por Alberto López Girondo | Jul 26, 2014 | Sin categoría
Norman Finkelstein nació en Nueva York, hijo de sobrevivientes del gueto de Varsovia de campos de concentración nazis. Daniel Baremboim nació en Buenos Aires, donde sus padres buscaron refugio de las persecuciones en Rusia. David Grossman nació en Jerusalén y perdió un hijo, soldado, en un ataque de Hizbullah en el sur del Líbano en 2006. Carlos Escudé nació en Buenos Aires y se convirtió al judaísmo cuando ya había pasado largamente el medio siglo de vida. Son cuatro casos apenas que a su modo reflejan posturas tan claras como diferenciadas en relación con el conflicto en Medio Oriente.
Para Finkelstein, entender la cuestión es sencillo: las relaciones internacionales se ordenan de acuerdo a legislaciones más o menos consensuadas en la Organización de Naciones Unidas (ONU) y el Tribunal de La Haya y a esta altura Israel lleva desoídas varias de sus resoluciones, con lo que cualquier solución debe ser política. Baremboim, que tiene pasaportes como argentino, español, israelí y también palestino, piensa que «no es un conflicto político, sino uno humano entre dos pueblos que comparten la profunda y aparentemente incompatible creencia de que tienen un derecho sobre el mismo pequeño pedazo de tierra».
Grossman lamenta que vayan creciendo los israelíes que en su país ahora descreen de una solución posible para un conflicto que ya se llevó miles de vidas y lo sigue haciendo de un modo brutal con regularidad escandalosa. Escudé, en cambio, dijo alguna vez que “no todos los problemas humanos tienen solución, y el de Medio Oriente es un conflicto que tal vez no la tiene”.
Como en todo análisis que intente no caer en el pesimismo, es bueno partir desde algún punto para desmenuzar las divergencias en torno de esta delicada cuestión. Delicada por las consecuencias humanas y políticas que acarrea y por las pasiones que despierta en sectores de lo más disímiles.
Es bueno entonces recordar que árabes y judíos no han sido a lo largo de la historia enemigos irreconciliables. Más aún, los períodos de oro de la cultura árabe coincidieron en Al Ándalus, la región del sur de España más cercana al África, con la era dorada de la cultura judía.
Moros y sefaradíes convivieron durante ocho siglos en la península ibérica y pudieron alumbrar a pensadores de la talla del árabe Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd (más conocido en su versión castellana de Averroes) con el judío Moshé ben Maimón (Maimónides), nativos los dos de Córdoba. Salvo aislados incidentes, la coexistencia fue pacífica y ambos pueblos –ambas culturas- tuvieron destino de exilio cuando los reyes católicos lograron derrotar al Reino musulmán de Granada. Justo en ese 1492 cuando la España imperial también llegaba a América, de la mano del navegante genovés Cristóforo Colombo.
La expulsión de islamitas y judíos privó a España de los dos pilares más desarrollados de la cultura ibérica. Recién hace un par de meses el gobierno de Mariano Rajoy aceptó un reconocimiento histórico al aprobar una ley que permite a los descendientes de sefaradíes obtener la ciudadanía española, donde quiera que hayan terminado sus ancestros. Muchos otros tuvieron que convertirse al catolicismo o padecer el fanatismo criminal de la Inquisición, al igual que los creyentes de Alá.
Los judíos sufrieron persecuciones en el resto de los países de Europa, sobre todo en las regiones del este. “Pogrom” es una palabra que se traduce como devastación o disturbio y se aplicó a los violentos ataques contra poblaciones judías. La palabra es rusa y las persecuciones eran en la época zarista. “Ghetto” es un término que remite a los barrios cercados durante el nazismo, pero es una palabra en italiano que se relaciona con los vecindarios judíos de Venecia, desde donde el vocablo se trasladó al resto de la Europa central y oriental. Ninguno de los dos términos se relaciona con la cultura árabe.
El sionismo, por otro lado, es un movimiento político desarrollado por el húngaro Teodoro Hertzl tras el llamado Caso Dreyfuss, por el capitán del ejército francés que terminó condenado por un delito que no había cometido, víctima de un clima antisemita creciente en la Francia de fines del siglo XIX.
Fue entonces que los judíos europeos tomaron conciencia de que en un contexto de avance de los nacionalismos –era el período de las formaciones nacionales modernas, tras la unificación de Italia y Alemania fundamentalmente – había pocas esperanzas de que pudieron desarrollarse en un espacio de libertad y seguridad personal. Era una época de oro para la cultura europea -¿o habría que hablar de cultura judía?- con el florecimiento de figuras de la talla de Einstein, Freud, Marx, Buber por citar solamente a algunos.
