por Alberto López Girondo | Dic 29, 2015 | Sin categoría
Dice, con un tono de ironía, que debe ser el único filósofo en la historia al que le pusieron una bomba. Porque los hubo que terminaron presos, perseguidos, obligados a tomar cicuta como Sócrates, incluso su discípulo Platón fue vendido como esclavo. Pero de un atentado terrorista, como en su caso, perpetrado por la Triple A en 1973, no hay registros. ¿Por qué Enrique Dussel era peligroso para las bandas fascistas? Tal vez porque cultiva un pensamiento crítico del eurocentrismo y había sido el fundador de la Filosofía de la Liberación, un movimiento destinado a cambiar la forma de ver al mundo, desde la periferia, con base en América Latina.
Exiliado en México desde 1975, construyó desde allí una sólida obra de referencia, inevitable para la identidad latinoamericana, y llegó a ser rector de la Universidad Autónoma de aquel país. De paso por Buenos Aires, Dussel habló con Acción sobre el particular momento que vive la región, luego de una década larga de gobiernos progresistas y con un papa, el primero, que llegó a Roma desde este rincón del planeta.
–Se percibe un reflujo de los movimientos populares en Brasil, en la Argentina, ¿cómo ve la situación?
–Yo diría que es una onda. Siempre aclaro que no hay y no es posible que haya un sistema político perfecto. Y si es imperfecto hay efectos negativos no casuales sino inevitables. Toda decisión que tome debo saber que tendrá algún efecto negativo que aparecerá a corto o a largo plazo. Uno tiene que actuar con un realismo crítico: hagamos lo mejor que podamos sobre la capacidad que tenemos de diagnóstico pero no soñemos con que esto no va a tener su reflujo, sobre todo, después de una euforia y de lograr por primera vez en la historia tener gobiernos de izquierda. Habíamos tenido revoluciones circunstanciales como la cubana o la chilena, el sandinismo, la zapatista. Pero las revoluciones no son instantáneas. El siglo XX fue un siglo de grandes revoluciones como instantáneas: la Revolución de Octubre, la Revolución China, pero una revolución exige decenios y a veces siglos. Estamos en una concepción un poco más realista pero crítica. El reflujo es también inevitable. Toda institución es ambigua y la burocratización dentro de la condición humana también es de alguna manera inevitable. Entonces hay crisis de lo que se propuso, hay corrupción, son cosas a veces inevitables. Pero hay que computarlos como datos a continuar y para poder superarlos. Es parte de la experiencia que tenemos, muy creativa y más creativa por el hecho de que debemos aprender a superar estas crisis. Yo no las veo fatales ni finales, sino propias de un proceso creciente. Porque se va tomando cada vez más conciencia de lo que esto significa. Veo que hay un proceso de la segunda emancipación, la primera se realizó políticamente, en algunos aspectos económicamente, culturalmente, pero caímos en el neocolonialismo. Ahora, como dirían Martí y Mariátegui, estaríamos en el segundo proceso de emancipación, que también tendrá su recaída.
–¿Cree que hubo en un avance, que hay un limite y que no se va a poder volver atrás?
–Nunca hay que decir que no se va a volver atrás porque lo hicimos alguna vez, por caso, en los 70, y volvimos casi peor con el golpe de 1976. Tal vez sea un paso adelante y dos atrás y después tres para adelante. Todo pasado puede volver pero hay que hacer lo posible para que no ocurra. Tiene que haber un realismo primero en la política porque un cierto idealismo moralizante es nefasto y la extrema izquierda, al fin, se une con la extrema derecha. A veces son los peores enemigos de la revolución.
–¿A qué llama idealismo moralizante?
–En este caso sería el sentido cotidiano de la palabra. He tenido discusiones con grandes pensadores con los cuales he estado de acuerdo en casi todo, pero me dicen «eliminemos el Estado». ¡Pero vamos a necesitar de todas maneras una macroinstitución para poder saber de qué se trata lo público! Algunos dicen en Bolivia no hay revolución, que Evo Morales no sirve para nada. Pero ha hecho mucho, no es perfecto, está el extractivismo, de acuerdo. Díganme cómo lo podría mejorar y eso lo vamos a ir descubriendo en decenios, porque nadie tiene la varita mágica con la solución, y nunca hubo soluciones inmediatas. Me dicen «la crítica del capitalismo está bien pero ¿cuál es su alternativa?». El capitalismo fue la alternativa al feudalismo pero en el siglo XVII no habían nombrado al fenómeno ni sabían lo que estaban haciendo. Simplemente estaban en contra del feudalismo e iban haciendo las cosas de otra manera. Después se tomó conciencia de que era la alternativa cuando miraron para atrás. ¿Cómo será la nueva empresa futura? Habrá que ir viendo, y esto es un realismo crítico con principios normativos y también políticos, económicos, culturales. Pero no hay proyecto armado. A la presidenta de Brasil, que a sus 18 años fue una mujer generosa que se metió en un movimiento guerrillero y que la torturaron, ¿qué más le podemos pedir? Que haya aflojado demasiado y le estén comiendo el Amazonas, bueno, son errores. Y que ahora Lula, que fue sindicalista de mucha historia y tiene capacidad de negociar, le dé su apoyo para sostenerla, bueno.
