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Peronismo, renovación y después

Si bien para las elecciones de medio término falta más de un año, puede decirse que la campaña ya comenzó. Será el primer test electoral de la alianza Cambiemos en el gobierno y el panorama para el oficialismo se muestra complicado, con una crisis económica que no parece tener fin, el reclamo social en aumento y la aparición de disputas internas entre funcionarios. A favor, cuenta con que las cosas tampoco parecen claras en el principal sector de la oposición, que está representado por los grupos dispersos del peronismo, entre ellos los «desgajados» del Frente para la Victoria.

La celebración de un nuevo aniversario de la consagración como gobernador bonaerense de Antonio Cafiero, que aquel 6 de setiembre de 1987 coronó el proceso de renovación peronista, fue la excusa perfecta para que un amplio abanico de dirigentes del PJ se juntara con el objetivo de crear las condiciones para lograr la unidad en este nuevo escenario.

Se entiende que el recuerdo del dirigente fallecido hace dos años fue la excusa, porque los 29 años de aquella «patriada» de Cafiero contra una dirigencia que se había quedado en el tiempo no son un número «redondo» –que son los que normalmente llaman a los grandes festejos– y menos cuando la fecha no tuvo semejante relevancia en estas casi tres décadas. Pero era buena ocasión para juntar a gobernadores, intendentes y legisladores de los bloques de origen justicialista, aunque sin la presencia de los nucleados en torno al kirchnerismo. Más bien, el objetivo era mostrar que la «renovación», por más que sea al sello identificatorio de quienes ya en 2011 se habían ido detrás de Sergio Massa, puede llegar a ser un paraguas para competir en 2017.

Se reunieron en un hotel porteño, entre otros, Daniel Scioli, Alberto Fernández, Diego Bossio, el presidente del PJ, José Luis Gioja, la intendenta de La Matanza, Verónica Magario, el excandidato a gobernador bonaerense por el massismo, Felipe Solá, y Héctor Daer, integrante del triunvirato de la CGT. No todos son «anti K», pero sí preferirían armar una estructura, competitiva electoralmente, sin la participación de la expresidenta, algo que por ahora no parece viable. Mientras tanto, cuentan porotos y no porque se sientan urgidos por el tiempo electoral, sino porque están acuciados por las circunstancias. La protesta va creciendo en amplios sectores de la sociedad, desde la clase trabajadora y los nuevos desocupados hasta empresarios vinculados con el mercado interno, políticos y sindicalistas de base, y el principal partido de la oposición tiene que salir a conectarse con esa bronca social.

Los tres tercios

Para el gobierno, la mejor noticia –mientras no haya respuesta para los que se vieron afectados durante estos nueve meses de gestión por la devaluación, el aumento de tarifas y la pérdida de empleo– es una oposición disgregada. Tanto para gobernar sin mayores sobresaltos, como para esperar con buenos augurios la elección del año que viene. Si es verdad que las sociedades modernas están divididas en tres tercios asimilables con la derecha, la izquierda y un centro fluctuante, ese resultado no sería grave para Cambiemos en términos de remplazos legislativos.

Los primeros escarceos del oficialismo necesitaban romper con lo que en teoría implicaba un Congreso con mayoría del FPV, y fue así que celebraron largamente el alejamiento de grupos que no comulgaban demasiado con la jefatura de Héctor Recalde en Diputados. En Senadores, con la anuencia de Miguel Pichetto y el apoyo explícito de gobernadores deseosos de fondos nacionales y de evitar diatribas contra sus gestiones, lograron contar con vía libre a los proyectos más necesarios para la voluntad de Balcarce 50, aun cuando fueran a contrapelo de lo que aprobaban hace no tanto.

El objetivo desde el que partieron las principales espadas políticas del macrismo –el jefe de Gabinete, Marcos Peña y el ministro del Interior, Rogelio Frigerio– es sostener la gobernabilidad mientras, confían, se van consolidando los cambios que se proponen. En aras de esa gobernabilidad, el diputado Sergio Massa acercó posiciones desde el mismo 10 de diciembre con Mauricio Macri. La foto de ambos en el foro de Davos fue la muestra más elocuente. En esos pasos iniciales del nuevo presidente en el poder ambos se necesitaban: Macri porque el exintendente de Tigre podía liderar una oposición amigable con su proyecto de demoler todo vestigio de populismo remanente en la sociedad luego de la derrota del kirchnerismo en el balotaje. Massa porque aspiraba a juntar tras sí a los peronistas descontentos con Cristina Fernández, que acompañaron su mandato por eso de que el poder atrae como un imán, pero estaban dispuestos a dar el salto cuando hubiera posibilidad.

