por Alberto López Girondo | Feb 16, 2020 | Sin categoría
La gira de Alberto Fernández por Europa resultó exitosa en lo formal. Recibió el espaldarazo de tres líderes de peso en los organismos internacionales: la alemana Ángela Merkel, el francés Emmanuel Macron y el español Pedro Sánchez. Al mismo tiempo, el ministro de Economía, Martín Guzmán, se reunió con el papa Francisco y con la responsable del FMI, la búlgara Kristalina Georgieva. Jorge Bergoglio insistió en un discurso que enarbola desde que fue ungido obispo de Roma: «Las personas empobrecidas en países muy endeudados soportan cargas impositivas abrumadoras y recortes en los servicios sociales, a medida que sus Gobiernos pagan deudas contraídas insensible e insosteniblemente. De hecho, la deuda pública puede constituirse en un factor que daña y perjudica el tejido social».
En forma simultánea, Fernández obtuvo un mensaje, que sus voceros difundieron como favorable, del presidente Donald Trump. Fue cuando el designado embajador en Washington, Jorge Argüello, le presentó las cartas credenciales. «Dígale al presidente Fernández que puede contar con este presidente», dijo Trump. Los más desconfiados se preguntan cuál sería el precio para que ese apoyo se traduzca en una quita o una refinanciación de la deuda con el FMI, donde EE.UU. tiene la acción de oro, y con los privados, que tienen bonos bajo el paraguas de las leyes estadounidenses, que siempre jugaron en contra de los intereses argentinos.
Fue bastante claro que Trump usó el poder determinante de Washington dentro del FMI para forzar la aprobación de créditos por casi el 66% de la cartera de la entidad para beneficiar a un gobierno como el de Mauricio Macri, que fue un sólido apoyo político para el embate contra el Gobierno de Nicolás Maduro. Estados Unidos tiene el 16% de los votos del Fondo, pero cualquier decisión de la entidad necesita el 85% de votos-cuota.
El argumento de Fernández fue, desde su campaña, que los créditos a Macri se aprobaron sin respetar el estatuto del FMI, que impide entregar dinero que podría ser utilizado para la fuga de divisas, y sin pasar por el Congreso Argentino, que debe aprobar el endeudamiento externo.
El fracaso de la política económica del macrismo arrastró a Macri, pero está calando en el propio FMI. Con un dejo de astucia, Christine Lagarde se había ido de Nueva York a Fránkfurt, sede del banco Central Europeo, en septiembre pasado. Ahora fue el turno de su número 2, David Lipton, el otro gran responsable de haber aprobado el acuerdo por 57.000 millones de dólares.
El problema de la deuda, principal factor que preocupa al Gobierno, es un campo minado. El resultado de la negociación que llevó a cabo la provincia de Buenos Aires fue un buen test de lo que le espera al ministro de Economía, Martín Guzmán. Axel Kicillof tensó la cuerda al máximo intentando posponer un pago de 250 millones de dólares, pero finalmente –al borde de un default y luego de haber colocado 9.300 millones de pesos en letras del Tesoro provincial para solventar parte de ese pago de 15.000 millones– cumplió con el compromiso.
Camino bloqueado
El caso generó críticas y brulotes desde la oposición, que repentinamente olvidó que la brutal deuda externa y los acuerdos con el FMI se hicieron durante el anterior gobierno. Kicillof argumentó que había ido hasta el final con el aval de Nación y que se encontró con una estrategia de asedio de un fondo de inversión, Fidelity, que logró bloquear un acuerdo para el que la provincia tenía un 50% de aceptación entre los acreedores, pero necesitaba del 75%.
Para Kicillof, la actitud de Fidelity, un fondo al que se negó a calificar de buitre o agresivo, podría inscribirse en una movida que apunta a la negociación que Economía lleva adelante con el FMI y los bonistas de la Nación.
Alberto Fernández no tuvo casi tiempo para celebrar su segundo mes al frente del Poder Ejecutivo cuando a poco de bajar del avión que lo traía de vuelta de su gira por Europa debió salir a enfrentar un clima de debate interno dentro del Frente de Todos que la oposición buscaba desde el día en que Cristina Fernández anunció la fórmula para enfrentar al macrismo. El jaleo en los días previos al 10 de febrero tuvo que ver con los dirigentes y exfuncionarios presos durante la gestión de Mauricio Macri.