Los judíos europeos, según el historiador israelí Zeev Sternhell, tenían en ese momento dos opciones: integrarse a sus países de nacimiento o fundar su propio estado. Bloqueada la posibilidad de integrarse como consecuencia de los pogromos y de la suerte corrida por el militar francés, quedaba la respuesta de un Estado Nacional, ¿pero dónde? La elección fue volver a la Tierra Prometida, el Eretz Israel. Fue así que comienzan a llegar a Palestina las primeras oleadas de inmigrantes durante la llamada Primera Aliyá, en 1882.
No es que en Palestina no hubiera judíos, pero la mayoría de la población era musulmana. En ese momento el territorio formaba parte del Imperio Otomano. No había mayores conflictos ni raciales ni religiosos, al punto que la guerra de Crimea de 1854 se comenzó a gestar en el plano ideológico –toda guerra es económica y geopolítica en primer término pero se fundamenta en cuestiones culturales- a partir del reclamo que hacían los zares de protección a los peregrinos cristianos ortodoxos que querían visitar los Santos Lugares.
Pero la Gran Guerra se llevó puesto al último sultán otomano y para el fin de la contienda, los británicos habían logrado repartirse con los franceses el control de la región. La Declaración de Balfour de 1917 prometía “los mejores esfuerzos” para apoyar la creación de un “hogar nacional para el pueblo Judío” en Palestina. Pero casi en simultáneo el alto comisionado británico para Egipto, Henry McMahon, con el fin de que los árabes se rebelaran contra el Imperio Otomano para apoyar a los Aliados en la Primera Guerra Mundial, también le había prometido el control de la región al Sharif de la Meca, Hussein.
Como sea, siguieron llegando inmigrantes judíos cuando el territorio quedó como Protectorado británico, al fin de la guerra. Y los nuevos pobladores fueron creando instituciones que cumplían funciones estatales, como la Histadrut. Las oleadas de perseguidos que se fueron sumando, sobre todo desde que el nazismo tomó el poder en Alemania, fue cada vez mayor.
La segunda guerra dejó como saldo horroroso el Holocausto de seis millones de judíos. Fue la prueba más contundente de que quienes pensaban que Europa no era un lugar seguro tenían razón. Fue, también, el momento en que la dirigencia del Eretz Israel –encolumnada detrás de Ben Gurión-decidió dar la última puntada para la creación del estado judío.
Como recordaba Rodolfo Walsh en una serie de artículos escritos en 1973 para el diario Noticias, los que llegaban a Medio Oriente eran los judíos pobres, que habían sido los que pudieron sobrevivir a los campos de concentración y vagaban sin rumbo porque lo habían perdido todo. Eran masas de desesperados en busca de un lugar donde poder soñar con un futuro de paz.
La visión para los palestinos era bien otra. Los que llegaban no lo hacían a un territorio vacío. Podrían considerarse, siguiendo a la Biblia, que eran un pueblo originario. Pero eso también podría argumentar los árabes nativos, que por otro lado comparten raíces semíticas. Suele decirse que así como los mexicanos, peruanos o bolivianos descienden de los pueblos originarios, los argentinos descienden de los barcos. Algo similar podrían sostener los palestinos de entonces: los israelitas también descendían de los barcos.
Hay muchas semejanzas entre la forma en que Palestina fue recibiendo nuevas oleadas de población venida de otros lares y el modo en que españoles pobres y luego italianos y anglosajones míseros vinieron a América en busca de un destino mejor. Porque una cosa es el trabajador que emigró para huir de la miseria y otra los imperios lanzados a la conquista de las riquezas sin la menor consideración humana. Esos imperios invasores destruyeron culturas, se apropiaron de recursos incalculables pero sobre todo asesinaron y sometieron a los peores vejámenes a millones de indígenas desde casi ese mismo año de 1492 en lo fue que uno de los mayores genocidios en la historia de la humanidad. ¿Se los debería poner en la misma lista que la de los que vinieron a ganarse la vida?
También el África negra sufrió y sufre las consecuencias de la codicia y la barbarie. Dos “virtudes” bien occidentales que los europeos suelen enmascarar de progreso civilizador. La Biblia y el garrote, dos instrumentos de sometimiento brutal que provocaron otro genocidio imposible de estimar en términos matemáticos. Es que los pueblos donde se produjeron las sangrías no tenían posibilidad de dejar registro porque eran ágrafos.
Continuará con los siguientes temas:
-La construcción del Estado y el abandono del universalismo.
-Las resoluciones de la ONU y las guerras árabe-israelíes.
-Fronteras seguras y la solución de los dos estados.
-Bloqueo a Gaza y túneles. ¿Es aceptable el argumento de los escudos humanos?
