por Alberto López Girondo | Sep 1, 2012 | Sin categoría
La elección del compañero de fórmula del republicano Mitt Romney es toda una definición sobre el cariz de este final de campaña para los comicios nacionales de noviembre, en los que el presidente Barack Obama se juega por la reelección. Ex gobernador de Massachusetts, Romney –que hizo su fortuna con fondos de inversión y no muestra demasiada claridad en sus cuentas fiscales–, eligió como aspirante a vice a un católico de 42 años de Wisconsin, Paul Ryan, experto en recortes presupuestarios.
Los estadounidenses que votan –que usualmente no llegan a ser ni la mitad de los ciudadanos habilitados para hacerlo, en un universo de por sí restringido por impedimentos legales a grandes porcentajes de la población– deberán elegir presidente y definir de ese modo el rumbo que seguirá el país en los próximos 4 años. El actual ocupante de la Casa Blanca, Barack Obama, va por un nuevo mandato en un marco particularmente hostil, dominado por la profunda crisis económica que afecta al país del norte desde el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008. A su favor puede mostrar la aprobación de la reforma a la ley de salud, recientemente avalada por la Corte. En la columna del debe, no faltan quienes señalan como su principal promesa incumplida, no haber desmantelado la base militar de Guantánamo. Otras críticas se focalizan en que no pudo cambiar el rumbo decadente de la economía ni reducir el índice de desempleo a menos del 8%.
«Hemos creado 4,5 millones de nuevos puestos de trabajo en los últimos 29 meses y 1,1 millón de empleos nuevos este año», se justificó a principios de agosto el presidente para admitir a continuación que «aún hay muchos compañeros allí afuera que están buscando trabajo».
Manos de tijera
Pero muchos de esos «compañeros», curiosamente, se inclinan por supuestas soluciones cada día más afines al discurso de la derecha, un dato no menor que se refleja en el candidato elegido por los republicanos y también en quien lo secunda en la oferta electoral. Porque Ryan, joven, atlético y de ojos azules, es el niño mimado del mayor grupo de presión dentro del partido conservador, los ultramontanos del Tea Party, quienes se encargaron de bloquear todo intento progresista de Obama. Del compañero de fórmula de Romney admiran especialmente su apego por las tijeras como único modo de resolver la crisis que envuelve al país, pero sobre todo por el lugar hacia adonde apunta el filo: los planes sociales.
A finales de junio, la Corte Suprema convalidó la constitucionalidad de la única modificación fuerte que hizo Obama desde que, pleno de expectativas, llegó a Washington en los albores de 2009: la reforma del sistema de salud. Una retahíla de gobernadores republicanos y fundaciones neoconservadoras habían presentado demandas contra la reforma sanitaria porque entendían que alteraba un principio básico de la Constitución como es el de la libertad individual. Es que la ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible, según su denominación técnica, penaliza a quien no tenga un seguro de salud, ya sea personal o estatal, es decir, lo obliga a estar cubierto.
El espaldarazo judicial a la ley fue aprobado con el voto positivo de cinco magistrados contra cuatro. Sonó a triunfo rotundo, pero poco duró el envión y las encuestas reflejaron que no cambiaba demasiado el humor de los votantes de cara a noviembre.
«La reforma del sistema de salud, que para estándares europeos es una medida tímida, para los Estados Unidos es lo más cerca que estuvieron de una experiencia revolucionaria en los últimos años», acota Gabriel Puricelli, presidente del Laboratorio de Políticas Públicas y uno de los pocos invitados argentinos a la Convención Demócrata, la ceremonia donde formalmente es ungido el candidato a la presidencia por el partido, que este año se desarrolla en el edificio Time Warner Cable Arena de Charlotte, Carolina del Norte. Efectivamente, como señala este especialista en el entramado político estadounidense, el proyecto fue presentado con pompa y circunstancia ni bien Obama se asentó en su despacho, pero encontró rechazo incluso entre muchos legisladores demócratas y tuvo que negociar a la baja la mayoría de sus artículos.
«Esta es realmente una gran victoria para nosotros, a pesar de todas las dudas que me genera esta ley», festejó Michael Moore, el cineasta que con su documental SickO alertó sobre la inhumanidad que subyace en el sistema sanitario que en los 70 impuso Richard Nixon.
Sin embargo, no es sólo por razones ideológicas que esta apocada ley está en el centro del debate de la campaña. Una de las explicaciones de las resistencias de la derecha a la tímida reforma de Obama, según el sociólogo estadounidense James Petras, es que el poder real de su país defiende una clara política de recorte a los programas sociales para solventar el aparato represivo, con énfasis en «contratistas (mercenarios) policiales y militares privados y operaciones clandestinas en todo el mundo».
