por Alberto López Girondo | Abr 30, 2020 | Sin categoría
La necesidad por encontrar un medicamento contra el coronavirus aceleró investigaciones en todo el mundo y llevó a debates entre científicos y laboratorios sobre la efectividad de algunos fármacos utilizados en forma desesperada ante la falta de alternativas. Es el caso de la hidrocloroquina, en el inicio de la pandemia una suerte de panacea promocionada desde Francia por el virólogo francés Didier Raoult a la que se aferraron gobiernos que no querían decretar una cuarentena, como Donald Trump y su acólito Jair Bolsonaro.
La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de Estados Unidos autorizó el medicamento antiviral remdesivir de la compañía Gilead Sciences para tratar a los pacientes con coronavirus, comunicó el presidente del país, Donald Trump, quien aseguró: «Es un medicamento importante para tratar a los pacientes hospitalizados con coronavirus».
La FDA, por su parte, confirmó en un comunicado que emitió una autorización para el «uso de emergencia» de remdesivir «en el tratamiento de adultos y niños hospitalizados con enfermedades severas y que son sospechosos o confirmados del covid-19 en el laboratorio».
Según las últimas investigaciones, este producto sirve contra la malaria, no solo no es efectivo en el caso de Codiv-19 sino que fue causante de decesos en pacientes con riesgo cardíaco previo. Ahora le tocó el turno al remdesivir, un antiviral aplicado contra el ébola y que el laboratorio Gilead, con sede en Foster City, California, asegura que está dando resultados esperanzadores. Sin embargo, un estudio publicado por la revista científica The Lancet sostiene que no hay evidencia de su efectividad. Entre ambos anuncios, las acciones de Gilead subieron y volvieron a caer. El paquete accionario de esa empresa se reparte entre varios fondos de inversión, dos de ellos conocidos por estas pampas porque son los de los más agresivos contra la propuesta de renegociación argentina: Black Rock y Vanguard Group.
Gilead Sciences anunció este miércoles que estudios complementarios a los realizados en el Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas (NIAID) muestran datos positivos sobre un tratamiento hecho con el antiviral en relación con un grupo de pacientes tomados como casos testigo a los que se le suministró un placebo. Se trata de un procedimiento de práctica para determinar la validez de un testeo médico.
De acuerdo a la información proporcionada por el Gilead Sciences, la mitad de los pacientes de un estudio encabezado por la empresa recibieron un tratamiento de cinco días en los que manifestaron una mejoría clínica y en 14 días fueron dados de alta. La fase inicial señala, incluyó a 397 personas infectadas con Covid-19. El trabajo se realiza en EEUU, China, Alemania, Francia, España, Italia, Suecia, Gran Bretaña, Corea del Sur, Japón y Singapur.
Tras esta novedad, las acciones de Gilead crecieron un 6%, y ya sumaron más de un 20% en lo que va del año, a medida que se difundió que ese laboratorio era uno de los que en todo el mundo están buscando un tratamiento contra el coronavirus, ya sea como vacuna o medicamento válido contra los efectos del Covid-19.
Un estudio realizado en diez hospitales de Wuhan, la ciudad china donde se inició la pandemia, entre el 6 de febrero y mediados de marzo entre 237 pacientes, le baja un poco al precio del remdesivir.
El informe que publicó The Lancet, tal vez la revista científica de mayor respeto entre los investigadores clínicos, revela que el fármaco es muy efectivo in vitro frente a una serie de virus entre los que figura el Covid-19 y también es eficaz en animales de laboratorio. Sin embargo, destaca que si bien hubo reducción en el número de días que pacientes tratados con remdesivir estuvieron bajo tratamiento, “no se lo asoció con beneficios clínicos estadísticamente significativos”.
La revelación de ese estudio hizo caer en picada las acciones, aunque pocas horas mas tarde salió en defensa del antiviral el director del Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas de EEUU, (NIAID por sus sigles en ingles) Anthony Fauci, que alcanzó cierta fama internacional porque le toca en suerte poner en caja las peligrosas excentricidades del presidente Donal Trump en relación con tratamientos para el coronavirus.
