por Alberto López Girondo | Ene 22, 2022 | Sin categoría
Salvo Donald Trump, todos los últimos presidentes estadounidenses necesitaron de una guerra exterior para apuntalar su apoyo interno. Y Joe Biden no parece una excepción, con las tensiones crecientes sobre el conflicto entre Rusia y Ucrania. Un conflicto del que tanto Estados Unidos como la OTAN no son ajenos. ¿Para qué le serviría una guerra al actual inquilino de la Casa Blanca? Como varios analistas perciben: para lograr el apoyo y la legitimidad que tanto el Congreso como la oposición republicana están socavando a cada instante, cuando este jueves apenas se cumplió el primer año de su mandato. Pero desde una perspectiva más amplia, para unificar a una sociedad literalmente partida en dos, donde los individualismos extremos llevaron a la consolidación de un bloque “trumpista” que no perdió vigor y amenaza con el regreso en 2024.
Para apuntalar estas perspectivas baste recordar que los ataques a las Torres Gemelas, del 11 S de 2001, se produjeron a casi exactos ocho meses de la asunción de George W. Bush al gobierno. A 20 años de aquellos acontecimientos, el resultado latente fue la pérdida de garantías constitucionales para los ciudadanos en el marco de leyes “patrióticas” para combatir la amenaza del terrorismo y la degradación de EE UU como potencia mundial.
Desaparecida la Unión Soviética en diciembre de 1991 -30 años, otro número “redondo”- tanto el impulso de las fuerzas políticas nacionales como las organizaciones creadas en torno a lo que fue la Guerra Fría, como la OTAN, quedaron sin la competencia de un contrincante de esos que obligan a despabilarse. Y allí está el origen de esta situación que complica los días de Vladimir Putin en la presidencia de Rusia y que altera la tranquilidad de los líderes europeos, que temen que la escalada entre Washington y Moscú termine por envolver al continente en una guerra entre potencias nucleares de consecuencias letales para la civilización occidental y para ellos, que serían el campo de batalla.
Putin lo recordó hace unos días en respuesta a una periodista británica en un video que se viralizó rápidamente. Su argumento es que durante la administración de Ronald Reagan, los líderes soviéticos y el propio presidente de la Federación Rusa, Borís Yeltsin, habían logrado garantías de que se respetarían las fronteras de la nueva entidad y que la Organización del Tratado del Atlántico Norte no avanzaría hacia el Este. A cambio, retiraron las tropas y los pertrechos desplegados en las naciones de la antigua órbita soviética. Error estratégico de haber creído que eran otros tiempos.
Melvin Goodman, un ex analista de la CIA y profesor en la Universidad Johns Hopkins no duda en culpar a Bill Clinton, el sucesor demócrata del republicano Reagan, por la militarización posterior a la disolución de la URSS. Según Goodman, Clinton intentó una política de distensión y de respeto por los acuerdos establecidos al inicio de su gestión, pero no tuvo agallas para enfrentar al lobby militar industrial y sobre todo el Pentágono y terminó aceptando la expansión de la OTAN y de las bases militares estadounidenses.
Por otro lado, en lo que alguna vez Putin definió como “comportamiento de nuevo rico”, tanto la Casa Blanca como la OTAN comenzaron con incursiones armadas fuera del ámbito de la ONU, sin la anuencia del resto del mundo, o manipulando información falaz. Lo hicieron entonces en Yugoslavia y luego, ya con Bush hijo y Barack Obama, en Afganistán, Irak, Siria, Libia, entre las más conocidas.
Trump ninguneó a la OTAN cuanto pudo y dio paso al retiro de las tropas occidentales de Afganistán que implementó -a la desesperada- Biden. Con el prestigio de la OTAN por el suelo y una muestra de debilidad extrema en la alianza atlántica, en setiembre pasado se anunció el pacto AUKUS, entre EE UU, Australia y el Reino Unido contra China, que fue recibido como un insulto por los gobiernos de Francia y Alemania, que habían tenido que tolerar el impulso de Trump al Brexit.
Luego de estos deslices, el aparato mediático afín a las estrategias del “Estado Profundo” renovó su andanada contra Rusia. Habla de amenaza de invasión pero ignora que desde 2014, con el derrocamiento del gobierno de Viktor Yanukovich, el tablero regional se trastocó en perjuicio de Moscú, que recuperó el control de Crimea y se pone de garante de los derechos de los habitantes rusófonos de las regiones del Donbass, enfrentadas con el nacionalismo de la dirigencia encaramada en Kiev.
“¿Qué pasaría si Rusia despliega armamento nuclear en México o Canadá?”, dijo Putin, parangonando a lo que percibe como amenaza de que Ucrania se incorpore a la OTAN. A mediados de diciembre, el canciller Sergei Lavrov presentó la propuesta de Rusia para destrabar la situación. Entre los puntos clave obliga al cumplimiento de los acuerdos de Minsk en Ucrania y a respetar las disposiciones de la Carta de la ONU en sus áreas sensibles.
