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Amenaza de sanciones y tensión geopolítica

Desde 1931 Japón mantenía bajo su control la región de Manchuria, en el noreste de China, donde dejaron al último emperador, Pu Yi, en la única ocasión que tuvo el póstumo descendiente de la dinastía Qing de aparecer gobernando, aunque fuera como títere. Para 1940, a la belicosa dirigencia nipona se le hacía imprescindible ocupar el sudeste asiático, cosa de garantizar la provisión de suministros y petróleo.
Estados Unidos ya se había expandido hacia el Pacífico y en simultáneo con la guerra contra España que terminó con la ocupación de Cuba y Puerto Rico, en 1898 se anexionó al archipiélago de Hawaii. No podía demorarse mucho el estallido de un conflicto entre ambas potencias. Algo de eso percibió el Imperio del Sol Naciente cuando en 1941 el gobierno de Franklin Roosevelt ordenó trasladar la Flota del Pacífico de San Diego a Pearl Harbour.
Los bárbaros crímenes cometidos por tropas japonesas en Nankin –cuarto de millón de personas asesinadas entre diciembre de 1937 y febrero del ’38– no habían despertado mayores prevenciones de Washington, que seguía vendiendo petróleo a Tokio. Recién en julio del ’41, unos días después de que la Alemania nazi iniciara la invasión a la Unión Soviética, la Casa Blanca embargó las ventas de combustible a Japón. En diciembre de ese año, el fulminante ataque a Pearl Harbour fue la excusa perfecta para que Estados Unidos le declarara la guerra al Eje, lo que terminó de inclinar la balanza a favor de las Naciones Unidas –como se autodenominaron los Aliados– en la Segunda Guerra.
En unos días se van a cumplir 20 años de la jura de Nelson Mandela a la presidencia de Sudáfrica. Un triunfo aplastante en las primeras elecciones libres en la historia del país pusieron en el gobierno al líder de la población negra, que había pasado 27 años preso durante el régimen del apartheid. Había sido condenado a cadena perpetua por traición en junio de 1964 en un juicio que se proponía demostrar la fortaleza de la minoría blancoeuropea ante la mayoría de la población negra. La ONU, que ya no sólo representaba a las cinco potencias involucradas en la contienda, condenó la sentencia contra Mandela y la dirigencia de la Congreso Nacional Africano (CNA) y pidió sanciones contra el régimen. Pero en plena Guerra Fría el castigo resultó difícil de implementar. Los afrikaners, como se denomina a los criollos sudafricanos, podían ser racistas y antidemocráticos, podían incluso pretender desarrollar un proyecto atómico, pero eran anticomunistas convencidos. Y además, en ese año crucial, los negros de Estados Unidos también tenían que enfrentar la brutal discriminación dentro de su propio territorio.
Para colmo, el reciente golpe en Brasil abrió las puertas a una alianza furiosamente anticomunista que incluiría en los ’70 a las dictaduras argentina y chilena con Pretoria. Del apoyo de estas naciones y de Israel y Estados Unidos se nutrió el régimen supremacista para zafar de penalidades en la Asamblea de la ONU. Porque además, en 1974, la Revolución de los Claveles había liberado a las colonias portuguesas de Angola y Mozambique, y las tropas sudafricanas fueron imprescindibles para sostener la contrarrevolución en el sur del continente. Los países árabes quisieron ser consecuentes y le decretaron un embargo petrolero, pero Pretoria recibió el combustible de Irán, que todavía estaba en manos del Sha Reza Pahlevi, otra pieza de colección en el rosario de los delitos de lesa humanidad y al mismo tiempo un sólido bastión de los intereses occidentales.
La revolución islámica en Irán trastocó el escenario en el centro de Asia a principios de 1979. En diciembre de ese mismo año el Kremlin decidió la invasión a Afganistán, que se convertiría en el Vietnam de los soviéticos. Esa vez, Estados Unidos, ya bajo la administración de Jimmy Carter, se acordó de sancionar al ocupante y la medida más estridente sin dudas fue el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980. No todos los aliados naturales de Washington estuvieron de acuerdo en ausentarse de lo que serían las primeras olimpíadas en un país comunista. Algunos jugaron a dos bandas: aceptaron plegarse a la medida punitiva pero dejaron en libertad de acción a sus deportistas. El caso de Argentina fue curioso. En esa época, el principal mercado para las exportaciones locales era el soviético, tras los acuerdos firmados durante el gobierno democrático de Perón. Pero la dictadura debía declarar un anticomunismo irreductible, de modo que siguió vendiendo trigo, aunque los atletas se quedaron en casa. En total 58 países adhirieron al boicot.
