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Crisis financieras, terroristas y filtraciones

Las formalidades de la diplomacia tienen estas cosas. Ante el anuncio del nuevo gobierno de Islandia de que va a poner en el freezer el ingreso de su país a la Unión Europea, las autoridades de la Comisión Europea (CE) indican que «tomaron nota» del comunicado y señalaron que mantienen su «voluntad de diálogo» con una nación que continúa siendo un «socio privilegiado» a pesar de los problemas que los enfrentan con la fría isla del Atlántico Norte. El principal, sin dudas, es el quebranto de miles de ahorristas británicos y holandeses con la caída del principal banco islandés, conocido en Europa como Icesave, en 2008. Puede decirse con poco margen de error que precisamente Islandia es el ejemplo más acabado de las consecuencias que deja el estallido de una burbuja financiera en una sociedad.
La crisis fue generada por la caída sucesiva de tres de los principales bancos del país en septiembre de 2008. En pocos días el Glitnir, el Landsbanki (Icesave) y el Kaupthing fueron intervenidos por el gobierno del primer ministro conservador Geir Haarde.
Luego vendría una devaluación de más del 35% y la caída en picada del PBI, con su correlato de desocupación y corte en la cadena de pagos.
El gobierno de Haarde tuvo que llamar a comicios y a principios de 2009 ganó una coalición de izquierdas liderada por Jóhanna Sigurðardóttir. El principal problema con el que se enfrentó la primera ministro fue quién pagaría los platos rotos del banquete, ya que los perjudicados no eran islandeses y además, tampoco ellos habían sido los invitados a la fiesta. La salida en lo político pasaba por dejar colgados a los ahorristas, algo a lo que la UE no estaba dispuesta a aceptar. Fue así que se analizó el llamado a un referéndum para que el pueblo soberano decidiera.
Fue en este contexto que el secretario permanente de la Cancillería islandesa, Einar Gunnarsson y el consejero político, Kristjan Guy Burgess, se reunieron con el adjunto de la Embajada de Estados Unidos en Reykjavik, Sam Watson. La serie de encuentros fue en enero de 2010 y quedaron reflejados en sendos cables enviados a Washington por el solícito Watson. Los textos muestran la preocupación del gobierno por frenar las presiones del FMI y de la UE y su deseo de evitar la convocatoria a la consulta, que temían fuera a profundizar una crisis a la que no veían salida.
Después de haber presentado un panorama sombrío sobre el futuro del país, ellos dijeron que «los comentarios públicos de apoyo de los EE UU o la ayuda en poner el tema (islandés) en la agenda del FMI sería muy apreciada», dice un cable. Otra minuta cuenta que según los funcionarios del gobierno «el tema (de quién pagaría las deudas del) Icesave fallaría en un referéndum nacional (y que luego) Islandia estaría de vuelta al punto de partida con los británicos y los holandeses. El país, además, estaría mucho peor porque habría perdido credibilidad internacional y el acceso a los mercados financieros.»
«Gunnarsson –escribió Watson– sugirió que el asunto Icesave, si continúa por su curso actual, podría causar Islandia un default en 2011 cuando una serie de préstamos venzan y podría hacer retroceder a Islandia unos 30 años.» La respuesta de Watson fue que EE UU era neutral en este asunto y que –módica respuesta diplomática– esperaba una rápida solución. «Por otra parte, los EE UU ha apoyado la posición de Islandia en el último examen del FMI y se espera que vuelva a hacerlo en función de las circunstancias.» Gunnarsson y Burgess le retrucaron que entendían la posición que declaraba Washington, pero que «era imposible permanecer neutral en relación con el asunto Icesave. Islandia, decían (los funcionarios), estaba siendo acosada por dos poderes mucho más grandes y una posición de neutralidad era equivalente a quedarse mirando cómo se producía el acoso (sin hacer nada para evitarlo)». Los islandeses agregaron, según el informe, «que la intervención de EE UU en el FMI podría ser de ayuda (…) Gunnarsson reconoció que (…) siendo realistas, este tema nunca entra en la agenda del FMI, a menos que se aplique una presión externa».
Luego de este pedido de clemencia a Estados Unidos, el gobierno islandés fue a referéndum, donde ganó la opción de no pagar, y en enero pasado la Unión Europea admitió que la conducta de Islandia no ameritaba multar al país por dejar colgados a ahorristas privados.
