por Alberto López Girondo | Abr 12, 2013 | Sin categoría
En estos días la organización WikiLeaks publicó en la web casi dos millones de documentos del gobierno de Estados Unidos correspondientes al período 1973-1976, en que Henry Kissinger fue secretario de Estado, e incluyen mensajes diplomáticos, reportes de inteligencia y correspondencia a legisladores. Se lo conoce como Archivo Kissinger y no tiene desperdicio sobre la relación del ganador del Premio Nobel de la Paz de 1973 con las dictaduras genocidas del Cono sur de Latinoamérica, con gobiernos represivos del México de entonces y la cercanía tan íntima del Juan Carlos de Borbón con la “Embajada” cuando aún vivía el dictador Francisco Franco. No se trata de filtraciones sino de material desclasificado del gobierno de Estados Unidos que el creador WikiLeaks, Julian Assange, estuvo compilando para facilitar la búsqueda desde el edificio de la embajada de Ecuador en Londres, donde se aloja a la espera del salvoconducto que le permita viajar al país sudamericano en calidad de asilado.
Al mismo tiempo, trascendieron cables del año 2006 de la representación estadounidense en Caracas, esta vez sí material escamoteado al secreto diplomático, donde se muestra al desnudo un plan de cinco puntos que promovía el entonces embajador William Brownfield para desestabilizar al presidente Hugo Chávez. La oficina responsable de poner en práctica el plan era la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID por sus siglas en inglés), una vieja conocida de los gobiernos de la región. Los ítems marcados por Brownfield señalaban la necesidad de “1) Fortalecer las instituciones democráticas; 2) Penetrar en la base política de [Hugo] Chávez; 3) Dividir el chavismo; 4) Proteger los negocios vitales de EE.UU. y 5) Aislar a Chávez internacionalmente”.
Chávez llegó al poder en 1999 luego de haber ganado en elecciones democráticas a los partidos del sistema instaurado tras el derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez en 1958. El 12 de abril de 2002, el mandatario padecería un golpe de Estado que no fructificó por la respuesta de sectores de las fuerzas armadas que permanecieron leales a la Constitución pero básicamente por la población, que salió a copar las calles en defensa del proyecto chavista. El 14 de abril Chávez volvió victorioso y sus enemigos de entonces, como el líder de la cámara empresaria que juró como presidente de facto, huyeron del país y encontraron refugio en el exterior.
Para 2006 era evidente que a Chávez no podrían derrotarlo en las urnas, de allí el plan urdido por Brownfield y USAID, la agencia creada en 1961 por John Kennedy para contrarrestar la influencia de la revolución cubana en el resto del continente. La USAID ya había colocado más de 20 millones de dólares en «ayuda humanitaria» para financiar acciones destinadas a minar el proceso bolivariano desde el interior.
Es interesante leer la presentación que hace de sí misma la USAID en Venezuela. Luego de afirmar que es una «agencia federal independiente responsable de planificar y administrar la asistencia económica y humanitaria (…) en todo el mundo», añade que «los Estados Unidos se caracterizan por tender una mano amiga a todos aquellos que, encontrándose más allá de sus fronteras, se esfuerzan por lograr un mejor nivel de vida, recuperarse de un desastre o procuran vivir en un país libre y democrático. (…) La ayuda exterior de los Estados Unidos ha tenido siempre el doble propósito de apoyar los intereses de la política exterior americana, expandiendo la democracia y el libre mercado y, al mismo tiempo, mejorar la vida de los ciudadanos de los países en desarrollo».
De lo que entiende por democracia la USAID son testigos varios gobiernos latinoamericanos, como la Venezuela de ese 2002, o el Ecuador del golpe de 2010 contra Rafael Correa, o la Bolivia de Evo Morales tras la intentona separatista de Santa Cruz de la Sierra.
En junio pasado los cancilleres del ALBA recomendaron la expulsión de USAID de sus países (Venezuela, Ecuador, Bolivia, Cuba, Nicaragua y República Dominicana) «por considerar que su presencia y actuación constituyen un factor de perturbación que atenta contra la soberanía y la estabilidad política de nuestras naciones». En octubre pasado el gobierno de Vladimir Putin echó a la USAID de Rusia, alegando las mismas razones que los sudamericanos.
El responsable de la agencia para América Latina y el Caribe es en la actualidad Mark Feierstein, quien según el currículum que recoge José Steinsleger en el diario mexicano La Jornada es un «experto en guerra de cuarta generación (desinformación), dueño de Greenbarg Quinlan Rosler (firma que ofrece orientación estratégica sobre campañas electorales, debates, programación, investigación), jefe de proyectos para derrocar a los sandinistas en el decenio de 1990, articulista de The New York Times, asesor especial del embajador de William Clinton en la OEA y del prófugo de la justicia Gonzalo Sánchez de Losada, ex presidente de Bolivia».
A Feierstein se le endilga responsabilidad en el golpe que derrocó a Manuel Zelaya en Honduras en junio de 2009 y el que sacó del poder a Fernando Lugo en 2012 en Paraguay.
«Corren rumores de que el líder de la UNACE, el general Lino Oviedo, junto al ex presidente Nicanor Duarte Frutos, buscarían destituir a Fernando Lugo con un juicio político dentro del Parlamento», decía un cable secreto enviado desde la “Embajada” en Asunción en marzo de marzo de 2009 y filtrado por WIkiLeaks, donde se adelantaba, ya entonces, que el reemplazante del ex obispo de San Pedro sería su vicepresidente, Federico Franco. Allí también estaba la mano de USAID. Pero donde con más brutalidad se percibe cómo es esa «mano amiga» es en un procedimiento realizado en tiempos de Alberto Fujimori en Perú que fue reflotado durante la campaña en que participaba su hija, Keiko, contra el que resultó ganador, Ollanta Humala.
