por Alberto López Girondo | Mar 30, 2021 | Sin categoría
A pocas horas de celebrarse un nuevo aniversario del golpe del 31 de marzo de 1964, estalló en Brasil una feroz interna militar en torno al gobierno de Jair Bolsonaro que dejó en el camino a seis ministros, los comandantes de las tres armas y dejó al descubierto la orfandad en que queda un gobierno acuciado por la crisis sanitaria y el regreso a la arena pública del expresidente Lula da Silva.
Así como todo el país está padeciendo las consecuencias de una pandemia sin control -el país se convirtió en una verdadera amenaza mundial- el excapitán del Ejército brasileño se fue cavando lenta pero persistentemente su propia tumba. Primero con el desdén con que trató al coronavirus y el cuestionamiento a las medidas sanitarias que fueron implementando los gobernadores estaduales. Luego con el alineamiento acrítico con el gobierno de Donald Trump. Y finalmente, con la alianza férrea con las políticas neoliberales de su ministro de Economía, Paulo Guedes.
Todo el esquema articulado en torno al apoyo que los uniformados le brindaron para que llegara al gobierno y luego para acompañarlo en la gestión, se fue diluyendo a medida que el poder judicial le fue soltando la mano a la estrategia establecida por el exjuez de Curitiba Sergio Moro para dejar fuera de carrera el fundador del PT. Cuando el Supremo Tribunal Federal mandó a fojas cero las causas contra Lula y luego ordenó investigar las maniobras ilegales de Moro y el fiscal Deltan Dallagnol, la suerte de Bolsonaro quedó echada.
Aunque es difícil de prever qué puede ocurrir de aquí en adelante, es evidente que los magistrados de la corte entendieron que Bolsonaro -con más de 330 mil muertos por COVID-19 y sin un verdadero plan para impedir la diseminación del virus, que además produjo una variación más peligrosa en Manaos- no tenía mucho rollo en el carretel. Y avanzaron hacia el reconocimiento de que la situación procesal de Lula era un mamarracho insostenible.
El rechazo de la sociedad hacia el presidente es también fundamental para que otros actores de peso en la vida política y económica brasileña decidieran que “no va más”. Una cosa era sacar del medio a Lula, indigesto para las elites, pero otra es soportar a un presidente con pocas luces y que lleva al país hacia el precipicio. La pandemia, que en gran medida llevó a la derrota a Trump, dejó a Bolsonaro también al desnudo.
La suerte del canciller Ernesto Araújo, terraplanista si los hay, que no solo concretó un seguidismo vergonzante con la Casa Blanca sino que enfrentó al país con China, el principal comprador de los productos agrarios que, además, podría haber provisto al país e la vacunas que necesitaría para frenar la expansión del virus. Araújo tenía los días contados desde la derrota de Trump, pero se terminó yendo porque terminó acusado por la falta de previsión y su incapacidad para negociar la compra de vacunas.
En un contexto, en el que lo menos que se podría decir es que Bolsonaro estaba contra las cuerdas ante un futuro de impeachment, el fin de semana se viralizaron temores de que el alocado presidente estuviera intentando un autogolpe para sacar del medio al Congreso y de paso intervenir al Poder Judicial.
El lunes obligó a renunciar al ministro de Relaciones Exteriores, al de Defensa y al de Justicia. (Ver acá) Y a continuación hizo unos enroques para fortalecer a sus leales. De tal manera que el general Walter Braga Netto pasa de la Casa Civil -jefatura de Gabinete- a Defensa en sustitución de otro general, Fernando Azevedo e Silva. Braga Netto es un antilulista empedernido que durante la gestión del PT fue agregado militar en la Embajada de Brasil en EEUU, donde mantuvo estrechos contactos con el Pentágono.
En 2016 la presidenta Dilma Rousseff lo convocó para coordinar las tareas de seguridad en torno a la Olimpíadas de Río de Janeiro. Dos años más tarde, luego del golpe, Michel Temer lo puso al mando de la Secretaría de Seguridad. En ese lugar militarizó la ciudad carioca, bastión de los Bolsonaro, y fue clave para apoyar la candidatura del actual presidente. Presionó sin mayores pruritos a la justicia para que Lula estuviera entre rejas lo suficiente como para no poder participar de las elecciones de 2018.