La administración Sigurðardóttir pudo argumentar en su favor que para fines de 2012 había logrado un crecimiento del 1,6% y reducir la desocupación a un 4,6 por ciento. Pero el precio fue un impiadoso programa de ajustes dictado por el FMI. Por lo demás, si bien el ex primer ministro Haarde fue a juicio ante un tribunal especial por su responsabilidad en la crisis, fue absuelto en abril del año pasado. Y hace un par de semanas, los mismos partidos que llevaron al país a la bancarrota en 2008 ganaron las elecciones legislativas, con lo que vuelven a gobernar luego de un interregno de poco más de cuatro años en que la centroizquierda hizo el trabajo sucio.
Ahora, esa nueva administración demora el ingreso a la UE porque las últimas encuestas dicen que por abrumadora mayoría los islandeses no quieren saber nada con el continente. Quizás temen que británicos y holandeses les reclamen los más de 4000 millones de euros que quedaron atrapados en el corralito de hielo.
Ese archivo secreto que Sam Watson envió a sus jefes en el Departamento de Estado, conocido como Rayjiavik-13, fue el origen de la oleada de cables publicados por WikiLeaks en ese año de 2010. En su mayoría filtrados por el soldado Bradley Manning. El joven, luego de año y medio de cabildeos, finalmente será juzgado a partir del 3 de junio por una serie de cargos que lo dejarán en el mejor de los casos entre rejas por lo que le quede de vida. En el peor, claro, podría terminar ejecutado por traición a la patria.
Pero hay un cargo del que este martes pudo zafar. El fiscal, por razones que no explicó, le «hizo precio» por la filtración de las charlas de Watson con los melindrosos Gunnarsson y Burgess. El propio Manning –que hoy tiene 25 años– se declaró culpable de 10 de los otros 20 delitos que se le imputan. Pero no eran acusaciones relevantes, las que importan tienen penas de cadena perpetua a 150 años de prisión.
La jueza militar Denise Lind cerró el expediente por la filtración de unos 700 mil documentos clasificados, que en su mayoría se refieren a la guerra en Irak y Afganistán. La magistrada se manifestó confiada en que podrá equilibrar el derecho a un juicio público y las presiones de los organismos de seguridad. Por lo pronto, durante el juicio se usarán seudónimos, códigos o sumarios que no contemplen datos considerados peligrosos para la defensa nacional. Algunas de las sesiones serán a puerta cerrada.
A Manning lo acusan de «ayudar al enemigo». El analista, que estaba en Irak cuando se topó con la información ultrasecreta, alegó en su momento que quería que todo el mundo supiera las cosas que las tropas de su país hacían a nombre de una guerra por los valores occidentales.
Mientras tanto, el diario económico The Wall Street Journal publicó que el gobierno de Barack Obama elaboró un plan para cerrar la cárcel de Guantánamo, una de sus promesas electorales de 2008. El diario adelantó que el mandatario no dará demasiados detalles de cómo piensa hacerlo, pero entiende que una de las razones, que ningún republicano rechazaría, es que cuesta mucho dinero mantenerla. «Es caro. Es ineficaz. Daña nuestra imagen internacional. Reduce la cooperación con nuestros aliados en los esfuerzos antiterroristas. Es una herramienta para el reclutamiento de extremistas. Es necesario cerrarlo», había dicho Obama hace unos días ante periodistas.
En otro gesto sin explicación, la administración Obama reconoció públicamente que cuatro ciudadanos estadounidenses muertos en Afganistán en 2011 habían sido eliminados con aviones no tripulados. Entre ellos estaba el predicador de Al Qaeda Anwar al Awlaki. Esta revelación se superpuso con la información de que agentes del FBI habían matado a un joven checheno de 27 años, Ibragim Todashev, en la ciudad de Orlando.
La información oficial dice que Todashev era amigo de Tamerlan Tsarnaev, el mayor de los hermanos sospechosos del atentado en la maratón de Boston. El FBI dijo que uno de sus agentes había sido atacado por Todashev y no tuvo más remedio que disparar. Todashev y los Tsarnaev provenían de la república caucásica de Daguestán, aunque eran de origen checheno.