-El modelo boliviano y Nelson Mandela como ejemplos de integración.
26 de Julio de 2014
por Alberto López Girondo | Jul 25, 2014 | Sin categoría
Como en Juego de Tronos, nosotros mismos enfrentamos una situación de una complejidad política incomparable, y especialmente sentimos la imperiosa urgencia de tener que hacer algo para cambiar este desastre y empezar a hacerlo ya. Por cada segundo que pasa sin que aspiremos a democratizar los lugares donde se decide lo importante, aumenta sin cesar el enriquecimiento privado ilegítimo y el sufrimiento gratuito de la gente corriente. Democratizar es sencillamente devolver a las personas la capacidad para decidir sobre sus propias vidas, una capacidad que nos ha sido robada y debe ser restituida.»
La frase corresponde a un adelanto del libro que Pablo Iglesias acaba de compilar bajo el título Ganar o morir. Lecciones políticas en Juego de Tronos, la serie que hace furor desde hace algunos años, basada en las novelas del estadounidense George R. R. Martin y que detalla las impiadosas guerras dinásticas entre las familias «principales» por el control del poder en el continente de Poniente.
Iglesias se catapultó como líder de un sector en España que reniega de los partidos que gobernaron el país desde el retorno democrático –socialistas y «populares»– a los que acusa de comandar un sistema de castas que se reparten los cargos y lucran para sus propios bolsillos a espaldas del pueblo. Con esa crítica furibunda a lo que llama el «Régimen de 1978» llegó al Parlamento europeo en mayo pasado y aspira a construir una nueva opción para alcanzar La Moncloa más temprano que tarde.
En estos días, la realidad no hizo más que corroborar los argumentos de Iglesias y del partido que pergeñó, Podemos. Es que el gobierno de Mariano Rajoy sacó a subasta el Catalunya Banc, la ex Caixa Catalunya quebrada en 2011 y a la que el estado le inyectó fondos por 12,6 mil millones de euros para que no se fuera a pique definitivamente. Con el argumento de que «nada de lo que deba ser privado quedará en manos del Estado», como dijera algún ex funcionario menemista, se sacó a la venta el paquete nacionalizado. ¿La mejor oferta? Del BBVA, que prometió 1100 millones de euros, bastante más que sus competidores inmediatos pero muy por debajo de los 2500 millones de patrimonio neto que mantiene la entidad. Con lo cual la sociedad española pierde 11,6 mil millones, el equivalente a los recortes en sanidad y educación que forzó el PP para reducir el déficit presupuestario.
El problema financiero no se reduce sólo a España, ya que por estas horas el dueño de un banco portugués fue detenido en el marco de una investigación por blanqueo de capitales. Ricardo Salgado dirigió el banco Espirito Santo –por la familia propietaria– en los últimos 22 años y aparece en medio del escándalo por el giro de fondos provenientes de la institución hacia negocios oscuros tanto en Portugal como en Estados Unidos. Para evitar una corrida, las autoridades económicas habían decretado hace diez días un corralito para sus clientes.
Ese nuevo escenario que reclama Iglesias para España es el mismo por el que los países de esta parte del mundo bregan, con suerte dispar, desde hace diez años. La creación de instancias paralelas y hasta opuestas a los organismos que desde el fin de la Segunda Guerra mundial vienen gobernando el planeta tuvo un notorio avance desde la llegada de Hugo Chávez, Lula da Silva y Néstor Kirchner al poder, a principios del milenio.
La derecha regional, que para sobrevivir no tiene otra que alinearse con los «poderes constituidos» –léase el establishment proestadounidense– intenta por todos los medios poner freno a estos avances. Lo logró en parte con la creación de la Alianza del Pacífico. Pero se le escapa con la Unasur, Celac y también con los BRICS, que tienen una pata asentada en Brasil. Un golpe fuerte contra la unidad fue el derrocamiento del paraguayo Fernando Lugo. Y otro muy poderoso, de consecuencias aún impredecibles, es la arremetida de los fondos buitres contra Argentina en tribunales neoyorquinos. Un juicio punitivo contra la rebeldía de una nación que se opone a los poderes establecidos. Con lo que despierta afinidades y simpatías muy proclives a fomentar esos nuevos escenarios de los que se hablaba.
Es interesante detectar a quiénes incomoda la posición que sostiene el gobierno argentino, sobre todo fronteras adentro. Más allá de que algunos puedan ser socios locales de los buitres, lo que les preocupa no es tanto una cuestión de plata –si esperaron una década para llegar hasta acá bien pueden aguardar otros diez años– sino de obediencia a la ley dictada por el amo. Fue claro el semanario británico The Economist al comparar a la Argentina con el uruguayo Luis Suárez. A ambos los acusan de no querer respetar las reglas. La cuestión es ¿reglas dictadas por quién y en qué contexto? De eso se trata el Juego de los Tronos.
