por Alberto López Girondo | May 17, 2020 | Sin categoría
Por esas sinuosidades de la historia latinoamericana, Vladimir Safatle nació en Chile, donde sus padres se habían exiliado debido a la dictadura brasileña. Era un país todavía gobernado por Salvador Allende, aunque pocos meses más tarde el golpe pinochetista trastocó también ese escenario. Tal vez por eso encuentra similitudes en estas Fuerzas Armadas que sustentan al gobierno de Jair Bolsonaro con el proyecto neoliberal que se implantó en la nación trasandina. Y si ese Chile fue el laboratorio de ensayo para la Escuela de Chicago, este de Bolsonaro, para este filósofo egresado de la Universidad de San Pablo -donde ahora es titular de la cátedra de Teoría de las Ciencias Humanas- sería un laboratorio de ensayo para un nuevo fascismo. Un experimento para desplegar una revolución cultural conservadora en la que nadie parece dispuesto al diálogo.
-La actitud de Bolsonaro con relación a la pandemia lo enfrenta con muchos sectores de la sociedad que apoyaron su candidatura, pero logra el apoyo fanatizado de otros que no dudan en salir a las calles a manifestarse, a pesar del peligro que corren. ¿Cómo se interpreta eso?
-Creo que Brasil es un laboratorio mundial para un nuevo tipo de extrema derecha. No se trata solamente de una nueva hegemonía de poder sino de un proyecto de cambio de la sociedad brasileña. Lo podemos definir como una revolución cultural conservadora. Bolsonaro representa esto. Yo no tengo ningún problema en utilizar estos términos porque son un recurso analítico y no solamente retórico. Este es un proyecto con claras tendencias fascistas. Hay cosas que me parecen importantes. Hay una historia del fascismo brasileño que la podemos encontrar desde los años treinta. El partido fascista brasileño, la Acción Integralista Nacional, tenía en esa época 1.200.000 miembros. Su candidato a presidente en la elección de 1955, Plinio Salgado, un tipo claramente fascista, tuvo 10% de los votos. Hay una historia del fascismo brasileño que estaba sumergida y está apareciendo de nuevo ahora.
-Había quienes vieron influencias fascistas en Getulio Vargas, que gobernó luego de un golpe en 1930.
-Vargas era un tipo populista con un modelo peronista. Había una franja de adherentes que eran fascistas como Filinto Müller, pero yo no lo pondría a Vargas en este lugar. Sin embargo hay otra historia muy fuerte: nosotros no tuvimos, como Argentina, un trabajo de memoria sobre la dictadura militar. No hay un solo torturador procesado o detenido. No hay nada. La estructura misma de la represión y tortura se ha preservado en la Nueva República (por la Constitución de 1988). Pensemos que el militarismo brasileño es una pieza importante en la política brasileña.
-¿Es fascista ese militarismo?
-Hay tendencias muy fuertes de fascismo. No es un grupo homogéneo. Bolsonaro representa lo que acá llamamos la línea dura del militarismo, que incluso en la dictadura no era hegemónica. Lo fue solamente en el gobierno de (Emilio Garrastazú) Medici (1969-1974). Pero es importante, para que la gente comprenda, que este no es un proyecto que se pueda parar. No es un proyecto con el cual podamos negociar . Con ellos no se puede negociar”.
-¿Cuál sería una respuesta adecuada desde la izquierda, si no se puede negociar?
-Yo creo que la izquierda brasileña murió. No hay más izquierda brasileña. En la situación actual, la lucha política es entre la derecha y la extrema derecha. Ni siquiera la oposición es organizada por la izquierda. La izquierda es un socio minoritario en la oposición. Hoy la oposición esta organizada por el gobernador de San Pablo, Joao Doria, y el gobernador de Rio de Janeiro, Wilson Witzel. Los dos son de derecha. Lo que pasó es que contra un proyecto revolucionario conservador no hay otra solución que otro proyecto revolucionario. En momentos de radicalización de la política brasileña, la izquierda no fue capaz de radicalizarse. Es la izquierda más legalista que se pueda imaginar en el mundo.
-¿Ese fue un error de la izquierda, de Lula, del PT?
-Sí, creo que fue un error muy grave. Hubo un momento donde nosotros teníamos una hegemonía muy grande de la sociedad. Lula tenía 80% de aprobación popular, una cosa que no va a existir nunca más. Pero era el máximo representante de esta idea que llamamos “reformismo débil”. Esa idea de que “vamos a hacer reformas puntuales”. Consideraron que era la mejor forma de conservar lo que habíamos ganado. Pero el resultado fue catastrófico.
