por Alberto López Girondo | Ago 29, 2014 | Sin categoría
Paul Craig Roberts es un viejo conocido de esta columna. El hombre, que ya pasa los 75 años, es un liberal de los que ya casi no quedan. Es decir, es de derechas, pero cree firmemente en las libertades individuales. Vale la pena leer las reflexiones de este republicano que formó parte de la administración de Ronald Reagan como subsecretario del Tesoro y algunos lo consideran como uno de los creadores de la desregulación a ultranza de la economía, lo que se llamaría «reaganomics». Porque allí despliega su recelo sobre la tendencia que Estados Unidos mantiene en la última década, más precisamente desde los atentados a las Torres Gemelas, de cercenar derechos que para los «padres fundadores» de la nación eran sacrosantos. Sin dejar de ser un anticomunista convencido por ello.
Por eso Roberts titula el más reciente artículo en su sitio web http://www.paulcraigroberts.org/ como «Los leninistas en la Casa Blanca», en referencia al líder de la revolución soviética Vladimir Illich Lenin, quien instauró la dictadura del proletariado –mediante «el uso ilimitado de la fuerza y sin regla alguna», considera– en la Rusia zarista hace casi un siglo. Pero en el fondo no es sino una forma irónica de dar cuenta de la realidad actual de este Estados Unidos que Barack Obama gobierna desde 2009.
La última manifestación de este «leninismo», para Roberts, sería «el anuncio de Washington de que no ha planeado coordinar los ataques de EE UU al grupo yihadista en territorio sirio con el gobierno de Damasco: Washington reconoce no tener limitaciones para el uso de la fuerza, y que la soberanía de los países no le provoca inhibiciones». Y añade que en Washington «la coerción ha suplantado las reglas de la ley».
Los ejemplos que anota el economista son conocidos para cualquiera que lea lo que ocurre en el cercano Oriente con cierta asiduidad. La invención del ahora llamado Estado Islámico (EI) es obra de Estados Unidos, que armó a grupos extremistas islámicos para combatir contra el gobierno de Bachar al Assad y ahora, según su interpretación, se le dieron vuelta. A esta altura de Obama en el Salón Oval, es difícil creer que se trata de errores en continuado como los que habrían cometido en su momento sus antecesores cuando apoyaron a los talibanes contra los soviéticos en Afganistán y luego tuvieron que elevar el cuco de Al Qaeda a la categoría del mayor mal para la civilización occidental.
Ese es el mismo lugar que ahora ocupan los yihadistas de Siria e Irak, en una jugada geopolítica que convierte en accesible a una región hasta no hace tanto vedada a las aspiraciones intervencionistas del Pentágono por la fuerte resistencia de Vladimir Putin a abandonar a su socio estratégico. Pero que ahora encontró la excusa ideal en las brutalidades que los extremistas muestran en los medios. Pero hay al menos tres preguntas por hacerse: ¿antes no eran tan brutales?, ¿no será que fueron entrenados para serlo?, ¿quién puede constatar fehacientemente qué tan inhumanos son?
Cierto, hace unos días se reveló un video que exhibe de un modo especialmente horroroso la decapitación del periodista estadounidense James Foley. El gobierno de Al Assad salió a decir que Foley, que desde 2012 estaba en manos de los grupos islámicos que combatían inicialmente en su contra, había sido asesinado el año pasado. El periodista era un free lance, o sea que trabajaba por las suyas, aunque antes de ese menester había colaborado con organizaciones no gubernamentales, entre ellas Teach For América y la conocida USAID. Pero también había colaborado con publicaciones militares.
Foley podría haber proporcionado al resto del mundo información de primera mano sobre lo que ocurría en ese andurrial del mundo que ahora preocupa a los líderes de Europa y de Estados Unidos. Su muerte podría interpretarse entonces como una pérdida para tener buena información, que es lo que no abunda en ninguna de las nuevas guerras imperiales. ¿Por qué creer a los informes oficiales, que hasta no hace tanto hablaban loas de los «luchadores por la libertad» que peleaban por la democracia conculcada por Al Assad y que repentinamente se convirtieron en la encarnación del diablo?
En estas semanas, el pueblo de Ferguson se levantó contra un caso de gatillo fácil racial de un policía blanco en contra de un chico de 18 años, Michael Brown. Luego de medio siglo de aplicación de las leyes antidiscriminatorias y de la elección del primer presidente de origen afro en Estados Unidos, no es mucho lo que se avanzó en ese tan sensible tema. De hecho, en los años ’60 Ferguson, un suburbio de Saint Louis, Missouri, tenía más de un 70% de población negra. Pero ante el cambio de paradigma, hubo emigraciones masivas para no compartir los mismos colegios y establecimientos sanitarios. Ahora la proporción se invirtió con el agregado de que ese casi 70% de negros debe convivir con policías que en abrumadora mayoría son blancos.