En esta semana se volverán a reunir Lavrov con su par estadounidense Antony Blinken, mientras por su lado, representantes de los gobiernos británico, francés y alemán, buscan su turno en la agenda del funcionario ruso.
Es que Rusia es socio comercial, proveedor de energía a través de gasoductos -uno de ellos a través de Ucrania- pero sobre todo, salvo para el establishment militar industrial y los líderes políticos menos perspicaces del otro lado del Océano, la guerra es un riesgo que vale la pena evitar.
Más allá de las palabras grandilocuentes, hay una realidad y es que Kiev, que ni siquiera controla todo el territorio que los mapas escolares le asignan a Ucrania, también tiene entre sus dirigentes a personajes que solo pueden sostenerse en base a extremar posiciones que, bajo cuerda, no resultan aceptables para la comunidad europea.
Tiempo Argentino, 22 de Enero de 2022
por Alberto López Girondo | Ene 1, 2022 | Sin categoría
El emérito Juan Carlos I siempre da mucha tela para cortar, para desgracia de la familia Borbón y de su hijo Felipe VI, que lo sucedió a las apuradas en 2014 cuando los escándalos del rey designado por el dictador Francisco Franco en 1969 ponían en riesgo a la propia continuidad de la monarquía. Ahora, y mientras trata de convencer a la justicia británica de que sigue en actividad -cosa de que se le mantenga la inmunidad y no pueda ser procesado por acoso en una denuncia que presentó su ex amante Corinna Larsen- el diario El País publicó que en su exilio dorado de Abu Dabi recuperó la amistad con el traficante de armas Abdul Rahman El Assir, con pedido de captura internacional por fraude fiscal.
El comerciante de doble nacionalidad libanesa y española no quiso presentarse a un juzgado madrileño donde está procesado por evadir el pago de 14,7 millones de euros a la agencia recaudadora, que ahora pide una multa de casi 74 millones como castigo. El Assir -que entre otras amistades se lo vinculó alguna vez a nuestro conocido Monzer al Kassar- demuestra a cada paso los rasgos comunes que lo ligan a Juan Carlos, que entre las razones para huir al país árabe se cuenta una deuda con Hacienda de 678.000 euros.
Según los registros oficiales, el vendedor de armas mantenía una estrecha amistad con la familia real y la dirigencia del Partido Popular al punto que asistió a la boda de la hija del ex presidente del Gobierno José María Aznar en los 90. Pero cuando los vientos comenzaron a soplarle en contra -fundamentalmente en los medios de comunicación- el Borbón eligió dejar de invitarlo para no “quedar pegado” a las tropelías del hispano-libanés.
Juan Carlos entró en desgracia en abril de 2012, cuando se quebró la cadera en Botsuana. La noticia podía haber figurado como un accidente menor en una persona de 74 años como tenía entonces (nació en 1938). Pero la trama escondía algo más: Fue durante una cacería de elefantes y en el viaje estaba su “amiga íntima” Corinna Larsen, una muy atractiva danesa que se hacía llamar Princesa Corinna zu Sayn Wittgenstein. Apellido y título de un exmarido que terminó demandándola para que deje de usufructuarlo para su beneficio.
Corinna aparece como testaferro de Juan Carlos en cuentas de dudoso origen por unos 100 millones de euros. Gran parte de ese dinero serían comisiones por negocios facilitados por el monarca, entre ellos la construcción de un tren de alta velocidad entre Medina y La Meca a cargo de una empresa española. Una causa abierta en Suiza para investigar ese voluminoso patrimonio en 2018 fue cerrada a mediados de este mes por la fiscalía de Ginebra, que no encontró, dijo, el vínculo entre el dinero girado por el gobierno saudita, la cuenta en un banco suizo y el rey español.
Corinna, mientras tanto, denunció por acoso al rey en Londres. Sus abogados ahora intentan demostrar que a pesar de haber abdicado en 2014 Juan Carlos es un activo integrante de la familia real que no se jubiló ni piensa hacerlo. Al menos hasta volver a España en febrero, como es un deseo. Hay que ver si el hijo está de acuerdo o lo prefiere lo más lejos posible. Y si los magistrados británicos le creen. «
Iglesias y la orden de Carlos III
El gobierno de Pedro Sánchez condecoró este fin de año a 23 exministros del Ejecutivo con la Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III. Se trata de una distinción que en su origen, 1771, premiaba a los más leales al rey, que históricamente fue el segundo Borbón en la corona española. Con el tiempo, fue teniendo cada vez más carácter civil y desde 2002 «tiene por objeto recompensar a los ciudadanos que, con sus esfuerzos, iniciativas y trabajos, hayan prestado servicios eminentes y extraordinarios a la nación».