La que fue más clara quizás haya sido la diputada Elisa Carrió. Luego de protestar ante la posibilidad de caer en default, la chaqueña despotricó contra la «malvinización» de la pelea con los holdouts. Según su óptica, la Argentina debería mostrarse sumisa a los cánones para lograr mejores condiciones, algo que la realidad desde el menemato a esta parte se demostró falso de toda falsedad.
Se entiende que la ex radical tenga prurito en formar parte de un país al que se pueda abochornar por ser un deudor. Que incluso se avergüence de que los argentinos seamos de lo peor de la cuadra por la supuesta despreocupación de funcionarios y consejeros ante semejante catástrofe.»
Pero si estos pudorosos críticos buscaran información histórica descubrirían que ningún país estuvo a salvo de crisis como la que asolaron Argentina en el 2001 –y sus consecuencias actuales– y que además, el país ni siquiera es el que más veces pasó por crisis financieras de esta magnitud.
Así lo refleja una producción de la BBC firmada por Mark Sietz con el explícito título de «¿Cuáles son los peores deudores de la historia?» En esta lista figura en primer lugar España, con 14 defaults, seguida por Venezuela, Ecuador con 11 y, Brasil con 10. Entre los peores que la Argentina, que computa siete reestructuraciones, están Francia, Alemania, México y Chile, entre otros. Con siete «convocatorias de acreedores» figuran también Portugal, Colombia y Uruguay, mientras que Estados Unidos, Rusia y Grecia aparecen con seis, junto con el desaparecido imperio austrohúngaro.
Podría recordarse que a las crisis de Alemania se les suma la situación de Prusia, Hesse, Schleswig-Holstein y Westfalia, que se integraron al Reich a fines del siglo XIX. Por otro lado, Berlín terminó de pagar las indemnizaciones de la Primera Guerra Mundial, establecidas en el tratado de Versailles, el 3 de octubre de 2010. Cierto que esa es otra historia. Pero por lo que parece, para Lilita Carrió mantiene su vigencia, porque la legisladora arremetió contra la visita del presidente ruso Vladimir Putin, a quien califica como «el más perverso de los líderes mundiales» y lo acusó de estar desarrollando «una estrategia de dominación de todo Occidente». Es que, para Carrió, «volver a cometer el error de la segunda guerra sería trágico, hoy debemos conducir a la Argentina a la paz».
Para la derecha gorila, la única explicación para la pérdida de influencia del país desde la década del 40 sería el persistente populismo peronista pero, sobre todo, haber mantenido la neutralidad con la Alemania nazi, lo que según esta visión del mundo, hizo perder los favores del imperio, que desde entonces apoya el desarrollo del Brasil, que envió un batallón para combatir en Europa. Algo así piensa la derecha brasileña, que ya prometió en boca de dos de sus candidatos, Eduardo Campos y Aécio Neves, que en caso de ganar las elecciones de octubre romperán con el «eje Mercosur-Unasur» para acercarse a la AP.
«Podemos elegirnos a nosotros mismos como buenos al modo de Ned Stark (el Señor de Invernalia en la serie, según describe Iglesias), o como la Khaleesi (Daenerys Targaryen, la heredera de la Casa Targaryen en busca recuperar el trono perdido), podemos aspirar a que todos puedan tener una vida que merezca la pena ser vivida.»
De eso se trata.
Tiempo Argentino, 25 de Julio de 2014
por Alberto López Girondo | Jul 18, 2014 | Sin categoría
Las esperanzas que despertó la cumbre de BRICS en Fortaleza fueron, para algunos medios locales, mayores que las realidades que se podían concretar en la primera participación argentina en ese foro exclusivo. Se juntaban dos escenarios particularmente complicados: por un lado, la crisis con los fondos buitre que jaquea a la Argentina en un momento crítico. Pero paralelamente son muchos los que ansían desde hace décadas la construcción de un poder que contrapese la asfixiante expansión de Estados Unidos hacia todos los rincones del mundo tras la caída de la Unión Soviética a inicios de la década del ’90.
Esta vez se unieron el deseo y la necesidad de este lado del Plata de lograr apoyos en su pelea de fondo en la Corte de Griesa y la expectativa de poder ingresar a BRICS para potenciar la voluntad de un desarrollo autónomo. Sin embargo, no es eso lo que fue a buscar Cristina Fernández y tampoco es eso lo que le estaban ofreciendo cuando recibió la invitación al encuentro de los presidentes en la ciudad brasileña.