Petras viene advirtiendo en los últimos años –desde los 90, pero particularmente luego de los atentados a las Torres Gemelas– acerca de un notable crecimiento de lo que llama el «Estado policial», con la creación vertiginosa de agencias, organismos y departamentos de vigilancia y control sobre millones de personas que en forma totalmente secreta son catalogados como virtualmente peligrosos para las instituciones estadounidenses. Petras pone en la misma bolsa a todos los gobiernos, desde George Bush padre hasta Obama y aporta datos para demostrarlo. «El presupuesto militar pasó de 359.000 millones de dólares en 2000 a 544.000 millones en 2004 y 903.000 millones en 2012», recalca el docente universitario y autor de decenas de libros donde desnuda el sistema imperial de su país.
Pablo Pozzi es otro conocedor de lo que ocurre al norte del Río Bravo. Titular de la cátedra Historia de los Estados Unidos en la Universidad de Buenos Aires, pone el dedo en la llaga de Guantánamo, como ejemplo de lo que Obama prometió, que podría haber hecho «en los primeros cien días de gobierno y no hizo» y representa un punto débil ante su electorado de centroizquierda.
«Votantes de las grandes ciudades, jóvenes que no son evangélicos, liberales y sectores progresistas, son muy críticos de la política exterior de Obama, ellos esperaban más. Esperaban efectivamente que Guantánamo se cerrara, que se volviera al Estado de Derecho, que se pusiera fin a la Patriot Act (ley que con la excusa de combatir el terrorismo avanza sobre las libertades individuales), que hubiera algún tipo de propuesta más coherente y más inmediata de retirada de Irak y Afganistán».
La guerra y la paz
«¿Es una masa importante de gente la que piensa como esos sectores progresistas?», pregunta Acción. «Es gente relativamente influyente, personas que en Nueva York manejan medios de comunicación y poder económico», dice Pozzi.
En coincidencia, Puricelli destaca que en este punto el presidente se quedó a mitad de camino, porque «el cierre de Guantánamo era totalmente consistente con el retiro anticipado de Irak. No cerrar Guantánamo tiene costos para Obama. Hay un sector de la izquierda del partido demócrata, particularmente de la sociedad civil, de la academia, que se movilizó muy fuertemente en su primera campaña y que priorizaba el cierre de Guantánamo. A nivel simbólico lo veía casi como más importante que retirarse de Irak, porque Guantánamo daña la legitimidad internacional de los Estados Unidos y es absolutamente contrario a los mejores principios constitucionales a los que adhiere la izquierda realmente existente de los Estados Unidos».
El cineasta Moore representa a ese sector y ni bien la Academia Sueca la otorgó a Obama en 2009 un sorpresivo Premio Nobel, le escribió una carta personal a Obama en la que le dijo: «Usted está realmente en una encrucijada. Puede escuchar a los generales y expandir la guerra (sólo para dar lugar a una previsible derrota) o puede declarar terminadas las guerras de Bush y traer todas las tropas a casa, ahora. Eso es lo que un verdadero hombre de paz haría. No hay nada malo en que usted haga lo que el último tipo no pudo hacer –la captura del hombre o los hombres responsables de los asesinatos en masa de 3.000 personas el 11 de setiembre–. Pero no puede hacerlo con tanques y tropas».
Que no iba a cumplir con lo que se espera de un Nobel de la Paz ya lo habían advertido otros intelectuales de Estados Unidos. El lingüista y docente del MIT, Noam Chomsky, desconfiaba incluso desde antes, de cuando ganó la interna demócrata. Pero fue más duro en una reciente entrevista con Democracy now, el programa de Amy Goodman. «Si a la administración Bush no le gustaba alguien, lo secuestraban y lo enviaban a las cámaras de tortura. Si la administración Obama decide que no le gusta alguien, lo asesinan, por lo que no tiene que tener cámaras de tortura por todas partes». La referencia es clara hacia los asesinatos selectivos y la utilización de drones, los aviones no tripulados que hacen estragos en Pakistán, Afganistán y se extienden ahora a otros países árabes.
