Seleccionar página
Obama en la trampa de la guerra

Obama en la trampa de la guerra

Barack Obama apareció con una oferta razonable para terminar con las incursiones bélicas de Estados Unidos en los rincones más alejados del mundo. Empantanado en Afganistán y en Irak, el gobierno de George W. Bush enfrentaba en sus horas póstumas de 2008 una grave crisis económica que amenazaba la estabilidad del sistema financiero internacional. Además, los sectores progresistas o simplemente liberales le imputaban los ataques contra las garantías individuales a partir de las leyes «patrióticas» dictadas tras el 11S.
El «Yes, we can» (Sí, podemos) fue todo un símbolo para una sociedad que, hastiada de las gestiones republicanas y sobre todo de décadas de neoliberalismo, soñó con un giro hacia aquellos ideales representados por el partido demócrata desde el cuatro veces electo presidente Franklin Roosevelt en adelante.
Pero luego de cinco años en la Casa Blanca, hay poco espacio para malos entendidos. Obama es lo que mostró hasta ahora, más allá de que aparezca incómodo dando la orden de volver a los bombardeos en Irak. A tres meses de los cruciales comicios de medio término, ahora enfrenta en el oficialismo a alguien que aspira a sucederlo y se quiere ofrecer como su contracara: Hillary Clinton.
La ex primera dama y ex secretaria de Estado del propio Obama salió a la palestra como precandidata para 2017 con un libro, Decisiones difíciles, donde critica la política exterior del actual inquilino de la Casa Blanca. Claro que, como se usa por estas costas, le cuestiona las iniciativas que tomó desde que ella dejó el cargo, en febrero de 2013. Así, en un reportaje a la revista The Atlantic le recrimina a su ex jefe haber dejado un vacío en Siria «que fue llenado por los yihadistas». Luego buscó despegarse del gobierno sumándose a la acidez que los republicanos suelen dedicarle a Obama. La oposición ironiza que la toda política del demócrata consiste en «no hacer idioteces», y Hillary replica que «las grandes naciones necesitan principios rectores, y ‘no hacer idioteces’ no es un principio rector».
Hay un economista y docente de la Universidad de Quebec, Rodrigue Tremblay, autor entre otros libros de El nuevo imperio americano, que en un texto que tituló «Las decisiones inspiradas por los neoconservadores que gatillaron las mayores crisis de nuestro tiempo», anota algunos puntos que pueden servir para clarificar la responsabilidad de demócratas y republicanos en el mundo que nos toca padecer.
Recuerda Tremblay tres hechos fundamentales que tuvieron lugar durante la gestión de Bill Clinton, el esposo de la ahora crítica precandidata: la justificación de las guerras por razones humanitarias, la derogación de la ley Glass-Steagall en 1999 y la cancelación de la promesa de Bush padre y de Baker al presidente Mijail Gorbachov de que la OTAN no avanzaría sobre Europa oriental y la frontera rusa.
William Jefferson Clinton hizo uso –y abuso– del salón Oval entre 1993 y 2001. Poco antes la Unión Soviética se había diluido en una implosión inimaginable. George Herbert Walker Bush fue vicepresidente de Ronald Reagan entre 1981 y 1989 y luego presidente hasta 1993. Fue, por tanto, testigo y protagonista clave en el lento derrumbe del bloque socialista. James Baker fue su secretario de Estado. En un momento de esta historia, ambos se habían comprometido a mantener un status quo en el continente que contemplaba sorprendido la reunificación de Alemania y el avance del capitalismo en lo que fuera la «Cortina de Hierro». Mijail Gorbachov necesitaba ciertas garantías para tranquilizar a su frente militar interno, que el dúo Bush-Baker mantuvo mientras permaneció en el gobierno.
La guerra civil en Yugoslavia, que terminó con el desmembramiento del país en los inicios de los ’90, sirvió de excusa para la expansión de aquella Europa en crecimiento que enfrentaba el desafío de una moneda común. Azuzada como estaba por un gobierno como el de Clinton, que veía «el campo orégano» para avanzar sobre las fronteras rusas.
En 1998 el Senado de EE UU aprobó la extensión de la OTAN a Polonia, Hungría y la República Checa. Poco después, en la primavera del ’99, y luego de ocho años de guerras genocidas entre los pueblos balcánicos, se inició una intervención humanitaria «para proteger al pueblo kosovar».
En ese mismo fin de siglo XX el gobierno demócrata liberalizó el mercado financiero. La Ley Glass-Steagal, promulgada durante el primer mandato de Roosevelt, estableció en 1933 medidas tendientes a evitar la especulación financiera como la que había llevado a la crisis del treinta. Tremblay pone en su artículo una frase de un libro de Luigi Zingales, Un capitalismo para el pueblo: «La belleza de la Ley Glass-Steagall, después de todo, era su simplicidad: los bancos no deben apostar con dinero asegurado por el gobierno, hasta un chico de seis años puede entender eso.»
Un especialista en relaciones diplomáticas con Rusia, George F. Kennan –que no era precisamente un amigo del comunismo ni de la URSS–, escribió para la misma época que con la ampliación de la OTAN comenzaba una nueva Guerra Fría. «Creo que los rusos gradualmente reaccionarán muy negativamente. Creo que es un error trágico (…este acto) demuestra muy poca comprensión de la historia rusa y soviética. Por supuesto, va a haber una mala reacción de Rusia, y luego dirán que siempre dijimos que (los culpables) son los rusos, pero esto está mal.»