Los negros en ese país pueblan las cárceles y resultan víctimas de más procesos judiciales que cualquier blanco. Además, tienen menores oportunidades de trabajo y cuando lo consiguen suelen ganar menos. Los latinoamericanos se están convirtiendo en la minoría étnica más populosa y padecen muchos de esos mismos problemas o más aún. Pero además, suelen ser inmigrantes ilegales, con lo cual sus padecimientos se incrementan.
El ya mencionado Roberts aporta datos espeluznantes sobre el funcionamiento de la justicia estadounidense. Sólo el 4% de los casos de delitos llegan a juicio, señala el economista. La razón es que el 96% de los imputados prefiere negociar un arreglo con la fiscalía para no llegar al estrado judicial. Lo que los convierte en los culpables adecuados cuando su único delito es la portación de piel. «Una vez que se le provee de un abogado, el acusado aprende que su letrado no tiene la menor intención de defenderlo ante un jury. El abogado sabe que las chances de que el tribunal lo encuentre inocente van de escasas a nulas. Y los fiscales, con el consentimiento de los jueces, inducen a los testigos a dar falso testimonio, tienen permitido pagar con dinero y dejar caer pruebas contra los reales criminales y extravían evidencia favorable al acusado.» ¿Las razones? Hay una burocracia judicial que necesita funcionar con rapidez y mostrar una eficiencia que tranquilice a la población. La solución fiscal apura resultados –más allá de la verdad verdadera– y al fin del día cada delito encuentra un culpable. Por otro lado, los fiscales, que son cargos electivos, pueden ostentar records que a la hora de los votos, «garpan».
La maquinaria legal tiene otra pata no menos siniestra: las cárceles privadas, que necesitan estar llenas para ser rentables. Como será de brutal ese sistema penal-judicial-empresarial que en febrero de 2009 dos jueces de Pensilvania, Mark A. Ciavarella Jr. y Michael T. Conahan, fueron encontrados culpables de haber recibido 2,6 millones de dólares en sobornos para enviar a prisión casi 5000 niños que, en la mayoría de los casos, reveló entonces la periodista Amy Goodman, nunca habían tenido acceso a un abogado. «El caso ofrece una mirada extraordinaria a la vergonzosa industria de las cárceles privadas que está floreciendo en Estados Unidos», escribió entonces Goodman, conductora del programa Democracy now!
David Stockman, otro ex miembro del gabinete Reagan, trajo a colación días pasados en su sitio Contracorner que «hace exactamente un año, Obama propuso darle una paliza a Al Assad porque supuestamente había desencadenado un feroz ataque químico sobre sus propios ciudadanos». Ahora, señala el ex director de la Oficina de Presupuesto de los republicanos, «la Casa Blanca está amenazando nuevamente con bombardear Siria, pero esta vez el objetivo de «cambio de régimen» se amplió e incluye «a ambos lados», esto es, al gobierno y a los yihadistas. Días pares uno, días impares otro, ironiza.
La maquinaria del horror necesita alimentarse de sangre. Y así como las camas de una prisión deben estar ocupadas para hacer rentable al negocio, la industria de la guerra no puede detenerse para que Estados Unidos no caiga en la recesión.
Ese es el país excepcional con el que Obama intenta justificar las intervenciones bélicas y las acciones judiciales. Y esas son las instituciones por las que en la Argentina muchos dirigentes y medios de comunicación suspiran embelesados.
Tiempo Argentino, 29 de Agosto de 2014
por Alberto López Girondo | Ago 22, 2014 | Sin categoría
Peter Koenig fue funcionario del Banco Mundial durante tres décadas. Especializado en medio ambiente y recursos hídricos, es autor de varias publicaciones, entre ellas «Implosión» y una más reciente, «Treinta mentiras acerca del dinero». Suele publicar en su blog y le reproducen medios de todo el mundo. A principios de agosto, Koenig había recomendado a la Argentina directamente desobedecer los fallos del juez Griesa, a los que calificó de desmesurados pero sobre todo inscriptos en el marco de una condena política hacia el país. Se preguntaba si este entuerto con los fondos buitre y el fallo judicial ocurre porque «Argentina no se alinea con la política exterior estadounidense, (o) no suscribe a la excepcionalidad de Washington (ni) se somete a las ilusiones de la supremacía de Obama».