¿Quiso Obama hacer algo distinto y no pudo? Según Puricelli, «en su política exterior hay una intención y algunas medidas prácticas para posicionarse de una manera distinta, sobre todo en Oriente Medio y a partir de su discurso en el El Cairo, al principio de su mandato, de jugar un rol muy cauteloso como lo hizo frente a la Primavera Árabe, que ha dado mucho más margen a Arabia Saudita y Catar. Hubo una reorientación de la política exterior con una línea mucho menos intervencionista, de respetar un poco el proceso doméstico de cada país pero, al mismo tiempo, todos los programas que tiene en marcha el Complejo Militar Industrial y el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas han seguido su curso como si no hubiera cambiado el gobierno. Yo creo que con Guantánamo encuentra una correlación de fuerzas que no le permite hacerlo. El retiro de Irak lo hace y Guantánamo no lo hace».
Por eso, lo que Obama pudo exhibir como un triunfo puertas adentro de Estados Unidos, como el homicidio de Osama bin Laden, en mayo de 2011, no alcanzó para levantar el crédito en una gestión que no pudo bajar el índice de desocupación de forma significativa y peor aún, hacer crecer la esperanza respecto a que la economía funcionará mejor con él. La crisis económica pone en riesgo empleos y la esperanza de un futuro para millones de votantes que aceptarían cualquier promesa, según reflejan las encuestas, a pesar de que ya conocen la medicina de la restricción presupuestaria.
Malas influencias
Para Pozzi, «hay una escisión profunda en la sociedad norteamericana, entre los que tienen y los que no tienen; evangélicos y no evangélicos; grandes ciudades y ciudades del interior. Hay un corrimiento de la sociedad hacia la derecha que explica el ascenso de Romney. Y es una cantidad de gente muy grande de jóvenes seducidos por las tendencias evangélicas o fundamentalistas cristianas, incluyendo a una cantidad de gente pobre o humilde».
Cabría acotar que esa tendencia no comienza con el actual mandatario. Y que incluso Obama es consciente del laberinto en que está metido. «El resultado concreto de su administración ha sido una política centrista si somos buenos, y de ciertos corrimientos hacia la derecha si somos malos. O sea, él se para y dice que él personalmente está a favor del matrimonio igualitario para captar el voto de la comunidad gay que es muy importante, pero al mismo tiempo no hace nada al respecto», señala Pozzi, que se autodefine como único historiador de Estados Unidos en la Argentina.
Resulta relevante, por cierto, la influencia de fundamentalistas como el movimiento Tea Party y los sectores ultrarreligiosos que no sólo condicionan al conservadurismo más retrógrado dentro de la sociedad, sino al propio seno de los dos partidos con chances de ganar las elecciones. Inserción manifiesta, como es obvio, entre los republicanos, que en las primarias eligieron entre Rick Santorum, un católico antiabortista y antigay, o Mitt Romney, un mormón igualmente antiabortista y antigay, y que ahora logró unir ambas tendencias con el dúo Romney-Ryan. Además, como señala la lúcida Bryce Covert en The Nation, defiende una política que afectará principalmente a las mujeres, porque eliminar los ya escuálidos programas sociales repercutirá en primera instancia en ellas, que son beneficiarias de un 70% de los planes. Habrá que ver entonces si los ojos azules le alcanzan.
Los próximos 4 años
Se supone que un Obama ganador tendría posibilidades de concretar lo que no pudo lograr en su primer mandato, debido a que otros 4 años le permitirían no estar tan pendiente de complacer a un electorado que será necesario para quedarse en el Salón Oval. Pero si en los primeros días de su gestión, cuando tenía todo el viento a favor y el empuje del triunfo electoral, no hizo nada fuera del esquema habitual de los mandatarios estadounidenses, sería poco esperable que haga algo diferente ahora. Y, además, su campaña no cambió los ejes de la anterior de un modo drástico. Pone énfasis, sí, en aumentar impuestos a los ricos, algo que no logró hacer en este período y que le permite justificarse diciendo que la mayoría republicana no dejó resquicio para que fructificaran esas iniciativas. Pero es posible que ese punto se relacione también con que su contrincante en ese sentido está «flojo de papeles» con una fortuna calculada en 250 millones de dólares convenientemente oculta en los pliegues de paraísos en las Islas Caimán.
La cuestión es si llegaran a ganar los republicanos. Para Puricelli, si esto ocurre, «Estados Unidos en vez de jugar este rol de defensor del estímulo frente a la crisis internacional que encarna Obama, se podría correr a la lógica de austeridad de Merkel, suponiendo que Merkel llegara a enero del año que viene si continúa bancando las políticas de austeridad, algo que hoy en día es difícil de prever». Para Pozzi, un triunfo del ex mandatario de Massachusetts implicaría «un retorno a las peores formas de intervencionismo norteamericano de la época de Bush».