No llegó a haber sanciones contra el hitlerismo en 1936, cuando se disputaron los Juegos de Berlín. Y razones había, porque los nazis ya habían dictado las leyes antisemitas, un preanuncio de la barbarie que desataría luego. Las olimpíadas habían pretendido ser una carta de presentación de las virtudes alemanas y en tal sentido descolló el trabajo creativo de la propagandista oficial, la cineasta Leni Riefensthal. Pero la historia le daría una estocada a Hitler y el estadounidense Jesse Owens se convertiría en el símbolo de ese certamen. El atleta negro se llevó cuatro medallas y les hizo morder el polvo a los representantes del hombre ario.
Tampoco hubo sanciones contra los militares argentinos en el Mundial de 1978, que había sido programado cuando el país se encaminaba hacia la democracia luego de las dictaduras sesentistas. Por eso los verdugos apuraron el exterminio, algo que también exigió el secretario de Estado Henry Kissinger, aunque por otras razones. Es que cada día le resultaba más difícil a la Casa Blanca hacer la vista gorda ante las atrocidades de la dictadura.
Ante la escalada en Ucrania, una de las ex repúblicas soviéticas, la Unión Europea y Estados Unidos aplicaron sanciones al gobierno de Vladimir Putin. Son medidas punitivas más que nada centradas en personas ligadas al gobierno pero de dudosa efectividad. Las sanciones en general tienen esa característica: son más que nada medidas simbólicas. Que tanto muestran actitudes principistas como son el avance para justificar intervenciones posteriores.
Europa y Washington avanzaron así sobre el gobierno de Muhamar Khadafi en Libia y el de Bachar al Assad en Siria, con suerte dispar. El «canciller» norteamericano John Kerry también amenaza con sanciones a Sudán del Sur ante lo que, dijo, pueda convertirse en una nueva matanza en tierras africanas, a 20 años del genocidio en Ruanda (que nadie evitó, por cierto). El bloqueo a Cuba, que nació en 1960, supone consecuencias incalculables en términos sociales y económicos a los cubanos y les complica la vida a los estadounidenses que quieren viajar o comerciar con la isla. Pero no logró cambiar el sistema.
Si algo muestra este pequeño recordatorio es que a pesar del cambio de siglo y de que algunos de los conflictos del siglo XX se extinguieron, lo que subyace es una disputa entre los de siempre por el dominio de una región clave en términos geopolíticos y también de un insumo vital para la marcha de la economía de cualquier nación, el combustible.
Ya no existe la Unión Soviética, las tropas rusas se fueron de Afganistán y ahora quedan algunos uniformados norteamericanos luego de que una vuelta de campana histórica que el Pentágono aprovechó tras los atentados a las Torres Gemelas. Irán, que recibió ingentes sanciones en estos años, está intentando negociar una salida elegante a su proyecto nuclear.
El presidente Barack Obama, por un lado, acaba de hacer una gira por Asia en la que prometió apoyos y ventajas comerciales, continuando con una estrategia que comenzó hace más de un siglo. Vladimir Putin, por el otro, planta bandera montado en los temores a una nueva invasión desde el oeste, siguiendo una herencia genética que viene de más lejos aún. A su vez, la canciller germana Angela Merkel intenta quedar bien con Dios y con el Diablo. No sea cosa de verse envuelta en otra guerra en ese peligroso sector de la Europa central donde tanta sangre corrió por siglos.
Al mismo tiempo se abroquelan, en distinto grado, los países emergentes que están llamados a ser el polo de atracción principal del siglo XXI: Brasil, Rusia, China y Sudáfrica, los BRICS. Si Estados Unidos no logra interponerse en su camino, como pretende. Por eso preocupa la amenaza de Kerry de aplicar sanciones al gobierno de Nicolás Maduro si no avanza el diálogo de paz con la oposición en Venezuela.

