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El diablo metió la cola en Brasil

La presidenta Dilma Rousseff tuvo que salir a aclarar que América Latina es prioridad absoluta de la política exterior de Brasil. Fue cuando le tomaba juramento a su nuevo ministro de Relaciones Exteriores, nombrado a las apuradas luego del escándalo por la fuga de un senador condenado por corrupción en Bolivia. Luego del paso de Lula da Silva por el Palacio del Planalto, el mandato de su sucesora apareció más bien deslucido en torno a la necesaria profundización del proceso de integración regional. Necesaria para los vecinos tanto como para el propio Brasil, que a pesar de estar jugando en las grandes ligas internacionales –como el grupo BRICS– necesita como el agua tener las espaldas cubiertas en lo geopolítico –uno nunca sabe– tanto como preservar sus mercados naturales. Es que en los últimos años la economía brasileña, de la mano del auge de la producción primaria, fue cediendo impulso a su crecimiento industrial, y Latinoamérica y algunos países africanos son su única opción de comercio de bienes manufacturados.
Eso no impide que grupos retrógrados desde lo cultural, pero muy bien enquistados en las burocracias gubernamentales –y principalmente en la Cancillería– hayan puesto un palo en la rueda de las relaciones de Bolivia con Brasil. Como era de esperarse, ese grano en las relaciones con un aspirante a ingresar al Mercosur y proveedor fundamental de energía al polo paulista, venía de antes. De cuando el pastor evangelista y senador opositor boliviano Roger Pinto Molina ingresa a la Embajada de Brasil en La Paz, el 28 de mayo de 2012, para pedir asilo. Alegó ante el entonces embajador Marcel Biato que era un perseguido político. Las protestas del gobierno de Evo contra Brasil no se hicieron esperar.
Pinto, sin embargo, cargaba 21 acusaciones de corrupción. Y no sólo eso: como íntimo allegado al ex prefecto de Pando, Leopoldo Fernández, también pesan sobre él las sospechas por el asesinato de trece campesinos a manos de grupos paramilitares apoyados por la oligarquía de la rica «Media Luna» de Bolivia en 2008, en lo que se conoció como la Masacre de Pando. De hecho, Fernández fue condenado como autor intelectual de aquella matanza cuando la derecha pensaba en voltear a Morales o al menos producir la secesión del país. Pinto, que se presenta como pastor evangélico, siempre estuvo a la derecha del dial. Primero, en el partido del ex dictador (1971-78) y luego mandatario (1997-2001) Hugo Banzer; y más tarde, con el sucesor y delfín de aquel, Jorge Quiroga (2001-02). Fue juez y también gobernador del ganadero distrito de Pando en los ’90 y llegaría al Senado antes de la llegada de Morales al poder. Se acercaría luego a otro gobernador de la región, el cochabambino Manfred Reyes Villa, quien también caería en desgracia judicial, aunque fue más rápido y se exilió en Estados Unidos antes de rendir cuentas en su país de origen.
Las causas contra Pinto Molina van desde la venta irregular de tierras estatales al traspaso ilegal de fondos públicos y «daño económico al Estado» cuando era gobernador de Pando y director de la Zona Franca de Cobija, la capital de la provincia (2000), y supuestamente habría desviado irregularmente recursos a la Universidad Amazónica de Pando. Su defensa alega que en todos los casos se trata de procesos políticos sin sustento judicial. Hablan de persecución.
Hubo tres hechos en los últimos meses que aceleraron la fuga de Pinto. Uno es que en junio, un tribunal de sentencia lo condenó a un año de cárcel por una de las causas en su contra que implicaba el manejo ilícito de 11 millones de pesos bolivianos. En ese mismo mes el embajador Biato fue retirado y la sede diplomática quedó en manos del encargado de Negocios, Eduardo Saboia.
El otro dato es que un mes más tarde, en la última reunión de Mercosur, se emitió una declaración donde se garantizaba que los países miembros se comprometen a respetar el derecho de asilo. Bolivia era uno de los firmantes de ese compromiso en su condición de país que pidió el ingreso al organismo y que espera la ratificación de los restantes miembros. La declaración hacía referencia al pedido de asilo de Julian Assange en la embajada ecuatoriana en Londres, pero a Pinto le cabían las generales de la ley, y a la posibilidad de que Edward Snowden hiciera lo propio desde Moscú.