–Lo que se ve entre los seguidores de Bolsonaro es un fanatismo que lleva al propio riesgo de muerte. Nadie tiene miedo de morir.
-Esto explicita un nivel de identificación muy impresionante entre esa parte de la población brasileña que apoya a Bolsonaro, que será de 25 o 30 por ciento. Nosotros ahora tenemos manifestaciones de gente que va la calle para pedir la normalización de la situación.
-Con féretros, burlándose.
-Pero esas personas no están lobotomizadas. Saben del riesgo que corren. Pero están dispuestas al autosacrificio.
-Uno podría pensar que así como grupos armados en los ’60 o ’70 eran capaces de arriesgar su vida por una idea, esta podría ser una contrapartida de la extrema derecha.
-Exactamente. Por eso yo creo que tienen una lógica revolucionaria. Estas personas no van a parar, no hay nada que las pueda detener.
-¿Las FF AA no lo intentarían?
-Es que las FF AA están mucho más cerca de esta posición que de una posición moderada. No existen las FF AA moderadas. La única manera de parar yo creo que es con un juego de polaridades. Seria necesaria la misma fuerza del otro lado. Un juego de fuerzas.
-Uno imagina que este escenario sería disputar la calle hasta con violencia.
-No es una cosa a descartar. Porque estamos yendo a una situación en la que tendremos milicias armadas de derecha. Ya hay personas que están literalmente organizadas porque dicen que este es el momento de ucranizar a Brasil.
-¿Que sería ucranizar Brasil? En Ucrania hay una guerra civil desde 2014.
-Ellos comprenden que no es posible gobernar Brasil. El nuestro es un país ingobernable. La única posición posible es la tentativa de organizar un cambio radical. Que esta tentativa sea a través de un golpe de Estado, que se haga a través de un estado dual, un espacio de un estado de milicias, habrá que ver. Pero esto de ucranizar Brasil es un término que ellos utilizan. Son personas que vienen de algunos movimientos populares de derecha. Hay estructuras de youtubers, mucha gente que utiliza redes sociales. Es un grupo grande.
-Llama la atención que las FF AA apoyen un modelo neoliberal como el de Paulo Guedes, con la tradición desarrollista que tuvo el golpe de 1964.
-Es un cambio. Es la misma lógica del modelo chileno. Esta idea de que eran una fuerza desarrollista es algo de los años setenta, pero ya no hay más. Lo máximo que puedes encontrar es grupos que quieren preservar ciertas estructuras del Estado porque ellos se sirven de esas estructuras.
-¿Quiénes por ejemplo?
-Hay grupos interesados en preservar Petrobras porque hay acuerdos muy fuertes entre Petrobras y las FF AA. Son intereses absolutamente corporativos. No hay nada como un gran proyecto nacional como había en los años ’60 y ’70.
-No hay un proyecto de Brasil Potencia industrial.
-Eso ha terminado completamente. Porque incluso la élite ya no es una élite industrial, es una élite financiera. No quiere funcionar como una burguesía nacional. Ellos quieren funcionar como el socio minoritario de la burguesía global.
-Y desde allí ser como un capataz o gendarme regional.
-Exacto. Eso explica este alineamiento tan absurdo incluso para la historia brasileña entre Brasil y EE UU. Nunca hubo un alineamiento tan fuerte.
-¿Ni aun en tiempos de la Segunda Guerra Mundial? Brasil envió tropas a combatir en Europa contra Alemania.
-Ni entonces, porque Vargas hacía un juego. Aceptó alinearse con EE UU durante un tiempo muy corto, los dos últimos años de la guerra.
-Es difícil entender cómo pudo llegarse a esta situación en Brasil.
-Después de la dictadura, Brasil intentó un esquema de gran coalición. En el gobierno de Dilma, eran 15 partidos. Desde el Social Cristiano, fundamentalista de derecha, de los evangélicos, al Partido Comunista de Brasil. Te imaginás el tipo de parálisis que una coalición de esta naturaleza produce. Esto llevó a una frustración popular muy grande. En 2011-2012 todos creían que éramos la quinta economía del mundo. Pero con este sistema era imposible hacer grandes cambios. Eso hizo crecer un deseo anti institucional muy fuerte. El único grupo que comprendió y le dio forma a ese deseo anti institucional fue la extrema derecha. Nosotros, desde la izquierda insistíamos en que no podíamos dejar que eso sucediera. Debíamos tener otra alternativa. Pero no se hizo nada.
-¿Hubo inocencia en el gobierno del PT?