En los 90, USAID y un organismo de Naciones Unidas dedicado oficialmente a la salud reproductiva, UNFAPA, con el apoyo total del gobierno Fujimori, realizaron un escandaloso y siniestro plan para la esterilización forzada de cientos de miles habitantes de las zonas más pobres del Perú. Según el Ministerio de salud peruano, fueron esterilizados contra su voluntad 331.600 mujeres y 25.590 hombres. Un informe elaborado por la Sub-Comisión Investigadora de Personas e Instituciones Involucradas en las Acciones de Anticoncepción Quirúrgica Voluntaria (AQV), presentado en 2008 por el congresista Héctor Chávez Chuchón, un médico de Ayacucho indignado por las operaciones ilegales, señala que “hay un elemento que es fundamental para entender estas políticas (…) es un informe del año 1974, del señor Kissinger, que en ese momento era Secretario de Estado, (…) de unas 100 páginas más o menos, donde hace una síntesis de la situación geopolítica norteamericana, (y dice que) Estados Unidos y los países de Europa Occidental en ese momento, tienen tasa de natalidad negativa. Los países pobres tienen altas tasa de natalidad, en su momento eran 5 hijos ¿Esto qué significa? Que en el mediano plazo la población se va a duplicar o triplicar. Esta variable demográfica tiene o tendrá una repercusión económica indudable». En noviembre pasado la fiscalía peruana ordenó abrir la causa por genocidio contra todos los involucrados.
El candidato oficialista Nicolás Maduro denunció operaciones para asesinar al candidato opositor, Henrique Capriles, en el marco de un plan para crear inestabilidad en ese momento crucial de la vida venezolana. Luego dijo que él mismo podría ser víctima de un atentado. No nombró a USAID sino a los ex embajadores Roger Noriega y Otto Reich con agentes de la derecha salvadoreña.
Este domingo los venezolanos se juegan parte de su futuro en la elección para reemplazar al fallecido Hugo Chávez. El domingo 21 los paraguayos van a las urnas para dejar atrás este ominoso período de un Ejecutivo surgido de un golpe institucional. No es casualidad que en Rosario y Argentina un foro ultraconservador haya juntado a la derecha hispanohablante para debatir la forma de derrotar a los populismos en la región. «Debemos presentarnos abiertamente como lo que somos: defensores de la libertad, de la democracia y del progreso real de las sociedades», dijo el ex jefe de gobierno español, José María Aznar. Como presidente del Gobierno de España, el líder del PP fue uno de los dos únicos gobiernos en reconocer a los golpistas de abril del 2002, junto con George W. Bush.
«Es un espectáculo verdaderamente lamentable el de presidentes democráticos, que en sus países impulsan políticas democráticas, por la complicidad descarada con la que actúan en el plano internacional apoyando por ejemplo regímenes populistas, dictatoriales como el de Chávez y no se diga el de la dictadura cubana», protestó el Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa.
Detrás de este tipo de encuentros también está la mano amiga de la USAID.
Tiempo Argentino, 12 de Abril de 2013
por Alberto López Girondo | Abr 7, 2013 | Sin categoría
Hace años que Gianni Vattimo es una figura central en la filosofía contemporánea. Egresado de las universidades de Turín y de Heidelberg, discípulo de Hans–Georg Gadamer y continuador de Heidegger y Nietzsche, se reivindica como católico de rezo nocturno, comunista y gay en un país como Italia, que por el peso histórico del PCI y del Vaticano, siempre mantuvo esas cuestiones en permanente tensión.
Es uno de los impulsores del concepto de posmodernidad, pero también del llamado «pensamiento débil», una forma de dar cuenta de los acontecimientos sin estar aferrado a una lógica férrea, unívoca. Una forma de ser de izquierda sin ser estalinista, en términos brutalmente sencillos. Con una indeclinable inclinación política, es diputado en la Eurocámara por la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa como representante del partido Italia de los Valores.
En esta charla con Tiempo Argentino habló del presente, de cómo influye la designación del Papa Francisco y la muerte de Chávez en el futuro del mundo, del rol de contrapeso a los poderes del mundo que espera de Latinoamérica, de los medios y de una investigación que como diputado le tocó encarar al comienzo de este siglo sobre el sistema de espionaje electrónico más grande del mundo: la red Echelon.
–Cómo cambió todo desde la última vez que estuvo en Buenos Aires, en diciembre pasado, ¿no?
–Aparte de la inundación, que ya me ocurrió aquella vez, sí, la designación del Papa es una noticia trascendente.
–Que va en paralelo con la muerte de Hugo Chávez.
–Sí, aunque eso era algo que estaba más anunciado. Pero para mí la novedad más radical fue la designación del Papa. Porque en un sentido confirmó la centralidad de América Latina en el mundo actual. Eso era claro con Chávez, pero en mi imaginario, que no sé si es una imagen o una mitología de América Latina, tengo la impresión de que lo que acontece con Chávez, con Venezuela y con la política latinoamericana se ha definido más plenamente con la designación de Jorge Bergoglio. Incluso, los dos acontecimientos son casi simultáneos. Entonces, ¿Qué significa la leyenda, la historia de Chávez en América? Pues que finalmente se obtiene un continente más independiente, para mí el punto central. El continente representa un contrabalance al imperialismo yanqui, absolutamente. Mi actitud, como la de mucha gente de Europa, es como una mirada mitológica de Latinoamérica en el sentido de transformación de la política internacional. Por ejemplo, cuando Lula va a visitar a Mahmud Ahmadineyad en contra de la voluntad norteamericana, esto significa una modificación del balance internacional. Es del tipo de acontecimientos que me interesan. Cuando se añade la elección del Papa resulta más evidente que hay una tarea histórica latinoamericana. Repito: en parte esto lo reconozco como un mito. Pero espero que se impongan en la política internacional algunos países un poco más populares. No digo el mundo comunista ideal del futuro, pero que algo cambie.
–En los últimos años, Chávez pareció acercarse mucho más al cristianismo y a la vez hablaba mucho de Nietzsche, decía que lo estaba leyendo, que cuando se estaba haciendo su tratamiento por primera vez había pedido para leer Así habló Zaratustra.