Duro, el economista tilda de «Rey desnudo» al mandatario estadounidense y de «muñecos sin alma» a los dirigentes de la Unión Europea. Dice más Koenig. Dice que «la Casa Blanca está siempre inmersa en una cegadora miopía de sanciones y castigos». El miércoles, el ex Banco Mundial vuelve a tomar en cuenta la situación argentina, a la que conoce al dedillo por lo que se ve. En este nuevo artículo analiza un pedido de Bruselas para que los países latinoamericanos no le vendan alimentos a Rusia, que decidió no comprar en Europa a raíz de las sanciones impuestas bajo presión del gobierno de Barack Obama. «Argentina se reirá de dicha solicitud ridículamente estúpida de la UE –escribe Koenig– (y esto es) bueno para Rusia –y bueno para Argentina, Brasil, Chile, Perú y otros– para finalmente escapar de las garras del imperio depredador de Washington y seguir el camino de la independencia, es decir, hacia una nueva área de la soberanía económica y sistema monetario mundial.»
El planteo es que Estados Unidos está intentando salvar a como dé lugar el imperio del dólar, recurriendo a todo tipo de artimañas. Y que en este contexto, los europeos se comportan de un modo mezquino, porque metidos como están en una solapada guerra para defender el euro, sacrifican cualquier respuesta digna con tal de no incomodar a Washington.
«¿No pueden ellos –la UE– ver la luz después de que Xi Jinping, el presidente de China, viajó a Alemania para ofrecer a (Angela) Merkel facilidades para una nueva Ruta de la Seda entre Berlín con Shanghai? Un extraordinario potencial para el desarrollo económico a través de Asia, lejos de la guerra en descomposición impulsada por la economía de Washington, el Pentágono y el sistema financiero ultracorrupto dominado por Wall Street, la FED y el BIS (Banco de Pagos Internacionales)?» Según Koenig, los BRICS podrían ofrecer como nueva moneda de reserva y comercio internacional a una divisa combinada, el Ruyuan o el Yuanru, por el rublo y el yuan. Y se entusiasma con que «Argentina podría convertirse en el primer país en liberarse del mazazo económico de la inmoral Estados Unidos y al mismo tiempo celebrar acuerdos comerciales con Rusia y China (ya que) en la actualidad el 90% del comercio exterior de Argentina se lleva a cabo fuera de la esfera del dólar estadounidense».
Recuerda el analista como antecedente que cuando un tribunal estadounidense castigó al banco francés BNP Paribás con una multa de 9000 millones de dólares por comerciar con Irán, el Banco Central galo comenzó a negociar con el Banco Central chino para establecer swaps euro-yuan, «dejando de lado el dólar y los bancos de Nueva York», como Argentina hizo hace poco con el gobierno de Beijing.
El tema del comercio con Irán y con Irak es central para entender lo que ocurre en esa región del mundo desde hace un cuarto de siglo al menos. Pero para hablar del rol del dólar como moneda internacional hay que retrotraerse a unos años antes, cuando a principios de los ’70 el gobierno de Richard Nixon tomó dos medidas que perfilarían el mundo que hoy conocemos y que se resiste a morir.
Señala el especialista en temas energéticos Marin Katusa en el sitio (refugio seguro) que una de esas medidas fue eliminar la convertibilidad del dólar con el oro. Desde entonces la moneda estadounidense dejó de tener el respaldo del dorado metal. La otra decisión fue consolidar al dólar para la compra-venta internacional del crudo. Con «ese monopolio sobre el importantísimo comercio petrolífero el dólar estadounidense se convirtió, lenta pero firmemente, en la moneda de reserva para el comercio mundial de la mayor parte de bienes y servicios. Luego, vino la demanda masiva de dólares estadounidenses, lo que impulsó el valor del dólar al alza, hasta que se disparó.»
Fue en este contexto que la maquinita de imprimir dólares se disparó y comenzaron a «sobrar» en el mercado financiero, al punto que forzó la toma de crédito en varios países, entre ellos Argentina, lo que generó parte de la crisis que ahora se padecen en tribunales neoyorquinos.
«Fue el principio de algo magnífico para Estados Unidos, aun cuando el resultado fuera tan artificial como la burbuja inmobiliaria estadounidense, y en todo caso constituye el pilar fundamental de la apreciación del dólar estadounidense», reseña Katusa. Hasta que al final «del año 2000, Francia y otros miembros de la UE convencieron a Saddam Hussein de que desafiara el mecanismo del petrodólar y pasara (los fondos del plan de la ONU) Petróleo por Alimentos a euros, no en dólares».