Estados Unidos siempre osciló entre la voluntad de tomar al mundo por asalto y el debate de las ideas más sublimes de la humanidad. Fueron república antes que la revolución francesa, pero una república conservadora, lo que no impidió que las ideas liberales calaran hondo en la sociedad. Luego sería una república imperial, como registró el francés Jean-Jacques Servan-Schreiber.
Hace un par de años el cineasta Oliver Stone filmó el documental La historia no contada de Estados Unidos. Comienza por la segunda guerra mundial, que es cuando el país abandonó su aislacionismo para lanzarse a la conquista del planeta. Stone muestra con sólida documentación una posición si se quiere romántica de Roosevelt sobre el mundo que estaban diseñando con Stalin y Winston Churchill.
Pero poco antes de que terminara la contienda, Roosevelt murió y quedó a cargo su vicepresidente, Harry Truman. Demócratas ambos, representaban visiones totalmente diferentes sobre el rol que debería desempeñar Estados Unidos en el futuro. Con mencionar que –prueba Stone– Truman ordenó arrojar dos bombas atómicas sobre Japón cuando el Imperio del Sol Naciente estaba a punto de rendirse está todo dicho.
Desde entonces, la industria bélica condiciona a cuanto gobierno se instaló en Washington. Ya lo sabía el general Dwight Eisenhower, triunfador en la batalla por Europa contra los nazis, que en el discurso de despedida de su presidencia, en 1960, pronunció la célebre frase: «Nunca debemos permitir que el peso del complejo militar industrial ponga en peligro nuestras libertades ni nuestros procesos democráticos.»
Obama ganó en 2008 en medio de una crisis financiera provocada por haber abandonado las regulaciones del ’33 y un descrédito fenomenal por esas guerras de las que no resulta fácil salirse. Prometió y se convirtió en promesa. Pero ni bien se instaló en la Casa Blanca fue virando hacia lo que juraba que no debía de hacerse. No supo, no pudo o no quiso enfrentarse con el complejo militar-industrial ni con su socio no menos despiadado: el complejo financiero.
Poco queda de aquel senador que en 2002 tildó a la aventura en Irak de una «guerra tonta, una guerra precipitada, una guerra no basada en la razón sino en la pasión, no basada en principios sino en la política». Una guerra, puede agregarse, que sumió al país asiático en un infierno.
Que Obama no haya cerrado la cárcel de Guantánamo es casi lo menos que le reprochan. Porque además profundizó el estado vigilante heredado y buscó rendijas constitucionales para legalizar los asesinatos selectivos en cualquier parte del mundo.
El tránsito hacia el belicismo fue profusamente fundamentado por el periodista Bob Woodward –uno de los investigadores del escándalo Watergate en 1972– en Las guerras de Obama. Como no había versión en castellano, Fidel Castro lo hizo traducir y lo fue resumiendo en una serie de artículos publicados en octubre de 2010. Se lo puede consultar en: www.cubadebate.cu/?s=el+imperio+por+dentro. Vale la pena.

Tiempo Argentino, 15 de Agosto de 2014

Europa debate cómo tratar al Oso Ruso

Europa debate cómo tratar al Oso Ruso

Horas antes de la ceremonia de celebración del 70º aniversario del Desembarco en Normandía, representantes de Estados Unidos y la Unión Europea se vieron en la obligación de amenazar al gobierno de Vladimir Putin por lo que catalogan como «actos de agresión» de Rusia en Ucrania. Moscú se apuró a decir que la declaración, en la que además amenazan con más sanciones, es «cínica». El encuentro del grupo G-7, que burlonamente podría denominarse G-8 menos 1, sirvió para mostrar los dientes de cara al encuentro que no podrán evitar hoy en París para recordar la invasión a territorio galo, el inicio de la recuperación de territorios que habían caído en manos del nazismo en la Segunda Guerra Mundial.
Luego de la caída de la Unión Soviética, es la primera vez que los mandatarios de los países que participaron de la contienda llegan al encuentro con un cuchillo bajo el poncho. Y esa es precisamente la novedad desde que la Guerra Fría comenzó a ser recuerdo. Más de dos siglos después de haberse acuñado el término «Oso Ruso» para alarmar a la población europea atribuyéndole a Rusia unas peligrosas ansias de dominio sobre el resto del continente, Putin se convirtió en el nuevo cuco de medios y dirigencias europeas. Y si fuera por el estado en que se encuentran las relaciones –al menos en el plano visible– Barack Obama, François Hollande, David Cameron y Angela Merkel hubieran debido esquivar el festejo a Putin. Principalmente porque desnuda sus propias contradicciones.
Y ese es justamente un detalle importante para entender por qué, luego de todo lo que se vienen diciendo y de las continuas amenazas de represalias bajo la batuta de Washington, se dan la mano protocolarmente en Normandía como si nada ocurriera.
Es que no haber invitado a Putin luego de que en esa guerra, que se desarrolló en las regiones donde ahora se juegan en gran parte los destinos europeos, hubiese sido una declaración de hostilidades. La última gran guerra unió más por espanto que por cariño a Stalin con Roosevelt, De Gaulle y Churchill. Pero las mayores bajas estuvieron en campos de batalla de la ex URSS –se calcula que hubo allí 20 millones de muertos– y en menor medida en Francia, donde por otro lado gobernaba el régimen pro nazi de Vichy. Salvo los bombardeos a Londres con cohetes V2, Gran Bretaña no padeció ataques en sus territorios. Estados Unidos directamente no sintió el olor a pólvora dentro de sus fronteras.