Hasta acá todo se podría haber resuelto por una vía diplomática. La tesis de Itamaraty podría traducirse como dejar que el tiempo pase y en algún momento convencer al gobierno de Morales –o a algún sucesor– de que le otorgaran el salvoconducto al ex senador boliviano para que viajara a Brasil. Pero como el diablo siempre mete la cola, Saboia parece haberse conmovido por la situación que atravesaba Pinto, literalmente preso en el edificio de la embajada durante 454 días, y decidió una operación más propia de Hollywood que de relaciones entre países hermanos en un contexto de integración regional. Como se sabe, escuchó la voz de Dios y metió al pastor evangelista en un vehículo oficial custodiado por fusileros navales, justo a las 14:30 del sábado 24 de agosto –Pinto se sacó una foto donde muestra en primer plano el reloj pulsera– y lo llevó a atravesar el país para cruzar la frontera con Brasil 22 horas más tarde. No porque la distancia sea tan grande, sino porque los caminos son difíciles en llanura pero mucho más en la montaña desde La Paz hasta Corumbá, en el estado de Matto Grosso.
Allí esperaba al dúo una avioneta contratada por el senador del PMDB Ricardo Ferraço, que lo llevó a su casa en Brasilia. El dirigente de Espíritu Santo pensaba llevar a Pinto al Senado en Brasilia, donde preside la comisión de Relaciones Exteriores, para que explicara su situación. Pero el escándalo era demasiado grande como para que los legisladores pisaran el palito. El PMDB es socio del PT en el gobierno y aportó apoyo legislativo y, primordialmente, al vicepresidente Michel Temer. Pero la relación con Bolivia no es para boicotear así como así para el trabalhismo. Y menos con un gobierno que proviene de la dirigencia gremial como es el de Evo Morales.
Cierto que no es la primera vez que hay choques entre La Paz y Brasilia desde que Lula llegó al gobierno. No se debe olvidar que la derecha brasileña –que no es poca ni silenciosa precisamente– despotricó contra el metalúrgico cuando el gobierno de Evo nacionalizó y ocupó militarmente las instalaciones de Petrobras, o cuando a raíz de las protestas de comunidades indígenas se suspendió el contrato con la empresa OAS para la construcción de una carretera por el TIPNIS. En el último encontronazo estuvo presente Ferraço, cuando hinchas del Club Corinthias, del que es «torcedor», protagonizaron incidentes en el estadio de Oruro, que dejó como resultado la muerte de un simpatizante del local San José, en febrero pasado.
El que fue a interceder entonces por los doce «corinthianos» detenidos por el crimen fue el bueno de Saboia. Pero allí tomó partido por su caso el senador Ferraço, que denunció la investigación como una represalia por el asilo a Pinto Molina. Nadie duda de que aprovechando esa visita es que se armó el operativo de fuga que ya le costó la cabeza al canciller Antonio Pariota, que en un enroque de esos que caracterizan a las reglas del buen arte político, trocó su puesto con el embajador de Brasil en la ONU, Luiz Alberto Figueiredo Machado.
La ONU no es un puesto menor para ningún diplomático de ese país, habida cuenta de que Brasil aspira a reformar su carta orgánica para ingresar en el selecto grupo de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Quiere entrar como representante de América Latina. Una posición bien diferente a la que plantea la Argentina, actual presidente pro témpore de ese suborganismo, que propone la desaparición de la figura de miembro con derecho a veto, porque lo entiende como un privilegio antidemocrático.
En relación con Siria, ambos gobiernos mostraron también sus diferencias: no aceptan una intervención militar, aunque Itamaraty dice que hasta que la ONU no dé el aval. La Cancillería local, en cambio, señaló que no quiere ser cómplice de nuevas muertes en ese país. Mientras tanto, el presidente Barack Obama, dice su gobierno, está decidiendo cuándo y cómo intervenir. Él también quisiera dejar que todo sucediera sin que nadie haga demasiadas olas. Por eso todavía no resolvió si en Egipto hubo un golpe militar, dato central para mantener la ayuda a los militares que gobiernan nuevamente de facto ese país. Pero no siempre resulta fácil dejarse llevar por la corriente.

