Robert Kennedy Junior está lanzado a disputar la candidatura presidencial por los demócratas y encontró un hueco por donde golpear al establishment no solo de su partido sino de Estados Unidos. Ya venía adelantando, como reflejó Tiempo la semana pasada,(ver acá) que rechaza rotundamente el acoso a Rusia de parte de la OTAN y prometió que de llegar a la Casa Blanca liberaría a Julian Assange y Edward Snowden, entre otros personajes a los que considera héroes por haber usado la libertad de prensa para mostrar el verdadero rostro del imperio. En pocas palabras, que el hijo del ex procurador Bobby y sobrino del expresidente John no oculta que entre sus enemigos están los organismos de vigilancia e inteligencia de Estados Unidos. Así lo repitió en un reportaje en una radio AM de Nueva York en el que acusó a la CIA de estar involucrada en el asesinato de JFK, registrado el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas.
La hipótesis de que el asesinato de John Fitzgerald Kennedy fue obra de una conspiración de la que participaron organismos de inteligencia de Estados Unidos no es nueva. El caso es una incógnita recurrente y una herida abierta para la democracia de ese país. Ríos de tinta y kilómetros de películas muestran elucubraciones, documentos y diversos testimonios sobre el crimen. Para colmo, Robert Kennedy Jr. es hijo del que fuera secretario de Justicia de la administración de su hermano que también fue víctima de un magnicidio. RFK fue acribillado a balazos el 6 de junio de 1968 en el pasillo de un hotel en Los Ángeles donde celebraba su triunfo en las primarias en California en una contienda que lo tenía como fuerte candidato a la Casa Blanca. Dos meses antes había sido asesinado el pastor bautista Martin Luther King.
RFK Jr, de 69 años, no había militado políticamente hasta ahora. Se lo conoce como ambientalista y abogado defensor en litigios contra multinacionales como Monsanto y otros grandes contaminadores del río Hudson. Durante la pandemia sus acciones mediáticas crecieron porque cuestionó la vacunación contra el Covid-19, lo que llevó a que se lo considerara un antivacunas y a que le fuera bloqueada su cuenta de Instagram. Para más, sus críticas al “Estado Profundo” que integra el aparato burocrático asociado a los fabricantes de armas y el sistema financiero, lo hicieron parecer cercano a Donald Trump, lo que elevó las especulaciones de que intentaría una fórmula demócrata-republicana inédita en la historia de EEUU.
Estos días aclaró en su twitter que “bajo ninguna circunstancia” se uniría al expresidente. Había ido aclarando antes que nunca estuvo en contra de la vacuna, solo exigía que fueran suficientemente probadas y seguras antes de someter a las poblaciones a su aplicación. De paso reclama a Elon Musk porque le bloquearon el tuit en que pedía le devuelvan su Instagram.
Pero el domingo pasado habló con John Catsimatidis en el programa matinal de la WABC (770 AM) y afirmó que “está más allá de toda duda razonable” que su tío fue asesinado por una conspiración de la que participó la CIA. “Existen pruebas aplastantes”, abundó. Citó, entre ellas, una investigación de James W. Douglas, JFK and the Unspeakable (JFK y lo inconfesable) donde se detallan algunas de las maniobras y manipulaciones para que apareciera como magnicida un oscuro personaje, Lee Harvey Oswald, asesinado a su vez dos días más tarde –también en un pasillo, pero de un cuartel de policía- por Jack Ruby, dueño de clubes nocturnos ligado a la mafia.
El hombre que mató al padre de RFK Jr. se llama Sirhan Bishara Sirhan, nació en Jerusalén, es de origen palestino y había emigrado a EEUU con su familia una década antes. Fue detenido durante la balacera y condenado en primera instancia a la pena capital, luego conmutada por cadena perpetua.