La única verdad

Pero la realidad se impone y a medida que se demora la lluvia de inversiones y se sienten en los bolsillos ciudadanos las consecuencias de las nuevas medidas económicas, ya no es tan atractivo mostrarse cercano al gobierno macrista. Más cuando las encuestas vienen revelando un crecimiento del rechazo a la administración nacional. En tal sentido, el diputado Facundo Moyano pasó una factura impensada hace unos meses. «Está bien acompañar las medidas y la iniciativas legislativas que consideremos que estén bien y ayudan a la gente, pero hay cosas que creo que no se tenían que votar o no servían para nada y terminamos pegados al oficialismo», dijo hacia el interior del Frente Renovador. Por eso Massa tuvo que salir a mostrar los dientes, aun desde un lugar no confrontativo, y se ganó la repulsa del propio Macri.

El hijo del líder camionero no hablaba solo de posicionarse frente al clima de protesta que desbordó la Plaza de Mayo el 2 de setiembre en la culminación de la Marcha Federal y puede llevar a la primera huelga general, sino al acercamiento de Massa con Margarita Stolbizer. «La alianza que hizo con Margarita Stolbizer lo aleja del PJ», le respondieron a Massa desde el peronismo que homenajeó a Cafiero. Como para que le quede claro de qué renovación hablan los popes justicialistas.

Revista Acción
Setiembre 15 de 2016

El 11 S y la consolidación de la República Imperial

Si la pista para encontrar al asesino debe partir de quiénes se benefician con el crimen, sin dudas que los atentados a las Torres Gemelas beneficiaron a quienes necesitan sociedades hipervigiladas. Cada nuevo golpe en Europa, como los que viene sufriendo Francia, es un nuevo escalón hacia abajo en la pirámide de derechos civiles nacidos del imaginario de la Revolución Francesa. Estados Unidos en 1776 y Francia en 1789 marcaron estos últimos dos siglos de la historia universal, fueron los faros para la construcción de la república como modelo de convivencia democrática y liberal.

Pero ese modelo es enemigo del poder financiero y económico global y las élites gobernantes, que solo se pueden sostener mediante un entramado de intereses en que el capital, las instituciones político-judiciales y los medios de comunicación conforman una red que necesita ser inviolable para perpetuarse.

Los atentados del 11S en Nueva York sirvieron para cercenar derechos civiles en Estados Unidos con el argumento de que es necesario sacrificar algo de libertad para ganar en seguridad. Los medios acompañaron sin dudarlo, lo mismo que capas importantes de la sociedad, y no era para menos: era una Ley Patriótica la que los empujaba. Algo así como Patria o Muerte pero a la usanza del norte, es decir, nada de nacionalismos explícitos.

El ataque en el Trade Center se produjo nueve meses después de la llagada al salón Oval de George W. Bush, quien logró luego ser reelegido en 2005, y eso que tenía muchas menos luces que su padre, uno de los pocos presidentes no reelectos en la ese país. El 11S también lo benefició a George W. y con él todos sus halcones del gobierno, ligados a la industria militar.

Es bueno recordar que en Argentina, el 14O, el gobierno de la Alianza sufría una derrota electoral que aceleró su caída final en diciembre de ese 2001. La Argentina y América Latina desde entonces fueron alcanzando niveles de integración y logrando derechos civiles y políticos como pocas veces antes en su historia.

La llegada de Barack Obama en 2009 pudo ser la coronación de un momento de cambios. De irritación en la sociedad estadounidense por la pérdida de libertades individuales y también por la belicosidad desplegada en todo el mundo. El primer presidente afrodescendiente en una nación con semejante nivel de racismo fue una esperanza para muchos y así logró un Premio Nobel de la Paz por su promesa de terminar con las guerras de su antecesor.