Tiempo Argentino, 30 de Agosto de 2013

Los dioses están cabreros

En una carta que leyó uno de sus abogados, el soldado Bradley Manning pidió el perdón presidencial para no tener que pasar 35 años de su vida en prisión por las filtraciones publicadas por WikiLeaks hace tres años. «Las decisiones que tomé en 2010 surgieron de mi preocupación por mi país y el mundo. Desde los trágicos sucesos del 11 de septiembre, nuestro país ha estado en guerra. Inicialmente estuve de acuerdo y me ofrecí voluntariamente para ayudar a defender al país. Hasta que llegué a Irak, leí informes militares secretos a diario, y comencé a cuestionar el contenido moral de lo que hacíamos», dice el joven condenado el miércoles por un tribunal militar. «En ese momento me di cuenta de que al enfrentar el riesgo presentado por el enemigo nos olvidamos de nuestra humanidad. Elegimos de manera deliberada la devaluación de la vida de los seres humanos en Irak y Afganistán. Al luchar contra aquellos que percibimos como enemigos, a veces matamos a civiles inocentes. Y toda vez que matamos a civiles inocentes, en lugar de asumir responsabilidad por nuestra conducta, elegimos escondernos detrás del velo de la seguridad nacional y la información clasificada para eludir cualquier tipo de responsabilidad públicamente», dice en otro tramo de la misiva que, circunspecto, fue desgranando David Coombs, según tradujo Silvia Arana en Rebelión. «En nuestro objetivo de matar al enemigo, debatimos internamente la definición de tortura. Mantenemos a personas en Guantánamo durante años y sin el debido proceso. Toleramos inexplicablemente la tortura y las ejecuciones sumarias realizadas por el gobierno iraquí», prosigue el joven en un encendido mensaje en que finaliza pidiendo perdón a quien podría haber dañado con las relevaciones que lanzaron a la fama al sitio WikiLeaks tanto como a su creador, Julian Assange. Alexa O’Brien, una de las periodistas que estuvo en la audiencia judicial, transcribió la declaración final de Manning ante los jueces militares. Allí el analista que se horrorizó con lo que hacían las tropas de su país en Irak cuenta cómo fue el origen de su náusea. Supo que en circunstancias muy poco claras habían sido asesinados por «fuego amigo» dos periodistas de la agencia Reuters: «Busqué en Google el suceso por fecha y ubicación general», desmenuzó el joven. «Hallé numerosos relatos sobre los dos empleados de Reuters que murieron durante el ataque con armas aéreas. Otro relato explicaba que Reuters había solicitado una copia del video aludiendo al Acta de Libertad de Información (FOIA, según sus siglas en inglés). Reuters quería observar el video para tratar de entender lo que había sucedido y mejorar las normas de seguridad en zonas de combate. Un vocero de Reuters habría dicho que el material podría evitar la repetición de la tragedia y creía que había una necesidad imperiosa de que se diera a conocer el video.» Manning lo encontró y mostró el horror. No era una equivocación, habían sido masacrados con total crueldad y una sensación de impunidad que abruma. «Era muy claro para mí que la tragedia ocurrió porque el equipo de ataque aéreo identificó erróneamente a los empleados de Reuters como una amenaza potencial, cuando en realidad la gente en el camión estaba simplemente tratando de ayudar a los heridos».El video y los cables posteriores filtrados por el muchacho, que hoy tiene 25 años, recorrieron el mundo y generaron un gran debate, tal que aceleraron la retirada de tropas que había prometido el presidente Barack Obama. También hicieron subir el prestigio de los diarios que habían acordado la publicación con el sitio de Assange. De allí el reclamo de Chris Hedges, ganador de un Pulitzer y corresponsal de guerra de vasta experiencia en temas de Medio Oriente, quien caratula como una de las mayores vergüenzas del periodismo «la cobardía de los periódicos The New York Times, El País, Der Spiegel y Le Monde, que usaron grandes cantidades de material filtrado por Manning y luego le dieron la espalda cruelmente». «El rescate de los restos de honor que puedan quedar de nuestra profesión –abunda Hedges– estuvo a cargo de un puñado de periodistas independientes, a menudo marginalizados y de otros pocos individuos y grupos –incluyendo la mencionada O’Brien– y a Glenn Greenwald, Nathan Fuller, Kevin Gosztola, La