En marzo pasado volvió a pedir su libertad condicional. A los 78 años de edad, pasó casi 55 años preso. Un tribunal de California volvió a denegarle el beneficio. SBS jura que no recuerda qué ocurrió ese nefasto día. Alguna vez se dijo que atentó contra RFK porque el candidato había comprometido su apoyo a Israel en Medio Oriente. Su abogado, Lawrence Teeter, afirma que fue víctima del programa MK Ultra, de la CIA y que actuó en estado de hipnosis.
Mauricio Leandro Osorio nació en La Habana hace 36 años y se formó en Chile. Su padre había tenido que exiliarse y en broma, dice que así se ganó «la beca Pinochet». Es periodista, escritor e investigador y como experto en comunicación política participó en las campañas electorales de Luis Arce en Bolivia, Gustavo Petro en Colombia y Xiomara Castro en Honduras, entre otras. Aquí analiza las elecciones constituyentes chilenas, donde se impuso la extrema derecha de José Antonio Kast, del Partido Republicano, y está ahora en condiciones de elaborar una nueva Carta Magna que podría ser más conservadora que la de la dictadura, si es que se pudiera. «Yo ya había vaticinado que el resultado sería un poco catastrófico. Pero también hay algunas sorpresas», dice de entrada.
–¿Como cuáles?
–Se desinfló el Partido de la Gente, un partido instrumental que nació de un outsider llamado Franco Parisi, quien incluso hizo toda su campaña presidencial fuera de Chile y fue una de las opciones más votadas en las presidenciales. Pero se debe hacer ciertas explicaciones antes. No es que Chile se fue a la extrema derecha. Hay un voto de castigo por la gestión que ha tenido (Gabriel) Boric hasta este tiempo, y personas que también han querido castigar a la derecha tradicional, por algo Chile Vamos –la derecha histórica de Unión Demócrata Independiente 8UDI) y el Partido Renovación Nacional– también perdió una gran cantidad de electores. Es importante mencionar esto. El progresismo perdió casi un millón y medio de votos en relación con las presidenciales y la derecha tiene este tránsito a la extrema derecha, pero con la visión de que era un partido nuevo, más allá de que sus figuras y el propio Kast haya sido en su momento senador y miembro de la UDI.
–¿Puede haber influido que esta elección haya sido obligatoria?
–Lo que veo es un voto castigo hacia la derecha dentro de la misma derecha. Pero hay una tercera fuerza que se levanta en esta elección y es el voto nulo y blanco (que no se computa para el resultado). Son casi dos millones y medio de votos que representaron el 20% de la elección. Si uno saca una calculadora y empieza a buscar, gran parte de estos votos fueron al progresismo como un voto antiKast y hoy prefirieron votar por nadie y se quedaron en ese gesto también de protesta.
Foto: AFP
–¿Cómo sigue la historia?
–Quien va a tener la batuta en la discusión es un partido, el Republicano, que ni siquiera firmó el acuerdo para este nuevo proceso. Ellos se oponían porque son fieles defensores de la constitución de Pinochet y decían que ya la gente había votado rechazo y lo que había que hacer es quedarse con la que tenemos heredada de 1980 del dictador. Ellos ganaron y ahora tienen la responsabilidad de redactar una nueva constitución que por lo que hemos visto puede ser parecida a la actual. Pero hay algunos peligros que se ciernen, porque hay voces neoconservadoras que están hablando de un texto un poco más complejo para derechos sociales.
–¿Cómo cuáles?
–Uno de los derechos que se han conquistado por las mujeres ha sido el derecho al aborto en tres causales. Con este grupo de conservadores podría verse en peligro. Hay una terrible sensación de que esto pudiera terminar en la nada o… es que hoy la nada o avanzar es un ganar-ganar para la derecha. Porque de aprobarse un texto neoconservador que reafirme el pilar del modelo sería legitimar la constitución de Pinochet, que se impuso en dictadura.
–Pero Boric al mismo tiempo saca una ley que da carta blanca a la represión o nacionaliza el litio o aprueba una ley de cannabis.