–Es un líder, que no es poco.
–Con autoridad además, que se jugó, arriesgó, es un hombre extraordinario.
–¿Cómo ve el rol de un líder en los procesos políticos?
–Lenin, Mao, Ho Chi Minh, Fidel Castro, han sido grandes líderes. Toda gran revolución se hizo con líderes y no hay un gran libro sobre el liderazgo en política.
–Hay libros sobre liderazgo en deportes o en la empresa.
–Bueno, ahí sí hay liderazgo y escuelas y todo. Recuerdo cuando recibí el premio al Pensamiento Crítico en Venezuela, estaba Chávez, leí un texto que está en un librito que se llama Carta a los indignados y que habla sobre el liderazgo democrático. Había como 3.000 personas que nos miraban a ver cuándo metía la pata. Porque yo empecé a hablar del liderazgo que se desvía y hablaba de Pinochet, Hitler y las dictaduras. Y entré en la necesidad de tener maestros en política, de gente que habiendo sido elegida encarna los principios coherentemente. Y terminé diciendo que de todas maneras el perfecto liderazgo es su disolución, el momento en que el líder dice «ya no me necesitan porque aprendieron». Hugo Chávez dijo entonces «me ha gustado eso de la disolución del liderazgo», se pasó como una hora y media hablando (risas) y vi que el hombre lo tenía muy claro. Él era un maestro que agarraba su pizarrón en el show de los domingos y hablaba a la gente de política y de lo que había que hacer. El pueblo venezolano necesitaba todavía de un líder por bastante tiempo, pero se murió joven.
–¿Por qué piensa que debe ser así?
–Cuando un pueblo no ha vivido la experiencia de una participación en donde uno cree en sí mismo, se da cuenta de que es la sede de la soberanía y no un esclavo. Nuestros pueblos no lo han hecho nunca. Aun antes de la conquista, en el imperio inca o maya, también había aristocracias muy fuertes. Hasta que el pueblo empiece a tomar conciencia, creo que el liderazgo es importante en todos los niveles. Líder es también el que Walter Benjamin llamaría el Mesías, el que encarna los principios. Porque los principios son abstractos, hay que verlos funcionando, y eso es más difícil. Alguien que los cumpla y que uno pueda creer en la persona. La fe es fundamental. Si alguien me dice «te están esperando en la puerta», yo no he visto a nadie porque no estoy en la puerta. Le creo y voy sobre sus palabras; si llego y no hay nadie digo: bueno, fue un chiste, la próxima te creo menos. Pero si llego y hay alguien le creo más. El líder es muy importante en todos los niveles, en el barrio, en el sindicato, en la escuela, el profesor, la gente imita a una persona que cree en lo que dice y vive con coherencia.
–Pero en América Latina algunas palabras son tabú y cuando aparece una figura de esa envergadura recibe todo tipo de ataques y se lo tilda de dictador.
–Eso lo dice una elite que tiene el poder y los medios en sus manos y devalúa ese magisterio que es el que va a permitir al pueblo el ejercer el poder de sí mismo. Como temen que el pueblo aprenda a ser, entonces liquidan a los maestros que inician la tarea.
-Hay gente que lo piensa sinceramente y compara la realidad de Europa con los populismos regionales. Usted alguna vez dijo que en Latinoamérica nunca hubo fundamentalismos como pasa en otras partes. ¿Por qué cree que sucede eso?
–Es que el fundamentalismo es un fenómeno muy reciente, ya sea fundamentalismo musulmán, sionista o cristiano. En América Latina aconteció algo inesperado por su situación geopolítica y cultural y también mítico-religiosa, cuestiones que no se hablan pero que ya es tiempo de que se lo haga en una etapa postsecularista en la que estamos entrando, en el peor y el mejor sentido. La Ilustración del secularismo dijo «a las religiones irracionales dejémoslas de lado», y entonces el político, y aun el hombre de izquierda, dejó la religión afuera y ya no sabe cómo funciona. Y cuando se le viene el fundamentalismo no sabe cómo hacer. Lo que hace falta es entender de qué se trata, pero para eso es necesario integrar el mito y la religión a las ciencias sociales como antes de la Ilustración y saber cómo se maneja. Yo digo que en lugar de gastar tanto dinero en aviones y en drones se cree un instituto de enseñanza islámica. La izquierda secularista perdió el mundo mítico en el cual el pueblo encuentra sentido. La ciencia no da sentido, da verdad: llega al médico y dice «se murió», y me da el certificado donde dice que se murió y si le pregunto «doctor cuál es el sentido de la muerte», me responde «eso no lo puede decir la medicina». Y a mí lo que me interesa es saber el sentido de la muerte, porque cuando ella se murió, me dijo «ya nos veremos», y estaba contenta. Usted hubiera dicho «ya está, se murió, se terminó», pero ella no estaba tan triste porque pensaba que íbamos a volver a encontrarnos. Le dio un sentido a la muerte que no es científico. Al fin, lo que vale en la vida es el sentido, la celebración, y ese mundo mítico la izquierda lo había perdido. En América Latina no se perdió eso. Y ahora lo puedo hablar porque los argentinos están presentes en el mundo por un tal Francisco. Marx dice que el dinero se enaltece a sí mismo y toma la forma de dios en el capital. ¿De dónde tomó ese texto Marx? Es es un antitexto de Pablo de Tarso, que dice «Cristo, de naturaleza de Dios», y usa las mismas palabras de Marx, «se alienó a sí mismo, y tomó la forma del siervo». Marx invierte el texto de Pablo de Tarso. Tengo una tesis que hizo un alemán donde cita 17 textos sobre el Anticristo y para Marx el capital es el Anticristo. Lo que los teólogos llaman el pecado original es la acumulación original. Se me ocurrió que si yo usaba todas esas metáforas quiere decir que hay un discurso económico fuerte pero hay un segundo discurso débil, metafórico, si se unen sale una verdadera teología completa. Con puros textos de Marx, es un libro de 400 páginas que he escrito. Pienso que de alguna manera la teología de la liberación puso la vacuna al fundamentalismo cristiano. Ese fundamentalismo lo ponían los militares en nombre de la civilización occidental y cristiana, y entre los peores enemigos que tenían estaban justamente los cristianos de izquierda.
