Vladimir Putin se lanzó a la jugada más arriesgada en sus casi 23 años en el poder en Rusia y puso a Europa en el trance más peligroso desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y a EEUU en el desafío de mostrar hasta dónde está dispuesto a llegar el gobierno de Joe Biden para sostener su rol de gendarme internacional. El resto del mundo mira preocupado la situación en Ucrania, donde se podría estar incubando la batalla final para la humanidad, si es que realmente los contendientes deciden utilizar el armamento nuclear de que disponen.
No es la primera vez que Rusia recurre a una movida semejante para intentar mantener o recuperar si no el territorio, al menos la influencia que alguna vez tuvo la Unión Soviética y que perdió desde su disolución, el 25 de diciembre de 1991. Y no es necesario ningún contacto con los servicios secretos rusos, de los que proviene el inquilino del Kremlin, para adivinar sus movidas.
Hace meses que Putin viene advirtiendo que para Moscú, la OTAN debe regresar a las fronteras de hace 30 años, y que el avance hacia el este europeo violó todas las promesas y garantías que se hicieron en su momento a los gobiernos de Mijail Gorbachov y Boris Yeltsin. Lo puso por escrito en un documento que presentó en diciembre pasado.
Puede cuestionarse la legalidad y hasta la legitimidad del reclamo, lo que no se puede negar es que en política internacional, rige la ley del más fuerte. Hasta no hace tanto, esa ley no escrita y tampoco derogada, fue la que permitió el avance atlantista sobre ex repúblicas soviéticas hasta las narices mismas de Moscú. En Asia, en tanto, la OTAN también acompañó a EEUU en sus desastrosas aventuras en Irak y Afganistán, mientras que en África participó de la invasión a Libia, un país destruido tras esa incursión.
Luego del asesinato de Muhammar Khadafi, en octubre de 2011, el foco de la administración de Barack Obama y de su secretaria de Estado, Hillary Clinton, giró a Siria, donde el objetivo era el presidente Bashar al Assad. Pero ahí chocaron con un obstáculo que no se esperaban: Moscú salió en defensa del gobierno sirio y un poco porque allí tenía su única base militar en el Mediterráneo, en Tartús, otro poco porque ya era evidente que EEUU no podría seguir manteniendo tantas guerras simultáneas en su aspiración por controlar el planeta, el caso es que desde ese momento las tropas rusas salieron del letargo. Y Putin demostró que la Rusia del siglo XXI aspira a ser un factor de poder global y tiene con qué.
Desde entonces, también, los sectores antirrusos fueron ganando espacio en el “estado profundo” de la burocracia estatal norteamericana. Fue tan así que el triunfo de Donald Trump fue atribuido a injerencia rusa en las elecciones de 2016 y los grupos ligados a la ex canciller fustigaron desde antes de que asumiera al nuevo mandatario acusándolo de connivencia con el Kremlin. La venganza de Trump -que enfrentó un primer juicio político por acusaciones contra el hijo de Biden por sus negocios no tan claros en Ucrania- fue decir este mismo martes que si el hubiese sido reelegido, Putin no hubiera reaccionado como lo hizo.
Mas allá de las chicanas, lo cierto es que la OTAN es un agujero negro presupuestario para Washington y que Trump pretendió -a lo bestia, como todo lo suyo- que los europeos pagaran más por su seguridad. Una amenaza de guerra es un buen negocio para la burocracia militar de la organización atlántica, que así justificaría su existencia. Y también para que con Biden, se cumpliera el objetivo de Trump de que hagan mayores aportes.
El reconocimiento de la independencia de Lugansk y Donetsk, previsible en cierto modo, puede representar que la advertencia del actual secretario de Estado Antony Blinken sobre una invasión rusa a Ucrania tenía bases reales. También acelera el enfrentamiento entre la administración demócrata y Moscú, que mientras estuvo en el poder Trump se tuvo que limitar a operaciones mediáticas sobre el peligro ruso.