–Hay un programa social de un gobierno que viene de las movilizaciones estudiantiles de 2011-2012. Boric mismo fue presidente de la Federación de Estudiantes, era la izquierda juvenil que llegó a La Moneda después de las movilizaciones y Boric como un férreo opositor al Tratado TPP 11 que luego se firmó, también de un proyecto minero que luego se abrió. Sin embargo, hay algunos aspectos de su programa que se han podido avanzar. Entre ellos yo destacaría que Chile acaba de aprobar las 40 horas semanales, uno de los proyectos estrella de la diputada y hoy ministra secretaria de Gobierno Camila Vallejo. Ella fue una de las impulsoras de este proyecto junto al PC. Ahí también se vislumbran las disputas internas, porque este nuevo proyecto se impulsa desde el Ministerio del Trabajo, encabezado por Jeannette Jara, que es comunista también. Y esto también tiene que ver con la elección. Si bien fue un fracaso para el progresismo y un arribo tremendo de la extrema derecha, esta fue una votación histórica del PC. Daniel Jadue, que había sido un fenómeno electoral, alcalde de Recoleta en Santiago, perdió en las primarias contra Boric pero ahora el PC sacó un 8%, cuando su vara había sido en un 5%. El anticomunismo para la derecha es muy fuerte. Con respecto al litio se ha generado una política nacional, que no es la nacionalización del recurso, pero se abre una puerta a crear una empresa nacional, lo que sería un avance significativo no solo para Chile sino para la región. Ahí están las cosas importantes, pero son simbólicas si no generamos un refuerzo desde los pilares constitucionales. Por eso digo que son grandes desafíos, grandes problemas.
–Fuiste parte de las movidas estudiantiles del 2011. ¿Te sentís decepcionado?
–En verdad yo siento que es un terreno en disputa. Hay disputas a nivel mundial, estamos viendo que está cambiando la hegemonía de EE UU posterior a la caída de muro de Berlín y de la Unión Soviética. El mundo multipolar emerge con gran fuerza, el multipolarismo vino para quedarse. Hay un mundo en disputa, hay un país en disputa, hay gobiernos en disputa. Estamos en un momento de lucha, no de desilusión. Una de las críticas que yo tengo al progresismo en Chile es que se han desilusionado totalmente o han tirado la toalla en muchos casos denunciando que la gente es tonta. «Los que votaron a republicanos son tontos, no es que nosotros no supimos conquistar las voluntades, que no tenemos un proyecto bueno, es que la gente es tonta». Lo que no hay que hacer es pensar que está todo perdido, que no hay nada que hacer. Queda mucha batalla por dar.
Los búlgaros y la cara de la resistencia a la dictadura
En tiempos de la universidad, conocí a uno de los oficiales que habían combatido junto a un grupo de chilenos a la dictadura y descubrimos que se habían formado en Bulgaria. La particularidad es que muchos de los combatientes y guerrilleros que lucharon contra la dictadura habían pasado por cursos de formación en Cuba incluso acá en Chile en cursos clandestinos, pero esos habían recibido la formación completa como oficiales de carrera, de cuatro años, y algunos pasaron por la academia militar para oficiales de alto mando en Bulgaria. –¿Por qué en Bulgaria? –En el contexto de la guerra fría en el año 76 exterminan a dos direcciones completas del PC en la clandestinidad en Chile. El PC de Chile era prosoviético y querían tener a un grupo de oficiales que respondieran a su línea política y que se formaran con una visión estratégica: si se recuperaba la democracia claramente no se podían tener las mismas fuerzas armadas golpistas, había que recomponer ese alto mando, cambiar su doctrina militar y de seguridad y se lo pensaba hacer con oficiales formados en el campo socialista, no solamente con oficiales formados en la Escuela de las Américas. –¿Por qué adentrarse en esta investigación? –Quise alejarme del relato concertacionista de la historia oficial en Chile que es que la lucha armada, la protesta, la resistencia es invisibilizada con un breve discurso que dice que la democracia se recuperó con la pluma y el papel. Pero la resistencia popular también sirvió para presionar a la salida del dictador. –¿Viven aún los protagonistas? –La mayoría vive. Después de la caída del campo socialista estos jóvenes que tenían una tremenda formación se encuentran con que el partido les dice «ya te vamos a llamar» y no sabían qué hacer con ellos. Tuvieron que hacer sus vidas, algunos son choferes de taxis, otros cuidadores de edificios, algunos siguen en la militancia, pero igual son víctimas de un contexto. Tenían 19-20 años, dejaron lo que estaban haciendo por cumplir con una misión que les asigna su partido y quedaron varados.
