la plana mayor del gobierno de Barack Obama contemplando la escena en tiempo real, como gusta decirse en tiempos de Playstation, algún día será el ícono más acertado para describir esos 38 minutos tan intensos en la vida de personas como la secretaria de Estado, Hillary Clinton.
Los voceros de los organismos públicos estadounidenses se apuraron a decir que Gerónimo no era el nombre clave de la operación (según parece, la habían bautizado Jackpot, como el Gordo de Navidad en la lotería) y ni siquiera aludía al líder de Al Qaeda. Pero ese detalle se lo van a tener que explicar a los ofuscados representantes de los pueblos originarios de Norteamérica. “Demuestra hasta qué punto la idea de indio igual a enemigo está incrustada en la mentalidad de este país”, se indignó Suzan Harjo, integrante de un grupo de abogados indios que presentaron una protesta en el Congreso de los Estados Unidos. “Es un insulto y un terrible error”, agregó Harlyn Gerónimo, quien vistió uniforme militar en Vietnam y es bisnieto del último jefe apache, perseguido durante casi tres décadas por las tropas federales en el territorio de sus ancestros, por entonces una amplia región de la actual frontera entre México y los Estados Unidos.
Goyaalé, (“el que bosteza”, en lengua chiricagua) había nacido en 1823 en Arizona, territorios llamados por los nativos como Bedonkohe. Su abuelo, Mako, llegó a ser cacique de la tribu. Cuando murió su padre, dice la historia, lo llevaron a criar a Chihenne y luego se casó con una mujer de la tribu nedni-chiricahua.
Ni él ni su pueblo jamás admitieron la ocupación de sus territorios por el hombre blanco, ya sea que hablara en castellano, como los mexicanos, o que fueran gringos. Pero el hecho que cambió su vida fue el ataque del coronel José María Carrasco al campamento que ocupaban. Corría el año 1858 y las tropas mexicanas esperaron a que los hombres no estuvieran para provocar una masacre en la que murieron la esposa, los hijos y la madre de Goyaalé, entre otros miles de nativos.
Sombrío, organizó una alianza con otro célebre indio, Cochise. Podría pensarse livianamente en venganza, pero en realidad era la última batalla por la subsistencia de los aborígenes del norte de América, acorralados en un territorio apetecido por la “civilización y el progreso”. Se dice que el nombre con el que pasó a la fama surgió durante uno de sus golpes de guerrilla contra los invasores. Armados de cuchillos, presentaron batalla contra fusileros mexicanos, que se encomendaban a San Jerónimo para aventar el miedo que les producía semejante acto de valentía. Un estadounidense creyó que esa imprecación se refería al nombre del impetuoso caudillo, que desde entonces fue conocido como Gerónimo, con G.
Las llamadas “Guerras Apaches” continuaron hasta que desde Washington pusieron toda la carne en el asador y mandaron a 5000 hombres del Cuarto Regimiento de Caballería, que después de eliminar a gran parte de la población indígena, logró la rendición de Gerónimo, en 1886. El cacique pasó el resto de su vida prisionero. Encerrado en Fort Sill, Oklahoma, fue llevado a olvidar a sus dioses y a convertirse al Cristianismo. La peor afrenta fue que, totalmente doblegado, lo pasearon como una de las maravillas del mundo en ferias y kermeses. Murió en 1909.
Presentado como atractivo extra en un desfile, estuvo frente a frente con el entonces presidente Theodore Roosevelt, tío abuelo de Franklin Delano. Hombre enérgico, Theodore, representa el espíritu de conquista estadounidense a caballo de los siglos XIX y XX. Por un lado, fue un ferviente defensor de la libertad de empresa, pero a la vez atacó a la concentración del capital –se enfrentó con el JP Morgan, sin ir más lejos– y todavía se recuerda que en persona puso fin a una huelga de mineros, consiguiendo lo que llamó un “acuerdo equitativo”, que consistió en un 10% de aumento y la reducción de la jornada laboral de 8 horas.
Al mismo tiempo, despreciaba en profundidad a negros, indios, asiáticos y latinoamericanos. Antes de llegar a la presidencia, Theodore Roosevelt había planificado la guerra contra España, que le permitió a los Estados Unidos extender sus dominios a Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Ya en la Casa Banca, pergeñó la revuelta en la que Panamá se independizó de Colombia, con lo que consiguió hacer el Canal bioceánico de acuerdo a los intereses de Washington. Construyó, también, la base de Guantánamo, en Cuba.