Más que identificado con Bolsonaro, Braga Netto es el sostén de una estrategia de gobierno militar y estaba en la Casa Civil luego de las primeras crisis de gobierno, a modo de garantía de quién era el que verdaderamente mandaba en el país. Pero no todos los uniformados estaban dispuestos a inmolarse por un proyecto ultraderechista, y menos cuando en el continente los vientos están cambiando.
Eso fue evidente en la mañana de este martes. Se sabía que las cúpulas militares estaban incómodas. Y que Bolsonaro estaba articulando con fuerzas policiales del país para dar una suerte de autogolpe.
Un comunicado de la presidencia, con la firma de Braga Netto, dice que los jefes de la Marina, la Aeronáutica y el Ejército fueron echados de su cargo. Se sostiene que el mandatario estaba descontento con Edson Leal Pujol, de las fuerzas de tierra, porque no salió a protestar como otrora hacían sus pares contra la decisión de liberar a Lula. Hubiera sido una presión a los cortesanos que hubiese favorecido los intereses bolsonaristas. La versión que dejaron entrever los jefes militares, por el contrario, es que decidieron renunciar para frenar un autogolpe.
Mientras tanto, los grupos neofascistas que siguen el presidente comenzaron a mostrar su violencia en las calles de Bahía y prometen hacerlo también en otros distritos -sobre todo los gobernados por “trabalhistas”, contra decretos estaduales que restringen la movilidad para frenar los contagios. Con la consigna que por estas tierra hablan de “libertad” y “no al barbijo”.
Tiempo Argentino, 30 de Marzo de 2021
por Alberto López Girondo | Mar 28, 2021 | Sin categoría
Fue el cruce más fuerte en 30 años de Mercosur entre dos gobernantes. Y lo fue básicamente porque tanto el mandatario uruguayo como el argentino rompieron reglas tradicionales de la diplomacia que contemplan el trato amable y, de haber puñaladas, que no sean a la vista del público. La pandemia fue la excusa para que la celebración no fuera presencial y el anfitrión, Alberto Fernández, en su condición de presidente pro témpore de la organización regional, cerró el encuentro respondiendo agriamente al desafío de Luis Lacalle Pou. Quedará en la memoria de la integración regional ese “si somos un lastre, que tomen otro barco”. Tanto como el corset en que dice sentirse el uruguayo por las reglas de una institución a la que adhirió su padre, Luis Alberto Lacalle de Herrera, junto con Carlos Menem, Fernando Collor de Mello y Andrés Rodríguez Pedotti, el 26 de marzo de 1991.
Como una vela que fue perdiendo iluminación, el Mercosur venía empañándose luego de varios años de decadencia innegable. Tal vez el enfrentamiento despabile a una organización nacida con el regreso a las democracias locales tras las violentas dictaduras en el Cono Sur, y que habían impulsado Raúl Alfonsín, José Sarney y José María Sanguinetti en 1985.
Alberto Fernández recordó lateralmente aquellos antecedentes y se ciñó al postulado de que el Mercosur debe ser una plataforma de unidad. “‘Nadie se salva solo’, suele decir el Papa Francisco, y tiene razón”, dijo, aludiendo, de paso, a un líder mundial salido de estas tierras.
Las tensiones que afloraron este viernes no son nuevas y ni siquiera son desconocidas para todos los que participaron del encuentro virtual en el que se destacaba la gigantografía del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros en el Museo del Bicentenario con un gesto que claramente en el contexto del debate implicaba: “Paren la mano”.
Es que el gobierno nacional es consciente del escenario en que se desenvuelven las actuales controversias. El Mercosur venía estancado desde la crisis financiera mundial de 2008, por la forma en que cada uno reaccionó a las consecuencias. En Argentina el proteccionismo se exacerbó, con Guillermo Moreno en la Secretaría de Comercio Interior, al punto de que generó roces con los mandatarios del momento. Y eso que había coincidencia ideológica fundamental entre los Kirchner, el Frente Amplio y el PT brasileño.
