Del Alca al TPP: dos visiones regionales que enfrentan dos modelos
Para la región, esta fue una década ganada. Porque desde aquel ya mítico encuentro en Mar del Plata que selló la suerte de un mercado común desde Alaska a Tierra del Fuego -de la mano de un grupo irrepetible de presidentes democráticamente electos- la región pudo construir un proceso de integración como no se vio en los 200 años anteriores de historia latinoamericana.
No se puede entender la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) ni la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), sin esa comunión de ideales y decisión política. Tampoco el giro que se vio obligado a dar el gobierno de Barack Obama en torno de las relaciones con Cuba, lo que desencadenó también un cambio de agenda para la Organización de Estados Americanos (OEA), la institución creada a gusto y necesidad de Estados Unidos al fin de la Segunda Guerra Mundial.
Esta proliferación de siglas es un indicativo de los diferentes procesos que se fueron llevando a cabo durante esta década. Un recuento detallado de estos años también marcaría la influencia que esas organizaciones tuvieron en la defensa de la democracia y de los avances logrados por la ciudadanía. La UNASUR fue clave en la defensa del gobierno de Evo Morales cuando la derecha golpista de la media luna del Oriente boliviano amenazaba con la estabilidad constitucional. También lo fue cuando fueron derrocados por golpes institucionales los gobiernos de Manuel Zelaya en Honduras y Fernando Lugo en Paraguay.
Lo fue al impedir un conato bélico entre Colombia y Venezuela en 2010 y en la intentona policial contra Rafael Correa en Ecuador. En ninguna de estas circunstancias la OEA o cualquier otro organismo internacional tuvieron la misma efectividad ni empuje, como lo demuestra la historia de nuestros países.
El rol de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en el cono sur en los 70 es apenas un ejemplo, sin dudas el más brutal, pero la retahíla de horrores podría comenzar tranquilamente en la Guatemala de 1954 pasando por cuanto golpe hubo en nuestros países a medida y voluntad del Departamento de Estado de turno.
De allí la importancia de recordar aquella jornada que hoy se celebra y de mantener en la memoria cómo fue que se llegó a que un grupo de mandatarios elegidos por el voto popular tuvieran la decisión de decir NO al ALCA. Pero sobre todo resulta imprescindible sostener como políticas de estado las ideas de la integración regional que se desplegaron desde entonces. Que no son eslóganes más o menos izquierdistas sino necesidades elementales de cualquier gobierno que quiera resolver los problemas de su pueblo con soluciones surgidas desde su mismo pueblo. La unión nos hace fuertes, en cualquier circunstancia, para no padecer imposiciones foráneas que obedezcan a los intereses de los centros de poder internacionales y no a los habitantes de estas tierras.
En tal sentido este momento del país resulta crucial para confrontar los dos proyectos en pugna. Poco es lo que se discute en los días previos al primer balotaje en la historia de la Argentina sobre política internacional. Como si la crisis económica mundial no tuviera una obvia y decisiva influencia en lo que sucede fronteras adentro. Uno de los postulantes al cargo, Daniel Scioli, ya demostró cuál es su postura sobre las relaciones exteriores que deberá sostener desde su gobierno: antes de la primera vuelta se entrevistó con Raúl Castro en Cuba, con Tabaré Vázquez y José Mujica en Uruguay, y recibió a Evo Morales, en una demostración de continuidad en un aspecto clave para el futuro de los argentinos.
Del lado de Mauricio Macri, más allá de subirse a la difusa propuesta de no confrontación que manifiesta su estrategia electoral y de volver a insistir en la idea de “reinsertarse en el mundo”, que demuestra su poco apego a fortalecer las relaciones con los vecinos y una cercanía mayor con Estados Unidos, no es mucho lo que se habla. Como contrapartida, eso poco que dice es de una relevancia definitiva y por eso, preocupante.
Tanto el alcalde porteño como algunos de sus voceros ya habían adelantado cuál es su visión del mundo. Hace poco, el propio Macri dijo en una conferencia en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires que piensa “revitalizar el Mercosur para integrarlo a la Alianza del Pacífico”, la organización de tinte neoliberal que integran Chile, Perú, Colombia y México y que el establishment mundial aplaude a dos manos. En el mismo sentido se expresó Rogelio Frigerio, actual titular del Banco Ciudad. “»La Argentina también tiene que empezar a mirar más al Pacífico», dijo el economista.
¿Cuál es el problema de esta tesitura a esta altura del campeonato? Es cierto que el ALCA recibió un golpe mortal en la cumbre de Mar del Plata de 2005. Pero luego de la firma hace un par de semanas del Acuerdo de Cooperación Trans Pacífico (TPP por sus siglas en inglés) entre Estados Unidos y un grupo de países asiáticos más Chile, Perú y México, los sectores de la derecha regional miran con ganas la posibilidad de subirse a ese tren. Que no difiere demasiado del que se rechazó hace diez años en Mar del Plata.
Unirse a ese grupo como piden sectores de la oposición brasileña y de los actuales gobiernos de Paraguay y Uruguay, implicaría decirle SI al ALCA. Con lo que implica como amenaza a fuentes de trabajo locales y las economías nacionales tanto como a la propia democracia. Tal cual enseña la historia.
Tiempo Argentino
Noviembre 5 de 2015
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