–¿Cómo ve el rol del papa, entonces?
–Yo creo que para la iglesia ha venido una suerte de renovación inesperada y es producto de la realidad argentina. Recuerdo una oración del padre Mujica que decía «te pido perdón porque yo puedo hacer una huelga de hambre, pero ellos no pueden hacer una huelga con su hambre». Y la Triple A lo mató.
–Ese fundamentalismo del que hablaba, ¿no es incentivado desde Occidente, no es funcional a los poderes coloniales?
–Ha sido potenciado por el fundamentalismo cristiano de Reagan, de Bush. Estados Unidos le sirvió de aliado. Pero Israel también ha jugado un papel bastante negativo. La presencia de Netanyahu en el Congreso el año pasado, sin permiso del presidente, creo que ha sido un momento grave de la alianza norteamericano-israelí que tenía en Israel su punto de apoyo en el Oriente Medio petrolero. Yo viví dos años en Israel, trabajé con palestinos y conozco bien cómo metieron el dedo en el avispero y ahora hay un avispero terrible y con sentidos contradictorios. Saddam era un dictador, sí señor, era una víbora como decían ellos, pero ahora entró una víbora mucho peor. Han destruido países enteros por ganar elecciones; Bush, ese fundamentalismo cristiano que quería derrotar al terrorismo, ha creado un mundo de terroristas.
–¿Es una consecuencia no deseada o es el objetivo de la industria militar?
–La industria militar está en auge. Cuando se vino abajo la Unión Soviética uno decía «ahora habrá una pax americana». Pero estos tipos en vez de parar le imprimieron un nuevo rasgo. Ahora usan otras técnicas, le dan dólares a la oposición que es la que pone los soldados. Lo hacen también en Venezuela, en Brasil y en la Argentina. Son las nuevas teologías, pero más terroristas que nunca, producidas por la CIA, que empezó con un teólogo fundamentalista de Arabia Saudita, Al Qaeda, y en Afganistán contra los rusos. Ellos les enseñaron a transformarse en guerrilleros y luego se volvieron contra EE.UU., pero yo creo que estamos en el fin de proceso, del imperio y del eurocentrismo y de muchas cosas, por eso no hablo de posmodernidad, que es la última etapa de la modernidad. Yo digo que estamos al fin de la modernidad porque estamos ante un mundo nuevo que surge. Y filosóficamente estoy en eso.
Consejos al Obispo
Enrique Dussel, 81 años, nacido en Mendoza, fue en busca del pensamiento latinoamericano a lo largo del Mediterráneo y llegó a Israel, donde vivió en un kibutz a fines de los 60. A su regreso plasmó una nueva filosofía, perseguida por la dictadura, hermanada con la Teología de la Liberación, igualmente foco de persecuciones.
«Me formé en la cultura clásica, griego, latín», recuerda el autor de una lista interminable de publicaciones donde desarrolla un programa para interpretar el mundo desde la periferia. Ese horizonte se le abrió ya en su primer viaje, a la España franquista, «la única que había», con una beca doctoral.
«Mi padre fue bisnieto de un alemán que en 1870 llegó a Buenos Aires, hijo de un carpintero socialista que hizo los muebles de la Casa del Pueblo, quemada en los 50 cuando comenzó el movimiento contra Perón. Ese bisabuelo mío le puso Carlos a mi tío y al segundo hijo le puso Heinrich y yo me llamo Enrique. Por un tal Karl Heinrich Marx», recuerda.
–¿De dónde viene este acercamiento a la religiosidad?
–Mi padre era médico, educado con la Reforma, en Córdoba, el fenómeno religioso estaba ausente de su vida, era un materialista práctico, conservador además, pero muy buen médico popular: iba a ver a la gente al rancho a caballo, porque era un pequeño pueblo. Mi madre era italiana, Ambrosini, y ella sí era católica, pero era una mujer fantástica de mentalidad libre. Hasta el obispo venía a casa a pedir consejos. Era una mujer abierta y ahí tuve el contraste completo.