Precisamente en la capital de ese país, Majachkalá, ocho personas perdieron la vida y otras 22 resultaron heridas por la explosión de dos coches bomba en un atentado que las autoridades rusas inscriben en el marco de las luchas separatistas chechenas. En Estados Unidos son muchos los que, como los analistas Barry Grey y Nick Barrickman, en Global Research, piensan que los chechenos residentes en Estados Unidos estaban siendo utilizados por agencias de inteligencia para atentar en Rusia.

Tiempo Argentino, 24 de Mayo de 2013

Ahora Videla sabe la verdad

Hace algunos años, el escritor y periodista Martín Caparrós escandalizó a muchos con una idea provocadora. El contexto era obviamente otro (ni falta hace mencionar que seguramente no publicaría hoy un texto semejante) y el recuerdo de los pormenores de ese artículo puede ser traicionero. Un problema porque el archivo del diario Crítica, que había fundado Jorge Lanata poco antes, no resulta accesible como para ser más fiel al original.
Pero la idea era más o menos que la clase media argentina es tan díscola como para horrorizarse ante una denuncia de corrupción contra la dirigencia política pero no suele hurgar demasiado en qué cosa exactamente implica un acto corrupto.
El ejemplo revulsivo –obviamente lo que buscaba el autor era una demostración por el absurdo– era que había un hombre que ocupó la presidencia argentina al que no se acusaba de haber robado y que eso podía demostrarse en que vivía en el mismo departamento de cuando había asumido el cargo, entre otros detalles menores. Ese hombre era Jorge Videla.
Prosiguiendo con esta brutal línea de análisis se puede afirmar que, además, ese presidente llegó al poder con un plan que aplicó sin reparar en deslices y que fue muy eficiente y productivo en su tarea. Tanto que en el camino quedaron treinta mil desaparecidos por causas políticas y otros cientos de miles que padecieron las consecuencias de un modelo económico regresivo. Que una cosa estaba atada a la otra.
Videla fue todo eso y justamente por haberlo sido representa lo peor del género humano. Porque llevó hasta el paroxismo esos métodos criminales en su afán de hacerlos más efectivos.
Fue el frío ejecutor de un plan sistemático para imponer a sangre y fuego un modelo de creación y distribución de la riqueza injusto e impiadoso. Pero a continuación también fue capaz de hincarse a rezar con el mismo fervor. No para pedir perdón por los pecados cometidos en ese camino, sino para dar cuenta del avance de su programa de exterminio.
Videla nunca mostró arrepentimiento. Entre otras cosas porque estaba convencido de que sus actos estaban inscriptos en un objetivo divino. Creía, como tanto genocida habido en el planeta, que Dios le soplaba al oído.
Desde ayer, parafraseando al poeta Charles Bukowski, Videla sabe cuál es la verdad.

Tiempo Argentino, 18 de Mayo de 2013

El partido de la prensa golpista

Barack Obama sufre un embate de la derecha y de los medios concentrados que casi hacen olvidar que apenas cinco meses atrás asumía su segundo mandato luego de haber ganado los comicios de 2012. El clima se puso al rojo tras haberse conocido el «acoso» de la AFIP estadounidense sobre el ultaraconservador grupo Tea Party y las escuchas ilegales a periodistas de la agencia de noticias AP, lo que para muchos preanuncia un aire destituyente como el que terminó con el gobierno de Richard Nixon en 1974.
Fue en este contexto que tuvo que renunciar Steve Miller, el funcionario a cargo del Internal Revenue Service (Servicio de Impuestos Internos, el IRS), por la «inexcusable» intromisión en las cuentas impositivas de los republicanos más críticos de Obama. El secretario de Justicia Eric Holder, responsable de los organismos que vigilaron a los periodistas, sudó la gota gorda ante legisladores que le pedían explicaciones. Haciendo caso al reclamo del The Washington Post –el diario que destapó el escándalo Watergate en 1972–, que le pidió «atajar el mal a tiempo», Obama volvió a impulsar un proyecto de ley para garantizar a los periodistas la protección de sus fuentes confidenciales. Una norma presentada por el senador demócrata Charles Schumer en diciembre 2009 que nunca se trató sobre tablas.
Es claro que Obama no es Nixon y que en muchos sentidos la política del demócrata representa un giro de 180 grados sobre la que instauró en su momento el republicano, comenzando por la Ley de Salud. Por eso el ensañamiento sobre su gestión de algunos sectores de la prensa concentrada, y especialmente de la cadena Fox, que a esta altura parece empeñada si no en llegar a un impeachment como el que llevó a la renuncia de Nixon, al menos en limar tanto su segundo mandato como para que el recuerdo que quede en la sociedad sobre la administración del primer negro en ocupar la Casa Blanca no sea de orgullo. Cosa de que no se repita una versión mejorada.