-Completamente. Recuerdo reuniones en el Palacio del Planalto donde me decían “no comprendemos por qué el pueblo está contra nosotros, si somos el gobierno del pueblo”. Yo decía que por ese lado no íbamos a ir muy lejos. La cuestión no era esa, la cuestión era que la gente demandaba un cambio fuerte y nosotros no teníamos ninguna propuesta de cambio.
-Brasil crecía, pero eso no se tradujo en la vida cotidiana.
-Pasó algo muy impresionante. Pensemos en una familia que tenía un ascenso social. Lo primero que hizo fue sacar a los hijos de la escuela pública y llevarlos a una privada. Fueron 27 millones de nuevas matriculaciones. Lo otro fue salir del sistema público de salud. La tercera fue comprar un coche. Hubo nuevas necesidades para estas personas, porque el Estado no era capaz de garantizar buenos servicios públicos. Y esta gente comprendió muy rápidamente que el desarrollo no era para ellos.
-Las primeras protestas contra el gobierno de Dilma fueron por el precio del transporte público en San Pablo, en 2013.
-Fue la expresión de esta racionalidad. La gente decía “¿cómo podemos estar bien si tenemos un transporte terrible?”. Había slogans que decían “queremos escuelas calidad FIFA”.
-¿Calidad FIFA?
-Por los estadios de Fútbol que se hicieron para el Mundial.
Tiempo Argentino, 17 de Mayo de 2020
por Alberto López Girondo | May 16, 2020 | Sin categoría
La conferencia de prensa del 8 de mayo en la Quinta de Olivos mostró un acercamiento muy estrecho entre el presidente Alberto Fernández, el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el gobernador bonaerense. Una señal no casual de coordinación para anunciar la extensión de la cuarentena: por un lado, era necesario no repetir los anteriores errores de comunicación. Pero también había que responder a las presiones del establishment para apurar una reapertura de la economía que se disfrazó de reclamos por lo que algunos sectores interpretan como un avance del Estado sobre las libertades individuales.
Es cierto que quienes fogonean estas manifestaciones de rebeldía en contra de las medidas sanitarias se expresan a través de las redes sociales. Pero como un mecanismo de relojería, de allí saltan a los medios antioficialistas y luego se potencian al resto de la sociedad. Por eso, tanto Fernández como Axel Kicillof fueron contundentes en puntualizar que el rol que les cabe a los dirigentes en puestos ejecutivos es enfrentar la pandemia de coronavirus y no hay lugar allí para actitudes «irresponsables».
El frente común en los distritos más afectados por los contagios de COVID-19 es inédito y muestra un compromiso que, según todas las encuestas, las mayorías aceptan y apoyan al punto que algunos analistas hablan de «malvinización» de la política argentina. Pero como suele ocurrir, quedan algunos afuera del convite.
Es clave en este entramado el rol que cumple desde el primer día de aislamiento preventivo el alcalde porteño, Horacio Rodríguez Larreta, quien paga costos hacia adentro del PRO y de la coalición Juntos por el Cambio. Lo propio sucede con los mandatarios provinciales socios de esta entente y, más fuertemente, con los intendentes del área metropolitana, donde junto con CABA se concentra un verdadero polvorín que podría estallar si no se coordinan las acciones contra el virus.
Es esperable que los municipios en manos de integrantes del Frente de Todos acompañen a la Casa Rosada y al Gobierno bonaerense. Lo que llama la atención es que personajes clave del arco opositor hagan lo mismo. Un hombre del riñón del macrismo, como Néstor Grindetti, que trabajó en el grupo SOCMA desde 1979 y fue el recaudador de las campañas políticas del expresidente Mauricio Macri, es uno de los más convencidos de que debe caminar junto al Gobierno nacional y al provincial. En la misma línea actúa su par de Mar del Plata, Guillermo Montenegro, exministro de Seguridad porteño. Más aún, Jorge Macri, primo del exmandatario y una de sus espadas a nivel provincial, no dejó dudas en su cuenta de Twitter: «En Vicente López ya recibimos dos nuevos respiradores, entregados por el Gobierno provincial y el nacional. Gracias @Kicillofok y @Alferdez, seguimos trabajando en equipo frente al COVID-19», posteó el intendente.
Claro que en política nada es gratis y así como el oficialismo parece encaminado a «terminar con la grieta», que es uno de los caballitos de batalla del presidente, también aparecen algunos cortocircuitos que enturbian la relación estrecha con el jefe de Gobierno de CABA. De hecho, la vicepresidenta Cristina Fernández apuntó contra Rodríguez Larreta al analizar la denuncia de la jueza Ana María Figueroa sobre presiones durante la gestión macrista. El reclamo de Cristina se refiere a una presunta extorsión a magistrados en la causa por el memorando con Irán que involucra al actual fiscal General de la Ciudad, Juan Bautista Mahiques.