Para el presidente, hay presos detenidos arbitrariamente, pero esta definición causa escozor entre quienes buscan la libertad y una reivindicación, entre otros, de la dirigente jujeña Milagro Sala, del exvicepresidente Amado Boudou y del exministro de Obras Públicas Julio de Vido. Hasta la referente de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Nora Cortiñas, fustigó esa definición: «Me duele que quieran minimizar la situación de los detenidos por razones políticas. Es algo triste», dijo.
Los que recibieron los ataques más furiosos fueron el canciller, Felipe Solá, y el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, por plantear esa misma postura. Pero los palos, obviamente, no eran para ellos, y así lo entendió Fernández. «Me molesta que digan que tengo presos políticos», se quejó el mandatario en una entrevista radial. «Hay que decirles a los compañeros que no seamos tontos, que no caigamos en este debate porque quieren hacernos pelear y dividirnos. Todos saben lo que hizo la Justicia. El primero que lo sabe es Alberto Fernández».
La que le dio más sustancia quizás al contenido de este debate fue la abogada Graciana Peñafort, defensora de Boudou como lo fue de Héctor Timerman, y actual directora de Asuntos Jurídicos del Senado de la Nación. Luego de señalar en un hilo de tuits que para ella se trata en todos los casos de presos políticos, argumenta que Fernández es «el único que no puede intervenir en este tema», porque si sostiene esa postura, quizás debería amnistiarlos, que es algo que ninguno de los detenidos quiere. «Quieren un juicio justo donde puedan demostrar que son inocentes», aseguró.
Revista Acción, segunda quincena de Febrero de 2020
por Alberto López Girondo | Dic 10, 2019 | Sin categoría
Para Jair Bolsonaro, debe haber sido un trago difícil de digerir. El desprecio que se manifiestan con Alberto Fernández no nació cuando el flamante presidente pidió por Lula Libre, durante su campaña. El mandatario brasileño, como corresponde a un exmilitar ultraderechista, tiene en la lista de sus enemigos cualquier político que huela a populista y el kirchnerismo, y por tanto tenía en el radar de sus enemistades a los Fernández desde antes incluso de que pensara que podría llegar al Palacio del Planalto. De hecho, jugó todas sus fichas por la continuidad de Cambiemos. Del otro lado de la cordillera, el empresario Sebastián Piñera tenía por cuestiones de clase social más afinidades con Mauricio Macri de las que le caben con un gobierno peronista.
En favor de Piñera se puede decir que bancó a la Unasur cuando le tocó gobernar, entre 2010 y 2014. Y que incluso juró como primer titular de la CELAC en La Habana, en 2011. Defensor de procesos de integración a los que había adherido su país, no tuvo empacho en sumarse a esas construcciones ideológicamente amplias en su momento, con Hugo Chávez al lado de Juan Manuel Santos, para mencionar dos opuestos. Y juró en la capital cubana al lado de Raúl Castro.
Pero ni bien los aires regionales cambiaron, fue junto a Macri y Bolsonaro protagonista fundamental de la creación del Prosur, esa organización derechista a la medida del Departamento de Estado y que no acepta disidencias de izquierda.
Desde que comenzaron las masivas manifestaciones populares en su país -un modelo «exitoso» del neoliberalismo hasta entonces- Piñera mostró su pertenencia indeleble a la clase. Con una brutal represión, en ese contexto de reclamos contra la desigualdad, y desempolvando el manual de culpabilidades de la Guerra Fría al atribuir la organización de las marchas que tomaron las calles a agentes de Venezuela y Cuba. Sinprueba alguna.
Bolsonaro amenazó con no venir a Buenos Aires para la asunción, lo que implicaba una fuerte señal contra el principal socio comercial del Mercosur, una organización a la que, por otro lado, el presidente brasileño pretende eliminar. Tampoco iba a mandar a ningñun representante de su gobierno. Se entiende en el contexto de peleas por la suerte de Lula. Pero la relación entre Brasil y Argentina sonaba como para otro tipo de respuesta diplomática.
En estas semanas, representantes de la cámara empresaria de San Pablo viajaron a entrevistarse con Fernández, para calmar las aguas. Macri y Bolsonaro habían acordado una reunión de Mercosur 5 días antes de la entrega del poder en Buenos Aires y estaba latente la posibilidad de una baja en los aranceles externos, como pide el ministro de Economía brasileño, Paulo Guedes.