Con el cambio de los vientos y la llegada del recetario neoliberal –tras sendos golpes en Paraguay y Brasil y el triunfo de la derecha en Argentina y Uruguay–, el Mercosur ya no solo era un escenario de disputa comercial sino de concepciones del mundo a la medida de las élites tradicionales. De allí que el primer paso fuera la expulsión de Venezuela, que había penado durante años para que el Senado paraguayo terminara por aceptar su ingreso (ver aparte).
En lo político, precisamente, el gobierno bolivariano es un límite y una excusa. No es casual –por más que en la Casa Rosada intenten negarlo– que horas antes de la cumbre la Cancillería formalizara el retiro del Grupo de Lima, el bloque inventado para forzar un cambio de régimen en el país caribeño.
Desde el punto de vista económico, las presiones por bajar los aranceles comunes y liberalizar acuerdos por fuera del Mercosur son alentadas tanto por Bolsonaro y su ministro Paulo Guedes como por el paraguayo Mario Abdo Benítez. De hecho, desde diciembre pasado habían planteado que vendrían a este encuentro con el objetivo de hablar de acuerdos con Corea del Sur, el Bloque del Pacífico, la Unión Europea, los bloques asiáticos y China.
Es cierto que en lo que va del siglo XXI el comercio interzona fue reduciéndose en volumen frente al impulso de las compras de China, un mercado fabuloso para los productos agroindustriales. Por eso Fernández habló de que se debe defender ese aspecto de la economía regional pero también la industria en general, que para Argentina puede terminar perjudicada si hay más apertura. Pero no es menos cierto que el Mercosur es el mercado natural para los productos de cada uno de los países y que Argentina tendría razones para quejarse porque es deficitaria con todos desde hace décadas.
Las críticas de la derecha local y la oriental, como era de esperar, apuntan a lo que consideran un exabrupto albertista y justifican a Lacalle Pou. Hablan de aislacionismo y ridiculizan las propuestas argentinas para, por ejemplo, “cuidar la calidad democrática, combatir la violencia de género y apostar a un desarrollo sostenible”. Ignoran olímpicamente la presentación del Estatuto de la Ciudadanía del Mercosur, lo que sería un avance fundamental en el camino para que la integración no sea solo para beneficio de las multinacionales y los grandes jugadores de las economías locales sino para la construcción de una nacionalidad sudamericana.
Por ahora, en ese sentido hay poca cosa en vigencia, más allá de las patentes de los vehículos.
Contra de los augurios apocalípticos, no se espera que alguien se baje del Mercosur en mitad del río. Las conversaciones sobre la baja de aranceles se llevarán a cabo, como estaba previsto, el 22 de abril. Desde las cancillerías se apuraron a reflejar el buen trato personal que mantuvieron desde el inicio Fernández y Lacalle Pou, y minimizan el disgusto por las reiteradas ofertas del uruguayo para que magnates argentinos crucen el charco para pagar menos impuestos que acá.
Vacunas y algo más
“Quisiera enfatizar la importancia de tener una posición firme y unida del bloque para la obtención de las vacunas contra el COVID-19”, dijo Mario Abdo Benítez en la cumbre. Lo que no dijo es que entre las pocas vacunas que se consiguen en esta parte del mundo están las chinas, y Paraguay no tiene relaciones con el gigante asiático porque nunca quiso romper con Taiwan, un territorio que Beijing señala como propio. El Senado paraguayo rechazó el ingreso de Venezuela al Mercosur por una cerrazón similar. Solo fue aceptado tras el golpe contra Fernando Lugo y la expulsión temporal de ese país. Ahora es la Cámara alta brasileña la que demora el ingreso pleno de Bolivia, como reclamó el presidente Luis Arce. ¿Hubiera habido golpe en el país andino de haber sido parte del Mercosur?
Tiempo Argentino, 28 de Marzo de 2021
por Alberto López Girondo | Mar 28, 2021 | Sin categoría
Néstor Restivo y Gustavo Ng dirigen la revista DangDai y figuran entre los argentinos que más conocen de la realidad china. Acaban de publicar China, la superación de la pobreza, una recopilación de artículos que desmenuzan el plan que permitió que el gigante asiático sacara de la pobreza a entre 700 y 800 millones de personas y eliminar completamente la indigencia en la nación más poblada de la tierra. Sobre cómo se implementó ese programa y qué dificultades debieron atravesar las autoridades hablaron por zoom con Tiempo Argentino.