La OTAN, desde 1991 en adelante, avanzó hacia la frontera de la Federación Rusa con un escudo de misiles en Polonia y los países bálticos y amenazaba con extenderse a Ucrania, otra razón de queja para los rusos. En estas jugadas de ajedrez, el encuentro del G-7, que debió haberse realizado en Sochi, donde se hicieron los juegos olímpicos de invierno, pasó a Bruselas. No era el momento y mucho menos el lugar de mostrarse amigos, cuando en Crimea la situación se ponía cada vez más tensa.
Es así que Rusia, que se había sumado ininterrumpidamente hace 17 años al G-7+1, fue deliberadamente excluida ahora como forma de mostrar el disgusto por su reacción a los acontecimientos en Kiev. «Que les aproveche», dijo despectivamente Putin cuando le preguntaron sobre esa fiesta a la que no fue invitado.
El primer ministro Dmitri Medvedev, en tanto, replicó un documento del G-7 que apoya «operaciones moderadas para el restablecimiento de la ley y el orden» de Kiev en el este del país. «Los llamados siete se refieren a las «acciones moderadas» del Ejército ucraniano sobre su propio pueblo: esto es un cinismo que apenas se puede superar», dijo. Y bastante de razón tiene, ya que entre las tropas que se envían a las regiones pro-rusas hay un alto componente de mercenarios que según las denuncias tienen bastante poco apego a los Derechos Humanos.
La postura anti-rusa de Obama, por otro lado, para algunos suena a impostada, luego de que el año pasado tuvo que recular en su intento de intervención en Siria. Pero dentro de Estados Unidos son muchas las voces que se van sumando en contra del perfil que le está imprimiendo a la relación con Rusia. En uno de los sitios donde se difunden estas críticas, washingtonblog, se anota un detalle a tener en cuenta: «Dick Cheney ha dominado la política de EE UU hacia Rusia durante décadas, y Obama está siguiendo el libro de estrategias de Cheney». Maik Withey, un analista que publica en Information Clearing House, señala a otro estratega de esta política de condena al «Oso Ruso», el ex asesor del presidente Jimmy Carter, el conocido Zbigniew Brzezinski, quien viene repitiendo desde hace décadas que «la cuestión que la comunidad internacional enfrenta ahora es cómo responder a una Rusia que se involucra en el uso flagrante de la fuerza con mayores objetivos imperiales: reintegrar el antiguo espacio soviético bajo control del Kremlin y cortar el acceso occidental al Mar Caspio y a Asia Central».
Cheney había comenzado su carrera en la administración pública con el gobierno de Gerald Ford, el que sucedió al renunciante Richard Nixon. Luego fue secretario de Defensa con Bush padre y más tarde vicepresidente de Bush hijo. Entre una y otra gestión, y como para no quedarse de brazos cruzados, consiguió empleo en Halliburton, una de las proveedoras de servicios para la industria petrolera más grandes del mundo. Cuando Cheney –uno de los halcones republicanos– volvió a tareas gubernamentales, recibió una indemnización de 36 millones de dólares. Pero siguió percibiendo compensaciones por casi 400 mil dólares, aun cuando era vicepresidente. Los millonarios contratos que consiguió Halliburton tras la invasión a Irak seguramente lo justifican.
La «doctrina Cheney» tiene dos pilares, por un lado la Guerra preventiva, que popularizó George W Bush, y por el otro lo que se llamó la estrategia «del lado oscuro». Esto es, de las operaciones encubiertas de inteligencia hechas de tal modo que si algo falla, el presidente pueda decir sin ponerse colorado que no sabía nada de lo que estaba ocurriendo.
El caso Brzezinski es algo más profundo, ya que el ex asesor presidencial es uno de los teóricos en estrategia política más reputados del mundo. Él mismo se considera un discípulo de Henry Kissinger. Ambos comparten una visión y están atravesados por un sentimiento similar sobre lo que debería ser el centro de Europa. Kissinger, nativo de Alemania, tuvo que huir del nazismo con sus padres. Los Brzezinski, huyeron de Polonia y se refugiaron en Canadá. Zbigniew haría carrera posteriormente en Estados Unidos. Cheney y Brzezinski creen en la política de equilibrio de las potencias que pergeñó en el siglo XIX el conde austríaco Klemens von Metternich y la estrategia de la contención que elaboró el estadounidense George Frost Kennan en 1946. En tal sentido, Cheney va un paso más allá y desarrolló la idea del ataque preventivo que popularizó luego George W. Bush. En cualquiera de estos contextos, Rusia es presentada como un enemigo a contener. Un temible Oso a punto de atacar.
Sin embargo, hay algunas particularidades en este análisis. En principio, Putin cuestiona la forma en que la Unión Europea forzó un acuerdo con el gobierno de Viktor Yanukovich y luego lo destituyó –violando acuerdos previos– cuando no pudo avanzar con su propuesta originaria.
Por otro lado, una estrategia de contención a lo Metternich debería implicar el compromiso de los socios europeos hacia un fin común.
Ocurre que la celebración de Normandía servirá de excusa para que Merkel y Putin busquen limar asperezas en torno de la provisión de gas ruso antes de que llegue el invierno boreal. Con Hollande, Putin tiene pendientes contratos para la compra de buques de guerra tipo Mistral por unos 1200 millones de euros. Ni qué decir las críticas que recibió Hollande, que se justifica en que la crisis no permite lirismos.
Mientras tanto, Putin firmó con las autoridades chinas un convenio para proveer de gas durante 30 años al gigante asiático a partir de 2018. El contrato implica un monto de 400 mil millones de dólares, pero en monedas locales. La «desdolarización» del mundo también es una forma de lucha, y de las más contundentes.