Romney mostró algunos de esos rasgos brutalmente imperiales en estos últimos meses. El ex gobernador de Massachusetts alcanzó cierta fama de buen gestor en su momento cuando salvó del desastre las Juegos Olímpicos de Invierno de 2002 realizadas en Salt Lake City, que venían de una serie de escándalos de corrupción en la junta organizadora y pasaron a la historia como las mejor desarrolladas en la historia de ese país. Ese antecedente le sirvió de trampolín para la gobernación de su estado y hace unas semanas para estar como invitado en los juegos de Londres. Pero allí mostró la hilacha: primero cuestionó, como si fuera un ciudadano británico, que justo en el momento en que se llevaba a cabo las Juegos Olímpicos aparecía la información que una empresa de seguridad privada «no tiene suficientes empleados y hay una supuesta huelga de los empleados de inmigración y aduanas, algo que no resulta muy alentador». Para rematar puso en duda el éxito del evento: «Es difícil saber cómo va a acabar saliendo todo». Un puñetazo demoledor en el rostro del conservador David Cameron que le granjeó, además, las pullas más feroces de los diarios sensacionalista de la isla.
En su visita a Israel no fue más diplomático. Se encargó de tranquilizar a los sectores más duros del gobierno de Benjamín Netanyahu con un «hay que emplear todas las medidas posibles para poner fin a la deriva nuclear del régimen iraní». Para luego levantar polvareda al declarar que Jerusalén es la capital de Israel. Un tema controversial en vista del pedido de admisión de Palestina como Estado pleno ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Revista Acción, 1 de Septiembre de 2012
por Alberto López Girondo | Sep 3, 2011 | Sin categoría
Casi a la misma hora en que el Congreso de los Diputados daba en Madrid las últimas puntadas para aprobar masivamente una reforma a la Constitución española intentando calmar la histeria de “los mercados”, unos 500 jóvenes chilenos practicaban una original protesta en la Plaza de Armas de Santiago dentro de su plan de lucha para modificar el sistema educativo del país trasandino: “La Besatón Mundial por la Educación”.
Entre beso y beso, los jóvenes buscan llamar la atención de la sociedad y poner fin a un modelo instaurado a sangre y fuego desde 1973 en una de las más brutales dictaduras que padeció el continente. Los representantes políticos españoles pretenden, en cambio, dar señales a los volátiles sistemas financieros de que harán buena letra por obligación –cuando no por convicción– cosa de que el modelo económico construido por los europeos no se termine de desmoronar.
Es interesante desmenuzar estos momentos decisivos y cómo responden las dirigencias políticas y el grueso de la sociedad en cada caso, porque el sistema educativo chileno es apenas un aspecto de un modelo experimental pergeñado en la escuela de Chicago por el Nobel de Economía Milton Friedman y sus acólitos. Pero un aspecto fundamental, ya que el neoliberalismo más crudo necesita para sustentarse de un alto nivel de desigualdad. O más claramente, de una escasa zanahoria delante de un largo palo que pocos puedan alcanzar, cosa de que los que lleguen terminen valorando en un grado tan superlativo el esfuerzo empleado que luego no quieran suavizar el camino de los que vienen detrás.
Una educación igualitaria es la base para una sociedad más democrática. Pero un régimen igualitario precisa de un Estado que se encargue de reducir las diferencias a la hora de la partida, para que todos puedan tener acceso a las condiciones más justas durante la carrera. Generaciones acostumbradas al rigor de hipotecar su futuro pagando una educación privada se comportarán mayoritariamente con criterios regresivos. “Si yo todavía no terminé con mi hipoteca, no veo razones para que otros no paguen también”, sería el pensamiento inconsciente.
Algo parecido sucede con el sistema de salud estadounidense, hijo de la misma escuela del rigor individualista neoliberal, donde también será necesaria una hipoteca sólo para mantenerse sano. Por eso despertó semejantes críticas en los ámbitos conservadores la ley que impulsó Barack Obama. Una ley que terminó siendo escuálida en relación con la propuesta original, pero suficiente como para granjearse la enemistad eterna de grupos como los Tea Party, que de ganar en las próximas elecciones ya adelantaron que buscarán el modo de tirarla abajo.
Con timideces como esa de Obama se construyó el modelo democrático chileno, que durante 20 años comandó la Concertación, la misma coalición centroizquierdista que pudo vencer la continuidad del dictador Augusto Pinochet pero que desde entonces muy poco cambió del esquema amañado, a través de la Constitución, que el militar dejó como presente griego que garantizaría estabilidad por muchos años a costa de justicia social. Una Constitución, esto hay que decirlo, elaborada sin bases democráticas porque la sociedad no pudo expresarse con total libertad. Y que, por otro lado, bloquea la realización de un plebiscito que podría terminar con los debates en torno de la educación. “Sabia” medida para que los pueblos no cambien las reglas que benefician a los poderosos.