Obama tampoco es Lula da Silva, otro que viene padeciendo los ataques del establishment a través de la prensa. «No perdonan que un metalúrgico pueda haber gobernado de un modo que ellos no fueron capaces de hacer», dijo varias veces el fundador del Partido de los Trabajadores (PT). Antes de tomarse el avión que lo trajo a la Argentina, Lula volvió a cargar contra los medios, a los que suele tildar de impiadosos. Y en un acto partidario por los diez años de gobierno del PT, comentó las reseñas que publicaron sobre esta década. «Si un inversor extranjero llega a Brasil desde Londres y lee los diarios O Estado de Sao Paulo, O Globo, Folha o las revistas Veja y Epoca sale corriendo, porque le parecerá que el país terminó en la ruina.»
«¿Cómo hace un gran editor de un diario de este país para explicar la generación de 22 millones de puestos de empleo formales mientras existen récords de desempleo en el mundo desarrollado?», objetó el ex sindicalista. Los antecedentes que podría mostrar Lula sobre la controvertida relación de los gobiernos con la prensa de Brasil son más dramáticos que los de Obama, pero igualmente ilustrativos.
Blogueros brasileños bautizaron como Partido da Imprensa Golpista (PIG, por Partido de la Prensa Golpista) a esos cotidianos embates del establishment a través de los medios de comunicación contra gobiernos democráticos con tintes progresistas. Las iniciales, que remiten a pig, cerdo en inglés, fueron creación del periodista Paulo Henrique Amorim en el año 2007, en ocasión del comicio en el que Lula fue reelecto. Otros internautas se plegaron a la chanza y alguno llegó a proponer a Arnaldo Jabor, un acérrimo enemigo de todo lo que huela a popular en América Latina, como «presidente del PIG». Recuerdan, incluso, que el lema es copiado del Canal Fox en su relación a Obama: «El candidato del PT no puede ganar.»
Amorin, a los 71 años, tiene una aquilatada experiencia en prensa gráfica, condujo programas televisivos y fue corresponsal en Washington de O Globo y la revista Veja. En su propio blog tenía una sección que tituló «No coma gato por liebre». Allí recuerda como antecedente de la prensa golpista a Carlos Lacerda, controvertido periodista que terminó envuelto de un modo insólito en el suicidio de Getulio Vargas en 1954. Un interesante personaje con una historia política que comenzó en su juventud como militante del Partido Comunista y luego viró a virulento antipopulista.
Vargas fue el máximo líder político brasileño del siglo XX que llegó al poder luego de un golpe de Estado en 1930 y hasta su muerte fue el máximo referente de los cambios que abrieron las puertas a un Brasil moderno que ahora ya juega en las grandes ligas, pero que en esa época tenía un PBI de la mitad del argentino. Acusado de inclinaciones fascistas y de no haber respetado demasiado las formas democráticas, instauró el Estado Novo a fines de esa década y, a la llegada de Juan Domingo Perón al gobierno, tendió puentes para la integración con Argentina y Chile que irritaron notablemente a la Casa Blanca.
Con los ataques de Lacerda desde la página escrita –había fundado el diario Tribuna da Imprensa– el periodista se convirtió en una suerte de coordinador de la oposición a Vargas en las elecciones de 1950 y taladró cada acto de su gestión desde entonces. La historia lo muestra aliado a sectores golpistas de las fuerzas armadas, mientras que los varguistas lo veían como el enemigo público. Hasta que el 5 de agosto del ’54 sufrió un atentado en la puerta de su casa. Recibió heridas menores en los pies, pero un mayor de la aeronáutica que le hacía de guardaespaldas murió. Arreció la ofensiva de toda la prensa sobre Vargas y aparecieron indicios sobre miembros de su guardia personal. Vargas aseguró que no tenía nada que ver con el asunto, pero agobiado por la presión el 24 de agosto se pegó un tiro en el pecho en su despacho del Palacio do Catete, la sede presidencial en la entonces capital brasileña, Río de Janeiro.