La historia lo recordará, en cambio, como el que profundizó esa matriz imperial apelando a las políticas tradicionales la política exterior, sin miramientos. Las grandes revelaciones de cómo se maneja el poder estadounidense que estallaron en estos años lo muestran sin tapujos. Desde el analista de la NSA Edward Snowden, pasando por el creador de WikiLeaks, Julian Assange, llegando ala soldado Chelsea (Bradley)Manning. Todos ellos criminalizados por sus destapes.

Ahora, que Obama se dispone a entregar el mandato, logró cambiar el escenario al sur del Río Bravo, por las buenas y las no tan buenas, para expulsar a gobiernos que desarrollaron una mayor autonomía desde 2001.

El presidente francés François Hollande(socialista) quiere imponer reglas laborales altamente resistidas por la clase trabajadora porque cercenan (flexibilizan) derechos obtenidos en décadas de lucha. La cadena de atentados es conducente a la militarización de la sociedad y facilita leyes patrióticas que justifiquen la criminalización de la protesta. El gobierno golpista de Brasil también busca flexibilizar las relaciones laborales y también arma un entramado represor para imponerlas.

Las repúblicas liberales son cada vez más contradictorias con el capital financiero y su sostén mediático judicial. A nivel global hay una República Imperial, como adelantaba en los ’70 otro francés, Raymond Aron.

Esa República Imperial necesitaba un 11S. Lo tuvo hace 15 años.

 

Tiempo Argentino
Setiembre 11 de 2016

El reclamo por la visibilidad de Telesur

Patricia Villegas es colombiana de Cali, y desde hace cinco años presidenta de Telesur, la experiencia multiestatal latinoamericana que nació bajo el impulso de Hugo Chávez en 2005 y de la que Argentina formaba parte tras un convenio firmado por el ex presidente Néstor Kirchner.

Hasta que el gobierno macrista decidió salirse de la sociedad, y la señal fue bajada de la grilla en los servicios de cable y quedó fuera de Televisión Digital Abierta, lo que impide que llegue en forma gratuita a cientos de miles en todo el territorio.

Ante Tiempo, argumentó que no pierden las esperanzas de regresar. “Hace unos días, las autoridades dieron marcha atrás con la decisión de sacar al canal ruso RT de la plataforma TDA, ¿por qué no podrían hacerlo con un canal como el nuestro, que por otro lado es el que tiene la cobertura más extendida de lo que ocurre en nuestro continente?”

Villegas y representantes locales de Telesur recorrieron redacciones y estudios para plantear sus razones, estuvieron con militantes sociales y políticos, pasaron por el Congreso y se reunieron con el secretario de Medios Públicos, Jorge Sigal.

Por ahora la respuesta fue negativa. Acusan al canal de “no respetar la pluralidad de contenidos”, pero curiosamente la respuesta, al menos por ahora, es que esa voz “no tendrá lugar”.

Tiempo Argentino
Setiembre 11 de 2016

Piedad Córdoba, del escarnio a la reivindicación

Piedad Córdoba, del escarnio a la reivindicación

Visitó Buenos Aires junto con la presidenta de Telesur (ver aparte) y se puso al hombro la defensa de la dirigente jujeña Milagro Sala. Piedad Córdoba tiene un largo historial de lucha por reivindicaciones sociales y políticas en Colombia y aquí se enteró de dos novedades de gran peso específico para su propio desagravio: se cayó una de las causas que le quitó su mandato como senadora por el Partido Liberal, en 2010, y está por cerrarse otra en un par de días, al tiempo que el personaje que ordenó su inhabilitación –en un caso por 18 años y en el otro por 14–, el procurador general Alejandro Ordóñez, fue cesado del cargo por irregularidades flagrantes en su designación hace tres años. La había acusado de vínculos con el terrorismo, cuando ella es una pieza clave en el proceso de paz con las FARC que está a punto de cumplir su etapa fundacional.

–Uno de los temas pendientes para llegar a la paz pasa por desarmar a los paramilitares. ¿Cómo que se puede lograr, cuando el ex presidente Álvaro Uribe es uno de los opositores al acuerdo y uno de los impulsores de esos grupos criminales?