Tiempo Argentino, 6 de Junio de 2014

Brasil da el salto

Que las agencias de vigilancia global de Estados Unidos pongan el foco en Brasil, y que además lo hagan sobre alguna de sus empresas más emblemáticas, como Petrobras, muestra no sólo la avidez de inmiscuirse en asuntos ajenos de los espías estadounidenses. Es una prueba de que Brasil es gravitante para Washington. Y mucho más desde que el gigante sudamericano decidió que ya no está para recibir consejos ni amenazas sino más bien para sentarse a la mesa de las grandes discusiones internacionales. Se lo hizo saber con firmeza Dilma Rousseff a Barack Obama cuando se conocieron las revelaciones del ex agente Edward Snowden sobre el espionaje a los correos electrónicos de la presidenta brasileña y los archivos más importantes de la compañía petrolera nacional, a punto de lanzarse a una licitación sobre algunas de las cuencas descubiertas en los últimos años frente a costas brasileñas. Verdaderos tesoros que ubican al país entre los de mayores reservas del precioso recurso, a niveles que no habían soñado generaciones anteriores, al punto que alcanzó el autoabastecimiento en ese estratégico rubro y va por más. Cierto es que EE.UU. ingresó en una etapa de declinación visible. Pero no lo es menos que Brasil es ya una potencia hecha y derecha, según se encargan de decir analistas de todo el mundo. No por nada es uno de los pilares de los BRICS, ese puñado de naciones que, según se estima, dentro de 20 años superarán en volumen económico al resto de los países desarrollados. Pero, además, tiene algunos de los factores determinantes para ser considerado una potencia: extensión territorial, riquezas naturales, población y desde hace muy poco, petróleo en abundancia. Y sobre todo, la determinación política de serlo. Brasil, sin embargo, fue considerado una subpotencia imperial, sumisa del «hermano mayor», EE.UU., hasta no hace tanto. Para Alberto Sosa, autor de Alianza Argentina-Brasil e integración sudamericana y cofundador de la asociación AmerSur, así como los pequeños necesitan de sus padres en su etapa de crecimiento, Brasil se apoyó en EE.UU. pero no gratuitamente. «Siempre obtuvo algo a cambio». Entre las ventajas de esa colaboración Sosa cuenta que Vargas quería desarrollar la industria pesada brasileña, para lo cual pidió ayuda al presidente Franklin Delano Roosevelt. Según parece, la negociación fue en términos parecidos a: «Si ustedes no me dan una mano en Volta Redonda (la primera acería integrada de América Latina, creada en 1942) le voy a tener que pedir ayuda a los alemanes». Y la respuesta, en vista del resultado, bien puede haber sido «declaren la guerra a Alemania y manden tropas». Como sea, también, para la época, el país del samba consiguió de EE.UU. el know how para la formación de un pilar clave del despegue brasileño, el Banco Nacional de Desarrollo (BNDes), que se sustenta con un impuesto sobre las jubilaciones y no con aportes particulares y apoya la transnacionalización de empresas brasileñas. «El estatuto del BNDes le permite financiar solamente a largo plazo proyectos de infraestructura o estratégicos, de industria pesada», especifica Sosa.También recurre a la historia reciente Ricardo Romero, autor de El Brasil de Dilma y director del Observatorio de Política Latinoamericana del Instituto de Estudios América Latina y el Caribe de la UBA. «Desde los años 30 en adelante la industrialización de Brasil tiene mayor asidero que el modelo agroexportador», lo que genera un crecimiento sostenido comparable solo con el Japón de entonces. ¿El secreto? Vargas derrotó a la oligarquía del café en 1932, pero aprovechó las buenas relaciones que ella había creado con la elite estadounidense. Y por sobre todas las cosas, «cuando las elites brasileñas se fijaron planes de metas, los cumplieron». «No es que ellos tengan una clase política excepcional ni empresarios excepcionales, pero han tenido un patrón de desarrollo muy sostenido en el tiempo y han respetado los acuerdos básicos por décadas sin conflictos internos», abunda Fernando Devoto, docente de Historia y autor de Argentina-Brasil 1850-2000 junto con el brasileño Boris Fausto. Es más, se jactan de haber mantenido políticas de Estado con Lula y Dilma Rousseff que venían de tiempos de Fernando Henrique Cardoso, a pesar de las diferencias obvias de enfoque. Es que sobre una base de negociación con el imperio portugués primero y el británico y estadounidense después, el país amazónico no se detuvo. «Brasil siempre ha tenido un nacionalismo empírico, no doctrinario. Los hispanoamericanos tenemos un discurso a veces antiimperalista a nivel retórico pero poco concreto en los hechos, ellos no», apura Sosa, con alto grado de razón. Esa capacidad negociadora es reflejo de los acuerdos internos entre las cúpulas del establishment, que se mostraron capaces desde la década del 30 del siglo pasado de fijarse metas de desarrollo y llevarlas a cabo. «El gobierno de Juscelino Kubischek, un desarrollista que coincidió con la presidencia de Arturo Frondizi aquí –sostiene Devoto– se propuso crear una capital en el medio del Brasil, lo que implicó una inversión pública enorme. Pero a la larga se generó un polo de desarrollo muy importante y Brasilia le cambió el rostro al país al sacar la capital de la que fuera cabecera del antiguo Imperio». «En 1968 Brasil hace una segunda revolución industrial –tercia Romero– con el Plan Nacional de Desarrollo, que se conoció como el Milagro brasileiro». Desde ese año y hasta 1974 el país creció a un ritmo del 12% anual, y entre 1960 y 1980 pasó de 60 a 120 millones de habitantes. Ese boom económico y social es lo que explica al Brasil que encaró los 90 discutiendo en otros términos con América Latina», agrega Romero. Es cierto que esta verdadera explosión de Brasil se hizo más explícita desde la época del ex dirigente metalúrgico. Pero tres décadas atrás, el economista e historiador estadounidense Jordan Young ya había avisado en los ambientes académicos que «Brasil es la fuerza emergente del futuro». Fue poco después de aquella otra frase más estratégica que lanzó el entonces secretario de Estado de EE.UU., Henry Kissinger, cuando necesitó que la dictadura brasileña ayudara en el trabajo sucio en la región: «Donde vaya Brasil irá América Latina».