–No le había escuchado decir eso, fíjese. Pero me alegro por él, porque Nietzsche es una lectura edificante, tenía un muy marcado sentido agonístico de la vida.
–¿Usted llegó a conocer a Chávez?
–Estuve una vez con un grupo de diez personas, después de su programa Aló Presidente, un domingo por la tarde. Fue un buen encuentro, aunque yo tuve más relación y me sentía muy contento con (Fidel) Castro. Con Chávez no he tenido un contacto tan directo, pero lo que él hacía era el castrismo verdadero, hacía lo que Castro había querido hacer. Su relación con el cristianismo siempre me pareció una cosa de pertenencia histórico cultural, es decir que era la cultura fundante, pero no sé si era tan…cómo decir… porque él era también un tombeur de femmes (un seductor empedernido), le gustaban las chicas claramente.
–Ese no sería un problema para su cristianismo, ¿o sí?
–No, no lo era, pero cómo decirlo, simplemente no era un cura.
–La designación de Bergoglio de alguna manera viene dar vuelta con un proceso que intentó clausurar el Concilio Vaticano II, que en su momento tuvo una gran influencia de la Iglesia latinoamericana. ¿Usted lo cree así?
–Confío en que es eso, porque los que mataron un poco al Concilio fueron los curiales del Vaticano, la tradición burocrática de Roma, que no es particularmente de derecha aunque si son muy conservadores. Me parece que Francisco abre la posibilidad de una nueva influencia del Concilio Vaticano II.
–Él teólogo Hans Küng decía que Bergoglio cumpliría una función como la de Mijail Gorbachov en la Unión Soviética.
–Yo creo que va a ser algo más, aunque lo que podría reducir su importancia es que el Vaticano es un poder económico enorme que necesita también de balances. Los dos grandes problemas de la Iglesia pública hoy han sido primero la pedofilia y luego el Banco del Vaticano. Y son problemas que la Iglesia se creó a si misma porque Jesús nunca habló mucho de si le gustaban los niños.
–Tampoco predicó por los bancos.
–No, absolutamente no. Los bancos son una creación absolutamente temporal de la Iglesia antigua. Pero fíjese que San Agustín era un filósofo y un obispo. Como filósofo podía desarrollar toda una teoría nueva sobre el cristianismo, pero como obispo tenía que ser un gobernante en medio del imperio romano en decadencia. Pero incluso, el problema de la pedofilia o la sexofobia de la Iglesia habla mucho de su actitud conservadora frente a las instituciones tradicionales como la familia, la herencia, el primer hijo. Todas estas cosas no tienen nada que ver con Jesús. Un Papa un poco más medido en su fundamentalismo, un poco más tradicionalista, más ligado el evangelio, se encuentra con esas superestructuras históricas que la Iglesia no puede eliminar de un día para otro, pero que son un escándalo para los creyentes. Yo tengo la tentación de no ser más creyente porque hay un banco del Vaticano o por la política sexual de la Iglesia.
–Otro tema de estos meses es que Italia se quedó sin gobierno.
–Un ejemplo que se cita es que Bélgica estuvo 589 días sin gobierno. Pero Bélgica es un país más pequeño y tiene todas las estructuras europeas que se identifican un poco más con Bruselas y, sobre todo, tiene gobiernos regionales más fuertes y definidos que Italia. El punto es que en Italia decimos que es un problema de Europa, que está contando con nosotros ciudadanos italianos más como un límite que una oportunidad, como algo positivo. Nos imponen límites de balance, nos impiden imprimir moneda, y esto me parece a mí un problema central. Además el problema fundamental de Europa es que los gobiernos nacionales siguen contando muchísimo en la arquitectura de la unión porque el Consejo Europeo es el gran senado del gobierno verdadero de Europa y son de derecha y ligados a una concepción económica que dice que el capitalismo es la mejor cosa posible. Esto efectivamente es el punto: Europa se organiza con una reforma que la haga más independiente frente a los poderes multinacionales extranjeros o se disuelve. Del lado de Italia puede venir un período de conflictos sociales muy marcados, quizás un terrorismo que renace y fomente un fascismo o un autoritarismo de Estado. Tengo miedo que pase esto, si no cambia algo de la estructura económica de los bloques en lo que se llama el fiscal compact (tratado de estabilidad fiscal), que ha sido aceptado inmediatamente por Italia pero no por Francia y Alemania. Nosotros somos los esclavos más diligentes.
–Pero Italia venía en decadencia tras los períodos de Berlusconi en el poder.
–En el sentido político sí, pero en el sentido económico es difícil de decir, porque la dramatización de nuestra situación económica ha sido un poco preparatoria para el remedio que el presidente de la República había pensado, que es (Mario) Monti y el gobierno de los técnicos como fin de la democracia. Uno no se puede imaginar cómo una política internacional tan elevada, tan dependiente de los bancos pueda ser democrática, pueda ser decidida por los ciudadanos. Por ejemplo, una regla de la Constitución dice que la política económica no puede estar sometida a un referéndum popular. Yo como diputado europeo, como me pagan, no puedo hablar muy mal de Europa, pero en estos momentos…
–No se trata de que hable mal, pero uno puede pensar si el crecimiento de América Latina no se explica por la caída de Europa, ¿no son dos caras de la misma moneda?
–Yo creo que América Latina se reconstituye un poco porque no han tomado más en serio al FMI, mientras que nosotros somos absolutamente esclavos de él y francamente no lo comprendo muy bien, porque incluso la derecha berlusconiana tiene muchas dudas frente a la política monetarista, de regularidad capitalista que nos imponen. Sin embargo, no sé hasta cuándo va a durar esto.
–¿No ve a movimientos sociales como «los indignados» capaces de hacerle frente?