Por entonces, la moneda europea estaba de estreno y se proponía convertirse en la nueva estrella para el comercio internacional. «Es más que probable que Estados Unidos hará uso de los numerosos medios de que dispone, incluidos los extraeconómicos, para impedir un paso masivo de la utilización del dólar a favor del euro», advirtió sin embargo Olga Butorina, del Instituto de Europa de la Academia de Ciencias, al periodista español Rafel Poch en La Vanguardia, en enero de 2003. “El ‘debilitamiento de la Eurozona’, sin reparar en medios, va a ser una de las líneas maestras de la política americana, e, incluso, ‘la condición estratégica para la supervivencia de Estados Unidos como líder geopolítico mundial’, pronostica Mijail Deliaguin, director del Instituto de problemas de la globalización de Moscú», agregaba Poch.
Mauro Casadio, James Petras y Luciano Vasapollo publicaron en 2006 «Potencias en conflicto: la pugna por la hegemonía mundial» donde resaltaron que «a través de la guerra del dólar contra el euro, las crisis locales dirigidas por los norteamericanos y la administración de la New y Net Economy en el contexto general de la financiación de la economía es como los EE UU buscan esconder su crisis y jugar en estos últimos años sus cartas para sofocar los objetivos de afirmación y expansión del nuevo polo de la UE».
En todos estos casos el escollo era Hussein, donde –decían los mencionados– «los dos mayores polos imperialistas que buscan extender su dominio al mundo entero, desestabilizando en particular aquellas aéreas de interés estratégico como la Europa centro-oriental y el área asiática de la ex Unión Soviética, ampliando su ámbito de intervención hacia el Asia Central».
Lo que vino a posteriori fue la invasión de Irak, con las consecuencias que ahora se ven en toda su magnitud. Y luego, la fiebre de las hipotecas devino en la caída de grandes bancos estadounidenses y la crisis más fenomenal desde los años ’30, con secuelas catastróficas en los países del sur europeo. Lo peor es que en Ucrania, Medio Oriente, Siria, Irak y hasta Libia –donde también Muammar Khadafi cayó luego de haber pretendido pasar su comercio de crudo a euros– se cumplió la profecía anunciada diez años antes.
Por eso Koenig se muestra preocupado de que la UE siga a Estados Unidos hacia una Tercera Guerra Mundial con Rusia. Sobre todo por la gran cantidad de bases de la OTAN desplegadas en territorio europeo, el objetivo de defensa de Moscú en caso de un estallido bélico. «¿Podrán los pueblos de Europa ponerse de pie y deshacerse de los feudos neoliberales impuestos por Washington, tomar el soplo de aire fresco que viene del Este, buscar una alianza saludable, y luchar por la paz y los Derechos Humanos? Nunca es demasiado tarde. Argentina bien podría convertirse en la piedra angular para una nueva era», culmina.
¿Mucha responsabilidad, no?
Tiempo Argentino, 22 de Agosto de 2014
por Alberto López Girondo | Ago 15, 2014 | Sin categoría
Barack Obama apareció con una oferta razonable para terminar con las incursiones bélicas de Estados Unidos en los rincones más alejados del mundo. Empantanado en Afganistán y en Irak, el gobierno de George W. Bush enfrentaba en sus horas póstumas de 2008 una grave crisis económica que amenazaba la estabilidad del sistema financiero internacional. Además, los sectores progresistas o simplemente liberales le imputaban los ataques contra las garantías individuales a partir de las leyes «patrióticas» dictadas tras el 11S.
El «Yes, we can» (Sí, podemos) fue todo un símbolo para una sociedad que, hastiada de las gestiones republicanas y sobre todo de décadas de neoliberalismo, soñó con un giro hacia aquellos ideales representados por el partido demócrata desde el cuatro veces electo presidente Franklin Roosevelt en adelante.
Pero luego de cinco años en la Casa Blanca, hay poco espacio para malos entendidos. Obama es lo que mostró hasta ahora, más allá de que aparezca incómodo dando la orden de volver a los bombardeos en Irak. A tres meses de los cruciales comicios de medio término, ahora enfrenta en el oficialismo a alguien que aspira a sucederlo y se quiere ofrecer como su contracara: Hillary Clinton.
La ex primera dama y ex secretaria de Estado del propio Obama salió a la palestra como precandidata para 2017 con un libro, Decisiones difíciles, donde critica la política exterior del actual inquilino de la Casa Blanca. Claro que, como se usa por estas costas, le cuestiona las iniciativas que tomó desde que ella dejó el cargo, en febrero de 2013. Así, en un reportaje a la revista The Atlantic le recrimina a su ex jefe haber dejado un vacío en Siria «que fue llenado por los yihadistas». Luego buscó despegarse del gobierno sumándose a la acidez que los republicanos suelen dedicarle a Obama. La oposición ironiza que la toda política del demócrata consiste en «no hacer idioteces», y Hillary replica que «las grandes naciones necesitan principios rectores, y ‘no hacer idioteces’ no es un principio rector».