-Una cosa que se destaca en el libro es que los planes fueron centralizados e integrales y hacen hincapié en las etnias.
NR: -El 90% de la población china es de la etnia han, el 10% restante son otras etnias. Es poco, pero son 140 millones de personas y están en todo el territorio, aunque la mayoría están hacia el oeste y el sur y en el sector rural, que es donde se concentra la pobreza. Muchas de ellas hablan otro idioma, por lo que el esfuerzo de capacitación fue importante. Vivían en tradiciones muy antiguas y en las montañas y hasta allí los fueron a buscar. La centralización garantiza que entre el gobierno nacional y la aldea no se pierdan recursos.
-Con Mao Zedong comenzó un proceso de alfabetización que sin dudas debió ser complicado por lo que implica la lectoescritura con caracteres chinos.
NR: -Cuando Mao llegó al poder, el 90% de la población era analfabeta y cuando muere, en el ’76, más del 90% estaba alfabetizada. Hoy creo que es completa. Mao simplificó la lengua bastante, lo que permitió acelerar todo el proceso. A mí me gusta destacar que si bien la gran reforma la hizo Deng Xiaoping, en 1979, sin la alfabetización, sin las primeras industrias y sin la reforma agraria no se hubiera podido hacer. Las bases las sentó Mao, con todas las críticas que hubo en algunos periodos como la Revolución Cultural, el Salto hacia Adelante que fracasó.
-La pelea contra la pobreza es estructural, no algo pasajero.
NR: -La vienen trabajando desde hace 40 años. Tenían el objetivo de erradicar la indigencia para el 2021, cuando se cumplen 100 años del Partido Comunista y lo lograron, involucrando a todos: el Estado, el Gobierno, el Partido, la juventud comunista, las empresas tanto estatales como privadas, que patrocinaron una villa, universidades apadrinando pequeñas localidades. Todos los actores sociales. Son los ejes principales del plan.
-¿Hay cifras sobre la reducción de la pobreza?
NR: -En estos años, según el Banco Mundial, sacaron de la pobreza a entre 700 y 800 millones de personas y según el rango de dólares por día que mide el BM desde noviembre de 2020 no tienen indigencia. Hay que tener en cuenta que el BM no tiene ninguna simpatía especial por el gobierno chino. En las grandes ciudades no ves indigentes, puede ser que te topes con alguno que pide en el subte o en la calle, pero no es usual. La otra meta es que en el 2049, cuando se cumplan 100 años de la revolución china, no haya pobres.
-Gustavo, vos hiciste mucho trabajo de campo en las zonas donde estaba la población más pobre.
GN: -Me interesó ver el alivio de la pobreza en zonas que no estaban enganchadas en la economía. Porque geográficamente estaban muy lejos, como la provincia de Qinghai, o en el oeste de la provincia de Sichuan, o el Tíbet. O porque culturalmente era difícil engancharse. En una región autónoma, Guangxi estuve con dos etnias que no querían abandonar sus formas tradicionales de producción. Vivían en las montañas y tenían muy poca producción, las casas tenían 700 años, no se querían ir ni hacer las cosas de otra manera. Lo que yo veía es que el gobierno tenía más ganas que ellos de salir de esa situación. No había una cosa de “queremos estar mejor”, estaban bastante conformes.
-¿Cómo se hizo?
GN: -El gobierno acudió a la gente más joven. Captaron que en esa etnia la cultura era muy pintoresca, muy tradicional y entonces era buen material para el turismo. En la medida en que China ha producido más dinero en las clases urbanas, mucho de ese dinero se destina al turismo interno, que se promociona como “ver lo nuestro, lo que es esencialmente chino.”
-O sea que el gobierno organizó planes de negocios para esa región.
GN: -Directamente armaba destinos turísticos. En una aldea, en una montaña, en lugares arqueológicos, todos administrados por la gente de ese lugar que hasta que no hubo turismo no contaban con esos recursos.
-¿Y cómo lo tomó la gente?
GN: -Había un doble sentimiento. Por un lado, “nos convierten en algo pintoresco, un objeto para fotografiar”. Pero cuando veían que eso significaba universidad para los hijos, una muy buena vida para los grandes, ahí la cosa cambiaba. Donde sí hubo mucha resistencia fue en la zona de Xinjiang, que es donde están los uigures.