Desconfianzas mutuas Como recuerda Devoto, las dirigencias brasileñas siempre miraron con desconfianza al resto de los países que comparten el continente, «los veían como democráticos pero muy inestables». Es bueno recordar que el proceso de independencia de Brasil tiene características bien diferenciadas. Fue un proceso de autonomía surgido por la presión de la burguesía local el que impulsó a que Pedro de Braganza rompiera con su padre Juan para instaurar el Imperio, en 1822. No hubo guerra de independencia y por lo tanto no hay héroes libertadores a quienes honrar. Tampoco, claro, padecieron los largos procesos de desgarramientos internos que sufrieron las jóvenes repúblicas. Como contrapartida, la región también se hizo desconfiada de esa elite imperial que mantuvo la esclavitud hasta 1888 y aprovechó cualquier resquicio para expandirse a costa de sus vecinos. Y eso se hizo patente incluso en sectores críticos de Brasil como es el caso del sociólogo Ruy Mauro Marini, quien definía al Brasil de la dictadura como una subpotencia de los poderes centrales más dispuesta a sofrenar cualquier proceso antiimperalista en la comarca que a plantear la integración. Desde que el Partido de los Trabajadores (PT) gobierna el país, sin embargo, el rumbo de Brasil aparece direccionado hacia América Latina y, a la vez, distanciado cada vez más de Washington. ¿Se puede confiar en que el cambio es genuino? El uruguayo Raul Zibechi, autor de Brasil potencia: entre la integración regional y un nuevo imperialismo lo plantea claramente. «Ellos tienen una alianza estratégica con Argentina y Venezuela. Esa alianza los lleva a negociar permanentemente sus vínculos. Hay una negociación permanente: Brasil no impone todo lo que quiere. Obviamente, tiene la quinta industria del mundo, tiene multinacionales muy poderosas, no puede haber igualdad total. Pero sí hay negociación». Para Sosa, sin embargo, el peso del gigante se hace sentir fundamentalmente en América del Sur. «Brasil es una potencia a nivel latinoamericano, pero no es una potencia mundial. No es China, no es Rusia, no está en el club de miembros permanentes del Consejo de Seguridad, tampoco es la India porque no tiene su peso demográfico ni militar y no tiene la bomba atómica». Por otro lado, la base de su comercio es la región, por más que entre sus objetivos están las naciones africanas, fundamentalmente por los lazos que la esclavitud dejó, es decir, tener una población con un 65% de habitantes afrodescendientes en distintos grados. Así, Brasil tiene superávit comercial con todos los países sudamericanos salvo con Bolivia».
Tecnología y desarrollo Ernesto Mattos es investigador en el Departamento de Economía Política y Sistema Mundial del Centro Cultural de la Cooperación. Para hablar de Brasil como potencia, el también miembro de la Cátedra Nacional de Economía Arturo Jauretche de la UBA, aporta datos estadísticos. «La deuda en relación con el PBI está en 40%, la desocupación del 5,6% y las reservas de casi 370.000 millones de dólares implican que pueden mover el tipo de cambio como quieren». Como falencia, Mattos señala que tienen un 40% de las tierras extranjerizadas y que en los últimos años fue creciendo el porcentaje de inversión extranjera directa (IED) hacia la soja y la caña de azúcar. Para colmo, el porcentaje de las exportaciones de productos primarios pasó de 40% al 60%, lo que representa un reflujo en sus aspiraciones de convertirse en exportador industrial.Otro dato para contar al país como potencia pasa por el peso que tiene la tecnología propia en su desarrollo. Romero resalta los avances en ese sentido en la industria petroquímica, el hardboard informático, la industria de los jugos procesados. «Ellos tienen un sistema universitario de elite que potencia y financia procesos de investigación. Hay mucho dinero para investigación y desarrollo y están buscando potenciar el desarrollo de industrias de base», añade el politólogo de la UNSAM. Zibechi plantea que también hay un despegue importante en el área nuclear. «Brasil está construyendo su primer submarino nuclear. Hay sólo cinco países en el mundo que pueden hacerlo. Eso quiere decir que Brasil domina buena parte del ciclo de la tecnología nuclear y, aunque no tiene bombas atómicas, podría hacerlas». En este aspecto, Sosa es algo menos entusiasta: «Cuando en tiempos de Lula le quisieron vender aviones Embraer a la Venezuela de Chávez, EE.UU. vetó la operación con el argumento de que si lo hacían le dejaban de proveer la tecnología», considera Sosa, quien apunta al mismo tiempo un detalle que figura como perdido en las negociaciones de Brasil en ese sector. Lula había firmado un acuerdo con el gobierno de Francia a cargo entonces de Nicolas Sarkozy. El proyecto era la provisión de aviones de combate Rafale por una suma multimillonaria. «El acuerdo era fabricar una parte en Brasil y con transferencia de tecnología», pero aún está en veremos por las presiones de EE.UU., que pretende colocar aeronaves fabricadas por Boeing. Lo cierto es que desde aquel 1º de enero de 2003 cuando Lula se calzó la banda presidencial, Brasil consolidó una producción agrícola abrumadora, pagó sus deudas con el FMI e incrementó sus reservas hasta casi 400.000 millones de dólares mientras descubría las riquísimas fuentes petroleras del denominado Presal, en el Atlántico (ver recuadro). También, junto con Argentina y Venezuela, sepultaron el ALCA ante las narices de George W. Bush. Fue entonces cuando, no por casualidad, EE.UU. decidió revivir la IV Flota, creada en la Segunda Guerra para «custodiar» el Atlántico sur y desactivada en 1950. En coincidencia, se abría un abanico de bases militares estadounidenses desde Colombia y en torno al Amazonas. Toda una señal de que el Pentágono registraba el cambio brasileño y no se pensaba quedar de brazos cruzados. Fue también durante este período que Jim O’Neill, un analista del banco de inversiones Goldman Sachs, reunió datos de los países emergentes más poderosos en un estudio que, para facilitar las cosas, denominó BRIC, por Brasil, Rusia, India y China, al que luego se agregaría la ese de Sudáfrica. Lula, que fue amasando durante sus dos gestiones prestigio y representación, se animó a más y aparte de fomentar esa alianza con los socios del exterior, intentó mostrar las cartas de Brasil como garante de la paz y la estabilidad.