BRICS es una construcción de los principales países emergentes, los que están destinados, según las especulaciones más sensatas, a liderar el mundo del siglo XXI. Cierto que el acrónimo surgió de un evaluador del banco Goldman Sachs (GS), una institución financiera que pocas ganas tiene de que cambie el mundo que hay. Y menos si ese cambio no lo puede controlar, como en cambio lo viene haciendo con la crisis europea. El mismo analista, Jim O’Neill, encontró otra sigla, PIGS (cerdos, en inglés) para definir a los que «se iban a ir para la B», Portugal, Italia, Grecia y España. Países estos donde el GS tiene mucha responsabilidad en el desastre.
En cuanto a los BRICS, puede decirse que hubo acercamientos en Asia de las principales potencias, Rusia, India y China, desde mucho tiempo antes de que O’Neill se pusiera a jugar con acrónimos. La aparición de Brasil en este horizonte se explica por la presencia de Lula de Silva en el gobierno, a partir de 2003. Y la de Sudáfrica le puso la frutilla al postre: sí, la visión del BRICS puede tener relación con factores económicos –representan el 43% de la población mundial y el 21% del PBI y ya explican la mitad del crecimiento mundial– pero mucho más la tiene con la geopolítica.
No solamente este grupo de naciones es fuerte en Asia, de donde son originarias y donde ocupan los primeros lugares en población y PBI. Ahora también tienen un pie en África y otro en América. Por otro lado, lograron unir a tres diferentes culturas que cada una a su manera buscan recuperar los lugares decisivos que han tenido a lo largo de la historia de la humanidad: la China milenaria, la trascendente India y el viejo hálito imperial de los zaristas. Todo bien sazonado con otra tierra que también supo ser imperio como Brasil y el país más europeizado del África negra. Hay que decir que una alianza entre el régimen racista de Sudáfrica ya se había producido durante los años de plomo en el Cono Sur, donde participaron las dictaduras brasileña y argentina. La idea era en esos tiempos setentistas armar una Organización del Tratado del Atlántico Sur de tinte fuertemente anticomunista. Pero esa es otra historia.
Lo cierto es que luego del embate inicial de Washington tras la debacle de la URSS –que a partir de los atentados a las Torres Gemelas avanzó para ocupar espacios territoriales en el entorno de Rusia y de China– se produjo la crisis económica del neoliberalismo y van apareciendo espacios para otros protagonistas en un nuevo escenario. China avanza a paso redoblado desde la apertura económica de 1979, de modo que no sorprende su nuevo rol de gran comprador y gran equilibrador internacional. La India, con el antecedente del gobierno de Rawahalal Nehru para «surfear» entre Moscú y Washington en los años de la Guerra Fría, ya ocupaba un espacio que por desarrollo y población le cabe. A esto se agrega Rusia, que con Putin y a caballo de la crisis europea busca retomar sus antiguas posesiones –con Crimea ya lo logró– y sus áreas de influencia, como hizo en Siria. Tres actores con intereses y armamento nuclear, dos de ellos con un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. No es poco.
Por eso es que a medida que fue pasando el tiempo, BRICS se va consolidando como eje de un poder aún incierto pero creciente. Una característica es que van paso a paso, como dijera un DT argentino. De modo que la ampliación hacia otros actores globales, como sería el caso de Argentina, por ahora deberá esperar. Por otro lado, habrá que analizar si es que es necesario estar en ese club, y de qué modo intervendrían los otros organismos de los que con más pertinencia forma parte el país, como Mercosur, Unasur y la Celac.
A pesar de esto, la sola sospecha de que se pudiera tratar esa cuestión en Fortaleza bastó para que desde una de las centrales empresarias brasileñas se tirara a petardear cualquier ampliación. Lo más probable es que si alguna vez es oportuno contar con un nuevo socio, como todo lo que se hace en BRICS suele obedecer a los tiempos chinos, todos estén avisados de la novedad y no sorprenda a nadie.
Lo que sí se anunció en Brasil fue la creación de un Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) y un fondo común de reservas para casos de contingencia; 50 mil millones de dólares en el primer caso, 100 mil millones en el segundo. La directora del FMI, Christine Lagarde, se apuró a celebrar la iniciativa, con el tono protocolar que se aplica en contiendas de alto nivel como esta. Pero no es una buena novedad para la entidad que forzó medidas neoliberales en todo el mundo con la excusa de la ayuda financiera, de modo que no habrá que augurar una buena convivencia.
Suele decirse que los bancos prestan un paraguas cuando hay sol y lo reclaman cuando llueve. Un banco de los BRICS es la promesa de un banco que preste a los países necesitados cuando llueva y sin exigencias neoliberales. Algo que podría ayudar al desarrollo de la región con créditos accesibles, pero no en este preciso momento. Es que el NBD, que se comenzó a diseñar en 2012, entraría en vigencia recién para 2016.