No hubo batacazo de la ultraderecha ni se movió demasiado el amperímetro con respecto a lo que presumían analistas y encuestólogos. La elecciones provinciales del 7 de mayo, en todo caso, demostraron el acierto de los gobernadores que decidieron adelantar el llamado a la urnas para no quedar inmersos en la vorágine que serán las presidenciales de este año. Y podría decirse que en Jujuy, La Rioja y Misiones, las dos coaliciones de base nacional tuvieron para el festejo, aunque con algunos bemoles. La que los medios de comunicación porteños miraban con mayor interés era la de Jujuy, donde Gerardo Morales se jugaba una carta fuerte con la mirada puesta en su futuro dentro del espacio de Juntos por el Cambio (JxC) como líder de la UCR. Y su apuesta rindió frutos: su exministro de Hacienda, Carlos Sadir, logró el 49,1% de los sufragios, casi seis puntos más que el propio Morales en 2019. Detrás quedó Rubén Rivarola, con el sello del Frente Justicialista y un 21,3% de apoyos. El peronismo provincial no logra hacer pie desde 2015 y entre las disputas internas y el avance del «moralismo» fue dejando jirones en el camino. Si hace cuatro años los sectores en que se había dispersado el justicialismo jujeño hubieran derrotado a Morales (representaban casi el 47% de votos contra 43,7% del radical, que iba por la reelección) esta vez sumados no llegan al 32%. La que emergió como una fuerza importante fue el Frente de Izquierda, de la mano de Alejandro Vilca, con 13,72% de votos, el mejor cómputo para ese sector a nivel gobernadores en su historia. Desde antes de saberse el resultado, el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, y el candidato radical a sucederlo, Martín Lousteau, viajaron para mostrarse triunfantes ante sus contendientes en la interna de JxC. Morales se juega a compartir fórmula presidencial con Rodríguez Larreta y el resultado de este domingo lo posiciona de la mejor forma. Tiene condimentos como para disputar un lugar en ese espacio: logra un tercer tiempo en una provincia que siempre votó al peronismo, y tiene el perfil de mano dura que dentro del PRO representa Patricia Bullrich. Lo demostró al detener a la dirigente social Milagro Sala a poco de su llegada a la casa de Gobierno, en enero de 2016, luego de haber modificado entre gallos y medianoche la composición de la Corte Suprema de Justicia provincial. Para agregarle más espesor a ese gesto, este domingo Morales encabezó la lista de convencionales constituyentes que debatirán un proyecto de reforma de la Carta Magna jujeña que busca penalizar las protestas sociales y prohibir el indulto a condenados por delitos de corrupción.