No a los golpes Brasil jugó fuerte durante el golpe contra Manuel Zelaya en Honduras y hasta se animó a proponer, junto con Turquía, una salida negociada a la crisis por el plan nuclear iraní. La elección de Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos 2016 y la de Brasil como organizador del Mundial de Fútbol el año próximo no fueron más que otra prueba del lugar que estaba ocupando el país. Pero hay cifras que contrastan con el fervor positivo de los entusiastas. Así, aunque desde 2003 unos 22 millones de brasileños dejaron de estar en la pobreza extrema y 40 millones de pobres alcanzaron pautas de vida de la clase media, el índice que mide la desigualdad social, el coeficiente de Gini, marca 0,52 puntos, dentro de un rango en el que el 0 es la igualdad total y el 1 la inequidad más absoluta. Algunas de estas diferencias alcanzaron el debate público luego de las masivas marchas que en junio dejaron azorados a los dirigentes del país. El reclamo inicial fue contra el aumento de 20 centavos de real en el transporte público. Pero lo que emergió fue el rechazo a las obras faraónicas para el Mundial y los Juegos Olímpicos. Dos eventos con los que Brasil quiso mostrarse al mundo, pero que ahora lo hacen tambalear. Otros reclamos apuntaban a modificar el sistema electoral y político, diseñado para que nada cambie aunque todos quieran cambiar algo. Un sistema que obligó al PT a aliarse con sectores de centroderecha para poder gobernar. Las críticas al modelo «trabalhista» vienen de la mano de jóvenes que eran niños hace diez años como para tener conciencia del camino que abrió el ex tornero mecánico nacido en el empobrecido nordeste. La gran incógnita para el próximo año es qué pasaría ante nuevas manifestaciones cuando el Mundial, vidriera global sin par, se esté disputando. ¿Dónde quedaría entonces la imagen de Brasil potencia?
Argentina y la relación bilateralDesde que se conocieron las revelaciones que Edward Snowden formuló ante el periodista estadounidense Glen Greenwald, un luchador por los derechos civiles que reside en Río de Janeiro, el gobierno de Dilma mantiene una ofensiva contra el sistema de comunicaciones que, como tiene base en Estados Unidos, permite le vigilancia de todo lo que circula por los cables sin que el resto del mundo pueda más que quejarse retóricamente. Como respuesta, Rousseff impulsa una Internet alternativa, con nodos en cada uno de los BRICS sin tocar territorio estadounidense. También fomenta una red latinoamericana para esquivar el embate electrónico foráneo. En el marco de esa nueva fuente de controversia con Estados Unidos, el ministro de Defensa de Brasil, Celso Amorim, pasó por Buenos Aires para diseñar una estrategia común en contra de esa incursión en los secretos locales. Argentina representa para Brasil una alianza ineludible. No puede imaginarse como potencia sin tener las espaldas cubiertas. Al cabo de tres guerras en el siglo XIX y decenas de roces en la época colonial, sucede con ambos países lo que en Europa con Francia y Alemania: no pueden soñar un futuro posible el uno sin el otro. Por eso el primer viaje de Lula al exterior como presidente fue a Buenos Aires. Lo mismo haría ocho años más tarde Dilma. Amorim, continuador de esa política de Estado, viajó a la capital argentina para hablar de «las tres dicotomías» indispensables para analizar el mundo de hoy. «La primera es la dicotomía entre unipolaridad y multipolaridad», dijo, haciendo eje en la pugna entre los deseos de una potencia única frente al resto de las naciones. La segunda es entre multilateralismo y unilateralismo, donde se habla de la conformación de bloques más que de potencias individuales. El ejemplo es el de la OTAN, que forman 28 naciones pero responden en forma unilateral. «La multipolaridad se refiere a una situación en la que hay varios polos en un tablero, el multilateralismo habla de la forma de colaboración entre los polos en favor de la gobernanza global con énfasis en el Derecho y en las instituciones internacionales», aclaró Amorim. Brasil se anota, junto con los demás BRICS, entre los países que «están interesados en promover un orden internacional que sea no sólo multipolar, sino también basado en los principios del multilateralismo». Luego detalló una tercera dicotomía, entre cooperación y conflicto, y señaló que «Brasil y Argentina son pilares de una “comunidad de paz y seguridad” que se está formando en América del Sur». De hecho, para Itamaraty, la sólida y persistente cancillería brasileña, hay tres niveles concéntricos donde quiere asentar sus relaciones. Mercosur, Unasur y CELAC. Pero a nivel económico apuesta fuerte por BRICS, con quienes teje estrategias tendientes a crear un banco de inversión y reservas paralelo al FMI y a elaborar proyectos de desarrollo estratégico.Brasil, por otro lado, busca integrar el Consejo de Seguridad como miembro pleno, junto con India, Alemania y Japón. Y entiende, como especificó Amorim, que «para una multipolaridad efectiva, no es suficiente que existan países con peso significativo: es necesario que estén dispuestos a hacer valer este peso».