-¿A qué nivel era la resistencia?
GN: -Había gente a la que le molestaba tener que disfrazarse de su abuelo para que vinieran los ricos de la ciudad y le sacaran fotos. A cambio había escuelas, había dinero, una familia podía construir una pequeña posada o ponía una casa de té y le iba muy bien. O había una refacción de los templos. El gobierno se encargó de que esto no significara solo dinero sino una puesta en valor de lo cultural. Todo esto lo negociaban los líderes regionales con el gobierno. Pero en última instancia el gobierno empujaba. “Vamos, vamos, los chicos no pueden pasar hambre”.
-¿Cómo viven en esas comunidades la repercusión que tienen esas políticas en el exterior, donde se habla de dictadura, autoritarismo, violencia institucional?
GN: -Yo encontré esa tensión entre los uigures, que son muy opuestos a la etnia han. Sienten que los invaden, que deciden por ellos. Ahí sentí un poco de tensión, pero en el resto todo lo contrario. Inclusive en Tíbet. Los tibetanos conservan el budismo, entonces el gobierno entró por ahí. En una ocasión hubo un terremoto muy grande en una población tibetana y se destruyó el templo principal. El gobierno corrió a reconstruir el templo antes de que los budistas consiguieran dinero a nivel internacional. Corrió a competir con las autoridades budistas, sobre todo las del exterior. El gobierno creó muchos lugares para los viejos, y muchas escuelas en zonas donde la población está desperdigada. Y la gente conservó su tradición. A todas las casas donde yo iba, se podía ver la foto del Dalai Lama. «
A la espera de su momento
-En EE UU cambió el gobierno, pero China sigue siendo el gran enemigo de la Casa Blanca, ¿Cómo viven esta situación los chinos?
NR: -China de a poquito va a hacer valer el peso que va ganando a nivel mundial en todos los aspectos. Lo hace con pie de plomo. Acepta la institucionalidad a nivel mundial, aunque es una institucionalidad perimida, a todo nivel, desde el FMI, el Banco Mundial, la organización de comercio. En todas esas estructuras de poder, China está muy subrepresentada, lo mismo la India, Rusia, Corea del Sur. Ellos saben eso, y mientras tanto van construyendo una suerte de institucionalidad paralela con los BRICS, con la Organización de Cooperación de Shanghái, con el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura, la Ruta de la Seda. Van creando otro dispositivo institucional donde ellos sí tienen representación y un peso determinante. En la medida en que EE UU los quiera provocar, se enojan, ya no se callan nada, pero no quieren patear el tablero. Pasó siempre en la historia, la potencia que asciende no quiere patear el tablero, la que lo quiere hacer es la que está perdiendo. Y claramente está perdiendo EE UU. China le contesta a su manera. Tienen todo el tiempo del mundo, saben que van a ocupar ese rol algún día. A nivel de la calle, en la sociedad china, en la medida en que las cosas anden bien, que haya laburo, que la inflación esté bien, que el país crezca, que haya consumo, no es una sociedad muy politizada, deja todo en manos del partido. Van para adelante y es un tema del que ni se habla. En la historia de China hace por lo menos 50 años que la cosa anda bien. Cuando les pregunto qué les pasa con todo esto surge un cierto nacionalismo, ya les empieza a molestar que EEUU se meta a opinar. Aunque son muy admiradores de la cultura de EEUU, de Europa, les gusta.
Tiempo Argentino, 28 de Marzo de 2021
por Alberto López Girondo | Mar 26, 2021 | Sin categoría
La celebración de los 30 años del Mercosur dejó el sabor amargo de un choque que compromete seriamente un proyecto que apelaba a la esperanza de construir una organización regional para potenciar a sus miembros en la disputa en un mundo donde los débiles no prosperan. Un proyecto que convidaba a unir en las diferencias y que desde el puntapié inicial de Raúl Alfonsín y José Sarney en 1985, avanzó a los tumbos, pero se fue quedando a mitad de camino.