Pero se lo recuerda más por el lema Speak softly and carry a big stick, you will go far (Habla suave y carga un gran garrote, así llegarás lejos), convertida en doctrina del imperialismo estadounidense. Roosevelt obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1906, por haber mediado en la guerra rusojaponesa de un año antes.
Desde hace algunas semanas el gobierno de Barack Obama está dando señales de que quiere mantenerse a toda costa en la Casa Blanca. Y para eso decidió apelar a los más profundos sentimientos del pueblo estadounidense, sin importarle que deja de lado las consignas con las que en 2008 sedujo a los votantes más progresistas o incluso liberales.
Así fue que, lejos de desmantelar la cárcel de Guantánamo, como había prometido en la campaña, a principios de marzo pasado aprobó la reanudación de los juicios militares a los detenidos en esa prisión. Un mes más tarde, y cuando sus socios de la Otan se mostraban empantanados en Libia, ordenó el envío de aviones no tripulados para atacar a las tropas leales a Khadafi. Desde esta misma columna se alertó sobre las consecuencias que la aplicación de esas tecnologías letales ya venían trayendo para las relaciones con Pakistán (“Depredadores electrónicos”, 23 de abril).
La semana pasada nuestro panorama “El modelo Petraeus” terminaba recordando: “Panetta alguna vez recomendó a Obama que ante cualquier duda sobre algún tema en el que el Pentágono tuviera opinión, lo más recomendable sería seguir la línea que le marcaban los militares. Últimamente le está dando la razón.” El mismo día en que salió publicada, la OTAN mató a un hijo de Khadafi y a tres nietos en un ataque a una de sus residencias. Y el domingo tropas estadounidenses hicieron lo propio con Osama bin Laden.
La información para llegar al líder de Al Qaeda, reconoció Panetta, fue obtenida en Guantánamo con métodos de tortura. Para cuando Obama dio la orden de aniquilar a Bin Laden, se daban a conocer nuevas filtraciones sobre la barbarie cometida en esa base de la isla de Cuba. Y, según sospechas generalizadas, en cualquier momento se iba a difundir el nombre de la fuente a la que se le sacó el dato exacto luego de sesiones de ablandamiento brutales. Igual trato está recibiendo el soldado que habría hecho las filtraciones WikiLeaks, Bradely Manning. Quien sabe algún día vayan a exponerlo como hicieron con Gerónimo.
Después de todo, Obama también es Premio Nobel de la Paz. Y aceptó ejercer la política del Big Stick, el Gran Garrote.
Tiempo Argentino, 7 de Mayo de 2011
por Alberto López Girondo | Abr 30, 2011 | Sin categoría
Estos son los líderes que elegí para ayudar a guiarnos a través de los difíciles días que vendrán.” Con estas palabras, el presidente Barack Obama anunció una serie de enroques en un área altamente sensible de su gestión como es el saturado frente bélico estadounidense. Lo hizo cuando se conocían filtraciones de WikiLeaks sobre la barbarie cometida en la cárcel de Guantánamo. Fue también cuando tuvo que sacar a relucir su partida de nacimiento para demostrar de qué lado de la frontera nació. Rara coincidencia.
Los cambios pasan por el retiro del secretario de Defensa, Robert Gates, que había sido designado por George W. Bush. En cadena, el actual titular de la CIA, Leon Panetta, tomará el lugar que deja vacante Gates y el hasta ahora jefe de las operaciones de la OTAN en Afganistán, el general David Petraeus, ocupará el sillón principal en la agencia de los espías estadounidenses.
Las razones que esgrimió el mandatario fueron de orden práctico, pero debajo de esta decisión hay una puja sobre el rumbo en la política exterior de Washington ante el escenario que plantean los levantamientos en el mundo árabe, los resabios de la invasión a Irak y la ocupación de Afganistán, que para la mayoría de la población de los Estados Unidos se convirtió en una pesada carga, no sólo económica sino moral.