Riqueza bajo la sal El Presal es una cuenca marina frente a Brasil que se extiende por debajo de una extensa capa de sal que, en determinadas áreas de la costa, alcanza un espesor de hasta dos kilómetros. En la web de Petrobras, que fue la que hizo el gasto en la investigación, se explica que «se utiliza el término “pre” porque, en el transcurso del tiempo, se fueron depositando esas rocas (abundantes en petróleo y gas) antes de la capa de sal». La distancia a la que pueden estar los reservorios de petróleo puede superar los 7.000 metros.Se estima que Brasil suma unos 40.000 millones de barriles de petróleo con este descubrimiento, anunciado por Lula en 2007. Una presa apetecible como para reabrir una flota naval o enfocar los radares del espionaje electrónico. De hecho, la filtración de Snowden apareció pocos días antes de que se abriera la licitación por la cuenca de Campo de Libra, en la costa de Río de Janeiro. La adjudicación se hizo, a pesar de las sospechas sobre qué información podría haber pasado la NSA a alguno de los competidores. Como sea, ninguna de las empresas ganadoras era estadounidense. Se trata de un consorcio integrado por China National Corporation (CNPC), China National Offshore Oil Corporation (CNOOC), la francesa Total y la anglo-holandesa Shell. Petrobras será la operadora y tendrá una participación del 40%.Hubo violentos incidentes protagonizados en las afueras del hotel Winsord, por manifestantes que rechazaban lo que denominaban «la entrega del yacimiento» y la policía carioca reprimió con gases y balas de goma. Luego de las marchas de junio, el gobierno de Dilma logró imponer una ley para que el 75% de las regalías petroleras vaya para el área de educación, y el otro 25% a salud. Pero una parte de la población aún no se muestra conforme.

Revista Acción, 15 de Noviembre de 2013

La construcción de nuevos consensos en Washington

“Acá no hay ganadores. Las últimas semanas causaron un daño completamente innecesario a nuestra economía», definió lacónicamente Barack Obama. «Dimos una buena pelea por una causa justa. Sólo que no ganamos», se justificó John Boehner. Tras más de 16 días de encarnizada disputa en torno del aumento del techo de la deuda y el cierre de la administración pública estadounidense –que en realidad fue una nueva batalla por la reforma de la ley sanitaria– un acuerdo de última hora, poco antes de entrar en default (o como se dice en el barrio, cortando clavos), permitió extender el debate sobre el cambio de paradigma en Estados Unidos hasta un nuevo round, por lo pronto en enero.
Porque el límite del endeudamiento no fue más que una excusa para que un grupo extremista de los republicanos, los integrantes del Tea Party, intentaran boicotear la puesta en marcha del llamado «Obamacare», el único gran proyecto de cambio, aunque bastante licuado, que hasta ahora pudo implementar el primer mandatario negro en la historia de Estados Unidos. Y esa normativa, que acerca a 45 millones de estadounidenses a un sistema de salud, representa el cambio más profundo en cuatro décadas en el consenso social de ese país.
El sistema de salud público fue una de las máximas creaciones del gobierno de Richard Nixon, más famoso por su papel en el caso Watergate puertas adentro de Estados Unidos y por su tarea en la desestabilización y el golpe contra el chileno Salvador Allende y la gestación del plan Cóndor en la región. El otro costado de Richard Milhous Nixon es que estableció algunas políticas de estado que todavía rigen en el mundo: abrió relaciones con China e incorporó al gigante asiático al concierto de las potencias, puso fin a la desastrosa Guerra de Vietnam y retiró los soldados estadounidenses tras el descrédito social de aquella aventura colonialista.
Al mismo tiempo, en agosto de 1971 logró impulsar el sistema privatizado de salud, que dejaba fuera de toda protección a las capas más pobres de la población. En el documental Sicko, de 2007, el cineasta Michael Moore plantea precisamente que la razón de fondo para ese cambio habría que buscarla en que la atención privatizada creó generaciones de ciudadanos obligados a endeudarse hasta la miseria para pagarse algún tratamiento, una forma sofisticada y perversa de mantener la esclavitud con métodos en apariencia basados en la libertad individual. O por lo menos, una forma de disciplinamiento social que logró ser mucho más efectiva que una dictadura, aunque se le parece demasiado. Y que, por otro lado, se mantuvo en el tiempo por eso de que en Estados Unidos se construyen consensos permanentes más allá de quién ocupe el Salón Oval.