–¿Cómo se interesó en los temas latinoamericanos?
–Cuando terminé la carrera, saliendo con el barco hacia España, veía el puerto que se alejaba, y al llegar a Montevideo me di cuenta de que no sabía nada del Uruguay. Y luego llegué a Santos y vi afros, que no los había visto en mi vida. Me di cuenta de que no conocía América Latina. A los tres días, Dakar, África, luego Casablanca, el Asia y llego a Portugal, Europa. Y fui descubriendo al gaucho, porque el gaucho viene de Extremadura, viene del Magreb, del desierto de Arabia. Terminé el doctorado y me fui al Oriente Medio y descubrí el mundo semita, una historia de 5.000 años. La filosofía no empieza en Atenas sino en Egipto, en la Mesopotamia, 30 siglos antes. Atenas era una colonia de Sais, la fundaron los egipcios; Palas Atenea era Neith la diosa de Sais, los pitagóricos fueron la primera escuela de filosofía y es egipcia; Tales de Mileto era de familia fenicia.
–Y ahora usted intenta abrirse a un pensamiento sur-sur.
–Hemos empezado a discutir y a hacer un pensamiento sur-sur filosófico con África, el mundo islámico, China, Indostán. Sin europeos ni norteamericanos. Primero discutir entre nosotros y luego ir hacia adelante.
Revista Acción
Enero de 2016
Foto de Horacio Paone
por Alberto López Girondo | Dic 18, 2015 | Sin categoría
El puñetazo que recibió Mariano Rajoy en una callejuela de Pontevedra y el acalorado debate que un par de días antes había cruzado con el candidato del PSOE, Pedro Sánchez, sumado al ataque talibán a la embajada española en Kabul que provocó la muerte de dos policías, recuerdan aquel poema de Antonio Machado, «golpe a golpe, verso a verso». Es que este domingo los españoles tienen ocasión de cambiar de modo radical el modelo de democracia que se instauró a la muerte de Francisco Franco, dictador por 36 años tras la cruenta guerra civil. Por eso este 20D es visto con particular atención en varios rincones del mundo. Porque podría significar una nueva refundación en ese país atribulado por la crisis y el regreso de algunos viejos fantasmas.
Rajoy, presidente del gobierno desde 2011, llegó al poder en un clima de revuelta social por la crisis económica y las movilizaciones en las plazas públicas surgidas desde el mítico 15 de Mayo. Ese movimiento se conoció como el de los Indignados, por el libro de Stéphane Hessel que planteaba salir a las calles a defender las conquistas sociales conseguidas por los europeos al fin de la Segunda Guerra y que eran y son cercenadas por los organismos europeos. A pesar de las protestas generalizadas, la ciudadanía terminó apoyando la opción conservadora.
El resultado de la gestión del líder del Partido Popular fue el esperable, teniendo en cuenta el esquema ideológico del que parte. Los índices de pobreza –que venían creciendo con José Luis Rodríguez Zapatero, del Partido Socialista Obrero Español– treparon al 29,2% de la población, afectando a 13.657.232 personas, de acuerdo el índice AROPE (por las siglas en inglés de Riesgo de Pobreza y Exclusión), que elabora la EAPN (por Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social). La franja de mayor exposición es la de los menores de 16 años, donde la pobreza llega al 30,1 por ciento. Lo más alarmante desde el punto de vista simbólico es que los trabajadores en riesgo de pobreza –o sea que de nada les vale trabajar porque siguen siendo menesterosos– pasaron de 11,7 a 14,2% en el último año.
En paralelo, el 10% más rico tiene ingresos 14 veces mayores que el 10% más pobre. «De hecho, el 10% más rico posee ingresos equivalentes a los de la mitad de la población española», puntualiza el informe.
La revista Forbes, por otro lado, reveló hace algo más de un mes que la fortuna de los 100 españoles más ricos creció el 15% en un año, llegando a un total de 24.826 millones de euros. El multimillonario Amancio Ortega, dueño de la cadena de tiendas Zara entre otros emprendimientos, está al tope de la lista, con una fortuna de 60.900 millones, 14.900 millones más que en 2014. Los otros acaudalados son los propietarios de grupos como Ferrovial, Mercadona, Mango, la cervecera Mahou San Miguel.
Mientras tanto, desde todos los rincones del mundo miran a España como una oportunidad para hacer negocios, al punto de que Wang Jianlin, el hombre más rico de China, busca sumar otras joyas de la península a su colección particular, entre las que figura el 20% del Atlético de Madrid, que compró en enero pasado por unos 50 millones de euros, y el legendario Edificio de España, de Madrid, que le costó la friolera de 265 millones. Hay otras «ofertas» en danza en la Madre Patria y de acuerdo a un artículo del portal Russia Today, «por tan sólo 60 mil euros es posible comprar un pueblo entero bien conservado».