En una carta testamento, Vargas escribió que «las fuerzas y los intereses en contra del pueblo se coordinaron y se desencadenaron sobre mí. No me acusan, me insultan; no me combaten, me calumnian y no me otorgan el derecho a defenderme. Necesitan sofocar mi voz e impedir mi accionar, para que yo no pueda continuar defendiendo como siempre he defendido al pueblo y especialmente a los humildes.» Luego detalla la obra de gobierno que dejaba a la posteridad, entre ellas las conquistas de los trabajadores, el impulso al desarrollo social y a la formación de Petrobras y Electrobras. «Les di mi vida. Ahora les ofrezco mi muerte», finaliza.
Lacerda se tuvo que ir de la ciudad en medio de los funerales multitudinarios de Vargas.
Pocos meses más tarde hizo todo lo posible para que Juscelino Kubischek no ganara en las elecciones de 1955. Kubischek, el primer descendiente de gitanos en asumir como presidente en el mundo, continuó parte de la obra de Vargas: consolidó la petrolera estatal, pero también fomentó la industria automotriz y promovió la construcción de Brasilia.
Ni qué decir de la posición que fue tomando Lacerda ante la llegada al gobierno del sucesor de Kubischek, Janio Quadros. Una denuncia por contrabando de armas desde Argentina y de un intento de autogolpe forzaron la renuncia de Quadros, que acababa de firmar la recuperación de los yacimientos de hierro de Minas Gerais al estado federal, a siete meses de asumir, en agosto de 1961. «Fuerzas terribles se levantaron contra mí…», escribió en su renuncia. El vicepresidente Joao Goulart tuvo que pelear duro para poder asumir en su lugar. Porque era más radicalizado que Quadros y porque además, en el momento de la transición estaba de viaje por la China comunista.
Eran los años de la Guerra Fría y el triunfo de la revolución cubana, y Goulart, al igual que Arturo Frondizi, no estaba de acuerdo con clausurar sus relaciones con la isla ni con los países del bloque comunista. Luego de una entrevista secreta con el Che Guevara tuvo que enfrentar nuevos embates de Lacerda, a esta altura totalmente abocado a destituir al presidente, que iba consolidando su aceptación popular. El golpe del ’64 fue una bendición para el arrebatado periodista. Pero pronto se pasaría a la vereda de enfrente: los militares no venían a luchar por la democracia. Fue así que formó un Frente Amplio en noviembre de 1966, junto con sus antiguos enemigos, Kubischek y Goulart. Y como a ellos, la dictadora le quitó los derechos civiles.
Kubischek falleció el 22 de agosto de 1976 en un accidente automovilístico, Goulart murió oficialmente de un ataque al corazón en Corrientes el 6 de diciembre de 1976. Lacerda también figura como fallecido de un infarto, el 21 de mayo de 1977. La muerte de los tres en pocos meses siempre resultó sospechosa. La Comisión de la Verdad va a exhumar los restos de Goulart para analizar si efectivamente fue envenenado, como señalan muchos testimonios. Desde algunos sectores se impulsa hacer lo propio con el cuerpo de Kubischek. Nada se dice sobre Lacerda.

Tiempo Argentino, 17 de Mayo de 2013

Sombras en las calles de Boston

El caso conmovió desde las pantallas por su tensión más emparentada con Hollywood que con la vida real. Primero con las imágenes en vivo de público y corredores envueltos en una explosión mortal a metros de la línea de llegada de la tradicional Maratón de Boston y luego con la misma ciudad en estado de sitio y ocupada por miles de policías superequipados para atrapar a un sospechoso, malherido, de 19 años, que se había refugiado dentro de un bote a la espera de algún milagro.
Más allá de la cinematográfica captura, lo que luego se dispersó sobre la sociedad estadounidense fue un océano de dudas sobre la responsabilidad del gobierno de Barack Obama y de los organismos de vigilancia, como el FBI y la CIA, en torno de la prevención del atentado con bombas de fabricación casera que costó la vida a tres personas y dejó a otras 216 con heridas de distinta consideración. Porque la imputación sobre los hermanos Tsarnaev recuerda demasiado a la que hace casi 50 años se descargó sobre Lee Harvey Oswald como autor de la muerte del entonces presidente John F. Kennedy. Con sospechosos viajes a territorios de Rusia y misteriosas ayudas del espionaje estadounidense incluidos.