Hay un economista y docente de la Universidad de Quebec, Rodrigue Tremblay, autor entre otros libros de El nuevo imperio americano, que en un texto que tituló «Las decisiones inspiradas por los neoconservadores que gatillaron las mayores crisis de nuestro tiempo», anota algunos puntos que pueden servir para clarificar la responsabilidad de demócratas y republicanos en el mundo que nos toca padecer.
Recuerda Tremblay tres hechos fundamentales que tuvieron lugar durante la gestión de Bill Clinton, el esposo de la ahora crítica precandidata: la justificación de las guerras por razones humanitarias, la derogación de la ley Glass-Steagall en 1999 y la cancelación de la promesa de Bush padre y de Baker al presidente Mijail Gorbachov de que la OTAN no avanzaría sobre Europa oriental y la frontera rusa.
William Jefferson Clinton hizo uso –y abuso– del salón Oval entre 1993 y 2001. Poco antes la Unión Soviética se había diluido en una implosión inimaginable. George Herbert Walker Bush fue vicepresidente de Ronald Reagan entre 1981 y 1989 y luego presidente hasta 1993. Fue, por tanto, testigo y protagonista clave en el lento derrumbe del bloque socialista. James Baker fue su secretario de Estado. En un momento de esta historia, ambos se habían comprometido a mantener un status quo en el continente que contemplaba sorprendido la reunificación de Alemania y el avance del capitalismo en lo que fuera la «Cortina de Hierro». Mijail Gorbachov necesitaba ciertas garantías para tranquilizar a su frente militar interno, que el dúo Bush-Baker mantuvo mientras permaneció en el gobierno.
La guerra civil en Yugoslavia, que terminó con el desmembramiento del país en los inicios de los ’90, sirvió de excusa para la expansión de aquella Europa en crecimiento que enfrentaba el desafío de una moneda común. Azuzada como estaba por un gobierno como el de Clinton, que veía «el campo orégano» para avanzar sobre las fronteras rusas.
En 1998 el Senado de EE UU aprobó la extensión de la OTAN a Polonia, Hungría y la República Checa. Poco después, en la primavera del ’99, y luego de ocho años de guerras genocidas entre los pueblos balcánicos, se inició una intervención humanitaria «para proteger al pueblo kosovar».
En ese mismo fin de siglo XX el gobierno demócrata liberalizó el mercado financiero. La Ley Glass-Steagal, promulgada durante el primer mandato de Roosevelt, estableció en 1933 medidas tendientes a evitar la especulación financiera como la que había llevado a la crisis del treinta. Tremblay pone en su artículo una frase de un libro de Luigi Zingales, Un capitalismo para el pueblo: «La belleza de la Ley Glass-Steagall, después de todo, era su simplicidad: los bancos no deben apostar con dinero asegurado por el gobierno, hasta un chico de seis años puede entender eso.»
Un especialista en relaciones diplomáticas con Rusia, George F. Kennan –que no era precisamente un amigo del comunismo ni de la URSS–, escribió para la misma época que con la ampliación de la OTAN comenzaba una nueva Guerra Fría. «Creo que los rusos gradualmente reaccionarán muy negativamente. Creo que es un error trágico (…este acto) demuestra muy poca comprensión de la historia rusa y soviética. Por supuesto, va a haber una mala reacción de Rusia, y luego dirán que siempre dijimos que (los culpables) son los rusos, pero esto está mal.»
Estados Unidos siempre osciló entre la voluntad de tomar al mundo por asalto y el debate de las ideas más sublimes de la humanidad. Fueron república antes que la revolución francesa, pero una república conservadora, lo que no impidió que las ideas liberales calaran hondo en la sociedad. Luego sería una república imperial, como registró el francés Jean-Jacques Servan-Schreiber.
Hace un par de años el cineasta Oliver Stone filmó el documental La historia no contada de Estados Unidos. Comienza por la segunda guerra mundial, que es cuando el país abandonó su aislacionismo para lanzarse a la conquista del planeta. Stone muestra con sólida documentación una posición si se quiere romántica de Roosevelt sobre el mundo que estaban diseñando con Stalin y Winston Churchill.
Pero poco antes de que terminara la contienda, Roosevelt murió y quedó a cargo su vicepresidente, Harry Truman. Demócratas ambos, representaban visiones totalmente diferentes sobre el rol que debería desempeñar Estados Unidos en el futuro. Con mencionar que –prueba Stone– Truman ordenó arrojar dos bombas atómicas sobre Japón cuando el Imperio del Sol Naciente estaba a punto de rendirse está todo dicho.