Red de Apoyo a Bradley Manning, al activista político Kevin Zeese y el dibujante que hizo sketches en el tribunal, Clark Stoeckley, además de The Guardian, que también había publicado los documentos de WikiLeaks.»Greenwald fue el destinatario de la otra gran filtración de la época, la que hizo otro «arrepentido» estadounidense, Edward Snowden. Vive en Río de Janeiro y es el compañero de David Miranda, el brasileño demorado el domingo por la policía londinense, que además le quitó los archivos que llevaba en sus dispositivos electrónicos para Greenwald. Ayer los abogados de Miranda solicitaron a la Suprema Corte británica una orden de amparo para impedir que las autoridades «inspeccionen, copien o compartan» los datos confiscados durante el interrogatorio en el aeropuerto de Heathrow.Lo que está en debate desde hace demasiado tiempo es el derecho a la información. Los últimos escándalos en la prensa internacional se relacionan con la forma en que se obtiene esa información y hasta qué punto los ciudadanos tienen derecho a saber. No es casual que en estos días también volviera al candelero el caso del espionaje realizado por medios del magnate Rupert Murdoch en connivencia con agentes de Scotland Yard para hurgar hechos noticiables en la intimidad de personajes de la política y la farándula.El martes, cuatro periodistas del Daily Mirror y el The Sun fueron formalmente procesados bajo el cargo de haber sobornado a funcionarios policiales. También resultaron acusados nueve personas, sumando un policía y cuatro guardias penitenciarios. Greig Box Turnbull, del Mirror, y Graham Dudman, John Troup y Vince Soodin del Sun aparecen en el centro de las denuncias por haber pagado a agentes policiales para que pincharan teléfonos de celebridades y consiguieran datos de presos de alto perfil a cambio de dinero. Una modalidad que llevó al cierre del News of the World y al escarnio público de los altos mandos de News Corp, el grupo mediático del australiano Murdoch. El total de los implicados hasta ahora suma a 30 personas.El otro australiano inmerso en el debate, Assange, espera en la embajada ecuatoriana en Londres el salvoconducto para asilarse en el país sudamericano. Snowden, el otro perseguido de estos tiempos, logró destrabar su situación en Rusia, pero nadie sabe por cuánto tiempo podrá permanecer en Moscú sin que tenga que buscar un refugio más seguro.Es curioso que las recriminaciones que los halcones de Washington le hacen a ambos estén calcadas de la misma matriz. El Pentágono, a través de la fiscalía, presentó a Manning como «un narcisista y un traidor». Un ex director de la CIA y la NSA, el general Michael Hayden, definió a Snowden como «un perturbado y narcisista». Acotación 1: Una de las características de ese síndrome que sin ser una enfermedad, como el propio propagador de esta chicana tuvo que reconocer –conviene recordar que el publicista en cuestión es de profesión médico– se divulgó estos días es precisamente el narcisismo. Acotación 2: Hubris, hibris o más puntillosamente hybris, es una palabra griega que no tiene equivalente. Es lo más parecido para aquella cultura milenaria de lo que luego el cristianismo introduciría en Europa con el concepto del pecado. Suele traducírselo como «desmesura» porque los atenienses adoraban eso de «todo en su medida y armoniosamente». Pero algo más parecido a lo que un griego hubiera querido significar con el término sería decir que el hybris (pronunciar la y como la ü alemana en Müller) es una falta contra los dioses. Uno podría asimilar el uso de la acusación de «narcisismo» a la intención de los personajes en cuestión de ir contra la corriente. Algo que a algunos dioses –del establishment, de los valores culturales en vigencia, de los medios– incomoda en grado sumo.En el caso de Manning, Chase Madar, un abogado de derechos civiles de Nueva York, considera que el joven idealista –que ayer reveló su deseo de convertirse mujer– es un chivo expiatorio muy conveniente para «lidiar con el desastre militar humillante», como el que dejó Irak y Afganistán. «Las élites políticas –agrega Madar– no pueden encontrar a nadie que culpar de su fracaso», salvo al soldado. Pero también con Manning, Assange y Snowden se quiere castigar cualquier otro intento de desafiar el designio de los dioses. Del mercado, de la vigilancia o de la guerra.