Impacto local El otro comicio al que apuntaban los focos porteños era el de La Rioja, pero no porque hubiera dudas sobre la reelección de Ricardo Quintela, que se puso la camiseta del Frente de Todos (FdT) y apoya sin fisuras una candidatura de Cristina Fernández a las presidenciales o, en su defecto, del ministro del Interior, Eduardo de Pedro. Toda una osadía cuando en otros distritos perciben al sello FdT como un emblema «piantavotos», habida cuenta de la demonización de la vicepresidenta, que ella misma destacó en diciembre pasado, cuando se conoció el fallo sobre la causa Vialidad, y afirmó que no se postulará a ningún cargo para no «someter a la fuerza política que me dio el honor de ser dos veces presidenta y una vicepresidenta a que la maltraten en período electoral y le digan que tiene una candidata condenada». En La Rioja el ultraderechista Javier Milei estaba convencido de que con la postulación de Martín Menem –hijo del exsenador Eduardo Menem y por tanto sobrino del expresidente Carlos Menem– le daría para entrar en segundo lugar. Finalmente, Quintela sacó el 50,6% de los votos, Felipe Álvarez, por JxC, llegó a 31,8% y Menem quedó tercero, con 15,6%. El apellido, quedó comprobado, pesa pero no tanto, y además el gobernador recibió bastantes mas votos que hace cuatro años, cuando había ganado con 44,9%. Ahora incluso, el oficialismo riojano se dio el lujo, con Armando Molina, de recuperar la intendencia capitalina, hoy en manos de la radical Inés Brizuela. En Misiones también se dio el resultado que se preveía. Un nuevo espaldarazo para el verdadero líder provincial, el exgobernador Carlos Rovira, fundador en 2003 del Partido de la Concordia Social, una amalgama de peronistas y radicales que esa vez apoyaron su reelección y desde 2007 dirige los destinos de los misioneros con hombres de su espacio. A la manera de un titiritero, Rovira aparece como el gran elector y la ciudadanía no le da la espalda. Esta vez Hugo Passalacqua volverá al Gobierno –estuvo a cargo entre 2015 y 2019– con casi 66% de los votos. El radical Martín Arjol quedó relegado al segundo lugar, con el 25,4% de los sufragios. En resumen: ganaron los oficialismos, no hubo un voto contra el sistema y el cuco de Milei se agotó detrás de un candidato riojano que representa como pocos la «casta» que el diputado porteño se ufana de querer combatir. Fue la única apuesta fuerte que hizo Milei, que en las otras dos provincias no avaló a ninguno y hasta hubo un pase de comedia en Misiones, donde Ninfa Alvarenga, ante la falta de apoyo, se quiso bajar de la candidatura. Como el tribunal electoral le rechazó el pedido por extemporáneo, ella misma llamó a no votarla. Aún así, 3.308 desobedientes pusieron su boleta en la urna, y quedó tres escalones arriba de los dos últimos, Jorge Pelisnki y Débora Mangone.
Sergio Galiana es historiador, magister en Relaciones Internacionales y docente en la Universidad de General Sarmiento y en la UBA. Es uno de los mayores expertos del país en la realidad africana y desde ese lugar desmenuza ante Tiempo la situación en Sudán, atravesada por un conflicto entre el gobierno de transición de Abdelfatah al Burhan y las milicias de la Fuerzas de Reacción Rápida (FRR).
«Sudán, desde fines de los ’80 hasta 2019 tuvo un gobierno, el de Omar al Bashir, que en su momento era parte del ‘eje del mal’. Cuando tomó el poder, Sudán era lo que hoy, más Sudán del Sur, donde había una guerrilla separatista, y tenía otros conflictos internos: el más activo, en la provincia de Darfur, una zona en la que, por el acceso a las tierras y el agua, chocaban campesinos negros no arabizados y grupos de pastoreo de camellos. Para enfrentar la guerra en Darfur, Bashir armó grupos paramilitares, los ‘yanyauid’, que no eran parte de la estructura política y fueron acusados de genocidios», comienza Galiana. «En 2005 se firman los acuerdos de paz y Sudán del Sur logra la independencia pero la zona sigue muy conflictiva y Bashir le da institucionalización a esas milicias, que derivan en estas FRR. Ahí tenías al ejército que gestionó aquella transición ‘pacífica’, y una enorme movilización popular que presionaba por una transición democrática. La transición se estira, y se produce un golpe de Estado, que hace que Sudán sea sancionado por la Unión Africana: puede ser un genocida, pero si es elegido, lo aceptan; si es producto de un golpe de Estado, lo sancionan».