Tamerlan Tsarnaev fue muerto cuatro días después de que al menos tres bombas elaboradas con ollas a presión repletas de clavos estallaran en la Maratón. La carrera es un símbolo de la ciudad donde se originó la independencia de Estados Unidos, es una de las cinco más importantes del mundo y la más antigua, ya que comenzó a desarrollarse en 1897, tras los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna en Atenas. Esta vez había convocado a unos 20.000 corredores de todo el mundo, con un puñado de argentinos entre ellos.
Muchos creyeron ver en el estallido del 15 de abril una señal de algún grupo proarmamentista, ya que por esos días se debatía en el Congreso de EE.UU. el proyecto de ley de Obama para limitar el uso de armas de guerra. Una tímida respuesta a las últimas masacres que espantaron al país, sobre todo la que en diciembre dejó un saldo de 20 niños y 6 adultos muertos en una escuela de Newtown, Connecticut. Por esos días también se conmemoraba el aniversario del atentado al edificio de Oklahoma que en 1997 causó la muerte de casi dos centenares de personas en ocasión de tratarse otro proyecto similar, en tiempos de Bill Clinton. La ley que pretendía Obama no prosperó por la oposición de los republicanos pero también de varios demócratas, en lo que para el presidente fue «un día vergonzoso para Estados Unidos».
Pero el golpe en Boston siguió latiendo en la sociedad y fundamentalmente en los medios masivos, que pronto advirtieron contra presuntas células islámicas en territorio estadounidense. Los voceros de Obama al principio se mantuvieron cautos para usar la palabra clave: terrorismo. Pero cuando el 11 de setiembre pasado el embajador en Libia, Chris Stevens, murió en un ataque al consulado en Benghazi el gobierno demoró en calificar al hecho como terrorismo y el presidente fue virtualmente ejecutado por los medios conservadores. La experiencia pesó para que apuraran definiciones, al menos semánticas. Pero quedaron pendientes otro tipo de explicaciones.
La primera información era que el mayor de los Tsarnaev, Tamerlan (el nombre remite al conquistador mongol que ocupó gran parte de Asia central en el siglo XIV), de 26 años, había sido eliminado por la policía luego de haber disparado contra un agente. Lo buscaban porque una cámara de vigilancia había detectado a dos jóvenes en actitud sospechosa cerca de la llegada de la maratón. En alguna imagen aparecen portando mochilas llenas y luego del estallido, vacías.
El menor, Dzojar, logró escapar tras haberse tiroteado con los uniformados. Lo encontraron luego de una cacería humana con varios disparos en el cuerpo, escondido en una lancha en los fondos de una casa suburbana. Había perdido mucha sangre y un proyectil le había atravesado el cuello, por lo que no estaba en condiciones de hablar, lo que despertó especulaciones de todo nivel.
Luego trascendió que se estaba recuperando y que había comenzado a brindar información. Hasta que alguien parece haber reparado en que se habían «olvidado» de leerle la Advertencia Miranda, el texto protocolar que le indica al detenido que no está obligado a declarar y que tiene derecho a un abogado. Ahí, según la información, volvió al silencio.
En el lapso en que se habría mostrado cooperativo –unas 16 horas hasta que se cumplió con la ley– habría explicado que él y su hermano «estaban indignados por las guerras de Estados Unidos en Afganistán e Irak y la matanza de musulmanes allí», según revelaron dos funcionarios que hablaron con la agencia AP a condición de guardar el anonimato.
El dato tiene como principal inconsistencia que ambas invasiones comenzaron hace más de 10 años. Para la misma época que ellos se mudaban a EE.UU. luego de un periplo familiar desde su lugar de nacimiento en la república rusa de Daguestán –a pesar de que el origen de los ancestros es Chechenia– y Kirguistán. Y que entonces ambos tenían 9 y 16 años respectivamente. El menor habría asegurado que el golpe en Boston fue organizado por el mayor, que fue rematado por balas policiales y no podrá declarar. Días más tarde, el FBI anunció la detención de otros tres jóvenes de 19 años relacionados con los Tsarnaev: Azamat Tazhayakov y Dias Kadyrbayev, originarios de Kazajastán, y Robel Phillipos. Eran compañeros de estudios de Dzijar y enfrentan cargos de obstrucción de la justicia porque tiraron elementos que había en la habitación del acusado.
Luego fueron apareciendo otros datos en la investigación del caso. El más chico se había nacionalizado, tenía una beca para estudiar en Cambridge y votó por los demócratas. Del mayor, en cambio, dicen que soñaba con representar a EE.UU. en algún certamen de boxeo amateur. Habían nacido en Majachkalá, capital de Daguestán, vecina de Chechenia, y profesaban la fe musulmana.