Tiempo Argentino, 23 de Agosto de 2013

Horacio Cartes y las políticas de Estado

El presidente de Taiwán, Ma Ying-jeou, y el príncipe Felipe de España fueron los primeros en llegar a Asunción. Se entiende la premura de ambos representantes en saludar al nuevo presidente paraguayo: el heredero Borbón intenta hacer pie en una Latinoamérica que mucho antes de los escándalos en la casa real y el gobierno español ya le venía dando la espalda a la península. En el caso del taiwanés, Paraguay es uno de los apenas 23 países del mundo que mantienen relaciones diplomáticas con la isla donde se refugiaron los líderes nacionalistas cuando el comunismo tomó el poder en la China continental, en 1949.
La China insular, un pequeño territorio que hasta 1972 mantuvo la representación de la milenaria nación en todos los organismos internacionales, fue el refugio de Chan Kai-shek pero básicamente fue un emblema del capitalismo y un bastión de la lucha contra al comunismo. Pero los acuerdos de Richard Nixon y Mao hicieron de Beijing otro miembro del quinteto con «poderes diferentes» en la ONU, por más que Estados Unidos sigue sosteniendo la integridad territorial de Taiwan.
Desde entonces, y como condición para mantener relaciones con la República Popular China, Beijing exige no tener vínculos diplomáticos con Taipei. Argentina dio ese paso en ese mismo 1972. Un puñado de países en el mundo siguieron atados a ese resabio de la Guerra Fría, una anomalía si se tiene en cuenta que China se fue abriendo a los mercados desde 1978 y hoy día es el segundo jugador de la economía mundial y tiene el 23% de la población del planeta. Entre los países que siguen haciendo esta apuesta, por razones que no siempre tienen que ver con lo ideológico, están también Panamá, El Salvador, Guatemala, Honduras y el Estado Vaticano.
La cuestión viene a cuento porque sin lugar a dudas el problema más candente para la nación paraguaya es el de su inserción en el mundo. Suspendida su participación en los organismos regionales a partir del golpe de Estado contra el gobierno constitucional de Fernando Lugo, tras las elecciones que ganó Horacio Cartes comenzaron las negociaciones para el regreso. En Unasur fue nuevamente aceptado hace unos días, a pesar de que una de las razones esgrimidas por los golpistas es que Lugo había firmado los protocolos democráticos de ese foro sin someterlos a aprobación parlamentaria. Más difícil parece la vuelta al Mercosur, el tratado que nació justamente en Asunción en marzo de 1991 y que reúne a los países de la Cuenca del Plata.
La cerrazón ideológica de la derecha paraguaya había bloqueado el ingreso de Venezuela, que forma parte de la institución desde que Paraguay fue suspendido, el año pasado. Los tres restantes fundadores del Mercosur aspiran al retorno de Paraguay, sabedores de que estratégicamente es central para el avance de la alianza regional. Pero el establishment paraguayo no cambió un ápice. El presidente venezolano ni siquiera fue invitado a la asunción de Cartes, un desplante que respondieron ecuatorianos y bolivianos no enviando a su representación. Cartes se mostró amable con Cristina Kirchner y Dilma Rousseff y dió señales amistosas. Pero por ahora sólo habrá «relaciones bilaterales», según señaló su canciller.
Es que el empresario designó en Relaciones Exteriores a un hombre con un pasado que no asegura amplitud ideológica. Eladio Loizaga Caballero planteó que antes de un retorno se debe hablar de «un nuevo escenario de la reconstrucción de confianza con los países vecinos, teniendo en cuenta que nuestro problema fue regional». Y deslizó que hay otros clubes donde Paraguay podría recostarse. El mensaje hacia al bloque de la Alianza del Pacífico, que integran Chile, Perú, Colombia y México, fue bien explícito.