Lo que gradualmente sí está en marcha es el intercambio de mercaderías en monedas locales entre los socios de BRICS. Acuerdos similares se llevan a cabo entre Argentina y China, y también con Brasil. El Banco del Sur también tiene ese propósito, pero se viene demorando y no son pocos los que acusan de la lentitud al Planalto, que apostó más a sus relaciones extraterritoriales.
Habrá que decir que un banco «multipolar» tendrá que resolver el problema de fondo que subyace detrás de todo este debate: el fetiche capitalista del dólar como moneda de reserva e intercambio. Es decir, que ponga el último remache al féretro de Bretton Woods de 1946, que estableció las reglas financieras internacionales al fin de la guerra. Hay analistas que avizoran que la divisa china, el yuan, será en pocos años un fuerte competidor del dólar, la divisa en que aún se realiza más del 80% del comercio internacional. Pero si es por experiencia concreta, el euro nació el 1º de enero de 1999 para competir directamente con el «verde» y no sólo todavía no lo logró sino que sufre un embate desde 2008 que lo hizo trastabillar bastante. Y para colmo, habrá que ver cómo queda posicionado el euro luego de que Estados Unidos y la Unión Europea firmen el Tratado de Libre Comercio por el que vienen bregando aceleradamente.
Todo tiene que ver con todo, dicen las malas lenguas. Y el derribo del avión de Malaysia Airlines en Donetsk también entra en el inventario de este nuevo escenario global. Aunque es pronto para decir de qué manera.
Se entiende que la urgencia de un título periodístico es abrumadoramente más perentoria que las necesidades de los líderes que se vienen juntando desde hace un quinquenio para buscarle la forma a un mundo multipolar.
Tiempo Argentino, 18 de Julio de 2014
por Alberto López Girondo | Jul 15, 2014 | Sin categoría
Si la visita del Papa para orar con los presidentes Shimon Peres y Mahmud Abbas pudo generar alguna esperanza de paz, la nueva escalada bélica en la Franja de Gaza demuestra que para lograr un marco de convivencia sostenible en Oriente Medio se necesita algo más que una invocación a Dios; sobre todo cuando el telón de fondo es el desarrollo de los conflictos en Siria y la avanzada de los grupos islamistas radicales de Irak.
En este contexto, las razones que esgrime el gobierno de Benjamín Netanyahu para responder ante ataques con cohetes desde Gaza se confunden con un historial que no hace sino probar las dificultades para navegar en estas aguas turbulentas luego de casi 70 años de guerra entre palestinos e israelíes.
Porque este conflicto, que ya dejó miles de muertos y desplazados, provocó daños incontables en ambas sociedades y creó divisiones muy difíciles de reparar si es que la propuesta más razonable para la dirigencia de ambos sectores en pugna es una paz seria y perdurable. Hay varias generaciones, tanto israelíes como palestinas, que detectan mejor el humo de la metralla que el perfume de las flores, en términos –si se los puede tildar así– poéticos. Algo como esto perciben los sectores más progresistas dentro de Israel, país que, ante el cariz que fueron tomando los acontecimientos, aparece como el malo de la película en virtud de las cifras que arroja su respuesta ante los ataques desde Gaza: más de 500 palestinos muertos, en su abrumadora mayoría civiles y con un 25% de niños, 3.000 heridos y cientos de miles de refugiados ante la orden del Ejército israelí de abandonar sus casas por nuevos ataques desde el aire. Del otro lado se computaban unos 15 muertos al cierre de esta edición. Un grupo de 62 intelectuales y 7 Premios Nobel de la Paz –entre los que figuran Adolfo Pérez Esquivel, Desmond Tutu, Rigoberta Menchú y Noam Chomski– reclamó un embargo de armas a Israel. El gobierno argentino, en tanto, condenó la respuesta israelí por los ataques de Gaza, que también repudió. Al mismo tiempo, rindió homenaje a «los niños asesinados en las últimas semanas». Pero muchos israelíes se suman a las críticas contra el gobierno derechista. David Grossman, un escritor y ensayista israelí, señaló hace unos días su perplejidad por el clima de desesperanza que nota entre la población judía más proclive a la convivencia con los vecinos. Dijo que siente «como si se estuviera hablando en nombre de una ley de la naturaleza, un axioma que afirma que entre estos dos pueblos nunca podrá haber paz, que la guerra entre ellos es un decreto divino, y que, en definitiva, todo será siempre malo aquí, nada más que malo».