Los Tea Party –esa línea interna republicana creada en «honor» de aquella revuelta contra el pago de impuestos que logró la independencia de Estados Unidos en 1776– defienden a tal punto un concepto extremo de libertad individual que son capaces de decir, sin que les tiemble la pera –como señaló Ron Paul, el más influyente de sus teóricos– que si una persona es libre «también debe ser responsable de contratar un plan de salud conveniente» y no dejar «que el estado acuda en su ayuda» como si fuera un padre generoso.
Obama dijo más de una vez que su propuesta de reforma sanitaria se basaba en su historia personal: su madre, Ann Dunham, murió a los 52 años de un cáncer de ovario porque no tenía una buena cobertura de salud. Pero los Tea Party no entienden de sentimentalismos y desde el vamos hicieron presentaciones de todo cariz para frenarla judicialmente o demorar su aplicación con chicanas como el cierre de la administración o la amenaza de default si no se hacían recortes en su financiación. Aun así, la Corte Suprema la declaró constitucional, con lo que el último recurso era vaciarla de fondos y demorar su aplicación hasta la llegada de otro gobierno más favorable a derogar la ley. (A que suena parecida a la pelea por la Ley de Medios argentina…)
El grupo extremista republicano tiene otro ideólogo de peso en las estructuras partidarias: el lobista Grover Norquist, titular de una ONG, Americans for Tax Reform (Estadounidenses por una reforma tributaria), que tiene como principal objetivo bajar los impuestos y reducir a la mitad al Estado para el 2025. «Yo no quiero abolir el gobierno. Simplemente quiero reducirlo a una dimensión en que pueda arrastrarlo al baño y ahogarlo en la bañera», es su frase de cabecera. Con menos estado las capas menos favorecidas de la sociedad disminuyen sus posibilidades de poder cambiar una situación inequitativa, claro. Un modelo sanitario más igualitario, perciben con preocupación, es la antesala de otras conquistas «populistas» que quieren evitar a toda costa.
Norquist es el autor de un juramento que desde 1986 siguen a pie juntillas los republicanos. La «Promesa de Protección al Contribuyente» tiene apenas dos artículos, pero muy categóricos: «Uno, me opondré a todas las medidas destinadas a aumentar el impuesto sobre la renta para los individuos y/o las empresas. Dos, me opondré a cualquier recorte neto o eliminación de deducciones o abonos, a menos que sean compensados, dólar a dólar, mediante futuras reducciones de impuestos». Entre los 242 representantes republicanos, firmaron 238; mientras que lo hicieron 41 de los 47 senadores.
Ese juramento fue una verdadera traba para los negociadores demócratas y también para el líder de la Cámara Baja, el republicano Boehner, segundo de 12 hermanos y primero con título universitario de una familia católica de Reading, Ohio, constitucionalmente el tercero en la escala sucesoria, detrás de Obama y Joe Biden. Para muchos, Boehner fue uno de los perdedores de la contienda, porque no supo liderar una posición uniforme de los miembros del Partido del Elefante, como se conoce al Republicano. Porque mientras avanzaba el cierre y se acercaba el día del default, era cada día más evidente que muchos en el viejo partido se deban cuenta de que iban a una derrota ante la opinión pública y querían aceptar las condiciones de Obama.
De hecho, según encuestas publicadas por The Washington Post y ABC News, el 74% de los ciudadanos rechazaba la postura intransigente de los republicanos, mientras que un 61% culpaba de terquedad a los demócratas y 53% al propio Obama. A nivel nacional, en tanto, de acuerdo a un sondeo de Pew Research Center, casi la mitad de la población tenía una opinión desfavorable del Tea Party y solo un 30% mostraba aprobación con el ala más derechista de la oposición. Sin embargo hay un dato a tener en cuenta: los representantes tienen que renovar su banca cada dos años y se deben mucho más a su público local. Y allí, en sus distritos, el 60% de sus votantes apoya su radicalidad política.
No hay registro de qué ganó o qué perdió el inefable Ted Cruz, el representante ultramontano de Texas que saltó a la fama con un discurso de 21 horas como parte de una estrategia para impedir que se votara una ley provisional de gastos. A Cruz lo terminaron denostando sus propios correligionarios y hasta el no menos «estricto» Norquist consideró que «era muy posible que demoráramos la implementación de Obamacare durante un año, hasta que Cruz llegó y se estrelló e incendió».
El que sí parece haber ganado en todos los terrenos fue Obama, que ahora se animó a ir por más y apura la aprobación de una ley migratoria, otra de sus promesas electorales de 2008. «No permitamos que este problema siga pudriéndose otros dos o tres años. Esto puede y debería hacerse antes del fin de este año», insistió. No se olvidó de azuzar con que «el pueblo estadounidense está completamente hastiado de Washington».
Ahora le esperan tres meses fatales. No es previsible que Tea Party renuncie a sus «principios», y el escuálido acuerdo sólo pateó la pelota extendiendo el presupuesto hasta el 15 de enero y ampliando el límite de la deuda hasta el 7 de febrero, cuando volverá a tensarse la cuerda. Lo que ocurra entonces tendrá relación con el debate que se produzca en la sociedad. Se sabe que el plan de salud generará fortunas a empresas de prepago por la incorporación de esos millones de estadounidenses que estaban sin cobertura.
El problema es si ese interés será más determinante que la estrategia de dominación que subyace en el proyecto de frenar la normativa. Lo que equivale a preguntarse si Obama, con sus falencias y debilidades, logrará imponer otro paradigma y construir un nuevo consenso en Washington, como viene prometiendo desde que asumió.

Tiempo Argentino, 18 de Octubre de 2013