Trump, por su parte, pretendió cerrar negocios por la venta de gas de francking estadounidense en reemplazo al que Rusia envía a Alemania. Un caño con el precioso combustible que alimenta el 40% de la industria y calienta a los hogares germanos pasa por Ucrania, el territorio en disputa. El otro es el gasoducto Nord Stream 2, listo para entrar en acción desde septiembre pasado a pesar de presiones y amenazas del gobierno Trump.
Ahora, el canciller Olaf Sholz anunció que como castigo por el reconocimiento de la independencia de las repúblicas del Donbass, suspende el proceso de aprobación de la tubería. Una millonaria obra de la que participaron empresas rusas, alemanas y franceses. Scholz, junto con el presidente Emmanuel Macron, fueron los más febriles negociadores en un intento de frenar a Putin.
Saben que la escalada perjudica sobre todo a Europa, donde está en frente de batalla. Pero el presidente ruso sabe, también, que quien corta el bacalao en ese continente, es Estados Unidos, y no acepta hablar con intermediarios. Como será que la sanción de Berlín, en la práctica, será sufrida más por los alemanes que por los rusos. Y a quien beneficiará será a los productores de gas estadounidenses, más caro porque debe transportarse por buques. Productores amigos y muy de votar por Trump.
Fue una semana teñida de impulsos belicistas que presagian nuevos nubarrones en el este de Europa. Una vez demostrado que el 16 de febrero no hubo ninguna invasión a Ucrania, el anuncio del repliegue de efectivos rusos de la zona fronteriza solo generó desconfianzas desde Washington, mientras se intensificaron los cruces entre tropas de Kiev y milicias de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk. Esa región es el punto clave en este conflicto que viene escalando desde diciembre pasado, cuando Moscú presentó una serie de reclamos hacia la Otan y EE UU basados en la necesidad del retiro de la organización atlantista hacia las fronteras europeas de 1997.
La zona llamada del Donbass representa una trampa para Rusia. Con una población rusoparlante, fue el apoyo electoral para el derrocado presidente Viktor Yanukovich y desde ese levantamiento en la plaza Maidan del que estos días se cumplen ocho años, la resistencia contra el sector que tomó el poder en Kiev. Poblaciones también rusas asentadas en Crimea pidieron la reincorporación a Rusia y fueron admitidas, aunque la situación estratégica de la península es diferente. Esta febril semana, la Duma (la Cámara Baja rusa) aprobó una resolución para que el gobierno reconozca la independencia de las provincias del Donbass y también las incorpore a la Federación.
Para Moscú, no sería el momento de una movida semejante y desde el Kremlin mantienen que una solución pacífica, negociada y duradera es el respeto a los Acuerdos de Minsk de 2015, que establecían una autonomía de esas regiones y el respeto por la lengua y las tradiciones rusas en la población. Las autoridades ucranianas firmaron el documento junto con Alemania, Francia y el Reino Unido. Pero nunca lo implementaron y en cambio avanzaron en medidas para “ucranizar” toda la nación, lo que genera mayor rechazo y justifica los argumentos de Moscú para defender a connacionales atacados en un país limítrofe.
La vocera de la cancillería rusa, Maria Zakharova, se burló de los anuncios tremendistas de medios y mandatarios occidentales y pidió: “Publiquen el calendario de las próximas invasiones, me gustaría planificar mis vacaciones”. Pero el secretario de Estado Antony Blinken insistió en que Rusia se sigue preparando para invadir y dio detalles de cómo se producirían los ataques. Desde el jueves, en tanto, se incrementan los incidentes en los límites del Donbass, donde Kiev acumuló más de 100 mil efectivos del Ejército y la Guardia Nacional. Entre ellos está el temible Batallón Azov, claramente identificado con simbología y valores del nazismo, entrenados por mercenarios de la “proveedora” privada Academi, de Erik Price, y también, según documentos desclasificados en Londres, por militares del Reino Unido. En la Seguida Guerra Mundial, las tropas hitlerianas contaron con la ayuda de nacionalistas ucranianos que compartían los objetivos raciales del fürer detrás de Stepan Bandera, hoy considerado un héroe en la capital ucraniana, aunque repudiado por el Parlamento Europeo y organizaciones judías.