Es más, según informaciones publicadas por los diarios españoles El País y Cinco Días y el británico Daily Mail, hay 35 pueblos gallegos que están en venta. Además, ya el 40% de las empresas españolas están en manos extranjeras, al igual que el 53% de la deuda pública.
Podrá decirse que esta realidad obedece a un proceso de globalización que es común en muchos otros lugares del planeta. Pero para un país que en los 90 se expandió hacia América Latina con sus capitales financieros y de servicios representa un fuerte retroceso.
Como sea, si algo ocurrió en estos cuatro años de Rajoy fue que aquel movimiento del 15M alumbró nuevas camadas de dirigentes que lograron fracturar el bipartidismo que se había instaurado con la constitución de 1978. Podemos, una agrupación de izquierda liderada por Pablo Iglesias, tuvo en jaque al PP y el PSOE con sus planteos en contra de lo que tildan de «una casta» que vive a expensas del pueblo. Esta caracterización se coló en la sociedad luego de los procesos judiciales que se descargaron sobre la cúpula del PP, envuelta en la llamada trama Gürtel, un esquema de financiación ilegal que llevó a la cárcel al tesorero del partido, Luis Bárcenas y enloda a toda la dirigencia. Si de corrupción se habla, es bueno recordar que la familia real está inmersa en su propia trama desde que se procesó al esposo de la infanta Cristina de Borbón por negocios irregulares con dineros públicos. Juan Carlos de Borbón, el rey designado por Franco y que fue clave para la consolidación del sistema democrático en el intento golpista de 1981, tuvo que abdicar por el descrédito de la monarquía por la situación de su hija y sus propios escandaletes.
Pero no sólo de corrupción y crisis se habla en la España de estos días. Cataluña es uno de los problemas que deberá enfrentar el ganador del comicio. El empecinamiento de Rajoy y de Artur Mas elevaron la tensión independentista al máximo y ahora habrá que ver como siguen las cosas en el distrito más rico de España. La otra cuestión es la Ley Mordaza, una lindeza que desde julio pasado le pone límites a las manifestaciones y a la protesta social con multas y hasta prisión.
En este contexto, Podemos fue avanzando a un ritmo que parecía indetenible, y logró armar alianzas que le permitieron alcanzar la alcaldía de Madrid con la ex jueza Manuela Carmena y la de Barcelona con la militante social Ada Colau. Pero el avance se fue descomprimiento a medida que la derecha fue ganando espacio en América Latina, donde el partido tiene cercanías ideológicas con los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro Venezuela y de Cristina Fernández en Argentina. El PP está alineado con los sectores conservadores latinoamericanos y así como apoyó a la MUD en tierras bolivarianas se presentan como socios ideológicos del actual mandatario argentino. El PSOE también pesca en esos ríos.
El candidato del socialismo español, Pedro Sánchez, de 43 años, es la renovación de su partido. Pero desde la centroderecha española hay una competencia que se ubica entre el PP y el PSOE y representa otra oferta para los sectores que se oponen al «bipartidismo del régimen». Se trata del partido Ciudadanos, liderado por el catalán Albert Rivera, quien con Iglesias, tienen la edad de la Constitución que ahora pueden llegar a cambiar, como prometieron en campaña.
Las últimas encuestas señalan que el PP, con el 26,2%, ocupa el primer lugar en intención de voto; lo siguen el PSOE, con el 21%, pero ahí nomás está Podemos, con 20,4, y Ciudadanos, con 19. Así las cosas, nadie podría gobernar sin acuerdos políticos.
El único debate al que aceptó ir Rajoy, con Sánchez, tuvo una violencia inusual en España. «El presidente del Gobierno tiene que ser una persona decente y usted no es decente. Tenía que haber dimitido», le espetó Sánchez, hablando de la corrupción. «Hasta aquí hemos llegado. Es usted una persona ruin, mezquina y miserable», le espetó Rajoy.
Dos días más tarde, Andrés V.F. un adolescente de 17 años, le propinó al jefe de gobierno un tremendo jab de izquierda en tierras gallegas. El chico tiene una lejana relación familiar con la esposa de Rajoy. No se trató de un hecho político, explicó el mismo gobernante.
El mandatario recibió la solidaridad de toda la dirigencia española y de los máximos gobernantes europeos. Todos se juegan algo este domingo, luego de que la izquierda portuguesa logró armar gobierno contra la voluntad del otro régimen, el de Bruselas, la sede de la UE.
Tiempo Argentino
Diciembre 18 de 2015
Ilustró Sócrates
por Alberto López Girondo | Dic 15, 2015 | Sin categoría
Hay que reconocerle inteligencia y perspicacia a Joaquín Morales Sola, el columnista estrella de La Nación. Porque en su columna editorial del domingo pasado puso los puntos sobre las íes en lo que realmente se juega en la Argentina de estos días, más allá de cuestiones «menores» como la eliminación de las retenciones y del «cepo» cambiario, y le dice al presidente Mauricio Macri, directamente, que «no tiene derecho al error, como etapa histórica». ¿Por qué? Pues porque un «eventual fracaso significaría el regreso del populismo por un tiempo previsiblemente largo». Y agrega a renglón seguido que «una gestión exitosa de Macri podría modificar sustancialmente la vetusta política argentina, sus viejos códigos y sus anquilosadas estructuras. Podría dejar atrás a la dirigencia política que debió irse con la gran crisis de 2001 y que, por el contrario, encontró un refugio oportuno en el kirchnerismo».