–Yo creo que somos víctimas de un terrorismo económico y mediático terrible. En toda Italia, la gente acepta sacrificios porque dice «al final de mes, ¿Dónde hay un salario?», o porque los bancos pueden cerrar. Hay una campaña terrorista mediática, los grandes diarios italianos son todos favorables a la política de Monti, aunque esto significa cada día 2000 desempleados más en Italia. ¿Hasta cuándo va a durar la paciencia del pueblo, del bravo pueblo italiano?
–¿Cómo era que Cicerón le dijo a Catilina (el dirigente romano acusado de conspirar contra la república en el siglo I antes de Cristo)?
–(Risas) «Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?» ¿Hasta cuando vas a abusar de nuestra paciencia, Catilina?
–En relación con los medios, en la Argentina hay una nueva ley que todavía no se pudo implementar completamente.
–¿Tiempo Argentino como está con la Ley de Medios, del lado de Clarín o del otro lado?
–Del lado de la ley.
–Ah, bien. La Ley de Medios, por lo que conozco –me la han dado a leer una vez– me parece un gran ejemplo para Italia, porque el dominio de Berlusconi se fundó sobre el monopolio de los medios de comunicación. La ley argentina la veo como una buena dirección hacia una política más democrática
–¿En Italia nadie discute los medios más allá de los ámbitos académicos?
–No hay una política para los medios. Tenemos una televisión del estado (la RAI) que se comparte con las fuerzas políticas de la mayoría legislativa y el resto es un Far West donde Berlusconi hace lo que quiere. El proyecto que hemos tenido con la propiedad de los medios escritos y los televisados, que intentaba equilibrar un poco más las cosas, se disuelve ahora que la tevé y los medios electrónicos como Internet van destruyendo los diarios. Y yo todavía soy como un viejo señor que pertenece a la época del papel.
–¿Cómo ve el futuro tanto de Europa como de Latinoamérica?
–En un sentido, el futuro está en América Latina, porque el problema del mundo es que haya un fuerte contrapoder respecto a los poderes centrales, como son los bancos, las multinacionales. Yo tengo un prejuicio de tipo italocéntrico porque imagino la política mundial sobre el modelo de la política nacional de Italia a lo largo de los años 50 y 60. Entonces, el Partido Comunista nunca ocupó el poder, pero tenía una organización tan fuerte que condicionaba muchísimo y contrabalanceaba a los gobiernos. Yo veo que la función de Latinoamérica es similar, sin decir que todos los latinoamericanos son comunistas, claro. Pero es esta función de balance contra el poder mundial que nos ayude a no ser demasiado súbditos de los EE UU, de los bancos.
–Pero EE UU también está en declive.
–Sí, es cierto, pero cuando pienso en EE UU pienso más bien en los bancos, en Goldman Sachs, pienso en el poder efectivo, y en efectivo, en metálico (risas).
–China preocupa en Europa. ¿Cómo ve al crecimiento de ese país?
–China preocupa en Europa sobre todo por razones de competencia comercial. Yo creo que hasta ahora es un gran protagonista de la escena mundial, pero capitalista. El pobre Mao se revuelve en su sepulcro, creo. Hasta ahora yo no entiendo muy bien el interés por China que no sea un interés de tipo teórico. Qué pasa con una economía que no es totalmente del capital, pero que es una economía capitalista, con mucho dinero. China obviamente es la gran curiosidad. Cuando hablo un poco de mitología latinoamericana, pienso que son los que hablan de una socialidad más típicamente andina, no tan individualista como la democracia formal de EE UU. Cuando discuto de Castro en Europa me hablan de las listas electorales que se compilan públicamente en los barrios, y yo digo «pero esa es el máximo de democracia». Obviamente, la participación incluye la limitación de la independencia formal de cada uno. Imagino que estos mundos –incluso la democracia china, pero eso para mí es la oscuridad total– estos mundos contienen un modelo de socialidad posible que no es el individualismo anglosajón moderno. Yo siempre he pensado que la posmodernidad era el mundo latino y americano, porque somos bastante menos prisioneros de la industria británica, del industrialismo.
–Un mundo más multilateral incluso.
–Yo pienso que la única cosa que Chávez había prometido hacer y no hizo, y creo que con buenas razones, fue crear una nueva Internacional Comunista. Porque creo que la idea central de una revolución mundial no funciona. No pienso en una toma del poder en Europa, pienso más bien en el anarquismo, pienso en el desorden dentro del orden.
–¿Le interesa que haya desorden público?
–No, pero que haya un poco de vitalidad, de revuelta. Un Estado liberal puede ser un estado con conflictos sociales, arreglados sí, pero con conflictos. Si no hay conflicto no hay vida, este es el punto. Pensadores italianos como (Giorgio) del Vecchio o (Antonio) Gramsci mismo pensaban en una democracia vital. Conflictiva aunque arreglada para que no sea una guerra de todos contra todos. Esto me parece importante incluso como una anarquía de la sociedad que sea un contrapoder que evite la ruina, el desastre que se está preparando con los recursos naturales. A mí el futuro no me parece tranquilizante, porque uno siempre dice «bueno, ahora somos una democracia formal.» Y no. Sólo una buena revolución comunista instituye un Estado liberal. «
Echelon, una red para la vigilancia global
–Usted integró la comisión de la Eurocámara que investigó la red Echelon, ¿Qué me puede decir de eso?
–Fue una experiencia terrible. Cuando yo pienso en eso, pienso en la teoría del complot mundial que obviamente es otra mitología, pero negativa, negra, con buenas razones para ser creída. Es una red de control manejada por los grandes poderes de la vieja ONU: Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia, Canadá y Nueva Zelanda. El mundo anglosajón controlando todo. El problema de la red Echelon es que ahora no se la menciona más. Es interesante porque se devalúa todo bajo la teoría del complot mundial que siempre incluye un poco de misterio, como el Club Bilderberg. Yo creo que se habla demasiado mal de esta teoría del complot.
–¿La red Echelon sigue funcionando?
–Absolutamente.
–O sea que en este momento nos están escuchando.