Por eso, el reclamo de los estudiantes es como un puñal hondamente clavado en el sistema político chileno, porque apunta a uno de los pilares del modelo neoliberal y, además, plantea una consulta popular que representaría una profundización democrática que la dictadura se había cuidado de obturar. No es casual que para votar en Chile sea necesario inscribirse y por desidia o desinterés en que las elecciones vayan a cambiar la vida de nadie, hay 4 millones de jóvenes que no sufragan. Son esos mismos que, sin embargo, tienen capacidad pensante, de movilización y también para besarse en los espacios públicos, para escándalo de dictadores que se remueven en sus tumbas.
En España, los jóvenes indignados llenaron plazas y paseos públicos en vísperas de los comicios autonómicos de mayo, que ganaron los conservadores del Partido Popular. Pero la crisis económica –nacida de hipotecas, aunque de propiedades inmobiliarias y no para pagarse los estudios– no se detuvo. Fue así que el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, aceptó la tesis paneuropea de imponer ajustes cada vez más severos, y como última escapatoria, llamó a elecciones para una fecha clave como es el 20 de noviembre.
Ese día, en 1975, moría el dictador Francisco Franco, que también se fue de este mundo dejando las bases para una democracia tutelada, quiéranlo admitir o no los españoles. Porque en lugar de una república, a la que había destruido con su golpe en 1936, dejó una monarquía y designó al rey Juan Carlos de Borbón. Un rey que abrió el juego para la Constitución de 1978, y los acuerdos de gobernabilidad que permitieron una alternancia como Dios manda desde esa época. Y que llevaron a un crecimiento importante de su economía, hasta que estalló la burbuja financiera y los ladrillos se fueron al demonio.
Los argentinos sabemos de “mercados” nerviosos, recortes brutales y propuestas de déficit cero. Sin embargo, en la España de estos días se intentan las mismas soluciones que llevaron al fracaso a Cavallo y De la Rúa. De eso se trata la reforma constitucional que a las apuradas votaron los diputados y ahora deberán aprobar los senadores hispanos. De dar señales de estabilidad a especuladores preocupados mediante la garantía de un artículo que limita el déficit fiscal. Una creación desde lo conceptual perfecta. Pero que no puede funcionar a menos que la aplique una dictadura.
Para decirlo en términos sencillos: hay leyes normativas y otras de carácter explicativo. Una ley normativa es aquella que penaliza o prohíbe algún acto contra la convivencia en sociedad, como robar o matar. Es una ley que obliga.
Una ley explicativa sería la de gravitación universal. Da cuenta de ciertas relaciones matemáticas y permite predecir ciertas reacciones de los objetos inanimados bajo determinadas condiciones. Pero a nadie se le ocurriría pensar que antes de que una manzana impactara en la cabeza de Newton los objetos no se caían. O que derogando la ley de gravedad dejarían de hacerlo.
Sin embargo, hay quienes creen que una ley económica como las de Friedman o las que dicta el Banco Central Europeo pueden aplicarse a una sociedad humana. Más bien, sólo hay dos formas en que la ley que socialistas y conservadores acordaron en Madrid pueda prosperar: con un Franco o un Pinochet, o con una dictadura mediática de pensamiento único como la que gobernó las mentes de la mayoría de chilenos y españoles por décadas.
Por eso en Chile la dirigencia política sigue defendiendo el paradigma privatista pero rechaza una consulta popular. Por eso en España apuran la aprobación parlamentaria del corset presupuestario pero ni quieren oír de plebiscitos.
No sea cosa de que se demuestre que otro mundo es posible. A puro beso.
Tiempo Argentino, 3 de Septiembre de 2011
por Alberto López Girondo | Ago 13, 2011 | Sin categoría
Ahora van a por Francia”, temía el diario español Público en su tapa del jueves. Se refería a los fondos especulativos que mantienen en jaque a las principales economías del mundo, las que en los últimos días reaccionaron tímidamente ante el embate de las calificadoras de riesgo y finalmente decidieron bloquear la venta de acciones en descubierto, para limitar el poder de fuego de “los mercados”.