Ingenuos o traidores
En un artículo que dedicó a Ron Pundak, uno de los impulsores de los acuerdos de Oslo de 1993, Grossman lamenta que, para el pensamiento imperante, quien no siga la corriente de respuestas militares cada vez más duras es considerado, en el mejor de los casos, un ingenuo o un soñador iluso, «y en el peor, un traidor que debilita los recursos de Israel, alentando a dejarse seducir por falsas visiones».
Grossman califica como integrante de la izquierda israelí, sector que fue perdiendo influencia desde la llegada al gobierno del derechista Netanyahu. Pero no se puede decir que Yuval Diskin siga ese camino. El hombre fue durante 6 años jefe del Shin Bet, el servicio de inteligencia de las Fuerzas de Defensa de Israel y tuvo a su cargo la misión de ponerle fin a la segunda Intifada Palestina. Por lo tanto, no es un soñador iluso sino un estratega que desde hace tiempo viene reclamando que el gobierno israelí negocie con mayor razonabilidad con el presidente Abbas para llegar a un acuerdo perdurable.
En una de sus últimas publicaciones de su página de Facebook, reproducida por el periodista Ezequiel Kopel, de la Agencia Paco Urondo, Diskin sugiere desconfiar de la realidad que pinta la administración Netanyahu. «Este es el resultado de la política llevada a cabo por el actual gobierno israelí cuya esencia es: “Vamos a asustar al pueblo sobre todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor en el Oriente Medio, vamos a demostrar que no hay interlocutor palestino, vamos a construir más y más asentamientos y crear una realidad que no se puede cambiar, vamos a continuar sin tratar los graves problemas del sector árabe en Israel, vamos a continuar sin resolver las carencias sociales graves en la sociedad israelí”».
En sus palabras, la ilusión no es creer que una paz es posible, sino sostener que «todo se puede resolver con un poco más de fuerza, la ilusión de que los palestinos van a aceptar todo lo que se hace en Cisjordania y que no responderán a pesar de la rabia, de la frustración y del deterioro de la situación económica; la ilusión de que la comunidad internacional no va a imponer sanciones contra nosotros, de que los ciudadanos árabes de Israel finalmente no saldrán a las calles debido a la falta de atención a sus problemas, y que el pueblo israelí continuará, sumiso, aceptando la impotencia de su gobierno para hacer frente las brechas sociales que sus políticas han creado y continúan empeorando mientras la corrupción sigue envenenando todo lo bueno». Es una frase dura para alguien que no es un revolucionario y se enfrentó a los palestinos por años.
Malestar creciente
Es que en sectores cada vez más amplios de la sociedad israelí crece el malestar por la situación económica interna y los recortes presupuestarios que afectan a los que menos tienen. También porque la militarización genera resquemor e inseguridad en el hombre común, que ve pocas posibilidades de desarrollar un proyecto de vida en un clima de inseguridad cotidiana. Por otro lado, también se suman voces de rechazo moral a las acciones que los soldados desarrollan en los frentes abiertos dentro de Cisjordania y la propia Gaza.
El psiquiatra israelí Carlo Strenger cuenta en una columna al diario Haaretz –el tribunal donde se están expresado masivamente estas críticas– que le toca atender en su clínica casos de soldados que cuentan los padecimientos por los horrores que viven y que cometen en sus intervenciones. Como especialista en cuestiones psicológicas, pero también como pacifista, el también profesor en la Universidad de Tel Aviv entiende que el miedo de la población a lo que pueda ocurrir en un entorno político enrevesado en el mundo árabe debe ser comprendido no sólo desde el punto de vista de la psicología.
Hay, sostiene Strenger, una responsabilidad de los sectores de izquierda en sostener ideológicamente respuestas adecuadas ante el peligro real y los peligros que el gobierno pueda agregar en el camino. «Con demasiada frecuencia hemos dicho a los israelíes que necesitamos poner fin a la ocupación por el bien del carácter democrático de Israel. Hemos señalado cuán racista Israel se está tornando como resultado de la ocupación, y seguimos advirtiendo que Israel va a terminar siendo un Estado paria si la ocupación no termina». Pero, aclara, «la izquierda ha perdido progresivamente terreno en Israel, ya que no se ha ocupado de estos temores con valentía y claridad suficiente».
Nir Baram es un joven escritor que publica sus reflexiones en un blog que se llama +972, por el prefijo telefónico que corresponde a Israel. Baram señaló que «mientras hacemos duelo por el horrible asesinato de los tres niños israelíes en manos de asesinos despreciables, una vez más se escucha en Israel que en momentos así no hay izquierda y derecha, que estamos todos juntos», algo que rechaza desde la izquierda, para agregar, dramático: «Se ha formado una sociedad violenta y ocupadora en Israel, una sociedad que está en una posición de constante victimización: vemos los resultados ahora y los veremos en los tiempos por venir».