Quizás la conclusión más certera no sea a nivel científico sino comercial. Quien primero llegue a un medicamento efectivo contra el coronavirus tiene garantizadas ganancias siderales. Y nadie está pensando precisamente en donar la patente, como en los 50 hizo Jonas Salk, el que primero desarrolló una vacuna contra la poliomielitis.
Tampoco parece esa ser la tendencia en Gilead Siencies, cuyo CEO se limitó a decir que esperan poner el remedio -si es que resulta aprobado por la FDA y recomendado por la OMS- a “precios accesibles”, sin indicar cuánto entienden que implica ese valor.
Entre los propietarios del laboratorio, figuran según la información aportada a los organismos de control de EEUU, varios fondos de inversiones. El principal es Black Rock, según el informe de Nasdaq, con algo mas del 10% del capital acompañado en este pelotón de cabecera por Vanguard Group, con unas centésimas menos. Tambièn están en la lista el New York Bank Mellon, el Goldman Sachs y con menos acciones el Morgan Stanley, el Credit Suisse. O sea, la crema financiera internacional.
Un directivo de Black Rock fue el que vía teleconferencia amenazó al ministro de economía argentino cuando presentó la oferta de renegociación de la deuda. «No sabe con quiénes se está metiendo». Se trata del fondo de inversión más grande del mundo que, casi como una prueba de quiénes se trata, fue contratado por la Reserva Federal de EEUU para administrar la compra de bonos de ese país como un modo de estabilizar los mercados ante la crisis devenida por la pandemia.
Entre los antecedentes de Gilead aparece un juicio contra Merck, uno de los gigantes farmacéuticos, en 2016. En primera instancia Merck, para una corte estadounidense, tenía el derecho a usar la patente que tenía un laboratorio comprado un año antes, el Idenix Pharmaceuticals, para un antiviral contra la hepatitis C. Gilead salió al mercado con los productos Sovaldi y Harvoni, que compiten con el Zepatier, de Merck. El caso es que un juzgado de Delaware dictaminó que Gilead debía pagar 2.540 millones de dólares a su demandante. Un tribunal de apelaciones falló en octubre pasado que la patente de Merck no era valida y desestimó la indemnización.
Tiempo Argentino, 30 de Abril de 2020
por Alberto López Girondo | Abr 27, 2020 | Sin categoría
La pandemia se llevó puesta la anunciada fusión entre la fabricante brasileña de aviones Embraer y el gigante Boeing, uno de los dos jugadores de mayor peso en esa industria de avanzada. Así lo anunció la empresa estadounidense de un modo que causó estupor en Brasil, y pega simbólicamente al plan neoliberal que venía en marcha desde el Planalto a partir de la destitución de Dilma Rousseff. Un proyecto que se aceleró desde la llegada al poder de Jair Bolsonaro, que puso como ministro a un Chicago Boy -si se puede llamar así a un señor de 70 años como Paulo Guedes- y que ya comienza a mostrar fisuras.
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Por lo pronto, la crisis política que explotó por la forma en que el gobierno federal y el resto de la dirigencia política combaten el coronavirus, y que implicó la expulsión del ministro de Salud Luiz Mandetta, elevó la influencia decisiva de los militares en el gobierno Bolsonaro.
El desafío del ex capitán del Ejército a las recomendaciones de la OMS, que planteaba como su modo de defender la economía, no impidió que las variables se fueran desplomando, un poco porque los gobernadores ordenaron distintos grados de aislamiento, y otro poco porque Brasil no es ajeno a lo que ocurre en el mundo, donde la recesión golpea a todos.
Boeing, una de los dos mayores productores de aeronaves comerciales, no tuvo un buen 2019, luego de una seguidilla de accidentes con sus dos últimas versiones del modelo 737, MAX 8 y MAX 9. Varios gobiernos prohibieron los vuelos hasta resolver cuestiones de seguridad claves.