–Por supuesto. Mi esperanza siempre ha sido que para escuchar todo se necesita demasiada gente, aunque es cierto que los motores de búsqueda son muy poderosos. El problema es que es algo básicamente ilegal. En los países donde hay un sistema judicial, para escucharme se necesita la orden de un juez, pero ellos escuchan todo y después tiran como una red para atrapar peces. Si uno acá dice (se acerca al grabador) «bomba», «bomba», «Obama», «Obama», mañana quizás vengan a ver por qué se dice «bomba» y «Obama». Creo que la teoría del complot tiene sentido. Es muy difícil que haya un Gran Hermano, pero que haya todo un sistema de acuerdos secretos, no sé. La política de la moneda no la hacen los gobiernos nacionales. Yo sé que es una mitología, pero siempre las mitologías tienen algo de realidad.
–¿Los gobiernos no se preocuparon por el tema Echelon?
–Se preocuparon, pero individualmente no podían hacer nada porque son cuestiones militares y no se discuten públicamente, están ligadas a los tratados internacionales y los gobiernos europeos forman parte de la OTAN, que es Estados Unidos, que comanda todo. Nosotros habíamos utilizado una clave de una canción de Jacques Brel que era «Ne me décrypte pas» (no me descifres, por el tema «Ne me quitte pas», «No me dejes»). Pero no se podía hacer nada, y eso que se había comenzado con temas de competencia económica porque la Airbus había sido interceptada por la Boieng, y le había quitado un contrato de 6 mil millones de dólares con Arabia Saudita. Era algo relacionado con la libertad de mercado.
Tiempo Argentino, 7 de Abril de 2013
por Alberto López Girondo | Abr 6, 2013 | Sin categoría
Si uno se guiara por lo que deslizan los medios hegemónicos, la relación entre Argentina con Uruguay y Brasil pasa por uno de sus peores momentos y la prueba más evidente es el cruce por una frase poco feliz del presidente José «Pepe» Mujica y la suspensión del proyecto minero de Vale do Rio Doce en Rio Colorado. Un par de incidentes más en una larga lista de situaciones conflictivas entre los tres países, normalmente con base en diferencias económicas.
En el caso de empresas oriundas del gigante sudamericano, dicen que ya no toleran las «incertidumbres derivadas de medidas proteccionistas, presiones inflacionarias, restricciones cambiarias y limitaciones a las remesas al exterior que comienzan a asfixiar la disposición a invertir en el país vecino», según un artículo de la Agencia Estado, subsidiaria del conservador O Estado de São Paulo, uno de los principales fogoneros de un Mercosur destinado a ser un simple tratado de comercio sin apetencias de integración regional. El diario sustenta, claro, la posición de la poderosa central patronal del principal eje industrial en América del Sur, la FIESP, Federación Industrial del Estado de San Pablo que se queja de trabas aduaneras, lo mismo que los emprendedores orientales.
No es casual que ante estos nuevos cimbronazos que involucran a empresas privadas que protestan contra medidas económicas del gobierno argentino sea el ex presidente Lula da Silva quien salga a poner paños fríos, con la contundencia que solía tener durante su gestión. «No sé quién está haciendo críticas al Mercosur, porque esas críticas no tienen ningún sostén, ni teórico, ni económico, ni social. Nunca hemos tenido una situación, yo diría, tan importante en el Mercosur. ¿Tenemos divergencias? Tenemos divergencias, como las tienen en cualquier bloque, como tiene divergencias cualquier alianza comercial», minimizó el ex dirigente metalúrgico en una entrevista con el diario uruguayo La República, previa a su visita para la inauguración de un seminario en Montevideo y también al micrófono indiscreto que incineró a Mujica.
Las cifras exceden cualquier comentario: en 1991, el año de su fundación, el comercio entre las cuatro naciones originales fue de 4100 millones de dólares y para el 2012 la cifra había trepado a 62 mil millones. En el mismo período, las inversiones brasileñas en Argentina pasaron de los 9000 millones de dólares y representan el 10% de la inversión extranjera directa (IED) de Brasil en el exterior. En la última década, incluso, los mayores grupos económicos de ese país tomaron el control de grandes conglomerados industriales nacionales. Entre ellos figuran la cementara Loma Negra, la cervecera Quilmes, la siderúrgica Acindar y el frigorífico Swift, por mencionar apenas los grupos más emblemáticos.
El caso del textil Coteminas refleja un poco la cara opuesta a la de firmas como la Vale. Fundada por José Alencar, quien fuera vicepresidente de Lula en sus dos períodos, se quedó con la nacional Grafa –otro emblema de la industria nacional de otras épocas– y amplió las instalaciones en una fábrica de artículos de cama, de mesa y baño en Santiago del Estero que le sirvió para duplicar las ventas en Argentina. Ahora analiza otra inversión de 40 millones de dólares para seguir creciendo.
«El problema cambiario y de restricciones es un problema muy difícil. Una de las formas de evitarla es reinvirtiendo en el país», declara el actual presidente da Coteminas, Josué Gomes da Silva, a la misma Agencia Estado, que añade a continuación una frase sugestiva: «el empresario admite que el problema de las remesas no es trivial, pero dice que continúa obteniendo un buen margen para sus productos».
Jorge Vasconcelos, miembro del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL) de la Fundación Mediterránea, el think tank que catapultó a la fama al dos veces ministro de Economía Domingo Cavallo, propone solucionar los altercados entre los socios del Mercosur apelando a las viejas enseñanzas de los jesuitas que poblaron la región hace 400 años. Otra mirada llamativa viniendo de un sector ligado a la gran industria, en este caso de Córdoba, y al neoliberalismo cavallista.
A eso mismo apunta Lula desde Montevideo cuando asegura que ahora falta crear una cultura de integración en América Latina que vaya más allá del comercio. «Tenemos que definir en nuestra cabeza qué es esa integración que queremos. ¿Es copiar el modelo de la Unión Europea? ¿Es construir algo nuevo? ¿Qué tiene en mente cada dirigente?», desafía el creador del PT. Que sin detenerse en minucias, avanza en una propuesta de «perfeccionar la participación del sector social en las decisiones del Mercosur, es decir, fortalecer el Mercosur sindical, fortalecer el Mercosur social».