Mucho de cierto hay en lo que escribió Morales Solá, aunque uno difiera en cuanto al tono y a la intención con que lo presenta. La crisis del 2001 efectivamente puso a la dirigencia política en un trance de vida o muerte Y la intervención de Morales Solá en ese momento histórico también fue decisiva. Como se recuerda, fue una columna suya la que desnudó la escandalosa compra de votos para aprobar una ley de flexibilidad laboral que cercenó derechos de los trabajadores como ni siquiera la dictadura se había atrevido.
La vergonzosa ley Banelco, una maniobra de la que participaron representantes del peronismo y del radicalismo, que entonces conformaba la Alianza junto con sectores de centroizquierda, llevó primero a la renuncia del vicepresidente Carlos Chacho Álvarez y luego a la caída estrepitosa del presidente Fernando de la Rúa.
Si algo bueno puede haber tenido el paso de Carlos Menem por el gobierno fue sin dudas el haber derrotado al partido militar, que desde el golpe contra Juan Domingo Perón en 1955 co-gobernó la Argentina para imponer los intereses conservadores sobre el resto de la sociedad.
El 2001, en otros tiempos, hubiese culminado con un golpe militar. La dirigencia del momento, en cambio, más allá de la grotesca seguidilla de cinco presidentes en una semana -parece mentira pero ahora se cumplen exactamente 14 años- encontró una salida bastante civilizada con el mandato provisorio de Eduardo Duhalde. Tras los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, Duhalde tuvo que llamar a elecciones y así fue que un mayoritariamente desconocido Néstor Kirchner logró colarse entre los candidatos.
Como también se recuerda, el ganador del comicio de 2003 fue Menem, con 24.45% de los votos sobre el gobernador de Santa Cruz, que obtuvo 22,24. Kirchner fue ungido presidente porque Menem desertó del balotaje. Sabía que lo iba a perder pero sobre todo lo convencieron de que así dejaría un mandatario políticamente muy débil.
Desde allí Kirchner fue construyendo el poder que luego Cristina Fernández acrecentó al punto de irse con una plaza llena de manifestantes que la vivaron como no se tienen antecedentes de un presidente argentino. Baste solo mencionar que los dos grandes líderes del siglo XX, Hipólito Yrigoyen y Perón, fueron expulsados con sendos golpes de estado y luego la historia se encargó de ponerlos en su lugar y de honrarlos como se debía. Perón se dio el gusto de volver, Yrigoyen murió en la más absoluta pobreza. Raúl Alfonsín, otro líder de fuste, aunque de otro nivel, pudo reconciliarse también con la historia cuando los polvos del presente se decantaron.
El discurso con que Macri ganó el primer balotaje en la historia argentina fue el de la unión y la reconciliación. ¿Por qué? Pues porque en estos años si algo ganó la sociedad fue el debate político. Y la discusión política es apasionada, visceral. No es que ahora hay una brecha que antes no la había: es que ahora se discute en cada familia, en cada rincón del país, y eso genera controversias que para un sector importante de la clase media resultan intolerables. Antes las diferencias quedaban sumergidas bajo un manto de corrección -o pacatería- política.
Entre las cosas que no le perdonan a CFK, tal vez una de las más relevantes es la de haber desnudado la hipocresía o la vaciedad de ciertas costumbres argentinas. No todos quieren debatir, no todos se bancan argumentar o razonar políticamente. Para no confesarse sus propias miserias, por conveniencia, por comodidad. incluso por ignorancia. El discurso de Macri molesta a las capas más politizadas de la ciudadanía, pero es ideal para cauterizar esa brecha en la que «ellos» se sienten en desventaja.
Una brecha que representa un paso que no quieren dar porque implica reconocer la existencia de privilegios, y de que ellos disfrutan de esos privilegios. ¿Eso significa que el gobierno de CFK iba camino a la revolución socialista? Desde luego que no, pero todos los golpes en Latinoamérica fueron contra gobiernos progresistas, que abrieron debates similares de cara a la sociedad. Al único gobierno efectivamente revolucionario, el de Cuba, no pudieron derrocarlo. Sin embargo, ¿por qué será que la derecha necesita acallar los debates? «Por las dudas» suena a buena respuesta. Porque «así se empieza» también.
Mientras tanto, se comprueba fácticamente que hay un porcentaje de la sociedad argentina que se siente más cómodo cuando nada se cuestiona, cuando los medios aceptan y avalan a las autoridades a cargo. Como decía el diseñador de modas Roberto Piazza, «Mirtha Legrand es una suegra mala», porque siempre critica maliciosamente. Macri es la respuesta confortable, el novio aceptable porque tiene plata y todos hablan bien de él, salvo, claro, «los muchachos de la esquina», lo peor del barrio, que ya sabemos en qué andan.