Es así que los analistas se devanan los sesos tratando de adivinar cómo reaccionarán los distintos actores de esta movida presidencial. Y sobre todo en la CIA que, como resaltan al unísono, no es una oficina demasiado dispuesta a dejarse dirigir por ajenos “que creen saber más” que quienes la vienen remando desde adentro, según sugieren Adam Goldman y Kimberley Dozier para la agencia AP.
Los especialistas en la trama de la inteligencia estadounidense se relamen para ver cómo Petraeus abordará su nuevo trabajo en “la compañía”. Robert Dreyfuss, en The Nation, descuenta que el general de cuatro estrellas se las verá difíciles frente a un personal en su mayoría civil, famoso “por haberse masticado y escupido a los jefes que no les gustan”. Como pasó con James Schlesinger en 1973 y Porter Goss en 2006. Irónico, Dreyfuss agrega que si tuviera que apostar en una guerra entre “Petraeus y los burócratas de la CIA y sus agentes operativos, yo me quedaría con el personal de la CIA”.
Sin embargo, el prestigioso general tiene avales como para dar batalla en las oficinas de Langley, en Virginia, y de asentarse –como parece que lo están tentando− hacia una carrera política. Ente los lauros de Petraeus, que sucedió al controvertido y dicharachero Stanley McChrystal en el comando de las tropas en Irak y Afganistán, se cuenta un trabajo que culminó en 2006: la actualización del Manual de Contrainsurgencia, que venía de la época de Vietnam y modernizó sus consignas para aplicarlas en tierras árabes luego del 11-S.
El militar, además, se opone a la retirada de tropas de combate de la región, donde según su dossier, todavía da para quedarse y desplegar en toda su extensión las teorías desarrolladas en el Manual, conocido en sus siglas militares como COIN, que significa literalmente “moneda”.
El plan, que inauguró McChrystal, combina tácticas de la más dura línea militar con políticas de seducción a los pobladores. “Uno puede ganar batallas y perder la guerra”, piensa Petraeus. Por eso en uno de los apartados del trabajo (que puede consultarse en ) sostiene que el éxito del COIN requiere alejar a los terroristas del lugar, luego consolidar estrechas relaciones con los habitantes –conociendo no sólo el idioma sino también las costumbres y tradiciones− y más tarde crear las bases para que esa relaciones fructifiquen en instituciones que garanticen que “la subversión” no vuelva. Esto implica el establecimiento de un gobierno legítimo apoyado por la población −cosa que no se hizo en ninguno de los países donde se empleó, como es notorio− y una gran cantidad de tropas durante bastante tiempo. Quizás hasta que una nueva generación “entienda” de qué viene la ocupación.
El convencimiento, supone el estudio, vendrá de acciones en concreto que en su momento entusiasmaron a la actual secretaria de Estado, Hillary Clinton. Puesto que la doctrina de contrainsurgencia exige que los servicios sociales en zonas de guerra −las escuelas, la justicia, el desarrollo económico− sirvan como apoyo de las acciones de los militares.
“Usted no puede luchar contra ex saddamistas y extremistas islámicos del mismo modo que lo hizo contra el Viet cong, los Moros (filipinos musulmanes) o Tupamaros; la aplicación de principios y fundamentos para tratar a cada uno varía considerablemente”, dice el voluminoso expediente elaborado por un equipo que dirigió Petreus, egresado de West Point, la academia militar estadounidense, en 1974, un año después de la derrota en Vietnam.
Entre las técnicas bélicas, el COIN propone el uso de toda la tecnología vigente y sobre todo de imágenes satelitales y de aviones no tripulados Predator. Por eso es que la CIA cada vez trabaja más estrechamente con el Pentágono en todo el mundo, ya que la información básica sobre qué objetivos atacar desde las centrales de comando de los drones debe ser provista por la central de inteligencia. Pero sucede que ya hubo demasiados “errores” y “daños colaterales”.
Por eso, el cambio de un hombre del Pentágono −y el más prestigioso de ellos, con título universitario en Relaciones Internacionales en Princeton y todo− tiene también sabor de ajuste de cuentas. Es que en el geométrico edificio militar se acusa a los espías de recopilar data pero no compartirla con sus colegas uniformados, lo que obliga a crear fuentes de información duplicadas.