Eladio Loizaga Caballero, hay que decirlo, se inició en el servicio exterior durante la dictadura de Alfredo Stroessner y figura en los documentos de la Comisión de Verdad y Justicia de Paraguay como uno de los promotores del XII Congreso Anticomunista Latinoamericano. EL CAL es uno de los tantos grupos de ultraderecha que unieron esfuerzos luego de la expulsión de Taiwán de la ONU y que en su momento tenían como líder al propio Chan Kai-shek. Era la versión regional de la Liga Mundial Anticomunista (LMA), y había sido fundada en México. Fue uno de los sostenes ideológicos del Plan Cóndor y tuvo entre sus dirigentes al boliviano Hugo Banzer y al paraguayo Stroessner.
Cartes también figura en archivos internacionales. Cables de embajadas estadounidenses publicados por WikiLeaks lo señalan como sospechoso de lavado de dinero y narcotráfico. El hombre tiene una de la fortunas más grandes de Paraguay, es dueño de un conglomerado de unas 20 compañías con unos 3500 empleados en sectores que van desde frigoríficos hasta el tabaco e incluso un banco. Según algunos indicios que no lo dejan del todo mal parado, su choque con la embajada obedece a denuncias de las grandes tabacaleras internacionales que lo fustigan desde que intentó, en 2008, exportar cigarrillos marca Palermo a Estados Unidos a un precio 20% menor que la competencia. Archivos de la embajada en Buenos Aires hablan de una operación «Corazón de Piedra» pergeñada por las compañías Phillip Morris, British-American, Reynolds e Imperial junto con funcionarios de la DEA, de la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos, del Departamento del Tesoro, y fiscales federales en un hotel de la ciudad de Panamá, en diciembre de 2009, para demoler al ahora presidente.
El tramo final por las legislativas argentinas encuentra a un par de candidatos de la oposición lanzando discursos de tinte presidencialista, con vistas más a 2015. La mayoría habla poco de política internacional y mucho menos de integración regional. No por ser temas complicados sino para no meterse en camisa de once varas con algo que entienden que no aporta votos en el plano doméstico.
Por eso mismo resulta interesante hurgar en eso poco que se dice, como para entender un algo más dónde se para cada uno. El cordobés Juan Manuel de la Sota habló en estos días ante empresarios brasileños en San Pablo. El gobernador de Córdoba llegó a precandidatearse como vice de Antonio Cafiero en esa interna que abrió el paso a la presidencia de Carlos Menem. Cuando el riojano tomó el poder, De la Sota saltó el cerco y fue su embajador en Brasil, en los inicios del Mercosur. Su «pollo» ahora es el ex gobernador Juan Schiaretti, quien durante el menemato integró los equipos de Domingo Cavallo en la Cancillería y en el Ministerio de Economía. Les cabe a ambos su cuota parte en las «relaciones carnales», de las que no se escuchó ninguna palabra de arrepentimiento, como sí la tuvo el creador de ese concepto, Carlos Escudé.
De la Sota les dijo a los empresarios paulistas que el desafío de la hora es establecer una «alianza estratégica con Brasil y una relación inteligente con Estados Unidos». Eso, sin descuidar a los países del Pacífico. «En esa parte del mundo está el futuro del comercio», abundó ante los presentes.
El intendente de Tigre, por su parte, se explayó bastante sobre posibles planes de gobierno en un almuerzo con empresarios locales a 800 pesos el cubierto, unos días antes de las PASO. Sergio Massa armó un equipo con muchos ex integrantes del gobierno kirchnerista que fueron quedando en el camino, como él mismo. Roberto Lavagna fue el último en acercarse al tigrense: había ocupado la cartera económica hasta unos días después de la Cumbre de Mar del Plata que sepultó al ALCA, el proyecto neoliberal de mercado común que propugnaba Estados Unidos. Miguel Peirano fue el último en ocupar esa dependencia con Kirchner y se fue el día que asumió Cristina, para dejarle su lugar a Martín Lousteau. El joven economista se tuvo que ir tras el rechazo a su propuesta de incremento a las retenciones.