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Pero al mismo tiempo, ensayó una jugada de riesgo para no perder mercado ante el avance de Airbus, la multinacional europea de participación estatal, la única que puede desplazar a nivel global a la Boeing. A principios de 2018, Airbus se había asociado con la canadiense Bombardier para producir en conjunto aviones de medio tamaño, ideales por costo y rendimiento para vuelos de cabotaje.
Se trata de un mercado en el que a los grandes les conviene tener un socio que tenga la tecnología y la producción aceitada. Meterse en ese negocio puede llevar años de trabajo y millones en inversión en un rubro en el que los costos están demasiado justos por la competencia como para dilapidar el dinero. Bombardier tiene una serie de aviones de pasajeros, la C, con capacidad para 150 personas, de los llamados “de pasillo único”.
El socio ideal para Boeing estaba al sur del continente. Embraer, una empresa que nació estatal en 1969 como uno de los sueños de grandeza de la dictadura militar que se había instaurado cinco años antes. En los 90 su paquete accionario fue vendido a inversores privados aunque el gobierno mantuvo la acción de oro y distintos organismos ligados al estado siguen teniendo participación, como el Banco Nacional de Desarrollo (BNDes) y la Caja de Previsión de trabajadores del Banco Central.
En julio de 2018, se anunció la fusión de Boeing y Embraer en una empresa de la que la norteamericana tendría la mayoría del capital. La operación estaba tasada en 4.200 millones de dólares. La brasileña pondría sobre la mesa los productos que compiten con la canadiense.
Esta propuesta nunca fue del agrado de la Fuerza Aérea Brasileña, que tenía en Embraer proyectos para fabricar aviones caza con tecnología sueca. Ya sea para su uso propio como para la exportación. En ese sentido, también había proyectos en común con la cordobesa de capital estatal argentino Fadea que nunca llegaron a concretarse.
Pero en el medio pasaron cosas.
Por un lado, la crisis de Boeing fue más grave de lo que parecía. Además, el negocio aeronáutico no estaba en su máximo esplendor durante el 2019. Y la pandemia de Covid-19 terminó por darle quizás el golpe de gracia al plan.
El gobierno argentino, sin ir tan lejos, ya anuncio que se suspenden los vuelos hasta septiembre, en línea con lo que vienen haciendo otros países, donde los aeropuertos están cerrados desde hace un mes.
Si el desplome de la actividad económica tiró por el piso el precio del petróleo, qué no haría con la producción de aviones. No hay empresas que quieran renovar material y a lo sumo, con suerte, se pueden completar los contratos ya en vigencia.
Es así que el viernes Boeing Co. anunció que rompía su acuerdo con Embraer S.A. de manera unilateral, aunque siguiendo las pautas establecidas en el mismo contrato de asociación. Dave Calhoum, director ejecutivo de la firma, dijo a los empleados que deberían ajustarse los cinturones pero no para el despegue precisamente. “Hay que adaptarse a una nueva realidad”, fue el crudo mensaje.
Entre otros considerandos, ahora el precio de mercado de Embraer, susurran en Chicago, la sede de Boeing, no supera los 1.100 millones. Pero además, es difícil prever cuándo habrá una recuperación del negocio.
En San Bernardo dos Campos, donde están las oficinas de Embraer, tras mostrar su enojo, adelantaron que van a exigir compensaciones por este casamiento interrumpido y cataloga de “falsos argumentos” a las razones esgrimidas por Boeing. No calla, en este divorcio precoz, que la verdadera causa es la situación financiera por el fracaso de los modelos MAX.
En Brasil, mientras, tanto, muchos se alegraron porque piensan que ante la crisis que quizás se cargue al presidente, o al menos a su modelo económico, según se desprende del plan que el jefe de la Casa Civil, el general Walter Braga Netto, presentó en la semana para la recuperación del país tras el coronavirus.