Otra israelí crítica, Amira Hass, explica parte de la situación en Gaza y Palestina usando precisamente el prefijo que les corresponde como país, pero agregando información clave para entender lo que está en juego. «El código separado, +970, es un gesto vacío que queda del período de Oslo. Pero el sistema telefónico palestino es una rama del israelí. Cuando el servicio de inteligencia Shin Bet llama a una casa en Gaza para anunciar que la fuerza aérea va a bombardear, el Shin Bet no tiene que marcar 970». El título del artículo en Haaretz señala un punto contundente: «Gaza no es un Estado independiente». Hass admite que parte de la situación en Palestina tiene que ver con la lucha entre facciones de Hamas y de Al Fatah, que controlan efectivamente Gaza y Cisjordania. Pero «Israel sigue controlando el registro de la población. Cada recién nacido palestino en Gaza o en Cisjordania debe estar registrado en el Ministerio del Interior de Israel (a través de la Coordinación y Administración de Enlace) para poder obtener una tarjeta de identificación a los 16 años. La información escrita en las tarjetas es también en hebreo. ¿Alguna vez has oído hablar de un estado independiente cuya población deba inscribirse en el “vecino” Estado (que ocupa y ataca), o de lo contrario no van a tener los documentos y no existirán oficialmente?».
Eso, sin contar con las consecuencias del bloqueo a Gaza, incluso la provisión de energía eléctrica y agua, y los permisos de pesca en el Mediterráneo y para cultivar la tierra cerca de la frontera. Por eso Hass agrega que los residentes en Gaza deben recurrir a sí mismos para conseguir, por ejemplo, el vital elemento, pero ocurre que «la demanda supera la oferta y no hay exceso de bombeo. El agua de mar se filtra en las aguas subterráneas, al igual que las aguas residuales de tuberías decrépitas. El 95% del agua de Gaza no es potable. Y en base a los acuerdos pasados, Israel vende 5 millones de metros cúbicos de agua a Gaza (una gota en el océano)».
Visita sin resultados
El 25 de mayo pasado, en coincidencia con la celebración del aniversario del primer gobierno patrio en su tierra natal, el Papa Francisco llegó a Jerusalén con el objetivo de lograr un acercamiento entre los líderes israelí y palestino, luego de los infructuosos intentos del estadounidense Barack Obama, que comenzó su gestión con el famoso discurso de El Cairo, en Egipto, en junio de 2009.
Mucha agua corrió bajo los puentes desde entonces: la Primavera Árabe expulsó a varios gobiernos autocráticos; entre ellos, el del propio anfitrión Hosni Mubarak, quien representaba al gobierno que durante décadas había garantizado moderación dentro de la región. Lo sucedió, tras las primeras elecciones libres en ese país, el islamista Mohamed Mursi, de la organización Hermanos Musulmanes (HM). Mursi tenía buena llegada con Hamas y en 2012, ante otra escalada bélica, logró una tregua que a duras penas se mantuvo hasta mediados de junio pasado. Mientras tanto, fue creciendo el conflicto en Siria y la situación en Irak y el norte de África se fue enrareciendo. Pero Mursi fue derrocado por un golpe de estado que persiguió a los HM y, tras otra ronda electoral, dejó en el poder al que lo derrocó, el general Abdelfatah al Sis. La llegada de Jorge Bergoglio podía implicar el ingreso de otro liderazgo para comandar un posible proceso de paz en Oriente Medio, ante las dificultades de la Casa Blanca. Pero ocurrió cuando Shimon Peres, que participó de aquellas conversaciones en Oslo y es un pacifista –bien que moderado– estaba terminando su gestión en un cargo que, además, es más bien honorífico. En abril, Abbas llegó a un acuerdo con Hamas para formar un gobierno de coalición para unificar los dos sectores palestinos. El 10 de junio, el parlamento israelí eligió como sucesor de Peres a Reuven Rivlin, un conservador más intransigente. El 30 aparecieron los cuerpos de tres adolescentes que habían sido secuestrados 18 días antes en Cisjordania. La ola de indignación fue creciendo entre los sectores más extremos y unos días más tarde fue encontrado el cuerpo de un chico palestino quemado vivo. El gobierno israelí encontró a los culpables de la venganza y acusó de los crímenes de Cisjordania a Hamas. A los pocos días denunció que el grupo islamista que gobierna Gaza desde 2006 había iniciado otra andanada de cohetes contra la población civil. Y el canciller Avigdor Lieberman, un fundamentalista, dijo que abandonaría la alianza gobernante por la timidez de la respuesta de Netanyahu ante los ataques. El resto es historia más reciente.
Revista Acción, 15 de Julio de 2014
Comentarios recientes