Es cierto que falta una gran organización sindical regional que fomente intercambios y políticas gremiales sobre problemas que son comunes. ¿O las empresas no tienen asentamientos regionales, ya sea las multinacionales vernáculas o las trasnacionales basadas en Europa, Japón o Estados Unidos, como las automotrices y las electrónicas?
Pero también falta avanzar más en temas cruciales como la educación, la sanidad, la tecnología y la ciencia. ¿O es que el dengue no es una enfermedad común que ataca en Paraguay, el sur de Brasil, Uruguay y la Argentina? Los científicos se quejan amargamente de que de su tarea es evaluada mediante cánones establecidos con la vista puesta en otros horizontes, en otros paradigmas. Sin ir más lejos, se exige que los trabajos sean publicados en revistas «de alto impacto». ¿Cómo se determina ese impacto? Por como repercute en los países centrales, de donde son originarias esas revistas. No hay una publicación regional que avale los trabajos relacionados con las propias problemáticas, como sería encontrar una vacuna contra el dengue. O el mal de Chagas. O los efectos del glifosato en los cultivos que son la base del comercio internacional de los cuatro fundadores del Mercosur.
Buenos Aires y La Plata sufrieron estos días decenas de pérdidas de vidas humanas y daños materiales incalculables por una tormenta que las autoridades no dudaron en atribuir el cambio climático. En setiembre pasado vientos de más de 100 kilómetros por hora produjeron nueve muertos y destrozos considerables en Uruguay, parte de la Mesopotamia, el sur de Brasil, Paraguay y el este de Bolivia. Si verdaderamente hay un cambio climático –y los especialistas no dudan en que esto es así– ¿no será hora de que los gobiernos pongan en sus agendas al clima como uno de sus objetivos? Al mismo tiempo, también sería hora de que los ciudadanos exijan a sus elegidos que no sólo resuelvan el problema de las inundaciones con inversiones en infraestructura, sino que le impongan la necesidad de destinar dinero y recursos para que los científicos que estudian el problema, sobre todo en los dos países más grandes, como Argentina y Brasil, aúnen esfuerzos e información para que sus trabajos se conviertan en políticas públicas y no terminen meramente en papers para publicar.
Seguirán los cimbronazos entre empresarios argentinos, uruguayos y brasileños. Es parte de la naturaleza de las relaciones humanas y de la lucha por encontrar otros paradigmas. Pero hace años que las políticas de Estado en estas regiones se basan en el concepto de «paciencia estratégica». Itamaraty sabe que para que Brasil crezca necesita de una fuerte sociedad con Argentina y con el resto de Latinoamérica, lo que implica aceptar que los rioplatenses tengan un desarrollo industrial más adecuado a sus necesidades de dar empleo a la población.
En Montevideo se acepta que cada tanto alguna decisión económica afecte intereses de uruguayos como Argentina entiende exabruptos presidenciales, como ya ocurrió en tiempos de Jorge Batlle y Eduardo Duhalde, o la instalación de pasteras en la otra orilla. También en Itamaraty se terminan atemperando los reclamos sectoriales. Pero no es la mirada «perdonavidas» de un águila que no se dedica a cazar moscas. Argentina también, como recuerda el analista Juan Gabriel Tokatlian, adopta la paciencia estratégica al respetar un acuerdo de no proliferación nuclear y verificación recíproca con un país que tenía menos desarrollo en ese área. O entiende las razones para que tropas militares se extiendan en la Triple Frontera para vigilar el narcotráfico. O deja pasar la demora en la puesta en marcha del Banco del Sur mientras Brasil firma acuerdos para la creación de un banco de desarrollo con los países del grupo BRICS.
En 20 días se define cómo sigue el destino del Mercosur, luego de las elecciones en Venezuela y Paraguay. Un comicio íntimamente ligado con el otro. El senado paraguayo demoró el ingreso de Venezuela por su oposición acérrima a Hugo Chávez y tras el golpe a Fernando Lugo, Asunción quedó temporalmente fuera del organismo de integración. Muerto Chávez y elegido otro presidente en Paraguay, el Mercosur encara una nueva etapa de paciencia estratégica.
Tiempo Argentino, 6 de Abril de 2013
por Alberto López Girondo | Abr 1, 2013 | Sin categoría
La Venezuela que va a elecciones el 14 de abril no es la misma que la que el 7 de octubre del año pasado otorgó el último triunfo a Hugo Chávez. Y no sólo por el dato obvio de que el líder bolivariano ya no está presente para arengar a los suyos o proponer ideas revolucionarias en este nuevo tramo del camino al Socialismo del siglo XXI que proclamaba insistentemente. Es, también, porque en su ausencia –y cuando todavía luchaba por su vida en la clínica de La Habana donde había sido operado por cuarta vez– se tomaron decisiones en el plano económico que influirán fuertemente en la vida de los venezolanos.
La primera de ellas, de gran impacto, fue la devaluación de casi el 32% de la moneda. Luego se dispuso la creación de un nuevo mecanismo para liberalizar gradualmente la entrega de moneda extranjera. En una región donde la presión sobre el dólar es un acoso para la gestión de cualquier gobierno, estas medidas representan una señal de cómo las autoridades piensan enfrentar el desafío de dar un renovado impulso a la economía nacional y de ponerla en condiciones para el ingreso de la nación caribeña al Mercosur.
Sin embargo, estos no serán los ejes de la campaña que nuevamente enfrenta a la derecha, encolumnada detrás de Henrique Capriles Radonski, con el chavismo, que lleva, como era de esperar, a Nicolás Maduro como la figura que habrá de reemplazar en el Palacio Miraflores al presidente Chávez.