En el tramo inicial, desde aquel 26 de marzo de 1991 con la firma del Tratado de Asunción, las críticas de sectores de la izquierda eran que era un acuerdo a la medida de las multinacionales afincadas fundamentalmente en Brasil y Argentina. Carlos Menem y su reciente plan de Convertibilidad, Fernando Collor de Mello del otro lado de la frontera, eran las caras más visibles de ese acontecimiento, cuando la caída del bloque socialista era un hecho y el neoliberalismo aparecía como la única opción en vigencia.
Con la llegada al poder de Lula da Silva, Néstor Kirchner, Tabaré Vázquez, se consolidó un bloque decidido a una integración política más profunda y a otra mirada sobre el desarrollo de los países sudamericanos. De ese eje nació, junto con Hugo Chávez, el No al ALCA de 2005 en Mar del Plata y un impulso para reunir a América del Sur en intereses comunes, cosa de hablar más fuerte y más alto en las grandes ligas. La incorporación de Venezuela, en 2012 y pese al rechazo del Senado paraguayo, buscaba ser desde lo económico una buena alianza entre el poderío industrial argentino-brasileño con la energía que podría proveer la nación caribeña.
El golpe contra Fernando Lugo fue como un cross a la mandíbula, en la ciudad donde se gestó ese esbozo de unidad regional, mientras se demoraba el ingreso de Bolivia y Chile.
La llegada de Mauricio Macri, el derrocamiento de Dilma Rousseff y el cambio de paradigma en Brasilia y Buenos Aires, más la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca con sus planes de desarticular todos los organismos supranacionales -comenzando por los que integraba Estados Unidos- fue acicate para, por ejemplo, el Brexit en Europa. Cómo no lo iba a ser para una integración latinoamericana siempre dificultosa por los intereses de las oligarquías locales tan ligados a los de los centros financieros internacionales.
Las ideas de libre mercado y baja de aranceles externos, siempre latentes en las elites empresarias, tuvieron más aire desde el 2016. Venezuela fue mala palabra y terminó expulsada del Mercosur, y Paraguay y Uruguay, los socios menores del club, tuvieron más eco con Jair Bolsonaro y el gobierno macrista en su interés por dejar el barco.
Había caldo de cultivo. Porque ese ímpetu inicial del Mercosur y su reconversión de los primeros años del siglo XXI fueron perdiendo fuerza a medida que se profundizaron las crisis particulares en cada uno de sus integrantes por la hecatombe internacional del 2008.
No fueron estos últimos cinco años. No fue con el fallido anuncio de un acuerdo Mercosur-UE. Venía desde las iniciativas internas para proteger la competitividad regional de las industrias argentina y brasileña en los albores del 2010, que terminaron perjudicando a la economía de los socios menores. Ya en tiempos de José Mujica hubo planteos en Uruguay para negociar acuerdos de libre comercio por fuera del Mercosur. Para saltar de ese corset que el actual mandatario, Luis Lacalle Pou, trajo de vuelta a la mesa de discusiones.
Las palabras del presidente oriental fueron duras. Más ásperas fueron las frases con que Alberto Fernández clausuró el encuentro virtual por el trigésimo aniversario de la alicaída organización regional. “No queremos ser una carga para nadie. Si somos un lastre, tomen otro barco, pero lastre no somos de nadie”.
Como desde aquel primer encuentro entre Alfonsín y Sarney, el gran dilema del Mercosur es el de cómo defender los propios intereses ante el resto del mundo. Y como entonces, la cuestión de fondo pasa por los aranceles comunes externos. Para Fernández, “la inserción del Mercosur en el mundo global debe darse en favor de nuestros sectores productivos y no en su contra”. Pero no todos ven el momento del mismo modo.
Una verdadera integración es una alianza en la que todos ganen. No todos parecen estar satisfechos con el Mercosur que supimos construir en tres décadas. Tal vez no sea solo una cuestión ideológica lo que está en danza. Tal vez no es solo la patente de un automóvil lo que nos identifique, o el Estatuto de Ciudadanía que debe implementarse. Tal vez, la mudanza de magnates argentinos a la otra orilla no sea solo un acto de rebeldía fiscal. Tal vez es la certificación de que lo que falta construir es más complejo que un enfrentamiento por zoom entre mandatarios circunstanciales.
Tiempo Argentino, 26 de Marzo de 2021
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