Mesa chica
Dentro de la alianza opositora, en tanto, también hay tela para cortar. Los más aguerridos antiperonistas –la titular del PRO, Patricia Bullrich, o el radical Mario Negri–, cuestionan la actitud de los dirigentes alineados con el oficialismo. En la mesa chica del PRO la centralidad de «Horacio» representa una amenaza para el lugar natural que le destinan a «Mauricio».
La lideresa del Coalición Cívica, Elisa Carrió, puso freno a las críticas contra Rodríguez Larreta. En los últimos días, sin embargo, se despegó un tanto de su socio político para pedir «transparencia» en las contrataciones públicas. El escándalo por la compra de barbijos a precios exorbitantes y la contratación de hoteles a familiares del jefe de Gobierno comprometen el mensaje político que pretende Carrió, retirada temporalmente de la función legislativa pero activa en marcar la cancha en el distrito que considera propio.
La denominada «malvinización», en tanto, llevó a que 135 intendentes bonaerenses mostraran explícitamente su apoyo a la negociación de la deuda provincial que encara el gobernador Kicillof. Días antes, dirigentes sindicales y empresariales habían ido a Olivos a expresarse en esa misma línea sobre la renegociación de la deuda nacional. En ese caso, la voz discordante fue la de la secretaria Legal y Técnica, Vilma Ibarra, quien se quejó de que en la foto no había ninguna mujer.
Revista Acción, segunda quincena de Mayo de 2020
por Alberto López Girondo | May 12, 2020 | Sin categoría
Por decreto y sin avisar, el presidente Jair Bolsonaro incluyó a los gimnasios, salones de belleza y peluquerías en la lista de “actividades esenciales”, lo que implica que podrán realizarse a pesar de las restricciones que implementaron los gobernadores estaduales y alcaldes municipales. El primer choque, sin embargo, vino de su propio gabinete: cuando su nuevo ministro de Salud, Nelson Teich, fue avisado de la medida, dijo que no estaba enterado y como esquivando el dardo, afirmó que esa era una atribución presidencial en consonancia con el ministerio de Economía y no de su área.
La explicación de Bolsonaro fue que «quien está en casa como sedentario, por ejemplo, está aumentando su colesterol, el problema del estrés, un montón de problemas. Pero si pudiese ir a un gimnasio, lógicamente conforme a las normas del Ministerio de Salud, va a tener una vida más saludable. Igual con el peluquero. Y pintarse las uñas, arreglarse el cabello. Es una cuestión de higiene».
Teich, un médico oncólogo con una fuerte impronta empresarial que reemplazó a Luiz Henrique Mandetta el 16 de abril pasado, afirmó ante la prensa que no había sido informado del decreto que se publicó este lunes a última hora el Diario Oficial de la Unión (El Boletín Oficial brasileño). “Esa decisión no pasó por el Ministerio de Salud”, se exculpó.
Como para bajarle tensión al asunto, luego dijo que ese tipo de medidas pueden ser dictadas por el presidente y la cartera de Economía por ser ambos competentes en el tema. Y agregó que “si se crean las condiciones para que las personas no se expongan al riesgo de contagio, puede trabajar. Tratar a esas actividades como esenciales es un paso inicial”.
Las divergencias en cuanto al tratamiento de la pandemia mantienen en vilo a la sociedad brasileña. Mientras el presidente insiste en mantener la economía en funcionamiento y minimiza el peligro del coronavirus, los mandatarios regionales, que padecen las crisis en sus sistemas de salud, colapsados, son partidarios de respetar las recomendaciones de la OMS. El primer caído en esta pelea fue precisamente Mandetta, que pretendía seguir los lineamientos de la Organización Mundial de la Salud.
Brasil se convirtió en el segundo país de América en cantidad de contagios y de muertes por Covid-19, detrás de Estados Unidos. Acercándose a los 175.000 enfermos y con más de 11.000 muertos, es un peligro para el subcontinente, ya que ese país tiene fronteras con todos los países sudamericanos salvo Chile.
Pero las diferencias en la dirigencia llevan a un desconcierto de la población. Mientras el presidente no solo ningunea el virus sino que organiza marchas y promueve la ruptura del aislamiento, distritos como San Pablo y Río de Janeiro, los más poblados, instauraron cuarentenas bastante estrictas para tratar de contener el avance del coronavirus, que está diezmando a la población.