–Debe ser una decisión del Estado en su conjunto, porque muchas instancias del Estado están permeadas de este fenómeno paramilitar. Los acuerdos dejan planteada toda una estrategia para desmantelar a los paramilitares, pero ellos no existirían si no existieran empresarios que los cobijan, o sectores de las fuerzas militares y policiales que trabajan de la mano con ellos. Porque a pesar de que supuestamente cuando era presidente Uribe se aprobó la ley de Justicia y Paz y se hizo una desmovilización, la verdad es que siguen vigentes. En los últimos 12 años hubo muchos asesinatos de líderes y lideresas populares. No hubo realmente una voluntad expresa de terminarlos. Además, hubo una incursión paramilitar muy reciente en Venezuela que ayudó muchísimo a desestabilizar en una sociedad que no está acostumbrada a este tipo de fenómeno y un ejemplo es lo que ocurrió la semana pasada (antes de la marcha de la oposición al chavismo) cuando detuvierona a 92 paramilitares que, hasta donde tengo conocimiento, son todos colombianos. Da cuenta de un mercenarismo, de un sicariato de exportación que va a lugares donde hubo procesos progresistas como en Ecuador o Venezuela. Es un obstáculo muy grande no sólo para el acoplamiento de los acuerdos en el territorio sino para los países de la región.

–El sistema judicial, como en el resto de nuestros países, también es un factor clave.

–En Colombia se está hablando de una constituyente para hacer una reforma de justicia. Pero la gente tiene claro que la administración de justicia no funciona como debería. Aunque hay que reconocer que ha habido avances. Hubo una serie de desfalcos de grupos financieros que captan dinero y estafaron a muchas personas y la justicia puso tras las rejas a delincuentes de «cuello blanco». Grandes empresarios, industriales, “gente bien” como dicen ellos, pero que robaron a la gente. Ahí sí operó la justicia. Otro caso es cuando se denunció que el 30% del paramilitarismo se tomó el Congreso de la República, y más de 80 parlamentarios terminaron en la cárcel. Pero falta muchísimo y yo diría que en algunos casos como el del procurador general, se demora demasiado, tres años.

–En su caso, le quitaron seis años de su vida política.

–El procurador utilizó su cargo para perseguir y judicializar opiniones. Como cuando pedí en México que los gobiernos demócratas de América Latina cortaran relaciones con un gobierno paramilitar como el de Uribe. A Ordoñez le pareció que era contribución al terrorismo y fue uno de los argumentos para inhabilitarme. Otro argumento era mi amistad con (Hugo) Chávez y con Fidel. Lo que demuestra que también el aparato contencioso administrativo se utilizó para perseguir a quienes creemos de otra manera.

–A Ordoñez lo echan tres años después de haber sido reelecto en condiciones irregulares…

–Tenía que haber una terna para ese procedimiento y al renunciar una candidata, él logró manipular al Congreso para no seguir las reglas y que lo designaran. Le tienen terror y pánico: había ido contra mí, contra el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, al que destituyó, y pretendía hacer lo mismo con el congresista Iván Cepeda.

¿Qué cambió en su vida en estos seis años?

–Mucho. Estaba acostumbrada al Congreso, donde muchas de las inquietudes que se recogen en el trabajo con la gente se lo puede volver un debate o una política pública. Fue una experiencia muy importante porque me permitió estar más con la gente, conocer más de cerca las dinámicas. En estos seis años se levantó el movimiento campesino que yo realmente conocía como demandas pero no en dinámica.

–Metió los pies en el barro.

–Realmente sí. Me permitió crecer con el movimiento estudiantil, me metí en el movimiento social con todo, y no volví ni al partido.

–¿Cambió su pensamiento, su visión del mundo?

–Adquirí más conocimiento, más argumentos, pero sobre todo más compromiso. Porque me pasaron tantas cosas: el escarnio público, el señalamiento, la macartización, prácticamente me sacaron de todas las listas porque era una persona peligrosa aliada con el terrorismo. Pero de todas maneras me dediqué a profundizar en las teorías del socialismo, a convencerme cada vez más de que eso era lo que yo debía hacer. Otra persona hubiera podido ir a buscar el poder para quitarse ese problema de encima. Yo asumí esto, demandé ante la autoridad competente y esperé tranquilamente que se dieran las cosas como se están dando.