Desde entonces, la industria bélica condiciona a cuanto gobierno se instaló en Washington. Ya lo sabía el general Dwight Eisenhower, triunfador en la batalla por Europa contra los nazis, que en el discurso de despedida de su presidencia, en 1960, pronunció la célebre frase: «Nunca debemos permitir que el peso del complejo militar industrial ponga en peligro nuestras libertades ni nuestros procesos democráticos.»
Obama ganó en 2008 en medio de una crisis financiera provocada por haber abandonado las regulaciones del ’33 y un descrédito fenomenal por esas guerras de las que no resulta fácil salirse. Prometió y se convirtió en promesa. Pero ni bien se instaló en la Casa Blanca fue virando hacia lo que juraba que no debía de hacerse. No supo, no pudo o no quiso enfrentarse con el complejo militar-industrial ni con su socio no menos despiadado: el complejo financiero.
Poco queda de aquel senador que en 2002 tildó a la aventura en Irak de una «guerra tonta, una guerra precipitada, una guerra no basada en la razón sino en la pasión, no basada en principios sino en la política». Una guerra, puede agregarse, que sumió al país asiático en un infierno.
Que Obama no haya cerrado la cárcel de Guantánamo es casi lo menos que le reprochan. Porque además profundizó el estado vigilante heredado y buscó rendijas constitucionales para legalizar los asesinatos selectivos en cualquier parte del mundo.
El tránsito hacia el belicismo fue profusamente fundamentado por el periodista Bob Woodward –uno de los investigadores del escándalo Watergate en 1972– en Las guerras de Obama. Como no había versión en castellano, Fidel Castro lo hizo traducir y lo fue resumiendo en una serie de artículos publicados en octubre de 2010. Se lo puede consultar en: www.cubadebate.cu/?s=el+imperio+por+dentro. Vale la pena.
Tiempo Argentino, 15 de Agosto de 2014
por Alberto López Girondo | Ago 15, 2014 | Sin categoría
El suburbio de Saint Louis, de población mayoritariamente negra pero con una policía mayoritariamente blanca, se levantó por el asesinato de un chico de 18 años a manos de un agente policial.
“La nuestra es una nación de leyes: tanto para los ciudadanos que viven bajo ellas como para los ciudadanos que las hacen cumplir, (por eso digo) a la comunidad de Ferguson que está haciendo daño y buscando respuestas, que debemos procurar un entendimiento en lugar de simplemente gritar el uno contra el otro. Debemos curar en lugar de herir a los otros».
Parece la homilía de algún obispo compungido por el levantamiento de la población negra de ese pequeño suburbio de Saint Louis, Missouri, Estados Unidos. Pero no, es una de las primeras frases que pronunció el presidente Barack Obama cuando interrumpió brevemente sus vacaciones en la isla de Martha’s Vineyard, en Massachusetts. Suspendidas en parte para dar algún tipo de respuesta a los incidentes generados por el asesinato de un adolescente negro a manos de un policía blanco en un caso difícil de catalogar de otra forma que no sea «gatillo fácil racial». Un descanso básicamente interrumpido también para resolver cuestiones logísticas en torno de la nueva incursión aérea estadounidense en Irak, pero que necesariamente debió enfocarse en ese espinoso tema.
«Nunca se puede excusar la violencia contra la policía o los que se ocultan tras esta tragedia para vandalizar o robar», abundó Obama. El centro de las quejas radica en que, siendo el primer presidente afroamericano en ocupar la Casa Blanca, poco hizo por limar las diferencias que permanecen en la sociedad entre los WASP (blanco americano sajón protestante, como se autodenomina la mayoría dirigente del país) y los afrodescendientes.
En tren de aquietar las aguas luego de varios días de protestas, saqueos y detenciones masivas, el gobierno federal decidió enviar al fiscal general, Eric Holder, también el primer afroamericano en ocupar un cargo semejante. El gobernador del estado de Missouri, el demócrata Jay Nixon –sin parentesco alguno con el protagonista del Watergate, el republicano Richard Nixon– pidió la intervención de la Guardia Nacional, la milicia estatal conformada por voluntarios que suele movilizarse en catástrofes naturales y también para afrontar situaciones de desorden público.
Pero hay coincidencia en organismos de derechos civiles acerca de que esto es más bien agregar combustible al incendio. Por si hiciera falta, el fósforo para acelerar el estallido viene de la mano de grupos supremacistas xenófobos de vieja data, como el Ku Klux Klan, que ya avisó que está juntando dinero para solventar los gastos que demande la defensa del policía implicado en el crimen.