Otro integrante del team es Martín Redrado, presidente del Banco Central entre 2004 y 2010, luego de Alfonso Prat-Gay. Lousteau y Prat-Gay decidieron jugar en UNEN, pero el resto hizo su apuesta por el que fuera jefe de gabinete tras aquellos aciagos días del conflicto por el famoso Decreto 125. Llegó tras la renuncia de Alberto Fernández, que también está ahora entre sus filas. Massa –que también figura en los cables de WikiLeaks– consideró ante los empresarios, sin dar mayores precisiones, que se debe repensar «quiénes son nuestros socios en el mundo».
Ninguno de ellos –de Lavagna nunca se supo– renunció por rechazo a la política exterior de los Kirchner. Y eso que, aparte del ALCA, en estos años de gestión se profundizó la relación con Chávez y el país se alejó del FMI y del resto de los organismos de crédito internacionales, entre otras cuestiones. Sobre todo, fue durante este período que se inició el proceso de integración más profundo desde los tiempos de las guerras de independencia.
Lástima que esos aparezcan como datos menores en la campaña, dada la importancia que tienen para las futuras generaciones. Una pena que no se hable de políticas que deberían ser de Estado más que de partido.

Tiempo Argentino, 16 de Agosto de 2013

La Guerra Fría no terminó

Hace apenas tres años el entonces presidente ruso, Dmitri Medvedev, y el estadounidense Barack Obama se acomodaban en una mesa del Ray’s Hell Burger de Washington DC para comerse una hamburguesa como dos viejos amigos que recuerdan tiempos idos. Fue el 23 de junio de 2010 y la Casa Blanca informaba que se trataba de otra muestra de que entre Estados Unidos y Rusia se había puesto fin a las diferencias que mantenían desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
La foto recorrió el mundo pero apenas unos días más tarde esa supuesta distensión pegaba un vuelco peligroso, según gustan de expresar los halcones de la política exterior estadounidense. Fue cuando el FBI anunció, con bombos y platillos, que se había desarticulado una amplia red de espías al servicio de Rusia que operaba en Estados Unidos desde hacía una década. Entre la decena de presuntos agentes había una periodista peruana, Vicki Peláez, que durante años publicó una columna en un diario anticrastrista de Miami; su marido, un fotógrafo uruguayo que se hacía llamar Juan Lázaro; y una Mata Hari que operaba en Gran Bretaña, Anya Kushchenko, más conocida como Anna Chapman, de insinuantes curvas, roja cabellera y se dice que un historial de varios protagónicos en films porno.
El viernes 9 de julio de ese año, y rememorando cuanta película de espionaje de la Guerra Fría hay en el mundo, un avión Jakolev Jak-42 blanco con bandera rusa descendía sobre Vienna-Schwechat, el aeropuerto de la capital austríaca. Poco después aterrizaba un chárter de la Vision Airlines que se acomodó a su lado, bien a resguardo de las cámaras. El incidente se resolvió con un intercambio de espías, diez que habían reconocido operar para la inteligencia rusa por cuatro que estaban presos en Rusia por haber pasado información a EE UU.
Como un mecanismo de relojería, no habían pasado diez días de este entuerto cuando el diario The Washington Post comenzaba la publicación de un extenso y profundo trabajo de investigación sobre las agencias secretas que operan en Estados Unidos al que titularon «Top Secret America». Algo así como Los Estados Unidos Secretos. La investigación había demandado dos años de trabajo a un equipo integrado por 16 periodistas, diseñadores y fotógrafos. La publicación revelaba que había en ese momento 786 sitios donde el Departamento de Defensa desarrollaba tareas de inteligencia, repartidos entre 535 del Departamento de Seguridad Nacional y 449 de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI). Además, había 234 despachos dependientes del Departamento de Justicia, 92 de la Dirección de Control de Drogas, 36 de la Agencia Central de Inteligencia, 34 de otras agencias civiles relacionadas con la «seguridad nacional», y 20 de la NSA, la Agencia Nacional de Seguridad, ahora en el tapete repentinamente. En total había 854 mil personas involucradas en esta área, 265 mil de ellos contratistas.