El resultado de los comicios, aventuran los analistas, puede ser similar al registrado en octubre pasado, cuando se produjo un cambio de tendencia. El oficialismo venía perdiendo votos en las elecciones anteriores por varias razones: descontento hacia algunas políticas o cierta desidia de los votantes porque los triunfos estaban garantizados y el sufragio no es obligatorio. Pero en octubre Chávez remontó la caída gracias a una campaña que limó sus últimas fuerzas contra un candidato que había logrado unificar a la oposición. Capriles, además, encabezó una campaña muy eficaz, tomando consignas que había hecho suyas Chávez desde que asomó a la política con el intento de toma del poder de 1992, y que materializó desde 1999.
Dos meses más tarde, en diciembre, con un Chávez convaleciente en La Habana y fuera de la campaña para las gobernaciones, el Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) ganó ampliamente en bastiones hasta entonces en manos de la oposición, como el estado petrolero de Zulia, Carabobo, Nueva Esparta y Táchira. «Hay que reconocerle al chavismo un triunfo cualitativo, como es el avance del socialismo como proyecto de país y esto destaca en una nación donde el apoyo al socialismo nunca pasó del 6% del electorado durante el puntofijismo», decía entonces el analista y consultor político Alberto Aranguibel. El Punto Fijo fue el sistema de alternancia consensuada entre la democracia cristiana (COPEI) y Acción Democrática (AD) desde la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958.
En estos comicios distritales el chavismo recibió el espaldarazo de la ciudadanía, en una réplica aumentada de lo que había ocurrido a nivel nacional. El oficialismo logró entonces colocar a 10 militares retirados como nuevos gobernadores. Pero el líder opositor, Henrique Capriles, doblegó al canciller Elías Jaua en Miranda. Si bien la Mesa de Unidad Democrática (MUD) había quedado maltrecha luego de las presidenciales, era una buena señal para el futuro del candidato que había sumado más de 6 millones de sufragios contra el mismísimo Chávez.
Por eso Capriles era cantado para ir ahora contra Maduro. Fue así que salió al ruedo recordando lo obvio, que el ex dirigente del transporte y ex canciller chavista no es Chávez. A lo que el hombre de los gruesos bigotes replicó que eso es verdad, pero doblando la apuesta añadió que es «hijo de Chávez». A buen entendedor pocas palabras: no será el ex presidente y no se lo podrá comparar con él, pero es hijo de sus ideas, a las que asegura interpretar fielmente. Y también se formó a su lado en los más de 20 años que estuvieron juntos en la construcción de este modelo político.
Más allá de interpretaciones sociológicas, se puede conjeturar que los comicios de diciembre fueron una prueba importante para el sistema creado por Chávez. Y que el resultado fue auspicioso: la amplia mayoría de los venezolanos apoyó el Socialismo del siglo XXI aunque, por primera vez, el mandatario no apareció ante sus ojos para seducirlos con su verba inflamada.
Más aún, no hay nada afuera de una oposición que sólo se junta por su voluntad de destronar el modelo vigente desde 1999 y de un chavismo cada vez más firme en su proyecto bolivariano. Un proyecto que incluye a la sociedad civil pero también a los uniformados que –cosa extraña en esta parte del continente en virtud del rol que asumieron los militares en los 70– allí forman parte sustancial del modelo revolucionario que está al frente del gobierno.
Proyecto original
En cierto modo, la muerte de Chávez le agrega una dosis de dramatismo y épica a esta campaña, pero también representa el desafío de continuar con la obra que el líder carismático pergeñaba desde el Caracazo, aquel movimiento popular contra el neoliberalismo de febrero de 1989 que fue bárbaramente reprimido por el gobierno del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez con un saldo que se midió en miles de muertos.
Se distingue en Chávez un proyecto que había desarrollado desde sus inicios. Basta si no ver el discurso que dijo en 1994, la primera vez que viajaba a Cuba, ante Fidel Castro y cientos de estudiantes en la Universidad de La Habana. Viene a cuento resaltar algunas de las frases pronunciadas por un joven y delgado militar que aspiraba a gobernar Venezuela algún día, pero por el que tal vez nadie hacía apuestas en ese momento.
«Están ocurriendo cosas interesantes en América Latina y en el Caribe –decía hace 19 años, en pleno apogeo neoliberal, el novel oficial rebelde–. Pablo Neruda tenía profunda razón cuando escribió que Bolívar despierta cada 100 años, cuando despierta el pueblo». Y auguraba despertares Chávez, tras informar a su audiencia estudiantil que en las elecciones que se avecinaban en su país (en 1995) iba a primar el abstencionismo. «Ustedes no lo van a creer, pero el 90% de los venezolanos no va a las urnas electorales, no cree en mensajes de políticos, no cree en casi ningún partido político». Lo más jugoso de aquel discurso, pronunciado cinco años antes de llegar al poder, fue la claridad con la que expuso propuestas de integración aun en el marco de la presencia en la región de gobiernos neoliberales. «Lanzaremos el Proyecto Nacional Simón Bolívar, con los brazos extendidos al continente latinoamericano y caribeño», con el propósito de crear una «asociación de Estados latinoamericanos, que fue el sueño original de nuestros libertadores». «¿Por qué seguir fragmentados?», se preguntaba entonces Chávez en un marco regional en el que soñar con un proyecto de integración parecía una utopía.
Y sobre esta matriz fue construyendo amistades desde que llegó al poder. Por eso, para la mayoría de los dirigentes regionales el aporte a la integración del bolivariano es una deuda que sólo podrían pagarle siguiendo su camino.
Según el politólogo Pablo Touzón, «en términos geopolíticos, el apoyo de Venezuela a la región estuvo lejos de ser meramente discursivo: en estos años, el gobierno bolivariano reorientó gran parte de sus recursos, inversiones, programas de intercambio y demás elementos de poder “duro” para apoyar con instrumentos concretos el proceso unificador sudamericano. Los países sudamericanos ganaron este aporte que resultó fundamental para la consolidación de los nuevos gobiernos populares y del “giro a la izquierda” como un todo. Sin Venezuela, instrumentos como la UNASUR probablemente jamás hubiesen visto la luz, y si bien es altamente probable que el gobierno de Nicolás Maduro continúe esta línea, las dificultades internas y las tensiones propias de una pérdida tan grande desde el punto de vista político reorientarán, aunque más no sea provisoriamente, los focos del proyecto político bolivariano en la propia realidad venezolana», asegura Touzón. A su juicio, «es probable, entonces, que este reacomodamiento interno dentro del esquema de poder regional favorezca relativamente al Brasil, profundizando su liderazgo subregional de cara al mundo entero».