Tiempo Argentino, 27 de Abril de 2020
por Alberto López Girondo | Abr 26, 2020 | Sin categoría
A veces Donald Trump pasa por desbocado, pero en general solo grita desprejuiciadamente lo que el establishment susurra en sordina. En agosto pasado, previo a un viaje a Dinamarca, dijo que su gobierno quería comprar Groenlandia, ese territorio del reino danés con autonomía. Ahora acaba de anunciar que abrirá un consulado en la capital de la isla, Nuuk, y que le otorgará 12 millones de dólares en “ayuda económica”. El dinero, según acuerdo con autoridades dinamarquesas, será destinado al desarrollo de recursos naturales. Pero un funcionario estadounidense reveló que el plan es profundizar la presencia de EE UU en esas regiones árticas, donde ya hay una base militar del Pentágono, para contrarrestar la influencia rusa y china.
Hay otro detalle no menor en estos tiempos de crisis sanitaria y desplome de los precios del petróleo: Groenlandia tiene reservas equivalentes el 13% del crudo mundial y un billón de dólares en yacimientos minerales.
Luego de la jugada a tres bandas para intentar sostener el precio en base a reducir la producción mundial, Trump -que debió negociar fuerte con el saudita Mohamed bin Salman y Vladimir Putin- necesita mantener al negocio del fracking y pelear para que el mercado del combustible fósil siga siendo en dólares.
El fracking permite la soberanía energética por la que lucha el mandatario, ligado a las multinacionales del petróleo. La venta en dólares es clave para sostener el valor de la moneda, que no tiene otro respaldo tangible. En tiempos en que los gobiernos recurren a la impresión de billetes para sostener la economía, todo el andamiaje del Imperio Americano se desmoronaría si el dólar deja de ser la divisa de cambio.
En la guerra comercial del siglo XXI, hay un jugador, el mayor consumidor no tiene producción propia, China. Y a medida que va dejando atrás el Covid-19, puede sacar ventaja y al mismo tiempo dar un golpe debajo del cinturón a su mayor contrincante. Hace justo dos años anunció que compraría petróleo también en su moneda. Ahora puede exigir hacerlo solo con yuanes.
Dato adicional: hay en proyecto una Ruta de la Seda Polar, a nivel del Ártico. A eso apunta la estrategia estadounidense. Que en su historia compró Luisiana a Francia, Alaska al imperio zarista y bien puede hacerse de la enorme isla helada.
Tiempo Argentino, 26 de Abril de 2020
por Alberto López Girondo | Abr 26, 2020 | Sin categoría
La descomposición política de Brasil es de tal nivel que el adalid del uso malicioso de escuchas telefónicas, que torció una causa judicial para sacar de la carrera presidencial a Lula da Silva, se fue del gobierno que surgió de esa maniobra, mostrando mensajes de WhatsApp que comprometen a Jair Bolsonaro. Sergio Moro, el juez que aceptó gustoso ser ministro de Justicia del mandatario que había contribuido a instaurar tras la destitución de Dilma Rousseff, dejó el cargo luego de que el propio presidente echara al jefe de la Policía Federal. La medida era resistida por Moro desde hace un año y tiene como objetivo salvar a los hijos presidenciales.
Según explicó a la prensa, con ese rostro de prócer malhumorado que supo construirse el exjuez federal de Paraná, el presidente quería en ese cargo a alguien que le contara de qué iban las investigaciones. Algo que según el ahora exministro, es inadmisible para el funcionamiento de las instituciones. La defensa de Bolsonaro fue que Moro era un traidor y que él lo había defendido cuando el portal The Intercept comenzó a difundir los chats con los fiscales que perseguían a Lula en los que se revelaba la utilización de un procedimiento ajeno a las reglas institucionales para detener al líder metalúrgico y dos veces presidente.