Por esos mismos días se conocía la primera gran filtración de WikiLeaks. El autor del «desliz» había sido el analista Bradley Manning, que a esa altura ya estaba en prisión acusado de haber entregado al sitio creado por el australiano Julian Assange miles de documentos secretos sobre las tropelías de las tropas estadounidenses en las invasiones en Irak y Afganistán. El gobierno de Obama recién había cumplido un año y medio y su flamante premio Nobel todavía brillaba en la estantería. Estas revelaciones aparecían para los más optimistas como señales de nuevos tiempos en la principal potencia militar de la tierra.
Mucha agua corrió debajo de los puentes para que ahora –parece mentira que hayan pasado solamente tres años de estos tiempos– la visión que se tenga del «inquilino» del Salón Oval sea una diametralmente opuesta. Mucho más emparentada con un giro irrefrenable por el que terminó fomentando no sólo los asesinatos selectivos sino las prácticas más oscuras de los organismos de vigilancia crecidos como metástasis al amparo de leyes surgidas tras el 11-S.
Y como las casualidades suelen ser permanentes, cuando se iniciaba el juicio contra el soldado Manning, otro analista, esta vez de una de las empresas contratistas de la NSA, detalló ante la prensa la forma en que los organismos de seguridad estadounidenses revisan las comunicaciones de gran parte de la humanidad. Este escandalete salía a la luz mientras Obama se reunía con el presidente chino Xi Jinping en un intento por limar asperezas luego de denuncias cruzadas de ciberataques en organismos oficiales de ambos países.
El estruendo posterior apenas fue opacado por la capacidad de marcar agenda política que mantiene la Casa Blanca, que logró imponer en los medios masivos internacionales la culpabilidad del técnico informático Edward Snowden y no de la avidez por hurgar en los secretos de la ciudadanía de la burocracia del aparato de inteligencia estadounidense.
El joven whistlerblower (soplón, en la jerga) para esos días ya se había refugiado en Hong Kong sin, en apariencia, tener un plan Bluego de su revelación. A los pocos días, Snowden se coló en medio de las relaciones entre Washington y Moscú, cuando bajó en el aeropuerto moscovita y pidió asilo.
Ahora el presidente ruso es Vladimir Putin, pero el núcleo del gobierno es el mismo, ya que el ex agente de la KGB viene intercambiado roles con Medvedev cada vez que se termina un período de gobierno constitucional. Ya no hay visos de que pueda haber intercambio de espías, fundamentalmente porque se trata de un caso que no sólo envuelve a Snowden y a Rusia sino al resto de los habitantes de la Tierra, que son las verdaderas víctimas del espionaje.
Son otros tiempos, y la prueba más evidente es que el diario que publicó el profuso informe sobre la incidencia del espionaje en la vida de los estadounidenses cambió de dueño. El Post venía de perder el 44% de sus lectores en los últimos seis años y la familia Graham –que lo había comprado hacía 80 años luego de otra quiebra, durante la gran crisis de los años ’30– lo vendió en 250 millones de dólares al fundador de Amazon.com, Jeff Bezos. Una bicoca, si bien se lo mira. Las señales ahora son bien diferentes no sólo para la prensa de Estados Unidos sino para el sector liberal de ese país, que tenía en el diario capitalino a uno de los principales baluartes.
Ayer Obama dio una conferencia de prensa para explicar los últimos incidentes con Rusia. Dijo que se debía «recalibrar» la relación y reconoció que con Medvedev se llevaba mejor, pero se cuidó bien de no quemar las naves. El problema Snowden es sólo un grano de arena en el engranaje, pero no el único, ya que también pesa la posición de Rusia sobre Irán y Siria. Eso sí, acusó a Putin de «comportarse a veces como si todavía existiera la Guerra Fría».
Pero a continuación se explayó sobre el refugiado como si esos buenos viejos tiempos todavía estuvieran vigentes. «No, no creo que el señor Snowden sea un patriota», dijo sin despeinarse. «Existían otros canales para alguien cuya conciencia estuviese inquieta (para plantear sus quejas)», consideró el presidente. Luego, prometió revisar las polémicas leyes Patriot y FISA, que legalizan el espionaje y pidió a sus conciudadanos que confíen en que los programas de vigilancia respetarán los derechos civiles. Habrá que ver si le hacen caso, teniendo en cuenta de que viene reaccionando detrás de los acontecimientos que no genera.

Tiempo Argentino, 10 de Agosto de 2013