–La sublevación hoy está encabezada por el general Mohamed Hamdan Dagalo, Hemetti.
–Cuando se produce el levantamiento popular, hábilmente cambia de grupo y se pone al frente de una salida negociada. Con el tiempo controló la explotación de minas de oro y se convierte en empresario y en un político poderoso. Lidera el FRR, que hoy pelea por el poder: tienen mucho dinero, fierros fuertes y gran experiencia de lucha, a diferencia del ejército, cruzado por cuestiones de corrupción. Intervinieron en otros conflictos, como en la guerra civil de Yemen con Arabia Saudita. Son mercenarios: van donde hay billetes. Y tienen buena relación con el grupo Wagner (ruso).
–Los rusos quieren construir una base naval en el Mar Rojo ¿Cómo es que están tan activos ahí?
–Como eje del mal, Sudán fue objeto de sanciones económicas de la UE y EE UU. Y en los 2000 reorienta su política hacia China y Rusia.
–La visita de Victoria Nuland (subsecretaria de Estado) y las presiones de Antony Blinken (canciller de EE UU) ¿qué buscan?
–El que firma los acuerdos (con Rusia) es el gobierno, que se conformaba por las milicias, los paramilitares y el Estado. Por eso, lo único que le queda es presionar para una transición política. China es el principal socio comercial de Sudán, pero baja su perfil porque no le conviene quedar apoyando a gobiernos militares. Por eso saltan los yanquis.
–¿Se puede hablar de ideología de unos y de otros?
–En términos ideológicos, no hay nada. Ambos grupos dicen que están comprometidos en organizar una transición hacia un gobierno civil. No es que quieran nacionalizar el petróleo o eso. Es una puja por poder. Una cuestión central es la desarticulación de los grupos paramilitares, que en un gobierno civil, deberían desaparecer. ¿Cómo lo haces? ¿Los integrás al ejército? ¿Quién se queda a cargo del ejército? Hemetti lidera un grupo paramilitar. Si se queda con el poder dirá que será garante de la transición, y podrá ser un presidente civil en el futuro. Todos tienen excelentes relaciones con Rusia y con China, lo que, de alguna manera aceleró el conflicto. Deja de ser una cuestión de política doméstica. Un acuerdo político para dejar que se establezca una base militar es pasar de pantalla…
–¿Cómo puede ejercer presión EE UU?
–Por los vecinos. Egipto y Etiopía, por ejemplo, son dos piezas muy fuertes de la política norteamericana. Van marcándole la cancha de hasta dónde puede coquetear con los rusos. Y además influencia a través de ONGs, grupos religiosos y otros, que para países sancionados son fundamentales. Estados Unidos no va a amenazar con una invasión pero tiene miles de formas capilares de intervención. Por ejemplo, por el programa mundial de alimentos, medicina, y otras cuestiones. Pero el problema de EE UU es cómo reconstruir su presencia en ese país. Es el problema de la política de sanciones: si no lográs estrangular a un país, lo empujas a otro lado. Y en este contexto, significa que se vayan con los rusos.
–O con los chinos.
–Un gran problema de EE UU en este siglo es el avance de los chinos en África. Van por los commodities y por mucho más. En los últimos años, el principal destino de los estudiantes becados en el exterior es China. Hacen carreteras, compran cosas, se llevan el petróleo, venden armas, saquean el país. Lo hacen los yanquis, lo hacen los chinos, como en otro momento lo hicieron los ingleses, los franceses… Acá no hay uno bueno y uno malo.
–Además de la base naval ¿en qué otros lugares quiere intervenir Rusia?