Desde 2014, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OCSE) lleva un cómputo de las violaciones al cese el fuego alcanzado en octubre de ese año, mediante una Misión de Monitoreo sobre Ucrania (SMM, en inglés) <https://www.osce.org/ukraine-smm/reports>. Al cierre de esta edición, el reporte decía: “En la región de Donetsk, el SMM registró 591 violaciones del alto el fuego (…) En la región de Lugansk, la Misión registró 975 violaciones del cese el fuego”. El reporte del 1 de febrero hablaba de 194 violaciones al cese el fuego en Donetsk y 146 en Lugansk.
Las autoridades locales recomendaron a la población civil que huyera a Rusia, mientras que el gobernador de Rostov, la provincia rusa fronteriza, declaró el estado de emergencia por la llegada de refugiados. Putin, en tanto, se mostró junto al presidente de Bielorrusia en Minsk, observando una serie de ejercicios militares binacionales. Lo acompañaron representantes de las fuerzas armadas de Letonia y Lituania que acudieron a una invitación del mandatario bielorruso Aleksandr Lukashenko, «basándose en el deseo de desarrollar la cooperación y la buena vecindad, así como sobre la base de los principios de apertura, transparencia y reciprocidad».
Putin estuvo esta semana con Jair Bolsonaro (ver aparte) y con el líder de Hungría, Viktor Orban, dos jefes de Estado ultraderechistas que supieron hacer buenas migas con Donald Trump. Orban es amigo personal de Putin y rechaza el ingreso de Ucrania a la Otan, uno de los puntos álgidos en esta crisis europea.
Putin también se vio con el canciller alemán Olaf Sholz y habló con el presidente frances, Emmanuel Macron. Son concientes, ellos, de que los europeos serían los grandes perjudicados si esta arriesgada jugada de ajedrez se desmadrara por alguna chispa que hiciera estallar el polvorín, y que puede ser provocada simplemente por un exaltado que desencadene una tragedia. Putin le recordó a Scholz el papel de la Otan en el genocidio registrado en Yugoslavia tras la caía de la URSS y lo comparó con lo que ocurre en el Donbass.
Foto: AFP
Las reglas del juego
En Múnich se desarrolla la 58ª Conferencia de Seguridad (MSC, en inglés) donde anualmente se discuten –sin mayor éxito– medidas para una convivencia civilizada bajo el lema «La paz por el diálogo» y que este año tiene un ojo puesto en Ucrania. “Las certezas tradicionales se están desmoronando, las amenazas y vulnerabilidades se están multiplicando, y el orden basado en reglas está cada vez más bajo ataque», dijo el presidente de la MSC, Wolfgang Ischinger en la apertura. «Rusia se ha propuesto socavar la arquitectura de seguridad europea y está intentando reescribir las reglas del orden internacional», señaló la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. La ministra de Relaciones Exteriores germana, Annalena Baerbock, también apuntó a la “arquitectura de paz en Europa” para fustigar a Rusia.
Moscú exige que la Otan debe retirar armamento de los países donde los desplegó luego de 1997 vulnerando reglas de juego y acuerdos previos. En ese momento, la Federación Rusa no podía hacer mucho para evitarlo debido a la crisis por la disolución de la Unión Soviética. A principios de mes, Vladimir Putin y Xi Jinping anunciaron un pacto de «amistad sin límites» destinado, precisamente, a establecer normas discutidas multilateralmente con base en la Organización de Naciones Unidas y no surgida de un grupo de países aliados en contra de otro.