Hay, que se sepa, dos fuertes razones para querer en la jefatura de la PF a alguien de confianza. Y ambas tienen el nombre de dos de sus hijos, Carlos y Flavio. Uno, porque la investigación por un coordinado ataque de fake news contra al Supremo Tribunal Federal lo hace responsable de una granja de trols conocida como Gabinete del odio. El otro, por sus vinculaciones con una banda de milicias parapoliciales que, entre otros delitos, no es ajena al asesinato de la concejala Marielle Franco y su chofer en una favela carioca.
La Policía Federal brasileña es un órgano auxiliar de la justicia. Es el equivalente del FBI en EEUU. Moro puso al frente a Mauricio Valeixo, un abogado que se incorporó a la PF en 1996 y al que conoce de Paraná. Fue un hombre clave en el caso Lava Jato, que terminó en condena para dirigentes políticos y fue determinante de la prisión de Lula. Al igual que Moro, Valeixo pasó por Washington, en su caso, como agregado policial, mientras que el exjuez hizo cursos de combate al lavado de dinero.
Carlos, concejal en Río de Janeiro, es el que posteó en Twitter una balacera al grito de Bolsonaro, el día que su padre hablaba en una marcha contra la Corte Suprema. El SFT frenó la intención de decretar el fin de aislamiento que la mayoría de los gobernadores ordenó para evitar la expansión de la pandemia, que ya se ha cobrado 3800 muertos y 55.000 contagios.
Flavio, senador carioca, está en la mira de la fiscalía de Río de Janeiro por un esquema de corrupción que le permitió incrementar su fortuna personal -ahora tiene hasta parte de una tradicional chocolatería – a través del desvío de fondos para una empresa constructora de miembros de la milicia. El testigo más comprometedor de esas intrigas, el ex agente policial devenido en mafioso Adriano da Nóbrega, apareció convenientemente ejecutado en febrero pasado. De su chofer, Fabricio Queiroz, el prestanombres que tenía cuentas bancarias difíciles de conseguir con su sueldo, no se sabe nada desde principios de año.
Bolsonaro padre quiere poner como jefe de la PF a Alexandre Ramagem Rodriguez, actual director de la Agencia Brasileña de Inteligencia (ABIN), muy cercano a él desde aquella cuchillada durante la campaña electoral. Para el Ministerio tiene a Jorge Oliveira, actual secretario general de la presidencia, hijo de un capitán del Ejército y amigo de la infancia de sus hijos.
Muchos sostienen que Moro vio la oportunidad de salirse de un gobierno que viene en picada con una alta imagen que le permitiría postularse en las futuras elecciones. La dimisión del ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta, también tenia esta lectura: el médico militar estaba en alza por su postura para el combate del coronavirus, totalmente contraria al dejar hacer del mandatario.
En todo este entuerto, es cada vez más claro que Bolsonaro ya es una molestia para los mismos que contribuyeron a su ascenso. Los militares que conforman áreas claves en su gabinete ya habían puesto al general Walter Braga Netto como jefe de la Casa Civil y virtual comandante de operaciones. Se dijo que era por el Covid-19, pero esta semana presentó el llamado Programa Pro-Brasil. Un Plan Marshall para salir de la crisis económica pero, básicamente, un proyecto más cercano al keynesianismo que a la Escuela de Chicago. Tal vez por eso en la presentación no estuvo presente Paulo Guedes, el ultra neoliberal ministro de Economía, ¿La próxima víctima de esta crisis?
Los uniformados no quieren quedar pegados a un fracaso sanitario del gobierno, que se sumaría al económico, desde antes de la pandemia. Para Bolsonaro, la tabla de salvación puede ser aceptar este cambio de rumbo en medio de la tormenta. Una vez, siendo capitán, fue expulsado del Ejército por no respetar jerarquías. Habrá que ver cómo sigue la historia.
7000 Millones de dólares de reserva vendió el Banco Central de Brasil para intentar frenar al dólar, que trepó en el mercado hasta 5,70 por real. Al asumir Bolsonaro, estaba a 3,80.
Tiempo Argentino, 26 de Abril de 2020
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