–Hay que mirar las votaciones en las Naciones Unidas. ¿Quiénes votan sistemáticamente sanciones contra Rusia? EE UU, sus satélites, la UE, Japón, Australia y Nueva Zelandia. El resto tiene una política mucho más ambigua y Sudáfrica salió a bancar muy fuerte la no intervención. La respuesta fue: «estamos llenos de guerra, nosotros no pedimos que tomen partido, ¿por qué intervendríamos nosotros en la guerra en Ucrania?». El imaginario norteamericano era que hubiera 150 países condenando a Rusia y eso no ocurrió. Los rusos fueron construyendo esta política yo diría desde hace 15 años. La guerra claramente reactivó esta idea de no alineamiento. En Irak fue «vamos todos» y hoy ya no. Es un problema que tiene EE UU a la hora de reconstruir su hegemonía global.
–¿Quién en el resto de África sería amigable con EE UU?
–Ruanda claramente se alineó con EE UU y Gran Bretaña. Tiene acuerdos vergonzosos en términos de derecho internacional como que los solicitantes de asilo al Reino Unido pueden ir a Ruanda. Pero recibe muchas inversiones y después del genocidio recuperó un montón. Tiene inversiones, estructuras, es uno de los dos países candidateado para fabricar vacunas, junto con Senegal, tiene acuerdos con India para fabricar celulares. Fue un alineamiento que le dio mucho beneficio al país. Pusieron plata en el Arsenal para bancar al equipo, lo que motivó pedido de informes a la UE porque recibe dinero de la cooperación internacional y la usaron para un equipo de la Premier Ligue. Tenía otro con el PSG. Yo creo que la apuesta fuerte de EE UU en Sudán es asegurar una transición política y pensar en construir algún candidato que salga de estos señores de la guerra.
–¿Esta situación puede influir sobre algún otro país de la región?
–El problema de Sudán crea conflictos a todo nivel y el primero es el de los desplazados. Sudán estuvo en guerra durante muchísimo tiempo pero nunca en la capital, Jartum. Ahora se están tirando con todo en el centro de la capital. Y tienen de todo para tirarse. Fue tan sorpresivo que mucha gente ni podía salir de la casa. Todos los países de la región presionan para encontrar una solución.
–Una lectura rápida podría decir que los grupos paramilitares, como ha sido tradición de la política estadounidense, son financiados por las agencias de EE UU.
–Esta política que vos señalás es lo que Rusia construyó en los últimos 15 años. El Grupo Wagner es eso. Los medios hablan mucho de estos grupos de mercenarios que van por los diamantes, por el petróleo, por minerales, pero eso es lo que hacían los estadounidenses y vos no te enterabas. Ahora hablan de que la inestabilidad es por los rusos como si antes África hubiera sido Suiza. Digamos que está la CIA, está Israel, están los saudíes, Emiratos Árabes Unidos, que tiene fuertes inversiones en Sudán. Son países que empezaron a jugar fuerte en la política regional en los últimos diez años. Hay algo de la política regional que se escapa de la lógica estadounidense. En Sudán EE UU tiene líneas con todos los actores, pero nadie puede decir abiertamente que apoya a alguno de los dos bandos porque el origen es ilegítimo: el gobierno porque es producto de un golpe y los otros porque es un grupo paramilitar. Lo que es interesante es que toda esa movilización que llevó a la caída de Bachir sigue vigente y hoy son los que en la práctica están atendiendo a todas las víctimas civiles del conflicto. Comités de barrios, de profesionales, de médicos, de enfermeras, de tipos que tienen algo y lo ofrecen. Toda esa oleada de participación ciudadana, democrática, que se había generado al fin de la dictadura sigue vigente en una situación extremadamente hostil. En medio de ese lío tratan de organizar redes de contención, que para mí es de donde puede venir un cambio emancipador, positivo. En lo otro no veo que haya nada que sea más que agarrar el estado y hacer negocios.
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