Tiempo Argentino, 2 de Mayo de 2014

Una sorpresa en Costa Rica

Costa Rica es un país plagado de peculiaridades que, fiel a esa tradición, inicia este 8 de mayo una nueva etapa en su vida institucional. A partir de ese día, un presidente –hasta fines del año pasado desconocido para la mayoría de la población, y que como irónicamente dicen «le ganó a un fantasma»– gobernará por fuera del bipartidismo que rigió los destinos de esa nación en los últimos 60 años. Y enfrentará el desafío de fijarle, si cabe, un nuevo objetivo a una población que se mostraba orgullosa de ser la democracia más sólida al sur del Río Bravo, sin fuerzas armadas, y hasta se permitía el lujo de ser mediadora en conflictos regionales por el prestigio de sus dirigentes.
Pero, como todo en la vida, el desgaste y la falta de horizontes renovados llevaron a que el gobierno de Laura Chinchilla, el segundo en continuado del Partido Liberación Nacional (PLN), terminara con tal descrédito que arrastró a todo el sistema político, y ni siquiera su natural oposición, el Partido Unidad Social Cristiana (PUSC), logró la alternancia. Es así que el favorito para los comicios que se desarrollaron el 2 febrero pasado fue el izquierdista José María Villalta, por sobre el oficialista Johnny Araya Monge, alcalde de San José desde 1998.
Pero la primera vuelta fue toda una sorpresa, porque alguien que para los encuestadores aparecía en cuarto lugar en los sondeos y representaba el «relleno» que todo proceso electoral suele presentar terminó en primer lugar, con casi 31% de los votos. Luis Guillermo Solís Rivera, un historiador y especialista en ciencias políticas, se instaló así como la gran revelación, al superar por más de un punto al Lord Mayor de la capital costarricense y al aplastar al candidato izquierdista, la promesa de los sectores más progresistas del país. Lo que vino después no dejó de sorprender tampoco. Sacudidos por el inesperado resultado, los sectores más conservadores y el establishment de la pequeña nación centroamericana buscaron de inmediato reposicionarse para no quedar mal parados ante lo que se venía. Y lo que se venía, según los nuevos análisis –también las encuestadoras tuvieron que afilar el lápiz tras tildar al representante del PAC de ser el «candidato del margen de error»– era un triunfo importante de Solís.
Fue tal el espasmo, y tan acelerado, que de inmediato Araya salió a anunciar que se bajaba del balotaje; algo imposible en los términos de la Constitución de Costa Rica, que obliga a dar batalla a los dos más votados hasta el final. Sucede que los grupos económicos más concentrados decidieron retirar el apoyo no sólo verbal sino monetario al oficialista, que solapadamente denunció la «traición» al declarar que se había quedado sin fondos para proseguir la campaña. Cuando la Corte ratificó que le gustara o no habría segunda vuelta, «aclaró» que en realidad se bajaba de la campaña pero no de la pelea. Fue entonces que desde la derecha se dijo que el representante del Partido Acción Ciudadana (PAC) competía con un fantasma. Como fuera, el 6 de abril Solís fue votado por casi 1,3 millón de ciudadanos, un par de puntos menos que el 80% del total del electorado, aunque con una abstención del 43%. Fue el candidato más votado en la historia de la Segunda República y el primero en superar el millón de sufragios en un país que hoy tiene 4,8 millones de habitantes. La sorpresa se trasladó a los medios de comunicación internacionales, que se preparaban para un triunfo de la izquierda por pocos puntos, pero no tenían en la mira al académico. Y recién allí salió a la luz quién es Solís Rivera, ex jefe de Gabinete de la cancillería durante el primer mandato de Oscar Arias Sánchez, del PLN, entre 1986 y 1990. Desde ese lugar participó del proceso de pacificación en Centroamérica, atravesada por la guerra civil en Guatemala y los ataques contra la revolución sandinista en Nicaragua. Luego, desencantado por el perfil de las sucesivas dirigencias y los oscuros procedimientos para la elección de candidatos en el partido que en 2010 puso en el poder a Chinchilla, se alejó en 2005 mediante una carta que hoy resulta reveladora. «Creemos en la empresa privada como instrumento legítimo y necesario para la generación de riqueza, pero en la obligación de que ésta contribuya solidariamente con el desarrollo nacional. Creemos en un Estado eficaz y eficiente, pero también en un Estado fuerte, regulador y capaz de neutralizar los efectos perversos del libre mercado». Luego se integraría al PAC, fundado poco antes.
Solís Rivera, que asumirá el cargo a poco de cumplir los 56 años, es hijo de Vivienne Rivera Allen, que integró el núcleo fundador de la Facultad de Educación de la Universidad de Costa Rica (UCR). Su padre, Freddy Solís, heredó una zapatería familiar y gracias a la política estatal durante los años 50 pudo erigir una pequeña industria del calzado en San Pedro de Montes de Oca. Allí, en el simbólico barrio Roosevelt, creció el nuevo presidente costarricense. El flamante mandatario se recibió de historiador en la UCR, luego hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Tulane, Estados Unidos. Allí trabó relación con sectores de la intelectualidad «latinoamericanista» y, ya como docente, dictó cursos en la UCR y en las universidades norteamericanas de Michigan y de Florida, y también en FLACSO. Su extenso currículum agrega tareas en el consejo editorial de las revistas Foreign affairs y Global governance.

Los desafíos
Tras haber estado en contra de la firma de los Tratados de Libre Comercio con Washington en 2006, ahora dice que es hora de volver a analizar ventajas y desventajas. Hizo campaña prometiendo hacer el esfuerzo de bajar el costo de la electricidad en un país que tiene empresa estatal y que genera la energía por medios hidroeléctricos casi en su totalidad.
Entre los desafíos que le esperan está también el de resolver una cuestión limítrofe con Nicaragua que se ventila en La Haya y la firma de un concordato con el Vaticano. Es que la Constitución, tan progresista en muchos aspectos, establece como religión del Estado al catolicismo y la firma de un acuerdo con la Santa Sede permitiría ir hacia un Estado laico, como también prometió.
Pero quizás su mayor problema vendrá por el lado de resolver los problemas económicos. El país creció menos de lo previsto y la pobreza se plantó en un 20%, sin avances durante la gestión Chinchilla; una presidencia acusada además de no haber combatido la corrupción, o incluso de haberla tolerado.
Por si fuera poco, la empresa Intel, fabricante de microchips instalada en Belén de Heredia desde 1996, con un plantel de 3.000 trabajadores y que representa el 20% de las exportaciones costarricenses, anunció que cerrará su planta para trasladarla a Vietnam.

Revista Acción, 2 de Mayo de 2014