Es bueno recordar qué decían esos mismos actores internacionales hace diez años cuando los especuladores venían “a por Argentina” y la explicación en boga era que el país no había hecho bien los deberes. Peor aún, muchos líderes vernáculos que entonces se jugaban todo a la convertibilidad parecen haber escrito el libreto con el que la troika (el FMI, la UE y el Banco Central Europeo) aplaude ahora los tijeretazos en Portugal y recomienda afilar aún más los instrumentos en Grecia, España e Italia.
Son las mismas políticas que dejaron el tendal de pobreza, miseria y desesperanza en América latina desde fines de los ’90, cuando S&P y Moody’s eran la verdad revelada y no esos niños malos en que parecen haberse convertido repentinamente, cuando los que padecen sus interesados pronósticos son estadounidenses, franceses o alemanes. La mano de las evaluadoras está detrás de la lucha feroz entre demócratas y republicanos que están fagocitando al gobierno de Barack Obama con tal de defender los privilegios de los más acaudalados. De manera que en lugar de agrandar el presupuesto subiendo impuestos, se reducirá con recortes en los magros beneficios sociales que los demócratas prometieron ampliar al llegar a la Casa Blanca.
El mismo problema de qué espaldas soportarán la carga lo viven los chilenos con la crisis educativa. El presidente Sebastián Piñera dijo que en la vida todo tiene su costo y que para tener educación gratuita no tendría más remedio que aumentar impuestos. Espantosa opción, considera el mandatario conservador, como para que la clase media comience a replantearse su apoyo a esos jóvenes díscolos que tienen la osadía de poner como ejemplo a la educación argentina, que suele albergar a miles de estudiantes de otros países latinoamericanos sin cobrar por ello. Una conquista cultural que sin dudas habrá que agradecerle a Sarmiento –tan poco solidario en otros ámbitos– y a la reforma estudiantil radical de 1918.
Mientras tanto, en el Reino Unido las facturas entre policías y el gobierno pueden llevar a una nueva y más profunda crisis política. El primer ministro David Cameron acusa a Scotland Yard de no haber desplegado la cantidad suficiente de hombres en las calles londinenses para evitar los desmanes producidos en esta semana. La policía británica le respondió ácidamente que los que critican no estaban en el frente de batalla cuando estalló la violencia. Efectivamente, es verano y Cameron descansaba en una villa toscana, mientras que los bobbies masticaban bronca. Por un lado, porque los dos máximos directivos tuvieron que renunciar en el marco del escándalo Murdoch, acusados de haber hecho la vista gorda cuando muchos de sus subordinados cobraban un extra pinchando teléfonos para los medios del grupo.
Pero, además, miles de uniformados perderán sus empleos por los recortes presupuestarios. Y si es cierto que nada es gratis en la vida, esas deudas políticas se pagan más temprano que tarde. Porque por más que Cameron diga que los despedidos serán administrativos, son compañeros de armas de los que tendrán que poner el pecho a las balas en la convulsionada Albión.
“Tarde piaste”, dirían los más viejos; los países europeos se desayunan con que el problema no son los evanescentes mercados, sino los especuladores de carne y hueso a los que todavía no identificaron, y que se escudan detrás de fondos de inversión que apuestan contra el euro. La paradoja es que si miraran en la experiencia de este lado del océano, encontrarían respuestas que una suma de cerrazón intelectual e intereses férreos en mantener el status quo no dejan avizorar.
Y en este lado, los países de la Unasur –que padecieron con todo su rigor el experimento neoliberal en los ’90 y por eso ya saben qué gusto tiene la medicina y, además, que el remedio neoliberal es peor que cualquier enfermedad– se unen para ensayar respuestas conjuntas ante una crisis que no crearon pero que pueden sufrir si se quedan de brazos cruzados.
Bajo la mirada sobradora de los grandes medios de todos los países de la región, que ningunean el encuentro porque pretenden que este grupo de presidentes populistas no pueden, ni deben, triunfar donde otros fracasan. Por eso presionan desde todos los rincones para convencer de que la caída será inevitable y que la única forma de precaverse es… el ajuste perpetuo.