Luego, estuvo en Buenos Aires Rodrigo Maia, presidente de la Cámara de Diputados brasileña. Se reunió con dirigentes locales en un evidente intento por acercar posiciones. Todos parecen haber caminado sobre el filo de la navaja.
Finalmente en la noche del lunes se confirmó que en representación de Brasil vendría el vicepresidente, el general Hamilton Mourao.
Como miembro de las Fuerzas Armadas, Mourao mantiene un enfrentamiento político con Bolsonaro, que tiene un gabinete poblado de uniformados. Y cayó, en ese sentido, en la mira de los ataques en las redes sociales de Eduardo, uno de los hijos de Bolsonaro, tal vez el más activo en ese medio.
Mourao fue personalmente a China cuando Bolsonaro, que hace “seguidismo” de los deseos de Donald Trump, estaba por sumarse a una guerra comercial contra el gigante asiático, fuerte socio comercial y estratégico de Brasil a través del grupo BRICS.
Piñera, en cambio, finalmente anunció que no podría venir ya que un avión Hércules de la Fuerza Aérea chilena había desaparecido de los radares cuando iba con rumbo al sector antártico que reclama la nación trasandina.
En cierto sentido, la ausencia de Pîñera es un alivio para su figura y también para las autoridades argentinas. Grupos de militantes y residentes chilenos preparaban un escrache contra el presidente en rechazo a la represión feroz contra las manifestaciones.
En su discurso inaugural, Fernández dijo que había instruido al ministerio de Defensa local para que brinde asistencia necesaria para encontrar al avión chileno.
Tiempo Argentino, 10 de Diciembre de 2019
por Alberto López Girondo | Dic 10, 2019 | Sin categoría
El presidente de Cuba, Miguel Díaz Canel, tuvo una agitada agenda en su primera visita a la Argentina para la asunción de Alberto Fernández y Cristina de Kirchner. Si llegada al país es todo un símbolo de época, cuando a 90 millas de sus costas hay un gobierno que renueva la ofensiva contra la Revolución incrementando las sanciones y tratando de asfixiar a su gobierno con un bloqueo que ya lleva casi 60 años. Y sobre todo en momentos en que las manifestaciones contra el modelo neoliberal se extienden en la región y los medios hegemónicos, en lugar de cuestionar políticas que van contra los intereses populares, acusan de injerencia a agentes cubanos y venezolanos. Y cuando a 90 millas de sus costas hay un gobierno que renueva la ofensiva contra la Revolución incrementando las sanciones y tratando de asfixiar a su gobierno con un bloqueo que ya lleva casi 60 años.
Fuera de ese marco de análisis simplón, el mandatario cubano no se privó de los homenajes en el monumento al general San Martín y en el parque de la Memoria, donde se tomó su tiempo frente a la placa que recuerda a Rodolfo Walsh y ante las que dan testominio de los jóvenes trabajadores de la embajada cubana Crescencio Galañena Hernandez y Jesús Cejas Arias, secuestrados y desaparecidos por la dictadura militar en 1976.
Luego, mantuvo una reunión con empresarios que mantienen negocios con la isla. Argentina es el cuarto mayor socio comercial de Cuba, el noveno a nivel internacional y los turistas argentinos son los segundos en cantidad en recorrer el archipiélago.
Por el lado local, el presidente de la Federación argentina de la Industria Molinera, Diego Cifarelli, destacó el interés en concretar inversiones en Cuba. Juan Salvador Amato, presidente de la Cámara Pyme Argentina, señaló las dificultades en nuestro país como una traba extra para incrementar la relación comercial.
El que más disposición para “transferir nuestros conocimientos para que ustedes desarrollen sus capacidades” fue Gustado Grobocopatel, presidente del Grupo Los Grobos, quien destacó que en las últimas tres décadas la producción de trigo se multiplicó por cinco debido a las nuevas tecnologías. Y se ofreció para desarrollar esas mejoras en Cuba.
También hubo oferta de operadores turísticos y el pedido de que Aerolíneas Argentinas vuelva a volar hacia La Habana y de que cubana de Aviación aumente las frecuencias.
Díaz Canel dijo frente a los empresarios que “Argentina es un país entrañable para Cuba”. La misma frase dijo en la noche del lunes ante una multitud que asistió a un encuentro en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA.
“Aquí nació el Che, que también fue declarado cubano por nacimiento, excepcionalidad que solo comparte en nuestra historia con el Generalísimo Máximo Gómez, extraordinario militar dominicano que llegó a ser General en Jefe de las tropas mambisas en nuestras guerras de independencia”, dijo el mandatario cubano.