–¿Volverá al Congreso?

–No me volveré a presentar. Hubiera querido estar en esta etapa, para eso me preparé, para eso luché tanto. Me imaginaba en los grandes debates argumentando, empujando para este proceso. Pero ya no me preocupa volver. Sí me preparo para ir a una constituyente; allí se tiene que dar cuenta de las reformas que requiere el país.

–¿Cómo la tratan los medios de comunicación que en estos años fueron lapidarios?

–Ave María, les tengo pánico. Y mucha aversión, lo tengo que reconocer. Nunca fui una persona pendiente de canjear favores para aparecer en un medio o por una entrevista. Siempre fui muy autónoma en eso y muy clara de que no iba a ser muy bien recibida. Eso no va a cambiar y tú tienes claro que un medio de comunicación es la extensión del poder financiero y que ellos se apoderan del poder político; no van a querer a personas como yo. Primero porque no voy a las fiestas sociales. Segundo, vamos a estar en la línea de quema siempre, porque siempre iremos a hablar por los pobres, a favor de los grandes cambios que tienen que darse en la sociedad y que no van de la mano del sistema financiero ni de las multinacionales. En Colombia, pensar en una ley de medios es como pegarse un tiro en la sien, pero eso lo vamos a tener que hacer. No puede ser posible que el derecho a la información, que es un derecho humano fundamental, esté birlado por quienes detentan el poder económico.

–Es curioso pero el presidente Juan Manuel Santos proviene de una familia que fue dueña del grupo El Tiempo, el principal medio gráfico colombiano.

–Sí, ahí se acunó, es un hombre del poder, indiscutiblemente, pero también creo que llegaron a un empate en que ni gana el Estado ni gana la insurgencia. Durante muchos años la insurgencia no permitió que muchas regiones muy ricas no pudieran ser totalmente explotadas ni arrasadas por empresarios o multinacionales. Nosotros vemos una paz muy distinta. Para ellos la paz es que se acabe la confrontación y los riesgos para la inversión. Para nosotros es la posibilidad de construir un sistema social, político y económico que dé garantías para el buen vivir. Al presidente Santos debo reconocerle que así sea por esa razón, pudimos llegar a unos acuerdos y a la posibilidad de cesar esa matanza, aunque no se haya tocado el modelo. Se necesita una reforma política que permita expresarse a muchos sectores que no pueden hacerlo. Me preguntará por qué. Porque los requisitos para formar un partido o para acceder al Congreso son tan altos que sólo se mantienen ellos en el poder. Algunos dicen que las FARC están tan desprestigiadas que no van a poder llegar. Pero es que no se trata de que las FARC lleguen sino de que llegue un conjunto de la sociedad.

–¿Se siente parte fundamental de este proceso de paz?

–Sí, claro, me siento así, y a pesar de que los costos fueron muy altos no me arrepiento. Diría, como el título del libro, “confieso que he vivido”. Aunque hay una cosa que no repetiría: no confiaría tanto en algunos que no debí confiar.

–¿En alguien en particular?

–Mucha gente en la que creía y que me dio la espalda. Lo más duro fue la salida del Congreso y por eso no quiero volver. Muchos de mis compañeros no me dejaron ni exponer mi defensa. Fue como una especie de entierro donde una está muerta y a la vez puede ver quién va, quien habla, quién llora.

–En cierto modo es lo que le ocurrió a Dilma Rousseff.

–Así es. Cuando me pasó, recibí mucho apoyo de Cristina y de Chávez. Yo le dije ayer (por el jueves) a Cristina que no podía dejarse meter en la cárcel porque mañana o pasado sale pero ya obstaculizaron el camino para que una lideresa como ella pueda ser la que jalone un proceso que no se puede perder. Los medios se ensañan con ella como lo hicieron en Brasil con Dilma. Parece que todo lo que pasa es culpa de Cristina. Es una matriz de noticias donde parece que lo peor que ha pasado hemos sido nosotras.

Tiempo Argentino
Setiembre 11 de 2016

Fotografía, Soledad Quiroga