“Como un consumidor permanente de inteligencia, sabe que la inteligencia debe ser oportuna, precisa y actuar en forma rápida”, dijo Obama cuando dio cuenta del nuevo rol de Petraeus. “Entiende que mantenerse un paso por delante de adversarios ágiles requiere intercambio y coordinación de la información.”
Petraeus buscará solucionar este problema y fortalecer las operaciones de la agencia, pero además ya dio señales hacia el sector militar. Como que McChrystal fue declarado inocente de cualquier ilícito en la investigación que hizo el Pentágono sobre las declaraciones que publicó el año pasado la revista Rolling Stone y que derivaron en su despido como máximo comandante de las tropas estadounidenses en Asia.
El informe oficial, difundido hace diez días, resalta que al citar a individuos no identificados cercanos a McChrystal, “el artículo le atribuyó al general declaraciones despectivas sobre miembros del grupo de seguridad nacional del presidente Barack Obama, incluido el vicepresidente Joe Biden”, que no se pudo probar que haya hecho realmente.
El documento firmado por el Departamento de Defensa sostiene que la evidencia disponible no alcanza para concluir que McChrystal haya violado alguna norma legal o ética aplicable. Cuando echó a McChrystal, Obama dijo que se había comportado por debajo de “los estándares que debe establecer un general al mando”. Ahora, para resarcirse, lo designó al frente de un organismo que asesorará a familias de militares que padecen las consecuencias de las guerras.
Dicen que Panetta alguna vez recomendó a Obama que ante cualquier duda sobre algún tema en el que el Pentágono tuviera opinión, lo más recomendable sería seguir la línea que le marcaban los militares. Últimamente le está dando la razón.
Tiempo Argentino, 30 de Abril de 2011
por Alberto López Girondo | Mar 5, 2011 | Sin categoría
Está en el lado equivocado de la historia”, evaluó Barack Obama, y sonó contundente. Por las dudas, quiso reforzar: “Voy a ser muy poco ambiguo sobre esto. El coronel Muammar Khadafi tiene que dejar el poder y marcharse.” El presidente estadounidense indicó luego que los EE UU estudia “toda una gama de opciones” para aplicar en Libia. Si uno se guía por el pasado de incursiones neocoloniales en el mundo, no podría menos que considerarlo una amenaza de intervención armada. Con una escalada que podría comenzar, por ejemplo, con una zona de exclusión aérea sobre el país norafricano, para impedir que la aviación leal a Khadafi ataque a las fuerzas opositoras.
Las palabras de Obama parecen una respuesta a la presión que el espectro conservador viene desplegando para que el Pentágono tome cartas en el problema libio a la usanza de los buenos viejos tiempos. Es así que unos 40 “neocons” enviaron una carta al actual ocupante del Salón Oval para pedirle, también sin ambigüedad, una intervención militar y terminar con Khadafi. “Libia está en el umbral de una catástrofe moral y humanitaria”, dice la nota, en la que se detallan una serie de operaciones posibles, como el incremento de sanciones y el pedido a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para que “desarrolle planes operativos a fin de desplegar con urgencia aviones de guerra”.
Entre los signatarios de la carta figuran cuatro personajes muy cercanos a Bush hijo: su ex subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz; su principal asesor sobre Medio Oriente, Elliott Abrams; y dos ex redactores de sus discursos, Marc Thiessen y Peter Wehner.
Pero algo cambió en las relaciones internacionales últimamente. Algo que percibe la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, quien le puso un manto de sutileza histórica al problema Khadafi. “Una de nuestras mayores preocupaciones es que Libia no se hunda en el caos“, declaró la funcionaria, para explicar: “Los sangrientos enfrentamientos podrían provocar condiciones como en Somalia, que carece hace varios años de un Estado central.”
La operación Devolver la esperanza había comenzado con Bush padre, y terminó en un rotundo fracaso en marzo de 1995, cuando Bill Clinton y la ONU decidieron abandonar Somalia, que quedó en manos de un rosario de señores de la guerra enfrentados a muerte. Aquella intervención tuvo un costo diez veces mayor que la ayuda humanitaria que pretendía sustituir, y fue el despliegue militar estadounidense más grande en ese continente. El extremo del Cuerno de África sigue sin gobierno ni instituciones, dividida en tres proyectos de países que piden reconocimiento de Naciones Unidas (Somalilandia, Puntland y Somalia).