Ese enfrentamiento también se produce con el resto de las instituciones de la república, como el Congreso y el Supremo Tribunal Federal (STF), que vienen tratando de ponerle freno a las políticas de Bolsonaro. Por eso los hijos del presidente y los manifestantes bolsonaristas los tienen en la mira. (ver acá)
Una encuesta del Instituto Datafolha muestra que el 67% de los brasileños considera necesario que la población permanezca en sus casas para evitar contagios. Pero los seguidores de Bolsonaro atestan las calles en manifestaciones contra lo que afirman es una limitación a sus libertades. El más extremista dentro del Gabinete de gobierno parece ser el canciller Ernesto Araújo, quien llegó a declarar que se intenta “usar la pandemia para instaurar el comunismo”.
Tiempo Argentino, 12 de Mayo de 2020
por Alberto López Girondo | May 10, 2020 | Sin categoría
Si hay algo que Jair Bolsonaro no haría es recular en su postura de privilegiar la economía sobre la salud. Así lo demostró al participar de una marcha desde la sede del gobierno al edificio del Supremo Tribunal Federal (STF) para reclamar que la corte le permita poner fin a la cuarentena que dispusieron los gobernadores. Fue un apriete a gran escala con el objetivo de presionar al máximo órgano judicial y que tuvo el respaldo de ministros clave de su Gabinete, como el de Economía Paulo Guedes; el de Defensa, general Fernando Azevedo e Silva; y el jefe de la Casa Civil, general Walter Braga Netto. Por si esto no bastara, una veintena de empresarios acompañaron la movida.
Lo que preocupó a los togados no fue el despliegue que hizo el mandatario, sino la amenaza que significan las milicias fascistas que se apostaron frente al Palacio de Justicia para brindar el apoyo incondicional a Bolsonaro. Son, según la prensa brasileña, integrantes del Grupo 300, y realizan una suerte de entrenamiento militar cerca del edificio del STF gritando que mientras “los magistrados comen langostas, el pueblo pasa hambre” por la falta de trabajo debido al cierre de industrias decidido por gobiernos estaduales frente a la pandemia.
Brasil es el país latinoamericano con más cantidad de casos de Covid-19, medidos en cifras absolutas o relativas a la cantidad de población, con cerca de 150 mil contagiados y unos 10 mil muertos. La economía brasileña se desplomó, es cierto, pero lo mismo ocurre con la actividad en el resto del mundo. Y ya venía bastante golpeada por las medidas neoliberales desde la destitución de Dilma Rousseff.
Bolsonaro, que definió como “gripecita” al virus, se enfrenta con los gobernadores, algunos como el paulista o el carioca, que apoyaron su candidatura pero ahora deben lidiar con el drama de la pandemia. El STF defendió la potestad de los mandatarios estaduales para decidir las políticas sanitarias en base a la constitución federal. Es la excusa del presidente para alegar ante sus fanatizados seguidores que no lo dejan gobernar.
Este viernes, Joao Doria, gobernador de San Paulo, extendió la cuarentena en el distrito más poblado y poderoso de Brasil -y el polo industrial más importante de América Latina- hasta el 31 de mayo.
En paralelo, el STF autorizó una investigación sobre las bandas fascistas a pedido de la Procuraduría General de la República. Son los que la semana pasada marcharon pidiendo una intervención militar más directa aún y que, según se sabe, son financiados a través de una recolección de dinero a través de las redes sociales.
Los bolsonaristas están indignados con la Corte, que ya había bloqueado la designación del jefe de los espías brasileños al frente de la Policía Federal, para poder controlar investigaciones judiciales contra los hijos presidenciales. Ven al STF como la institución clave para frenar las transformaciones que Bolsonaro pretende para Brasil.
Y parte de verdad tienen, porque la dirigencia política no parece encontrar el modo de reaccionar ante una crisis que desde lo sanitario amenaza con destruir a la sociedad brasileña. Salvo las declaraciones contundentes de Lula da Silva contra Bolsonaro o un artículo que firmaron el expresidente Fernando Henrique Cardoso, el excandidato del PSDB y ex ministro de Relaciones Exteriores José Serra y los excancilleres Celso Amorim, Celso Lafer y Rubens Ricúpero, en el que rechazan “la violación sistemática por la política exterior actual de los principios rectores de las relaciones internacionales de Brasil definidos la Constitución de 1988”. Esto es, la subordinación de Bolsonaro a Estados Unidos.
EN AMAZONIA
Mientras en la Argentina se habían registrado 11 muertos en una jornada completa, en Brasil se produjeron 751 víctimas en igual lapso. Incluso se sospecha que la cantidad de fallecidos son muy superiores a los oficiales. En especial en el sur del país y en la zona de Amazonia: acusan 845 muertos, pero se sospechas que son varios miles.
Tiempo Argentino, 10 de Mayo de 2020
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