Macri es el que hará callar a los morochos que todo lo discuten desde una mirada populista. Por las buenas o por las malas. De allí la advertencia de Morales Solá. ¿Si fracasa Macri que viene? ¿Más populismo, la vía argentina al socialismo, o volverá la política? Por eso también Macri es la solución adecuada para el establishment. Porque dejó afuera a la dirigencia política, se rodea de managers, ejecutivos de empresa, les tira unas migajas a los radicales -¿por qué se bajó Ernesto Sanz?- y con eso conforma una alianza conservadora que es igual a la que gobernó a través de cuanta dictadura hubo, pero elegida por el 51,4% de la ciudadanía.
¿Ignoraban los que votaron a Macri quién es el nuevo presidente? Es cierto que muchos votaron contra la «autoritaria, la dictadora, la yegua». Pero muchos, muchísimos lo votaron porque justamente representa eso de que con los militares estaban mejor. Tiene razón Marcos Aguinis, «cuando Videla asumió, parte de la población respiró». Y esa parte de la sociedad eligió un gobierno que les promete no revolver las culpas por haber apoyado ese golpe genocida. Borrón y cuenta nueva con el pasado.
En un par de días, Macri ya demostró que las instituciones y el republicanismo le importan poco. Con un decreto eliminó en la práctica la ley de educación del 2006. Dijo que había sido un error, pero mientras no se modifique ese decreto eliminó una ley democrática. Lo mismo quieren hacer con la ley de Medios, la más debatida de la historia argentina. Desde que un bando militar anuló la Constitución de 1949, votada por la democracia en el primer gobierno de Perón, que no se burlaba tanto la voluntad popular.
La última -por ahora- fue designar por decreto a dos nuevos jueces de la Corte. Si Cristina era dictadora y autoritaria ¿Cómo se puede calificar a esta medida, de mayor gravedad de cualquiera intentada por la ex presidenta?. ¿Dónde están los republicanos que no hacen una marcha en defensa de la separación de poderes? ¿Qué va a decir el presidente de la Corte, que tanto se llenó la boca hablando de independencia del poder judicial? ¿Qué van a decir de quienes se oponen a estos atropellos? ¿que son todos kirchneristas, que se quedaron en el 2015, como en los 90 se acusaba a quienes defendían al rol de Estado y la defensa de los puestos de trabajo de haberse quedado en el 45?
Y esto recién empieza.
por Alberto López Girondo | Dic 11, 2015 | Sin categoría
Suele decir el técnico de fútbol Marcelo Bielsa que perder enseña mucho más que triunfar. «El liderazgo está directamente relacionado con la derrota. Porque es ahí cuando se verifica la consistencia del conductor», dijo alguna vez. Y completó: «Lo mejor del ser humano sale cuando el éxito nos abandona.»
Cualquier idea que refleje la importancia de «no darse por vencido ni aun vencido» resulta útil para reflexionar sobre este momento particular que vive la región luego de la contundente victoria de la oposición venezolana en las elecciones del domingo pasado. Sobre todo porque representa un traspié significativo en términos simbólicos para un proceso que había inaugurado Hugo Chávez cuando llegó al poder el 2 de febrero de 1999. Y también porque es como el colofón para una serie de retrocesos que se venían dando con los ataques al gobierno de Dilma Rousseff en Brasil y que en Argentina se evidenció con el ajustado triunfo de Mauricio Macri.
Que lo simbólico tiene su peso lo demuestra el hecho de que a la asunción de Macri vino el rey emérito de España, Juan Carlos de Borbón. El mismo que en una cumbre de jefes de Estado en Chile, en noviembre de 2007, lanzó el grito destemplado de «¿Por qué no te callas?» ante una denuncia de golpismo contra el gobierno del PP que lanzaba el mismísimo Chávez. El rey, que se vio obligado a abdicar en favor de su hijo Felipe en julio del año pasado luego de varios escandaletes –entre ellos una caza furtiva de elefantes- quería silenciar al líder bolivariano en un encuentro creado para concertar acercamientos entre los países iberoamericanos. Una estrategia que con un fuerte anclaje en el neoliberalismo buscaba tejer lazos entre la «Madre Patria» y las ex colonias latinoamericanas, con la idea lejana de establecer una suerte de Commonwealth ibérico.
Otro gesto encaramado en este cambio de rumbo que hoy tratará de extender Macri hacia el resto del continente está marcado por las declaraciones de su canciller, Susana Malcorra, para quien el ALCA «no es mala palabra en tanto y en cuanto encontremos una vinculación que sintamos que nos beneficia». A exactos diez años de aquel «alcarajo» del mismo Chávez en Mar del Plata no suena a respuesta de compromiso sino a una declaración de principios.
La reanudación de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, lograda con la intervención del Papa Francisco hace un año, significó un giro inesperado para una política «negacionista» de sucesivos gobiernos estadounidenses en más de medio siglo. Implicó el reconocimiento de los errores que las administraciones de la Casa Blanca habían cometido en su empecinamiento por ahogar a una revolución que se mantuvo en firme a pesar del bloqueo y el aislacionismo. Pero en estos doce meses, lejos de ese triunfo de honda significación histórica, se fueron despeñando en un muy bien estructurado efecto dominó una serie de calamidades sobre los gobiernos progresistas de la región que manifiestan algo palpable: los enemigos de la integración nunca descansan.