Seis balazos
Ferguson es un distrito de la principal ciudad de Missouri, con un 67% de población negra y un 29% de blancos, pero cuya policía está integrada por 50 blancos y sólo tres negros. Las tensiones eran palpables y si ahora salieron a la luz fue porque el pueblo se rebeló contra al asesinato a mansalva de Michael Brown, de 18 años, cuando caminaba por una de las calles del poblado, Canfield Drive, el 9 de agosto pasado el mediodía junto con un amigo.
Según los datos más certeros, desde un patrullero el agente Darren Wilson le exigió al dúo que caminaran por la vereda y no por el pavimento. Una tontería irritativa en cualquier distrito del planeta con una mínima circulación de autos como ese. Lo que sigue es difícil de reconstruir, pero según una pericia encargada en forma particular por la madre de Brown, Lesley McSpadden, el chico recibió seis disparos, todos de frente. Dos de ellos fueron en la cabeza, de arriba hacia abajo, lo que indicaría que sea lo que fuera que hubiera ocurrido, el muchacho estaba arrodillado frente al autor de los disparos. Es decir, estaba literalmente entregado. Y para colmo, no tenía armas en su poder.
Tras las primeras manifestaciones de indignación por las calles de Ferguson, la revuelta comenzó a tomar peso en otras comunidades estadounidenses. Recién cuando habló Obama y Jay Nixon pidió la Guardia Nacional, la policía local aceptó dar el nombre del agente que había disparado. Lo hizo con una pequeña trampa: difundió al mismo tiempo un video de un local cercano donde presuntamente se demostraría que los adolescentes habían robado cigarrillos. De ser cierto, se trataría de un delito menor, pero el agente Wilson no tenía ese dato cuando interceptó a los muchachos, según atestigua un vecino que colgó en Twitter el relato de la matanza.
Al cierre de esta edición, las autoridades aún no habían difundido el resultado de la autopsia oficial al cuerpo de Brown. Y Holder –autor por otro lado de un memo que justifica constitucionalmente el asesinato selectivo de ciudadanos en cualquier parte del mundo, que se difundió a pedido de una ONG de derechos civiles tras el homicidio en Irak de un estadounidense que adhería a Al Qaeda, en 2011– dijo que comprometía al gobierno federal para realizar una investigación independiente. Enseguida los sabuesos del FBI se desplegaron sobre el terreno.
Mala imagen
El asesinato de Brown no hizo más que destapar las hondas diferencias que se mantienen entre dos poblaciones íntimamente vinculadas desde el nacimiento de la nación. Es que, como decía el actor Denzel Washington, los negros fueron el único pueblo que fue a Estados Unidos para estar peor que en sus países de origen. Fueron llevados a la fuerza para convertirse en esclavos y acrecentar así la riqueza de los WASP. Según estudios de una entidad de respeto como el Centro de Investigaciones PEW, con base en Washington, el 65% de los negros del país acusa de excesos a la policía de Ferguson, mientras que un tercio de los blancos dicen que actuó como corresponde.
Gallup, una encuestadora privada muy activa en cuestiones de imagen política, señala a su vez que entre 2012 y 2014, el 64% de los encuestados sin distinción de etnias tenían poca, muy poca o ninguna confianza en la policía, en tanto el 58% de los blancos tenían mucha o muchísima confianza en los uniformados. Un estudio previo, realizado entre 2009 y 2011, revelaba que el 61% de los negros tenían poca o ninguna confianza en la policía, mientras el 62% de los blancos tenía mucha confianza en las fuerzas de vigilancia. Lo que implica decir que desde la gestión de Obama las cosas empeoraron.
Por un lado ocurre que desde las grandes revueltas de los 60, que llevaron la firma de la Ley de Derechos Civiles dictada por Lyndon Johnson –precisamente el 2 de julio se cumplieron 50 años de ese acontecimiento– se fueron registrando cambios demográficos profundos en muchos lugares de Estados Unidos que ahora generan nuevas complicaciones, porque el racismo sigue vigente, sólo que es políticamente incorrecto mencionar ese detalle.