Un día como ayer, nuboso y frío pero de hace 205 años, el francés Santiago de Liniers contemplaba desde el atrio de la iglesia de la Merced el avance de sus tropas, un tanto desordenadas pero valerosas, contra el invasor británico que se había instalado en el Fuerte de Buenos Aires y pretendía controlar el virreinato del Rio de la Plata. No vienen a cuento los detalles –porque la historia luego condenaría a Liniers y los capitales ingleses aprovecharían la derrota para diseminarse por la región después de esta intentona– la cuestión es que cerca del mediodía de aquel 12 de agosto de 1806, el jefe de las fuerzas nativas, según sus propias palabras, logró la rendición del general Beresford después de expresarle “la justa estimación que me merecía su valor (lo que) me estimulaba a concederle los honores de la guerra; y efectivamente, habiendo hecho formar mi tropa en ala, salieron los ingleses del Fuerte con sus armas, tocando marcha, y las depositaron a la cabeza de nuestro ejército en número de 1200, habiendo perdido en la acción 412 hombres, y 5 oficiales entre muertos y heridos; y nuestros de la misma clase sólo 180, el alférez de navío don Joseph Miranda, herido en una mano y el alférez del ejercito del Imperio francés, mi edecán D. Juan Bautista Fantin, una pierna rota.”
Habían pasado menos de un mes desde que el virrey Sobremonte había huido hacia Córdoba llevándose el tesoro real, para salvaguardarlo de la angurria anglosajona, ante el descrédito de los porteños que lo consideraron un cobarde y un traidor. Porque como quien dijera, había escapado en helicóptero.
Pero las tropas criollas aprendieron, combatiendo en las calles que rodeaban al Cabildo y conducían a la Plaza Mayor (donde hoy día está la City, con su pléyade de inversores y especuladores de toda pelambre) que si podían salir de esa, no les costaría tanto deshacerse del rey que moraba en Madrid.
Allí comenzaba otra historia, como la que define un grupo de países sudamericanos que, entre presiones y chanzas, se proponen otra reconquista. La de las decisiones nacionales.
Tiempo Argentino, 13 de Agoto de 2011
por Alberto López Girondo | Jul 30, 2011 | Sin categoría
George W. Bush no quedará en la historia por su coeficiente intelectual. Pero además de algunas guerras iniciadas con mentiras de patas demasiado cortas, dejará algunas anécdotas que, por lo desmesuradas, terminaron por reflejar la época que protagonizó como el 43º presidente de los Estados Unidos. Una de ellas viene a cuento en estos afiebrados días que padece su sucesor, el demócrata Barack Obama. Fue hace exactamente tres años, cuando la crisis financiera daba sus primeros, despiadados coletazos, y el ex mandatario iniciaba el plan de salvataje para las grandes instituciones bancarias a punto de quebrar por el estallido de la burbuja inmobiliaria.
En ese clima tenso, que mucho se parece al que se vive en Washington por estas horas, durante un acto privado en Houston, Texas, Bush dijo, seguro de que se habría cumplido su pedido de off the record: “Wall Street se emborrachó y ahora tiene resaca.”
Bush, conocido antes que como hijo de un presidente que aspiraba a pasearse también por los jardines de la Casa Blanca, por sus problemas con el alcohol, abundó ante los asistentes a la charla, que lo rodeaban jocosos: “La cuestión ahora es cuánto tardará (la plaza financiera) en recuperar la sobriedad y no intentar manejar estos instrumentos financieros complicados.” Se refería al modelo de inversión que había llevado a la crisis. Pero leída a la distancia la frase –que originó un escandelete mediático en ese momento–, suena casi como una premonición.
Porque pasó tanta agua debajo de los puentes que ahora, cuando desde todos los rincones del planeta se miran con expectativa los escarceos entre republicanos y demócratas para evitar un default de la principal economía del mundo, los bancos se anotaron en primera fila para exigir “cordura” a la dirigencia política estadounidense.
El planteo –que coincide en pinceladas gruesas con la nueva directora del FMI, Christine Lagarde– dice que “las consecuencias de la inacción serían fatales: para nuestra economía, para nuestro ya debilitado mercado laboral, para las condiciones financieras de nuestras firmas y familias y para el papel de liderazgo económico de Estados Unidos en el mundo”. La advertencia fue emitida por el Financial Services Forum, una organización que nuclea a los principales bancos de ese país y que fuera muy activa también cuando percibió que todo se caía y necesitaba colaboración estatal para salir indemnes. “Las tasas para cualquier prestatario aumentarían, el valor del dólar bajará, los mercados de acciones y de préstamos entrarían en turbulencias”, insisten los banqueros. Después añaden que una situación semejante no haría sino empeorar la ya complicada situación económica. “En vista de estos peligros muy reales, los responsables de las decisiones políticas deben corregir nuestro curso político financiero (…) para recuperar la confianza de los mercados (…) y crear nuevos puestos de trabajo”, amenazan.
El Financial Services Forum es una institución que junta las cabezas de los cuatro jinetes Wall Street como los llama el periodista y escritor estadounidense Dean Henderson. Allí se reúnen para hacer lobby los CEO de Goldman Sachs (cuándo no), Lloyd Blankfein; de JP Morgan, Jamie Dimon, junto con directivos de Citigroup y el Bank of America, entre otros.