A los pocos días de aquel primer diálogo entre Barack Obama y Raúl Castro, tomó su segundo mandato Dilma Rousseff y se inició un calvario que ahora dramáticamente la tiene a ella y al Partido de los Trabajadores contra las cuerdas. Pocos días más tarde se abre el capítulo Nisman, que golpeó de lleno en el gobierno de Cristina Fernández. Mientras tanto, la crisis económica y política iba desgastando la gestión de Nicolás Maduro. Fue un ataque económico despiadado calcado del que sufrió Salvador Allende en los ’70 y que no tuvo una respuesta adecuada del gobierno bolivariano ante la sociedad. En esta fisura caló el discurso de la derecha. Como lo probaron las elecciones que en este año se desarrollaron en Grecia, en esta etapa de la globalización la democracia consiste en que los pueblos voten con una pistola en la cabeza.
Desde junio de 2014 los precios del petróleo se fueron desmoronando luego de tres años de estabilidad y una media situada en torno de los 105 dólares por barril. En enero de este año bajaron de los 50 dólares y ahora se ubican en los 37 dólares el barril. El resto de los commodities y minerales también está en caída, o debiera decirse que el dólar se está revaluando en todo el mundo provocando una crisis de ingresos en los países emergentes, sobre todo en las economías china y rusa, y pega de lleno en las latinoamericanas.
El sueño de igualar en estas sociedades- las más inequitativas del planeta- se sustenta en gran medida en el precios de las exportaciones y ese sigue siendo un límite a toda expectativa de justicia social. No es que los gobiernos no lo sepan, pero modificar esas variables es una tarea que lleva décadas. Por otro lado, el capitalismo sigue dando muestras de contar con una alta capacidad de renacer de sus cenizas tras cada nueva crisis. Y los medios dominantes no tienen intención de apoyar y sustentar ningún cambio cultural sino más bien tienen como función reprimir cualquier intento de rebeldía.
No sólo las formas molestan e incomodan a esa dirigencia globalizada. Es el contenido. Pero si de formas se tratara, podría verse allí que también hay un cambio de paradigmas en cuanto al modo de operar de la derecha regional y el establishment latinoamericanista, con capital en Miami.
El giro de la Casa Blanca hacia Cuba fue un renunciamiento estratégico con relación a los golpes de Estado que hasta no hace tanto fomentaban la CIA y el Pentágono. Desde la revolución cubana, cuanta interrupción democrática hubo en la región tenía como excusa evitar el «camino al comunismo» que representaba el gobierno a atacar. Con el sostén imprescindible de las fuerzas armadas entrenadas en la Escuela de las Américas en la doctrina de seguridad nacional. La barbarie fue tan tremenda que poco a poco se fue instalando el proyecto «democratizador», con las trampas y variantes constitucionales al uso de cada país.
La constitución que el pinochetismo legó a los chilenos es la herencia maldita para poder construir una verdadera democracia en el país trasandino que a los tumbos intenta reformar Michelle Bachelet. El sistema electoral brasileño, que obliga a alianzas y coaliciones, ahora entierra bajo el lodo al PT por sus acuerdos con un partido que, además de venal, no duda en traicionarlo cuando percibe que el buque se hunde. Por supuesto que hay corrupción, el caso es cómo frenarla, cuando los propios corruptos son los que fijan las reglas, como es el caso del jefe de la Cámara Baja brasileña, Eduardo Cunha.
Chávez tuvo la perspicacia y aprovechó el poder político inicial para crear una nueva constitución, igual que lograron hacer Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador. Los intentos golpistas que padecieron Morales en 2009 y Correa en el 2010 tienen su origen en esta nueva institucionalidad, que amplía derechos de una manera que el liberalismo político no tendría más que aplaudir. Pero pone límites a las aspiraciones de las minorías.
Para el resto, el papel que antes cumplían los uniformados ahora lo cumplen los togados. Es un Poder Judicial constituido a la usanza y bajo el molde del sistema creado en Estados Unidos con el argumento, James Madison dixit, de que » las democracias siempre han sido incompatibles con la seguridad personal o el derecho a la propiedad; y han sido, en general, tan cortas en su vida como violentas en su muerte».
El sistema judicial es el nuevo organismo de intervención, como lo padece el gobierno de Brasil y lo denunció la ahora ex presidenta argentina en reiteradas ocasiones. Un poder que también recibe entrenamiento en organismos de Estados Unidos para controlar eso que Madison, uno de los «Padres Fundadores», consideraba un riesgo: los posibles «excesos» de las mayorías sobre los intereses de las minorías. Los intereses económicos, se entiende, porque aún hoy las minorías étnicas bien que sufren todo tipo de excesos en la cuna del constitucionalismo americano, a pesar de contar con un presidente negro.
Tiempo Argentino
Diciembre 11 de 2015
Ilustró Sócrates
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