La familia Tsarnaev llegó a Estados Unidos escapando de la violencia en una de las regiones más convulsionadas de lo que fue la Unión Soviética. Anzor Tsarnaev, el padre de los jóvenes, dijo en una entrevista desde Rusia que «los chechenos eran perseguidos en Kirguistán, había problemas». El caso es que recalaron en Estados Unidos aunque no está muy claro cómo fue que los hermanos quedaron solos. Se sabe sí que la madre, Zubeidat Tsarnaeva, dijo también desde Rusia que ella no tiene nada que ver con algo parecido al terrorismo. A pesar de que Dzojar enfrenta cargos que lo pueden condenar a la pena capital, no puede ir a visitarlo porque está acusada del robo de mercadería valuada en 1.624 dólares en la tienda Lord & Taylor de Natick, Massachusetts.
Pero en la familia Tsarnaev aparece un tío que agrega su cuota de enigma a la historia. El hombre es el que apareció durante la búsqueda del fugitivo Dzojar recomendándole que se entregara para no causar males mayores a la sociedad. Ruslán Tsarni declaró a la cadena CBS que Tamerlan tenía ideas extremistas y al canal Fox 25 que Dzojar era un buen estudiante y quería ser médico. «Temo que su hermano mayor haya podido tener una mala influencia sobre él», resaltó, verborrágico por demás. Ruslan –que también se confesó «avergonzado» por la situación– añadió que su cuñada tuvo una «gran influencia» en la presunta radicalización de los hijos.
Más tarde saldrían a la luz otras cuestiones relacionadas con el tío indiscreto. En algún momento de su vida este hombre que hoy tiene 42 años se casó con Samantha Ankara Fuller. Por entonces, «Ruslan Tsarni era conocido como Ruslan Tsarnaev», escribe Daniel Hopsicker, el periodista que destapó esta parte de la trama. «Se desconoce cuándo cambió su nombre». La mujer es hija de Graham Fuller, un destacado oficial de la CIA especialista en terrorismo islámico que trabajó en la estación de «la compañía» en Afganistán y luego se pasó a la Corporación Rand, una proveedora privada de servicios de análisis y entrenamiento de cuadros militares para el gobierno estadounidense desde los inicios de la Guerra Fría. Él mismo confirmó la información aunque descartó cualquier vinculación con el hecho porque la pareja se divorció en 2004.
Sin embargo, escribe Kurt Nimmo en Infowars, resulta interesante compilar también esta relación familiar, «considerando que Tsarni está en el centro de los esfuerzos por convencer a la opinión pública de que Tamerlan Tsarnaev, el supuesto terrorista de Boston ahora muerto, fue víctima de un “lavado de cerebro” por parte de un hombre desconocido de Albania llamado Misha».

El papel de la CIA
El padre de los muchachos diría en una conversación telefónica con la agencia rusa Interfax que en su opinión «los servicios secretos se la han jugado a mis hijos porque son creyentes musulmanes». Pero Moscú tiene otra versión de los hechos. Así lo deja entrever un cable de la Associated Press firmado por Eileen Sullivan y Matt Apuzzo donde se señala que las autoridades rusas habían grabado en secreto varias conversaciones telefónicas en 2011 en las que Tamerlan hablaba vagamente sobre la yihad con su madre. La portavoz del FBI en Washington, Jacqueline Maguire, comentó que «las conversaciones son importantes porque, si hubieran sido reveladas antes, podrían haber significado suficiente evidencia para que el FBI iniciara una investigación más minuciosa sobre la familia Tsarnaev».
El detalle es que en apariencia las autoridades rusas sólo informaron que les preocupaba que Tamerlan y su madre fueran extremistas religiosos. Por lo tanto, de acuerdo siempre con la vocera, el FBI interrogó a Tamerlan sobre sus actividades en Estados Unidos y como no sacó nada en limpio dio el caso por cerrado en ese mismo año.
Para Moscú, los jóvenes habían sido entrenados por la CIA para atentar en territorio checheno contra los intereses rusos. Y el viaje de Tamerlan habría sido parte de esa preparación para cometer actos terroristas, pero en suelo asiático.

Revista Acción, 15 de Mayo de 2013