El propio Henderson, en Big Oil & Their Bankers in the Persian Gulf (Las grandes compañías petroleras y sus banqueros en el Golfo Pérsico), recuerda que “una combinación de la desregulación y de fusión-manía (durante los años ’90) ha dejado a cuatro megabancos al tope del gallinero financiero. De acuerdo a Global Finance, en 2010 ellos son el Bank of America (con depósitos por 2,2 billones de dólares), JP Morgan Chase (con 2 billones de dólares), Citigroup (1,9 billones de dólares) y Wells Fargo (1,25 billones de dólares).”
En tiempos de la resaca de la que habló Bush, la Reserva Federal (FED) aportó tras apuradas votaciones en el Capitolio, 700 mil millones de dólares al sistema financiero para subsidiar a los gigantes del sector inmobiliario, los paraestatales Fannie Mae, Freddie Mac o el Bear Sterns, que pasó a manos del JP Morgan Chase.
“Esto sólo es el principio de la crisis”, acertó entonces Joseph Stiglitz. El Nobel de Economía sostiene que la crisis nació como consecuencia de una “mala gestión” de la administración republicana y de la Reserva Federal, que no supervisó debidamente el sistema financiero y –otra vez la parábola etílica– “emborrachó a Wall Street con liquidez antes de la crisis”. Sin dejar de lado “la guerra de los tres billones de dólares”, como llamó a la aventura bélica en Irak.
La línea de tiempo de ese proceso es interesante. Toda esta inyección monetaria se produjo luego de la quiebra del cuarto banco estadounidense, el Lehman Brothers, el 15 de setiembre de 2008. Luego, el Bank of America se quedó con otro caído, el Merrill Lynch. Tres días más tarde, Bush anunció el rescate multimillonario, y las bolsas de todo el mundo alcanzaron subidas récord.
Una semana después, el 22 de septiembre, la Fed aprobó la conversión del Goldman Sachs y el Morgan Stanley de bancos de inversión a bancos comerciales, lo que en teoría permite a las autoridades ejercer una mayor regulación sobre las entidades.
Pero por eso de que es muy difícil salirse de las adicciones, al cabo de poco más de un año, y con un nuevo ocupante en el Salón Oval, surgió otro escandalete cuando se conocieron los balances de los mismos bancos que se suponía debilitados por la crisis. Que a fines del 2009 habían pagado unos 144 mil millones de dólares en primas y bonificaciones a sus ejecutivos. En consideración a las ganancias obtenidas en ese ejercicio.
La polvareda fue tan grande que desde algunos rincones de la burocracia estatal se iniciaron investigaciones sobre los bancos cuestionados. Así fue que la Comisión del Mercado de Valores de EE UU (SEC, por su siglas en inglés) abrió una demanda contra Goldman Sachs por haber escondido información a sus inversores sobre los productos que estaban ofertando, que no eran otra cosa que las hipotecas tóxicas, y perdieron millones.
La cosa no duró mucho y en julio del año pasado, Goldman llegó a un acuerdo extrajudicial. Solucionó el problema pagando 500 millones de dólares de multa (una bicoca, dado los montos de los que se habla) y todos en paz. Hace algunas semanas, la SEC acordó con JP Morgan la devolución de 106 millones de euros a inversores que también habían sido damnificados por la información errónea que recibieron.
El procurador general del estado de Nueva York, Eric T. Schneiderman, también inició una investigación, aunque en el foro penal, contra el Bank of America, el Goldman Sachs y Morgan Stanley por sus operaciones inmobiliarias. Funcionarios judiciales de otros estados están negociando arreglos amplios con los grandes bancos sobre lo que en inglés se conoce como el foreclosuregate, por los posibles fraudes con hipotecas que pueden dejar a millones en la calle a raíz de maniobras con créditos pedidos de buena fe.
Huffington Post dio detalles sobre una auditoría federal al Bank of America, el JP Morgan Chase, Wells Fargo, Citigroup y Ally Financial, también sobre el espinoso tema de las hipotecas.
Como es usual en los Estados Unidos, bien pudiera terminar todo en convenios entre abogados sin llegar a presentarse ante los jueces. Por eso de que siempre es mejor un mal acuerdo que un buen juicio, sobre todo para la reputación de los bancos. Arreglos que se suelen cerrar con un whisky en las rocas.
Tiempo Argentino, 30 de Julio de 2011
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