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Pactos no cumplidos
El ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergei Lavrov, atribuyó la escalada de tensiones en el este de Ucranua a la «obstinada falta de voluntad de las autoridades de Kiev de cumplir plenamente los acuerdos de Minsk». Lavrov mantuvo este sábado una conversación telefónica con el canciller francés, Jean-Yves Le Drian, para discutir sobre las garantías de seguridad propuestas por Moscú. Para el funcionario ruso, es necesario “garantizar una seguridad igual e indivisible para todos basada en un equilibrio de intereses”, según expresó en un comunicado. Lavrov, igualmente, acusó el gobierno ucraniano de acumular fuerzas militares en la línea de contacto en Donbass y de llevar a cabo provocaciones armadas.
Los acuerdos de Minsk de febrero de 2015 establecen una hoja de ruta para poner fin al conflicto entre las tropas gubernamentales ucranianas y las milicias autonómicas del Donbass. Los documentos prevén un alto el fuego, la retirada del armamento pesado de la línea de demarcación, el respeto por el uso del idioma ruso y elecciones locales.
Pasa en algunas familias y en algunos partidos de derecha y España no es la excepción: el Partido Popular, heredero del conservadurismo franquista adaptado a las nuevas reglas de la democracia, viene en declive primero por el surgimiento de una agrupación más inclinada al centro, como Ciudadanos, y últimamente por el explosivo crecimiento de otra desde la ultraderecha, Vox. En medio de esa caída, ahora dos aspirantes al liderazgo partidario se tiran con toda la artillería con tal de hacerse del poder para enfrentar a la coalición de centroizquierda que gobierna desde 2018 y que debe someterse a las urnas en 2023. De un lado del ring está Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, del otro Pablo Casado, presidente del PP. Las armas: una maniobra de espionaje de nivel se diría que escolar, encargada por el partido para perjudicar a la dirigente con mejor imagen entre las que tiene función ejecutiva.
El caso parece hasta ridículo: dos diarios ligados al PP difundieron la noticia de que el partido había contratado a un detective para investigar al hermano de Díaz Ayuso por un presunto caso de corrupción con la venta de barbijos al gobierno regional con sobreprecios estrafalarios. «Es muy doloroso que dirigentes de tu partido, en lugar de respaldarte, sean quienes te quieren destruir», dijo la mandataria, de 43 años.
El trasfondo: el año pasado, Díaz Ayuso se aventuró a convocar a elecciones adelantadas para poder gobernar el solitario y no tener que negociar con Ciudadanos, que la habían apoyado dos años antes para llegar a los votos necesarios en el Parlamento. Ganó ampliamente con un discurso tan inclinado a la derecha que hasta copiaba a Vox.
El domingo anterior, Castilla y León, feudo del PP desde 1985, también adelantó elecciones por razones similares. El presidente regional, Alfonso Fernández Mañueco, también se quería sacar de encima a Ciudadanos y quiso emular a Díaz Ayuso. Para Casado era igualmente una apuesta y puso todos los huevos en ese canasto. Pero les falló el cálculo y ahora deben recurrir a Vox, que por otro lado pego el salto al saltar de 1 a 13 diputados, para mantenerse en el poder.
Casado queda debilitado y Díaz Ayuso pretende quedarse con todo para aspirar a la presidencia del gobierno nacional el año que viene. Por lo que parece, no piensan dejarse ninguna fechoría por hacer.
Mientras Casado busca recuperarse de la denuncia de espionaje el partido ordenó abrir un expediente alegando que la presidenta de la región capitalina acusó sin pruebas al titular la agrupación. «
Ultraderecha al ataque
«Es hora de plantar cara a las organizaciones criminales dirigidas por las tiranías de La Habana y Caracas». Santiago Abascal es el líder de Vox, principal impulsor del encuentro regional del Foro Madrid, en Bogotá este fin de semana, para «forjar una alianza anticomunista americana», con dirigentes de México, España, Venezuela, Perú, Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Uruguay, Holanda, Croacia, Bélgica, Italia y EE UU, entre otros.