Los galardonados esta vez fueron José Manuel García-Margallo, ministro de Exteriores con Mariano Rajoy; la exministra de Educación Isabel Celaá; la actual presidenta del Congreso de los Diputados, Meritxell Batet; el exministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón; y el exministro de Cultura y escritor Màxim Huerta. Y también el ex vicepresidente Pablo Iglesias. Quizás, el que resultó más incómodamente premiado ya que es representante de un sector que quisiera terminar con la monarquía e instaurar una república.
Tiempo Argentino, 1 de Enero de 2022
por Alberto López Girondo | Ene 1, 2022 | Sin categoría
A tres años de su llegada al gobierno, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO) espera refrendar su mandato con una consulta popular que genera rispideces con los sectores de la oposición y los poderes institucionales. De hecho, su voluntad de llamar a un referendo revocatorio implicó un cruce con la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) y el Instituto Nacional Electoral (INE), que se negaba con el argumento de que no tiene dinero para esa tarea. Ahora, el mandatario propuso en una de sus conferencias “mañaneras”, que si el INE sigue en su postura se podría conseguir el dinero con algún tipo de colecta popular o, incluso, contratando a las consultoras más prestigiosas para una gran encuesta nacional.
AMLO asumió la presidencia el 1 de diciembre de 2018 luego de décadas de lucha política y una elección en la que denunció fraude para no entregarle el poder, en 2006, cuando tras días de intrigas, el INE reconoció como triunfador a Felipe Calderón por apenas 58 centésimas (35,89% a 35,31%).
Después de este desliz, recorrió mil veces cada rincón del país, fundó el partido Morena (sigla para Movimiento de Regeneración Nacional que alude a la Virgen de Guadalupe, la virgen morena, venerada por los mexicanos) y sumó a todos los descontentos de la política que encontró en el camino. Ganó en 2018 con el 53,19% de los votos en la elección con mayor participación, 63,42%.
Su propuesta para derrotar a los dos partidos que se alternaron en el poder desde el 2000, cuando el PRI perdió la supremacía de 71 años a manos del PAN, fue la Cuarta Transformación de México (4T). La primera T fue la independencia, entre 1810 y 1821, la segunda la Reforma de 1857, que provocó la separación de Iglesia y Estado, y la tercera fue la revolución mexicana, entre 1910 y 1917.
La iniciativa de AMLO es de una nueva transformación que lleve la democratización de la vida política, cooptada por una burocracia estatal muy ligada a las elites que se beneficiaron del proceso de privatizaciones y políticas neoliberales de los años 90 sin compartirlas con el resto de la población.
Su comunicación con la ciudadanía es a través de las charlas “mañaneras” de cada día a las 7 AM en el Palacio Nacional. Allí, con un estilo campechano, responde, cuestiona, critica, dialoga con periodistas de todos los medios. No levanta la voz, parece un viejo profesor parsimonioso y hasta aburrido explicando algún teorema por enésima vez.
En junio pasado, en elecciones de medio término -la presidencia en México dura seis años- el Morena ganó 11 de las 15 gobernaciones estaduales en juego y con las que había obtenido tres años antes, suma 17 distritos federales sobre 32.
La semana pasada, la SCJN ordenó al INE organizar la consulta que pide AMLO. Se trata de una simple pregunta: «¿Estás de acuerdo en que a Andrés Manuel López Obrador, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, se le revoque el mandato por pérdida de confianza o siga en la Presidencia de la República hasta que termine su periodo?», que finaliza en 2024.
El INE analiza cada firma con el petitorio correspondiente, busca excusas, mientras el mandatario juega el juego que mejor le cabe. Está convencido de que su imagen está intacta al cabo de esta mitad de gobierno y que puede ganar la consulta. Al mismo tiempo, entiende que la negativa del INE tiene que ver con esa certeza: los sectores reacios a su figura prefieren que la ciudadanía no le dé otro cheque en blanco para que complete su proyecto 4T.
En la “mañanera” del miércoles, alguien preguntó si tenía un Plan B en caso de que el INE encuentre otra forma de impedir el referendo.
-Los ciudadanos podrían hacer la consulta. Se organiza el pueblo. Nosotros ganamos la elección por el pueblo, por la gente. Esa es la esencia de la democracia, el ciudadano que quiere ejercer sus derechos, que participa, que busca los cambios, dijo.
-La otra es que hiciéramos una colecta para contratar unas 10 empresas encuestadoras de prestigio en México y que se preguntara lo mismo: ¿Quieres que siga de presidente Andrés Manuel López Obrador o que renuncie?, agregó, con una mano en el bolsillo del pantalón.
– A lo mejor 10 son muchas encuestadoras, pero cinco. Hay de todo, se busca que sean las que menos cucharéen o que no cucharéen y que no le pongan levadura, cerró, invitando a la risa. Se entiende que cucharear es manipular los datos. Poner levadura para complacer al interesado.
Tiempo Argentino, 1 de Enero de 2022
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