No es casualidad ni protocolo vacío que hayan hecho guardia de honor junto al féretro del comandante el cubano Raúl Castro junto con el chileno Sebastián Piñera y el colombiano Juan Manuel Santos, la costarricense Laura Chinchilla, cerca del nicaragüense Daniel Ortega , el boliviano Evo Morales y el mexicano Enrique Peña Nieto. También estuvieron el guatemalteco Otto Fernando Pérez-Molina y el salvadoreño Mauricio Funes, o el panameño Ricardo Martinelli con el ecuatoriano Rafael Correa, por poner un puñado de ejemplos que indican claramente que más allá de un fuerte compromiso con los valores del socialismo, Chávez supo que para construir en el continente debía hacerlo con «lo que hay», esto es, no sólo con líderes convencidos de la necesidad de una integración regional, sino también con mandatarios de derecha, empresarios conservadores devenidos políticos y con líderes que han dado vuelta a sus países como una media en busca de mayor igualdad entre los ciudadanos.
La sólida amistad con Santos, cimentada luego de un conato bélico cuando estaba por comenzar su mandato, y la creación de una organización como la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe), sin dudas su obra póstuma, que nuclea a los países del continente pero deja afuera a Estados Unidos y Canadá, son el corolario de aquel proyecto que soñaba con su uniforme de cadete de la Academia Militar venezolana.
Otro logro del chavismo en estos años, con proyección hacia el futuro, fue que la oposición, a regañadientes luego del golpe de 2002 y de sus sucesivas debacles, aceptó la Constitución bolivariana. Ese pequeño librito de tapas azules que Chávez regalaba a todos sus interlocutores finalmente es la Carta Magna con la que aceptan jugar el juego democrático. Es más, luego de la muerte del comandante, denunciaron que el gobierno que Maduro retiene como Presidente Encargado es «fraudulento». Interpretan que la Constitución fue forzada fuera de sus límites para sostener la candidatura del hombre al que el propio Chávez había pedido, en lo que fue su última voluntad política, que votaran si no podía volver a ocupar su cargo.
Para agregar más condimentos a la polémica, Capriles –quien durante todo el proceso de la enfermedad de Chávez cuestionó la información oficial que se brindaba sobre el mandatario– llegó a decir que las autoridades habían mentido sobre la verdadera fecha de la muerte. Luego, y en vista de la andanada de críticas, tuvo que salir a pedir perdón a la familia «por si algunas de mis palabras los ofendió o fueron mal interpretadas».
Ya en medio de la campaña, Capriles se muestra tan provocador como un retador en la balanza antes de la pelea para unificar alguna corona de box. «Creo que Nicolás no aguanta ni cinco minutos de debate conmigo. Si quiere, que en el debate le pongan el teleprompter y que Ernesto (por el ministro de Comunicación, Ernesto Villegas) esté al lado de él, para que le sople». El «poseedor del cinturón de campeón» siguiendo con la metáfora, se ciñe a mostrar la obra de gobierno y a destacar lo que perderían los venezolanos si no votan por el chavismo sin Chávez o no acuden a las urnas por creer que el triunfo está asegurado. Y ante una amenaza que circuló en los primeros días de campaña advirtió: «Roger Noriega, Otto Reich, funcionarios del Pentágono y de la CIA están detrás de un plan para asesinar al candidato presidencial de la derecha venezolana para crear un caos en Venezuela». Esta posibilidad desestabilizadora podría ser la única para una oposición que, además de expresar intereses y voluntades no coincidentes, no tiene muchas opciones que ofrecer, como ya se había visto en octubre, más allá del desafío boxístico. O machacar con los momentos difíciles de la gestión, como cuando Capriles calificó a la devaluación de febrero como un «paquetazo rojo».
Sucede que los seguidores de Capriles, además de expresar intereses y voluntades no coincidentes, no tienen en realidad un plan de gobierno. El candidato puede, sí, señalar errores y momentos difíciles de la gestión, como cuando luego de la devaluación aputó todos los cañones contra la medida oficial: «Esta devaluación es simplemente para darle caja al Gobierno. Esta devaluación se hubiese podido evitar revisando las importaciones, revisando los regalos a otros países. ¿Por qué tenemos nosotros que seguir regalando el petróleo a otros países? ¿Es que acaso no hay necesidades en Venezuela? ¿No tenemos nosotros problemas que atender aquí?», se ofuscó públicamente. «Nicolás es el candidato del señor Raúl Castro», dijo Capriles ante el canal privado Globovisión. «Eso es a los intereses que responde», señaló. «Yo soy el candidato de los venezolanos y las venezolanas. Nosotros no vamos a entregarle nuestro país a cualquier interés extranjero, sea cual sea, ni a los Estados Unidos ni a Cuba», insistió alisando su campera roja, azul y amarilla.
Si Capriles revisara aquel video de Chávez en La Habana de 1994 donde se expresaba el modelo que ahora vuelve a ser sometido al escrutinio de la ciudadanía, como otras 14 veces en los últimos 15 años, quizás encontraría la explicación de por qué millones de venezolanos votaron y salieron a la calle a despedir con tristeza y fervor al líder que, con un saco militar de cuello Mao, decía: «Nos alimentamos mutuamente en un proyecto revolucionario latinoamericano, imbuidos como estamos desde hace siglos, en la idea de un continente hispanoamericano, latinoamericano y caribeño, integrado como una sola nación que somos».
Revista Acción, 1 de Abril de 2013
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