Maria Zakharova es la vocera del Ministerio de Relaciones Exteriores ruso. Tan profesional y categórica en sus definiciones como el canciller Sergei Lavrov, sus declaraciones suelen tener ese tono irónico y mordaz que seguramente aprendió en el ejercicio del periodismo. Hace algunas horas escribió en su cuenta de Telegram que «la histeria de la Casa Blanca es más reveladora que nunca. Los anglosajones necesitan una guerra. A cualquier precio. Las provocaciones, la desinformación y las amenazas son el método favorito para resolver sus propios problemas».
La andanada de temores y amenazas que se lanzaron esta semana desde Washington confirmarían esta percepción del gobierno de Vladimir Putin. Así, mientras por un lado el presidente Emmanuel Macron viajaba a Moscú para una entrevista –kilométrica mesa de por medio– con el mandatario ruso, el secretario de Estado Antony Blinken comenzaba su serie de advertencias acerca de una inminente invasión a Ucrania. Para Macron, el resultado de su mini gira, que incluyó Moscú, Kiev y Berlín, “logró su objetivo” de abrir puertas para encontrar la forma de bajar tensiones en esa región europea. Pero eso, a la vista de los estrategas estadounidenses, eleva al mandatario galo a una estatura de líder continental que no están dispuestos a permitirle.
Eso podría explicar en parte la “histeria” de estos días: ningunear la gestión francesa. Un dato a tener en cuenta es que así como Zakharova, hija de diplomáticos soviéticos, se crió en Beijing y habla mandarín, Blinken pasó su infancia en París, donde su padre fue embajador, estudió en escuelas de ese país y habla francés con acento parisino. En la Ciudad Luz aprendió también los buenos modales diplomáticos que siempre caracterizaron a los franceses: guantes de seda sobre puños de hierro.
El gesto estadounidense de tensar la cuerda al máximo puede ser visto como una maniobra desesperada para mantener a Europa dentro de la Otan o enterrarla en una guerra –que es una hipótesis nada despreciable y que explicaría el uso del término “anglosajones” por la vocera, ya que Washington no juega solo– o por pasar de página tras el desastroso retiro de las tropas de Afganistán. En tal sentido, la Casa Blanca, por un lado, pide a sus ciudadanos que se vayan de Ucrania, pero les advierte que no los van a ir a buscar. “Arréglense como puedan”, es el mensaje.
Documentos desclasificados en el Reino Unido revelan que el gobierno británico invirtió 82,7 millones de libras para sostener medios de comunicación en los países limítrofes de Rusia en los últimos cuatro años. Según el portal declassifieduk.org, los fondos se canalizan a través del Fondo de Conflicto, Estabilidad y Seguridad (CSSF, por sus siglas en inglés) como modo de combate a la “desinformación” proveniente de fuentes rusas. Así y todo, la histeria puede ser una buena arma en manos de buenos psicópatas. Se atribuye a Richard Nixon la Teoría del Loco. “Quiero que los norvietnamitas crean que he alcanzado el punto en el que podría hacer lo que fuera para parar la guerra. Correremos el rumor de que, ‘por amor de Dios, conoces a Nixon, está obsesionado con el comunismo. No lo podemos reprimir cuando está furioso —y tiene la mano en el botón nuclear’— y el mismo Ho Chí Minh estará en París en dos días suplicando por la paz”, publicó en sus memorias su jefe de Gabinete, Bob Haldeman.
El punto es que Estados Unidos ya tuvo como presidente a alguien demasiado parecido a Homero Simpson, que daba la sensación de que en cualquier momento se podía quedar dormido sobre ese botón, y todo se iba al demonio. Joe Biden, por otras razones, no se muestra mucho más confiable.
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