Ferguson es un ejemplo de estos cambios. Ubicada a unos 15 kilómetros del centro de Saint Louis, esta localidad que ahora tiene 21.000 habitantes era hasta hace medio siglo un poblado mayoritariamente blanco. Pero luego de las leyes antisegregacionistas en las escuelas, hubo un éxodo hacia otras regiones. Hacia el inicio de este siglo, los blancos dejaron de ser mayoría y desde entonces la diferencia se acrecentó hasta los niveles actuales, cuando representan un cuarto de la población total. Dice Joan Faus en un artículo del diario español El Pais que «Saint Louis es la gran urbe de EEUU que ha experimentado una mayor pérdida de población desde 1950, del 62%». Elizabeth Kneebone, de la Brookings Institution, agregó a la agencia alemana DPA que el desempleo en Ferguson pasó de menos del 5% en 2000 a más del 13% en 2012 y que además, uno de cada cuatro habitentes vive por debajo de la línea de pobreza. En este contexto de una isla de dirigencia blanca en un mar de población negra, no extraña que según datos oficiales del fiscal general de Missouri, Bob McCulloch, la policía de Ferguson haya arrestado casi dos veces más a conductores negros que a blancos en iguales circunstancias.
Principales víctimas
«Más afroestadounidenses y latinos que estadounidenses blancos creen que la policía detiene sin causa, emplea fuerza excesiva y comete abusos verbales», corroboró a la agencia The Associated Press Ronald Weitzer, sociólogo especialista en cuestiones raciales. Los ejemplos que recuerda el periodista Jesse Holland en ese despacho de la agencia son ilustrativos: en 1992 cuatro agentes de Los Angeles fueron absueltos tras el juicio por una terrible golpiza a Rodney King que desató los más graves incidentes raciales en décadas. En 1967 hubo un caso similar con una paliza al taxista John Smith en Newark, Nueva Jersey. Seis uniformados fueron absueltos en Miami en 1980 a pesar de haberse comprobado que mataron a palos al motociclista negro Arthur McDuffie. La muerte en Cincinnati en 2001 de Timothy Thomas, de 19 años, también quedó impune.
«Nos encaminamos hacia un período de creciente protesta social», pronostica Lawrence Hamm, presidente de la Organización para el Progreso del Pueblo (POP, por sus siglas en inglés), con sede en Newark, que nuclea aproximadamente a 10.000 miembros en todo el país. Entrevistado por el periodista Chris Hedges para el sitio Truthdig (algo así como «extraer la verdad»), Hamm, que viene de aquellas luchas de hace 50 años y por lo tanto lo ha visto todo o poco menos, es muy claro sobre lo que ocurre. «El péndulo se balanceó demasiado hacia la derecha después del 11 de setiembre de 2001. El miedo y la parálisis se apoderaron del país y crearon nuestro Estado policial autoritario. Estamos superando ese miedo, la rebelión de Ferguson no fue planeada, fue espontánea. La gente dijo “basta” y estalló de la única forma que sabía. Vamos a tener otras rebeliones pero con los cambios demográficos serán en lugares donde previamente hubo incidentes».
Pero Hamm dice más. El hombre, protagonista de mil batallas, señala que «la policía es el instrumento de control social primario», pero que tras las rebeliones de los 60, Nixon –el presidente que debió renunciar en 1974– se dio cuenta de que no resultaría suficiente y comenzó entonces a responder con la Guardia Nacional y la policía estatal e incluso con las Fuerzas Armadas. Recuerda Hamm que en 1967 Richard Nixon envió a la 82ª División Aerotransportada para controlar un levantamiento en Detroit y que en 1999 tropas SWAT con pertrecho bélico de última generación intervinieron para sofocar protestas en Orange, Nueva Jersey. La manifestación, de la que participó el activista de los derechos civiles, se produjo contra la muerte en una sesión de tortura de Earl Faison. Hamm cuenta que los reprimieron «y éramos los manifestantes no violentos. Los verdaderos criminales –quienes mataron Faison– estaban dentro de las filas de la policía».
Silencio presidencial
En 2009, Obama se había corrido del protocolo de la Casa Blanca cuando afirmó que la policía había actuado «estúpidamente» al arrestar a Henry Louis Gates, un profesor negro de la Universidad de Harvard, en su propia casa al confundirlo con un ladrón. Esa vez el incidente terminó con un par de cervezas entre los protagonistas con el presidente.
En febrero de 2012 otro joven negro, Trayvon Martin, fue asesinado por George Zimmerman, quien vigilaba un suburbio de Orlando, en Florida, tras una serie de robos, lo que provocó protestas en toda Florida. En ese momento Obama declaró que se sentía muy ligado con el caso porque el muchacho le hacía acordar a él mismo 35 años antes.
Pero no abrió la boca en julio pasado, cuando George Zimmerman fue declarado «no culpable» porque un jurado determinó que había actuado en defensa propia ante un ataque –no probado– de Trayvon Martin. Salió libre tres días después del homicidio de Michael Brown.
Revista Acción, 15 de Agosto de 2014
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