Luego reafirmó esa historia en común, que inicia con José Martí, cónsul argentino en Nueva York a fines del siglo XIX, lo que hace “inseparables nuestros sentimientos, desde todos los compañeros que arrastró el Che consigo en la construcción de nuestros sueños de justicia social en los años fundacionales; pasando por el dolor compartido por los 30 000 desaparecidos; las luchas de las abuelas y madres de Plaza de Mayo; la pasión por el fútbol, Maradona y su amistad personal con Fidel; lo mejor del cine latinoamericano y del rock en español, hasta llegar a Néstor y Cristina, cuyo legado cristaliza ahora en el triunfo de Alberto”.
Como cierre de su discurso, recordó a León Gieco, quien dijo que “todo está guardado en la memoria”.
Tiempo Argentino, 10 de Diciembre de 2019
por Alberto López Girondo | Dic 8, 2019 | Sin categoría
Pocos gobiernos llegaron a la Casa Rosada con un escenario internacional tan desfavorable. El de 1973, sin dudas, fue uno. Entre el triunfo de Héctor Cámpora en marzo y el de Juan Domingo Perón en septiembre se produjeron los golpes en Uruguay y Chile, cerrando el círculo de dictaduras militares alrededor del país. Raúl Alfonsín debió lidiar con los mismos protagonistas diez años más tarde y puede decirse que contribuyó para la recuperación democrática de la región.
Alberto Fernández llega a la Casa Rosada 29 días después del golpe contra Evo Morales, tres meses antes de que la derecha vuelva a la presidencia uruguaya y con dos mandatarios, en Paraguay y Brasil, surgidos de procesos democráticos amañados luego de sendos golpes institucionales contra presidentes constitucionales. Chile se debate contra el último vestigio pinochetista: la constitución de 1990.
A. F. perdió en pocos días dos aliados para su proyecto progresista y quedó rodeado de experiencias protofascistas como las de Jair Bolsonaro y Jeanine Áñez. El Mercosur, golpeado en los últimos años, sufre la suspensión de Venezuela, a partir de la llegada de Mauricio Macri al poder en Argentina y de Michel Temer tras la expulsión de Dilma Rousseff.
Pero la integración fundamentalmente padece la amenaza de este Brasil neoliberal de dejar el organismo o forzar una baja de aranceles externos, en un mundo que cierra sus fronteras comerciales.
Donald Trump declaró la guerra a China por los mercados y la tecnología del futuro. Desde la administración Obama para acá, América Latina vuelve a ser el «patio trasero», con lo que el principal campo de batalla de esa contienda es la región.
A. F. recibe un país al borde de la asfixia por la deuda y los planes del FMI. Igual le pasó a Alfonsín y luego a Carlos Menem y a Néstor Kirchner. Como entonces, la deuda es un condicionante político para el inquilino de la quinta de Olivos.
La experiencia argentina demuestra que la cancha siempre viene inclinada cuando asume un gobierno elegido por el pueblo. El viento, la tribuna y el árbitro están en contra, y en este juego los otros no son de respetar códigos. Pero siempre hay posibilidad de pelearla.
En este contexto, las dificultades que pueda tener el nuevo canciller, Felipe Solá, con el idioma inglés serán el menor de sus problemas. «
La enorme obsesión por Venezuela
Venezuela es la gran obsesión para las derechas de todo el mundo. Siempre les viene muy bien denostar al gobierno del país caribeño para ocultar las propias miserias. Por supuesto, en la lista de enemigos de los Estados Unidos, también están Cuba y Nicaragua. Pero el empecinamiento que denota la Casa Blanca contra el gobierno chavista resulta llamativo.
Los jefes militares del Comando Sur invitan a los militares venezolanos a desplazar al presidente Nicolás Maduro y halagan a los uniformados de todos los países para “defender los valores de la democracia”.
Por lo tanto, por propia preservación, el primer gran desafió para el gobierno de Alberto Fernández será de qué manera buscar una salida pacífica para Venezuela sin caer en el intento.
Raúl Alfonsín lo había hecho con la revolución sandinista en los 80 ante la ofensiva de Ronald Reagan. No es casual que algunos de aquellos protagonistas hayan salido de los museos para sumarse a los deseos de Donald Trump.
Tiempo Argentino, 8 de Diciembre de 2019
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