Bill Clinton, como se sabe, es el esposo de Hillary. De manera que ella conoce aquel fracaso en vivo y en directo. Pero también en el Pentágono saben qué se quiere decir cuando se habla de intervención bélica. Y se les frunce la nariz.
En abril de 1986, siendo presidente Ronald Reagan, cazas norteamericanos atacaron Trípoli y Benghazi, en una operación que dejó unos 100 muertos –entre ellos una hija de Khadafi– en represalia por el estallido de una bomba en la discoteca berlinesa “La Belle”, predilecta de los soldados estadounidenses apostados en Alemania, donde murieron tres personas. Reagan había anunciado un golpe “quirúrgico y proporcionado” contra el país acusado por el atentado. Pero Khadafi salió fortalecido. Otras intervenciones que recuerdan en los despachos militares son la invasión a Afganistán y a Irak, que tampoco fueron grandes éxitos políticos.
Es cierto que unos 400 marines de la II Unidad Expedicionaria Marina, con base en Carolina del Norte, desembarcaron en la isla de Creta. Y que también llegaron al Mediterráneo barcos anfibios de asalto. Pero el secretario de Defensa tamizó un poco la cosa. “Las consecuencias de nuestros actos tienen que ser ponderadas muy cuidadosamente. Tenemos que pensar antes de que se use a las fuerzas militares estadounidenses en otro país”, dijo con toda claridad Robert Gates.
En similares términos se manifestó el jefe del Estado Mayor, Mike Mullen, quien cuestionó una de las medidas en análisis, como la creación de una zona de exclusión aérea, por considerarla una operación “extraordinariamente compleja”. En off, resaltó Peer Meinert, de la agencia dpa, los uniformados estadounidenses comentaron que una intervención de los Estados Unidos confirmaría el argumentos de Khadafi, de que la oposición está fogoneada por lacayos de EEUU, que no tienen ningún interés en la democracia sino sólo en el petróleo. Sería como un balazo en el propio pie, sostienen.
Tampoco hay consenso en el núcleo fuerte de la ONU. Guido Westerwelle, ministro alemán de Relaciones Exteriores, comentó que una acción militar ni siquiera estaba en la agenda, y que además, Alemania se opone. China ya había adelantado su repudio al uso de armas, mientras que Rusia rechazó la idea por “superflua” y pidió respetar las sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad. El canciller italiano, Franco Frattini, descartó a su turno cualquier intervención militar por “razones obvias”. Italia ya tuvo su propia aventura bélica en África, entre 1911 y 1943, y con eso le basta.
Para Obama, abrumado aún por la derrota electoral de noviembre pasado que lo puso a merced de los republicanos en el Congreso, y del Tea Party y sus representantes en los medios más recalcitrantes de la derecha, una acción armada siempre puede ser una opción interesante para fijar agenda exterior y desviar los temas que afligen en política interior.
También de esto podría hablarle su secretaria Hillary Rondham Clinton.
Porque como primera dama tuvo que esquivar las dentelladas de los republicanos cuando estalló el affaire de Bill Clinton con la becaria Monica Lewinsky. El caso, según terminó por confesar él, “fue una relación inapropiada”, que permitió la chanza casi cantada de que gobernaba desde el Salón Oral. “Es una operación de la derecha, es inocente”, juraba ella.
El tema fue tomando espesor político en los primeros días del ’98. Y muy pocos dudaron de que el incremento de las presiones contra el régimen de Saddam Hussein eran una forma de desviar la atención.
Porque a medida que el escándalo iba comprometiendo al gobierno, también aumentaba la embestida contra Irak. El 9 de diciembre, un comité del Congreso aprobó un juicio político contra el presidente. El 16, Clinton y el entonces premier britanico Tony Blair deplegaron la operación Zorro del Desierto, el mayor de los bombardeos mientras que Hussein estuvo en el poder. En febrero de 1999, un Clinton recuperado fue absuelto de culpa y cargo por el Senado de los EE UU.
Tal vez la duda con Libia es que ni Obama ni Hillary tienen relaciones inapropiadas. Que se sepa.
Tiempo Argentino, 5 de Marzo de 2011
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